El último encuentro cumbre realizado recientemente en Bruselas por la Unión Europea y cuyo objetivo central ha sido delinear los diversos aspectos que están relacionados con el funcionamiento de la economía del denominado espacio europeo, no ha sido nada alentador para los sectores sociales de menores ingresos del conglomerado de países que forman parte de este acuerdo “común”. Una vez más ha quedado de manifiesto que los mandatarios y primeros ministros que han participado de dicho encuentro, han reflejado en toda su crudeza que ellos están al servicio de los intereses más oscuros de una parte del capitalismo europeo y que lo que menos tienen es sensibilidad social. Angela Merkel dejo entrever que el futuro inmediato de la economía europea debe estar caracterizado por la rigidez y el termino de los servicios sociales, pues estos son un gran obstáculos para los intereses de los capitales como de los Estados mismo, en otras palabras, “al pan pan vino vino”, o sea que hay que terminar con todo aquello que huela a ayuda social a los sectores con menor poder adquisitivo de la Unión Europea. Lo cierto es que la Europa del autodenominado “bienestar social”, de la solidaridad, está siendo erosionada de forma gradual y salvaje, para culminar definitivamente con los logros sociales alcanzados por la clase trabajadora y los sindicatos, durante décadas de lucha y muchos mártires obreros. Ya para nadie es un misterio que el sistema capitalista europeo y su expresión más dura y criminal, padece una enfermedad terminal que por muchas quimioterapias que se le apliquen, el desenlace fatal sobrevendrá de todas maneras, ahora todo es cuestión de tiempo. Ahora de acuerdo a cifras oficiales, el espacio económico europeo contaría con alrededor de 26 millones de desempleados. Esto en relación a las cifras oficiales, pues muchos expertos económicos europeos expresan que en realidad los parados estarían bordeando los casi 40 millones de personas que se encuentran sin una actividad laboral permanente. De acuerdo a estas cifras los mayores perjudicados con el desempleo son los jóvenes y las mujeres. La cesantía entre los jóvenes de la UE alcanza ya a un poco más del 20%, siempre de acuerdo a lo que son las cifras oficiales, lo que indica que la cantidad de jóvenes parados podrían ser aún mayor. Recordemos que solo en España más del 50% de la juventud padece el desempleo. Los mandatarios europeos y los primeros ministros en su oportunidad resolvieron entregar una ayuda de 40 mil millones a la banca, para salvarlas de sus fechorías y actividades económicas mafiosas, mientras que para resolver el problema parcial del desempleo entre los jóvenes se entregan solamente 6 mil millones de euros para el transcurso de los años 2014 al 2020. De allí que el futuro inmediato del espacio económico europeo no es nada auspicioso, pues los máximos representante de los capitales en la UE solo están ofreciendo más y más recortes y pobreza, un aumento permanente del ejercito de cesantes y un crecimiento económico casi nulo e insolvente, con todas las consecuencias sociales que esto pueda traer para la clase trabajadora y los pueblos de la Europa de los 27. En otro ámbito de la grave crisis económica que vive la UE, crece y crece el escepticismo con respecto al papel que juega la autodenominada clase política europea, pues al igual como ocurre en otros países, estos son asociados con el nepotismo político, el tráfico de influencias, la corrupción a gran escala y son calificados además como mediocres e ineptos. Los ciudadanos perciben a los representantes de la centro derecha y la socialdemocracia en decadencia, como guardianes de los intereses de los grandes capitales, los falsos inversores, los especuladores y las mafias bancarias y financieras. De allí que se ha perdido la credibilidad y confianza en estos engendros que ya no representan los intereses económicos y sociales de los pueblos europeos. E. A. Bone.
17 feb 2013
14 feb 2013
Los límites de la indignación
La coincidencia de escándalos de todo orden que afectan de lleno a las principales instituciones españolas se traduce en una intensa movilización social como no se había registrado en las últimas décadas. En muchos aspectos la actual situación recuerda los momentos de la llamada “transición” cuando el viejo orden franquista se derrumbaba para dar paso a la democracia. En la presente coyuntura demasiadas cosas están en tela de juicio: el modelo económico, por mediocre; el sistema político, por su bipartidismo excluyente y tramposo; la administración, por la intensa y generalizada corrupción en torno al uso de los recursos públicos; los partidos (con honrosas y escasas excepciones) por su desprestigio y manifiesta incapacidad; la Iglesia, por mantenerse anclada en el “nacional-catolicismo” y ser portavoz entusiasta de las expresiones más reaccionarias de la moral; el gremio empresarial (en particular los banqueros) por ser los responsables principales del mayor desastre económico que se registre en las últimas décadas, y para que no faltara nada importante en este cuadro de desgracias, la misma Corona, con un rey y su familia hundidos en escándalos de todo tipo y sin encontrar aún alguna salida que garantice su continuidad. Ya no son voces aisladas las que proponen la disolución de la monarquía y la vuelta a la república; la bandera tricolor de Riego aparece con mayor frecuencia en calles y plazas, ya no solo empuñada por viejos nostálgicos sino por gentes cada vez más jóvenes. Como guinda del pastel, unos líderes políticos tan mediocres que hasta se duda de la idea según la cual ya no era posible encontrar un dirigente de mayor candidez, irresponsabilidad y falta de brillo como los atribuidos al anterior gobernante, Rodríguez Zapatero. Cada mañana trae nuevas sorpresas y la indignación popular no cesa. Si el gobierno confiaba en el cansancio de los movilizados, tal parece que alimentó una esperanza inútil. Y si las denuncias de pagos indebidos a los políticos, la contabilidad doble y otras prácticas corruptas en los partidos (especialmente en el PP) terminan por confirmarse, las posibilidades de caída del gobierno y la convocatoria de nuevas elecciones ya no serían solamente la exigencia ciudadana sino una necesidad impostergable ante una crisis de dimensiones catastróficas para el país. El partido de gobierno (PP) parece fiarse de los lentos y engorrosos procesos judiciales para ganar tiempo y esperar a que se calme la tempestad. Confían igualmente en ver a finales de este año algunos síntomas de mejora económica. Sin embargo, ambas suposiciones carecen de fundamento. La dimensión de los escándalos es tal que ni los jueces más benignos (o venales) pueden ya tapar tanta podredumbre sin crear un escándalo mayor ni los expertos más optimistas pronostican un futuro económico mejor. Los datos inducen mucho más a la preocupación cuando no directamente al pesimismo. En este panorama desolador ni PP ni PSOE pasan de los mutuos reproches (el famoso “y tú, más corrupto que yo”) ni el resto de las fuerzas opositoras (minoritarias) conforman un bloque con suficiente entidad como para poner en riesgo la estrategia neoliberal que han sostenido “socialistas” y “populares”en los últimos años y que está en la raíz misma del problema. En el mejor de los casos -tanto aquí como en el resto de la Unión Europea- la solución que se ofrece a la ciudadanía es una versión edulcorada de la misma estrategia económica neoliberal, o sea, una versión menos perversa y sobre todo sin las actuaciones delictivas practicadas por banqueros, presarios de todos los pelambres y políticos venales. Una renovación moral de la política pero manteniendo en lo fundamental la hegemonía del mercado; en pocas palabras, un capitalismo salvaje, pero no tanto. La cuestión de mayor interés es sin duda la perspectiva real de la respuesta ciudadana. Fraccionada en diversos grupos e iniciativas, comprende las fuerzas tradicionales de la izquierda (parlamentaria, sindical, asociativa) y múltiples movimientos e iniciativas que responden a reivindicaciones particulares cuando no a puras manifestaciones espontáneas que por su misma naturaleza muestran grandes dificultades para mantenerse en el tiempo y sobre todo para articularse como una fuerza efectiva que traduzca sus exigencias en cambios reales, poniendo de nuevo de manifiesto que no basta con indignarse, que no basta con tener razón. Las fuerzas tradicionales de la izquierda se mueven prisioneras de prácticas y formas que apenas tienen eco entre las nuevas generaciones, acompañadas de una enorme falta de reflejos fruto seguramente de sus no pocos vicios burocráticos y en cierta medida porque son percibidos por muchos como partes del problema y no como agentes de cambio. Por su parte, las iniciativas surgidas del movimiento espontáneo de protesta (los diversos grupos de “indignados”) pasan pronto de la euforia y el entusiasmo de los primeros días a una cierta incertidumbre cuando se ven confrontados por la tradicional disyuntiva de cómo combinar adecuadamente espontaneidad y organización, cómo mantener vivas las diversas formas de democracia directa, de ausencia de estructuras jerárquicas que tan bien funcionan en los inicios del movimiento, con la necesidad de dar formas orgánicas y delegadas de poder cuando se trata de gestionar eficazmente las reivindicaciones.
Frente a las autoridades o frente a los empresarios no basta con la bulliciosa y alegre movilización en calles y plazas; inevitablemente se impone la necesidad de administrar las fuerzas y negociar con el poder. Así al menos se comprueba en aquellos sectores que han sabido combinar de forma creativa la relación entre la fuerza de la espontaneidad de la multitud movilizada y la necesidad de negociar a través de dirigentes honestos y representativos. En efecto, las protestas de los trabajadores de la salud, la educación o el sistema judicial, provistos tradicionalmente de organización sindical han conseguido mantener formas masivas de lucha y hacer efectivas al mismo tiempo las formas del poder delegado. No se ha sacrificado la espontaneidad de las masas, se ha alcanzado permanencia y cohesión del movimiento y se han constituido en negociadores eficaces a través de sus organizaciones gremiales. Algo similar se produce con la protesta de los ahorradores estafados por los bancos o con las miles de familias expulsadas de sus viviendas igualmente por las entidades bancarias. Unos y otros han sabido convertir la indignación espontánea de cientos de miles de afectados en formas propias de organización que presionan de manera muy eficaz y han conseguido algunos triunfos parciales. Miles de estafados (sobre todo pensionistas de escasos recursos) invaden a diario bancos, cajas de ahorro y ayuntamientos para exigir que les devuelvan sus ahorros, al tiempo que un grupo de sus dirigentes y asesores técnicos negocian con las autoridades una salida justa a sus reclamaciones. Los desahuciados, por su parte, movilizan sus piquetes para impedir la expulsión de las familias pero al mismo tiempo se han armado de una eficaz organización que gestiona sus reivindicaciones. Esta misma semana su portavoz oficial ha llevado su clamor hasta el mismo Parlamento protagonizando un duro enfrentamiento con los políticos y con el representante de los bancos (su discurso ha dado la vuelta al mundo, gracias a los modernos sistemas de comunicación). Nadie se atreve a estas horas a predecir qué va a suceder en España sumida en la más profunda crisis de las últimas décadas. Por supuesto, cabe siempre la posibilidad de que el sistema consiga prolongarse haciendo un lavado de cara (incluida la monarquía). Todo depende del vigor y la eficacia de las fuerzas de la oposición social y política. Si todos los grupos que conforman la protesta lograran unificarse en torno a un programa básico de reformas y si como muchos vaticinan, unas elecciones anticipadas son inevitables, las perspectivas de un cambio substancial no son pocas. En realidad, muchas alternativas están abiertas y tampoco falta quien sostenga que el sistema, ante el riesgo de verse sometido a cambios radicales, optará por la violenta superación del mismo marco legal vigente de la que en su día se llamó “la transición modélica”. Ya ha ocurrido en Grecia. J. D. García.
