22 ene 2018

Comunicación y pensamiento único (Parte II de II)

Volvamos a España. En este país, los grandes diarios, los diarios que se consideran como de referencia, tienen un fuerte ascendiente sobre personas y grupos que son, a su vez, muy influyentes. Un diario en nuestro país puede ser leído, en el mejor de los casos, por unos dos millones de personas. En cambio, una cadena de radio puede tener un público tres o cuatro veces mayor, y todavía más una televisión. 


Pero los periódicos marcan más, condicionan más el orden del día de la vida político-social, y ello porque contribuyen a moldear la opinión –y, por ende, las decisiones– de aquellos que controlan los centros de poder político, empresarial, financiero, judicial, etc. Es más: moldean también la opinión de aquellos que deciden el contenido de los programas de radio y televisión. Casi todos los grandes magazines de radio y televisión se hacen con los grandes diarios como referencia. En realidad, la prensa española tiene una influencia política desproporcionada. En el mundo desarrollado, hay periódicos cuya difusión está a años luz de la de los periódicos españoles. El Yiomiuri Shimbun japonés edita 14,5 millones de ejemplares diarios. El Asahi Shimbun, 12,8 millones. El Bild Zeitung alemán vende 4,2 millones. Incluso un periódico tan técnico –y tan insoportablemente carca– como The Wall Street Journal se las arregla para vender 2 millones de ejemplares. Los japoneses leen cuatro veces más diarios que los españoles. Los británicos, tres veces más. Los alemanes, más del doble. Y, sin embargo, la influencia directa e indirecta de las tres grandes cabeceras madrileñas no es menor, ni mucho menos, a la que tienen los principales diarios norteamericanos, japoneses, alemanes, franceses, o italianos, aunque éstos tengan más lectores. Dicho en pocas palabras: en España, la prensa se lee poco, pero pinta mucho.

He tratado de explicar cómo el mundo de la comunicación está organizado para funcionar como una máquina de reproducción y expansión de la ideología dominante. Pero no sería justo si me olvidara de una pieza esencial en el engranaje de esa máquina: los propios periodistas. El periodista está muy condicionado, en todos los sentidos, para actuar como un reproductor de la ideología dominante. Sin duda. Pero, en la gran mayoría de los casos, no ve esos condicionantes como un corsé opresivo. Al contrario: le parecen lo más natural del mundo, porque la ideología dominante es su propia ideología. Los periódicos, las radios y las televisiones no están compuestos por una cúpula perversa y una base honrada y paciente. Lo más normal es que, desde el punto de vista ideológico, un jefe sólo se distinga de un redactor de base por su mejor conocimiento de las reglas del juego... y porque, en buena parte, ya ha conseguido buena parte de lo que el redactor de base aspira a conseguir. El resultado de todos estos factores combinados conduce a lo que ya antes he señalado: a la aparente desideologización de los medios de prensa, que no es, en la práctica, sino la entronización de los dogmas del neoliberalismo y su cristalización en lo que llamamos pensamiento único. Debemos ser conscientes de la gravedad de lo que está ocurriendo. Como ha subrayado Eduardo Galeano: «El número de quienes tienen derecho a escuchar y ver no cesa de acrecentarse, en tanto se reduce vertiginosamente el número de quienes tienen el privilegio de informar, de expresarse, de crear. La dictadura de la palabra única y de la imagen única, mucho más devastadora que la del partido único, impone en todas partes el mismo modo de vida, y otorga el título de ciudadano ejemplar a quien es consumidor dócil, espectador pasivo, fabricado en serie, a escala planetaria, conforme al modelo propuesto por la televisión comercial norteamericana. (...) En el mundo sin alma que los medios de comunicación nos presentan como el único mundo posible, los pueblos han sido reemplazados por los mercados; los ciudadanos, por los consumidores; las naciones, por las empresas; las