2 nov 2015

Las Repúblicas catalanas

Tres procesos de intento de proclamación de República Catalana se dieron a lo largo de la Historia, a saber: 
En el primer caso tenemos que situarnos dentro de las coordenadas del Antiguo Régimen, en un momento en el que Francia tendría una intervención decisiva en este asunto dentro de su enfrentamiento con España por la hegemonía europea. En el segundo caso, ya en tiempos contemporáneos, habría que acercarse a las complejas relaciones en el seno del republicanismo español, y al miedo a que el Ejército no apoyase el proyecto general republicano en España por su clara oposición al nacionalismo catalán. Por fin, el tercer caso se inscribe en el intenso conflicto político de la Revolución de Octubre de 1934, que en Cataluña adquirió un tinte distinto al de Asturias y el resto de España. 

En el contexto de la revuelta de los catalanes de 1640 en el seno de la Monarquía Hispánica, Pau Claris presentó a la Junta General de Brazos el 16 de febrero de 1641 un proyecto que pretendía que el Principado pasara a ser un Estado independiente, pero bajo la protección del rey de Francia, en una suerte de República típica de la época moderna, gobernada por una oligarquía. El proyecto fue aceptado por los Brazos y por el Consell de Cent pero encontró un obstáculo insalvable. El representante del rey de Francia, Du Plessis-Besançon, no era partidario de este paso porque no convenía a los intereses de su señor, el cardenal de Richelieu. De hecho, se ordenó la retirada las tropas francesas que ayudaban en la defensa de Barcelona frente a las tropas del rey Felipe IV. El cardenal buscaba la integración total de Cataluña en Francia. Claris y las instituciones catalanas tuvieron que renunciar a su proyecto y aceptar las condiciones francesas de integración. Se proclamó a Luis XIII como conde de Barcelona.
La República Catalana de 1931 fue un episodio histórico breve pero muy intenso en el momento de la proclamación de la Segunda República en España. La República Catalana fue proclamada por Francesc Macià, ver foto, el 14 de abril de 1931 en Barcelona, como un Estado integrado en una Confederación de pueblos ibéricos. Pero el Gobierno provisional, recién formado en Madrid, se opuso en ese mismo día a esta proclamación. Macià terminó por ceder y el día 17 de abril retiró la República Catalana, aunque como contrapartida consiguió que se creara un poder autónomo en la Generalitat a la espera de que se elaborase y se aprobase el Estatuto de Autonomía de Cataluña.
El tercer hito histórico se daría en los denominados Fets del Sis d’Octubre (Los hechos del Seis de Octubre) en 1934. En el contexto de la Revolución de Octubre de 1934, el presidente Lluís Companys proclamó el día 6 el Estado Catalán de la República Federal Española desde el Palacio de la Generalitat. Los acontecimientos se precipitaron porque la CEDA entró dos días antes en el gobierno de la República, fuerza que la izquierda y el nacionalismo catalán consideraban antirrepublicana y anticatalanista. Esta consideración venía enmarcada por el temor generado sobre la ocupación del poder por parte del nazismo y el auge de las soluciones autoritarias en el centro de Europa. El nacionalismo catalán interpretaba que Madrid podía frenar el autogobierno en plena confrontación a raíz de la Ley de Contratos de cultivo, aprobada en el Parlament y recurrida por el gobierno. Companys recibió importantes presiones del ala más radical de la Esquerra, sin olvidar la influencia que desde fuera podía ejercer la actitud del PSOE de plantear la huelga general, estallando la Revolución en Asturias. En el resto de España la conflictividad derivada de Octubre tuvo un marcado carácter obrero y social frente al caso de Barcelona, mucho más político y vinculado al nacionalismo por la abstención de la CNT. Curiosamente, el movimiento fuera de la capital catalana, es decir, en Girona, Lleida, Vilafranca del Penedès, Vilanova i la Geltrú, Granollers, etc.., sí tuvo, además del carácter político mencionado un mayor contenido social porque algunos elementos de la CNT llegaron a participar. Pero el movimiento obrero catalán, mayoritariamente anarcosindicalista, deseaba la revolución social no la política. Podía estar de acuerdo en combatir al gobierno de Madrid pero no iba a luchar a favor de la iniciativa política nacionalista catalana. La Revolución en Cataluña duró horas, mucho menos que en Asturias. El mismo día 6 la reacción del capitán general Batet fue decisiva para abortar el movimiento. Se negó a seguir las órdenes de Companys y reprimió sin contemplaciones los focos de resistencia en el CADCI, Ayuntamiento y Generalitat. Las consecuencias fueron la detención del Gobierno de la Generalitat, juzgado y condenado, la supresión del Estatut y de muchos Ayuntamientos. Texto: E. Montagut. Ver también: Regimen autocrático español

1 nov 2015

Política democrática, política anticapitalista

El inicio de la recuperación se da en un contexto social caracterizado a grandes rasgos por la pauperización de amplias capas de la población trabajadora y de las clases medias, un empeoramiento de sus condiciones de vida y sus derechos sociales y un aumento de las desigualdades sociales. Los de abajo salen en peores condiciones de las que entraron en la crisis y los de arriba, correlativamente, más fortalecidos y con mejores expectativas para aumentar la distancia que los separa con los de abajo.
Ese contexto es el resultado exitoso de las políticas de austeridad comenzadas por el anterior gobierno del PSOE y continuadas en un nivel superior por el actual del PP. Las de este último orientadas a operar una derrota histórica que facilite la instauración de un régimen posdemocrático y autoritario. Este es el rasgo más característico de la situación que vivimos porque va a determinar las condiciones de vida para la mayor parte de la población. Como se ha repetido en varias ocasiones, la derecha y el conjunto de las clases dominantes están rompiendo los puentes que les unían con el régimen del 78, útil todavía para asegurar la pasividad de los de abajo mientras que con sus políticas efectivas van desmontando la parte “social” de esta Constitución. Su retórica defensa[1] de la Constitución se centra en los dos valores que dan cuenta de su filiación con el régimen franquista: la monarquía, la “indisoluble unidad de la Nación española” y los instrumentos coercitivos instaurados para garantizarla, las Fuerzas Armadas comandadas por el rey que, en su calidad de tal, se puede arrogar la potestad de interpretar el riesgo de ruptura de la sacrosanta unidad.

Fisuras en el bloque dominante

En el seno de las clases dominantes, y ante la gravedad de la crisis del capitalismo español y la incapacidad del Estado para encontrar una salida que garantizara las condiciones para el mantenimiento de una tasa de acumulación y rentabilidad suficientes para el conjunto de las clases dominantes, se han abierto algunas fisuras que han animado a algunas partidos nacionalistas a intentar la vía soberanista. Son estas fisuras en el seno del bloque dominante uno de los factores más importantes de la crisis del régimen del 78 y, desde luego, de las que más preocupan a su fracción dirigente y a la propia corona. La entrada de toda la burguesía en la senda constitucional se hizo contra la garantía de que el régimen asegurara una gestión de los conflictos de clase acorde con las expectativas de ganancia y privilegio de las mismas. La defensa de la Constitución y de la unidad de España es así la opción de la alta burguesía “de Madrid”: la de las grandes constructoras hoy convertidas en empresas de servicios públicos, la de los grandes bancos salvados con el dinero de los contribuyentes, las de la energía y las telecomunicaciones que se sirven del Estado como su gestora particular, etc.

El PSOE acude a tapar las brechas del régimen

El mantenimiento de una Constitución previamente amputada de los elementos en los que se plasmó el pacto social capital/trabajo[2] tiene la ventaja de permitir a los actores de izquierda del régimen la conservación de un cierto rol aunque sea notablemente subalternizado. La opción de reforma de la Constitución no representa alternativa alguna a la senda definida por el Gobierno del PP. En vano se buscará en la propuesta del PSOE algún indicio que permita pensar en su intención de blindar o por lo menos robustecer la protección de los derechos sociales y los servicios públicos[3] o acentuando la condición democrática del ordenamiento jurídico y del Estado[4]. Todo su contenido está centrado en una solución federal para el problema “territorial” y en la sucesión dinástica de la corona. Se trata, por lo que parece, más de una ocurrencia para salvar la cara al PSC que de una verdadera propuesta de reforma del Estado que hubiera tenido ocasión de poner en marcha durante sus dilatadas estancias en el Gobierno. Es claro pues que el PSOE ha aceptado el modelo de de salida de la crisis que impulsa el PP y que no parece dispuesto a dar batalla alguna en ese terreno. Entre las opciones que tenía, parece que ha optado por fortalecer su condición de “partido dinástico” relegando para mejores épocas cualquier pretensión de mejora en la distribución de la renta y la riqueza. Es esta la base para que desde diversos sectores se haya recrudecido la campaña por un gran acuerdo nacional para hacer frente al “desafío soberanista”. Restablecer los mecanismos del turnismo que han caracterizado el funcionamiento político de las instituciones del régimen se ha convertido ahora en el gran reto nacional, a la vista de los vaticinios electorales que hablan de una notable fragmentación del mapa electoral. Asegurar la gobernabilidad y la estabilidad de las instituciones se ha convertido así en el más importante objetivo de la clase política del régimen