13 feb 2013
El desempleo, una epidemia
Los dueños del capital y del poder político, ven en los trabajadores/as una mercancía, no ven seres humanos con deseos y necesidades. Ellos son un recurso más, una oportunidad de corta duración para acrecentar sus fortunas. Los trabajadores/as son obligados por las fuerzas del capital a vivir a condición de encontrar trabajo y permanecer a merced de una lógica en la que solo se puede ser productor o consumidor, aunque sea por pocas horas o días. La explotación de un individuo por otro, se convirtió en explotación de naciones enteras convertidas en sociedades marginales. Hoy las transnacionales y los empresarios globales, que no son más del 1% de la población del mundo, representan a la clase social que aprendió a despojar a los trabajadores/as incluso de la opción de ser explotados de manera directa, los convierten en desempleados y salvan sus responsabilidades aduciendo que son efectos propios de la imperfección de los mercados. Desempleo no es solo la carencia de trabajo remunerado, ni la negación de ingresos producto de la fuerza de trabajo, es un eslabón en la cadena de agresiones contra la humanidad, que vulnera prácticamente todos los derechos constitutivos de la dignidad humana. El desempleo afecta la salud mental, genera depresión, ansiedad, trastornos, alimenta las filas de las guerras e incrementa los suicidios. 2013 comenzó con cerca de 200 millones de desempleados, gran parte en los mismos países que presentan del lado de los dueños del capital sostenidos niveles de crecimiento de sus economías. Dos de cada tres desempleados son jóvenes y 75 millones desempleados no ha cumplido 24 años (datos OIT). Alrededor del 35 por ciento de los jóvenes desempleados en las llamadas economías avanzadas no tuvieron empleo durante seis meses o más y la gran mayoría ya no ocupará un lugar en el mercado laboral, otros perderán rápidamente sus competencias profesionales y sociales por falta de opciones para acumular experiencia laboral. Cientos de miles de profesionales aceptan cualquier empleo por horas y a cualquier precio, solo para pagar techo y comida.
El 12.7% de jóvenes de la Eurozona no tiene empleo, no va a un centro educativo y no asiste a ningún tipo de formación. El capital, que les había ofrecido esperanzas por un mundo mejor, ahora los elimina del sistema, les bloquea las posibilidades del progreso. Al capital no le interesa el futuro de la humanidad, le interesan los negocios, extraer la sustancia del trabajo humano rápidamente y desechar al ser humano. La situación para las mujeres es similar. En 2012 alrededor de 13 millones de mujeres perdieron sus empleos. En esta década ha crecido el número de iniciativas de equidad y las declaraciones apuestan por eliminar la violencia de distinto tipo padecidas por una de cada tres mujeres en el mundo, pero continúan siendo el rostro más visible de la pobreza. Para el capital no existe género, es despótico, mezquino y criminal a la hora de imponer un desarrollo forzado, basado en técnicas de guerra, según las condiciones de cada país. Las mujeres unas veces son desplazadas de la agricultura y arrastradas a la industria y otras de la industria a los servicios, en cualquier caso con empleos precarios y remuneraciones carentes de garantías de seguridad social. Los adultos jubilados completan el panorama del lucro sobre la gente, cada vez reciben menor atención estatal y son vistos por los capitalistas como una carga. Son expuestos como privilegiados usurpadores de lo que pudiera corresponder a otros, son convertidos de despojados en despojos a los que trata de presentar como inútiles. Sin embargo con los recursos ahorrados por los jubilados en décadas de trabajo, los financistas privados aumentan la especulación financiera global. En las cifras oficiales de desempleo se omiten otros cientos de millones de excluidos del capital y del poder que son los subempleados, que son realmente desempleados estructurales. Carecen de empleo y de las garantías asociadas a este, en 72 países de 198 de la OIT, estos reciben un temporal y exiguo seguro de empleo, que cubre a menos del 15% de los desempleados del planeta. En la misma secuencia de daños estructurales provocados por el capital están 397 millones de trabajadores que viven en la pobreza extrema y otros 472 millones de trabajadores que no pueden satisfacer sus necesidades básicas con regularidad. El desempleo se ha convertido en la epidemia que recorre el mundo. Son cientos de millones de personas expulsadas del sistema productivo y condenadas a la miseria humana, son convertidos en seres anónimos que tratan de huir solitarios en medio del hambre y la esquizofrenia que produce la exclusión. Hay quienes nunca podrán obtener un empleo y quienes tratan de sobrevivir a la doble violencia de nacer en un presente de negaciones y un incierto futuro de desesperanzas trazado por el capital. No es el mercado el que quita o crea empleos, tampoco es la mano invisible la que regula, son personas, aparecen en los registros del éxito global, tienen nombres y apellidos, son hombres del sistema que han hecho de la explotación su principal oficio, se deleitan produciendo capital para sus propios bolsillos y dolor y muerte para grupos y sociedades enteras. El desempleo destruye las relaciones sociales, los deseos y sueños que hacen más humanos a los humanos. El desempleo es hoy una frustración que mata, pero también una oportunidad que empieza a movilizar la conciencia en defensa de la vida y del planeta. Los llamados líderes mundiales de la economía en el (G-8, G-20), consideran que las expectativas de la economía mejorarán, apuestan por disminuciones del desempleo a costa de pauperizar aun más las condiciones de trabajo, de ofertar tiempos parciales donde había tiempos totales, de reducir las garantías de sanidad y de considerar toda actividad muscular o mental como un empleo a contabilizar. Sin embargo las gentes comunes y corrientes creen que la incertidumbre económica y la pérdida del empleo son el principal riesgo para los próximos años y también creen otra vez que el poder político que ampara al capital no es cosa distinta que la violencia organizada de la clase en el poder para oprimir y suprimir derechos. Uno de los activadores del desempleo es la “volatilidad de los flujos internacionales de capital” que provoca daños estructurales arrastrando a las débiles economías locales a hacer ajustes inclusive en contra de sus propios nacionales. Un ejemplo son los tratados de libre comercio firmados entre potencias colonialistas y gobernantes bajo su tutela, lo que constituye una estrategia depredadora a favor de la concentración de capital global y de la destrucción de fuentes de empleo local.
Lo que pareciera ser una incoherencia entre las políticas monetarias y las fiscales adoptadas en diferentes países hace parte de la estrategia de acumulación favorable a la volatilidad de tales capitales que perfeccionan sus técnicas de saqueo mediante una rápida explotación y acumulación de capital antes que incorporar a nuevos trabajadores. Los representantes políticos de las naciones hacen llamados formales a la responsabilidad social de los empresarios, mientras los representantes económicos y financieros de estos diseñan prácticas para aumentar sus riquezas privadas en detrimento de derechos y garantías conquistadas por los trabajadores/as y las sociedades a lo largo de luchas históricas. La mayor preocupación es que, en todo caso, las políticas para atacar el desempleo provienen de los mismos escenarios del poder político y económico de los depredadores, que formulan recetas en favor del capital, dan garantías a los acumuladores e imponen las reglas de privatización del mundo. Cambiar las condiciones no corresponde entonces al plano de las regulaciones económicas, ni al orden institucional, si no al plano del poder, de la lucha política y social. Las movilizaciones y levantamientos sociales, constituyen nuevamente la herramienta principal de emancipación, contra la sujeción y la explotación, contra las técnicas y estrategias del capital. La economía de los dueños del capital no está en crisis, basta mirar sus indicadores que no paran de crecer, destruir el empleo y causar el desmonte paulatino de derechos, ellos son los responsables de la epidemia mortal del desempleo que excluye y elimina y exige actuar sobre ellos como saben hacerlo los pueblos. M. H. R. Domínguez
2 feb 2013
Vamos a mas, y ellos a por todo
Un muchacho de veinticinco años estaba sentado frente al directivo de una empresa, pues optaba a ocupar un puesto de trabajo administrativo por 600 euros al mes, seis días a la semana. En sus adentros, aquel muchacho pensaba que con aquel sueldo y aquel horario no iba a ningún lado, pero ponía todo su esfuerzo en aparentar solo su disponibilidad para cumplir con concienzudo esmero el trabajo que se le encomendara. Eso sí, se le descontarían 35 euros por el uso al mediodía de un espacio común donde con sus compañeros podría sacar su bocata o su tartera con la comida que trajera de su casa, así como por el uso de un microondas donde podría calentar la comida (se trata de un caso real, doy fe). Aquel muchacho me contaba después que estaba pensando que con ese trabajo iba a convertirse en una piltrafa tan execrable como el trabajo mismo que estaba solicitando, tras haber rebajado en lo posible su currículum vitae y sus estudios superiores, cuando, en medio de la entrevista le vino a la cabeza una pregunta que una mañana se había posado años ha en un aula de su Instituto: ¿qué es realmente libertad? Ahora ya lo tenía claro: libertad es cualquier cosa menos lo que en esos momentos estaba haciendo en aquel despacho. Probablemente, el dueño de la empresa y su consejo de administración se declararan de ideología liberal, al igual que la CEOE a la que cotizarán, y estarían de acuerdo con las medidas y los diagnósticos del neoliberalismo económico vigente en España y el mundo. La palabra “liberal”, tan polisémica, está supuestamente relacionada con la libertad, pero lo que ya no dice el liberalismo es que se trata de la libertad propia para obtener beneficios, aun a costa de anular o reducir la libertad de los demás. Hace unos semanas la CEOE afirmaba que para salir de la crisis se necesita una reforma laboral con medidas aún más restrictivas sobre flexibilidad laboral y moderación salarial; es decir, una reforma laboral la mar de liberal, con suma libertad para despedir sin trabas y contratar por unos salarios y unos horarios de mierda. De hecho, ya lo dejó claro su anterior presidente, Díaz Ferrán: “hay que trabajar más y cobrar menos”, si bien estaba pensando exclusivamente en los trabajadores, como la cruda realidad se ha encargado de demostrar posteriormente con creces. Igualmente, la semana pasada, el vicepresidente de CEOE y presidente de Cepyme, Jesús Terciado, proponía otra descomunal joya de las de culo de botella: un nuevo contrato para jóvenes por un salario de 645 euros mensuales; es decir, el salario mínimo interprofesional. Como estos dirigentes empresariales y asimilados deben de pensar que la población currante raya en lo fronterizo, Terciado añadió que las condiciones laborales irían mejorando a medida que el trabajador fuera formándose, como si no se nos hubiese pasado ya por la cabeza que al cabo de unos pocos meses la mayor parte de esos contratos estaría finiquitada, pues otros jóvenes habrían ocupado los puestos de sus coetáneos y, de paso, sus padres y madres estarían en la calle, ya que esos jóvenes significan mano de obra barata, sin derecho laboral adquirido alguno y fuera de todo convenio laboral. La libertad se está yendo cada vez más al carajo e incluso la reivindicación de la libertad ajena comienza a parecer subversiva a los liberales y neoliberales. Y con la libertad también corren el riesgo de acabar en el sumidero los derechos personales y colectivos, la estabilidad personal y familiar de la ciudadanía trabajadora y desempleada, así como su posibilidad de hacer proyectos que alcancen más allá de unos pocos meses. Paralelamente, crecen el miedo, la desconfianza, la incertidumbre, la zozobra, el resquemor, las habladurías y los rumores, de tal forma que la persona trabajadora está dispuesta a reducir su sueldo, cambiar el horario o el turno, e incluso ir a Laponia, como ya dijo hace un año el presidente de la Comisión de Economía y Política Financiera de la CEOE, José Luis Feito. Los salarios caen y los asalariados pierden 12,7 puntos de renta desde 2007, mientras que las rentas empresariales crecen (6,6%). El neoliberalismo refleja y justifica los intereses de los beneficiarios (uno por ciento de la población) de un sistema capitalista feroz, y trata de ampararse en el mercado libre, es decir, en un sistema donde intentan privatizar a toda costa empresas y servicios públicos, una vez bien retribuidos con cargos e indemnizaciones los servidores públicos que han hecho posibles tales privatizaciones. Los neoliberales y los especuladores financieros hablan de mercado libre, para tener manos libres, desregularizando cada naipe y cada regla del casino donde se lucran. Mientras, una buena parte de la población contempla gaviotas artríticas y rosas sin pétalos, mientras espera que los lobos se hagan vegetarianos. A. Aramayona.