ciudades, por las aglomeraciones. Jamás la economía mundial ha sido menos democrática, ni el mundo tan escandalosamente injusto. » («¿Hacia una sociedad de la incomunicación?», en Le Monde Diplomatique, enero de 1996). Así es. Se nos ha tratado de convencer de que la aplicación de los drásticos criterios del neoliberalismo contribuye a impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas y a crear riqueza, lo que debe revertir automáticamente en un mayor reparto del bienestar. Pero la realidad que se ha producido es exactamente la opuesta: el bienestar material no sólo no se democratiza, sino que se concentra cada vez en menos manos. Según cifras de las Naciones Unidas y del propio Banco Mundial, el sector más acomodado de la Humanidad (el 20%) era en 1960 treinta veces más rico que el 20% más desfavorecido. Treinta años después, en 1990, el grupo de los mejor situados ya era 60% más rico. Y el abismo ha seguido ahondándose. La conversión en dogma del valor superior de la libre circulación de capitales y mercancías, de la conveniencia de las privatizaciones y de la desregulación de los mercados, de la independencia de los Bancos centrales y, en suma, de la primacía de lo privado sobre lo público –o sea, la victoria del neoliberalismo, plena ya a escala mundial desde la caída del Muro–, supone un golpe brutal para la democracia y, de modo destacado, para la libertad de expresión. El capitalismo se ha desnacionalizado: los gobiernos nacionales han adoptado leyes que cada vez hacen más difícil contrarrestar el poder de las multinacionales. Para estas alturas, ningún voto emitido en ningún país puede alterar las reglas del juego planetarias, impuestas por los grandes poderes financieros mundiales, que no están sometidos a ningún gobierno. El mundo de los medios de comunicación forma parte principal de esa ofensiva. En dos planos diferentes. Por un lado, asume la misión de difundir esa ideología (que, como señalaba al comienzo, no se acepta como tal, porque el neoliberalismo niega ser una opción entre otras posibles: pretende ser la única práctica racional imaginable). Esta misión es convenientemente estimulada por las instituciones económicas y monetarias (el Banco Mundial, el FMI, la OCDE, la Comisión Europea, el Deustche Bank, etc.) que, dinero en mano, enrolan a su causa numerosos centros de investigación, universidades, fundaciones, etc., cuyo discurso es retomado por los principales órganos de información económica (The Wall Street Journal, The Financial Times, The Economist, la agencia Reuter...), que son frecuentemente propiedad de grandes grupos industriales o financieros. Finalmente, otros periodistas, comentaristas, ensayistas, políticos, etc., reproducen en los grandes medios de comunicación las ideas así adobadas, convirtiéndolas en una especie de nuevas tablas de la ley, aprovechando el hecho de que, como ha dicho acertadamente Ignacio Ramonet, «en nuestras sociedades mediáticas, repetición equivale a demostración». («La pensée unique», Le Monde Diplomatique, enero de 1995). Pero los emporios de la comunicación no se limitan a hacer esta función de difusión y reproducción de la ideología neoliberal. También la aplican a su propio sector. Ellos mismos se expanden a escala internacional, conquistan mercados, se agrandan y se independizan de cualquier interés nacional. Hoy, el mundo de la comunicación, a escala internacional, está cada vez en menos manos, y esas manos lo abarcan en sus más diversas facetas. Pero, si las manos son pocas, las ideologías son todavía menos: sólo hay una. Es una ideología que explica las desigualdades sociales no en función de la injusticia del orden social vigente, sino en razón de las diferentes capacidades para triunfar: si alguien es pobre, si no tiene, es porque no ha sabido tener, porque no ha sido listo, porque no ha trabajado lo suficiente o porque no ha trabajado lo suficientemente bien. Lo cual no constituye un problema que deban resolver los Estados, sino la caridad: de ahí la devoción de los neoliberales por las ONG.

