25 ene. 2015

La Bañera de Ulises: Lo incierto es seguro

Mientras recorre los puestos del carne del Mercado Varvakios de Atenas, Ulises recuerda cuál era la máxima en el barco en el que un día regresó de Troya: lo único seguro es lo incierto. Tanto fue así que tardó diez años en arribar a su isla. En el camino se dejó entretener por magas y princesas, es verdad. Al llegar, Penélope había tejido tanta lana, que Amancio Ortega le compró toda la producción y así nació Inditex. Esto no es cierto, seguro.
A la espera de resultados. Café en el centro de Atenas. Foto: @javier Giner
A los griegos les encantan los juegos de palabras, las paradojas y las falacias. Los sofistas fueron primero sabios, después “conocedores del buen gobierno” y finalmente charlatanes. Toda esta enseñanza flota en las pequeñas tabernas que rodean el Mercado Central. En las mesas no se habla de otra cosa: qué pasará esta noche con el resultado de las elecciones. Nadie tiene ni idea. Ulises tampoco.
Diez millones de votantes. El voto es obligatorio pero no pasa nada si desobedeces. Por tanto, es imposible saber si habrá mucha abstención. Da la impresión de que no. Iulia, pianista de 38 años que me acompaña por el recorrido, asegura que van a votar hasta los anarquistas. Le digo que algo así ocurrió en 1936 en España y ganó el Frente Popular. Buena parte de los tradicionales abstencionistas votarán útil, votarán Tsyriza.
Doscientos cincuenta diputados, pero con un bonus de 50 al que más votos obtenga. Esto recuerda a Ulises la “bola extra” de los ping-ball a los que jugaba cuando era joven. Un sistema que solo existe en Luxemburgo y aquí. En el país acreedor y en el país deudor. Otra paradoja. Solo Tsipras y Samaras, de Nueva Democracia, optan al premio. Pero ¿será suficiente para alcanzar los 151 escaños que dan la mayoría absoluta? Nadie lo sabe.
Un tercer partido que se antoja fundamental para formar gobierno. Y aquí ya entran los comunistas ortodoxos del KKE, los neonazis del Amanecer Dorado y los liberales de To Potami (El río) que puede ser la gran sorpresa de estas elecciones. Aparecen muy igualados en los pronósticos y parece claro que el que obtenga un 8% será necesario para el gobierno. Nadie imagina a ministros fascistas o comunistas duros negociando con Bruselas, pero sí a los centristas de Stavros Theodorakis, un popular locutor de televisión con gancho y vocación de bisagra.
Novecientos periodistas acreditados, más de la mitad extranjeros. Nadie se explica de dónde sale la cifra pues ni el gobierno ni ningún partido ha repartido acreditaciones pero este tumulto expectante debe ser cierto. El taxista me dice que ha trasportado equipos de China, Japón y Venezuela, lo nunca visto.
Los músicos ambulantes se cuelan en las tabernas ofreciendo sus canciones de laikó y demotikó (populares). Algunos son muy buenos, me señala Iulia. Profesionales hasta hace seis años que ahora mendigan unas propinas a los turistas. La cultura se ha venido abajo en este tiempo de crisis. Prácticamente no hay conciertos en directo. El cine está finiquitado, salvo dignos documentales que han señalado la hekatombe como Deudocracia o el más reciente Que no vivamos como esclavos. El teatro sobrevive con entradas a bajo precio. Y pintores y escultores se han pasado al bricolaje porque no hay dinero para comprar sus obras.
Únicamente las emisoras mantienen el tipo. No hay otro país en el mundo que cuide su música como Grecia. Una de cada tres estaciones emite exclusivamente músicas de aquí, sin producciones anglosajonas. Y esto se mantiene en este domingo de elecciones. Antes de retirarse prematuramente por una afección grave, la gran diva de la canción griega, Haris Alexiou, manifestó sus simpatías por Tsyriza. Y hoy, día de votaciones, como un guiño hacia el votante, estas emisoras patrióticas emiten sin parar canciones suyas, como sucediera con aquella Grandola, vila morena de Xosé Afonso que dio paso a la Revolución de los Claveles de 1974 en Portugal. ¿Pero será suficiente?
Los agoreros dicen que hay que votar a Samaras para no quedar fuera de Europa. Pero Grecia está de hecho fuera de Europa desde hace tiempo. No sólo por sus cifras macroeconómicas depauperantes. Este es un país en el que todavía se puede fumar en las tabernas, en el que se puede comprar alcohol a cualquier hora en los kioscos, en el que no hay molinillos de barrera para entrar en el metro y en el que conectarse a internet todavía es un follón de códigos y contraseñas de tres pares de narices.
Lo que está en juego no es Europa sino la dignidad de los pueblos del sur, acaba de decir Alexis Tsipras al depositar su voto. Pero ¿eso cómo se traduce? Imposible saberlo. Por no estar claro, nadie conoce dónde será la fiesta de esta noche si gana Tsyriza: ¿Klaftmonos, Sintagma, Zapion o Koumoundourou? ¿O en las cuatro plazas a la vez? ¿O no a la vez pero sí sucesivamente?
Ulises mira hacia la Acrópolis, iluminada en la noche con sus obras inacabadas, y se repite a sí mismo otra vez: lo único seguro es lo incierto. Texto: Emilio Garrido

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