30 ene 2013
Un País busca políticos
España vive una situación propia del teatro de Luigi Pirandello. En la obra maestra del escritor italiano, seis personajes irrumpen en un teatro en busca de su autor. Se sentían incompletos, enfrentados a su falta de identidad, y necesitaban un autor dispuesto a contar su historia. La realidad española vive hoy la crisis castigada por un vacío parecido. El malestar cívico no encuentra sus políticos, el sujeto público capaz de representar su rebeldía y sus razones. Este es uno de los factores más profundos del desasosiego que afecta a la sociedad. La incertidumbre no se debe sólo a los problemas económicos. Pesa también lo difícil que resulta imaginar una respuesta, encontrar un cauce que permita entender los sacrificios con una esperanza de futuro. Y la verdad es que el desánimo actual tiene motivos históricos. El retroceso en derechos cívicos, inversiones públicas y capacidad adquisitiva puede vivirse aquí, en este rincón de Europa, no sólo como la consecuencia de una situación más o menos compleja, sino como un capítulo más de la vieja falta de consolidación nacional. Si la salida del franquismo se celebró como la despedida definitiva del subdesarrollo y la integración en el capitalismo avanzado, la crisis actual se padece como una amenaza de regreso a las tinieblas. La famosa despedida resultó un espejismo. Las élites económicas españolas no han acabado nunca de consolidar un Estado fuerte porque prefirieron hundir el país antes que perder alguno de sus privilegios. Bajo los gritos patrioteros y las proclamas nacionalistas, se escondió siempre una falta absoluta de respeto por la realidad nacional. La corrupción española, que alcanza en la actualidad un grado de espectáculo bochornoso, tiene que ver con esta falta de respeto. Los padres de la patria con cuentas en bancos de Suiza, la afición por los paraísos fiscales, las facilidades para defraudar sin ser perseguidos, incluso las legislaciones propicias para robarle dinero al Estado sin cometer delito, hablan de ese patriotismo hueco y del cinismo con el que las élites agitan la bandera nacional. Por eso la historia de España es una fábula amarga.
Episodios como la felonía de Fernando VII contra la Constitución de 1812, como la componenda caciquil de la Restauración de Alfonso XII o como el golpe de Estado de 1936 contra la II República, repiten el entramado de una sociedad poco sólida, incapaz de sugerir alternativas políticas, y unas castas privilegiadas dispuestas a vender la nación a intereses extranjeros bajo la mascarada de su patriotismo ruidoso. La crisis actual puede interpretarse también en esa lógica. El bipartidismo instaurado por la Transición ha tenido un comportamiento semejante a aquel juego liberal y conservador de las dos España de la Restauración que, según el famoso poema de Machado, se empecinó en helar el corazón de los españolitos. Parece claro una vez más que las élites económicas han preferido empobrecer el país antes que aceptar la pérdida de privilegios que suponía una verdadera democratización económica de España. Las grandes empresas y los banqueros se comportan con prerrogativas y desvergüenzas propias de caciques. El espectáculo es tan impudoroso que ha puesto en grave peligro la farsa del sistema bipartidista. Por primera vez en los últimos 30 años las encuestas se convierten en abismos. La caída del partido en el Gobierno no supone un renacimiento del partido en la oposición. Las dos siglas andan por los suelos. La manipulación de la ingeniería electoral deberá echar huma para mantener una apariencia de mayorías democráticas. Más allá de las tentaciones totalitarias, todavía débiles en España, y de las ocurrencias extravagantes que de vez en cuando surgen, se extiende un sentimiento claro de que es necesaria una nueva respuesta política. La renovación del PSOE ha dejado de ser una prioridad frente al descrédito del PP. Ahora se necesita la configuración de una nueva mayoría social que ponga fin a las trampas de un sistema corrupto desde el punto de vista económico e institucional. El país busca un nuevo sujeto político como los personajes de Luigi Pirandello buscaban un autor. El asalto generalizado a la vida cotidiana de los españoles, a sus derechos y a su realidad económica, exige una reacción colectiva si no queremos que caiga una vez más sobre nosotros la maldición de Fernando VII. L. G. Montero.
Episodios como la felonía de Fernando VII contra la Constitución de 1812, como la componenda caciquil de la Restauración de Alfonso XII o como el golpe de Estado de 1936 contra la II República, repiten el entramado de una sociedad poco sólida, incapaz de sugerir alternativas políticas, y unas castas privilegiadas dispuestas a vender la nación a intereses extranjeros bajo la mascarada de su patriotismo ruidoso. La crisis actual puede interpretarse también en esa lógica. El bipartidismo instaurado por la Transición ha tenido un comportamiento semejante a aquel juego liberal y conservador de las dos España de la Restauración que, según el famoso poema de Machado, se empecinó en helar el corazón de los españolitos. Parece claro una vez más que las élites económicas han preferido empobrecer el país antes que aceptar la pérdida de privilegios que suponía una verdadera democratización económica de España. Las grandes empresas y los banqueros se comportan con prerrogativas y desvergüenzas propias de caciques. El espectáculo es tan impudoroso que ha puesto en grave peligro la farsa del sistema bipartidista. Por primera vez en los últimos 30 años las encuestas se convierten en abismos. La caída del partido en el Gobierno no supone un renacimiento del partido en la oposición. Las dos siglas andan por los suelos. La manipulación de la ingeniería electoral deberá echar huma para mantener una apariencia de mayorías democráticas. Más allá de las tentaciones totalitarias, todavía débiles en España, y de las ocurrencias extravagantes que de vez en cuando surgen, se extiende un sentimiento claro de que es necesaria una nueva respuesta política. La renovación del PSOE ha dejado de ser una prioridad frente al descrédito del PP. Ahora se necesita la configuración de una nueva mayoría social que ponga fin a las trampas de un sistema corrupto desde el punto de vista económico e institucional. El país busca un nuevo sujeto político como los personajes de Luigi Pirandello buscaban un autor. El asalto generalizado a la vida cotidiana de los españoles, a sus derechos y a su realidad económica, exige una reacción colectiva si no queremos que caiga una vez más sobre nosotros la maldición de Fernando VII. L. G. Montero.
La deuda
Es necesario realizar auditorías ciudadanas de la deuda pública. La auditoría de la deuda es un proceso en el que se analiza el origen de las deudas, por qué se generaron, para qué sirvieron, a quiénes beneficiaron, su transparencia, posibles irregularidades, etc. Se trata de determinar qué parte de la deuda contraída es legítima y qué parte no lo es, para posteriormente declarar el impago de la parte ilegítima. No es un proceso de élites, debe contar con una gran participación social (popular, y también de personas expertas) en el que los gobiernos deben colaborar, siendo transparentes, dando la información y documentación necesaria para llevarla a efecto. Se trata del control democrático de los asuntos públicos. El impago de la deuda ilegítima no es una quimera. Tenemos experiencias en el siglo XXI, como son la de Argentina en 2001, Ecuador en 2007 o Islandia en 2011. Es posible hacer frente a la dictadura de los mercados, del poder económico y financiero, y primar el bien común sobre la avaricia de quienes nos han llevado a la actual crisis del sistema capitalista. A su vez, la auditoria de la deuda y el impago de la parte ilegítima permiten cuestionar desde la raíz el actual modelo económico. Pero no basta con declarar el impago de la deuda ilegítima. Es necesario cambiar radicalmente el actual modelo económico, ya que de lo contrario la deuda se volverá a generar al servicio de los poderes económicos y financieros, y se seguirán agravando las injusticias económicas, sociales y medioambientales. Se requieren medidas como una drástica reforma fiscal, que dé marcha atrás en la política fiscal neoliberal de las últimas décadas; una fuerte regulación del sector financiero, prohibiendo la especulación y los paraísos fiscales; banca pública; la reducción del tiempo de trabajo sin reducción salarial y con creación de empleo compensatorio; el buen vivir, superando el actual modelo de crecimiento, del todo insostenible. Landaluze & Noval.
20 ene 2013
Fin del capitalismo (2 de 2)
¿Quién levantaría la lucha
armada en la actualidad como vía para el cambio social cuando la tendencia es
buscar salidas negociadas y deponer las armas? Sin embargo, en el medio de esa
nebulosa siguen surgiendo protestas, voces críticas. Es decir: sigue habiendo
esperanzas. La historia no ha terminado, definitivamente. Si eso quiso anunciar
el grito victorioso apenas caído el muro de Berlín con aquellas famosas frases
pomposas de “fin de la historia” y “fin de las ideologías”, el estado actual
del mundo nos recuerda que no es así. Ahora bien: ¿qué hacer para que colapse
este sistema y pueda surgir algo alternativo, más justo, menos pernicioso para
nuestra especie? El solo hecho de seguir planteándonos todo esto muestra que la
utopía no está muerta. Puede estar golpeada, maltrecha, aturdida. Pero no
muerta. Los materiales que aquí ofrecemos intentan ser un llamado a mantener
viva esa esperanza. Si “sembramos utopía”, tal como quisimos ponerle de
sub-título al presente libro, es porque esperamos que la misma madure,
florezca, fructifique y dé como resultado algo menos injusto que el actual
sistema que, aunque quisiera -y por supuesto no quiere- no puede superar su
asimetría estructural. Es por eso que, aún pasando este mal momento, el
socialismo sigue siendo una esperanza abierta. La utopía nos sigue esperando. A
modo de conclusión: Dicho todo lo anterior (trece exposiciones con lujo de
detalles) resultaría ocioso repetir que el sistema capitalista no ofrece
solución a los grandes problemas históricos de la humanidad. Esto ya es más que
sabido. La cuestión básica estriba en cómo nos planteamos su transformación. Ya
ha habido varios intentos para llevar adelante esa monumental empresa en el
transcurso del siglo XX. No se puede decir que los mismos fracasaron
estrepitosamente; no, de ningún modo. Con dificultades, con muchos más
problemas de los que hubiera sido deseable, se consiguieron resultados
encomiables. Si se miden con el rasero capitalista basado en la acumulación del
fetiche mercancía y la teoría del valor, por supuesto que esas sociedades no se
“desarrollaron”; pero está claro que los socialismos realmente existentes se
encaminaron a otra cosa y no a repetir el modelo del capitalismo. Si de
medirlas se trata, definitivamente hay que apelar a otras categorías. Lo que se
buscó en esas experiencias tiene que ver básicamente con la dignificación del
ser humano, con desarrollar sus potencialidades, con la promoción de valores
más ricos que la acumulación de objetos apuntando, por el contrario, hacia la
solidaridad, al espíritu colectivo, al darle vuelo a la creatividad y la
inventiva. Quizá esas primeras experiencias, de las que sin dudas podemos y
debemos formular una sana crítica constructiva, son un primer paso: con las
dificultades del caso quedó demostrado que sí se puede ir más allá de una
sociedad basada en la exclusiva búsqueda de lucro personal/empresarial. Los
logros en ese sentido están a la vista: en esas sociedades, más allá de la
artera publicidad capitalista, no se pasa hambre, la población se educa, no
existe la violencia demencial de los modelos de libre mercado, existe una nueva
idea de la dignidad. Si hoy muchas de esas experiencias se revirtieron o se
pervirtieron, eso debe llamar a una serena reflexión sobre qué significa hacer
una revolución. Pero no hay nada más demostrativo de los logros obtenidos como
el hecho que, por inmensa mayoría, en los países donde existieron modelos
socialistas, al día de hoy, con la llegada del capitalismo salvaje y luego de
pasado el furor de la novedad de las “cuentas de colores” de los fascinantes
shopping centers, las poblaciones añoran los tiempos idos. Ahora, al igual que en
cualquier país capitalista, allí comer, educarse, tener salud y seguridad
social es un lujo; el socialismo, aún con sus errores, enseñó que la dignidad
no tiene precio. La titánica tarea de revolucionar el sistema conocido implica
un cambio fenomenal: es la construcción de un parteaguas en la historia, es el
inicio de una sociedad que, alcanzado un nivel de productividad mucho más alto
que otros estados históricos de desarrollo anteriores, puede empezar a pensar
realmente en el bien común, en el colectivo, en la especie humana como un todo.