La situación es perfectamente penosa. El proceso de concentración de la propiedad de los medios de comunicación avanza de modo inexorable, y a gran velocidad. Por otra parte –o por la misma, en realidad–, el mundo de la Prensa ha entrado ya de pleno en la vorágine globalizadora: la propiedad de los medios cambia de manos como si se trata de fábricas de productos lácteos, o de zapatos. Lo cual tiene en ocasiones efectos incluso cómicos: no deja de ser risible ver a los mismos presentadores de tal o cual cadena de televisión o de radio diciendo primero maravillas de estos o aquellos personajes, pasando a ponerlos furiosamente a caldo algo después y volviendo a cantar sus excelencias un poco más tarde, todo en función de los vaivenes político-empresariales sufridos por la empresa propietaria. El caso de los medios comprados por Telefónica está en la mente de todos. Pero no nos quedemos con el lado tragicómico de la experiencia y reparemos en el hecho de que hoy en día la propiedad de buena parte de los medios informativos está en manos de empresas ajenas por entero al mundo de la comunicación. Así, hay cadenas de televisión y de radio, o periódicos, que son propiedad de compañías dedicadas en lo fundamental a la telefonía, o a la explotación de los derivados del petróleo, o a las finanzas: empresas a las que todo empuja a servirse del periodismo con los mismos criterios que organiza una cadena de montaje. En la España actual hay un gran consorcio multimedia –el del grupo Prisa–, otro de menor tamaño y bastante menos integrado, pero que cuenta con el favor del Gobierno –el resultante de la entente existente entre Telefónica y el grupo Recoletos–y un par mucho más pequeños y bastante menos politizados (el del grupo Correo y el constituido en torno a La Voz de Galicia). A ciertos efectos, siempre es preferible que el mercado de la comunicación no esté dominado por un solo grupo. La existencia de varios puede redundar en beneficio de los consumidores. Pero no necesariamente. Basta con comprobar la experiencia del fútbol en la modalidad de pago. Canal Satélite y Vía Digital empezaron haciéndose la competencia, lo que les metió en una benéfica carrera de precios. Pero finalmente han llegado a un acuerdo, con lo que en la práctica existe un monopolio de oferta. Por otra parte, e incluso cuando funciona, la competencia puede tener también efectos espantosos. Por ejemplo, cuando los diferentes canales se lanzan a la carrera para ver quién puede captar una cuota más alta de espectadores ávidos de fútbol, de telebasura, de programas de cotilleo o de esa cosa afrentosa del Gran Hermano, el Bus y hierbas parejas. En todo caso, lo que la competencia entre los gigantes de la comunicación no asegura de ningún modo es una diversidad ideológica digna de tal nombre. Sus grandes opciones en este terreno son uniformemente las mismas. Y lo peor no es eso. Lo peor es que, además, imponen unas reglas de mercado que hacen prácticamente imposible la presencia de productos dignos que escapen del terreno de la mera marginalidad. Antes hacía alusión a ello: hace poco más de una década, fue posible crear en España un medio independiente como El Mundo. En la actualidad, no sería viable. De hecho, tampoco ha sido viable El Mundo como medio independiente. Los macrotinglados multimedia, cuya capacidad para absorber la oferta publicitaria es cada vez mayor, no dejan apenas aire para respirar, y un diario sin una importante facturación de publicidad está condenado al fracaso. No quisiera poner fin a este capítulo son hacer mención especial de la última de las tendencias que se está haciendo notar en España en el terreno de los medios de comunicación. Me refiero a la creciente conversión de la Prensa en un cuarto poder del Estado. La expresión cuarto poder no tiene nada de nueva. Hace tiempo que se ha venido aplicando a los medios de comunicación. Pero hasta hace poco se empleaba de manera sólo metafórica, alusiva a la capacidad de la Prensa para influir en la evolución de los acontecimientos. Ahora creo que se puede empezar a emplear con total literalidad, entendiendo que el poder del Estado se subdivide en cuatro poderes: el ejecutivo, el legislativo, el judicial y el mediático. No pretendo hacer ninguna humorada. La cosa no está para bromas.

