19 jun 2016

Medios, ¿el cuarto poder? (Parte I de II)

Los medios de comunicación y su influencia en la vida cotidiana.

De acuerdo a nuestra tradición occidental la realidad es una, dada desde siempre, puesta ahí en forma indubitable a la espera que el ser humano se contacte con ella. La realidad, en definitiva, existe independientemente del sujeto que se relaciona con ella. En ese marco, la verdad, siguiendo las enseñanzas aristotélicas y los teólogos medievales, es la “adecuación del sujeto que conoce con la cosa conocida”. La cosa, la realidad, está siempre ahí a la espera que el sujeto se dirija a ella para aprehenderla, para conocerla a través de sus sentidos y la razón. Esa fue la idea dominante por dos milenios en nuestra tradición cultural, y es la concepción que sigue prevaleciendo en el sentido común. El peso está puesto en la realidad objetiva.
En el Renacimiento, con el cambio de paradigmas que comienza a tener lugar en ese momento histórico de la humanidad, la noción de la realidad va variando. Con el mundo moderno que se empieza a construir a partir del nuevo ideal de ciencia copernicana, la realidad va a pasar ser “construcción”, es decir: producto de la forma en que el sujeto se relaciona con la cosa. La realidad deja de ser una, única, inobjetable. Llegados a nuestros días con un pensamiento cada vez más centrado en el sujeto, interesa fundamentalmente el proceso de “construcción” de esa realidad. Los datos de las distintas ciencias sociales y de una epistemología que rompe vínculos con la tradición aristotélica ponen el énfasis en la relatividad de la realidad: la misma pasa a ser entendida como construcción histórica, por tanto cambiante, variada, siempre relativa. El peso, ahora, está puesto en el sujeto y en las relaciones que establece con la cosa. Así como una botella está medio vacía o medio llena, según el punto de vista, así comienza a entenderse esta nueva visión de la realidad. La verdad deja de ser un absoluto.


Todo esto nos sirve para entender que la realidad de la que queremos hablar en términos político-sociales es una realidad “construida”, no absoluta, no terminada. Lo político, en tanto la esfera donde se juegan las relaciones de poder entre grupos humanos, no es una realidad dada de antemano, única e indubitable. Esa realidad política es producto de una historia, y por tanto, es cambiante, dinámica, en perpetuo movimiento. En esa construcción, más allá de la bienintencionada idea de paz y rechazo de la violencia, el conflicto juega un papel determinante. La historia, la realidad política en definitiva, es producto de una conflictividad estructural. La realidad política tiene que ver con el juego de los poderes que se van estableciendo, los cuales están en continuo cambio. La forma en que percibimos esa realidad no es nunca ni ingenua ni neutra. Lo que sabemos de esa realidad política -que es una realidad social, por tanto determinada por factores sociales, económicos en principio, así como culturales en sentido amplio- es siempre una construcción hecha desde el ejercicio de poderes. Lo que pensamos, sabemos, decimos de esa realidad, es lo que quien detenta la mayor cuota de poder social piensa.
El pensamiento político es el reflejo de las luchas de poder que estructuran toda sociedad, y que le dan su dinámica. Este pensar, en general, ha sido patrimonio de un pequeño grupo de pensadores -en general plegados a los poderes dominantes- que piensan, organizan y dan forma a lo que luego las grandes mayorías repiten. En relación a esto, algo inédito en la historia y que viene marcando una tendencia cultural ya desde inicios del siglo XX es el papel que juegan los modernos medios masivos de comunicación. Lo que la gran mayoría piensa, o más correctamente repite en términos políticos-ideológicos, cada vez más proviene de esos medios comunicacionales: prensa escrita primero, luego radio, después la televisión con una fuerza arrolladora, actualmente toda la diversidad de medios audiovisuales: internet, videojuegos. Estos llamados “mass-media” han ido creciendo hasta convertirse en una especie de nuevo medio ambiente creando una inversión que hace que para muchas personas ya no haya otra realidad relevante que la que esos medios producen.

Según una publicación de la empresa encuestadora Gallup, estadounidense y para nada sospechosa de pensamiento crítico con ideología de izquierda, el 85% de lo que un adulto urbano término medio “sabe” hoy día de su realidad política proviene de esos medios masivos de comunicación, de la televisión ante todo. Es ya sabido, es una frase hecha -pero no por ello menos importante- aquello de “si no está en la televisión no existe”.
Esa es nuestra realidad política actual: los medios de comunicación, tradicionalmente el “cuarto poder”, han subido drásticamente de categoría. Hoy día son uno de los factores del poder mismo, construyendo la realidad político-ideológica a escala planetaria. Muy buena parte de nuestras apreciaciones sobre esa realidad son los productos prefabricados que esas usinas culturales elaboran, cada vez con mayor sutileza, con mayor esmero.
La evolución de los medios de comunicación ha estado siempre asociada a las distintas revoluciones tecnológicas, así la imprenta precedió al motor de vapor, la radio a la televisión, el ferrocarril a los automóviles, el telégrafo al teléfono, etc. De igual forma la expresión oral precedió a los manuscritos mediante el pergamino que podía mostrar texto y miniaturas ilustradas. Primero se transmitían sonidos, luego sonidos e imágenes. Hasta llegar al nuevo medio de transmisión de información, a saber: internet. Ha sido un medio que empezó transmitiendo sólo texto, luego imágenes, sonido, hasta llegar al lugar que ocupa en la actualidad.


TV: un ejemplo de “diosa todopoderosa” en la comunicación

Para entender este poder que detentan los medios, nos vamos a permitir hacer un pequeño recorrido por el medio de comunicación que más ha impactado a escala global en la población: la televisión. Sin dudas, ella es uno de los inventos que más ha influido en la historia de la humanidad. Su importancia es tremendamente grande, dado que influye en los cimientos mismos de la civilización: es la expresión máxima de los medios masivos de comunicación, por tanto es parte medular de la cultura, de esta sociedad que llamamos ahora “sociedad de la información y la comunicación”. Lo es, de hecho, en forma cada vez más omnipresente, más avasallante. Sin temor a equivocarnos podemos decir que el siglo XXI será el siglo de la cultura de la imagen, de la pantalla, cultura que ya se entronizó en las pasadas décadas del siglo XX y que, tal como se ven las cosas, parece afianzarse cada vez con más fuerza sin posibilidad de retroceso. El “¡no piense, mire la pantalla!” parece haber llegado para quedarse. Hoy día esa pantalla ya no es sólo la televisión; ahí tenemos también la de los teléfonos celulares, la de las agendas electrónicas, las sofisticaciones de plasma líquido que nos invitan por todas partes a quedar anonadados. En definitiva: la imagen nos va envolviendo cada vez más siguiendo el modelo televisivo.
Cuando la televisión se masificó se inició también el debate sobre si, por fin, este medio encarnaría el sueño de educación al alcance de toda la población, información veraz y objetiva sobre la realidad mundial, cultura para todos, programas de debate, aporte a las ciencias y a las artes. Pero ya con varias décadas de desarrollo parece que ninguno de estos ideales se ha realizado (quizá a través de ningún medio sucedió, pero con la televisión menos aún).
A medida que pasa el tiempo la televisión es más criticada pero, al mismo tiempo, más consumida. Prácticamente desde su aparición misma no fue un medio informativo y educativo sino que se constituyó en objeto de entretenimiento para terminar siendo el centro de todo hogar moderno. De la misma manera en que no se piensa dos veces si se compra una cocina o una cama cuando una pareja de recién casados estrena residencia o cuando un joven se independiza, tampoco se puede dejar de pensar en comprar un televisor. Hoy día, incluso, en los hogares de clase media ya es “obligado” más de un aparato. Este objeto se ha convertido en una parte esencial de la vida de todos los seres humanos, ricos y pobres, urbanos o rurales, varones o mujeres, jóvenes o adultos. Se calcula que actualmente están funcionando no menos de 2,000 millones de aparatos televisivos, y la tendencia es seguir creciendo.