La estabilidad les va mal a los de abajo

Esa estabilidad no garantizará, sin embargo, la de los presupuestos familiares de la mayoría trabajadora, seriamente dañados por las políticas del gobierno. Una estabilidad institucional, entendida como mantenimiento del statu quo, vendría a sancionar el actual estado de la relación de fuerzas entre las clases, en perjuicio de las menos pudientes. Todo lo que se promete a esta mayoría de la población es que si se consolidan los buenos augurios para las empresas del Ibex 35 y con la ayuda de otra reforma laboral que deprima aún más los salarios y mejore por esta vía la competitividad del sector exportador, se pueden empezar a ver resultados en forma de creación de empleos, eso sí de menor calidad que los disfrutados en otros tiempos. Hay que recordar, además, que estas condiciones solo se darán si la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo se degrada tanto en beneficio del primero que la rentabilidad de las inversiones obtenida por la pura y simple explotación de la fuerza de trabajo orienta a las mismas hacia la actividad generadora de empleo en lugar de mantenerse en su localización financiera y especulativa[5]. Ayudada, también, por el debilitamiento de las organizaciones sindicales, muy afectadas por el descrédito de su vinculación con el régimen del 78 y por la corrupción extendida entre algunos de sus estructuras. Parece evidente entonces que la defensa de los intereses más inmediatos de la gente trabajadora y sus familias exige un enérgico cambio de rumbo en la conducción de los asuntos generales. Un cambio de rumbo que solo puede hacerse efectivo con un gobierno respaldado por una amplia mayoría social interesada en ese cambio de rumbo.

Un gobierno de ruptura democrática

No se puede dejar por más tiempo que sea el partido de la oligarquía el encargado de gestionar los recursos de los ciudadanos, so pena de asistir a la completa devastación del conjunto de instituciones y derechos que consagran los esfuerzos de generaciones de trabajadores. Rechazar el compromiso de gestionar estos recursos por “pulcritud revolucionaria” es dejar a los de abajo indefensos ante las ofensivas brutales de las clases dominantes. El recelo hacia las instituciones no puede ser excusa para la pasividad. La gente subalterna está obligada, cada día de sus vidas, a relacionarse con estas instituciones, alimentadas en su mayoría con el esfuerzo que les es expropiado. ¿Nos deberíamos negar a poder participar en la gestión de las pensiones públicas o del seguro de desempleo porque postulemos sistemas alternativos?; ¿qué recomendaremos a quienes precisan de estas prestaciones para sobrevivir, que esperen a la revolución y al socialismo? Hay que llegar (siquiera sea en forma delegada) al gobierno para torcer el rumbo que las oligarquías y sus partidos pretenden imponer a la historia colectiva. Y hay que hacerlo concierta urgencia. No es verdad que podamos esperar, son muchas y graves las alarmas que ya han saltado. Alarmas sobre derechos sociales, sobre la forma en la que la cotidianeidad naturaliza su ausencia ó su privación. Alarmas sobre la erosión de los derechos ciudadanos y las libertades, todos los días cercados y reducidos por la constante presión de las políticas/policía afirmando su absoluto dominio sobre la vida pública. Alarmas por la devastación del entorno natural, contemplado por gobiernos y minorías dominantes exclusivamente como fuente de obtención de ganancias. El capitalismo neoliberal está infligiendo una derrota que quiere definitiva a la democracia, incluso a la meramente representativa. La burla de la que esta ha sido objeto en los momentos álgidos de la crisis alienta un clima de desafección hacia ella entre los sectores populares, lo que siembra la posibilidades de alguna modalidad de fascismo. Los anticapitalistas estamos obligados a poner de manifiesto de forma permanente el carácter cada vez más irreconciliable de las relaciones entre democracia y capitalismo, de mostrar cómo la defensa de la democracia solo es posible, como ha dicho Boaventura dos Santos, desde una matriz anticapitalista. Se habla en estos días con frecuencia de abrir una “segunda transición”, que así sea, una transición a la democracia. Contando para ello con una disposición de sectores significativos (aunque todavía minoritarios) de las capas asalariadas para experimentar procesos de transición democráticos y objetivamente anticapitalistas. Debemos estar en condiciones de ponernos a la tarea de construir una herramienta útil para ayudar en esta transición. La construcción de un instrumento político para la ruptura democrática es la tarea más importante que tenemos por delante los anticapitalistas en los próximos años.

Condiciones para un gobierno de ruptura

Un instrumento político que debe tener una doble condición. La primera es que debe ser, de alguna manera, la “comunidad de los que luchan” ese ámbito en el que se puedan reconocer la multiplicidad de subjetividades que han emergido a la luchas sociales y ciudadanas en los últimos tiempos. La condición de “partido-comunidad” excluye cualquier tipo de confesionalidad ideológica ó de otro tipo.La segunda dimensión es la electoral. La importancia de lo que está en juego exige ser capaz de implicar las más amplias mayorías sociales, esas que aparecen así exclusivamente con ocasión de las contiendas electorales. Millones de ciudadanas piensan en política sólo el día las elecciones y entonces tiene derecho a algo más que las consabidas denuncias de la farsa electoral en las “democracias de mercado”. El partido de la ruptura democrática tiene que buscar hacer de cada comicio una ocasión “constituyente”. No es que se nos vaya a olvidar las cuestiones más urgentes que afectan a las condiciones de la gente de abajo; pero hay que enfocarlas a la necesidad de acabar con el régimen, de abrir la transición democrática, en la convicción de que la misma implica una connotación objetivamente anticapitalista. La continuidad del partido- comunidad es la mejor garantía para ir desarrollando una comunidad de ideas y sentimientos, de cultura anticapitalista, que recupere las funciones tradicionales de las contrasociedades obreras del pasado que tan importantes fueron en las ocasiones revolucionarias de nuestra historia (Asturias del 34, Barcelona del 36-37).En el momento actual son varias las iniciativas en marcha para ofrecer propuestas políticas comprometidas, en grados distintos, con la perspectiva de ruptura democrática y todas ellas merecen el máximo respeto de nuestra parte. Para serlo de forma efectiva debieran cumplir dos requisitos:
1) El primero sería afirmar sin ambages su vocación de ruptura democrática, su propósito de inaugurar un tiempo nuevo en el que las capas populares puedan participar en la resolución de los graves problemas que tiene planteados y que les afectan más que a nadie.
2) El segundo es comprometerse en un auténtico proceso de fundación de un nuevo sujeto político, distinto de los actores políticos actuales, tanto los parlamentarios como los extraparlamentarios. Este segundo requisito afecta especialmente a Izquierda Anticapitalista. Una etapa de nuestra construcción colectiva se ha cerrado con la Conferencia confederal y tenemos que extraer las consecuencias de este hecho. El tiempo histórico presente demanda de nosotros comprometernos en la tarea de contribuir a la construcción del nuevo sujeto político representante de las derechos y las aspiraciones populares para orientarlas en una perspectiva anticapitalista y ecosocialista. Pero para ello debemos ser conscientes que el nuevo sujeto debe representar, lo más fielmente posible, la emergencia de las nuevas subjetividades sociales emergidas en la lucha contra la dictadura de la Troika y el capital financiero. El pueblo protagonista del proceso constituyente ya ha hecho su aparición. Nuestra obligación es trabajar por la habilitación de los espacios públicos en los que pueda desarrollarse, proponer los materiales para el diseño de una gramática constituyente, señalar los horizontes para su despliegue. Hacer política, en suma, política democrática, política anticapitalista.