El asunto está en relación con la propia desnaturalización del papel de los tres poderes clásicos, originariamente previstos para vigilarse entre sí y prevenir sus posibles extralimitaciones. En la actualidad, la vigilancia ha cedido su peso específico a la colaboración. El poder legislativo –es decir, el Parlamento– está en manos del Ejecutivo, gracias a la mayoría absoluta de que goza el PP. Por su parte, los integrantes de los órganos políticamente claves del poder judicial –Consejo General del Poder Judicial, Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional, Audiencia Nacional– son tan deudores de sus compromisos políticos que rara vez se atreven a llevar la contraria al Ejecutivo en las llamadas cuestiones de Estado. Los casos de colaboración servil del poder judicial con el Ejecutivo, e incluso los de acción concertada entre ambos –la Audiencia Nacional suele ser frecuente muestra de ello–, son cada vez más escandalosos. El papel de la Prensa no es muy diferente. La colusión entre los principales medios de comunicación y el establishment político es cada vez más descarada. Antes solían coincidir, por pura comunidad ideológica. Ahora siguen ya estrategias convenidas previamente. En determinados casos, establecen incluso campañas conjuntas para crear determinados estados de opinión: la Prensa pone en circulación con aire de espontaneidad tal o cual idea, los políticos se hacen eco de ella, la Prensa se hace eco del eco de los políticos, los informativos lo reflejan, las tertulias lo comentan y, en cosa de nada, ya está en marcha el clamor popular deseado. Llegado el caso, el poder legislativo se hace cargo de su conversión en ley, y el judicial, de su aplicación. De hecho, va creciendo en importancia el papel de los líderes de opinión que pudiéramos tipificar como transversales: son, a partes iguales, periodistas, políticos profesionales y empresarios. Cada una de sus tres facetas potencia las otras dos y sólo la unión de las tres permite entender el sentido de sus tomas de posición. Así las cosas, ¿existe alguna posibilidad de huir de la voracidad de los grandes tiburones de la comunicación? A decir verdad, lo veo difícil. Extremadamente improbable. Apuntaré muy brevemente, en todo caso, unas pocas líneas de reflexión. Señalaré, en primer lugar, que los medios de comunicación, aunque fuerzan la realidad, también son reflejo de ella. En la medida en que crezca el movimiento de contestación a la globalización y el pensamiento único, aumentará la viabilidad de medios de comunicación que se sitúen fuera de esas coordenadas de pensamiento. En segundo lugar, dejaré constancia de mi convencimiento de que el escenario de la contestación actual ya no puede ser otro que el forzado por el propio sistema del Poder. No sé cómo podrá hacerse eso –ni siquiera sé si podrá hacerse–, pero estoy persuadido de que la oposición al sistema también tiene que globalizarse, hacerse internacional. En tercer lugar, creo que quienes estamos en contra del orden social vigente debemos prepararnos parta aprovechar, en la medida que sea posible, las rendijas que ofrecen las nuevas tecnologías. Algunos estamos demasiado condicionados por nuestra formación: cuando queremos hacernos oír, inmediatamente pensamos en hacer un periódico. Pero la prensa escrita no sólo está monopolizada, sino también en decadencia. Hay que aprender a utilizar las posibilidades que ofrece Internet como arma de información veraz y como foro de expresión del pensamiento crítico. No soy miembro del Club de Adoradores de Internet, pero tampoco desdeño sus claras virtualidades. Sin ir más lejos: yo me he venido hoy desde Madrid –encantado, por otra parte– para contaros esta historia, y vosotros y vosotras os habéis desplazado desde vuestras casas hasta este local para escucharla. Pues bien: todo los días me suelto un rollo diferente en mi página web y más de 300 personas se lo leen también a diario, y ni ellas ni yo tenemos que movernos de nuestros respectivos lugares de origen para realizar ese intercambio de ideas, que de otro modo sería imposible. Internet no excluye el contacto personal, sin duda necesario, pero abre posibilidades antes inexistentes. ¿Cómo iba a arreglármelas yo para reunir a diario a más de 300 personas determinadas a escucharme? Internet hace posible esa inaudita expresión de masoquismo. Pero son gotas de agua en el océano. Sólo se transformarán en una corriente digna de ese nombre cuando, a fuerza de soportar los desafueros de la globalización, crezca más y más la corriente de rebeldía mundial que ya está empezando a tomar cuerpo. En esa esperanza estamos los profesionales de los medios de comunicación que nos negamos a pasar por el aro. O que pasamos por él sólo lo imprescindible para ganarnos los garbanzos, a la espera de tiempos mejores y haciendo lo posible para que lleguen cuanto antes. Texto: Jaime Ortiz. (Ver: Parte I de II)



21 ene 2018

Comunicación y pensamiento único (Parte I de II)

¿Qué es eso del pensamiento único?