La televisión construye un mundo virtual muy especial. La fuerza de las imágenes hace que a menudo reciban un estatus de realidad superior a la realidad misma. En las modernas sociedades masificadas, aglomerándose enormes cantidades de seres humanos pero estando paradójicamente muy separados unos de otros dados los patrones de individualismo y consumismo hedonista que la sociedad actual ha impuesto -“es más fácil para la mayor parte de la gente encontrar un dinosaurio que un vecino”, dijo sarcásticamente Alain Touraine (1)-, al mirar todas esas personas las mismas imágenes en forma simultánea, la televisión consigue ser el referente más potente de validación y estandarización de la realidad. El punto de partida para entender esto es la dificultad que el sistema nervioso en su conjunto tiene para distinguir las imágenes de la realidad de las imágenes virtuales o de representación de la realidad. Por eso lloramos viendo una película de ficción o nos emocionamos con los anuncios de bebidas. El cerebro ha ido evolucionando en los organismos más complejos, incluida la especie humana, basándose en la credulidad de lo que ve. Todo el mundo sabe que añadir una imagen a una noticia cualquiera le confiere un carácter de más veracidad. Las informaciones icónicas producen en el cerebro la sensación de ser algo intrínsecamente creíble. A lo largo de la evolución no ha sido necesario desarrollar la capacidad de discriminar las imágenes virtuales de las reales, puesto que las primeras no existían o eran poco relevantes (espejismos, reflejos en el agua). La aparición de la realidad virtual cambió en muy buena medida la historia humana.
La memoria aún tiene más dificultades para distinguir la procedencia de las imágenes mentales que posee. ¿De dónde me viene la idea que tengo de la nieve viviendo en el trópico, de mi experiencia o de las películas que he visto? Y la idea de la Edad Media, ¿de mi imaginación, de los textos que he leído o de las imágenes que he visto? ¿Y la idea de un sindicalista? ¿La de los indígenas? ¿Y la de la guerra? ¿Cómo llegamos a los conceptos de los “buenos” y los “malos”? (los primeros, siempre blancos; los segundos: negros, indios, musulmanes). Es necesario insistir en esto: la televisión influye más sobre la humanidad que todo el arsenal nuclear. La televisión crea la realidad cultural en la que nos desenvolvemos, hoy día con más fuerza que la familia, las iglesias o la escuela formal.
La dificultad para distinguir entre imágenes reales y virtuales, junto con el aislamiento social y la cantidad de tiempo dedicado a ver la televisión (en promedio: dos horas diarias un adulto y cuatro horas y media un niño) borra las fronteras entre realidad y ficción e invierte el referente para conocer quiénes somos, cómo es la realidad y cuál es el mundo deseable. Por supuesto, a los círculos que detentan el poder esto les viene como anillo al dedo. Por eso, seguramente, se dio el crecimiento exponencial de la televisión como pocos, o como ningún otro avance científico del siglo XX. Y en esa línea se hallan todos los dispositivos audiovisuales; el internet ya se perfila como, sino que ya es, uno de los núcleos principales en torno al que se tejerá la vida para el siglo XXI.
Para mantener la atención, el negocio televisivo transforma todo lo que trata en espectáculo, en show, para decirlo en la lengua dominante. El discurso político, el conocimiento, el conflicto, el temor, la muerte, la guerra, el sexo, la destrucción pasan a ser fundamentalmente espectáculo, comedia, show farandulesco. El espectador es acostumbrado a ver el mundo sin actuar sobre él. Al separar la información de la ejecución, al contemplar un mundo mosaico en el que no se perciben las relaciones, se crea un estado de aturdimiento, indefensión y modorra en el que crece con facilidad la parálisis social. Como tecnología de implantación de imágenes en el sistema nervioso central, la televisión permite hablar directamente al interior de la subjetividad de millones de personas y depositar en ella imágenes (que difícilmente se pueden modificar) capaces de lograr que la gente haga lo que de otra manera nunca hubiera pensado hacer. (No olvidemos la ley de Galbraith (1958): “se publicita lo que no se necesita” (2)). ¿Cómo conseguir suprimir las numerosas maneras diferentes de comer que había en los distintos territorios y culturas y sustituirlas (en una tercera parte del planeta) por unas hamburguesas o un vaso de bebida gaseosa? Sólo una tecnología como la televisión es capaz de lograrlo con la eficacia mostrada en el escaso margen de pocas generaciones, cosas que no logró ninguna iglesia ni ningún partido político. Aunque la televisión se inventó en los años 20 del pasado siglo, se desarrolló como tecnología de implantación masiva de imágenes coincidiendo con el período de mayor bonanza y acumulación capitalista tras la segunda guerra mundial, liderada por la gran potencia hegemónica de ese entonces: Estados Unidos.