Sobre la viabilidad de la propuesta

No es difícil imaginar las objeciones a una propuesta como esta. La principal sería la relacionada con la desfavorable relación de fuerzas entre el campo de la oligarquía y el de los de abajo; o, para ser más concreto, entre el bloque social agrupado en torno a la defensa de la Constitución del 78 y su Estado y el de aquellos sectores, desde luego hoy minoritarios, que lo impugnan. Al respecto quiero señalar dos aspectos que me parecen de vital importancia para situar de forma correcta este debate. El primero tiene que ver con el ámbito de despliegue de la acción política que puede quedar después de completada la acción destituyente que lleva a cabo el gobierno del PP. No creo exagerado afirmar que dicho ámbito puede quedar- creo que ya lo está- sensiblemente mermado. De alguna manera y como resultado de la acción normativa y política desplegada por este gobierno y la tutela de la Troika, el campo de lo decidible ha quedado notablemente reducido y, en tal sentido, resulta hasta cierto punto irrelevante el contenido de las propuestas formuladas por las fuerzas políticas situadas en la izquierdo del sistema político. Es este estrechamiento del campo de juego, la limitación de la agenda política, lo que se viene operando desde la reforma del artículo 135º de la Constitución y al que de forma magnífica ha contestado el 15M y el resto de los movimientos surgidos en su estela. El segundo comentario que me suscita la objeción de la desfavorable relación de fuerzas, es que precisamente por eso hay que empezar ya el trabajo para modificarla. Y la primera forma de hacerlo es definir con precisión la naturaleza de la batalla, las posiciones a conquistar y los objetivos de la misma. Estamos, es verdad, en la fase de la “guerra de posiciones” pero el carácter sistémico de la crisis capitalista y los procesos de descomposición de las sociedades contemporáneas, unidos a otros factores de inestabilidad antes desconocidos[6]dificultan el asentimiento pasivo de estas sociedades, permiten pensar en la súbita emergencia de acontecimientos que hagan posible el súbito paso a la “guerra de movimientos”, en formas que resulta difícil imaginar. Proclamar la necesidad de la ruptura democrática, del proceso constituyente, es definir el carácter de la batalla y sus objetivos, las posiciones a conquistar y las tropas necesarias para conquistarlas.La oligarquía y su principal partido han definido el campo de juego en el que se va a desenvolver a partir de ahora el conflicto que constituye la entraña de la vida en sociedad, la verdadera constitución de la sociedad española, y el juego que nos queda a los de abajo es extraordinariamente adverso. Nada volverá a ser como antes, las condiciones que hicieron posible los derechos concedidos, el diálogo social y las políticas redistributivas (por tímidas que fuesen) se han ido y no van a volver. El reformismo posible tendrá que desenvolverse en un espacio angosto y sus conquistas siempre podrán ser objeto de denuncia. El capitalismo de nuestros días tiene un margen de ganancia reducido en las condiciones de los Estados sociales del bienestar y, amortizados los últimos factores de productividad, está obligado a volverse a los “buenos y viejos métodos” de obtención de la plusvalía absoluta mediante un enérgico proceso de disciplina de la población que puede arrastrar los derechos y libertades más significativos. En estas condiciones las opciones autodenominadas “realistas” son falsas opciones. En este auténtico cambio de época, no habrá lugar para los procesos de acumulación de fuerzas si previamente no se ha puesto el conjunto de los aparatos del Estado a disposición de la construcción del nuevo bloque histórico, algunos procesos latinoamericanos lo están evidenciando. Hay que ganar los gobiernos, pero ganarlos para una ruptura democrática con el actual régimen de la oligarquía y su Constitución que ha expulsado los escasos elementos “sociales” que tenía y se ha replegado sobre aquellos otros que dan cuenta de su herencia oligárquica y franquista. Texto: José Errejón. Recomendado: CRISIS DEL CAPITALISMO

[1] Una defensa limitada a una interpretación reaccionaria del artículo 2º pero que se olvida con frecuencia del propio artículo 1º que proclama que la soberanía reside en el pueblo español, del que emanan todos los poderes del Estado
[2] Haciendo innecesaria el cambio formal de constitución
[3] Constitucionalizando, por ejemplo, el derecho al agua como derecho fundamental
[4] Acabando con la ignominiosa tutela de las Fuerzas Armadas sobre el poder civil
[5] Está creciendo aunque todavía débilmente la inversión en bienes de equipo, estimulada por cierto por las ayudas del PIVE y las presiones d ela DGT para cambiar los coches de más de 10 años. Pero lo que que crece de verdad es la inversión en bienes inmuebles, por las masivas compras por los “fondos buitres” de viviendas abaratadas procedentes de los balances de bancos y cajas de ahorro
[6] Como los fenómenos de las migraciones de masas y el cambio climático que lo intensifica y lo acelera

La economía del fraude

¿Cómo puede ser inocente un fraude? En su libro 'La economía del fraude inocente', el economista John Kenneth Galbraith aclara el misterio. La idea de fraude inocente nos remite a una serie de análisis y supuestos equivocados que han sido adoptados por los economistas convencionales, es decir, los que sirven a los poderes establecidos. Esos análisis se han erigido en mitos y causan daños incalculables.

La presunción de inocencia proviene de una doble crítica a dichos economistas. Para Galbraith, esos economistas convencionales no sólo están equivocados, sino que son demasiado torpes para darse cuenta de sus errores. Es decir, pueden perpetrar el fraude pero son incapaces de entender lo que están haciendo. Y si por acaso alguno de estos economistas oficiales aclara que sí entiende lo que está haciendo, entonces la presunción de inocencia se remplaza por una acusación de alevosía, premeditación y ventaja.
Entre los fraudes inocentes que cultivan los economistas convencionales se encuentra el uso del término sistema de mercado para referirse al capitalismo. Galbraith sabía muy bien que estos dos términos no son sinónimos y que el origen del capitalismo se basa en una profunda distorsión del funcionamiento de los mercados. No sólo impera en el capitalismo una forma de circulación monetaria que nada tiene que ver con la circulación de mercancías en el mercado, sino que en el capitalismo el trabajo y la naturaleza se convierten en mercancías. El mercado es la tierra en la que crece el capitalismo como una maleza que todo lo invade. Al contrario de lo que se piensa comúnmente, el capitalismo acaba por destruir el mercado.
El libro de Galbraith identifica otros ejemplos de fraude inocente perpetrados por economistas oficiales. Uno muy importante es la distinción entre sector privado y sector público. En realidad, nos dice Galbraith, los intereses de las grandes corporaciones son ahora la prioridad para los planes y políticas de los gobiernos. Tiene razón y si hubiera podido continuar con su análisis (el libro se publicó cuando tenía 94 años) hubiera señalado que a nivel de la política macroeconómica, los ministerios del tesoro y hacienda, así como los bancos centrales, han subordinado las prioridades de la política fiscal y monetaria a los dictados del capital financiero. La pretendida ‘autonomía’ del banco central es otro fraude inocente. En la política económica es difícil distinguir dónde termina el sector público y dónde comienza el sector privado.
Quizás el mejor ejemplo de fraude inocente en política económica es la idea de que el banco central es capaz de controlar la oferta monetaria en una economía. Éste ha sido uno de los mitos más acendrados en la teoría y en la práctica económica y tuvo un segundo aire cuando Milton Friedman revivió las tesis tradicionales de la teoría monetaria. Es bien sabido que para los monetaristas el gobierno siempre debe mantener un balance fiscal y si es necesario, debe intervenir en la economía sólo a través de la política monetaria. Inicialmente y con el fin de controlar la inflación, eso significaba mantener la oferta monetaria creciendo de manera gradual al ritmo de la actividad económica. Se suponía que esa debía ser la regla de oro del banco central. Irónicamente, el problema para los monetaristas es que nunca supieron encontrar la medida adecuada de la masa monetaria para su planteamiento de política económica. Así, no sorprende que en Estados Unidos la Reserva federal nunca hubiera sido capaz de encontrar la forma de controlar las medidas de masa monetaria con las que estuvo experimentando durante casi treinta años.
Ahora sabemos que Paul Volcker fue el último director de la Reserva federal que intentó controlar de manera directa la oferta monetaria. Después de varios años intentando dominar la oferta monetaria, en 1986 la Fed, todavía bajo la tutela de Volcker, abandonó la lucha y aceptó lo que los banqueros ya sabían: que la oferta monetaria la determinan los bancos comerciales privados.
La política monetaria sufrió un cambio radical. Se transformó en una política que utiliza tasas de interés como instrumento principal en lugar de buscar controlar la oferta monetaria. La cantidad de moneda en circulación dejó de ser la variable clave para tratar el tema de la inflación y en su lugar se prefirió hablar de ‘expectativas inflacionarias’. El trabajo de Lucas vino a rematar las cosas: el gobierno no debe intervenir jamás en la vida económica porque los agentes son capaces de prever el efecto de dicha intervención y pueden cancelarlo con sus propias acciones. Es la ‘teoría económica’ que aprendieron los tecnócratas mexicanos en su visita a las universidades estadunidenses en la década de los años setenta. El fraude inocente nos hace recordar a Fedro en los Diálogos: la credibilidad de alguien que cometió un fraude vergonzoso nunca será restaurada, aunque diga la verdad. De todos modos, los economistas del sistema nunca dirán la verdad. Texto: Alejandro Nadal. Ver: La ley de la oligarquía