Eso es el socialismo. Obviamente, un proyecto fenomenal. Haciendo nuestras las
palabras de Marx que poníamos en el epígrafe del libro: “No se trata de
reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los
antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la
sociedad existente, sino de establecer una nueva.” Establecer una nueva
sociedad: ahí está la clave. No es reformar, maquillar, disimular algo viejo
dando la sensación de un superficial cambio cosmético. Estamos hablando de una
transformación profunda, enorme. Por supuesto, eso es algo monumentalmente
difícil. Es refundar la humanidad. Y eso, la experiencia lo mostró, no es algo
que se logra por decreto, en poco tiempo, sólo con buena voluntad a partir de
ideas renovadoras, con una vanguardia que intenta dinamizar un proceso y
empuja. Cambiar el curso de la historia implica transformar de raíz el sujeto
que somos. Para el caso: transformar a millones y millones de seres humanos.
Eso no es imposible, pero sí sumamente complejo. Unas pocas generaciones, tal
como efectivamente sucedió en esas primeras experiencias, sólo pueden servir
para comenzar a dimensionar la magnitud de la empresa con la que nos
enfrentamos. ¡Es un reto fenomenal! Ahora bien: estas reflexiones nos llevan
hacia consideraciones que van más allá de la intención original de esta obra;
nos obligan a repensar el sentido último de lo que significa la revolución
socialista. ¿Por qué no funcionaron como se esperaba las primeras revoluciones
socialistas del silgo XX? ¿Por qué, después de varias décadas, cayeron, o se
revirtieron? ¿Acaso no es posible entonces tomarse en serio lo de transformar
la historia, crear un “hombre nuevo”, dejar atrás la prehistoria apegada a las
luchas en torno a la propiedad privada? Reflexiones, por cierto, que son
imprescindibles para acometer la construcción del cambio en ciernes. La idea de
base es que sí es posible; si no, ni siquiera nos lo estaríamos planteando. La
pasión que nos alienta es que la utopía es posible. De lo que se trata ahora es
cómo darle forma, cómo sembrarla para que germine. Pero lo que pretendemos con
esta colección de ensayos que aquí presentamos no apunta a reflexionar sobre
esto precisamente: busca, en todo caso, plantear cómo está el capitalismo
actual, y qué podemos hacer para lograr su transformación. Es decir: cómo
colapsar el actual sistema, cómo impactar, cómo vencerle. Dicho así, pareciera
que aquí se dan recetas, guías de acción, un “manual” para hacer la revolución.
¡Ojalá se pudiera disponer de eso! Sin embargo, ello es absolutamente
imposible; es más: está reñido con la ética socialista misma, con la idea de
una verdadera transformación. Más allá de poder pensar dificultades comunes e
intentar sacar conclusiones de los errores cometidos y de las luchas libradas,
si algo define la experiencia humana es su complejidad, su alto grado de
imprevisibilidad (pese a que exista una ciencia social -de derecha- que intenta
anticiparse y controlarla), su dosis de irracionalidad incluso. Vista en
sentido histórico, más allá de saber que las guerras son disputas a muerte por
el poder: ¿es racional la guerra en términos de especie humana, o justamente
atenta contra ella? Todos sabemos que fumar puede producir cáncer, pero seguimos
fumando. ¿Cómo entender la racionalidad entonces? Se abre ahí una imperiosa
necesidad de reformularnos cuestiones básicas, desde el materialismo histórico
y desde las ciencias sociales que fueron apareciendo en el transcurso del siglo
XX, luego que Marx formulara las líneas fundamentales de este andamiaje
conceptual. Por ejemplo, la cuestión del poder como eje que dinamiza buena
parte de las relaciones interhumanas (las conocidas al menos, las que se basan
y presuponen la propiedad privada), es un tema que desde la izquierda
tradicionalmente no se ha considerado en toda su complejidad, lo cual no deja
de ser una agenda pendiente de gran importancia. ¿Por qué vemos que se repiten
muchas veces similares errores en la construcción de alternativas anticapitalistas?
¿Estamos en la izquierda inmunizados ante los juegos del poder, o ello debería
replantearse con mayor altura crítica? ¿Por qué un camarada dirigente de ayer
puede transformarse tan fácilmente en un magnate? Así sea sólo un ejemplo este
tema del poder -no pequeño, por cierto- son muchas las tareas de revisión
crítica que nos esperan para potenciar las estrategias revolucionarias, hoy por
hoy bastante alicaídas. Los materiales aquí ofrecidos no son “manuales”; son
preguntas críticas. No más. Pero tampoco: nada menos. ¿Cómo nos planteamos el
tema del poder? ¿Qué hay de las actuales mezquindades y flaquezas que nos
constituyen? (Dicho en otros términos: ¿por qué es posible revertir
revoluciones socialistas victoriosas?) ¿Cómo se construye el “hombre nuevo” del
socialismo? Sólo decir esto y ya vemos la necesidad de la autocrítica:
¿“hombre” como sinónimo de humanidad? ¿No se nos filtra ahí un arrogante
prejuicio machista? Dicho sea de paso: en el presente libro sólo varones
publican; ¿arrogante prejuicio machista de quien seleccionó los textos? De eso
se trata entonces: “no de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una
nueva.” La autocrítica permanente debe ser una clave vital. Pero en lo humano
no se puede establecer aquello de “borrón y cuenta nueva”: construimos el
socialismo con la materia prima que somos. Ahí estriba una dificultad enorme, y
por tanto, el reto es mayúsculo. De todos modos “dificultad”, nunca, en ningún
momento histórico y en ninguna lengua significa “imposibilidad”. Sin dudas es
mucho más fácil preguntar críticamente y desarmar lo establecido que proponer
cosas nuevas. Esa es una dialéctica humana: es más fácil destruir que
construir. En ese sentido, resulta más simple constituirnos en críticos
implacables del capitalismo (pues obviamente hay muchísimo por demoler ahí) que
proponerle alternativas válidas, posibles, efectivas, que realmente sirvan para
edificar algo nuevo. Si fuera tan fácil aportar soluciones, el mundo sería
distinto. Pero siendo auténticamente socráticos en nuestro proceder, podríamos
decir que en el hecho de preguntar/criticar lo conocido anida ya el germen de
la respuesta, o sea, la solución al problema planteado. Por tanto, vale (¡y
mucho!) preguntarnos acerca de los límites del capitalismo, del actual y de sus
raíces históricas, porque a partir de ese interrogante se podrán ir
construyendo las respuestas, los caminos alternativos. Está claro que el libro
en su conjunto, que es eminentemente una colección de reflexiones políticas, es
un ejercicio académico-intelectual y no una propuesta de acción concreta. En
verdad, nunca pretendimos esto último; y por supuesto no creemos haber
contribuido mucho en ese sentido. Pero sí podemos dejar algunas preguntas en el
nivel de lo que los autores aquí reunidos pueden aportar: consideraciones
críticas sobre aspectos teóricos que ojalá permitan iluminar un poco más la
práctica concreta. Sin tenerle miedo a la teoría, podemos repetir con Einstein
que “no hay nada más práctico que una buena teoría en el momento oportuno”. ¿Cómo
hacer la revolución socialista entonces? La publicación, en todo caso, dice más
lo que no se debe hacer que los pasos concretos a seguir. Quizá es poco, pero
no deja de ser importante considerarlo: hablar de los límites y los errores nos
da ya un primer marco. Presentémoslo en forma de preguntas:
• ¿Es posible construir el socialismo en un solo país hoy día? Quizá podría ser factible tomar el poder a nivel nacional, desplazar al gobierno de turno en forma revolucionaria y establecerse como nuevo grupo gobernante con un planteo de izquierda, pero eso no significa necesariamente una transformación en términos de relaciones de fuerza como clase de los trabajadores y oprimidos. Además, dado el grado de complejidad en el proceso de globalización y la interdependencia de todo el planeta, es imposible construir una isla de socialismo con posibilidades reales de sostenimiento a largo plazo. En ese sentido los planteos revolucionarios deben apuntar a pensar en bloques, espacios regionales. La idea de Estado-nación entró en crisis y hay que revisarla críticamente desde las propuestas de izquierda. El ejemplo de los distintos socialismos que se intentaron construir en el transcurso del siglo XX, o el socialismo bolivariano actual, nos da alguna pista al respecto: se pueden comenzar procesos muy interesantes, fecundos, imprescindibles incluso; pero eso es un preámbulo del socialismo. De todos modos, todo ello no debe inmovilizarnos y hacernos pensar en que hay que abandonar las luchas nacionales. De momento nuestra unidad de acción son espacios nacionales, y ahí debemos trabajar, planteándonos todos estos problemas como los nuevos retos.
• ¿Cómo dar luchas globales desde lo micro? No hay más alternativa que esa: las luchas son siempre en el espacio local, pequeño: en la comunidad, en el sindicato, en las reivindicaciones sectoriales. Pero toda lucha debe tener como perspectiva final un nivel más amplio, entendiendo que lo local es articula, en definitiva, con lo planetario. Hoy día hay que buscar sumar descontentos, acumular fuerzas de los numerosísimos golpeados/explotados/excluidos del sistema. Ese trabajo de hormiga de juntar descontentos se hace en el nivel micro; aprovechando la globalización que impera, el desafío es sumar esos descontentos puntuales y locales en esfuerzos globales, macros. El Foro Social Mundial fue (es) un intento en ese sentido. quizá no prosperó como herramienta real de lucha, pero a partir de ello hay que estudiar el fenómeno y ver cómo impulsar alternativas realmente viables que consideren el estado actual del mundo como aldea global.
• ¿Es necesaria una vanguardia? Viejo problema en la izquierda, no resuelto, y probablemente que no admite “una” solución única. Vanguardia no debe ser partido único. Sin lugar a dudas que el puro espontaneísmo tiene límites muy cercanos: es, en todo caso, pura reacción visceral, más propia de los procesos colectivos de muchedumbres desarticuladas (pensemos en un linchamiento por ejemplo) que de acciones planificadas, con direccionalidad política, que buscan motorizar proyectos claros. Por supuesto que la reacción espontánea existe, y puede jugar un papel muy importante en la historia; pero la historia tiene líneas maestras que alguien traza, que no son casuales. Es más: hoy día existe toda una parafernalia de ciencias (¿éticamente las podremos seguir llamando así?) que tienen como objetivo manejar, controlar, trazas escenarios a futuro y lograr que grandes masas de población actúen conforme a lo planificado. Por supuesto, están siempre al servicio de los poderes de turno. Desde la izquierda no planteamos “manejar” las masas, pero sí trazar líneas para que se den cambios en el sistema. Eso, en definitiva, es la política revolucionaria: tener proyectos a futuro en el que las grandes mayorías jueguen el papel protagónico para transformar el actual estado de explotación e injusticia. Dejando librado todo al puro voluntarismo, al espontaneísmo popular, no se irá muy lejos: es preciso tener claro un proyecto. Esa claridad es la que debe aportar la vanguardia. Ahora bien: es difícil establecer quién juega ese papel. Los partidos de izquierda tradicionales con su estructura vertical, militar en algunos casos, son cuestionables. El liderazgo de una sola persona, más allá de su carisma, puede dar como resultado el nada deseable culto a la personalidad que ya hemos conocido en más de una ocasión, quitándole real protagonismo a las clases explotadas. En todo caso hay que pensar en vanguardias con dirección colegiada, siempre en diálogo permanente con las masas.