Hacia una cultura de la imagen

La cultura audiovisual que la televisión, y hoy día los otros medios digitales (videojuegos, internet), han ido creando una cultura donde se invierte la evolución de lo sensible a lo inteligible, alterando la relación entre entender y ver, distorsionando en buena medida la comprensión del mundo, dificultando la capacidad de abstracción, y por tanto, de actuar sobre la realidad. La humanidad no es “más tonta” desde que ve televisión, sin dudas; pero es más manejable, más manipulable. El primado de la imagen lo permite.
El video-dependiente término medio, de televisión o de las nuevas tecnologías que entronizan la imagen -es decir: cada vez más gente en el planeta- tiene menos sentido crítico que quien no depende casi exclusivamente de las imágenes como fuente de conocimiento, de quien lee y piensa reflexivamente, críticamente. Es mucho menor el esfuerzo de ver que el de leer. Consideremos cómo es dejarse llevar por imágenes: se suceden unas a otras, el orden está fijado, se trata fragmentariamente cada tema y no hay espacio para reflexionar (es decir: para darle vueltas al asunto, para examinar el contexto global en que se produce un acontecimiento, integrarlo con otros aspectos de la realidad con los que interactúa, darse el tiempo para pensar en futuras acciones en relación al material recibido por los sentidos). Pero de todos modos es incorrecto achacar nuestros males y esta cultura “light” del “no piense y mire pasivamente” al avance tecnológico. Las nuevas tecnologías modelan las problemáticas y perfilan cambios en la constitución subjetiva, sin dudas; sin embargo el poder de creación, de innovar, de formar y participar en los procesos de transformación social sigue siendo exclusivamente responsabilidad nuestra, y como siempre, el vínculo interpersonal es el factor determinante en el desarrollo y uso de las potenciales capacidades intelectuales. La tecnología nos condiciona, pero el proyecto antropológico de base (“político”, si preferimos decirlo de otro modo) es el que decide cómo y para qué se usa ella. En otros términos: la ciudadanía sigue siendo lo fundamental, más allá de la tecnología que se utilice.
Vale aclarar muy enfáticamente que la “culpa” de los males del mundo no es de la televisión ni de los medios de comunicación en general, de esta tendencia al consumo de imágenes, de los medios digitales (televisión y toda la parafernalia que le sigue, el internet, la pantalla de los teléfonos celulares inteligentes y de los medios que podrán venir en un futuro en esta línea). También ellos, como instrumentos de enorme penetración, pueden servir para otros fines: para ampliar nuestro conocimiento, para mejorar nuestra condición. También la televisión, o los medios de comunicación en general, pueden ser un arma liberadora. De todos modos, las experiencias conocidas hasta la fecha abren algunos interrogantes.
Esto nos lleva a replantear la cultura de la imagen que está en la base de toda esta proliferación de medios masivos que cada vez van imponiéndose más. Como dijo Zbigniew Brzezinsky (1968) (3): “En la sociedad actual el rumbo lo marca la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caen fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotan de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón”. En otros términos: los medios de comunicación al servicio de los proyectos dominantes, de los poderes fácticos.


La humanidad no es más tonta desde que ve televisión, se decía más arriba, pues el núcleo del problema no está en el consumidor sino el productor. Lo que se busca enfatizar ahora es que ese productor de imágenes es cada vez más también un gran poder político. En los años 60 del pasado siglo el padre de la semiótica, el italiano Umberto Eco, decía que “quien detente los medios de comunicación detentará el poder” (4). Evidentemente, viendo cómo marchan las cosas actualmente, no se equivocaba.
Vale la pena aquí recordar lo dicho por el nazi Joseph Goebbels, padre de la manipulación mediática moderna: “¿A quién debe dirigirse la propaganda: a los intelectuales o a la masa menos instruida? ¡Debe dirigirse siempre y únicamente a la masa! (...) Toda propaganda debe ser popular y situar su nivel en el límite de las facultades de asimilación del más corto de alcances de entre aquellos a quienes se dirige [¿niño de seis años?]. (…) La facultad de asimilación de la masa es muy restringida, su entendimiento limitado; por el contrario, su falta de memoria es muy grande. Por lo tanto, toda propaganda eficaz debe limitarse a algunos puntos fuertes poco numerosos, e imponerlos a fuerza de fórmulas repetidas por tanto tiempo como sea necesario, para que el último de los oyentes sea también capaz de captar la idea”. (5)
No hay ninguna duda que la inmediatez y unidireccionalidad de los mensajes audiovisuales, de los que la televisión es el principal exponente, junto al cine, la foto, el internet o los videojuegos, generó una cultura de la imagen que hoy pareciera muy difícil, si no imposible, revertir. En la dinámica humana la conducta reiteradamente repetida termina creando hábito (“algunos puntos fuertes poco numerosos se imponen a fuerza de fórmulas repetidas” enseñaba el ministro de Propaganda del Tercer Reich. Igual que la intuición de Eco, tenía razón). La cultura de la imagen que hace años viene repitiéndose con fuerza creciente ya creó un hábito en todas las capas sociales en estas últimas generaciones, y hoy por hoy pareciera imposible desarmarla. Pero en esa cultura anida un límite intrínseco, quizá imposible de ser franqueado: no importa el tipo de programa televisivo que se presente, siempre el mirar la pantalla no permite una actitud crítica como sí posibilita, por ejemplo, la lectura. De todos modos, esa cultura de la imagen no parece que vaya a desaparecer. Por el contrario, llegó para quedarse, y ya ha formado un nuevo sujeto, que será con el que habrá que contar de aquí en más.
La actual cultura mediática (audiovisual en lo fundamental) es la que cada vez más viene condicionando el pensamiento político. Por eso el comunicador social tiene una cuota de poder tan importante en sus manos: sépalo o no, es un vehículo de capital influencia por el que se va creando la ciudadanía, la opinión pública, la ideología. “Pensamos” política e ideológicamente en términos pasivos lo que el “espectáculo mediático” nos presenta, sin mayores cuestionamientos: que “los musulmanes son todos unos fanáticos terroristas”, que “los narcotraficantes constituyen el nuevo demonio que mueve la política en nuestros narco-estados latinoamericanos”, que “las “temibles” maras son el principal problema de Centroamérica”, que “Osama Bin Laden manejaba buena parte del mundo desde una tenebrosa cueva en las montañas de Afganistán”, que estamos mal porque “los políticos corruptos se roban todo”. Y también, sin formulaciones críticas al respecto, que “la democracia” es un bien en sí mismo, que los países exitosos son tales porque han abrazado la democracia. Nuestro pensamiento, recordémoslo una vez más, muchas veces se moldea por poderes hegemónicos que imponen “lo que se debe pensar”. En el ámbito académico eso es descarnadamente cierto también, aunque debería ser el lugar de la crítica por excelencia. La cultura de la imagen lo barre todo: el “copia y pega” pareciera haber llegado para quedarse. ¿Y no son sino eso los noticieros que nos llenan la cabeza de “información”: copia de lo que se muestra en las pantallas de los dispositivos digitales y repetición acrítica? Texto: Marcelo Colussi. Ver también: ''Por una guerrilla semiológica'', y Parte II.
Notas:
1) Touraine, A. La transformación de las metrópolis. Versión digital disponible en: http://www.carlosmanzano.net/articulos/Touraine02.htm
2) Galbraith, J. La sociedad opulenta. (2008). Barcelona: Editorial Ariel.
3) Zbigniew Brzezinsky, The Technetronic Society, en Encounter, Vol. XXX, No. 1 (enero de 1968).
4) Eco, U. (1968) Para una guerrilla semiológica. Artículo reproducido en el libro de Eco, La estrategia de la ilusión, Lumen/de la Flor, 1987. Barcelona.
5) Goebbels, J. En un artículo publicado el 30 de abril de 1928 en “Der Angriff”, órgano de prensa del Nacional Socialismo.

