20 mar 2016

Guerra por poderes (Parte II de II)

Reflexiones teóricas sobre la construcción del imperio en América Latina

La construcción del imperio estadounidense en América Latina es un proceso cíclico que refleja los cambios estructurales registrados en el poder político y la reestructuración de la economía mundial: fuerzas y factores que "ignoran" el estado imperial y la tendencia del capital a acumularse. La acumulación y expansión del capital no dependen simplemente de las fuerzas impersonales "del mercado", pues las relaciones sociales bajo las cuales funciona el "mercado" operan dentro de los límites de la lucha de clase.
La pieza central de las acciones del estado imperial, a saber, las largas guerras territoriales en Oriente Medio, están ausentes en América Latina. Lo que mueve la política del estado imperial estadounidense es la búsqueda de recursos (agro-mineros), fuerza de trabajo (empleados por cuenta propia con bajos ingresos) y mercados (tamaño y poder adquisitivo de 600 millones de consumidores). Detrás de la expansión imperial se hallan los intereses económicos de las multinacionales.
Aún cuando en este caso se hubiera podido sacar partido de una posición geoestratégica ventajosa –el Caribe, América Central y América del Sur están situados más cerca de Estados Unidos– predominan los objetivos económicos, no los militares.
Sin embargo, la facción militarista-sionista del estado imperial ignora estos motivos económicos tradicionales y deliberadamente opta por actuar teniendo en cuenta otras prioridades: el control de las zonas productoras de petróleo, la destrucción de las naciones o los movimientos islámicos, o simplemente acabar con los adversarios antiimperialistas. La facción militarista-sionista consideró que los "beneficios" para Israel, su supremacía militar en Oriente Medio, eran más importantes que asegurar la supremacía económica de Estados Unidos en América Latina. Este hecho se observa claramente si analizamos las prioridades imperiales en función de los recursos estatales utilizados para fines políticos.
Incluso si tenemos en cuenta el objetivo de la "seguridad nacional" y lo interpretamos en su sentido más amplio de garantizar la seguridad de los territorios nacionales del imperio, el ataque militar estadounidense a países islámicos impulsado por la ideología islamofóbica concomitante, los asesinatos masivos y el desarraigo de millones de musulmanes resultantes han producido el efecto contrario: terrorismo recíproco. Las "guerras totales" de Estados Unidos contra civiles han provocado ataques islamistas contra ciudadanos occidentales.
Los países latinoamericanos a los que apunta el imperialismo económico son menos beligerantes que los países de Oriente Medio que están en la mira de los militaristas estadounidenses. Un análisis coste/beneficio demostraría el carácter absolutamente "irracional" de la estrategia militarista. Sin embargo, si tenemos en cuenta la composición y los intereses concretos que mueven individualmente a los responsables de las políticas del estado imperial, vemos que existe algo así como una perversa "racionalidad". Los militaristas defienden la "racionalidad" de costosas e interminables guerras esgrimiendo las ventajas de adueñarse de "las puertas al petróleo" mientras que los sionistas esgrimen el mayor poder regional alcanzado por Israel.
Si bien durante más de un siglo América Latina fue un objetivo prioritario de la conquista económica imperial, en el siglo XXI ha perdido su primacía a favor de Oriente Medio.

La desaparición de la URSS y la conversión de China al capitalismo

El mayor impulso hacia la exitosa expansión imperial de Estados Unidos no se lo dieron las guerras por poderes ni las invasiones militares. Más bien, el imperio estadounidense logró su mayor crecimiento y conquista con la ayuda de líderes políticos clientelistas, organizaciones y estados vasallos en la ex URSS, Europa del Este, los estados bálticos, los Balcanes y el Cáucaso. La estrategia de penetración política y financiación a gran escala y a largo plazo que llevaron a cabo Estados Unidos y la Unión Europea contribuyó de manera exitosa al derrumbe de los regímenes colectivistas la URSS y a la aparición de estados vasallos. Estos pronto estarían a disposición de la OTAN y serían incorporados a la Unión Europea. Bonn se anexionó Alemania Oriental y dominó los mercados de Polonia, la República Checa y otros estados de Europa Central. Los banqueros de Estados Unidos y Londres colaboraron con los mafiosos oligarcas ruso-israelíes en actividades conjuntas para llevar a cabo el expolio de recursos, industrias, bienes inmuebles y fondos de pensiones. La Unión Europea explotó a decenas de millones de científicos, ingenieros y trabajadores altamente cualificados importándolos, o bien despojándolos de los derechos laborales y las prestaciones del estado de bienestar y sirviéndose de ellos como mano de obra barata en sus propios países.
El "imperialismo por invitación" avalado por el régimen vasallo de Yeltsin se apropió muy fácilmente de la riqueza rusa. Las fuerzas militares del Pacto de Varsovia entraron a formar parte de una legión extranjera en las guerras imperiales de Estados Unidos en Afganistán, Iraq y Siria. Sus instalaciones militares fueron convertidas en bases militares y emplazamientos de misiles para cercar a Rusia.
La conquista imperial estadounidense del Este creó un "mundo unipolar", en el cual los responsables de la toma de decisiones y estrategas de Washington creyeron que, como potencia mundial suprema, podrían intervenir impunemente.
El alcance y la profundidad del imperio mundial estadounidense se ampliaron con la incorporación de China al capitalismo y la invitación de su gobierno a las multinacionales de Estados Unidos y la Unión Europea a entrar y explotar la mano de obra barata del país. La expansión global del imperio estadounidense reforzó la sensación de poder ilimitado, alentando a sus gobernantes a ejercer dicho poder contra cualquier adversario o competidor.
Entre 1990 y 2000, Estados Unidos llevó sus bases militares hasta la frontera de Rusia. Las multinacionales estadounidenses fortalecieron su posición en China e la ex Indochina. Los regímenes clientelistas de Estados Unidos en América Latina desmantelaron sus economías nacionales, privatizando y desnacionalizando más de cinco mil empresas públicas de sectores estratégicos lucrativas. Todos los sectores se vieron afectados: recursos naturales, transportes, telecomunicaciones y finanzas.
A lo largo de los años noventa Estados Unidos siguió expandiéndose mediante la estrategia de la penetración política y la fuerza militar. El presidente George H. W. Bush emprendió una guerra contra Iraq. Clinton bombardeó Yugoslavia, y Alemania y la Unión Europea se unieron a Estados Unidos para dividir Yugoslavia en "mini-estados".

El crucial año 2000: la cima y el declive del imperio

El rápido y amplio proceso de expansión imperial, entre 1989 y 1999, las conquistas fáciles y el expolio concomitante crearon las condiciones para el declive del imperio de Estados Unidos.
El saqueo y empobrecimiento de Rusia condujo a la aparición de un nuevo liderazgo bajo el presidente Putin, que estaba decidido a reconstruir el estado y la economía y poner fin al vasallaje.
El liderazgo chino aprovechó su dependencia del capital y la tecnología de Occidente para crear una poderosa economía exportadora e impulsar el crecimiento de un dinámico complejo industrial nacional público-privado. Los centros financieros imperiales que habían florecido al calor de una regulación excesivamente laxa quebraron. Los cimientos domésticos del imperio se estremecieron. La máquina de guerra imperial tuvo que competir con el sector financiero por las partidas presupuestarias y los subsidios federales.
El crecimiento fácil condujo a la expansión excesiva del imperio. Las zonas de conflicto se multiplicaron en todo el mundo, reflejo del resentimiento y la hostilidad ante la destrucción provocada por los bombardeos y las invasiones. Los gobernantes clientelistas, estrechos colaboradores del imperio, vieron debilitado su poder. El imperio mundial superó la capacidad de Estados Unidos para controlar satisfactoriamente a sus nuevos estados vasallos. Los puestos avanzados coloniales reclamaron nuevos envíos de tropas y armas y nuevas inyecciones de dinero, en un momento en el que contrarrestar las tensiones internas exigía el recorte y el repliegue.
Todas las conquistas recientes –fuera de Europa– fueron muy costosas. La sensación de invencibilidad e impunidad llevó a los diseñadores del imperio a sobrestimar su capacidad de expandirse, de mantener el control y de contener la inevitable resistencia antiimperialista.
Las crisis y el colapso de los estados vasallos neoliberales en América Latina se aceleraron. Las revueltas antiimperialistas se extendieron desde Venezuela (1999) hasta Argentina (2001), Ecuador (2000-2005) y Bolivia (2003-2005). Surgieron regímenes de centro-izquierda en Brasil, Uruguay y Honduras. Los movimientos de masas conformados por comunidades indígenas y mineras tomaron un nuevo impulso en las zonas rurales. Los planes imperiales que se habían elaborado para garantizar la integración centrada en Estados Unidos fueron rechazados. En su lugar proliferaron múltiples acuerdos regionales que excluían a Estados Unidos: ALBA, UNASUR, CELAC. La rebelión interna de América Latina coincidió con el ascenso económico de China. Un prolongado auge de las materias primas debilitó seriamente la supremacía imperial estadounidense. Estados Unidos tenía pocos aliados locales en América Latina y compromisos excesivamente ambiciosos para controlar Oriente Medio, el sur de Asia y el norte de África.
Washington perdió su mayoría automática en América Latina: su apoyo a los golpes de Estado en Honduras y Paraguay, su intervención en Venezuela (2001) y el embargo contra de Cuba fueron repudiados por todos los gobiernos, incluso por los aliados conservadores.
Washington se dio cuenta de que resultaba mucho menos sencillo defender un imperio global que establecerlo. Los estrategas imperiales en Washington vieron las guerras de Oriente Medio a través del prisma de las prioridades militares israelíes, ignorando los intereses económicos globales de las multinacionales.
Los estrategas militares imperiales sobrestimaron la capacidad militar de vasallos y clientes, a los que Estados Unidos preparó muy mal para gobernar en países con movimientos armados de resistencia nacional. Aumentaron las guerras, las invasiones y las ocupaciones militares. A Iraq y Afganistán se sumaron Yemen, Somalia, Libia, Siria y Paquistán. Los gastos del estado imperial estadounidense excedieron con mucho cualquier transferencia de riqueza desde los países ocupados.
Cientos de miles de millones de dólares del Tesoro estadounidense fueron saqueados por una enorme burocracia mercenaria civil y militar.
El papel central de las guerras de conquista destrozó la infraestructura institucional y las bases económicas necesarias para que las multinacionales pudieran instalarse y ganar dinero.
Aferrado a las ideas estratégicas militares de imperio, el liderazgo militar-político del estado imperial diseñó una ideología global para justificar y fundamentar una política de guerra permanente y múltiple. La doctrina de la "guerra al terror" justificó la guerra en todas partes y en ninguna. La doctrina era "elástica", se podía adaptar a cada zona de conflicto e invitaba a nuevos compromisos militares: Afganistán, Libia, Irán y el Líbano fueron designados como zonas de guerra. La "doctrina del terror", de alcance global, ofreció una justificación para múltiples guerras y para la destrucción (no explotación) masiva de sociedades y recursos económicos. Sobre todo, la "guerra contra el terrorismo" justificó la tortura (Abu Ghraib), los campos de concentración (Guantánamo) y los objetivos civiles (vía drones) en cualquier parte. Las tropas fueron retiradas y enviadas de nuevo a Afganistán e Iraq a medida que aumentaba la resistencia. Miles de efectivos de las fuerzas especiales estuvieron en activo en montones de países, sembrando el caos y la muerte.
Además, el violento desarraigo, la degradación y la estigmatización de pueblos islámicos enteros propagó la violencia en los centros imperiales de París, Nueva York, Londres, Madrid y Copenhague. La globalización del terror del estado imperial se tradujo en terror individual.
 El terror imperial dio lugar al terror al interior de los estados: el primero de forma sostenida, abarcando civilizaciones enteras, conducido y justificado por representantes políticos electos y autoridades militares. El segundo mediante un grupo transversal de "internacionalistas" que inmediatamente se identificaron con las víctimas del terror del estado imperial.