31 oct 2015

Manipulación mediática en la Aldea Global

Los medios de comunicación corporativos globalizados han dejado toda la sutileza y sofisticación en la presentación de la desinformación y han emprendido una guerra mediática abierta contra todos los países que se atreven a buscar los caminos alternativos de desarrollo socioeconómico que no coincide con el neoliberalismo impuesto por los Estados Unidos.
El nuevo modus operandi de la prensa globalizada lo muestra el reciente artículo del reportero de la NBC News, Jim Maceda publicado bajo el título “Tour of Ukranian Russian border, finds non signs of military buildup” (El viaje a lo largo de la frontera entre Ucrania y Rusia muestra que no hay signos de movimientos de tropas (rusas)”. Sin embargo, al día siguiente la NBC News cambió el titular del mismo artículo anunciando: “No signs of Russian troops withdrawal from Ucranian border” (No hay signos de la salida de las tropas rusas de la frontera con Ucrania).
Lo mismo sucede con la presentación de las noticias sobre Venezuela. La semana pasada la Oficina de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en Venezuela emitió un comunicado en que “saluda el esfuerzo que se viene realizando en el marco de las conferencias nacionales y regionales de paz y el anuncio hecho por el Sr. Presidente Nicolás Maduro sobre la creación del Consejo Nacional de Derechos Humanos". También la ONU felicitó al presidente por sus esfuerzos para promover la paz en el país y rechazó “cualquier hecho violento, la destrucción de la propiedad pública y privada y el obstáculo a la libre circulación de ciudadanos”. Por supuesto, la prensa globalizada no vio ni escuchó, peor aún, acalló el hecho siguiendo el memorándum del 23 de enero pasado del presidente Obama que señalaba que “incitando la violencia popular podría ayudar a sacar al presidente Maduro del poder”.
El mensaje no puede ser más claro para los medios de comunicación globalizados que se volcaron a presentar durante estos últimos dos meses la violencia en Venezuela como la lucha por la democracia para acabar con la “dictadura del gobierno”. Inclusive se elaboró en Washington “El Plan Estratégico para Venezuela” suponiendo que la crisis en las calles facilitará la intervención de Norteamérica y de las fuerzas de la OTAN con el apoyo de Colombia. Para dar un mayor estímulo a la oposición y a hacer más eficaz la guerra mediática, la Cámara de Representantes del Congreso estadounidense aprobó el 4 de marzo pasado la Resolución 488 (R488) por 393 votos y uno en contra en apoyo “del pueblo de Venezuela que protesta pacíficamente en defensa de la democracia y contra el crimen exhortando el fin de la actual violencia”.
Lo que están ocultando los medios de comunicación globalizados son las pérdidas por los daños causados al país por los manifestantes opositores que superan ya 10.000 millones de dólares, según los datos del equipo económico del gobierno. En el estado de Lara estos “manifestantes pacíficos” trataron de quemar a médicos cubanos rociándolos de gasolina en los consultorios donde atienden a millares de personas cada mes. En el estado de Táchira atacaron las instalaciones de la Universidad nacional Experimental de las Fuerzas Armadas afectando a más de 5.600 estudiantes. Frente a estos hechos vandálicos la prensa globalizada está guardando un profundo silencio o simplemente están señalando al gobierno como el responsable de la violencia. Y esta información la están propagando día a día los periodistas al servicio de los globalizadores como parte de la guerra mediática, usando mensajes repetitivos para crear una imagen completamente distorsionada de la crisis en Venezuela y ocultando el hecho que los disturbios se producen solamente en 18 de las 335 municipalidades del país.
Lo mismo está sufriendo Siria desde el marzo de 2011 cuando se inició la propagación de noticias internacionales capciosas para preparar a la audiencia mundial para una posible agresión o invasión en contra del país. Los laboratorios de desinformación y a la vez del terrorismo fueron establecidos bajo la tutela de la CIA y la DIA (la Agencia de Inteligencia del Pentágono) en Turquía, Jordania y Chipre creando una red de periodistas, intelectuales asalariados y cadenas de medios de comunicación para propagar “la noticia mentira” permanentemente para confundir la opinión pública mundial. El canal qatarí Al-Jazeera, alguna vez un medio alternativo, se convirtió con la ayuda de la CIA en uno de los centros de la guerra mediática contra el gobierno legítimo de Siria encabezado por el presidente Bashar Al-Assad quien ya en 2003 fue declarado el “enemigo de los EE.UU. al negarse a prestar su territorio a las fuerzas militares de EE.UU. para bombardear a Irak.
La frustración que tuvo Washington al no permitir Rusia el cambio de régimen en Siria y al observar el inicio del acercamiento de Irán a Rusia y posteriormente sentirse incapaz de prevenir el retorno de Crimea a los brazos de Moscú, produjo gran irritación en el gobierno de Obama cuyo resultado fue la intensificación de la guerra mediática contra el liderazgo de Putin, esperando el apoyo de la oposición rusa y la elaboración de las sanciones económicas contra este país. Estados Unidos estaba preparándose para este proceso desde 2012 cuando inició una campaña mediática contra los medios de comunicación rusos debido al aumento de la información alternativa en contraste a la desinformación globalizada elaborada por Washington y su aliado incondicional Bruselas.
Parece que la irritación de Washington con Moscú ha cegado la capacidad analítica de los “iluminados” al elaborar las sanciones que en realidad afectan más los intereses norteamericanos que los rusos. Inclusive los líderes estadounidenses ofrecen, sin darse cuenta, cierta ventaja ideológica a Moscú a pesar de que los dos países hablan el mismo idioma capitalista. Lo interesante y lo que es nuevo a la vez, es que las sanciones contra algunas personalidades rusas que tienen prohibido entrar en la UE y poseer bienes allí no las declara la primera superpotencia del mundo, sino su incondicional satélite, la Unión Europea. Así en esta lista absurda aparece el director general de la recién formada agencia internacional “Rossiya Segodnya”, el conocido presentador de televisión, Dmitriy Kiseliov. Resultó que este hombre ha sido el único periodista afectado por las sanciones. Cualquier estudioso de propaganda diría que la selección de un periodista para el castigo produciría un efecto contradictorio a lo deseado por sus autores pues hace crecer al personaje y al medio de comunicación que él representa. También muestra la inseguridad de los castigadores.
Tanto la Unión Europea como sus curadores en Washington están perdiendo la guerra de la información que ellos han desatado contra Venezuela, Siria, Irán y Rusia. Y lo curioso de todo esto que recientemente Washington amenazó con sanciones a la misma Unión Europea por atreverse a declarar como una necesidad urgente crear su propia red de comunicación electrónica independiente de los Estados Unidos para proteger la privacidad de los europeos. Actualmente más del 70 por ciento del tráfico electrónico en Europa pasa a través de Norteamérica y en el caso del otro satélite estadounidense, Canadá, el 90 por ciento. Lo mismo sucede con América Latina y Rusia. Así Washington asegura su hegemonía en el fluido y diseminación de la información a nivel global acomodándola a sus propios intereses nacionales.
Los que se atreven dentro de los Estados Unidos a investigar, buscar fuentes alternativas de la información o simplemente se dedican al periodismo informativo, “están intimidados y perseguidos por atreverse a exponer el alcance de las actividades secretas del gobierno”, según la abogada italiana y representante de la Asociación Internacional de Juristas Demócratas (AIJD), Micól Savia. Esta jurista afirmó que en su afán de encontrar las fuentes de la información clasificada publicada por la prensa, “el gobierno llegó a registrar las comunicaciones y movimientos de reporteros”.
Para confirmar este hecho citó el caso del periodista independiente colaborador de “The Guardian” y “Vanity Fair'', Berret Brown “quien se enfrentó a una acusación que podía suponerle 105 años de cárcel por haber publicado un hipervínculo a una serie de documentos confidenciales de la agencia privada de inteligencia Stratfor, 'hackeado' por “Anonymous”. Brown estuvo en prisión más de un año y posteriormente le fue impuesta la prohibición a él y sus abogados de hablar de su caso con la prensa”. Casi lo mismo está sucediendo en Europa. El Reino Unido, que siempre se ha caracterizado por una legislación muy avanzada en materia de la libertad de prensa, está experimentando una regresión en este campo. Como ejemplo Micól Savia quien citó las presiones que ejerció el gobierno británico sobre el diario “The Guardian” para impedir la publicación de los documentos relativos al programa de vigilancia masiva por parte de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de EEUU y su homóloga británica GCHQ y sus órdenes de destruir discos duros de documentos entregados por Edward Snowden. Lo que finalmente “The Guardian” tuvo que cumplir.
Tomando en cuenta todo lo que está pasando en los Estados Unidos y la Unión Europea respecto a la veracidad de la información y la libertad de prensa, podemos dar la razón al director de la agencia Rossia Segodnia, Dmitriy Kiseliov quien sostiene que “actualmente hemos invertido los papeles. Rusia se apuesta por la libertad de expresión, mientras que el Occidente ya no lo hace. Se han producido cambios tectónicos en la civilización. En Rusia se puede abordar cualquier tema, existen canales de televisión, radios y periódicos para todos los gustos y no se bloquea el acceso al internet. No hay ninguna obra literaria prohibida. Se publica todo, a excepción de lo que está directamente proscrito por la Constitución”. Resulta que inclusive se conocen los nombres de opositores, como Serguey Parjomenko, Alexey Navalniy, Valeriya Novodvorkaya que aconsejaron al departamento de Estado y a la Comisión Europea sobre las personalidades rusas que deben ser prohibidas de entrar en el territorio de la Unión Europea.
Parece que tanto Washington como Bruselas, lanzando amenazas a todo el mundo que cuestiona sus intentos de imponer su control global diseminando una burda desinformación, no se dan cuenta de que su hegemonía informativa se ha acabado. Actualmente existen varias agencias informativas alternativas como Prensa Latina, TeleSur, HispanTV, Chinese Central Television (CCTV), Russia Today (RT), Russia Segodnia, Press TV, Red Voltaire, Al-Manar y Halak TV entre muchas otras que están desafiando a los medios de comunicación corporativos globalizados con el propósito de romper el monopolio informativo anglosajón.
Dijo alguna vez el escritor belga Paul Carvel refiriéndose a los medios de comunicación globalizados que “la televisión te lava el cerebro e internet te elimina toda la resistencia del pasado”. La prensa alternativa tiene que tomar todo esto en cuenta para que su televisión aporte el conocimiento y el internet conecte el presente con el pasado y el futuro. Hace bastante tiempo Gabriel García Márquez hablando del periodismo afirmó que “el periodismo es el mejor oficio del mundo y que es una pasión insaciable que solo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad”. Solamente así las noticias y la verdad se convierten en la misma cosa. Texto: V. Pélaez. Recomendado: Personalismos y medios de comunicación

30 oct 2015

Capitalismo, globalización y desigualdad

El economista más famoso del momento es el francés Thomas Piketty, que publicó recientemente su libro El Capital en el siglo XXI. Sus críticos le acusan de no entender qué es el capital realmente; él confiesa que no ha leído la obra homónima de Carlos Marx; otros le señalan como moderado keynesiano. Sin embargo, el francés y su libro han causado furor porque, siendo un defensor del sistema capitalista, sus datos (al margen de las críticas metodológicas) demuestran que el capitalismo fomenta la desigualdad social creciente.