El 'Sur' y la deuda externa (Parte I de III)

Las crisis de la deuda de la periferia están ligadas a las crisis que estallan en los países capitalistas más poderosos y son utilizadas para subordinar a algunos Estados. Lo que sigue es una puesta en perspectiva histórica de las crisis de la deuda de los países de la “periferia” desde el siglo XIX al XXI. Desde América Latina a China pasando por Grecia, Túnez, Egipto y el Imperio otomano, la deuda ha sido utilizada como un arma de dominación y un medio de acumulación de riqueza en beneficio de las clases dominantes. 
A partir de los años 1820, los gobiernos de los países latinoamericanos, recién salidos de las guerras de independencia, se lanzaron a una ola de préstamos. Los banqueros europeos buscaban con entusiasmo ocasiones de endeudar a estos nuevos Estados pues eso les era extremadamente beneficioso. En un primer momento, estos préstamos sirvieron a los esfuerzos de guerra para garantizar y reforzar la independencia. En los años 1820, los préstamos externos tomaban la forma de títulos de la deuda emitidos por los Estados por el intermedio de banqueros o de corredores de bolsa en Londres. Luego, a partir de los años 1830, atraídos por los altos rendimientos, los banqueros franceses se hicieron muy activos y entraron en competencia con la plaza financiera de Londres. En el curso de los decenios siguientes otras plazas financieras se sumaron a la competencia: Francfort, Berlín, Amsterdam, Milán, Viena… La forma utilizada por los banqueros para prestar a los Estados limitaba los riesgos a los que se exponían puesto que en caso de suspensión del pago de la deuda, eran los tenedores de títulos los directamente afectados. Habría sido de otra forma si los banqueros hubieran prestado directamente a los Estados. No obstante, cuando estos banqueros adquirían ellos mismos una parte de los títulos que vendían o que otros banqueros vendían se encontraban con dificultades en caso de no pago. Por otra parte, la existencia de un mercado de títulos al portador permitía a los banqueros llevar a cabo múltiples manipulaciones que les procuraban un rendimiento elevado.
El recurso al endeudamiento exterior se reveló contraproductivo para los países concernidos en particular porque esos préstamos habían sido contratados con condiciones muy favorables para los acreedores. Las suspensiones de pago fueron numerosas y dieron lugar a represalias por parte de los países acreedores que utilizaron en varias ocasiones la intervención armada para obtener el reembolso. Las reestructuraciones de deuda sirvieron normalmente a los intereses de los acreedores y de las grandes potencias que les apoyaban e hicieron entrar a los países deudores en un círculo vicioso de endeudamiento, de dependencia y de “desarrollo del subdesarrollo”, por retomar una expresión del economista André Gunder Frank.

El arma del endeudamiento fue utilizada como medio de presión y de subordinación de los países endeudados. Como subrayaba Rosa Luxemburg en 1913, los préstamos “constituyen el medio más seguro para los viejos países capitalistas de mantener bajo su tutela a los países jóvenes, de controlar sus finanzas y de ejercer una presión sobre su política exterior, aduanera y comercial”.
Felizmente, México, en dos ocasiones, salió de forma victoriosa de la confrontación con sus acreedores (en 1867 bajo la presidencia de Benito Juarez y, más tarde, en la onda de la revolución mexicana dirigida por Emiliano Zapata y Pancho Villa que decretaron la suspensión de la deuda en 1914). Brasil igualmente se enfrentó con éxito a sus acreedores entre 1933 y 1943, lo mismo que Ecuador en 2007-2009, sin olvidar Cuba respecto al Club de París. Cuando se prepara una nueva crisis de la deuda de América Latina, es fundamental sacar enseñanzas de los dos últimos siglos. No hacer esto equivale a condenarse a revivir los dramas del pasado.

La deuda externa como arma de dominación y de subordinación

La utilización de la deuda externa como arma de dominación jugó un papel fundamental en la política imperialista de las principales potencias capitalistas a lo largo del siglo XIX y prosigue en el siglo XXI bajo formas que han evolucionado. Grecia, desde su nacimiento en los años 1820-1830, estuvo sometida por completo a los dictados de las potencias acreedoras (en particular Gran Bretaña y Francia). Haití, que se había liberado de Francia en el curso de la Revolución francesa y había proclamado la independencia en 1804, fue de nuevo sometida a ésta en 1825 por la deuda. Túnez endeudada fue invadida por Francia en 1881 y transformada en protectorado-colonia. La misma suerte fue impuesta a Egipto en 1882 por Gran Bretaña. El Imperio otomano, a partir de 1881, fue sometido directamente a los acreedores (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia…), lo que aceleró su estallido. China fue forzada por los acreedores a conceder concesiones territoriales y a abrir por completo su mercado en el siglo XIX. La Rusia zarista fuertemente endeudada habría podido constituirse también en presa de las potencias acreedoras si la revolución bolchevique no hubiera llevado en 1917-1918 al repudio unilateral de las deudas.
De las diferentes potencias periféricas que podían potencialmente acceder al papel de potencias capitalistas imperialistas en la segunda mitad del siglo XIX, es decir, el Imperio Otomano, Egipto, el Imperio ruso, China y Japón, sólo este último logró la mutación|. En efecto, Japón no recurrió prácticamente al endeudamiento exterior para realizar un importante desarrollo económico y transformarse en una potencia capitalista imperialista en la segunda mitad del siglo XIX. Japón conoció un importante desarrollo capitalista autónomo como consecuencia de las reformas del período Meiji (iniciado en 1868). Importó las técnicas de producción occidentales más avanzadas de entonces, a la vez que impedía la penetración financiera extranjera en su territorio, rechazando recurrir a préstamos exteriores y suprimiendo en el país las trabas a la circulación de los capitales autóctonos. A finales del siglo XIX, Japón pasó de una autarquía secular a una expansión imperialista vigorosa. Por supuesto, la ausencia de endeudamiento exterior no fue el único factor que permitió a Japón dar el salto hacia un desarrollo capitalista vigoroso y llevar a cabo una política internacional agresiva, alzándole al rango de las grandes potencias imperialistas. Otros factores que sería demasiado largo enumerar aquí operaron igualmente pero es evidente que la ausencia de endeudamiento exterior jugó un papel fundamental.
A contrario China, que hasta los años 1830 llevaba a cabo un desarrollo muy importante y constituía una potencia económica de primer nivel, al recurrir al endeudamiento exterior permitió a las potencias europeas y a los Estados Unidos marginarla y someterla progresivamente. Aquí también intervinieron otros factores, como las guerras impuestas por Gran Bretaña y Francia para imponer el libre comercio y la exportación forzosa a China del opio, pero el recurso a la deuda externa y sus nefastas consecuencias jugaron un papel muy importante. En efecto, para reembolsar préstamos extranjeros, China tuvo que sacrificar concesiones territoriales y portuarias a las potencias extranjeras. Rosa Luxemburg menciona, entre los métodos empleados por las potencias capitalistas occidentales para dominar a China el “sistema de la deuda pública, de préstamos europeos, de control europeo de las finanzas con la consecuencia de la ocupación de las fortalezas chinas, la apertura forzada de puertos libres y la concesión de ferrocarriles obtenidas bajo la presión de los capitalistas europeos”. Joseph Stiglitz, casi un siglo después de Rosa Luxemburgo, remite igualmente ello en su obra 'La gran desilusión'. Texto: Eric Toussaint. Traducción: Alberto Nadal. Ver Parte II