El imperialismo contemporáneo: perspectivas presentes y futuras

Para entender el futuro del imperialismo estadounidense es importante resumir y evaluar la experiencia y las políticas del último cuarto de siglo.
Entre 1990 y 2015 observamos un declive económico, político e incluso militar en la construcción del imperio estadounidense en la mayoría de regiones del mundo, aunque el proceso no es lineal y probablemente tampoco irreversible.
A pesar de que en Washington se ha hablado mucho de la necesidad de reconfigurar las prioridades imperiales para tener en cuenta los intereses económicos de las multinacionales, se ha conseguido muy poco... La estrategia de Obama de "bascular hacia Asia" se ha concretado en nuevos acuerdos militares con Japón, Australia y Filipinas alrededor de China, y refleja la incapacidad de diseñar acuerdos de libre comercio que excluyan a este país. Entre tanto, Estados Unidos ha reanudado la guerra y ha vuelto a entrar en Iraq y Afganistán, además de haber iniciado nuevas guerras en Siria y Ucrania. Está claro que la primacía de la facción militarista sigue siendo el factor determinante en el diseño de las políticas del estado imperial.
El motor militar imperial es aún más evidente en la intervención estadounidense en apoyo del golpe de Estado en Ucrania y la decisión subsiguiente de financiar y armar a la junta de Kiev. La ofensiva imperial en Ucrania y los planes para incorporarla a la Unión Europea y la OTAN constituyen una flagrante agresión militar: la extensión de las bases, las instalaciones y las maniobras militares estadounidenses hasta la frontera de Rusia, junto con la imposición de sanciones económicas, han perjudicado duramente el comercio y las inversiones estadounidenses en Rusia. La construcción del imperio estadounidense sigue dando prioridad a la expansión militar incluso a costa de los intereses económicos imperiales occidentales en Europa.
El bombardeo de Libia por parte de Estados Unidos y la Unión Europea arruinó el floreciente comercio y los acuerdos de inversión entre las multinacionales imperiales del petróleo y el gas y el gobierno de Gadafi... Los ataques aéreos de la OTAN destrozaron la economía, la sociedad y el orden político, convirtiendo Libia en un territorio invadido por clanes enfrentados, bandas, terroristas y la violencia armada.
Durante el último medio siglo, el liderazgo político y las estrategias del estado imperial han cambiado drásticamente. En el periodo que va de 1975 hasta 1990 las multinacionales tuvieron un papel central marcando la dirección de la política del estado imperial: aprovechando los mercados asiáticos, negociando la apertura del mercado con China, promoviendo y apoyando gobiernos neoliberales militares y civiles en América Latina, e instalando y financiando gobiernos pro-capitalistas en Rusia, Europa del Este, los Balcanes y los estados bálticos. Incluso en los casos donde el estado imperial recurrió a la intervención militar, Yugoslavia e Iraq, los bombardeos crearon oportunidades económicas favorables para las multinacionales estadounidenses. El gobierno de Bush padre favoreció los intereses petroleros de Estados Unidos mediante el programa "petróleo por alimentos" acordado con Sadam Husein en Iraq.
Por su parte, Clinton promovió gobiernos de libre comercio en los mini-estados resultantes de la división de la Yugoslavia socialista.
No obstante, el liderazgo y las políticas del estado imperial cambiaron radicalmente desde finales de los noventa en adelante. El estado imperial del presidente Clinton estaba formado por antiguos representantes de las multinacionales, banqueros de Wall Street y conocidos militaristas y sionistas recién ascendidos.
El resultado fue una política híbrida con la que el estado imperial promovió de manera activa las oportunidades de las multinacionales bajo los regímenes neoliberales de los países ex comunistas de Europa y de América Latina, y amplió los lazos de éstas con China y Vietnam, mientras llevaba a cabo devastadoras intervenciones militares en Somalia, Yugoslavia e Iraq.
El "equilibrio de fuerzas" dentro del estado imperialista cambió drásticamente, inclinándose a favor de la facción militarista-sionista, a partir del 11 de septiembre de 2001: el ataque terrorista de origen dudoso en Nueva York y Washington sirvieron para afianzar a los militaristas que estaban al mando del enorme aparato del estado imperial. Como consecuencia del 11 de septiembre la facción militarista-sionista del estado imperial subordinó los intereses de las multinacionales a su estrategia de guerras totales. Esto, a su vez, llevó a la invasión, ocupación y destrucción de la infraestructura civil de Iraq y Afganistán (en lugar de aprovecharla para la expansión de las multinacionales). El régimen colonial de Estados Unidos desmanteló el estado iraquí (en lugar de reorganizarlo en función de las necesidades de las multinacionales). El asesinato y la migración forzosa de millones de profesionales cualificados, administradores y miembros del ejército y de la policía paralizaron cualquier recuperación económica (en lugar de emplearlos al servicio del estado colonial y las multinacionales.)
La enorme influencia militarista-sionista en el estado imperial introdujo importantes cambios en la política, la orientación, las prioridades y el modus operandi del imperialismo estadounidense. La ideología de la "guerra global al terror" sustituyó a la doctrina de las multinacionales a favor de la "globalización económica".
Las guerras perpetuas (los "terroristas" no estaban circunscritos a determinados lugares ni momentos) reemplazaron a las guerras limitadas y a las intervenciones para abrir mercados o instalar regímenes favorables a las políticas neoliberales que beneficiaran a las multinacionales estadounidenses.
Las guerras en Oriente Medio, el sur de Asia y el norte de África –contra países islámicos que se oponían a la expansión colonial de Israel en Palestina, Siria, el Líbano y el resto– pasaron a ocupar el centro de la actividad del estado imperial, desplazando a la estrategia para explotar las oportunidades económicas en Asia, América Latina y los países ex comunistas de Europa del Este.
La nueva concepción militarista de la construcción del imperio supuso gastos billonarios y no tuvo en cuenta ni se preocupó por las ganancias del capital privado. En cambio, bajo la hegemonía de las multinacionales, el estado imperial intervino para garantizar concesiones de petróleo, gas y minerales en América Latina y Oriente Medio, y las ganancias de las multinacionales compensaron de sobra los gastos de la conquista militar. La configuración militarista del estado imperial permitió el saqueo del Tesoro estadounidense para financiar sus ocupaciones, gastando enormes sumas en un ejército de colaboradores coloniales corruptos, en los "contratistas militares" privados, y en funcionarios militares estadounidenses responsables de adquisiciones .
Anteriormente la expansión de las multinacionales en el exterior había generado beneficios para el Tesoro de Estados Unidos por el pago de impuestos directos y mediante los ingresos procedentes del comercio y la transformación de materias primas.
En la última década y media los mayores y más estables beneficios de las multinacionales se han producido en zonas y países donde la participación del estado imperial militarizado ha sido mínima: China, América Latina y Europa. Donde menos beneficios han obtenido y más han perdido las multinacionales ha sido en las regiones donde la implicación del estado imperial ha sido mayor.
Las "zonas de guerra" que se extienden desde Libia hasta Somalia, el Líbano, Siria, Iraq, Ucrania, Irán, Afganistán y Paquistán son las regiones donde las multinacionales imperiales han sufrido un mayor deterioro y abandono.
Los principales "beneficiarios" de las actuales políticas del estado imperial son los contratistas militares privados y el complejo militar-industrial-securitario estadounidense. En el exterior, los beneficiarios del estado incluyen a Israel y Arabia Saudita. Por otro lado, los gobernantes clientelistas jordanos, egipcios, iraquíes, afganos y paquistaníes han guardado decenas de miles de millones en cuentas off-shore.
Entre los beneficiarios "no estatales" se encuentran los ejércitos mercenarios por poderes. En Siria, Iraq, Libia, Somalia y Ucrania también se han visto favorecidos decenas de miles de colaboradores en las autodenominadas organizaciones "no gubernamentales".

El análisis coste-beneficio o la construcción del imperio bajo la protección del estado imperial militarista-sionista

Una década y media es tiempo suficiente para evaluar los resultados del dominio militarista-sionista en el estado imperial.
Estados Unidos y sus aliados de Europa Occidental, sobre todo Alemania, lograron expandir su imperio en Europa Oriental, los Balcanes y las regiones del Báltico sin disparar un solo tiro. Estos países fueron convertidos en estados vasallos de la Unión Europea, sus mercados conquistados y sus industrias desnacionalizadas. Sus fuerzas armadas fueron contratadas como mercenarios de la OTAN. Alemania Occidental se anexó Alemania Oriental. La mano de obra cualificada barata, los inmigrantes y desempleados, aumentaron los beneficios de las multinacionales de la Unión Europea y Estados Unidos. Rusia fue temporalmente reducida a estado vasallo entre 1991 y 2001. El nivel de vida descendió vertiginosamente y se redujeron los programas del estado de bienestar. Aumentó la tasa de mortalidad. Las desigualdades de clase se ampliaron. Los millonarios y los mil millonarios se apropiaron de los recursos públicos y participaron con las multinacionales imperiales en el saqueo de la economía. Los líderes y partidos socialistas y comunistas fueron reprimidos o cooptados. En cambio, la expansión militar imperial en lo que va del siglo XXI está siendo un fracaso muy costoso. La "guerra en Afganistán" resultó una sangría de vidas y de dinero y provocó una ignominiosa retirada. Lo que quedó fue un débil gobierno títere y un ejército mercenario poco fiable. Ha sido la guerra más larga de la historia de Estados Unidos y uno de sus mayores fracasos. Al final, los movimientos de resistencia nacionalistas-islamistas –los llamados "talibanes" y los grupos de resistencia antiimperialistas etno-religiosos y nacionalistas aliados– dominan las zonas rurales, atacan continuamente las ciudades y se preparan para tomar el poder.
La guerra de Iraq, la invasión y los diez años de ocupación por parte del estado imperial diezmaron la economía del país. La ocupación fomentó la guerra etno-religiosa. Oficiales baazistas y militares profesionales se unieron a los islamistas-nacionalistas y formaron un poderoso movimiento de resistencia (EIIL) que derrotó al ejército mercenario chiita apoyado por el imperio durante la segunda década de la guerra. El estado imperial se vio forzado a volver a entrar y participar directamente en una larga guerra. El coste de la guerra se disparó hasta más de un billón de dólares. Se obstaculizó la explotación del petróleo y el Tesoro de Estados Unidos vertió decenas de miles de millones de dólares para sostener una "guerra sin fin".
El estado imperial estadounidense y la Unión Europea, junto con Arabia Saudita y Turquía, financiaron milicias mercenarias islámicas para invadir Siria y derrocar al régimen secular, nacionalista y anti-sionista de Bachar al Assad. La guerra imperial abrió la puerta para que las fuerzas islámicas-baazistas –EIIL– se extendieran hasta Siria. Los kurdos y otros grupos armados les arrebataron territorio y fragmentaron el país. Después de casi cinco años de guerra y crecientes costes militares, las multinacionales de Estados Unidos y la Unión Europea se han quedado fuera del mercado sirio.
El apoyo estadounidense a la agresión israelí contra el Líbano ha hecho que aumente el poder de la resistencia armada antiimperialista de Hezbolá. El Líbano, Siria e Irán constituyen en este momento una alternativa seria al eje de Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudita e Israel.
La política estadounidense de sanciones a Irán no ha logrado debilitar el régimen nacionalista y, en cambio, ha cercenado las oportunidades económicas de todas las grandes multinacionales del petróleo y el gas de Estados Unidos y la Unión Europea, así como las de los exportadores de artículos de fabricación estadounidense. China ha ocupado su lugar.
La invasión de Libia por parte de Estados Unidos y la Unión Europea destruyó la economía y supuso la pérdida de miles de millones de dólares en inversiones de las multinacionales y la interrupción de las exportaciones.
La toma del poder por el estado imperial estadounidense mediante un golpe de Estado por poderes en Kiev provocó una poderosa rebelión antiimperialista dirigida por milicias armadas en el Este (Donetsk y Lugansk) y la aniquilación de la economía ucraniana.
En resumen, el control militar-sionista del estado imperial ha conducido a largas y costosas guerras imposibles de ganar que han debilitado los mercados y los proyectos de inversión de las multinacionales estadounidenses. El militarismo ha reducido la presencia económica imperial y ha provocado movimientos de resistencia antiimperialistas cada vez más amplios, a la vez que ha aumentado la lista de países inviables, inestables y caóticos que escapan al control imperial.
El imperialismo económico ha seguido obteniendo beneficios en partes de Europa, Asia, América Latina y África a pesar de las guerras imperiales y las sanciones económicas que el enormemente militarizado estado imperial ha llevado a cabo en otros lugares.
Sin embargo, la toma del poder en Ucrania por los militaristas estadounidenses y las sanciones a Rusia han erosionado el lucrativo comercio y las inversiones de la Unión Europea en Rusia. Bajo la tutela del FMI, la Unión Europea y Estados Unidos, Ucrania se ha convertido en una economía fuertemente endeudada, al borde de la quiebra, dirigida por cleptócratas totalmente dependientes de los préstamos del extranjero y la intervención militar.
Al priorizar las sanciones y el conflicto con Rusia, Irán y Siria, el estado imperial militarizado no ha conseguido profundizar y ampliar sus lazos económicos con Asia, América Latina y África. La conquista política y económica de Europa del Este y partes de la URSS ha perdido importancia. Las guerras perpetuas perdidas en Oriente Medio, el norte de África y el Cáucaso han mermado la capacidad del estado imperial para llevar adelante la construcción del imperio en Asia y América Latina.
La pérdida de riqueza, los costes internos de las guerras perpetuas, ha erosionado las bases electorales de la construcción del imperio. Solamente un cambio radical en la composición del estado imperial y una reorientación de sus prioridades para situar la expansión económica en el centro de las mismas podrían impedir el actual declive del imperio. El peligro está en que si el estado imperialista sionista militarista sigue interviniendo en guerras perdidas puede subir la apuesta y deslizarse hacia una confrontación nuclear: ¡un imperio entre cenizas nucleares! Texto: J. Petras. Ver: OTAN busca enemigo

Guerra por poderes (Parte I de II)

En los últimos 50 años Estados Unidos y las potencias europeas han desatado incontables guerras imperiales en todo el mundo. La ofensiva hacia la supremacía mundial ha estado envuelta en la retórica del "liderazgo mundial", y las consecuencias han sido devastadoras para los pueblos contra los que se han dirigido esas guerras. Las más grandes, largas y numerosas las ha llevado a cabo Estados Unidos. Presidentes de ambos partidos han estado al frente de esta cruzada por el poder mundial. La ideología que anima el imperialismo ha ido cambiando del "anticomunismo" del pasado al "antiterrorismo" actual.