El Sr. Piketty estudia la distribución del ingreso a partir de los registros fiscales en los principales países “desarrollados” (Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Alemania y otros). Con esta metodología llega a la conclusión de que el ingreso de la élite de esas sociedades, que había caído relativamente a mitad del siglo XX, volvió a crecer y equipararse, a partir de los años 70, al que tenía durante el siglo XIX.
También afirma que en este momento Estados Unidos es uno de los países con mayor desigualdad de ingreso en su población, superando a muchos países “en vías de desarrollo” en inequidad social. Hablando en general, Piketty señala: “Con independencia de lo justificadas que puedan estar inicialmente las desigualdades de riqueza, las fortunas pueden crecer y perpetuarse más allá de todo límite razonable y más allá de cualquier justificación razonable en términos de utilidad social. Los empresarios tienden entonces a convertirse en rentistas, no con el paso de la generaciones, sino en el curso de una sola vida”.
Al margen de que Piketty crea que existe alguna desigualdad de riqueza que produce una “utilidad social”, lo importante de la cita es que reconoce la irracionalidad del sistema capitalista y su tendencia a la concentración de la riqueza social “más allá de todo límite razonable y más allá de cualquier justificación razonable”.
Como ciudadanos, y como cientistas sociales, nos vemos obligados a preguntarnos: ¿Cómo se resuelve esa contradicción reconocida por Piketty antes que el sistema capitalista conduzca a la humanidad entera a la barbarie, como advertía Rosa Luxemburgo hace un siglo? ¿Basta con las tímidas propuestas del economista francés que sugiere aumentar los impuestos a los capitalistas? Para dar una respuesta adecuada hay que ir a lo básico, empezando por entender qué es el capital y el sistema capitalista.

El capital es “una relación social” (Carlos Marx)

Una de las críticas metodológicas centrales que se hace a Piketty es que define “el capital” en el sentido del volumen de bienes materiales o riqueza acumulada (patrimonio) expresada como dinero. De esta manera Piketty elude el problema de que la creciente desigualdad social se debe a la explotación de clase que el sistema capitalista hace a los trabajadores. De allí que su propuesta de solución al problema planteado no pase de sugerencias “técnicas” que no cuestionan el fondo del asunto.
En eso consiste la gran diferencia con la perspectiva marxista, para la cual “el capital” no es un acumulado de cosas (objetos), bienes, patrimonio o como se les quiera llamar, sino una relación social de explotación de una clase sobre otra.
Para Carlos Marx, la tierra sólo se convierte en capital cuando es parte del sistema capitalista en que los empresarios al poseerla (propiedad privada) la utilizan como fuente de acumulación de ganancias explotando la fuerza de trabajo de la clase obrera (desposeída de propiedad) y obligada a venderse por un salario para poder sobrevivir.
En el tomo III de El Capital Marx dice: “¡Capital, suelo, trabajo! Pero el capital no es una cosa, sino determinada relación social de producción perteneciente a determinada formación histórico-social y que se representa en una cosa y le confiere a ésta un carácter específicamente social”.
Por si no quedara claro, agrega: “El capital no es la suma de los medios de producción materiales y producidos. El capital son los medios de producción transformados en capital, medios que en sí distan tanto de ser capital como el oro o la plata, en sí, de ser dinero. Son los medios de producción monopolizados por determinada parte de la sociedad, los productos y las condiciones de actividad de la fuerza de trabajo viva automatizados precisamente frente a dicha fuerza de trabajo, que personifican en el capital por obra de ese antagonismo”.
De lo que se trata es señalar que, hoy como en el siglo XIX, la creciente desigualdad social, la pobreza, el subdesarrollo, la crisis económica, los déficits, la deuda, el mercado son todos conceptos abstractos que esconden la relación concreta de explotación económica de los empresarios a la clase trabajadora, tanto a lo interno de un país como a nivel planetario.
La economía burguesa busca ocultar ese hecho que desnuda la esencia de los problemas sociales del mundo, dando la apariencia de que las categorías económicas son una especie de espíritus con voluntad propia que los seres humanos no podemos controlar.¿Por qué hay que priorizar el pago de la deuda a los bancos sacrificando puestos de trabajo y salarios, condenando a la miseria a miles de familias? Que el mercado, que las primas de riesgo, y por ahí van las “justificaciones”. “... hemos puesto de relieve ya el carácter mistificador que transforma las relaciones sociales a las que sirven en la producción, como portadores, los elementos materiales de la riqueza, en atributos de esas mismas cosas (mercancía) y que llega aun más lejos al convertir la relación misma de producción en una cosa (dinero)... Pero en el modo capitalista de producción y en el caso del capital, que forma su categoría dominante, su relación de producción determinante, ese mundo encantado y distorsionado se desarrolla mucho más aún...”(Marx, Ibidem).
Es nuestro deber como sociólogos comprometidos con nuestros pueblos señalar que la creciente desigualdad social es un mal que tiene solución, la cual pasa por cambiar la relaciones sociales de explotación capitalista, las cuales ni han sido, ni serán eternas e inmutables: “...Como el capital, el trabajo asalariado y la propiedad de la tierra son formas sociales históricamente determinadas...” (Marx, Ibid.)

Globalización y Capitalismo

Immamuel Wallerstein se pregunta y responde: “¿…habría algo hoy fundamentalmente diferente de lo que sucedía hace cincuenta años?, …Para mí, la respuesta es no: económicamente no sucede nada diferente de lo que actualmente denominamos “globalización””. Agrega: “La globalización,…, es la esencia del modo de funcionamiento de la economía-mundo capitalista, y lo ha sido toda la vida. Los capitalistas no se concentran en un solo país,no los grandes, no los importantes. Y es totalmente falsa la idea de que solamente hoy existe mercado mundial…”.
Para Wallerstein la globalización es la continuidad del capitalismo, como fenómeno económico y social, revestido de una ideología (neoliberal) que la justifique: “…lo que pasa hoy no es algo nuevo; sin embargo, se manifiesta como una expresión ideológica de la situación actual. El término globalización, que es utilizado desde hace más o menos diez años, parte de la campaña neoliberal para imponerse sobre resistencias varias, fomentando la creencia según la cual hecemos frente a una situación inevitable, y es en ese sentido que los Estados no pueden hacer nada, deben someterse”.
Wallerstein rebate dos tesis fundamentales de los apologistas de la globalización, la primera de que los Estados nacionales tienden a desaparecer (“Los capitalistas utilizan a los Estados y son tan necesarios hoy como ayer”), y la de que hay un salto tecnológico cualitativo como impronta de esta época (“Lo que es importante no es la tecnología, no es la racionalidad, es el monopolio”).
Incluso, frente a quienes hablan de que una de las características de la globalización sería la muerte del “sujeto histórico”, la clase obrera, capaz de transformar el capitalismo mediante una revolución socialista, Wallerstein responde taxativamente: “Hoy, la clase obrera es el mundo”, señalando que cada vez están más integrados dentro de esta clase los llamados sectores populares: mujeres, movimientos étnicos, etc.
Otro autor que podemos ubicar en la perspectiva crítica a la globalización es Theotonio Dos Santos el cual señala que la expansión sin precedentes del capital financiero no debe sobreestimarse, sino que debe verse como un aspecto más de las características del capitalismo en este momento histórico. Y advierte que se está gestando una crisis financiera global que pone coto a este modo de expansión del sistema capitalista.
“Por otra parte -dice Dos Santos, creo que la cuestión de la globalización tiene que ser vista desde un punto mucho más amplio: desarrollo de las fuerzas productivas, reestructuración de la economía como sistema productivo mundial con una división del trabajo que entra en una etapa nueva, resstructuración del sector industrial y del lugar del sector servicios, incluyendo el sector financiero…”
Para Teotonio Dos Santos, la fase de la globalización, si bien posee características particulares, se enmarca dentro del sistema capitalista internacional. Él nos previene de caer en dos extremos: “…el de sumarnos a la moda de augurar al advenimiento de una sociedad enteramente nueva, en los casos extremos de una sociedad poscapitalista, y el contrario de negarnos a reconocer las transformaciones del capitalismo en curso”. Continúa diciendo: “La mejor manera de identificar estas especificidades será, entonces, comparando los rasgos del período que vivimos desde la crisis mundial desencadenada a comienzos de la década del setenta hasta nuestros días, con las características de períodos previos del desarrollo capitalista…”.
Define la globalización como “una determinada combinación de procesos económicos, sociales, políticos, ideológicos y culturales que puede ser considerada como una nueva etapa de acelerada extensión e intensificación de las relaciones sociales capitalistas. .. Es una combinación de procesos… determinada por el único principio que puede considerarse articulador y convertir en inteligibles este tipo de totalidades complejas y antagónicas: la lucha de clases”.