• ¿Quién es hoy el sujeto de la revolución? Las nuevas modalidades del capitalismo globalizado presentan nuevos paisajes sociales; el proletariado industrial urbano, considerado como el núcleo revolucionario por excelencia para la revolución socialista, está hoy diezmado. O vendido por sindicatos corruptos cooptados por la clase dominante, o desmovilizado por contrataciones laborales en absoluta precariedad que lo dejan en situación de indefensión, la clase obrera como tal ha retrocedido en su papel histórico, acorralándosela y anestesiándola (para eso, además, están las nuevas tecnologías de control: medios de comunicación masivos, nuevas religiones fundamentalistas, deporte profesional que inunda la vida cotidiana). Por supuesto sigue siendo la principal creadora de plusvalor a partir de su trabajo, pero hoy día la arquitectura del sistema, sin cambiar en su sustancia, ha tenido modificaciones importantes. Numéricamente, incluso, no está en crecimiento; la desocupación o subocupación -derivados naturales del capitalismo, más aún en esta fase de hiper robotización y automatización de los procesos productivos, de deslocalización y de primado del capital financiero-especulativo- han hecho del proletariado industrial una minoría entre la masa de explotados. Los explotados/excluidos del sistema, globalmente considerado, crecen: campesinos sin tierra que en muchos casos marchan a las ciudades, subocupados y desocupados, poblaciones originarias cada vez más marginadas o excluidas por un modelo de desarrollo que no las incluye, migrantes del Sur hacia el Norte, empobrecidos por la crisis estructural, jóvenes sin futuro, constituyen los sectores más golpeados por el capitalismo. Los obreros industriales, tanto en el capitalismo central como en el periférico, en ese mar de desesperación pueden considerarse afortunados, pues tienen salario fijo (eso, hoy día, ya se presenta como un lujo). Todo ello, por tanto, cambia el panorama social y político: hoy día el fermento revolucionario se nutre en muy buena medida de todo ese subproletariado de trabajadores precarizados e informales, de población “sobrante” en la lógica del sistema. Y además entran en escena con fuerza creciente otros actores (otros descontentos, diríamos) como las mujeres, históricamente marginadas y que ahora levantan reivindicaciones específicas, los pueblos originarios, las juventudes, que pasan a ser igualmente fermentos de cambio. Por todo ello, el motor de la revolución socialista hoy ya no es sólo el proletariado industrial: es la masa de trabajadores y golpeados por el sistema. Los grupos más beligerantes de estas últimas décadas han sido, justamente, grupos indígenas, campesinos sin tierra, desocupados urbanos, “marginales” del sistema, en sentido amplio. Es preciso redefinir con precisión el actual sujeto revolucionario, pero sin dudas hay ahí otro desafío que debemos asumir con ética revolucionaria.
• ¿Cuáles deben ser en la actualidad las formas de lucha? Las que se pueda, simplemente. Insistamos mucho en esto: ¡no hay manual para hacer la revolución! La Comuna de París, allá por el lejano 1871, fue una fuente inspiradora, y de allí Marx y Engels tomaron importantísimas enseñanzas. Es a partir de esa experiencia que surge la idea de “dictadura del proletariado”, en tanto gobierno revolucionario de los trabajadores como constructores de un nuevo orden. Después de los socialismos realmente existentes y de todas las luchas del pasado siglo se abren interrogantes para plantearnos esa noble y titánica tarea de hacer parir una nueva sociedad: ¿cómo hacerlo en concreto? Pregunta válida no sólo para ver cómo empezar a construir esa sociedad nueva a partir del día en que se toma la casa de gobierno sino también para ver cómo llegar a esa toma, punto de arranque primario. Ya hemos dicho que la tarea de construir la sociedad nueva es complejísima y necesita de la autocrítica como una herramienta toral. Ahora bien: la pregunta -quizá más pedestre, más limitada y puntual- que se pretende el hilo conductor del presente libro es ¿qué hacer para estar en condiciones de comenzar esa construcción? Dicho en otros términos: ¿cómo se desaloja a la actual clase dominante y se toma su Estado (el Estado nunca es de todos, es el mecanismo de dominación de la clase dominante) para comenzar a construir algo nuevo? ¿Se puede repetir hoy -metafóricamente hablando- la toma del Palacio de Invierno de la Rusia de 1917? ¿O hay que pensar en una movilización popular con palos y machetes que, acompañando a su vanguardia armada, pueda desalojar al gobernante de turno como sucedió en la Nicaragua de 1979? ¿Constituyen los procesos democráticos -dentro de los límites infranqueables de las democracias burguesas- de Chile con Allende, o la actual Revolución Bolivariana en Venezuela, con Chávez a la cabeza, modelos de transiciones al socialismo? ¿Cuáles son sus límites? ¿Se puede apostar hoy por movimientos armados, cuando vemos, por ejemplo, que todas las guerrillas en Latinoamérica o ya han depuesto las armas, o están próximas a hacerlo? ¿Se puede revolucionar la sociedad y construir el socialismo con el “mandar desobedeciendo”, como pretende el movimiento zapatista? ¿Hay que participar en los marcos de la democracia representativa para ganar espacios desde allí? Dado que no hay manual para esto, la respuesta debería ser amplia y ver como válidas todas esas alternativas. “Válidas” no significa ni infalibles ni seguras; son, en todo caso, pasos a seguir. ¿Hoy es pertinente levantar la lucha armada? Pertinente, quizá sí, como de hecho puede suceder en algunos puntos del planeta (el movimiento naxalita en la India, por ejemplo), pero no está clara su real posibilidad de triunfo, dadas las tecnologías militares sofisticadas con que el sistema cuenta para defenderse. En definitiva, golpeado como está hoy el campo popular, desarticulado y sin propuestas claras, muchos pueden ser los caminos para comenzar a construir alternativas. Queda claro que no hay “una” vía; distintas formas pueden ser pertinentes. Quizá los movimientos populares amplios, los frentes, la unión de descontentos y la potenciación de rebeldías comunes pueden ser útiles en un momento. La presunta pureza doctrinaria de las vanguardias quizá hoy no nos sirva. En realidad estas no son conclusiones en sentido estricto. Todo el libro, a través de sus diferentes textos, es una invitación a profundizar estos debates, a enriquecerlos y darles vida. Si algún valor puede tener todo este esfuerzo es aportar un modesto grano de arena más en una búsqueda interminable. De lo que sí podemos estar absolutamente seguros es que esa utopía vale la pena. El mundo de ninguna manera puede ser una suma de “triunfadores” y “desechables”, por lo que esa búsqueda está abierta, invitándonos a zambullirnos en ella. Cerremos con una frase del poeta Antonio Machado totalmente oportuna para el caso: “Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar”.
(1) Colectivo de autores: 1) Amado, Oscar, 2) Borges, Edgar, 3) Colussi, Marcelo, 4) Corbière, Emilio, 5) Cuevas Molina, Rafael, 6) Fontes, Anthony, 7) Illescas Martínez, Jon E. (Jon Juanma), 8) López y Rivas, Gilberto, 9) Mora Ramírez, Andrés y 10) Perdomo Aguilera, Alejandro L.
• ¿Es posible construir el socialismo en un solo país hoy día? Quizá podría ser factible tomar el poder a nivel nacional, desplazar al gobierno de turno en forma revolucionaria y establecerse como nuevo grupo gobernante con un planteo de izquierda, pero eso no significa necesariamente una transformación en términos de relaciones de fuerza como clase de los trabajadores y oprimidos. Además, dado el grado de complejidad en el proceso de globalización y la interdependencia de todo el planeta, es imposible construir una isla de socialismo con posibilidades reales de sostenimiento a largo plazo. En ese sentido los planteos revolucionarios deben apuntar a pensar en bloques, espacios regionales. La idea de Estado-nación entró en crisis y hay que revisarla críticamente desde las propuestas de izquierda. El ejemplo de los distintos socialismos que se intentaron construir en el transcurso del siglo XX, o el socialismo bolivariano actual, nos da alguna pista al respecto: se pueden comenzar procesos muy interesantes, fecundos, imprescindibles incluso; pero eso es un preámbulo del socialismo. De todos modos, todo ello no debe inmovilizarnos y hacernos pensar en que hay que abandonar las luchas nacionales. De momento nuestra unidad de acción son espacios nacionales, y ahí debemos trabajar, planteándonos todos estos problemas como los nuevos retos.
• ¿Cómo dar luchas globales desde lo micro? No hay más alternativa que esa: las luchas son siempre en el espacio local, pequeño: en la comunidad, en el sindicato, en las reivindicaciones sectoriales. Pero toda lucha debe tener como perspectiva final un nivel más amplio, entendiendo que lo local es articula, en definitiva, con lo planetario. Hoy día hay que buscar sumar descontentos, acumular fuerzas de los numerosísimos golpeados/explotados/excluidos del sistema. Ese trabajo de hormiga de juntar descontentos se hace en el nivel micro; aprovechando la globalización que impera, el desafío es sumar esos descontentos puntuales y locales en esfuerzos globales, macros. El Foro Social Mundial fue (es) un intento en ese sentido. quizá no prosperó como herramienta real de lucha, pero a partir de ello hay que estudiar el fenómeno y ver cómo impulsar alternativas realmente viables que consideren el estado actual del mundo como aldea global.
• ¿Es necesaria una vanguardia? Viejo problema en la izquierda, no resuelto, y probablemente que no admite “una” solución única. Vanguardia no debe ser partido único. Sin lugar a dudas que el puro espontaneísmo tiene límites muy cercanos: es, en todo caso, pura reacción visceral, más propia de los procesos colectivos de muchedumbres desarticuladas (pensemos en un linchamiento por ejemplo) que de acciones planificadas, con direccionalidad política, que buscan motorizar proyectos claros. Por supuesto que la reacción espontánea existe, y puede jugar un papel muy importante en la historia; pero la historia tiene líneas maestras que alguien traza, que no son casuales. Es más: hoy día existe toda una parafernalia de ciencias (¿éticamente las podremos seguir llamando así?) que tienen como objetivo manejar, controlar, trazas escenarios a futuro y lograr que grandes masas de población actúen conforme a lo planificado. Por supuesto, están siempre al servicio de los poderes de turno. Desde la izquierda no planteamos “manejar” las masas, pero sí trazar líneas para que se den cambios en el sistema. Eso, en definitiva, es la política revolucionaria: tener proyectos a futuro en el que las grandes mayorías jueguen el papel protagónico para transformar el actual estado de explotación e injusticia. Dejando librado todo al puro voluntarismo, al espontaneísmo popular, no se irá muy lejos: es preciso tener claro un proyecto. Esa claridad es la que debe aportar la vanguardia. Ahora bien: es difícil establecer quién juega ese papel. Los partidos de izquierda tradicionales con su estructura vertical, militar en algunos casos, son cuestionables. El liderazgo de una sola persona, más allá de su carisma, puede dar como resultado el nada deseable culto a la personalidad que ya hemos conocido en más de una ocasión, quitándole real protagonismo a las clases explotadas. En todo caso hay que pensar en vanguardias con dirección colegiada, siempre en diálogo permanente con las masas.