Algunos damos ese nombre a la ideología del neoliberalismo económico. Una ideología que defiende no ya la supremacía de la propiedad privada, sino su superioridad moral; que es hostil por principio a la intervención del Estado y a la regulación de las relaciones sociales y que ve con entusiasmo y patrocina el actual proceso de globalización de la economía, en la que él mismo participa. Aunque sus consecuencias principales se expresen en los planos económico y social, el pensamiento único no sólo tiene recetas económicas: es toda una concepción del mundo, que entroniza el individualismo más exacerbado y recela de cualquier planteamiento colectivo. Luego volveré sobre esto. El pensamiento único es una ideología, un modo de ver la realidad política, económica y social, pero se niega a presentarse como tal. Aquellos que lo sustentan no creen que el suyo sea un modo de ver el mundo, sino el único modo sensato de verlo. Para ellos, quien no considera la realidad a su manera es, sencillamente, o un idiota o un insensato, si es que no un embaucador. 


Los medios de comunicación están, prácticamente en su totalidad y a escala internacional, dominados por el pensamiento único. Lo cual no quiere decir que sean clónicos. Como más tarde analizaré, hay diferencias que los separan, en buena medida determinadas por sus diversos planteamientos empresariales. A lo que me refiero es a que su ideología de fondo ha alcanzado un grado de homogeneidad desconocido en el pasado. Una homogeneidad apenas separada no ya por intereses de clase contradictorios, sino incluso por intereses nacionales en conflicto. Pero, para llegar a la situación actual, ha sido necesario recorrer un largo camino. Para llegar a lo superlativo, ha habido que pasar previamente por lo grande. Antes de abordar la actual situación de los medios de comunicación a escala internacional, y para poder entenderla, me parece necesario empezar por analizar cómo son los elementos que la constituyen, esto es, los medios de comunicación concretos, y de qué modo éstos crean una situación que enmarca y en buena medida condiciona la labor periodística. Lo haré ateniéndome a la realidad que mejor conozco: la de la prensa diaria escrita. Tanto la prensa que sigue otra periodicidad, como la radio y, sobre todo, la televisión, tienen sus propios problemas específicos, si bien es cierto que la gran mayoría de esos problemas reproducen y multiplican los del periodismo diario escrito. Iremos, pues, de lo particular a lo general; de la célula al cuerpo.¿Qué es un periódico? Un periódico es, antes que nada, una empresa. Algunos periodistas y muchos lectores tienden a menospreciar esta realidad. Imperdonable error. Una empresa periodística próspera puede hacer un mal diario –burocrático, aburrido, sin chispa: ha ocurrido, ocasionalmente–, pero una empresa periodística deficiente jamás podrá sustentar un buen diario: algo antes o algo después, lo hundirá. De modo que la condición primera de un periódico –es decir, su primer condicionante– le viene dado por la prioridad que debe conceder a los criterios empresariales. Es cierto que ha habido y hay periódicos que ponen por delante otros criterios, diferentes de los empresariales. Algunos son partidistas, lo que les proporciona fuentes de ingreso atípicas. Es el caso, entre nosotros, de Avui, Deia y Gara. No es que a éstos no les importe vender, pero tampoco ése es para ellos el factor decisivo. Hay otros periódicos no partidistas, pero sí explícita y voluntariamente militantes, que se conciben a sí mismos como complementarios. Son diarios que funcionan con muy pocos medios y que, por tanto, no están en condiciones de atender las necesidades informativas de su público lector, que se ve obligado a comprar algún otro periódico. La experiencia demuestra que estos periódicos tienden a ser efímeros. Porque, o funcionan bien, o funcionan mal. Si funcionan mal y acumulan pérdidas, acaban cerrando. Fue el caso, en España, del diario Liberación. Y si van bien, rara vez se resisten a la tentación de abandonar ese terreno marginal y entrar en competencia con los grandes periódicos. Fue el caso, en Francia, del diario Libération. Pero esta evolución no es obligatoria: en Alemania sigue existiendo el Tage Zeitung, aunque desconozco en qué condiciones en los últimos tiempos. En todo caso, se puede afirmar sin miedo a equivocarse que esas experiencias son ya meras reminiscencias del pasado. Las posibilidades de sacar hoy en día con éxito un diario independiente son mínimas, por no decir nulas. También sobre esto volveré más tarde. Un periódico vive –cuando vive– de sus lectores y de la publicidad. Vistas las cosas superficialmente, podría decirse que vive sobre todo de la publicidad, dado que ésta proporciona ingresos más limpios que la venta en kiosco, que hay que repartir con el kiosquero, el distribuidor, etc. Pero la publicidad, con la parcial excepción de la institucional, en realidad también depende de los lectores: los anunciantes acuden más prestos a los periódicos que tienen más y mejores lectores (entendiendo por mejores los que lo son para los anunciantes, que prefieren lectores con mayor nivel adquisitivo). Lo que