Como parte de su proyecto de dominación mundial, Washington ha utilizado y combinado muchas formas de guerra, incluyendo invasiones militares y ocupaciones; ejércitos mercenarios y golpes militares; además de financiar partidos políticos, ONGs y multitudes en las calles para derrocar gobiernos debidamente constituidos. Los motores de esta cruzada por el poder mundial varían según la localización geográfica y la composición económica de los países destinatarios.
Lo que queda claro cuando se analiza la construcción del imperio estadounidense en el último medio siglo es el relativo declive de los intereses económicos y la aparición de consideraciones de tipo político y militar. Esto se debe en parte a la desaparición de los regímenes colectivistas (la URSS y Europa Oriental) y a la conversión al capitalismo de China y los regímenes de izquierdas en Asia, África y Latinoamérica. El declive de las fuerzas económicas como motor del imperialismo es el resultado de la llegada del neoliberalismo global. La mayoría de las multinacionales de Estados Unidos y la Unión Europea no están amenazadas por nacionalizaciones o expropiaciones que podrían desencadenar una intervención política imperial. De hecho, incluso los regímenes posneoliberales invitan a las multinacionales a invertir, comerciar y explotar recursos naturales. Los intereses económicos entran en juego en la formulación de políticas imperiales solo si (y cuando) surgen regímenes nacionalistas que desafían a las multinacionales estadounidenses, como en el caso de Venezuela bajo el presidente Chávez.
La clave de la construcción del imperio estadounidense en el último medio siglo se halla en las configuraciones del poder político, militar e ideológico que se han hecho con el control de las palancas del estado imperial. La historia reciente de las guerras imperiales estadounidenses ha demostrado que las prioridades militares estratégicas –bases militares, presupuestos y burocracia– han estado muy por encima de cualquier interés económico localizado de las multinacionales. Por otra parte, la mayoría de los gastos y las largas y costosas intervenciones militares del estado imperial estadounidense en Oriente Medio han sido a instancias de Israel. El acaparamiento de posiciones políticas estratégicas en el Ejecutivo y en el Congreso por parte de la configuración del poder sionista estadounidense ha reforzado la centralidad de los intereses militares en detrimento de los económicos.
La "privatización" de las guerras imperiales –el gran aumento y uso de mercenarios contratados por el Pentágono– ha supuesto el saqueo de decenas de miles de millones de dólares del Tesoro estadounidense. La industria militar privada, que provee de combatientes mercenarios, se ha convertido en una fuerza muy "influyente" que está moldeando la naturaleza y las consecuencias del proceso de construcción del imperio estadounidense.
Los estrategas militares, los defensores de los intereses coloniales israelíes en Oriente Medio y las corporaciones militares y de inteligencia son actores fundamentales del estado imperial, y es su influencia en la toma de decisiones la que explica porqué el resultado de las guerras imperiales estadounidenses no ha sido un imperio económico próspero y políticamente estable. En vez de eso, sus políticas han tenido como resultado economías devastadas e inestables que se rebelan continuamente.
Vamos a empezar identificando las cambiantes áreas y regiones implicadas en la construcción del imperio estadounidense desde mediados de los setenta hasta la actualidad. Luego examinaremos los métodos, las fuerzas impulsoras y los resultados de la expansión imperial. A continuación pasaremos a describir el actual mapa geopolítico de la construcción imperial y el carácter variado de la resistencia antiimperialista. Concluiremos examinando el porqué y el cómo de la construcción del imperio y, más concretamente, las consecuencias y los resultados de medio siglo de expansión imperial estadounidense.

Imperialismo en el periodo post Vietnam: guerras por poderes en América Central, Afganistán y el sur de África

La derrota del imperialismo estadounidense en Indochina marca el final de una fase de construcción del imperio y el comienzo de otra: el paso de invasiones territoriales a guerras por poderes. A partir de las presidencias de Gerald Ford y James Carter, el estado imperialista estadounidense empezó a recurrir cada vez más a apoderados. Reclutó, financió y armó ejércitos por poderes para destruir una gran variedad de regímenes y movimientos nacionalistas y social-revolucionarios en tres continentes. Con el apoyo logístico del ejército y las agencias de inteligencia paquistaníes, y con el respaldo económico de Arabia Saudita, Washington financió y armó fuerzas extremistas islámicas en todo el mundo para invadir y destrozar el régimen afgano, laico, progresista y apoyado por la Unión Soviética.
La segunda intervención por poderes tuvo lugar en el sur de África, donde el estado imperial estadounidense, aliado con Sudáfrica, financió y armó ejércitos por poderes contra los regímenes antiimperialistas de Angola y Mozambique.
La tercera ocurrió en América Central, donde Estados Unidos financió, armó y entrenó escuadrones de la muerte en Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Honduras para acabar con los movimientos populares y las insurgencias armadas, causando más de 300.000 civiles muertos.
La "estrategia de guerra por poderes" del estado imperial de Estados Unidos se extendió a América del Sur: la CIA y el Pentágono apoyaron golpes de Estado en Uruguay (general Álvarez), Chile (general Pinochet), Argentina (general Videla), Bolivia (general Banzer) y Perú (general Morales). La construcción del imperio por poderes se hizo en gran medida a instancias de las multinacionales estadounidenses, que durante ese periodo tuvieron un papel destacado a la hora de establecer las prioridades del estado imperial.
Las guerras por poderes estuvieron acompañadas por invasiones militares directas: la diminuta isla de Granada (1983) y Panamá (1989) bajo los presidentes Reagan y Bush padre. Blancos fáciles, con pocas víctimas y pocos gastos militares: ensayos generales para relanzar importantes operaciones militares en un futuro cercano.
Lo que sorprende de las "guerras por poderes" son sus resultados contrapuestos. En América Central, Afganistán y África esas guerras no desembocaron en prósperas neo-colonias ni resultaron lucrativas para las corporaciones estadounidenses. En cambio, los golpes de Estado por poderes en América del Sur se tradujeron en extensas privatizaciones y abultados beneficios para las multinacionales estadounidenses.
La guerra por poderes en Afganistán trajo consigo el ascenso y la consolidación del "régimen islámico" talibán, que se oponía tanto a la influencia soviética como a la expansión imperial estadounidense. Con el tiempo el ascenso y la consolidación del nacionalismo islámico desafiaría a los aliados de Estados Unidos en el sur de Asia y en la región del Golfo, y conduciría a la invasión militar estadounidense de 2001 y a una larga guerra (15 años) que aún no ha terminado, y que probablemente supondrá la derrota y retirada militar de Estados Unidos. Los principales beneficiarios desde el punto de vista económico fueron los clientes políticos afganos de Washington, los "contratistas" mercenarios estadounidenses, los funcionarios militares responsables de adquisiciones y los administradores coloniales que saquearon cientos de miles de millones de dólares del Tesoro estadounidense a través de transacciones ilegales o fraudulentas.
Las multinacionales no-militares no se beneficiaron en absoluto del saqueo del Tesoro de Estados Unidos. De hecho, la guerra y el movimiento de resistencia dificultaron la entrada de capital privado estadounidense a largo plazo en Afganistán y las regiones fronterizas limítrofes de Pakistán.
La guerra por poderes en el sur de África arrasó las economías locales, especialmente las economías agrícolas nacionales, desarraigó a millones de trabajadores y campesinos e impidió la entrada de las empresas petrolíferas estadounidenses durante más de dos décadas. El resultado "positivo" fue la des-radicalización de la elite nacionalista revolucionaria. Sin embargo, la conversión política de los "revolucionarios" del sur de África al neoliberalismo no benefició demasiado a las multinacionales estadounidenses, pues los nuevos gobernantes se volvieron oligarcas cleptócratas y pusieron en marcha regímenes patrimoniales asociándose con diversas multinacionales, sobre todo asiáticas y europeas.
Las guerras por poderes en América Central también tuvieron resultados contrapuestos. En Nicaragua la revolución sandinista derrotó al régimen de Somoza apoyado conjuntamente por Estados Unidos e Israel, pero inmediatamente después tuvo que enfrentarse a un ejército mercenario contrarrevolucionario financiado, armado y entrenado por Estados Unidos ("la contra") con base en Honduras. La guerra estadounidense destrozó muchos proyectos económicos progresistas, socavó la economía y eventualmente derivó en la victoria electoral de Violeta Chamorro, que contó con el patrocinio y el respaldo de Estados Unidos. Dos décadas más tarde los apoderados de Estados Unidos fueron derrotados por una coalición política liderada por sandinistas des-radicalizados.
En El Salvador, Guatemala y Honduras las guerras por poderes estadounidenses terminaron consolidando regímenes clientelistas que se encargaron de destruir la economía productiva y provocaron la huida de millones de refugiados de guerra hacia Estados Unidos. El dominio imperial estadounidense erosionó las bases del mercado laboral productivo y engendró bandas asesinas de narcotraficantes.
En resumen, en la mayoría de los casos las guerras por poderes de Estados Unidos lograron evitar el ascenso de regímenes nacionalistas de izquierdas, pero también condujeron a la destrucción de las bases económicas y políticas de un imperio neocolonial próspero y estable.


El imperialismo estadounidense en América Latina: estructura variable, contingencias internas y externas, prioridades cambiantes y restricciones globales