Banco de Alimentos, caridad y manipulación

¿Es posible empobrecer a un pueblo y encima beneficiarse de los retos dejados por la miseria? Con dinero y sin escrúpulos todo es posible. El Opus Dei organiza la caridad mediante una táctica populista tradicional que le proporciona influencia y dinero "como en los buenos tiempos". Texto basado en el artículo: 'Los Bancos de Alimentos y el Opus Dei: Filantropófagos, el negocio de la pobreza'.
 La gran convocatoria de la caridad celebrada entre los días 29 y 30 de Noviembre de este 2013 por la Federación Española de Bancos de Alimentos (FESBAL) pretendía realizar la gran recogida de alimentos 2013. Como podemos leer en la web habilitada para la campaña www.granrecogidadealimentos.org su urgente objetivo es luchar contra el hambre y el despilfarro mediante el trabajo de voluntarios y entidades colaboradoras entre las que encontramos bancos, grandes supermercados, medios de comunicación o empresas de seguros privados. Pero además del gesto ciudadano, solidario y caritativo entre iguales  quieren con su modesta aportación evitar que un vecino pase hambre... ¿Quién esta detrás del Banco de Alimentos? ¿Qué intereses puede haber en esta labor caritativa? ¿Qué lleva a bancos, grandes centros de distribución de alimentos, compañías de seguros, transnacionales y medios de comunicación a unirse en el apoyo de esta urgente iniciativa? ¿Quién esta detrás del Banco de Alimentos? El Opus Dei. Solo hay que introducirse en las distintas instituciones y buscar en las biografías de sus directivas. Aparecen recurrentes coincidencias. Si realizamos en la página web del Opus Dei la búsqueda "Banco de Alimentos" nos da como resultado 42 entradas. Repasemos algunos cargos directivos del Banco de Alimentos. El Director de FESBAL es José Antonio Busto Villa, supernumerario del Opus Dei. El presidente del Banco de Alimentos de Valladolid José María Zarate es supernumerario del Opus Dei. La presidenta del Banco de Alimento de Badajoz: Carmen de Aguirre Castellanos es supernumeraria del Opus Dei. El presidente del Banco de Alimentos de Santander Francisco del Pozo Blanco es supernumerario de Opus Dei. Manuel Pérez Hernández, de 67 años, presidente del Banco de Alimentos de Las Palmas de Gran Canaria es supernumerario del Opus Dei. José Antonio García García, de 73 años preside el Banco de Alimentos de Albacete y es supernumerario del Opus Dei.


 Las vinculaciones del Banco de Alimentos con el Opus Dei no son solo a través de los supernumerarios en puestos de responsabilidad. Son múltiples las referencias de cargos directivos y colaboradores del Banco de Alimentos a las enseñanzas y el ideario del fundador del Opus Dei Jose María Escriba de Balaguer. "Me llamo Vicente López-Alemany y soy Director general del Banco de Alimentos de Madrid, donde empecé a trabajar hace más de seis años gracias al espíritu de servicio que aprendí de las enseñanzas de San Jose María; y a los buenos oficios de un amigo y profesor de la Escuela Naval Militar de Marín, que fue el primero que me habló de los Bancos de Alimentos." O Pedro Pereira que actualmente preside del Banco de Alimentos de Vigo y fue el coordinador general de estudios del colegio del Opus Dei Montecastelo de Vigo. Una de la últimas noticias destacadas del 29.11.2013 en la página web FESBAL es la llamada de teléfono que la Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad Ana Mato, supernumeraria del Opus, hizo al presidente de la FESBAL José Antonio Busto felicitando y deseando el mayor de los éxitos a los Bancos de Alimentos. ¿A que se debe el respaldo de una ministra del Opus al presidente de la Federación de Bancos de Alimentos  y miembro supernumerario de la orden? ¿Utiliza el Opus Dei los Bancos de Alimentos para hacer proselitismo? Si bien pudiera parecer casualidad el que destacados miembros de la Prelatura Católica ocupen cargos de responsabilidad en el Banco de Alimentos, esto no deja de resultar llamativo. ¿Qué interés respalda esta presencia? ¿Ésta es solo fruto del compromiso personal o responde a una estrategia de más hondo calado? Esta presencia llama más la atención si tenemos en cuenta que en las cúpulas de las grandes empresas financieras y de distribución que colaboran con este Banco de Alimentos, abundan también miembros de esta prelatura y que cuando esto es no así, una parte importante de sus cargos ejecutivos se han formado en la escuela de negocio del Opus Dei, la IESE. ¿Qué consiguen las grandes empresas de distribución con la donación? Precios, mercado y desgravaciones. A través del Banco de Alimentos se nos presenta a las grandes empresas de distribución, bancos y ejecutivos de grandes empresas como entes altruistas. Estas empresas distribuidoras controlan el 70% del mercado de alimentos y qué mejor que ellas para liderar esta gran obra benéfica. Sin embargo los motivos de estas alianzas aparentemente solidarias, introducen componentes de rentabilidad económica. Pudiera parecer que las grandes distribuidoras de alimentos se acercan a este tipo de actividades filantrópicas solo con la intención de mejorar su imagen de empresa. Pero, además del efecto publicitario, un interesante negocio se esconde detrás de la relación de estas empresas de distribución con el Banco de Alimentos. ¿Qué consiguen las grandes empresas de distribución con la donación? Que no se produzca una caída de precios debido a que los alimentos no entran directamente en el mercado. Mejora su imagen corporativa. No tienen costes en la destrucción de esos excedentes. No tienen costes en la distribución pues lo hace un ejército de voluntarios. Las donaciones, de cualquier tipo, desgravan un 35% en el Impuesto de Sociedades (con la Ley de Mecenazgo del PP será el 100%). A la gente pobre se le acostumbra a la beneficencia, como si fuera ley divina, que haya ricos y pobres. Los Bancos de Alimentos minan aún más las ventas del pequeño comercio en los barrios con más miseria.
 Por un lado regalan excedentes y por otro destruyen a los tenderos con las marcas blancas que son fruto de la sobreexplotación en origen y la que aplican a sus propios trabajadores. Estas empresas saben que los stocks donados evitan la caída de precios y el gasto de destruirlos y aprovechan la ley que permite la desgravación del 35% de la cuota íntegra del Impuesto de Sociedades. Campañas de donación de alimentos: aumento de ventas. Pero por si estos beneficios a las grandes superficies fuera poco, en un perverso ejercicio de nueva filantropía, cada cierto tiempo y en fechas señaladas, desde los medios de comunicación apelan a la ciudadanía a  campañas de "Gran donación de Alimentos". Esta presión mediática, que habitualmente suele enmascararse con el rigor informativo, lleva a que olvidamos que detrás de la palabra donación se esconde la mercantilista palabra "compra de alimentos". Los alimentos "donados" en realidad son comprados por los solidarios caritativos ciudadanos en estas grandes superficies donde son estratégicamente ubicados los puntos de recogida del Banco de Alimentos. Se produce así un incremento de sus cifras de negocio y beneficios. Objetivos estratégicos: Dependencia, alienación, reclutamiento y negocio, mucho negocio. Parece evidente que más allá del mero efecto publicitario, el Banco de Alimentos resulta un pingüe negocio para algunas empresas. Sin embargo, detrás de la beneficencia, se encuentran otros interés más espurios capaces de unir al OPUS, entidades financieras, grandes empresas trasnacionales y aseguradoras privadas. En los Think Tanks donde el gran capital pergeña su estrategia futura, negocios enmascarados como iniciativas solidarias ocupan un lugar destacado. En tiempos de crisis las iniciativas como la del Banco de Alimentos, cumplen con una doble función social. Por una parte sirven de antídoto contra la movilización, tranquilizando las conciencias de solidarios donantes e indignados con la injusticia social. Estas acciones que apelan directamente a la necesidad y tocan el fondo del corazón, ni se cuestionan  ni  se plantean dar respuesta a las injustas causas que generan el hambre. No cuestionan desigualdades sociales, la beneficencia siempre fue una respuesta solidaria vertical (de arriba a abajo). Por otra parte, se recupera la vieja estrategia de reforzar las estructuras benéficas generadoras de dependencia, con ánimo de mitigar la posible respuesta social de aquellas personas en situación de necesidad extrema y que ya no tienen mucho que perder. Ver: ''La cara oculta de la Fundación Príncipe de Asturias''. 