nos lleva a otras dos conclusiones: primera, que como suelo decir de modo deliberadamente brusco, el periodismo es ese trabajo que se hace en los huecos que deja libre la publicidad; y segunda: que no tiene nada de sorprendente que los periódicos muestren una tendencia casi biológica a no contrariar excesivamente a los grandes anunciantes (en el caso de España, El Corte Inglés y los grandes fabricantes de automóviles, sobre todo). La relación de los periódicos con los lectores es relativamente compleja. Sobre todo la de los grandes periódicos. Los lectores condicionan también el periódico. Cada periódico tiene un determinado público y está obligado no sólo a dirigirse a él, sino también, en términos generales, a contentarlo. No puede contrariarlo sistemáticamente, porque corre el riesgo de que lo abandone. Cada periódico sabe qué público es el suyo: a qué clases sociales pertenece y en qué proporciones; qué querencias ideológicas y políticas predominan en él, etcétera. El periódico influye sobre sus lectores, pero los lectores ponen también límites a su periódico. En una sociedad como la española, el público de prensa de información general –digo de información general: no olvidemos que el diario español de más venta es Marca– admite subdivisiones. Como se sabe, en nuestro país se han consolidado tres grandes periódicos de difusión estatal: El País, ABC y El Mundo. Los tres tienen un público asentado básicamente en las clases medias y medio-altas. Se trata, en consecuencia, de un público que, en términos generales, goza de una buena posición económica. El público de ABC es de más edad, y el de El Mundo, mayoritariamente más joven. Pero las mayores diferencias entre los lectores de estos tres periódicos no están ni en el plano sociológico ni en el de la edad, sino en el político. Los de ABC se identifican mayoritariamente con la derecha más tradicional, heredera del franquismo. Los de El País simpatizan con el centrismo de corte felipista: un centrismo que se obtiene mezclando derechismo político y hábitos culturales de izquierda. Los de El Mundo procedían sobre todo, hasta hace unos años, del centrismo antifelipista. Ahora tiene también muchos pertenecientes a la nueva derecha, simpatizante del ala menos vetusta del PP. Son diferencias que han podido tener mucha importancia en el escenario de la política de cada día, e incluso seguir teniéndola, pero que resultan relativamente mínimas en lo que se refiere a su ideología profunda: estamos ante posiciones que van desde la derecha al centro-izquierda, o sea, desde el rancio conservadurismo hasta un vago reformismo sin aristas para el sistema. No trato de decir que no haya más público que ése. También hay un público menos conformista. Conscientes de ello, tanto El País como El Mundo incluyen determinados contenidos destinados a ese segmento social, y tienen en plantilla personas que pueden conectar con esas posiciones. Pero ese público, minoritario, no tiene capacidad para servir de soporte a un gran diario. Tampoco interesa del mismo modo a los anunciantes, que saben que las personas más orientadas hacia la izquierda se dejan influir menos por la publicidad y suelen tener, además, menos disponibilidades económicas. Los profesionales de la información trabajan, pues, para un público que, en su gran mayoría, espera recibir un mensaje ideológicamente moderado. He mencionado ya algunos condicionantes clave que enmarcan la actividad de los medios de comunicación: la empresa, los anunciantes, el público... Pero hay más. Al referirme antes a las empresas de la comunicación no he mencionado a los accionistas. Los accionistas, incluidos los minoritarios, también tienen influencia. Pondré un ejemplo referido al medio para el que trabajo. Uno de los grandes accionistas de El Mundo es Rizzoli, emporio italiano de la comunicación. El principal accionista de Rizzoli es Agnelli, propietario de la Fiat. Francamente, no veo yo a la sección de Motor de El Mundo poniendo a parir al último modelo puesto en la calle por la Fiat. Aunque –todo sea dicho– tampoco la veo haciendo lo propio con el último modelo de la Renault, la Opel o la Citröen, que proporcionan al periódico unos fantásticos anuncios de página entera que pagan a muy buen precio. Pero dejemos ya los condicionantes concretos de cada medio y elevemos un poco más el punto de mira, para ver de qué fuentes beben los periódicos. La prensa diaria en el mundo presenta, como no podía ser menos, una gran variedad, dependiendo de las tradiciones de las diversas áreas culturales, e incluso de las de cada país, de su fortaleza económica, del nivel de alfabetización de las poblaciones respectivas, etcétera. No obstante, esa variedad es más aparente que real. Se refiere más a las formas que a los contenidos. Por un lado, la progresiva desideologización de la labor periodística –entendiendo por tal la adopción de patrones ideológicos equivalentes, si no idénticos, que entronizan los postulados formales de la ideología neoliberal– y, por otro, la estandarización de las técnicas de redacción de las noticias hacen que los contenidos de los periódicos se estén uniformizando cada vez más a lo largo y ancho del mundo.