Para entender las operaciones, la estructura y la actuación del imperialismo estadounidense en América Latina es necesario reconocer la constelación de fuerzas rivales que ha moldeado las políticas del estado imperial. A diferencia de lo que ha ocurrido en Oriente Medio, donde la facción militarista-sionista ha establecido su hegemonía, en América Latina las multinacionales han jugado un papel fundamental dirigiendo la política del estado imperial. En América Latina, los militaristas desempeñaron un papel mucho menos destacado, limitado por el poder de las multinacionales, el giro del poder político de la derecha a la centro-izquierda, y el impacto de la crisis económica y el auge de las materias primas.
Al contrario que en Oriente Medio, la configuración del poder sionista ha tenido poca influencia en la política del estado imperial en esta región, ya que los intereses israelíes se concentran en Oriente Medio y, con la posible excepción de Argentina, América Latina no es una prioridad.
Durante más de un siglo y medio, las multinacionales y los bancos estadounidenses dominaron y dictaron la política imperial de Estados Unidos hacia América Latina. Las fuerzas armadas estadounidenses y la CIA fueron instrumentos del imperialismo económico mediante la intervención directa (invasiones), "golpes militares" por poderes, o la combinación de ambos.
El poder económico imperial estadounidense en América Latina alcanzó su punto más alto entre 1975 y 1999. Por medio de golpes militares por poderes, invasiones militares directas (República Dominicana, Panamá, Granada) y elecciones controladas civil y militarmente se crearon estados vasallos y se impusieron nuevos gobernantes clientelistas.
Los resultados fueron el desmantelamiento del escaso estado de bienestar y la imposición de políticas neoliberales. El estado imperial dirigido por las multinacionales, y sus apéndices financieros internacionales (FMI, BM, BID) se encargaron de privatizar sectores económicos estratégicos muy lucrativos, se hicieron con el control del comercio y proyectaron un plan de integración regional que afianzó el dominio imperial de Estados Unidos.
La expansión económica imperial en América Latina no fue simplemente el resultado de las estructuras y las dinámicas internas de las multinacionales, sino que dependió de la receptividad del país "anfitrión" o, más exactamente, de la correlación interna de las fuerzas de clase en América Latina, las cuales a su vez giraban en torno al desempeño de la economía: su crecimiento o su susceptibilidad a las crisis.
América Latina demuestra que contingencias como la desaparición de los regímenes clientelistas y de las clases colaboradoras pueden tener un impacto negativo enorme en las dinámicas del imperialismo, socavando el poder del estado imperial y revirtiendo el avance económico de las multinacionales.
El avance del imperialismo económico de Estados Unidos durante el periodo que va desde 1975 hasta el año 2000 quedó patente en la adopción de políticas neoliberales, el saqueo de los recursos nacionales, el incremento de deudas ilícitas y la transferencia de miles de millones de dólares al exterior. Sin embargo, la concentración de riqueza y propiedad desencadenó una profunda crisis socioeconómica en toda la región, la cual eventualmente condujo al derrocamiento o destitución de los colaboradores imperiales en Ecuador, Bolivia, Venezuela, Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Nicaragua. En Brasil y en los países andinos surgieron poderosos movimientos sociales antiimperialistas, sobre todo en las zonas rurales. En las ciudades, los movimientos de trabajadores desempleados y los sindicatos de empleados públicos de Argentina y Uruguay encabezaron cambios electorales, instalando en el poder gobiernos de centro-izquierda que "re-negociaron" las relaciones con el estado imperial estadounidense.
La influencia de las multinacionales estadounidenses en América Latina se fue debilitando. Ya no podían contar con la batería completa de recursos militares del estado imperial para intervenir e imponer de nuevo presidentes clientelistas neoliberales, pues sus prioridades militares estaban en otra parte: Oriente Medio, el sur de Asia y el norte de África.
A diferencia del pasado, las multinacionales estadounidenses en América Latina no contaron con dos puntales esenciales del poder: el pleno respaldo de las fuerzas armadas estadounidenses y los poderosos regímenes cívico-militares clientelistas de Estados Unidos en América Latina.
El plan de las multinacionales estadounidenses de una integración en torno a Estados Unidos fue rechazado por los gobiernos de centro-izquierda. El estado imperial recurrió entonces a los acuerdos de libre comercio con México, Chile, Colombia, Panamá y Perú. Como resultado de la crisis económica y del colapso de la mayoría de las economías latinoamericanas, el "neoliberalismo", la ideología de la penetración económica imperial, quedó desacreditado y sus partidarios fueron marginados.
Los cambios en la economía mundial tuvieron un impacto profundo en las relaciones comerciales y de inversión entre Estados Unidos y América Latina. El crecimiento dinámico de China, el subsiguiente auge de la demanda y el aumento de los precios de las materias primas condujo a un considerable debilitamiento del dominio estadounidense en los mercados latinoamericanos.
Los países latinoamericanos diversificaron el comercio, buscaron y encontraron nuevos mercados exteriores, especialmente en China. El incremento de los ingresos de las exportaciones se tradujo en una mayor capacidad de autofinanciación. Y tanto el FMI, como el BM y el BID, los instrumentos económicos que sirvieron para impulsar las imposiciones económicas de Estados Unidos ("condicionalidad"), fueron orillados.
El estado imperial estadounidense se enfrentó a regímenes latinoamericanos que adoptaron opciones económicas, mercados y medidas de financiamiento muy diversas. Con considerable apoyo popular en sus países y los mandos civil y militar unificados, América Latina fue saliendo tímidamente de la esfera estadounidense de dominación imperialista.
El estado imperial y sus multinacionales, enormemente inspirados por los "éxitos" cosechados en los noventa, respondieron al debilitamiento de su influencia utilizando el método de "ensayo y error" para enfrentar los nuevos obstáculos del siglo XXI. Los responsables de la política estadounidense, con el respaldo de las multinacionales, continuaron apoyando a los fracasados regímenes neoliberales, perdiendo toda credibilidad en América Latina. El estado imperial no supo adaptarse a los cambios, lo que hizo que aumentara la oposición popular y de los gobiernos de centro-izquierda a los "mercados libres" y la desregularización bancaria. A diferencia de las reformas sociales promovidas por el presidente Kennedy vía la "Alianza para el Progreso" para contrarrestar el impacto generado por la revolución cubana, esta vez no se diseñaron programas de ayuda económica a gran escala para imponerse a la centro-izquierda, quizás debido a las restricciones presupuestarias derivadas de las costosas guerras en otros lugares.
La desaparición de los regímenes neoliberales, el pegamento que mantuvo unidas a las diferentes facciones del estado imperial, dio lugar a propuestas rivales de cómo recuperar el dominio. La "facción militarista" recurrió a (y revivió) la fórmula del golpe militar para llevar a cabo la restauración: se organizaron golpes de Estado en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Honduras y Paraguay; salvo los dos últimos, todos fracasaron. La derrota de los representantes de Estados Unidos consolidó los regímenes independientes y antiimperialistas de centro-izquierda. Incluso el "éxito" del golpe estadounidense en Honduras tuvo como consecuencia una importante derrota diplomática: los gobiernos latinoamericanos condenaron el golpe de Estado y el papel de Estados Unidos, lo que terminó aislando a Washington todavía más.
La derrota de la estrategia militarista reforzó la facción político-diplomática del estado imperial. Con propuestas positivas hacia los en apariencia "regímenes de centro-izquierda", esta facción ganó influencia diplomática, mantuvo los vínculos militares y contribuyó a la expansión de las multinacionales en Uruguay, Brasil, Chile y Perú. Con los dos últimos países la facción económica del estado imperial consolidó acuerdos bilaterales de libre comercio.
Una tercera facción corporativo-militar, que se solapa con las otras dos, combinó cambios diplomático-políticos hacia Cuba con una estrategia muy agresiva de desestabilización política dirigida al "cambio de régimen" (golpe de Estado) en Venezuela.
La heterogeneidad de las facciones del estado imperial y sus orientaciones enfrentadas refleja la complejidad de los intereses implicados en la construcción del imperio en América Latina y tiene como consecuencia políticas aparentemente contradictorias, un fenómeno que resulta menos evidente en Oriente Medio, donde la configuración del poder militarista-sionista domina la formulación de políticas imperiales.
Por ejemplo, el aumento de las bases militares y las operaciones contrainsurgentes en Colombia (una prioridad de la facción militarista) se acompaña de acuerdos bilaterales de libre comercio y negociaciones de paz entre el gobierno de Santos y la insurgencia armada de las FARC (una prioridad de la facción de las multinacionales).
Recuperar el dominio imperial en Argentina supone (1) maximizar las posibilidades electorales del jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el neoliberal Mauricio Macri; (2) apoyar al conglomerado mediático imperial, Clarín, enfrentando la legislación que desconcentra el monopolio mediático; (3) explotar la muerte del fiscal Alberto Nisman, colaborador de la CIA y el Mossad, para desacreditar al gobierno de C. Fernández; y (4) respaldar a los fondos de inversión especuladores (buitres) en Nueva York para exigir el pago de intereses desorbitados y, con la ayuda de resoluciones judiciales cuestionables, bloquear el acceso de Argentina a los mercados internacionales.
Tanto la facción militarista como la de las multinacionales del estado imperial coinciden en apoyar una estrategia electoral y golpista con múltiples flancos, la cual busca restaurar el poder de un régimen neoliberal controlado por Estados Unidos.
 Las contingencias que evitaron la recuperación del poder imperial durante la pasada década actúan ahora a la inversa. La caída del precio de las materias primas ha debilitado a los gobiernos posneoliberales en Venezuela, Argentina y Ecuador. La decadencia de los movimientos antiimperialistas a consecuencia de las tácticas de cooptación de centro-izquierda ha reforzado las protestas y a los movimientos de derechas apoyados por el estado imperial. El menor crecimiento de China ha afectado a las estrategias de diversificación del mercado latinoamericano. El equilibrio interno de las fuerzas de clase se ha desplazado hacia la derecha, hacia los clientes políticos de Estados Unidos en Brasil, Argentina, Perú y Paraguay. Texto: J. Petras. Ver: PARTE 2


19 mar 2016

La banca y la doctrina 'Too Big to Jail'. (Parte I de V)

Es conocida la máxima “demasiado grande para caer” (“too big to fail”). La forma en que los gobiernos han gestionado la crisis provocada por los bancos ha desembocado en una nueva doctrina que puede ser resumida así: “demasiado grandes para ser condenados”. O, “demasiado grandes para ser encarcelados” si se traduce literalmente el nuevo adagio, que está de moda en Estados Unidos y el Reino Unido: “too big to jail”, que rima con “too big to fail”.

En efecto, si bien el gobierno estadounidense dejó quebrar a Lehman Brothers en septiembre de 2008, ningún banco ha sido cerrado o desmantelado por decisión judicial, ningún dirigente bancario ha sido condenado con penas de cárcel. La única excepción en el mundo occidental se refiere a Islandia, donde la justicia ha condenado a penas de prisión firme a tres dirigentes bancarios: Larus Welding, principal dirigente del banco Glitnir, quebrado en 2008 cuando todavía era el tercer banco del país, fue condenado a finales de diciembre de 2012 a 9 meses de prisión; Sigurdur Einarson y Hreidar Mar Sugurdsson, los dos principales dirigentes del banco Kaupthing, fueron condenados en 2013 a cinco años y cinco años y medio de prisión respectivamente.
Sin embargo, tanto la justicia estadounidense como la europea tienen ante sí delitos muy graves cometidos por los bancos más grandes: estafa organizada contra clientes, (pequeños) accionistas y accionariado público; blanqueo de capitales procedente del crimen organizado; fraude fiscal a gran escala; manipulación organizada de los mercados de cambio; uso de documentación falsificada; delitos por uso de información privilegiada; destrucción de pruebas; enriquecimiento abusivo; manipulación organizada del mercado de los CDS; manipulación en el mercado de las commodities; complicidad en crímenes de guerra... la lista no es exhaustiva.
Eric Holder, procurador general de los Estados Unidos, interrogado en junio de 2013 por una comisión del Senado de su país, resumió claramente el fondo de la doctrina “demasiado grandes para ser condenados”. A propósito de los grandes bancos declaraba en esencia que “esas instituciones son tan grandes que es difícil llevarlas ante los tribunales, y si se hiciera, sería para darse cuenta de que, efectivamente, inculparlas por actividades criminales podría tener repercusiones negativas para la economía nacional, e incluso para la economía mundial”.
Las consecuencias de esta posición son claras. El hecho de que la especulación y los crímenes financieros hayan causado la peor crisis económica desde el pasado siglo pesa muy poco en la balanza de la justicia. Aunque tales excesos estén asociados a una epidemia de fraudes, a todos los niveles, en las operaciones bancarias en Estados Unidos, esas instituciones están autorizadas a proseguir con sus operaciones. Les basta alcanzar a un acuerdo con la justicia a fin de pagar una multa para evitar una condena. Imaginen una situación como la siguiente: tras un mes de investigación la policía encuentra a una persona que ha cometido un robo de un millón de euros. En el momento de ser arrestado, la persona en cuestión declara al juez de instrucción y a la policía: “propongo pagar dos mil euros de multa, me dejáis en libertad y no emprendéis acciones judiciales, ¿de acuerdo?”. El juez y la policía le dicen: “OK, no hay problema, perdone las molestias. Que le vaya bien. Intente no dejarse coger de nuevo, sería una pena”. El trato de favor al que tienen derecho los banqueros responsables de delitos y crímenes financieros no es muy diferente de esta situación imaginaria, y Bertold Brecht tenía toda la razón al plantear la pregunta: “¿quién es mayor criminal, quien roba un banco o quien funda uno?”.
Las consecuencias directas de las fechorías de los bancos son particularmente graves: 14 millones de familias en los Estados Unidos han sido expulsadas de sus viviendas entre 2007 y 2013 (ver cuadro más abajo). De ellas, se ha demostrado que al menos 495.000 familias lo han sido de forma totalmente ilegal, millones de personas han perdido su empleo, una parte de ellas han caído por debajo del umbral de la pobreza, la tasa de suicidios ha aumentado entre las personas afectadas, la deuda pública ha estallado y los fondos de pensiones de los países desarrollados han perdido cerca de 5.400 millardos de dólares.