Deuda y ajuste

Este texto pone en evidencia las similitudes de las políticas impuestas a los pueblos del Norte y del Sur del planeta a partir del gran giro neoliberal de los años 1980. Si bien fue escrito en julio de 2000, ningún retoque es necesario para presentar y analizar el desarrollo de los acontecimientos del período 1980-2000 en materia de austeridad y de endeudamiento. Su contenido tiene la ventaja de mostrar que las políticas aplicadas progresivamente a partir de 2008 en Grecia, en Europa occidental y en los Estados Unidos constituyen la profundización de una ofensiva iniciada tres decenios antes. Los argumentos utilizados por los gobiernos y los organismos internacionales que los aplican no han cambiado verdaderamente, lo mismo que las recetas utilizadas.

A partir de los años 1980, la crisis del endeudamiento público, tanto de los países del Tercer Mundo y del Este como de los países industrializados, ha sido sistemáticamente utilizada para imponer políticas de austeridad en nombre del ajuste. Acusando a sus predecesores de haber vivido “por encima de sus posibilidades” recurriendo demasiado fácilmente al empréstito, la mayor parte de los gobiernos en funciones desde entonces han infligido progresivamente un “ajuste” de los gastos públicos, los sociales en particular, como si se tratara de ajustar un cinturón apretándole uno o dos agujeros.
Por lo que se refiere al Tercer Mundo y el Este, el formidable crecimiento de la deuda pública comenzó a finales de los años 1960 y desembocó en una crisis de pagos a partir de 1982. Este endeudamiento tiene responsables. Se encuentran esencialmente en los países más industrializados: los bancos privados, el Banco Mundial y los gobiernos del Norte que prestaron literalmente a espuertas centenares de miles de millones de eurodólares y de petrodólares.
Para colocar sus excedentes de capitales y de mercancías, esos diferentes actores del Norte prestaron a tasas de interés muy bajas. La deuda pública de los países del Tercer Mundo y del Este fue así multiplicada por doce entre 1968 y 1980. En los países más industrializados, el endeudamiento público aumentó igualmente con fuerza durante los años 1970, al intentar responder los gobiernos al final de los “treinta gloriosos” años de posguerra con políticas keynesianas de relanzamiento de la máquina económica.
Un giro histórico se emprendió en 1979, 1980, 1981, con la llegada al poder de Thatcher y de Reagan, que a partir de entonces aplicaron a gran escala las políticas soñadas por los neoliberales.
De entrada, procedieron en particular a una muy fuerte subida de las tasas de interés, que obligó a los poderes públicos endeudados a transferir a las instituciones financieras privadas montantes colosales. A partir de ese momento, a escala planetaria, el reembolso de la deuda pública constituyó un poderoso mecanismo de bombeo de una parte de las riquezas creadas por los trabajadores asalariados y los pequeños productores en beneficio del capital financiero.
Esas políticas, dictadas por los neoliberales, iniciaban una formidable ofensiva del capital contra el trabajo. Endeudados, los poderes públicos se pusieron a reducir los gastos sociales y de inversión, para “equilibrar” las cuentas; luego, recurrieron a nuevos préstamos, para hacer frente a la subida de las tasas de interés: es el famoso efecto “bola de nieve”, vivido en los cuatro puntos del planeta durante los años 1980. Es decir, un aumento mecánico de la deuda causado por el efecto combinado de las tasas de interés elevadas y de los nuevos préstamos necesarios para el reembolso de los préstamos anteriores.
Para pagar la deuda pública, los gobiernos se sirvieron abundantemente de los impuestos, cuya estructura fue modificada de forma regresiva en el curso de los años 1980-1990: la parte de los ingresos fiscales provenientes de los impuestos sobre las rentas del capital disminuyó, mientras que aumentaba la parte de los ingresos provenientes de los impuestos sobre el trabajo asalariado, de una parte, y sobre el consumo de masas, vía la generalización del IVA y el aumento de los impuestos indirectos, de otra.
En definitiva, el Estado quitó a los trabajadores y a los pobres para dar a los ricos, al capital: exactamente lo contrario de una política redistributiva, que debería ser, sin embargo, la preocupación principal de los poderes públicos…
La crisis de la deuda pública de los años 1980 está íntimamente ligada al proceso de desreglamentación que preside la mundialización neoliberal. En efecto, el aumento colosal del endeudamiento público, a finales de los años 1960 y comienzos de los años 1980 fue pareja con el desarrollo del mercado de los “eurodólares”, es decir una de las primeras etapas de la desreglamentación del sistema monetario internacional y de los mercados de cambios.
Importancia estratégica del ajuste estructural en los países de la periferia Las políticas de ajuste estructural comenzaron a ser aplicadas en los países de la periferia justo después del estallido de la crisis de la deuda en agosto de 1982. Constituyeron la prosecución, bajo una forma nueva, de una ofensiva que había comenzado unos quince años antes.

¿Qué estaba en juego en esta ofensiva?