Globalización y neoliberalismo, instrumentos de la explotación capitalista

En esta misma perspectiva encontramos la obra del español A. Van den Eynde, quien, a nuestro juicio desarrolla de manera más acabada el análisis de la globalización desde una perspectiva marxista. Como resume muy bien el problema, reproducimos extensamente parte de la introducción de su libro, en la que considera su precursor a Francois Chesnais (“La mundialización del capital”, 1994).
“La palabra globalización  -nos dice- entró con fuerza en el lenguaje económico y político a mediados de la década de los ochenta …Como todo concepto nuevo, el de globalización llegó acompañado de una propuesta inicial de contenido: había que entender por globalización o mundialización algo así como la completa e imparable liberalización de los mercados en todo el mundo. El mercado estaría a punto de ser uno y de ámbito mundial, pues iban a desaparecer de la faz de la tierra las barreras y legislaciones que trababan la libre circulación de toda clase de mercancías, desde el propio trabajo hasta el capital, y en consecuencia, estaríamos asistiendo al nacimiento de una economía “global” o mundialmente integrada.
“También se decía que las teorías y las políticas partidarias de limitar la libertad de los mercados y el libre juego de las fuerzas económicas elementales iban a ser arrojadas a la hoguera, condenadas por obsoletas y contrarias al progreso; sin distinción y comenzando por el socialismo… Y como entonces se produjo el hundimiento del Titanic soviético, la vida misma parecía confirmar el triunfo universal de un capitalismo “global”.
El término globalización tiene un origen social y político entre quienes defiende la idea neoliberal de ampliación sin límites ni restricciones las fuerzas del mercado, y el marxismo tanto política como sociológicamente tardó hasta mediados de los años 90 en darle una respuesta crítica al concepto.
Van den Eynde resume las principales características del desarrollo capitalista en esta fase denominada globalización. Características que tienen su origen y son una manifestación de una crisis crónica de la economía capitalista mundial iniciada a fines de los años 60 y comienzos de los 70:
1. Avance del comercio frente a la producción: desde 1984 a 1994 se produjo un hecho en apariencia ilógico, mientras la producción mundial de bienes ha crecido una tasa del 2.8%, la expansión del comercio lo ha hecho a 6.3%. Esta contradicción se explica por un decaimiento de los mercados nacionales, que ha forzado a un proceso de internacionalización no sólo de los bienes producidos, sino de la misma producción. El proceso productivo mismo se ha segmentado de modo que se desarrollan partes de cada mercancía entre varios países. Parte de este comercio se da entre diversas factorías de empresas multinacionales.
2. Se exportan más capitales que mercancías. La llamada Inversión Extranjera Directa (IED) crece 3 veces más que la exportación de mercancías. Entre 1983-1990, mientras el comercio mundial creció 9%, la IED lo hizo al 34%. Este movimiento masivo de capitales no va dirigido fundamentalmente a grandes inversiones productivas, sino a un proceso de compra de empresas estatales de los países subdesarrollados, al proceso de fusiones de grandes consorcios y a relaciones entre transnacionales y sus filiales. Lo que representa un avance de la concentración y centralización del capital, una de las cracterísiticas del capitalismo monopolista.
3. Progresión geométrica de las operaciones financieras, el capitalismo se vuelve cada vez más especulativo que productivo. Expresión de una crisis mundial de sobreproducción, que data de los 70, y una desconfianza generalizada en los mercados, lo que obliga a los grandes capitales a dedicarse a actividades especulativas (sin base material) como inversiones en bolsas de valores, compra de bonos, manejos de deudas, etc. Por ejemplo, para 1995, se movía especulativamente por día un volumen de capitales equivalentes a la producción anual de un país como Francia. Se calcula que hoy el monto de la especulación financiera en el mundo alcanza los 50 trillones de dólares anuales, mientras el valor de la producción mundial sólo llega a los 30 trillones.
4. Reorientación de la producción hacia el mercado mundial, esta es otra respuesta a la crisis de sobreproducción, puesto que el estancamiento de los mercados nacionales fuerza a las empresas a intentar ganar mercados más amplios a nivel mundial.
5. Unificación de grandes mercados regionales, cuyo mejor ejemplo es la Unión Europea, pero también el tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLC). Es una consecuencia de la tendencia analizada en el punto 4. Esta integración no disuelve la explotación imperialista, de unas naciones sobre otras, sino que se da sobre el predominio de los capitales de una o algunas de estas potencias sobre estos mercados regionales, en detrimento de los medianos y pequeños capitales nacionales. Por ejemplo, el eje de la integración europea lo es sin duda el capital alemán seguido del francés, así como en el TLC y el ALCA predomina EEUU.
6. Liberalización de los mercados, dice Van den Eynde que el cenit de la globalización fue la creación de la Organización Mundial de Comercio en 1994. En ella las grandes potencias pactaron la apertura de las fronteras comerciales, reduciendo al mínimo los aranceles, para evitar las guerras comerciales que en el pasado tuvieron consecuencias funestas para el capitalismo.
7. El desarrollo de las comunicaciones, no sólo con avances tecnológicos en materia de transportes de mercaderías y personas, sino también en una rama productiva nueva, la telemática. La cual ha ayudado a una reducción de costos de producción, y acelerar todo el proceso productivo. En Estados Unidos este sector representaba, en 1996, el 16% del PIB. Pese a lo cual, el autor señala que no debe considerarse esto como una nueva revolución industrial, porque su uso efectivo queda en manos de unas pocas grandes empresas, rodeadas de un mar de medianas y pequeñas empresas incapaces de aprovechar al máximo esta tecnología.
Descritas estas siete características de la globalización Van den Eynde señala que el actor central de esta fase son 200 grandes transnacionales que controlan cada vez más el mundo. Ellas internacionalizan la producción, al segmentarla en diversos países, en busca de una reducción de costos, trasladando algunas factorías a países en que la clase obrera gana menores salarios que en los países desarrollados. Ellas también se aseguran el control de los grandes mercados mundiales mediante fusiones entre sí.
Esta tendencia exacerba las contradicciones del capitalismo en su fase monopólica mediante un proceso de integración que es cada vez más desigual e imperialista. La diferencia con la fase anterior, desde la posguerra a 1973, es que las transnacionales desplazan al Estado de su participación en la economía.
La razón y génesis de esto se haya en la crisis mundial capitalista que llevó a un agotamiento del modelo de acumulación capitalista (keynesiano). En este sentido, Van den Eynde afirma que “la globalización surge orgánicamente del desarrollo precedente. No es un accidente. Tampoco es un invento político”.
El modelo de acumulación precedente (keynesianismo), surgido luego de la Segunda Guerra Mundial se caracterizó por: a. tener como eje el endeudamiento estatal, para compensar la decadencia del crecimiento de capitalista que venía de los años 20; b. un “imperio del dólar” americano, que expresaba la nueva relación de fuerzas entre las potencias: c. la implementación de un “estado benefactor”, con concesiones sociales a los trabajadores, que pretendía enfrentar el reto de las revoluciones obreras que se expandieron por el oriente de Europa y Asia.
Esta forma de proceder del capitalismo (keynesiano) va a entrar en crisis a fines de los años sesenta, cuando el proceso de endeudamiento estatal alcanzó límites enormes, lo que a su vez llevó a la crisis de la libre convertibilidad del dólar-oro (Acuerdos de Bretton Woods), a un crecimiento inflacionario galopante, y a un estancamiento creciente de las fuerzas productivas, expresada en una caída del crecimiento económico constante. El estallido final del modelo, vino con el alza de los precios del petróleo de 1973.
La respuesta del sistema capitalista imperialista a esta crisis crónica siguió la lógica expuesta por Carlos Marx desde el siglo XIX, compensar la caída tendencial de la tasa de ganancias con diversas medidas, que genéricamente hemos llamado neoliberales:
Una ofensiva contra los países dependientes, arrancándoles mayores cuotas de explotación por la vía del endeudamiento externo y los ajustes estructurales, desarmando sus economías haciéndolas más vulnerables a las imposiciones de los capitales imperialistas.
Política de desregulación del trabajo, o sea, aumentar la explotación de la fuerza de trabajo en todo el mundo precarizando el empleo, apoyándose en el fomento de un desempleo masivo, aumentando los ritmos de trabajo, etc.
Cortando los beneficios sociales que de los trabajadores habían alcanzado bajo el estado de beneficio, y con mayor fuerza luego de la desaparición de la Unión Soviética en los años 90.
Privatización de empresas públicas que le permitieran al capital privado depredar en sectores enteros sin realizar mayor inversión productiva.
Recolonización de la Unión Soviética, China y otros estados obreros cuando la burocracia dirigente decidió pasarse al capitalismo con la perestroika y el “socialismo de mercado” de Deng Xiao Ping. Esto le ha permitido ampliar el mercado mundial y la mano de obra explotada.
La globalización de la democracia (burguesa), como apoyo político del proceso económico, que le garantiza no sólo una ideología para enfrentar a los movimientos sociales y mecanismos de control imperialistas para la recolonización política de los países dependientes.
En resumidas cuentas: “La globalización no es una política casual, sino un desarrollo económico orgánico del imperialismo. Además la globalización tiene una política, que expresa el dominio y los intereses de su fracción dirigente: esa política es el neoliberalismo, que es un capitalismo sin artificios, reaccionario cien por cien: que es explotación sin las “cadenas doradas” del Estado “de bienestar”; que es recolonización de los países dependientes y restauración del capitalismo allí donde se había comomenzado a construir el socialismo”.
Este análisis lleva a Van den Eynde a una conclusión, la globalización está agudizando las contradicciones que caracterizan al capitalismo: entre una mayor socialización de los procesos de trabajo y una acumulación en menos manos de la riqueza social; entre la necesidad creciente de una planificación económica y la anarquía del mercado; entre un mercado mundial en crecimiento y el mantenimiento de las fronteras nacionales: entre la necesidad de aumentar la tasa de beneficios y la crisis de sobre producción; en fin, entre las fuerzas productivas (desarrollo tecnológico) y la cada vez más extendida miseria humana.
Por ello, finalmente, Van den Eynde define la globalización como “la etapa del capitalismo en que comienzan a desplegarse todas las contradicciones explosivas del régimen burgués en su etapa imperialista o monopolista, y de esta manera surgen paso a paso las condiciones –que antes, durante medio siglo, no habían existido- para que se produzca un nuevo auge socialista”.