Desahucios en Estados Unidos y en España

Año    U. S. A.        España
2005  532.833 
2006  717.522 
2007  1.285.873 
2008  2.330.483     49.848
2009  2.824.674     59.632
2010  2.871.891     81.747
2011  1.887.777     94.825
2012  1.836.634     76.724
Total  14.287.687  362.776

El papel de los bancos privados es tan manifiestamente importante e indispensable para el sistema capitalista que su funcionamiento transciende las imposiciones legales y constitucionales de las sociedades modernas. Como consecuencia, la justicia se pone una venda en los ojos ante los delitos y crímenes cometidos por los bancos y sus dirigentes, a fin de evitarles pasar, aunque solo fuese un día, en la cárcel. A fin de cuentas, no se puede llevar ante la justicia a un dirigente de una institución bancaria que “no hace más que el trabajo de Dios”, por citar a Lloyd Blankfein, patrón de Goldman Sachs.
La declaración que hemos reproducido más arriba podría provocar una sonrisa, si no fuera porque las negociaciones y acuerdos entre bancos y autoridades judiciales o de control no vienen regularmente sino a confirmar la aplicación de la doctrina “demasiado grandes para ser condenados” en las dos riberas del océano Atlántico. Los escándalos continúan y la justicia se limita a multas que representan muy a menudo una ínfima fracción de los beneficios producidos por actividades ilegales, sin que ningún dirigente se vea inquietado. Todo lo más comparecen ante los tribunales y son condenados ,-“fontaneros”- como Jérôme Kerviel, pero nunca los patronos que les han empujado a aumentar los beneficios de la empresa utilizando todas las jugarretas posibles e imaginables.
Seis ejemplos bastan para testimoniar acerca de la situación actual: 1. Los acuerdos alcanzados entre bancos estadounidenses y diferentes autoridades de aquel país a fin de evitarles una condena judicial en el asunto de los préstamos hipotecarios abusivos, así como por las ejecuciones hipotecarias (foreclosures) ilegales; 2. HSBC (primer banco británico) multado en Estados Unidos por blanqueo de dinero procedente de los cárteles mexicanos y colombianos de la droga; 3. La manipulación de los tipos de interés interbancario y de las tasas sobre los derivados, conocida como el “asunto LIBOR”; 4. El escándalo de los “préstamos tóxicos” en Francia; 5. Las actividades ilegales de Dexia en Israel; 6. La evasión fiscal internacional organizada por el principal banco suizo, UBS. En siguientes capítulos se analizarán esos seis ejemplos.

Conclusión

De lo anterior se desprende con claridad que los bancos y otras grandes instituciones financieras de dimensión mundial actúan a menudo como un cártel organizado, dando muestras de un nivel raramente observado hasta ahora de cinismo y abuso de poder. Hoy día, después de que los Estados hayan puesto dinero público a disposición de las entidades financieras, cuyas apuestas especulativas han ido mal, los magistrados a cargo de hacer aplicar la Ley se emplean en proteger a los responsables de esas entidades y banalizan así, incluso justifican a posteriori, la conducta ilegal o criminal por las que se han hecho culpables.
Un contexto así, en el que reina la impunidad, anima a los dirigentes de las firmas financieras a más abusos y actuaciones de riesgo. Los bancos como instituciones no son condenados, siendo lo más habitual el que ni siquiera sean llevados ante los tribunales.
Esos bancos hacen recaer toda la responsabilidad en traders como el antes citado Jerôme Kerviel y algunas decenas más como él, mientras logran que la justicia les condene por haberles perjudicado.
La situación de los principales dirigentes de los bancos es muy diferente: el montante de sus bonus crece como consecuencia del incremento en las rentas de la entidad (no es raro ver que el bonus aumenta incluso en caso de bajada en la rentabilidad del banco), independientemente del origen ilegal de los recursos, o del hecho de que sean resultado de actividades financieras especulativas extremadamente arriesgadas. En el peor de los casos, si son descubiertos, no tienen más que abandonar la institución (a menudo con un “paracaídas dorado”), no serán perseguidos por la justicia y conservarán en sus cuentas bancarias la totalidad de los beneficios obtenidos.
Mientras este género de dispositivo perverso sea mantenido, los abusos y el robo de los recursos públicos por parte del sistema financiero no pueden sino prolongarse a lo largo del tiempo.
Más allá de los altos dirigentes hay que subrayar la impunidad de los propios bancos, a los que las autoridades aplican la doctrina de “too big to jail”. Se trata sobre todo de la demostración de la imbricación estrecha entre las direcciones de las entidades, sus grandes accionistas, los gobernantes y los diferentes órganos vitales de los Estados.
En caso de graves infracciones hay que poner en práctica una solución radical: retirar la licencia bancaria a los bancos culpables de crímenes, prohibir definitivamente algunas de sus actividades, llevar ante los tribunales de justicia a los dirigentes y los grandes accionistas. También hay que obtener reparaciones por parte de los dirigentes y de los grandes accionistas.
En fin, es urgente dividir cada gran banco en varias entidades a fin de limitar los riesgos, socializar esos bancos colocándolos bajo control ciudadano y crear así un servicio público bancario que dé prioridad a la satisfacción de las necesidades sociales y a la protección de la naturaleza. Texto: Eric Toussait. Traducción: Alberto Nadal. Ver: PARTE 2

29 feb 2016

Historia breve del Banco Mundial (II de II)

La ocupación y la reconstrucción de Iraq

La intervención militar de marzo de 2003 contra el Iraq de Sadam Husein, seguida de la ocupación de su territorio, se llevó a cabo sin el acuerdo de la ONU y contra la opinión de varias potencias, entre ellas Francia, Alemania, Rusia y China. Estados Unidos, a la cabeza de la coalición que lanzó el ataque gozó del apoyo activo de los otros tres miembros del G7 (Reino Unido, Japón e Italia) y de algunas potencias medianas, como España y Australia.

Desde el mes de abril de 2003, Estados Unidos tomó la iniciativa de negociar en el G7 y en el del Club de París una reducción substancial de las deudas contraídas por el régimen de Sadam Husein. La cuestión era aliviar el peso de esta deuda a fin de que el nuevo Iraq, ahora un aliado, estuviera en condiciones de contraer y reembolsar nuevas deudas. Como complemento a esta gestión, el gobierno estadounidense presionó al Banco Mundial y al FMI con el fin de que ambas instituciones prestaran a las nuevas autoridades iraquíes, que estaban directamente bajo su control por medio del administrador civil de Iraq, el estadounidense Paul Bremer. A través de diversas declaraciones, entre fines de marzo y de mayo de 2003, se ve claramente que tanto el presidente del Banco Mundial como el director del FMI eran muy reticentes. No se reunían las condiciones previas a la concesión de préstamos. ¿Cuáles eran los problemas?
1º) La legitimidad de las autoridades iraquíes no estaba reconocida, puesto que carecían de soberanía, dado el papel que desempeñaban Paul Bremer y las autoridades de ocupación.
2º) En principio, el Banco Mundial y el FMI respetan la siguiente regla: no se conceden nuevos préstamos a un país que está en cesación de pagos de su deuda soberana. La presión ejercida por Estados Unidos, tanto sobre el Banco y el FMI como sobre las potencias opuestas a la guerra, levantó progresivamente los obstáculos en la medida en que el Consejo de Seguridad de la ONU, en su reunión del 22 de mayo de 2003, otorgó a Estados Unidos y a sus aliados la gestión del petróleo iraquí y levantó el embargo contra Iraq. El Consejo de Seguridad no reconoce la guerra pero reconoce la ocupación como hecho consumado. Estados Unidos y sus aliados lograron que el Banco Mundial y el FMI participaran activamente en la conferencia de donantes para la reconstrucción de Iraq realizada en Madrid el 23 de octubre de 2003.
El caso de Iraq muestra que Estados Unidos puede establecer una alianza para determinar la orientación del Banco y del FMI, a pesar de las reticencias de sus principales dirigentes, James Wolfensohn y Horst Kölher. En octubre de 2004, Estados Unido consiguió que los países miembros del Club de París (del que forma parte) anularan en tres tramos el 80 % de los 38.900 millones de dólares que reclamaban a Iraq.

Discrepancias entre la dirección del Banco Mundial y Estados Unidos

A comienzos de los años 70 surgieron divergencias entre el gobierno de Estados Unidos y la dirección del Banco. Esto provenía del hecho de que McNamara, presidente del Banco desde 1968, sintonizaba con el partido demócrata: había entrado en la política gracias al presidente John F. Kennedy, quien lo llamó a su lado como consejero en 1961; continuó su carrera política con otro presidente demócrata, Lyndon B. Johnson (como secretario de Estado de Defensa), cuya administración lo hizo designar presidente del Banco Mundial a partir de 1968. En 1969 la situación cambió con el acceso a la presidencia del republicano Richard Nixon, pero el mandato de McNamara siguió vigente. Durante el año 1971, hubo algunos choques entre la administración Nixon y la dirección del Banco. Por ejemplo, el gobierno ordenó al director ejecutivo representante de Estados Unidos que votara contra un préstamo que el Banco había decidido otorgar a Guyana. En 1972, la cuestión era renovar el mandato de McNamara (un mandato dura cinco años) o reemplazarlo. Los republicanos estaban en principio de acuerdo en la designación de uno de sus correligionarios, pero finalmente el ejecutivo confirmó a McNamara, sin mucho entusiasmo. Durante su segundo mandato las tensiones fueron en aumento. El gobierno se opuso a una iniciativa con la que Mc Namara estaba muy comprometido: había negociado con los países miembros de la OPEP la constitución de un nuevo fondo de financiación del desarrollo alimentado con los petrodólares. El gobierno, que quería romper el cartel constituido por la OPEP, abortó la iniciativa. En este episodio de tensión, fue el secretario de Estado Henry Kissinger quien llevó la ofensiva contra McNamara. Como alternativa a la creación de un fondo especial alimentado por la OPEP, Kissinger proponía aumentar los fondos disponibles para la Sociedad Financiera Internacional y el Banco Mundial.
Las relaciones entre McNamara y el gobierno mejoraron de nuevo sensiblemente con el acceso a la presidencia de la Casa Blanca de otro demócrata, Jimmy Carter. A tal punto que McNamara fue invitado a participar en las reuniones del Consejo de Seguridad Nacional para discutir el aumento de los medios financieros de la AID.
El final del mandato de McNamara fue bastante agitado a causa de la llegada a la presidencia en enero de 1981 de otro republicano, Ronald Reagan. Éste y los republicanos habían hecho campaña a favor de un cambio radical en la política exterior de Estados Unidos, con consecuencias inmediatas para el Banco Mundial. Reagan proponía una fuerte reducción de la ayuda multilateral, y en consecuencia el aporte de Estados Unidos a la AID, en beneficio de la ayuda bilateral, con un fuerte aumento de la asistencia militar.
La propuesta de ley que presentó en enero de 1981 David Stockman, director de la Oficina de Gestión y Presupuesto (Office of Management and Budget) es significativa del estado de ánimo de Reagan y sus aliados. Su sanción habría significado un recorte de las contribuciones de Estados Unidos a la AID y a las Naciones Unidas, y un aumento de los gastos de asistencia militar. David Stockman resumió en 1986 de la siguiente manera el sentido de su propuesta, presentada conjuntamente con el parlamentario Phil Gramm en el Congreso en enero de 1981: «El plan de presupuesto presentado por Gramm y Stockman proponía fuertes reducciones en la ayuda económica externa sobre una base de principios puramente ideológicos. Gramm y yo creíamos que los órganos de la ayuda internacional y del supuesto desarrollo del Tercer Mundo estaban infestados de errores socialistas. La burocracia de la ayuda internacional conducía los países del Tercer Mundo al atolladero de la ineficacia autoimpuesta enterrándolos bajo montañas de deudas que jamás estarían con condiciones de pagar.»
La situación mejoró netamente con la designación de un nuevo presidente del Banco. El gobierno eligió a Alden W. Clausen, hasta entonces presidente del Bank of America. Entró en funciones el 1 de julio de 1981. Muchos neoliberales duros entraron en el staff del Banco, entre ellos Anne Krueger, designada el 10 de mayo de 1982 economista jefe y vicepresidenta del Banco Mundial. Leyendo, más adelante, la carta del presidente Reagan al líder republicano del Congreso, se tendrá la prueba del cambio de actitud favorable del poder ejecutivo hacia el Banco.