A elllo contribuyen poderosamente dos factores

En primer lugar, la labor de las grandes agencias de noticias. Sólo los rotativos más poderosos tienen una red de corresponsales propios que les permite cubrir la información potencialmente relevante a escala internacional. Esta red, de todos modos, y en el mejor de los casos, abarca únicamente las principales capitales de cada continente, lo que conlleva carencias fundamentales. Es cierto que, en casos extraordinarios, los periódicos desplazan a sus enviados especiales, pero éstos no les aseguran la cobertura del día a día. Así las cosas, todos los diarios del mundo deben nutrirse del material que les proporcionan las grandes agencias de noticias. En el mundo de hoy hay muy pocas grandes agencias de prensa. Está Reuter, controlada por una comisión paraestatal de la Commonwealth; está la Asociated Press (AP), que es una cooperativa formada por los principales diarios de Nueva York; está la United Press International (UPI), que es de capital privado norteamericano, y está la France Press, que es de propiedad pública francesa. La vieja Tass soviética se ha fragmentado y ha perdido buena parte de la influencia que tuvo. En el ámbito internacional de habla española, la agencia española Efe cuenta con considerable acogida. Aunque no hay cifras oficiales sobre ello, se calcula que unas dos mil personas trabajan diariamente para alimentar de noticias a estas agencias. Pero a esa cifra hay que sumar muchos miles más de periodistas que no son de plantilla, pero suministran noticias a las agencias (o, eventualmente, a los propios periódicos), sea de modo habitual, sea esporádicamente. Esta enorme concentración de las principales fuentes de información conduce necesariamente a una equivalente homologación de los periódicos que se elaboran con ellas. Y, si bien las grandes agencias tienen a gala utilizar un estilo de redacción aséptico, sin valoraciones explícitas ni adjetivaciones, es obvio para cualquier persona avisada que la propia selección de lo que se considera noticia y los aspectos que se resaltan dentro de ella constituyen un filtro condicionante de las valoraciones que cada periodista y cada medio de prensa en concreto, y finalmente cada persona que lee, pueden establecer con relación a los hechos relatados. Hoy en día han cobrado gran importancia también los servicios llamados sindicados, que son agencias dedicadas a proporcionar a los periódicos pequeños artículos de análisis, columnas de opinión y hasta editoriales, por extraño que esto último pueda parecer. Un gran número de periódicos locales se abastecen así hoy en día de opinión homogénea servida desde los grandes centros opinantes. En segundo lugar, el proceso global de uniformización de la prensa diaria, y de los medios de comunicación, en general, viene dado por la importante concentración de la propiedad que ésta ha experimentado a partir de los años 70, pero muy especialmente en la década de los 90. En el mundo actual, la tendencia principal en el terreno de los medios informativos es la marcada por la constitución y el reforzamiento de los grandes emporios multimedia. Hablo de empresas que publican varios periódicos y revistas, que tienen canales de radio y televisión, productoras y distribuidoras de cine, editoriales de libros y sellos discográficos... Empresas que, en la actualidad, trabajan también en el mundo de la telefonía, de las comunicaciones por satélite, de la informática... Lo más frecuente es que esos poderosísimos tinglados se formen no por expansión del mercado, sino a través de un proceso de concentración de la propiedad previamente existente: las empresas mayores van absorbiendo empresas menores y se fusionan entre sí. Lo cual tiene dos efectos, y ambos extraordinariamente perversos. De un lado, conduce a la reducción progresiva del pluralismo informativo y de la variedad de líneas de opinión. Estas empresas ponen a