• ¿Quién es hoy el sujeto de la revolución? Las nuevas modalidades del capitalismo globalizado presentan nuevos paisajes sociales; el proletariado industrial urbano, considerado como el núcleo revolucionario por excelencia para la revolución socialista, está hoy diezmado. O vendido por sindicatos corruptos cooptados por la clase dominante, o desmovilizado por contrataciones laborales en absoluta precariedad que lo dejan en situación de indefensión, la clase obrera como tal ha retrocedido en su papel histórico, acorralándosela y anestesiándola (para eso, además, están las nuevas tecnologías de control: medios de comunicación masivos, nuevas religiones fundamentalistas, deporte profesional que inunda la vida cotidiana). Por supuesto sigue siendo la principal creadora de plusvalor a partir de su trabajo, pero hoy día la arquitectura del sistema, sin cambiar en su sustancia, ha tenido modificaciones importantes. Numéricamente, incluso, no está en crecimiento; la desocupación o subocupación -derivados naturales del capitalismo, más aún en esta fase de hiper robotización y automatización de los procesos productivos, de deslocalización y de primado del capital financiero-especulativo- han hecho del proletariado industrial una minoría entre la masa de explotados. Los explotados/excluidos del sistema, globalmente considerado, crecen: campesinos sin tierra que en muchos casos marchan a las ciudades, subocupados y desocupados, poblaciones originarias cada vez más marginadas o excluidas por un modelo de desarrollo que no las incluye, migrantes del Sur hacia el Norte, empobrecidos por la crisis estructural, jóvenes sin futuro, constituyen los sectores más golpeados por el capitalismo. Los obreros industriales, tanto en el capitalismo central como en el periférico, en ese mar de desesperación pueden considerarse afortunados, pues tienen salario fijo (eso, hoy día, ya se presenta como un lujo). Todo ello, por tanto, cambia el panorama social y político: hoy día el fermento revolucionario se nutre en muy buena medida de todo ese subproletariado de trabajadores precarizados e informales, de población “sobrante” en la lógica del sistema. Y además entran en escena con fuerza creciente otros actores (otros descontentos, diríamos) como las mujeres, históricamente marginadas y que ahora levantan reivindicaciones específicas, los pueblos originarios, las juventudes, que pasan a ser igualmente fermentos de cambio. Por todo ello, el motor de la revolución socialista hoy ya no es sólo el proletariado industrial: es la masa de trabajadores y golpeados por el sistema. Los grupos más beligerantes de estas últimas décadas han sido, justamente, grupos indígenas, campesinos sin tierra, desocupados urbanos, “marginales” del sistema, en sentido amplio. Es preciso redefinir con precisión el actual sujeto revolucionario, pero sin dudas hay ahí otro desafío que debemos asumir con ética revolucionaria.
• ¿Cuáles deben ser en la actualidad las formas de lucha? Las que se pueda, simplemente. Insistamos mucho en esto: ¡no hay manual para hacer la revolución! La Comuna de París, allá por el lejano 1871, fue una fuente inspiradora, y de allí Marx y Engels tomaron importantísimas enseñanzas. Es a partir de esa experiencia que surge la idea de “dictadura del proletariado”, en tanto gobierno revolucionario de los trabajadores como constructores de un nuevo orden. Después de los socialismos realmente existentes y de todas las luchas del pasado siglo se abren interrogantes para plantearnos esa noble y titánica tarea de hacer parir una nueva sociedad: ¿cómo hacerlo en concreto? Pregunta válida no sólo para ver cómo empezar a construir esa sociedad nueva a partir del día en que se toma la casa de gobierno sino también para ver cómo llegar a esa toma, punto de arranque primario. Ya hemos dicho que la tarea de construir la sociedad nueva es complejísima y necesita de la autocrítica como una herramienta toral. Ahora bien: la pregunta -quizá más pedestre, más limitada y puntual- que se pretende el hilo conductor del presente libro es ¿qué hacer para estar en condiciones de comenzar esa construcción? Dicho en otros términos: ¿cómo se desaloja a la actual clase dominante y se toma su Estado (el Estado nunca es de todos, es el mecanismo de dominación de la clase dominante) para comenzar a construir algo nuevo? ¿Se puede repetir hoy -metafóricamente hablando- la toma del Palacio de Invierno de la Rusia de 1917? ¿O hay que pensar en una movilización popular con palos y machetes que, acompañando a su vanguardia armada, pueda desalojar al gobernante de turno como sucedió en la Nicaragua de 1979? ¿Constituyen los procesos democráticos -dentro de los límites infranqueables de las democracias burguesas- de Chile con Allende, o la actual Revolución Bolivariana en Venezuela, con Chávez a la cabeza, modelos de transiciones al socialismo? ¿Cuáles son sus límites? ¿Se puede apostar hoy por movimientos armados, cuando vemos, por ejemplo, que todas las guerrillas en Latinoamérica o ya han depuesto las armas, o están próximas a hacerlo? ¿Se puede revolucionar la sociedad y construir el socialismo con el “mandar desobedeciendo”, como pretende el movimiento zapatista? ¿Hay que participar en los marcos de la democracia representativa para ganar espacios desde allí? Dado que no hay manual para esto, la respuesta debería ser amplia y ver como válidas todas esas alternativas. “Válidas” no significa ni infalibles ni seguras; son, en todo caso, pasos a seguir. ¿Hoy es pertinente levantar la lucha armada? Pertinente, quizá sí, como de hecho puede suceder en algunos puntos del planeta (el movimiento naxalita en la India, por ejemplo), pero no está clara su real posibilidad de triunfo, dadas las tecnologías militares sofisticadas con que el sistema cuenta para defenderse. En definitiva, golpeado como está hoy el campo popular, desarticulado y sin propuestas claras, muchos pueden ser los caminos para comenzar a construir alternativas. Queda claro que no hay “una” vía; distintas formas pueden ser pertinentes. Quizá los movimientos populares amplios, los frentes, la unión de descontentos y la potenciación de rebeldías comunes pueden ser útiles en un momento. La presunta pureza doctrinaria de las vanguardias quizá hoy no nos sirva. En realidad estas no son conclusiones en sentido estricto. Todo el libro, a través de sus diferentes textos, es una invitación a profundizar estos debates, a enriquecerlos y darles vida. Si algún valor puede tener todo este esfuerzo es aportar un modesto grano de arena más en una búsqueda interminable. De lo que sí podemos estar absolutamente seguros es que esa utopía vale la pena. El mundo de ninguna manera puede ser una suma de “triunfadores” y “desechables”, por lo que esa búsqueda está abierta, invitándonos a zambullirnos en ella. Cerremos con una frase del poeta Antonio Machado totalmente oportuna para el caso: “Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar”.
(1) Colectivo de autores: 1) Amado, Oscar, 2) Borges, Edgar, 3) Colussi, Marcelo, 4) Corbière, Emilio, 5) Cuevas Molina, Rafael, 6) Fontes, Anthony, 7) Illescas Martínez, Jon E. (Jon Juanma), 8) López y Rivas, Gilberto, 9) Mora Ramírez, Andrés y 10) Perdomo Aguilera, Alejandro L.
19 ene 2013
Fin del capitalismo (1 de 2)
Próximamente aparecerá el
libro que lleva por título “¿Fin del capitalismo? Nuevas formas de explotación,
nuevas ideas para la lucha. Sembrando utopía”. Se trata de un conjunto de 14
ensayos de 10 autores diversos, de distintos países (Cuba, Venezuela, Argentina,
España, Costa Rica, México, Estados Unidos), los cuales tienen un hilo
conductor: son preguntas sobre la situación actual del capitalismo (¿está en
crisis, agoniza, o está más fuerte que nunca?) y reflexiones sobre las nuevas
ideas que se plantean para la lucha revolucionaria, haciendo un análisis
crítico de lo que ha sido el socialismo hasta la fecha. A modo de adelanto,
presentamos aquí su Introducción y sus Conclusiones.
Introducción
Algunos años atrás, no muchos, parecía -o, al
menos, muchos queríamos creerlo así- que el triunfo de la revolución socialista
era inexorable. El mundo vivía un clima de ebullición social, política y
cultural que permitía pensar en grandes transformaciones. Entre las décadas del
60 y del 70 del siglo pasado, más allá de diferencias en sus proyectos a largo
plazo, en sus aspiraciones e incluso en sus metodologías de acción, un amplio
arco de protestas ante lo conocido y de ideas innovadoras y contestatarias
barría en buena medida la sociedad global: radicalización de las luchas
sindicales, profundización de las luchas anticoloniales y del movimiento
tercermundista, estudiantes radicalizados por distintos lugares con el Mayo
Francés de 1968 como bandera, aparición y radicalización de propuestas
revolucionarias de vía armada, movimiento hippie anticonsumista y antibélicista,
incluso dentro de la iglesia católica una Teología de la Liberación
consustanciada con las causas de los oprimidos. Es decir, reivindicaciones de
distinta índole y calibre (por los derechos de las mujeres, por la liberación
sexual, por las minorías históricamente postergadas, por la defensa del
medioambiente, etc.) que permitían entrever un panorama de profundas
transformaciones a la vista. Para los años 80 del siglo pasado, al menos un 25%
de la población mundial vivía en sistemas que, salvando las diferencias
históricas y culturales existentes entre sí, podían ser catalogados como
socialistas. La esperanza en un nuevo mundo, en un despertar de mayor justicia,
no era quimérico: se estaba comenzando a realizar. Hoy, tres o cuatro décadas
después, el mundo presenta un panorama radicalmente distinto: la utopía de una
sociedad más justa es denigrada por los poderes dominantes y presentada como
rémora de un pasado que ya no podrá volver jamás. “El Socialismo solo funciona
en dos lugares: en el Cielo, donde no lo necesitan, y en el Infierno donde ya
lo tienen”, es la expresión triunfante de ese capitalismo que, en estos
momentos, pareciera sentirse intocable. Lo que se pensaba como un triunfo
inminente algunos años atrás, parece que deberá seguir esperando por ahora. El
sistema capitalista no está moribundo. Para decirlo con una frase más que
pertinente en este contexto: “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”,
anónimo equivocadamente atribuido a José Zorrilla. Las represiones brutales que
siguieron a aquellos años de crecimiento de las propuestas contestatarias, los
miles y miles de muertos, desaparecidos y torturados que se sucedieron en
cataratas durante las últimas décadas del siglo XX en los países del Sur con la
declaración de la emblemática Margaret Tatcher “no hay alternativas” como telón
de fondo cuando se imponían los planes de capitalismo salvaje eufemísticamente
conocido como neoliberalismo, el miedo que todo ello dejó impregnado, son los elementos
que configuran nuestro actual estado de cosas, que sin ninguna duda es de
desmovilización, de parálisis, de desorganización en términos de lucha de
clases. Lo cual no quiere decir que la historia está terminada. La historia
continúa, y la reacción ante el estado de injusticia de base (que por cierto no
ha cambiado) sigue presente. Ahí están nuevas protestas y movilizaciones
sociales recorriendo el mundo, quizá no con idénticos referentes a los que se
levantaban décadas atrás, pero siempre en pie de lucha reaccionando a las
mismas injusticias históricas, con la aparición incluso de nuevos frentes y
nuevos sujetos: las reivindicaciones étnicas, de género, de identidad sexual,
las luchas por territorios ancestrales de los pueblos originarios, el movimiento
ecologista, los empobrecidos del sistema de toda laya (el “pobretariado”, como
lo llamara Frei Betto). Hoy día, según estimaciones fidedignas, aproximadamente
el 60% de la población económicamente activa del mundo labora en condiciones de
informalidad, en la calle, por su cuenta (que no es lo mismo que
“microempresario”, para utilizar ese engañoso eufemismo actualmente a la moda),
sin protecciones, sin sindicalización, sin seguro de salud, sin aporte
jubilatorio, peor de lo que se estaba décadas atrás, ganando menos y dedicando
más tiempo y/o esfuerzo a su jornada laboral. “El amo tiembla aterrorizado
delante del esclavo porque sabe que, inexorablemente, tiene sus días contados”,
podría decirse con una frase de cuño hegeliano. Eso es cierto, al menos en términos
teóricos: el sistema sabe que conlleva en sus entrañas el germen de su propia
destrucción. La lucha de clases está ahí, y la posibilidad que las masas
oprimidas alguna vez despierten, abran los ojos y revolucionen todo (¡como ya
lo han hecho varias veces en la historia!), está presente día a día, minuto a
minuto. Por eso y no por otra cosa los mecanismos de control del sistema están
perpetuamente activados, mejorándose de continuo. Pero hay que reconocer que
hoy, en este momento, este combate (combate que es sólo un momento de una larga
guerra) no lo viene ganando el campo popular. Hoy, caído el muro de Berlín y
tras él el sueño de un mundo más justo, el gran capital sale fortalecido. El
capitalismo como sistema, aunque le tenga terror a la posibilidad de estas
“explosiones” de los desposeídos, sabe cada vez más cómo controlar. ¡Y sin
lugar a dudas, controla muy bien! La esencia misma del capitalismo actual (al
menos el por así decir “tradicional”: el estadounidense, el europeo, el
japonés, el capitalismo pobre del Tercer Mundo; algo distinto quizá es el caso
chino) se inclina cada vez más a controlar lo logrado, a prever y evitar
posibles desestabilizaciones. En otros términos: es cada vez más sumamente
conservador. De ahí que buena parte de su energía la dedica al mantenimiento
del orden establecido, al control social. El neoliberalismo, que es una
estrategia económica sin dudas, puede entenderse en ese sentido como una gran
jugada política, que retrotrae las cosas a décadas atrás y sienta bases para varias
generaciones: hoy día aterroriza tanto la posibilidad de ser desaparecido y