La influencia de Estados Unidos vista por el poder ejecutivo

Un informe del Tesoro de Estados Unidos que data de 1982 se congratula de la preeminencia estadounidense en el seno de las instituciones financieras multilaterales: «Si la estructura y la misión del Banco Mundial están tan estrechamente vinculadas al mercado, es esencialmente gracias a la influencia de Estados Unidos [...] Somos nosotros igualmente quienes hemos hecho de él una entidad estructurada que funciona con escrutinio calificado, dirigida por un consejo de alto nivel favorable a Estados Unidos y administrada por un personal competente. En tanto que miembro fundador y accionista principal del Banco, Estados Unidos goza del derecho único de disponer de un sitio permanente en el CA del Banco. Otros socios importantes —dirección, donantes y beneficiarios de primer orden— han reconocido que Estados Unidos tiene un peso preponderante ante los Bancos (de desarrollo multilateral). La experiencia les ha enseñado que nosotros disponemos de palancas financieras y políticas capaces de modificar los objetivos políticos de los bancos y que estamos preparados para usarlas.» Según Walden Bello, en otra parte de este documento del Tesoro se puntualiza que «Estados Unidos ha podido imponer su punto de vista en doce de los catorce casos que provocaron debates en el seno del Banco —ya se tratara de bloquear el estatuto de observador acordado a la OLP, o bien de poner término a las ayudas acordadas por el Banco a Vietnam y a Afganistán—».
Una parte de otro informe del Tesoro fechado en el mismo año está también dedicado al Banco Mundial y a los otros bancos de desarrollo: «En conjunto, las políticas y los programas del Banco Mundial han coincidido con los intereses de Estados Unidos. Esto es particularmente cierto en lo que respecta a la elección de los países ayudados y en materia de problemas políticos sensibles. El carácter internacional del Banco, su estructura empresarial, la fuerza de su equipo de gestión y la estructura del reparto de votos en el seno del Banco han asegurado una amplia coincidencia entre sus políticas y prácticas y los objetivos políticos y económicos a largo término de Estados Unidos.» En otra parte del mismo informe se lee: «Promoviendo el desarrollo político y social en el Tercer Mundo, alentando unas políticas económicas orientadas al mercado y preservando una reputación de imparcialidad y de competencia, los bancos multilaterales de desarrollo alientan a los PED a participar con más fuerza en un sistema internacional basado en la liberalización del comercio y los flujos de capitales. Esto representa unas oportunidades crecientes para las exportaciones, las inversiones y las finanzas de Estados Unidos.»
En una carta del presidente Ronald Reagan a Robert Michel, líder republicano en la Cámara de Representantes pidiéndole que apoye el aumento del capital del Banco Mundial en 1988, se encuentra una lista muy útil de países con ingresos medios que constituyen los aliados estratégicos de Estados Unidos y que son apoyados por el Banco. He aquí un fragmento de dicha carta: «El Banco dedica la gran mayoría de sus medios al sostén de proyectos de inversión específicos en los PED de ingresos medios, Son principalmente países (como Filipinas, Egipto, Pakistán, Turquía, Marruecos, Túnez, México, Argentina, Indonesia y Brasil) que tienen importancia estratégica y económica para Estados Unidos.»

Los beneficios financieros que obtiene Estados Unidos de la existencia del Banco Mundial y de su influencia sobre éste

Catherine Gwin hace un cálculo de lo que el Banco y sus actividades aportaron a Estados Unidos entre 1947 y 1992. Hay que distinguir en primer lugar dos aportes: primero, los ingresos percibidos por los ciudadanos estadounidenses que poseen bonos emitidos por el Banco (según ella, esto representaba unos 20.200 millones de dólares en el período mencionado); segundo, los gastos de funcionamiento del Banco en el territorio de Estados Unidos (que representaban unos 11.000 millones de dólares en el mismo período). Después, prosigue, hay que tener en cuenta sobre todo el efecto de palanca de la inversión de Estados Unidos en el Banco Mundial y en la AID. Desde la creación del Banco Mundial, Estados Unidos habría hecho, en suma, un gasto mínimo: 1.850 millones de dólares, mientras que el Banco Mundial concedió préstamos por un monto total de 218.200 millones de dólares (más que centuplicado). Estos préstamos generaron importantes pedidos para las empresas estadounidenses. La autora no proporciona ninguna cifra sobre el monto de los pedidos (lo que en la jerga del Banco se denomina el flow-back). En el caso de la AID, Estados Unidos desembolsó una suma más importante: 18.000 millones de dólares para financiar los préstamos de la AID, que se elevaron a 71.000 millones.

La influencia del mundo de los negocios y del gran capital de Estados Unidos sobre el Banco Mundial

El hecho de que el Banco Mundial se procure, desde el principio de su existencia, de lo esencial de sus medios financieros mediante la emisión de títulos, lo mantiene en relación permanente y privilegiada con los grandes organismos financieros privados de Estados Unidos. Éstos se encuentran entre los principales compradores de esos títulos y ejercen sobre el Banco una influencia considerable.
El vínculo existente entre el medio de los negocios, el gran capital de Estados Unidos y el Banco Mundial también se percibe, de inmediato, si uno se detiene a mirar las carreras de diez de los doce ciudadanos estadounidenses que se han sucedido al frente del Banco hasta nuestros días.
Eugene Meyer, el primer presidente, que estuvo sólo ocho meses, era el editor de The Washington Post y ex miembro del grupo bancario Lazard Frères. El segundo, John J. McCloy, un importante abogado de negocios de Wall Street, que a continuación fue designado Comisario jefe de los aliados en Alemania y luego chairman del Chase Manhattan Bank. El tercero, Eugene R. Black, era vicepresidente del Chase Manhattan Bank y posteriormente fue consejero especial del presidente Lyndon B. Johnson. El cuarto, George D. Woods, también banquero, era presidente de la First Boston Corporation. Luego, Robert S. McNamara había sido presidente-director general de la Ford Motor Company, y después secretario de Estado de Defensa con John F. Kennedy y Lyndon Johnson. Su sucesor, Alden W. Clausen, era presidente del Bank of America (uno de los principales bancos de Estados Unidos, muy involucrado en la crisis de la deuda del Tercer Mundo), al que se reintegró cuando dejó el cargo en el BM. En 1986, le sucedió Barber Conable, ex miembro republicano del Congreso. Luego, Lewis T. Preston asumió en 1991, había sido presidente del comité ejecutivo del banco J. P. Morgan. Después, James D. Wolfensohn, presidente desde 1995, era banquero en Nueva York, en Salomon Brothers. Al acabar su presidencia, en mayo de 2005, ingresó en la dirección del Citibank-Citigroup, uno de los principales bancos del mundo. Paul Wolfowitz era subsecretario de Estado de Defensa cuando asumió su cargo como décimo presidente del Banco Mundial en mayo de 2005. En resumen, por lo general, se estableció un estrecho lazo entre el poder político estadounidense, el mundo de los negocios (se puede decir, el núcleo duro de la clase capitalista estadounidense) y la presidencia del Banco Mundial. Texto: Éric Toussaint, portavoz del CADTM Bélgica (www.cadtm.org) y profesor en la Universidad de Lieja, es autor de varias obras, entre ellas: Bancocratie, Aden, Bruselas, 2014, http://cadtm.org/Bancocratie; Procès d’un homme exemplaire, Edition Al Dante, Marsella, 2013; Banco Mundial: el golpe de Estado permanente. La agenda oculta del Consensus de Washington, Ediciones El Viejo Topo, Mataró (Barcelona), 2007; y una Tesis Doctoral, presentada en 2004 a las Universidades de Lieja y de París VIII, titulada: «Enjeux politiques de l’action de la banque internationale pour la Reconstruction et le Développement et du Fonds Monétaire International envers le tiers-monde. Además es coautor junto a Damien Millet de 60 preguntas, 60 respuestas sobre la deuda, el FMI y el Banco Mundial, Icaria Editorial, Barcelona, 2009; del libro colectivo La deuda o la vida, Icaria Editorial, Barcelona 2011 que tuvo el premio al libro político concedido por la Feria del libro político de Lieja. VER: PARTE 1

10 feb 2016

Historia breve del Banco Mundial (I de II)

La idea de que la institución se habría convertido en una enorme burocracia progresivamente independizada de la influencia de los Estados no concuerda con la realidad. En particular, este concepto erróneo ha sido expresado por el ambientalista estadounidense Bruce Rich en su agudo libro sobre el Banco Mundial. Lo cierto es que éste está bajo el firme control del gobierno de Estados Unidos, que es quien negocia bajo su liderazgo, en el seno del Banco, la política a seguir con los gobiernos de las otras potencias capitalistas. Por lo general, no se toma el trabajo de hacer los esfuerzos necesarios para llegar a un consenso con sus socios principales (desde finales de los años 50, éstos son Japón, Alemania, el Reino Unido y Francia), imponiendo al Banco directamente sus puntos de vista. En algunas ocasiones, las relaciones del gobierno estadounidense con el presidente del Banco o con su dirección, en sentido amplio, han sido tensas. Así mismo, se ha de tener en cuenta la intervención, más o menos activa según la época, del Congreso de Estados Unidos. En muchas ocasiones, el ejecutivo estadounidense tuvo que negociar con el Congreso la actitud que se debía mantener con respecto al Banco y a sus actividades. Aunque sometido de forma sistemática a la influencia de Estados Unidos, el Banco Mundial no deja de gozar de cierta autonomía, espacio del que dispone para seguir una lógica propia, que a veces entra en conflicto con el gobierno estadounidense. Esta autonomía es muy limitada y el gobierno impone su voluntad en todas las cuestiones que considera importantes. Por lo demás, no hay que olvidar los estrechos lazos entre el mundo de los negocios (el gran capital) estadounidense y el Banco.