nuestra disposición, sin duda, una oferta enorme, pero sólo en cuanto al envoltorio: el contenido ideológico-político final es siempre el mismo. Es el mismo autor último el que se encarga de todo: de elaborar productos cultos para el público culto y productos basura para la gran masa; de dar deportes al que quiere deportes y cine al que desea cine... Incluso pueden escenificar un falso pluralismo: nada les impide, por ejemplo, elaborar mercancías de elevada religiosidad y, a la vez, porno duro. El mercado se compone de muy diversos sectores y ellos los van atendiendo uno a uno, sacando provecho de las necesidades de cada cual. Pero sus opciones ideológicas y políticas, explícitas o latentes, son invariablemente las mismas. Este efecto perverso se ve multiplicado por otro: la concentración de la propiedad conduce también inevitablemente a la oficialización de los grandes consorcios de la comunicación. No podría ser de otro modo. Quien necesita del visto bueno gubernamental para sus negocios –porque precisa que la Administración le conceda determinados permisos y licencias, y que se las renueve cada tanto– no puede permitirse el lujo de llevarse mal con quien ostenta la titularidad del Poder político. Así como un diario independiente puede tener relaciones de franca hostilidad con el Poder político, e incluso ir viento en popa a toda gracias a esas malas relaciones, la existencia de graves disfunciones en la relación entre un gran consorcio multimedia y el Poder político establecido es un fenómeno difícilmente mantenible. No ya a largo plazo: incluso a medio término. O el Gobierno cede o lo hace el consorcio empresarial. Dos poderes tan importantes no pueden estar en posiciones antagónicas. Porque esos grandes grupos multimedia son Poder. Y a veces su poder es enorme. Los gobernantes norteamericanos admiten sin demasiado reparo que la posición de las grandes cadenas de TV de su país puede condicionar su política. Así se vio muy claramente hace unos años cuando las tropas norteamericanas desembarcaron en Somalia para realizar la llamada Operación «Restaurar la Esperanza». Aquella “operación” se concibió en función de las necesidades de su retransmisión por televisión: baste con decir que el desembarco de las tropas norteamericanas se hizo coincidir con la hora de inicio de los principales telediarios, y que los soldados estuvieron esperando, cual extras de cine, a que les indicaran en qué momento debían ponerse en marcha porque las cámaras ya habían comenzado a transmitir. Las televisiones tienen un enorme poder de conmoción de la opinión pública. Convenientemente dosificado, sirve para que los ciudadanos tengan su ración diaria de sensibilidad –digamos mejor de sensiblería–, para mantenerlos entretenidos y para que tengan la sensación de que participan de una conciencia colectiva. Pero las cosas se hacen de tal modo que la información resulta siempre caótica, abrumadora, indigerible, de tal modo que no pueda servir para conformar una conciencia crítica. Por eso es tan importante la constante variación: un día toca encoger el corazón con el drama de tal o cual país misérrimo del África subsahariana, pero al día siguiente hay que estar ya con el pasajero del avión secuestrado en Arabia Saudí –y de la cosa subsahariana, si te he visto no me acuerdo–, y al día siguiente en el quirófano donde se disponen a despegar a dos criaturas que han nacido unidas por el vientre, y al siguiente con la pobre mujer de Murcia que estuvo luchando con el agua tres cuartos de hora para no morir ahogada, y al siguiente con la señora que ingresa en prisión porque ha sido condenada a 15 años de cárcel por darle matarile a su marido pegón. Cada tragedia cumple la doble función de anonadar sobre la marcha y de hacer olvidar la anterior. Pero el poder inmediato de las televisiones no vuelve inútil, ni mucho menos, el poder de los periódicos. Texto: Jaime Ortiz. (Ver Parte 2)