Para los estrategas de los gobiernos del Norte y de las instituciones financieras multilaterales a su servicio, comenzando por el Banco Mundial, imperativamente había que responder a un desafío, la pérdida de control sobre una parte creciente de la periferia: entre los años 1940 a los 1960, se fueron sucediendo las independencias asiáticas y africanas, el bloque del Este europeo se había ampliado, las revoluciones china, cubana y argelina habían triunfado, habían aparecido políticas populistas y nacionalistas, puestas en marcha por regímenes capitalistas de la periferia -del peronismo argentino al partido del Congreso indio de Nehru, pasando por el nacionalismo nasseriano-… En definitiva, nuevos movimientos y organizaciones se habían desarrollado un poco en todas partes a escala internacional, constituyendo otros tantos peligros para la dominación de las principales potencias capitalistas.
Los préstamos masivos concedidos, a partir de la segunda mitad de los años 1960, a un número creciente de países de la periferia (comenzando por los aliados estratégicos, el Congo de Mobutu, la Indonesia de Suharto, el Brasil de la dictadura militar, llegando hasta países como Yugoslavia y México) juegan el papel de lubrificante de un poderoso mecanismo de recuperación del control. Esos préstamos concretos tenían por objetivo el abandono por esos países de su política nacionalista y una conexión más fuerte de las economías de la periferia al mercado mundial dominado por el centro. Se trata igualmente de asegurar el aprovisionamiento de las economías del Centro en materias primas y en combustibles. Poniendo los países de la periferia progresivamente en competencia los unos con los otros, incitándoles a “reforzar su modelo exportador”, el objetivo era hacer bajar los precios de los productos que exportaban y, por consiguiente, reducir los costes de producción en el Norte y aumentar en él la tasa de ganancia. Se trataba en fin, en un contexto de ascenso de las luchas de emancipación de los pueblos y de guerra fría con el bloque del Este, de reforzar la zona de influencia de los principales países capitalistas. Ciertamente, no se puede afirmar que hubo por parte de los bancos privados, del Banco Mundial y de los gobiernos del Norte, la puesta en marcha de un complot. Pero no deja de ser cierto que un análisis de las políticas seguidas por el Banco Mundial y por los principales gobiernos de los países industrializados en materia de préstamos a la periferia muestra claramente que esos actores perseguían objetivos estratégicos.
La crisis que estalla en 1982 es el resultado del efecto combinado de la bajada de los precios de los productos exportados por los países de la periferia hacia el mercado mundial y de la explosión de las tasas de interés. De un día para otro, hay que pagar más con ingresos que disminuyen. De ahí, el estrangulamiento. Los países endeudados anuncian que están confrontados a dificultades de pago. Los bancos privados del centro se niegan inmediatamente a conceder nuevos préstamos y exigen que se les paguen los antiguos. El FMI y los principales países capitalistas industrializados adelantan nuevos préstamos para permitir a los bancos privados recuperar su apuesta y para impedir una sucesión de quiebras bancarias.
Desde esa época, el FMI, apoyado por el banco Mundial, impone los planes de ajuste estructural. Un país endeudado que se niega al ajuste estructural se ve amenazado con la detención de los préstamos del FMI y de los gobiernos del Norte. Se puede afirmar sin riesgo a equivocarse que quienes, a partir de 1982, proponían a los países de la periferia que dejaran de pagar sus deudas y que constituyeran un frente de los países deudores tenían razón. Si los países del Sur hubieran instaurado ese frente, habrían sido capaces de dictar sus condiciones a acreedores desesperados.
Al optar por la vía del reembolso, bajo las horcas caudinas del FMI, los países endeudados han transferido hacia el capital financiero del Norte el equivalente de varios planes Marshall. Las políticas de ajuste han implicado el abandono progresivo de elementos clave de la soberanía nacional, lo que ha desembocado en un aumento de la dependencia de los países concernidos hacia los países más industrializados y sus multinacionales. Ninguno de los países que haya aplicado el ajuste estructural ha podido sostener de forma duradera una tasa de crecimiento elevada. Las desigualdades sociales han aumentado en todas partes. Ningún país “ajustado” constituye una excepción.
Los nuevos préstamos concedidos por el FMI desde 1982 persiguen tres objetivos: 1) establecer las reformas estructurales impuestas por el ajuste; 2) asegurar el reembolso de la deuda contratada; 3) permitir progresivamente a los países endeudados tener acceso a los préstamos privados vía los mercados financieros.

¿En qué consiste este “ajuste”?

El ajuste estructural comprende dos grandes tipos de medidas. Las primeras son medidas de choque (generalmente la devaluación de la moneda y la subida de las tasas de interés en el interior del país concernido). Las segundas son reformas estructurales (privatización, reforma fiscal, etc.). Las devaluaciones impuestas por el FMI han alcanzado regularmente tasas del 40% al 50%. Intentan hacer más competitivas las exportaciones de los países concernidos, de forma que aumenten las entradas de divisas necesarias para el reembolso de la deuda. Otra ventaja, no despreciable desde el punto de vista de los intereses del FMI y de los países más industrializados: provocan una bajada del precio de los productos exportados por los países del Sur.
Para estos últimos tienen efectos más negativos: engendran una explosión del precio de los productos importados en su propio mercado y deprimen por ello la producción interna. Así, no solo sus costes de producción aumentan, tanto en la agricultura como en la industria y el artesanado -esto tanto más en la medida que incorporan ya numerosos recursos importados como consecuencia del abandono de las políticas “autocentradas”-, sino que el poder de compra de la gran masa de sus consumidores se estanca (el FMI prohíbe toda indexación de los salarios). Además, esas devaluaciones provocan un agravamiento de las desigualdades en el reparto de las rentas, pues los capitalistas, que disponían de liquidez, tomaron cuidado de comprar divisas extranjeras antes de su aplicación. Así, en el caso por ejemplo de una devaluación del 50%, el valor de su liquidez se duplicaba.
La política de tipos de interés elevados, por su parte, no hace sino aumentar la recesión interna: el campesino o el artesano, que debe pedir prestado para comprar los recursos necesarios para su producción, duda en hacerlo o reduce su producción por falta de medios.
Por el contrario, el capital rentista prospera. El FMI justifica estos tipos elevados afirmando que atraerán a los capitales extranjeros de los que tiene necesidad el país. En la práctica, los capitales que son atraídos por tales tipos son volátiles y toman rumbo a otros cielos al menor problema o cuando aparece una mejor perspectiva de ganancia.
Otras medidas de ajuste específicas de los países de la periferia: la supresión de los subsidios a ciertos bienes y servicios básicos y la contrarreforma agraria. En la mayor parte de los países del Tercer Mundo, la alimentación básica (pan, tortilla, arroz…) está subvencionada para impedir fuertes subidas de precios. A menudo este es también el caso en lo que se refiere al transporte colectivo, la electricidad y el agua. El FMI y el Banco Mundial exigen sistemáticamente la supresión de tales subsidios, lo que provoca un empobrecimiento de los más pobres y algunas veces revueltas por hambre.
En materia de propiedad de la tierra, el FMI y el Banco Mundial han lanzado una ofensiva a largo plazo que intenta hacer desaparecer toda forma de propiedad comunitaria. Es así como han obtenido la modificación del artículo de la Constitución mexicana que protegía los bienes comunales (ejidos). Y uno de los grandes temas sobre los que trabajan hoy estas dos instituciones es la privatización de las tierras comunitarias o estatales en el África subsahariana…