La influencia de Estados Unidos sobre el Banco

«A lo largo de la historia del Banco Mundial , Estados Unidos ha sido el principal accionista y el país miembro más influyente. El apoyo de Estados Unidos al Banco, las presiones que ejerce sobre éste, las críticas expresadas respecto al mismo han desempeñado un papel central en el curso de su crecimiento, en la evolución de su política, de sus programas y de sus prácticas.» Con estas palabras comienza el capítulo sobre las relaciones entre Estados Unidos y el Banco Mundial de 1945 a 1992, del libro comanditado por el Banco para reconstituir sus primeros cincuenta años de existencia. Otros fragmentos de dicho texto, reproducidos a continuación, son tan explícitos que no necesitan comentario:
«La dirección del Banco dedica más tiempo a reunirse con Estados Unidos y a consultarlo con el fin de responder a sus deseos que con cualquier otro país miembro. Aunque esta intensa interacción casi no ha cambiado con el correr de los años, la forma en que Estados Unidos moviliza a los otros países miembros para que apoyen sus puntos de vista se modificó considerablemente. Al principio, la influencia de Estados Unidos era tan predominante que sus posiciones y las del Banco eran indisociables.»
«Estados Unidos ha considerado a todas las organizaciones multilaterales, incluido el Banco Mundial, como instrumentos de su política exterior, que puede utilizar para alcanzar sus propios objetivos.»
«A menudo, Estados Unidos se ha visto contrariado por el proceso de construcción del consenso sobre el que se basa la cooperación multilateral.»
«La preocupación por contener el comunismo y la modificación del poder relativo de Estados Unidos en el mundo explica en gran parte la evolución de sus relaciones con el Banco Mundial en el curso de los últimos cincuenta años.»
«La crisis de la deuda en el Sur y la caída del comunismo en Europa del Este han producido un renovado interés de Estados Unidos con respecto al Banco Mundial.»
Retomemos la cuestión del origen del Banco Mundial y la influencia de Estados Unidos
«A diferencia del FMI, que fue el resultado de una negociación intensa entre Estados Unidos y el Reino Unido, el Banco Mundial es en gran medida una creación de Estados Unidos. Su papel fue reconocido por John Maynard Keynes en sus palabras de introducción a la Conferencia de Bretton Woods.»
«El resultado es una influencia poderosa y duradera de Estados Unidos sobre todos los aspectos del Banco, ya sea sobre su estructura como sobre su orientación política general y la forma de conceder los préstamos.»
Entre los temas que dividían a los participantes de la Conferencia de Bretton Woods figuraba la ubicación de la sede del Banco y del FMI. El Tesoro estadounidense quería que se estableciera en Washington, al alcance de su influencia, mientras que varias delegaciones extranjeras preferían Nueva York, por una parte para distanciarse del gobierno de Estados Unidos, y por otra para estar más cerca de la futura sede de las Naciones Unidas. John Maynard Keynes pedía explícitamente que se mantuviera el Banco y el FMI alejados del Congreso estadounidense y, agregaba, de la influencia de las embajadas; había que elegir a Nueva York como sede. En realidad, antes había intentado convencer a los participantes de que optaran por Londres, y al comprobar que, de entrada, estaba derrotado, trató de evitar que fuese Washington y propuso Nueva York. El secretario del Tesoro, Henry Morgenthau, replicó que se debía desplazar el centro del mundo de Londres y Wall Street hacia el Tesoro de Estados Unidos. Su argumentación fue acertada con respecto a las demás delegaciones ya que, al final de la segunda guerra mundial el imperio británico, aunque tambaleante, era aún dominante. Por lo tanto, había interés en que no se situara la sede de las nuevas instituciones financieras en Londres, al lado de la primera plaza financiera, la City londinense. La segunda parte de la argumentación también fue oportuna puesto que, en Nueva York, Wall Street era sinónimo de la dominación del mundo de los negocios que había producido la catástrofe de 1929. En el fondo, efectivamente Morgenthau quería, como había declarado, establecer el centro de las nuevas instituciones financieras bajo el control del Tesoro y guardar las distancias con Wall Street. Por cierto, Henry Morgenthau, Harry White y Emilio Collado se retiraron o fueron despedidos debido a la presión de Wall Street. En realidad, las instituciones de Bretton Wood cayeron muy pronto bajo la tutela de Wall Street y del Tesoro (de hecho, desde 1947).
Por otra parte, de los doce presidentes del Banco Mundial que se sucedieron desde 1946 a 2014, ocho, incluido el primero, provenían directamente del mundo de los negocios
Para evitar una influencia demasiado fuerte del gobierno de Estados Unidos sobre el comité de dirección del Banco, Keynes deseaba que sus miembros (los directores ejecutivos) dividieran su actividad entre su país de origen y la sede del Banco, por lo que propuso que trabajaran a tiempo parcial. Sin embargo, se impuso la propuesta del Tesoro: los directores ejecutivos tienen residencia permanente en Washington y las sedes de ambas instituciones (BM y FMI) están a cinco minutos a pie de la Casa Blanca.
Cuando se votó en el Congreso de Estados Unidos la participación del país en el Banco Mundial y en el FMI, ésta se aprobó por una mayoría aplastante (345 contra 18 en la Cámara de Representantes; 61 contra 16 en el Senado), lo que no era habitual. Ello demuestra claramente que el Congreso estaba muy satisfecho de las decisiones tomadas en la construcción de ambas instituciones.
A pesar de que el Banco había sido concebido principalmente para la reconstrucción de los países devastados por la segunda guerra mundial, Estados Unidos prefirió lanzar por su cuenta el Plan Marshall puesto que así controlaría totalmente el mercado de las operaciones y de ese modo podría dispensar donaciones a quien mejor le pareciera.
Aunque en definitiva su papel haya sido marginal, en cuanto a la reconstrucción de Europa, de todos modos el Banco Mundial concedió algunos préstamos a ciertos países europeos, siendo el primero de su historia el préstamo a Francia de 250 millones de dólares en mayo de 1947.
Según Catherine Gwin, el gobierno estadounidense se oponía a que el Banco concediera un préstamo a Francia mientras el Partido Comunista Francés (PCF) formara parte de su gobierno. El Departamento de Estado hizo una gestión explícita y formal en ese sentido, y el PCF fue separado de la coalición gubernamental; pocos días después, el representante del Banco Mundial anunció que se había otorgado el préstamo de 250 millones de dólares. Este hecho evidencia la influencia directa ejercida por el ejecutivo de Estados Unidos sobre el Banco y los fines políticos que estaban detrás de esta intervención. En el mismo trabajo, la autora señala que en 1947, Estados Unidos intervino con éxito para impedir la concesión de préstamos a Polonia y a Checoslovaquia porque en los gobiernos de dichos países había comunistas.
Desde el comienzo de sus actividades, la política del Banco Mundial estuvo determinada por el marco de la guerra fría y la orientación de Estados Unidos en ese escenario. El presidente del Banco Mundial ha sido siempre un ciudadano estadounidense propuesto por el gobierno de su país. Desde su origen hasta hoy, el presidente del Banco Mundial ha sido un ciudadano estadounidense propuesto por su gobierno. Los miembros del Consejo de Gobernadores se limitan a ratificar el candidato presentado por el gobierno de Estados Unidos. Es un privilegio que no figura en los estatutos del Banco. Aunque éstos lo permiten, en ningún momento, hasta ahora, un gobernador del Banco Mundial se aventuró —en todo caso, públicamente— a proponer un candidato de otro país, o incluso uno estadounidense que no fuese el seleccionado por el gobierno.

El derecho de veto de Estados Unidos en el Banco Mundial

Desde el comienzo, Estados Unidos es el único país miembro que dispone de derecho de veto en el Banco Mundial. Cuando se creó el Banco, Estado Unidos disponía del 35,07 % de los derechos de voto. Desde la última modificación de los derechos de voto, en el año 2013, dispone del 15,85 %. En un principio, en 1947, año en el que el Banco comenzó su actividad, la mayoría requerida para modificar los estatutos era del 80 % (en manos de por lo menos el 60 % de los países miembros), lo que daba a Estados Unidos un derecho de veto. La oleada de países del Sur que se independizaban aumentaba el número de países miembros del grupo del Banco Mundial, diluyendo progresivamente el peso en votos de Estados Unidos. Pero tuvo la precaución de mantener su privilegio: en 1966, no tenía más que el 25,5 % de los derechos de voto, pero aún así era suficiente.
Cuando, en 1987, esta posición ya no era sostenible, se modificó la definición de la mayoría cualificada a su favor, En efecto, aquel año, Japón |19| negociaba con Estados Unidos un aumento significativo de sus derechos de voto, que lo colocaba en la segunda posición, delante de Alemania y el Reino Unido. Para conceder este aumento a su aliado, Estados Unidos aceptó una reducción de sus derechos de voto con la condición de que la mayoría requerida se llevara al 85 %. De esta manera, a la vez que satisfacía el pedido de Japón, Estados Unidos mantenía su derecho de veto.
Según Catherine Gwin, «Estados Unidos es también el miembro dominante en la dirección del Banco y no sólo porque es su principal accionista. Formalmente, la mayor parte de las decisiones del Banco, incluidas las que se refieren a los préstamos y a la concesión de éstos, requieren una mayoría simple.» Lo que significa que podría quedar en minoría. Pero la autora prosigue: «… sin embargo, las decisiones a menudo preparadas entre Estados Unidos y la dirección del Banco, incluso antes de que lleguen al Consejo de Administración, o entre los miembros del Consejo antes de que sean llamados a votar. Por lo tanto, es el peso de su influencia más que el ejercicio de su voto lo que da a Estados Unidos un poder efectivo sobre la dirección».

La influencia de Estados Unidos sobre el Banco en casos concretos

Veamos ahora los casos de cinco países que demuestran la influencia de Estados Unidos en las decisiones tomadas por el Banco. A tal efecto, nos basamos en los dos libros comanditados por el Banco Mundial para ilustrar su propia historia, así como en sus informes anuales, que contrastamos con otras fuentes, en general críticas con el Banco. La elección no fue fácil, dado que disponemos de una profusión de ejemplos. De hecho, según los libros mencionados, los casos en los que la opinión del gobierno de Estados Unidos no se impuso se cuentan con los dedos de una mano.

Nicaragua y Guatemala

América Central es considerada por el gobierno de Estados Unidos como una parte de su zona de influencia exclusiva. La política seguida por el Banco Mundial en término de préstamos a los países de la región ha estado directamente influenciada por las opciones políticas de Washington. El caso de Nicaragua y Guatemala, durante los años '50, es completamente claro. «Uno de los principales países prestatarios, desde el punto de vista del número de préstamos, era Nicaragua, un país de un millón de habitantes controlado por la familia Somoza. “Washington y los Somoza consideraban que su relación era mutuamente beneficiosa. Estados Unidos apoyaba a los Somoza y éstos apoyaban a Estados Unidos en las votaciones en las Naciones Unidas o en los organismos regionales. Somoza había ofrecido el territorio nicaragüense como base de entrenamiento y de partida de las fuerzas cubanas en el exilio, que en 1961 participaron en el desastre de la Bahía de Cochinos. Entre 1951 y 1956, Nicaragua recibió nueve préstamos del Banco Mundial y otro en 1960. En 1953 se instaló una base militar estadounidense, desde la cual se lanzó la operación de la Central Intelligence Agency (CIA) que permitió la destitución del presidente guatemalteco Jacobo Arbenz, que había legalizado el Partido Comunista de Guatemala y amenazaba con expropiar los haberes de la United Fruit Company. La propia Guatemala, con un población tres veces superior a la de Nicaragua, y aunque había sido uno de los países que recibieron una misión de estudio del Banco (publicada en 1951), tuvo que esperar hasta 1955 para recibir su primer préstamo, después de la caída de su régimen “comunista”.»
Después de la caída de Somoza, en 1979, Estados Unidos intentó por diferentes medios políticos, económicos y militares desestabilizar y luego derribar al nuevo gobierno sandinista. Esto llevó a Nicaragua a presentar un recurso contra Estados Unidos ante el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, que en 1986 emitió un dictamen que condenaba a Estados Unidos por violación de las obligaciones impuestas por el derecho internacional, en particular la prohibición del empleo de la fuerza (art. 2 §4 de la Carta de las Naciones Unidas) y de atentar contra la soberanía de otro Estado.
En cuanto a la actitud del Banco con respecto al régimen sandinista en los años 1980 y la influencia ejercida sobre la institución por el gobierno de Estados Unidos, citemos aquí un párrafo del trabajo de Catherine Gwin: «La Nicaragua de los años 1980 constituye un ejemplo reciente que demuestra que la negativa del Banco a prestarle coincide claramente con la política de Estados Unidos. La razón invocada para suspender los préstamos era la acumulación de atrasos. Sin embargo, el gobierno nicaragüense había propuesto formalmente, en 1984, una solución a este problema.» La autora detalla las propuestas concretas formuladas por Nicaragua y explica cómo, aunque éstas eran procedentes, el Banco no hizo ningún esfuerzo para ayudar al régimen sandinista. Y señala que esto contrasta con la flexibilidad mostrada por el Banco con respecto a otros regímenes, aliados de Estados Unidos.

Yugoslavia

Con el fin de reforzar la distancia tomada por el régimen del mariscal Tito con respecto a la Unión Soviética, el gobierno estadounidense instó al Banco a conceder un préstamo a Yugoslavia a finales de los años 1940. Como se señala en la cita siguiente, prefería que la ayuda a la Yugoslavia de Tito se hiciera a través del Banco Mundial, y no que se tramitara directamente como una ayuda bilateral, ya que temía ser atacado en el Congreso por los numerosos representantes que se oponían al apoyo a un régimen comunista: «El Banco prestó a Yugoslavia justo después de su ruptura con el bloque soviético, en 1948. George Kennan recomendó un apoyo discreto y no ostentoso por parte de Occidente, temiendo la reacción rusa y consciente de que el Congreso no querría apoyar a un país comunista. El Banco Mundial era una vía adecuada para desempeñar tal papel, y una misión partió para Belgrado al año siguiente.» El presidente del Banco, Eugene R. Black, viajó para negociar personalmente con el mariscal Tito.