La creciente desigualdad social es producto de la globalización capitalista

Con los criterios expuestos, revisamos algunos de los abundantes datos aportados por Thomas Piketty sobre la desigualdad social en el capitalismo del siglo XXI.
Piketty afirma que medida patrimonialmente la riqueza (conjunto de bienes muebles e inmuebles privados netos), ésta se haya concentrada de la siguiente manera: en Francia, el 1% más rico de la población posee el 22% del patrimonio; en el Reino Unido el 30%; y e Estados Unidos el 32%.
Si en vez del 1% se toma el décil más rico de la población tenemos que éste posee en Francia el 60% del patrimonio; en el Reino Unido el 70%; en Estados Unidos el 70%. Por contra, el 50% más pobre de la población de esos países sólo posee el 5%.
Medido el ingreso promedio anual, según Piketty en la Unión Europea el 50% de la población más pobre posee un patrimonio de 20 mil euros; la mal llamada “clase media”, el 40% de la población con ingresos medios, posee un patrimonio que oscila entre 100 mil y 400 mil euros; el 9% que sigue posee sobre los 800 mil euros de patrimonio; y el 1% más rico de la población recibe desde 5 millones de euros en adelante.
Con el mismo criterio metodológico, la situación a nivel mundial sería la siguiente: el 0,1% de la población posee el 20% del patrimonio mundial; el 1% el 50% del patrimonio; el 10% más rico posee entre el 80 y el 90% del patrimonio. Peor aún, tan sólo 225 personas en el mundo poseen un patrimonio medio de 15.000 millones de euros.
Piketty calcula el ritmo de acumulación de riqueza por parte de esta minoría en un 6% anual, con lo cual estima que hacia el año 2043 esas 225 personas poseerán el 60% del patrimonio mundial.
En términos históricos, Piketty también demuestra que la concentración de la riqueza en Europa, que era altamente desigual en el siglo XIX, tendió a moderarse a lo largo del siglo XX, gracias a la Revolución Rusa, las dos guerras mundiales y la crisis capitalista que derivó en la política keynesiana (estado benefactor) como una respuesta económica frente a la revolución social que amenazaba al sistema capitalista global.
Luego empieza el camino inverso gracias al Consenso de Washingto de 1980, que impuso el modelo de globalización neoliberal que hemos descrito antes, el cual se vio reforzado en 1990 con la desaparición de la Unión Soviética y su bloque.
En Europa, en 1810, el décil más rico de la población poseía el 80% del patrimonio; en 1910 este décil concentraba el 90% del patrimonio; para decrecer hasta 1975, cuando bajó a cerca del 60%. El signo empieza a cambiar en las dos últimas décadas del siglo XX, y vuelve a crecer el proceso de acumulación de la riqueza en manos del décil superior hasta representar el 65% del patrimonio en 2010.
Muchos otros datos, basados en los criterios metodológicos señalados, se desprenden de la abundancia de información aportada por los cuadros de Piketty, y pueden ser consultados por internet. Para los efectos nuestros, basta con lo citado hasta aquí.
Podrían complementarse esas estimaciones con otras, de otros especialistas e incluso con las de organismos internacionales, por ejemplo, los estudios sobre pobreza de CEPAL para nuestro continente. Al margen de las precisiones metodológicas, todas las fuentes muestran un mundo capitalista crecientemente desigual.
Desde nuestra perspectiva, y en conclusión, la solución a la desigualdad creciente del capitalismo no se encuentra en pequeñas medidas económicas o sociológicas, sino en grandes transformaciones políticas. Pero eso es harina de otro costal. Texto: Olmedo Beluche. Ver también: `Teoría gral. del capitalismo salvaje'.

26 oct 2015

Cuatro falacias de la 'segunda gran depresión'

En el período que comenzó en 2008 ha habido una abundante cosecha de falacias económicas recicladas, la mayoría procedentes de dirigentes políticos. Las cuatro siguientes son mis favoritas. El ama de casa suaba. “Se debería haber preguntado simplemente al ama de casa suaba”, dijo la Canciller de Alemania, Angela Merkel, después del desplome de Lehman Brothers en 2008.
“Nos habría dicho que no se puede vivir gastando más de lo que se gana”. En esa lógica que parece sensata se basa actualmente la austeridad. El problema es que pasa por alto el efecto de la frugalidad del ama de casa en la demanda total. Si todas las familias frenaran sus gastos el consumo total disminuiría y también la demanda de mano de obra. Si el marido del ama de casa pierde su puesto de trabajo la familia estará económicamente peor que antes. El caso general de esta falacia es la “falacia de composición”: lo que tiene sentido para cada una de las familias o empresas individualmente no necesariamente da como resultado el bien del conjunto. El caso particular que John Maynard Keynes determinó fue la “paradoja de la frugalidad”: si todo el mundo intenta ahorrar más en los malos tiempos la demanda agregada disminuirá con lo que se reducirán los ahorros totales por la disminución del consumo y del crecimiento económico. Si el Gobierno intenta reducir su déficit, las familias y las empresas tendrán que apretarse el cinturón y el resultado será una reducción del gasto total. La consecuencia de ello será que, por mucho que el Gobierno recorte su gasto, su déficit apenas disminuirá. Y si todos los países aplican la austeridad simultáneamente, una menor demanda de los productos de cada uno de los países provocará un menor consumo nacional y extranjero, con lo que todos se encontrarán económicamente peor. El Gobierno no puede gastar un dinero que no tiene. Esta falacia, repetida con frecuencia por el Primer Ministro de Gran Bretaña, representa a los gobiernos como si afrontaran las mismas limitaciones presupuestarías que las familias o las empresas, pero los gobiernos no son como éstas. Siempre pueden conseguir el dinero que necesitan emitiendo bonos. Pero, ¿no tendrá que pagar un gobierno cada vez más endeudado tipos de interés cada vez mayores, con lo que los costos del servicio de la deuda llegarán a consumir todos sus ingresos? La respuesta es que no: el banco central puede imprimir el suficiente dinero suplementario para mantener bajo el costo de la deuda estatal. Eso es lo que hace la llamada relajación cuantitativa. Con unos tipos de interés cercanos a cero, la mayoría de los gobiernos occidentales no pueden dejar de endeudarse. Este argumento no es aplicable a un gobierno que no tenga un banco central, caso en el que afronta la misma limitación presupuestaria que el ama de casa suaba. Ésa es la razón por la que algunos Estados miembros de la zona del euro tuvieron tantos problemas hasta que el Banco Central Europeo los rescató. La deuda nacional representa impuestos aplazados. Según esta falacia con frecuencia repetida, los gobiernos pueden recaudar dinero emitiendo bonos, pero, como éstos son préstamos, tarde o temprano tendrán que pagarlos, cosa que sólo se puede hacer aumentando los impuestos, y, como los contribuyentes así lo esperan, ahorrarán ahora para pagar sus impuestos futuros. Cuanto más se endeuda el Gobierno para sufragar su gasto actual, más ahorra el público para pagar los impuestos futuros, lo que anula el efecto estimulador del endeudamiento suplementario. El problema de este argumento es que los gobiernos raras veces afrontan la tesitura de tener que “saldar” sus deudas. Pueden optar por hacerlo, pero la mayoría de las veces se limitan a refinanciarlas emitiendo nuevos bonos. Cuanto más largos son los plazos de vencimiento de los bonos, menos frecuentemente deben recurrir los gobiernos a los mercados para obtener nuevos préstamos. Más importante es que, cuando hay recursos no utilizados (por ejemplo, cuando el desempleo es mucho mayor de lo normal), el gasto resultante del endeudamiento del Gobierno utiliza dichos recursos. Los mayores ingresos del Gobierno resultantes de ello (más un menor gasto dedicado a los desempleados) compensa el endeudamiento suplementario sin tener que aumentar los impuestos. La deuda nacional es una carga para las generaciones futuras. Se ha repetido esta falacia con tanta frecuencia que ha entrado en el inconsciente colectivo. El argumento es el de que si la generación actual gasta más de lo que gana, la próxima generación tendrá que ganar más de lo que gaste para pagarlo. Pero pasa por alto que los titulares de esa misma deuda figurarán entre las futuras generaciones que supuestamente tendrán esa carga. Supongamos que mis hijos tienen que pagarte a ti la deuda que yo contraje. Estarán económicamente peor, pero tú estarás mejor. Eso puede ser negativo para la distribución de la riqueza y la renta, porque enriquecerá al acreedor a expensas del deudor, pero no habrá una carga para las generaciones futuras. El principio es exactamente el mismo cuando los titulares de la deuda nacional son extranjeros (como en el caso de Grecia), si bien la oposición política al pago será mucho mayor. La economía rebosa de falacias porque no es una ciencia natural como la física o la química. En economía las afirmaciones raras veces son absolutamente verdaderas o falsas. Lo que es verdadero en ciertas circunstancias puede ser falso en otras. Por encima de todo la verdad de muchas afirmaciones depende de las expectativas de la población. Pensemos en la creencia de que, cuanto más se endeude el Gobierno mayor será la carga impositiva futura. Si las personas actúan conforme a ella y ahorran todo dólar, euro o libra extra que el Gobierno ponga en sus bolsillos el gasto gubernamental suplementario no tendrá efecto en la actividad económica, independientemente de cuántos sean los recursos no utilizados. Entonces el Gobierno debe aumentar los impuestos... y la falacia se convierte en una profecía que no puede dejar de cumplirse. Así, pues, ¿cómo debemos distinguir entre las afirmaciones verdaderas y las falsas en economía? Tal vez se deba trazar la línea divisoria entre las afirmaciones que sólo resultan válidas si la población espera que lo sean y las que lo son independientemente de cuáles sean las creencias al respecto. La afirmación: “Si todos ahorráramos más en una crisis, todos estaríamos económicamente mejor”, es absolutamente falsa. Todos estaríamos económicamente peor. En cambio la declaración: “Cuanto más se endeuda el Gobierno, más tendrá que pagar por su endeudamiento”, es unas veces cierta y otras falsa. O tal vez la línea divisoria debería separar las propuestas que dependen de supuestos de comportamiento razonables y las que dependen de otros ridículos. Si las personas ahorraran todo céntimo extra del dinero prestado que gasta el Gobierno, el gasto no tendría un efecto estimulador. Es cierto, pero esa clase de personas sólo existen en los modelos de los economistas. Robert Skidelsky. 