torturado como la de perder el trabajo. La cultura light dominante es la
expresión de esa re-ideologización: “no piense y sea feliz”. No otra cosa que
control social es todo el inmenso aparataje superestructural que cada vez más
viene perfilándose en el sistema: un sistema-mundo basado en forma creciente en
la industria militar, en las tecnologías de avanzada ligadas a las
comunicaciones -sutil forma de control; de hecho hoy día transitamos lo que los
estrategas de la primera potencia mundial llaman “guerra de cuarta generación”
(Lind, 1989)-; control basado en el manejo planetario de las masas, en las
industrias de la muerte (los principales rubros del quehacer humano actual están
ligados a las mafias del ámbito financiero-especulativo (¿por qué no llamarlo
usura?), a la producción y venta de armas así como de los narcóticos, al
control social en su más amplio sentido. El capitalismo actual, si bien en su
raíz continúa siendo el mismo que estudiaron los clásicos de la economía
política en la Inglaterra del siglo XVIII o XIX (Adam Smith, David Ricardo,
Thomas Maltus, John Stuart Mill), así como también Marx, es decir: un sistema
basado exclusivamente en la obtención de lucro, ha ido sufriendo importantes
mutaciones en su dinámica. El actual modelo tampoco es el que pudo estudiar
Lenin a principios del siglo XX, cuando ya se perfilaba la importancia
creciente del capital financiero, pero aún con potencias imperiales enfrentadas
mortalmente entre sí. El capitalismo actual se basa crecientemente en la
especulación (mundo de las finanzas como nunca antes en la historia), en el
primado absoluto de capitales de orden global que ya han dejado atrás el
Estado-nación moderno, en la destrucción como negocio (industria de la guerra,
consumismo voraz que lleva a la incontenible catástrofe medioambiental, sistema
que excluye cada vez más población en vez de integrarla), en la concentración
de riquezas en forma inversamente proporcional al volumen de lo producido y del
crecimiento poblacional. Si hoy alguien dijera que los grandes capitales pueden
tener hipótesis de mediano plazo en donde se elimina buena parte de las grandes
masas planetarias, donde el trabajo va siendo casi totalmente automatizado, y
donde el planeta Tierra puede comenzar a ser prescindible (con vida en islas
interplanetarias para grupos “escogidos”), ello no parecería de vuelo
especulativo, pura ciencia-ficción. Por el contrario, los escenarios que se van
dibujando en el sistema-mundo, más que pensar en un acercamiento de los
beneficios del desarrollo científico-técnico para el grueso de la población
mundial dejan ver un retroceso ético fenomenal: vale más la propiedad privada
que la vida humana, vale más el lucro que cualquier valor “espiritual”. ¿Cómo,
si no, entre los negocios más dinámicos de la actualidad podrían encontrarse
las guerras y las drogas ilegales? El capitalismo chino, segunda economía a
escala planetaria y siempre en ascenso, aún en plena crisis financiera de los
grandes centros capitalistas históricos, de momento no muestra abiertamente
estas características mafiosas. No abiertamente, valga aclarar, pero sí las
tiene también. Hay diversos grupos mafiosos que desde las reformas de Deng
Xiaoping, con el oxígeno capitalista gozan de buena salud, como: las triadas
chinas (de gran importancia en los talleres de textil de las Zonas Económicas
Especiales, donde hacen tratos con los capitalistas no chinos y tienden a meter
su negocio mediante ellos en Europa, por ejemplo). Seríamos quizá algo ilusos
si pensamos que ello se debe a una ética socialista que aún perduraría en el
dominante Partido Comunista que sigue manejando los hilos políticos del país.
En todo caso responde a momentos históricos: la revolución industrial inglesa
de los siglos XVIII y XIX, China recién ahora la está pasando, al modo chino
por supuesto, con sus peculiaridades tan propias (la sabiduría y la prudencia
ante todo). Queda entonces el interrogante de hacia dónde se dirigirá ese
proyecto. Pero lo que es descarnadamente evidente es que el capitalismo ya
envejecido se mueve cada vez más como un capo mafioso, como un “viejo mañoso”,
pleno de ardides y tretas sucias. Las guerras y las drogas ilegales son hoy una
savia vital, y los dineros que todo eso genera alimentan las respetables bolsas
de comercio que marcan el rumbo de la economía mundial al tiempo que se
esconden en mafiosos paraísos fiscales intocables. En ese sentido, la
enfermedad estructural define al capitalismo actual y no hay diferencias con el
de siempre. Si el negocio de la muerte se ha entronizado de esa manera, si lo
que duplica fortunas inconmensurables a velocidad de nanotecnología es la
constante en los circuitos financieros internacionales, si en una simple
operación bursátil se fabrican cantidades astronómicas de dinero que no tienen
luego un sustento material real, si el capitalismo en su fase de
hiper-desarrollo del siglo XXI se representa con paraísos fiscales donde lo
único que cuenta son números en una cuenta de banco sin correspondencia con una
producción tangible, si destruir países para posteriormente reconstruirlos está
pasando a ser uno de los grandes negocios, si lo que más se encuentra a la
vuelta de cada esquina son drogas ilegales como un nuevo producto de consumo
masivo mercadeado con los mismos criterios y tecnologías con que se ofrece
cualquier otra mercadería legal, todo esto demuestra que como sistema el
capitalismo no tiene salida. Pero el capitalismo no está en crisis terminal.
Convive estructuralmente con crisis de superproducción, desde siempre, y hasta
ahora ha podido sortearlas todas; así surgió el keynesianismo (hoy, quizá, con
un keynesianismo latinoamericano, como los diversos proyectos de “capitalismo
con rostro humano” de la región); o incluso ahí están las guerras como válvulas
de escape, siempre listas para servir a la estabilidad del sistema. Estos
nuevos negocios de la muerte son una buena salida para darle más aire fresco.
Lo trágico, lo terriblemente patético es que el sistema cada vez más se
independiza de la gente y cobra vida propia, terminando por premiar el que las
cuentas cierren, sin importar para ello la vida de millones y millones de
“prescindibles”, de “población sobrante”, población “no viable”. Ello es lo que
autoriza, una vez más, a ver en el capitalismo el principal problema para la
humanidad. Esto es definitorio: si un sistema puede llegar a eliminar gente
porque “no son negocio”, porque consumen demasiados recursos naturales (comida
y agua dulce, por ejemplo) y no así bienes industriales (es lo que sucede con
toda la población del Sur), si es concebible que se haya inventado el virus de
inmunodeficiencia humana VIH -tal como se ha denunciado insistentemente- como
un modo de “limpiar” el continente africano para dejar el campo expedito a las
grandes compañías que necesitan los recursos naturales allí existentes
(minerales estratégicos, petróleo, biodiversidad, agua dulce), si un sistema
puede necesitar siempre una cantidad de guerras y de consumidores cautivos de
tóxicos innecesarios, ello no hace sino reforzar la lucha contra ese sistema
mismo, por injusto, por atroz y sanguinario. Porque, lisa y llanamente, ese
sistema es el gran problema de la humanidad, pues no permite solucionar
cuestiones básicas que hoy día sí son posibles de solucionar con la tecnología
que disponemos, tales como el hambre, la salud, la educación básica. Quizá
podría pensarse que el sistema actual se volvió “loco”…, pero es ése el sistema
con el que tenemos que vérnosla. Y en realidad, sopesadamente vistas las cosas,
no hay ninguna “locura” en juego. Hay, eso sí, límites infranqueables. El
sistema se retroalimenta a sí mismo de su mismo combustible: lo que lo pone en
marcha y alienta es el afán de lucro, y eso puede terminar siendo su tumba;
pero no puede cambiar. Si se modifica, deja de ser capitalista. Un capitalismo
de rostro humano, atemperado en su voracidad y en su frenética busca de
ganancia a toda costa, es posible limitadamente, sólo en algunas islas
perdidas, suponiendo siempre la explotación inmisericorde de los más. El
sistema, en tanto sistema-mundo de alcance planetario y absolutamente
interconectado, no admite cambios reales sino sólo parches cosméticos (la
socialdemocracia, por ejemplo). Por eso, en tanto sistema -estando más allá de
voluntades subjetivas- no puede detenerse, y como máquina desbocada sigue
tragando seres humanos y destrozando la naturaleza para optimizar su tasa de
ganancia, aunque eso elimine en forma creciente seres humanos y se enfrente en
forma autodestructiva a la casa común de todos, el mismo planeta. Por eso
mismo, también, se hace imprescindible conocerlo en su más mínimo detalle,
analizarlo, desmenuzarlo. Eso es lo que pretenden los materiales que conforman
el presente texto: un análisis profundo de las actuales características del sistema
como un todo. Los textos aquí presentados no son -ni lo pretenden, en modo
alguno- análisis económicos en sentido estricto; por supuesto, presuponen una
lectura del fenómeno económico como trasfondo (léase: lucha de clases como
motor de la historia, ley del valor, plusvalía), pero pretenden ser, ante todo,
análisis políticos. En otros términos: ¿cómo se mueve el sistema capitalista
actual? ¿Cuáles son sus notas distintivas? ¿Se alteró algo de lo denunciado en
El Capital decimonónico? ¿Cómo y en qué sentido cambió? ¿Por qué el actual
capitalismo se apoya en el parasitismo de los monumentales capitales
financieros globales que se desplazan por toda la faz de la Tierra con
velocidad vertiginosa? ¿Por qué la producción y tráfico de drogas ilegales, por
ejemplo, ocupa un lugar de tanta preeminencia actualmente? El “imperio”, como
categoría aislada (Hardt, Negri, 2001), no termina de explicar, y mucho menos
de otorgar herramientas válidas, para plantear vías reales de acción en pos de
la transformación. ¿Hay imperios o hay capitales globales? ¿Es posible hoy una
nueva guerra de proporciones mundiales, quizá con armamento nuclear? ¿Está el
mundo globalizado por los capitales supranacionales, o sigue habiendo
rivalidades inter-imperialistas? ¿Cómo pararse ante los escenarios de nuevas
guerras planetarias desde el campo popular? Todo esto, retomando las primeras
experiencias socialistas del siglo XX, e incluso el llamado “socialismo del
Siglo XXI” -concepto muy discutible, por cierto- nos debe llevar a plantear críticamente
la posibilidad (o imposibilidad) de socialismo en un solo país. En definitiva,
preguntas todas que nos apuntan a la cuestión de fondo: ante estas nuevas caras
de la explotación, ¿cómo proponer alternativas? Ante el dominio fenomenal de
los capitales globales, las bombas inteligentes, los mecanismos de detección
satelital y las neurociencias al servicio de los poderes, ¿cómo es posible
seguir pensando en la utopía de un mundo de mayor justicia? En ese caso,
entonces: -pregunta fundamental de lo que pretende ser nuestro aporte- ¿qué
hacer? Hace ya más de un siglo, en 1902, Vladimir Lenin se preguntaba cómo
enfocar la lucha revolucionaria; de esa manera, parafraseando el título de la
novela del ruso Nikolai Chernishevski, de 1862, igualmente se interrogaba ¿qué
hacer? La pregunta quedó como título de la que sería una de las más connotadas
obras del conductor de la revolución bolchevique. Hoy, 110 años después, la
misma pregunta sigue vigente: ¿qué hacer? Es decir: qué hacer para cambiar el
actual estado de cosas. Si vemos el mundo desde el 20% de los que comen todos
los días, tienen seguridad social y una cierta perspectiva de futuro, las cosas
no van tan mal. Si lo miramos desde el otro lado, no el de los “ganadores”, la
situación es patética. Un mundo en el que se produce aproximadamente un 40% de
comida más de la necesaria para alimentar a toda la humanidad sigue teniendo al
hambre como una de sus principales causas de muerte; mundo en el que el negocio
más redituable es la fabricación y venta de armamentos y donde un perrito
hogareño de cualquier casa de ese 20% de la humanidad que mencionábamos come
más carne roja al año que un habitante de los países del Sur. Mundo en el que
es más importante seguir acumulando ese fetiche llamado dinero, aunque el
planeta se torne inhabitable por la contaminación ambiental que esa misma
acumulación conlleva. Mundo, entonces, que sin ningún lugar a dudas debe ser
cambiado, transformado, porque así, no va más. Entonces, una vez más surge la
pregunta: ¿qué se hace para cambiarlo? ¿Por dónde comenzar? Las propuestas que
empezaron a tomar forma desde mediados del siglo XIX con las primeras
reacciones al sistema capitalista dieron como resultado, ya en el siglo XX,
algunas interesantes experiencias socialistas. Si las miramos históricamente,
fueron experiencias balbuceantes, primeros pasos. No podemos decir que
fracasaron; fueron primeros pasos, no más que eso. Nadie dijo que la historia
del socialismo quedó sepultada, más allá del aire triunfalista con que la
derecha actual, post Guerra Fría, presenta las cosas. Quizá habría que
considerarlas como la Liga Hanseática, allá por los siglos XII y XIII en el
norte de Europa, en relación al capitalismo: primeras semillas que germinarían
siglos después. Los procesos históricos son insufriblemente lentos. Alguna vez,
en plena revolución china, se le preguntó al líder Lin Piao sobre el
significado de la Revolución Francesa, y el dirigente revolucionario contestó
que… aún era muy prematuro para opinar. Fuera de la posible humorada, que
seguramente sólo un chino con 5.000 años de historia a sus espaldas puede
hacer, hay ahí una verdad incontrastable: los procesos sociales van lento,
exasperantemente lentos. De la Liga Hanseática al capitalismo globalizado del
presente pasaron varias, muchas centurias; hoy, terminada la Guerra Fría, se
puede decir que el capitalismo ha ganado en todo el mundo, dando la sensación
de no tener rival. Para eso fue necesaria una acumulación de fuerzas fabulosas.