Chile

Tras la elección de Salvador Allende en 1969 y la instalación del gobierno de Unidad Popular, el Banco, bajo la presión de Washington, suspendió sus préstamos a Chile entre 1970 y 1973. El caso de Chile muestra que puede haber discrepancias entre la opinión del Banco y la posición del gobierno de Estados Unidos, aunque, finalmente, éste logre imponerse. La dirección del Banco consideraba que Chile reunía las condiciones para concederle préstamos. No obstante, el gobierno estadounidense consiguió que no se otorgara ninguno al gobierno de Salvador Allende. Catherine Gwin resume así este caso emblemático: «Estados Unidos presionó al Banco para que no prestara al gobierno de Allende después de la nacionalización de la minas de cobre chilenas. A pesar de la presión, el Banco envió una misión a Santiago (habiendo determinado que Chile adoptaba una actitud conforme a las reglas del Banco, que preveían que para conceder un préstamo, después de una nacionalización, estuvieran en curso los procedimientos para la indemnización). Robert McNamara se reunió enseguida con Allende para comunicarle que el Banco estaba dispuesto a conceder nuevos préstamos con la condición de que el gobierno estuviera dispuesto a reformar la economía. Pero el Banco y el régimen de Allende no pudieron ponerse de acuerdo sobre los términos de un nuevo préstamo. Durante el período de la presidencia de Allende, Chile no recibió ningún préstamo. Justo después del asesinato de Allende, en 1973, por un golpe de Estado que llevó al poder la dictadura militar del general Pinochet, el Banco reanudó los préstamos, otorgando un crédito a 15 años para el desarrollo de las minas de cobre. La suspensión de los préstamos en 1970-1973 se menciona en el informe del Tesoro del año 1982 como un ejemplo significativo del ejercicio fructífero de la influencia de Estados Unidos sobre el Banco. Y aunque el Banco hubiera dado su principio de acuerdo para un nuevo préstamo en junio de 1973, las propuestas de préstamos no fueron tomadas en consideración por el comité de dirección hasta después del golpe de Estado de septiembre, que llevó al poder al general Pinochet.»
Para completar la información, señalemos que en los archivos del Banco Mundial se encuentra un documento donde el gobierno chileno, con ocasión de la reunión del Banco de septiembre de 1972, protesta por la suspensión de los préstamos e indica que unos proyectos elaborados habían sido presentados al Banco. Debido a la presión de Estados Unidos, el Banco no le dio trámite mientras Allende siguiera en el poder. Diversos documentos de trabajo internos del Banco tratan de manera crítica la política del Banco hacia el Chile de Allende y el de Pinochet.
Unos diez años más tarde, mientras las atrocidades cometidas por el régimen de Pinochet provocaban vivas protestas en Estados Unidos, incluso en el seno del Congreso, el gobierno estadounidense solicitó al Banco que organizara una discusión sobre la concesión de un préstamo a Chile, de tal manera que evitara la oposición del Congreso. Esta solicitud fue rechazada por el presidente del Banco, Barber Conable, en una nota dirigida a James Baker, por entonces vicesecretario del Tesoro, el 29 de octubre de 1986. Se puede conjeturar que el pedido del gobierno no era más que una concesión de fachada dirigida a la opinión pública, de manera que apareciese sensible a las preocupaciones democráticas expresadas, sabiendo que en un reparto bien lubricado de los papeles, el presidente del Banco mantendría el rumbo político preconizado por el gobierno. «Todos» salían ganando.

Vietnam

Desde los años 1960 hasta el fin de la guerra de Vietnam en 1975, Estados Unidos presionó al Banco para que, por medio de su rama AID, concediera regularmente préstamos al régimen aliado de Vietnam del Sur. Tras el fin de la guerra y la derrota de Estados Unidos, el Banco Mundial envió dos misiones de estudio sucesivas, las que concluyeron que las autoridades vietnamitas, aunque no siguieran una política económica del todo satisfactoria, cumplían las condiciones para recibir préstamos. Shaid Husain, director de la misión del Banco, precisó que los resultados económicos de Vietnam no eran inferiores a los de Bangladesh o de Pakistán, países ayudados por el Banco. A pesar de esto, la dirección del Banco, bajo la presión de Estados Unidos, suspendió los préstamos a Vietnam, y su presidente, Robert McNamara, afirmó en el semanario Newsweek (20 de agosto de 1979) que la suspensión había sido determinada sobre la base del informe negativo de la misión. Una afirmación falsa, como destaca Catherin Gwin: «Las conclusiones de la misión, al contrario de lo que McNamara dijo públicamente en Newsweek, eran que no había fundamentos sólidos para cortar los préstamos a Vietnam.»

Conclusión sobre los casos concretos de determinados países

La dirección del Banco Mundial justifica la concesión o la negación de préstamos por razones puramente económicas. Pero como hemos visto, en realidad la política de préstamos está determinada, sobre todo, por la intervención del gobierno estadounidense, basada principalmente en objetivos políticos. Esto no quiere decir que los objetivos económicos no tengan importancia, sino que están subordinados o son complementarios a decisiones políticas y estratégicas.
Catherine Gwin, que defiende el balance globalmente positivo de la influencia de Estados Unidos sobre el Banco, desde el punto de vista del gobierno de Washington, hace un análisis riguroso, donde no oculta los aspectos contradictorios de la política tanto del Banco como de Estados Unidos. En ese sentido, el párrafo siguiente adquiere un relieve particularmente interesante: «Sin duda, no es obligatorio cuestionar la evaluación que hizo el Banco sobre la situación económica del Chile de Allende, de Vietnam o de la Nicaragua de los sandinistas, pero también es interesante destacar que unos juicios tan negativos se podrían haber emitido con respecto a la Nicaragua de los Somoza, a las Filipinas de Marcos o al Zaire de Mobutu, unos regímenes que eran aliados importantes de Estados Unidos en el escenario de la guerra fría.»

La influencia de Estados Unidos en materia de préstamos sectoriales

A partir de los años 70, el gobierno estadounidense aplicó sistemáticamente su influencia para tratar de convencer al Banco de que no concediera préstamos destinados a apoyar la producción de mercaderías que competirían con las producidas en Estados Unidos. Fue así como Estados Unidos se opuso con regularidad a la producción de aceite de palma, de cítricos y de azúcar. Y también logró que el Banco redujera drásticamente en 1987 los préstamos acordados a la industria siderúrgica de la India y de Pakistán. En 1985, se opuso también con éxito a un proyecto de inversión de la Sociedad Financiera Internacional (SFI – grupo Banco Mundial) en la siderurgia brasileña, y más tarde a otro préstamo del Banco para ayudar a la reestructuración del sector siderúrgico de México. Así mismo, en los años 1980 amenazó con emplear su derecho de veto en un préstamo para la siderurgia china. También bloqueó un préstamo de la SFI a una compañía minera para la extracción de mineral de hierro en Brasil. E hizo lo mismo con una inversión de la SFI en la industria del cobre en Chile.
Estados Unidos ejerció, de la misma forma y activamente, su influencia sobre el Banco en su política con respecto al sector petrolero El gobierno estadounidense está de acuerdo en los préstamos para favorecer las perforaciones pero no para su refinado. Esto no necesita comentarios.

Convergencias entre Estados Unidos y otra potencia (en este caso el Reino Unido)

Muchas veces, los intereses de Estados Unidos han coincidido con los de otras potencias. En esos casos, la actitud adoptada por el Banco fue el resultado de estrechas concertaciones entre Estados Unidos, la o las otras potencias concernidas y el Banco Mundial. Dos ejemplos: uno, la actitud del Banco con respecto al proyecto de construcción de la presa de Asuán bajo el régimen de Gamal Abdel Nasser en Egipto; y el otro, la que adoptó con Iraq después de la ocupación de su territorio por las tropas de Estados Unidos, Reino Unido y sus aliados, a partir de marzo de 2003.

El proyecto de la presa de Asuán en Egipto

El proyecto de construcción de la represa de Asuán en el Nilo es anterior al acceso al poder del coronel Nasser, en 1952, pero durante ese año tomó forma definitiva. En enero de 1953, el ministro de finanzas egipcio escribió al presidente del Banco Mundial, Eugene Black, proponiéndole la cofinanciación de ese gigantesco proyecto. Aunque la realización de esa obra de infraestructura se ajustaba a las prioridades del Banco, su dirección era reticente a comprometerse plenamente, dado que el Reino Unido, en ese momento la segunda potencia en derechos de voto en el seno del consejo de gobernadores del Banco, consideraba que el régimen de los militares progresistas era una amenaza para sus intereses estratégicos. En efecto, los militares egipcios en el poder cuestionaban la ocupación del canal de Suez por las tropas británicas. El presidente Eugene Black se desplazó personalmente a Egipto para discutir el proyecto, el Banco envió ingenieros, etc. El proyecto preveía una represa con una capacidad de 130.000 millones de metros cúbicos, cuatro veces mayor que la de los mayores embalses artificiales existentes. La magnitud de la obra ofrecía enormes perspectivas a las empresas constructoras internacionales.
Las negociaciones entre Egipto y el Reino Unido para la retirada de las tropas británicas llegaron a un acuerdo, lo cual redujo las reticencias de Londres y las presiones que ejercía sobre la dirección del Banco para que no financiara el proyecto. En consecuencia, los gobiernos estadounidense y británico dieron luz verde a la dirección del Banco para iniciar las negociaciones, pero fijaron restricciones, dividiendo la realización del proyecto en dos fases: se garantizaba la financiación de la primera fase, mientras que la de la segunda dependía de la evolución política de las autoridades egipcias. Por supuesto, esto no estaba explicitado en los acuerdos, pero fue así como lo interpretó el gobierno egipcio. Los egipcios querían comenzar los trabajos en julio de 1957, lo que implicaba firmar el contrato en julio de 1956. Por lo tanto, solicitaron al Banco que confirmara lo más pronto posible el acuerdo de financiación.
En diciembre de 1955, la reunión de los directores ejecutivos del Banco dio luz verde a Eugene Black para que avanzara en las negociaciones con los egipcios, sobre la base de las condiciones definidas por los gobiernos estadounidense y británico. Los egipcios recibieron con frialdad las condiciones del Banco. En el ínterin, las autoridades británicas se enteraron de que los egipcios habían firmado un acuerdo comercial con la Unión Soviética con el objetivo de intercambiar algodón por armas. Los historiadores Mason y Asher comentan la entrada en escena de la Unión Soviética de la manera siguiente: «Estas maniobras habían aumentado el deseo de las potencias occidentales de estar asociadas a la represa.» Eugene Black, antes de viajar a El Cairo para sellar el acuerdo con los egipcios, se puso en contacto con el gobierno de Estados Unidos, que confirmó su beneplácito. De camino para El Cairo, también se reunió con el primer ministro británico en Londres. Después de diez días de negociaciones en la capital egipcia, aún quedaba un punto fundamental de desacuerdo: los egipcios no aceptaban las condiciones fijadas por Estados Unidos y el Reino Unido. A su regreso a Washington, Eugene Black propuso continuar la negociación, puesto que quería llegar a un acuerdo. En cambio, del lado de Washington y, sobre todo, de Londres volvían a crecer las reticencias debido a la orientación nacionalista pan-árabe del régimen egipcio. La oposición de los británicos aumentó aún más cuando el rey de Jordania despidió, el 1 de marzo de 1956, a todo el mando británico de la región. Black se encontraba cada vez más aislado, pero los gobiernos le permitían proseguir la negociación, dando a entender que se podría llegar a un acuerdo, aunque según la opinión de los historiadores del Banco la decisión de rechazo ya estaba tomada.
A principios de julio de 1956, gracias a su voluntad de negociación, Black logró que el primer ministro egipcio, Nasser, declarara que aceptaba las condiciones fijadas por las potencias occidentales. De todos modos, cuando el embajador egipcio hizo saber oficialmente, el 19 de julio de 1956, que Egipto daba su acuerdo, el gobierno de Estados Unidos respondió que, dadas las circunstancias presentes, había decidido no participar en la financiación de la represa de Asuán. El 20 de julio, el Parlamento británico fue informado de que el gobierno se retiraba del proyecto. Mason y Asher precisan que el Departamento de Estado había comunicado al Banco su decisión de retirarse del proyecto sólo aproximadamente una hora antes de la comunicación oficial al embajador egipcio. Agregan que en dicho comunicado Estados Unidos se escudaba en un informe negativo del Banco basado en razones económicas. Mientras la versión impresa del texto ya circulaba por las cancillerías, el presidente del Banco logró que el gobierno estadounidense retirara ese argumento del texto entregado a la prensa.
Volviendo a las consecuencias políticas fundamentales, recurramos de nueva a la opinión de Mason y Asher: «La continuación dramática es conocida. El 26 de julio de 1956, el primer ministro Nasser anunció que el gobierno nacionalizaba y asumía el control de las operaciones de la Compañía del Canal de Suez. El 29 de octubre, después de una serie de incidentes fronterizos, las tropas israelíes invadieron Egipto, y el 2 de diciembre comenzó la acción militar francobritánica con el supuesto fin de proteger la zona del canal, pero, para muchos observadores, el verdadero objetivo era derrocar al primer ministro Nasser»
El caso de la represa de Asuán muestra cómo el gobierno de Estados Unidos puede unir sus esfuerzos a los de otro gobierno para ejercer una influencia sobre el Banco Mundial cuando sus intereses coinciden. Muestra así mismo que Estados Unidos puede escudarse detrás de un supuesto rechazo del Banco para oponerse a un proyecto, atribuyéndole al mismo tiempo la culpa del fracaso.
En un número limitado de casos, el gobierno de Estados Unidos permitió que otras potencias sacaran ventaja de su poder de influencia sobre el Banco. Esto ha pasado cuando sus intereses estratégicos no estaban directamente en juego. Así fue cómo Francia pudo usar su influencia en el Banco para que éste adoptara una política conforme a los intereses «franceses», por ejemplo en lo concerniente a Costa de Marfil. Texto: Eric Toussaint. Ver: PARTE 2.