Crisis del capitalismo

Aunque la noción de crisis se ha convertido en un lugar común, pues todo el mundo quiere salir de la crisis, es dominante aún la confusión general acerca de lo que es realmente una crisis económica.
Y por más que se publican libros y libros sobre las diferentes crisis que se están dando (crisis financiera, crisis económica, crisis de la deuda, crisis ecológica, etc.) la incertidumbre se mantiene. No es tampoco extraño, pues las distintas escuelas de pensamiento -a la que nos adscribimos cada uno de los economistas- ofrecen diferentes interpretaciones de lo que está pasando y, por consiguiente, también de lo que habría que hacer para acabar con la crisis. Mi intención es ofrecer aquí un mínimo pero solvente marco de análisis que permita clarificar el significado último de lo que es una crisis, sin entrar a valorar cuál es mi propia interpretación, con el objetivo de ayudar al lector a situar la situación actual. Crisis es interrupción. Y, concretamente, interrupción del ciclo productivo. Esto quiere decir que se han detenido los mecanismos por los cuales nuestras economías producen bienes y servicios. Estos mecanismos son los mismos que nos permiten crear puestos de trabajo y producir bienes materiales que cada vez son mejores en términos técnicos. Es decir, lo que se ha detenido ha sido el proceso de avance económico, de crecimiento económico. Y sin él, ni tenemos empleo ni avance técnico -al menos bajo el sistema económico actual. Para Marx y Keynes la forma más útil de entender el ciclo productivo era a partir de los esquemas que elaboró el primero de estos autores. En una economía capitalista el ciclo productivo está descrito por el proceso D-M-D’. Es el llamado ciclo del capital, y representa en abstracto el proceso por el cual un capitalista obtiene dinero (D), produce mercancías (M) y luego las vende por una cantidad de dinero superior a la inicial (D’). La diferencia entre D’ y D es el llamado excedente económico. Esto significa que cuando el capitalista recibe D’ dedica ese dinero a reiniciar el ciclo productivo de forma que ahora es D’-M-D”, donde ahora D” es mayor que D’. Esa reinversión del dinero es lo que permite, entre otras cosas, los desarrollos tecnológicos y los nuevos empleos. Y, por supuesto, el hecho de que las expectativas de lo que será D’ sean mayores que D es una condición necesaria para que el ciclo funcione. La aceptación de que este es el proceso que mueve la economía capitalista conlleva aceptar que es un sistema dinámico y siempre en evolución. Es este ciclo productivo el que se ha roto para la economía en su conjunto. Pero puede haberse roto por muchos sitios diferentes, ya que como proceso real no es ni homogéneo ni atemporal. Vamos a ver algunas posibilidades. En primer lugar, este ciclo puede romperse en la obtención de las materias primas o los trabajadores necesarios para producir. Imaginemos que antes de comenzar a reproducir el ciclo, el empresario se da cuenta de que los materiales que necesita no están disponibles o se han encarecido demasiado. Por ejemplo, el trigo o el petróleo. En el caso de que falten, el ciclo no puede reproducirse de ninguna forma (crisis). En caso de que sean demasiado caros, la expectativa de ganancia será menor y por lo tanto es posible que el capitalista no quiera arriesgarse a iniciar el ciclo (crisis). Las soluciones históricas que se han dado a este tipo de crisis, analizadas desde las teorías del imperialismo, son invasiones militares a las zonas geográficas donde se encuentran los recursos necesarios. Por otra parte, también podría faltar el número de trabajadores, por ejemplo porque estamos en una economía de pleno empleo o porque sencillamente no hay gente que quiera trabajar en determinados sectores (crisis). Históricamente se han dado en determinados países, y se han resuelto siempre con inmigración o represión. En segundo lugar, puede romperse el ciclo en el ámbito de la producción, es decir, cuando ya hay dinero invertido en la empresa. En estos casos las huelgas, los boicots, los sabotajes, etc. pueden interrumpir el proceso productivo e impedir que se complete (crisis). Históricamente se han resuelto con represión o con procesos de negociación entre las partes enfrentadas en el conflicto laboral. En tercer lugar, puede darse al comienzo del ciclo por falta de financiación. Cuando las economías están desarrolladas lo normal es que los capitalistas individuales no tengan dinero suficiente para acometer proyectos de gran envergadura. En ese caso se recurre a los mercados financieros (desde el préstamo -también para capitalistas individuales- hasta los títulos financieros, pasando por las acciones). Cualquier crash financiero, o ruptura del canal que permite que llegue D al ciclo productivo, llevará a una interrupción del ciclo (crisis). Estamos entonces en una crisis financiera que se traslada a la economía real por lo que vulgarmente llamamos “cierre del grifo crediticio”. Otra cuestión distinta será entender por qué se produce la crisis financiera. En cuarto lugar, puede que el ciclo se rompa al final, es decir, a la hora de vender la producción. En este caso podría pasar que no hubiera nadie a quién venderle la producción. En este caso se puede decir que el mercado se ha cerrado o ha dejado de existir. Si por ejemplo nuestra economía basa su crecimiento en vender a un país que ahora está en guerra, o se ha aislado internacionalmente, no vamos a poder vender nuestra producción. Como no podemos venderla no podemos transformar M en D’, y entramos en crisis. Lo mismo ocurre si nuestra economía depende del mercado interno, esto es, fundamentalmente de los salarios de la gente que vive en el país en cuestión. Si los salarios caen y la gente se empobrece, no se podrán vender las mercancías y se llegará a la crisis. Históricamente estas crisis se han resuelto de dos formas. La primera es la expansión a nuevos mercados -lo que ha hecho al capitalismo expandirse por todo el globo, y casi nunca pacíficamente- y la segunda a través del incremento del poder adquisitivo de los trabajadores. Estas cuatro opciones generales nos señalan diferentes aspectos que pueden estar combinados en un momento histórico concreto. Como el actual, por ejemplo. Pero más allá de las interpretaciones, este marco de análisis nos permite entender que el sistema económico es el que está en crisis y que la resolución de la crisis (que no necesariamente del sistema) depende de que se haga un buen diagnóstico de lo que va mal. Porque de lo contrario podría ocurrir que al intentar resolver un problema determinado (por ejemplo la falta de crédito) estuviéramos empeorando otro problema (por ejemplo, la falta de mercado nacional como consecuencia de rebajar los salarios). Aunque eso supone que la crisis es un problema para todos y que los que gobiernan de verdad quieren solucionarla. Lo que es mucho suponer. Nota: Los economistas neoclásicos consideran, por el contrario, que el ciclo productivo es M-D-M. En este sistema el dinero es neutral. Esta polémica, que une a marxistas y keynesianos frente a los neoclásicos, es crucial y tiene que ver con la aceptación o no de la llamada Ley de Say. Tiene que ver también, por cierto, con la definición de lo que es el dinero. A. Garzón E.