Las primeras experiencias socialistas -la rusa, la china, la cubana- son apenas
pequeños movimientos en la historia. No ha pasado aún un siglo de la Revolución
Bolchevique, pero la semilla plantada no ha muerto. Y si hoy nos podemos seguir
planteando ¿qué hacer? ante el capitalismo, ello significa que la historia
continúa aún. El mundo, como decíamos, para la amplia mayoría no sólo no va
bien sino que resulta agobiante. Pero el sistema global tiene demasiado poder,
demasiada experiencia, demasiada riqueza acumulada, y hacerle mella es muy
difícil. La prueba está con lo que acaba de suceder estas últimas décadas:
caída la experiencia de socialismo soviético y revertida la revolución china
con su tránsito al capitalismo (o “socialismo de mercado” al menos), los
referentes para una transformación de las sociedades faltan, se han esfumado.
Movimientos armados que levantaban banderas de lucha y cambios drásticos
algunos años atrás ahora se han amansado, y la participación en comicios
“democráticos” pareciera todo a cuanto se puede aspirar. Lo “políticamente correcto”
vino a invadir el espacio cultural y la idea de lucha de clases fue
reemplazándose por nuevos idearios “no violentos”: de Marx (el fundador del
socialismo científico) pasamos a Marc’s (métodos alternativos de resolución de
conflictos). La idea de transformación radical, de revolución político-social,
no pareciera estar entre los conceptos actuales. Pero las condiciones reales de
vida no mejoran para las grandes mayorías. Aunque cada vez hay más ingenios
tecnológicos pululando por el mundo que supuestamente deberían hacer la vida
más agradable, las relaciones sociales se tornan más dificultosas, más
agresivas. Las guerras, contrariamente a lo que podía parecer cuando terminó la
Guerra Fría -quizá una esperanza ingenua-, siguen siendo el pan nuestro de cada
día desde la lógica de los grandes poderes que manejan el mundo. La miseria, en
vez de disminuir, crece. Una vez más entonces: ¿qué hacer? Hoy, después de la
brutal paliza recibida por el campo popular con la caída del muro de Berlín,
símbolo de una caída mucho más grande, y el retroceso sufrido en las
condiciones laborales (pérdidas de conquistas históricas, desaparición de los
sindicatos como arma reivindicativa, condiciones cada vez más leoninas,
sobre-explotación disfrazada de cuentapropismo) las grandes mayorías, en vez de
reaccionar, siguen anestesiadas. Una vez más también: el sistema capitalista es
sabio, muy poderoso, dispone de infinitos recursos. Varios siglos de
acumulación no se revierten tan fácilmente. Las ideas de transformación que surgen
a partir del pensamiento labrado por Marx, puntal infaltable en el pensamiento
revolucionario, hoy día parecieran “fuera de moda”. Por supuesto que no lo son,
pero la ideología dominante así lo presenta. Hoy, producto de ese sofisticado
trabajo superestructural del sistema, es más fácil movilizar a grandes masas
por un telepredicador o por un partido de fútbol que por reivindicaciones
sociales. ¡Pero no todo está perdido! Los mil y un elementos que el sistema
tiene para mantener el statu quo no son infalibles. Continuamente surgen
reacciones, protestas, movimientos contestatarios. Lo que sí pareciera faltar
es una línea conductora, un referente que pueda aglutinar toda esa
disconformidad y concentrarla en una fuerza que efectivamente impacte
certeramente en el sistema. ¿Por dónde golpear a ese gran monstruo que es el
capitalismo? ¿Cómo lograr desbalancearlo, ponerlo en jaque, ya no digamos
colapsarlo? Los caminos de la transformación se ven cerrados. Quizá el presente
es un período de búsqueda, de revisiones, de acumulación de fuerzas. Hoy por
hoy no se ve nada que ponga realmente en peligro la globalidad del
sistema-mundo capitalista. Las luchas siguen, sin dudas, y el planeta está
atravesado de cabo a rabo por diversas expresiones de protesta social. Lo que
no se percibe es la posibilidad real de un colapso del capitalismo a partir de
fuerzas que lo adversen, que lo acorralen. El proletariado industrial urbano,
que se creyó el germen transformador por excelencia -de acuerdo a la
apreciación absolutamente lógica de mediados del siglo XIX- hoy está en
retirada. Los nuevos sujetos contestatarios -movimientos sociales varios,
campesinos, luchas étnicas, reivindicaciones puntuales por aquí y por allá- no
terminan de hacer mella en el sistema. Y las guerrillas de corte socialista
parecen destinadas hoy a ser piezas de museo, salvo excepciones puntuales, como
el movimiento naxalita en la India. Ver: Parte 2
13 dic 2012
España colonial
P. Bilsky
Un nuevo Protectorado
asoma en Europa. Primero fue Grecia, ahora es España quien debió aceptar el
estatuto colonial impuesto por la Unión Europea. Buena parte del pueblo español
se diferencia de sus dirigentes y clases dominantes, y sale a la calle a gritar
las verdades que los medios hegemónicos ocultan. Los mineros asturianos
demostraron que sus viejas luchas son eternas y lucen rozagantes. Se conoce con
el nombre de Generación del 98 a un grupo de intelectuales y escritores
españoles que se mostraron profundamente afectados por la crisis moral,
política y social de España hacia fines del siglo XIX, tras derrotas militares
que le hicieron perder en 1898 sus últimas colonias (Puerto Rico, Guam, Cuba y
Filipinas). Fue esta la última manifestación de una larga decadencia que puede
remontarse muchos siglos atrás. El viejo Imperio español que descubrió América
e implantó sus colonias en varios continentes se fue desgajando de a poco. Ya
durante el siglo XVII, cuando apenas comenzó la decadencia, se denunciaba que
la presión de los banqueros alemanes y los intereses usurarios que imponían por
los préstamos eran las causas de la debacle. El oro de América, extraído en
condiciones de genocidio, no permaneció en España, no fue invertido ni ahorrado
por la dispendiosa corona europea, que se destacaba en todo el contexto europeo
por su derroche en fiestas, vestimentas y adornos. El trabajo, y en general
toda actividad productiva, era considerado una deshonra por los nobles
españoles. La burguesía que siglos después surgió en España, con un notable
retraso con respecto al resto de Europa, conservó esa característica: poca
inversión, mucho gasto, y una dependencia casi obsesiva por las formas
exteriores, el parecer y el qué dirán. En 1920, en su obra Luces de bohemia,
Ramón del Valle Inclán denuncia el carácter esperpéntico de la burguesía
española, las clases dominantes, el sistema político y la prensa al servicio de
los poderes fácticos y la represión de las luchas populares. No es difícil
imaginar la iracundia poética de Valle Inclán ante lo que ocurre hoy en España.
“La tragedia de España no es tragedia sino esperpento”, escribió Don Ramón, que
creó ese género para poder así denunciar la degradación de la sociedad de su
tiempo. La semana pasada, y a cambio de los 30 mil millones de euros, el
gobierno de Rajoy anunció más ajuste fiscal, suba del IVA, rebaja en subsidios
por desempleo, y despidos de empleados públicos. Todo bajo la atenta
supervisión europea. El gobierno de España ha entregado el ya poco poder de decisión
que le quedaba. Cada vez resulta más claro que el gobierno de Rajoy no
gobierna, sino que apenas administra los intereses de los banqueros. Pero no
todo es degradación en España de hoy, como tampoco lo fue en la España de 1920
que retrata Valle Inclán. El poeta dejó bien claro en Luces de bohemia que el
pueblo que trabaja y lucha, los obreros que enfrentan la represión, y los
trabajadores comprometidos con el cambio social quedan fuera de la degradación.
Los esperpentos están en otra parte. Con sus cascos encendidos y acompañados
por numerosos ciudadanos, cientos de mineros abarrotaron la semana pasada
Puerta del Sol de Madrid, tras más de 20 días de marcha desde el norte de
España para protestar por los recortes de más del 60 por ciento en las ayudas
al carbón que exponen a la mayoría de las explotaciones carboníferas a un
cierre definitivo. “No somos terroristas, somos mineros”, corearon los
manifestantes en su marcha, horas después de que en la Puerta del Sol se
escucharan consignas como “Madrid entero se siente minero” y “Mineros unidos
jamás serán vencidos”. Los mineros asturianos, que lucharon contra el
franquismo en históricas jornadas, demostraron que no todo está degradado. Como
en la obra de Valle Inclán, como tantas veces en la historia de España, los
mineros asturianos fueron duramente reprimidos por la policía. Pero antes
dejaron en claro, en el espacio público, en la calle, quiénes son los
decadentes y traidores. Ver: El Régimen autocrático del E. E.
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