Medidas de ajuste comunes al Norte y al Sur

La reducción del papel del sector público en la economía, la disminución de los gastos sociales, las privatizaciones, la reforma fiscal favorable al capital, la desreglamentación del mercado de trabajo, el abandono de aspectos esenciales de la soberanía de los Estados, la supresión de los controles de cambio, el estímulo del ahorro-pensión por capitalización, la desreglamentación de los intercambios comerciales, el impulso de las operaciones bursátiles... Todas esas medidas son aplicadas en el mundo entero a dosis que varían según las correlaciones de fuerzas sociales. Lo que llama la atención es que desde Malí a Inglaterra, de Canadá a Brasil, de Francia a Tailandia, de Estados Unidos a Rusia se constata una profunda similitud y una complementariedad entre las políticas llamadas de "ajuste estructural", en la periferia, y las bautizadas en el centro como de "saneamiento", "austeridad" o "convergencia". En todas partes, la crisis de la deuda pública ha servido de pretexto para el lanzamiento de tales políticas. En todas partes el pago de la deuda pública representa un engranaje infernal de transferencia de las riquezas en beneficio de los detentadores de capital.
François Chesnais resume la situación en unas frases: "Los mercados de títulos de deuda pública (los mercados obligaciones públicas), puestos en pie por los principales países beneficiarios de la mundialización financiera y luego impuestos a los demás países (sin demasiadas dificultades muy frecuentemente) son, según dice incluso el propio Fondo Monetario Internacional, la piedra "angular" de la mundialización financiera. Traducido a un lenguaje claro, es exactamente el mecanismo más sólido, puesto en pie por la liberalización financiera de transferencia de riquezas de ciertas clases y capas sociales y de ciertos países hacia otros. Atacar a los fundamentos del poder de las finanzas supone el desmantelamiento de esos mecanismos y, por tanto, la anulación de la deuda pública, no solo la de los países más pobres, sino también la de todos los países cuyas fuerzas sociales vivas se niegan a que el gobierno continúe imponiendo la austeridad presupuestaria a los ciudadanos para pagar los intereses de la deuda pública"|.
Los planes de ajuste estructural y demás planes de austeridad constituyen una máquina de guerra que intenta destruir todos los mecanismos de solidaridad colectiva (desde los bienes comunes al sistema de pensión por reparto) y someter todas las esferas de la vida humana a la lógica mercantil. El sentido profundo de las políticas de ajuste estructural es la supresión sistemática de todas las trabas históricas y sociales al libre despliegue del capital para permitirle proseguir su lógica de beneficio inmediato, cualquiera que sea su coste humano o medioambiental.
Hay que romper con esta lógica, abandonar las políticas de ajuste estructural, en cualquier lugar que se apliquen, y reconstruir un conjunto de mecanismos de control del capital de forma que se dé prioridad a la Humanidad. De ahí la importancia de crear colectivamente, gracias a solidaridades Norte/Sur, Este/Oeste, nuevas redes de lucha ciudadana. Las múltiples resistencias de las que este libro se hace eco pueden desembocar en un nuevo proyecto emancipador. Texto: Eric Toussaint. Ver: Los ricos no pagan impuestos

España capital Madrid

Desde muy antiguo, los humanos eligieron para establecerse lugares próximos al mar o a ríos navegables. La razón principal era el transporte: en ausencia de autopistas, ferrocarriles y aeropuertos, el agua ofrecía el medio de transporte más rápido, barato y seguro. Como no podía ser de otra manera, junto a las mercancías navegaban también las compañeras inseparables del comercio: las ideas y las innovaciones.
Las principales capitales europeas —Londres, París, Berlín, Roma, Viena, Budapest, Moscú…— tienen acceso inmediato al transporte marítimo o fluvial. La excepción es Madrid, que, sita en un altiplano, está a varios centenares de kilómetros del agua navegable más cercana. La villa del Manzanares tiene otra característica geográfica relevante: con 655 metros de altura media, Madrid está más alta que Berna o que Vaduz. Es, después de Andorra la Vella, la capital más alta de Europa, dato que ilustra bien la penosa dificultad de sus accesos.  ¿Quién tuvo la ocurrencia de situar la capital en un lugar de geografía tan adversa? La historia cuenta que fue Felipe II, atendiendo al consejo de su padre de que estableciese una capital fija. A priori, el Austria tenía tres posibilidades obvias: Sevilla, Lisboa y Barcelona. La última se descartó, probablemente, por razones políticas, porque, tras el aplastamiento de la revuelta de los comuneros, el rey tenía mucho más poder en el reino de Castilla que en el de Aragón. Lisboa podía parecer de incorporación demasiado reciente. ¿Y Sevilla? ¿Por qué, en plena empresa americana, no se estableció el monarca en Sevilla? Especulando con la psicología de un personaje que, puestos a instalarse en el centro de la Península, decidió hacerlo no en Toledo, sino en Madrid —a la sazón, tercera población de Castilla, pero que no tenía obispo—, puede aventurarse que Felipe II no quería tener cerca a nadie que pudiera hacerle algo de sombra, hipótesis esta avalada por el hecho de que, no satisfecho con la soledad del páramo madrileño, el soberano decidió encaramarse al risco de El Escorial, en donde aún reposan sus restos. Así las cosas, la villa acogió a la corte. Este fue, en mi opinión, un hecho trascendental en la historia de España, que ha marcado de manera indeleble la cosmovisión(weltanschauung), la cultura, la economía y la sociedad españolas. Por decirlo con mayor claridad: la aberración geográfica de Madrid es una de las causas determinantes de la anomalía histórica de España, es decir, de su no incorporación a la modernidad. Durante siglos, Madrid fue tan solo una corte, situada en el centro inaccesible de un rincón de Europa, aislada de los flujos económicos y comerciales y, con ello, de los flujos de las ideas y de la innovación. En ese contexto se produjo el tránsito de las élites españolas, que tuvieron proyección universal en el siglo XVI, al inmovilismo más cerril en lo religioso, cultural, social y económico. Y con ello, como veremos en el tercer artículo de esta serie, se debilitó la fuerza centrípeta que mantenía unidas las diversas posesiones del monarca español, en las que no se ponía el sol. Madrid se caracterizaba más por lo que le faltaba que por lo que tenía. Como corte tenía, como todas las cortes, cortesanos, cortesanas, pintores, músicos y escritores. Como villa faltaba la ambición de los comerciantes y de los emprendedores, y la actividad de los científicos y los ingenieros. Y la circulación de ideas. La corte reaccionaria, al contrario que en otros países europeos, nunca tuvo el contrapeso de una villa dinámica, industriosa y culturalmente inquieta que pudiera contribuir a aproximar España a las nuevas corrientes que estaban transformando Europa. El aislamiento de la élite gobernante propició que España se convirtiese en el bastión de la resistencia a la reforma protestante primero y a toda forma de progreso después, como ilustra la anécdota, por otra parte deliciosa, de que la lista de los 400 suscriptores españoles que tuvo la enciclopedia francesa estuviese encabezada por el gran inquisidor y los principales ejecutivos del Santo Oficio. Admirable profesionalidad, digo yo. La única razón para ir a Madrid era ver al rey. Y a verle iban porque, como gusta en señalar Luis Garicano, las únicas maneras de ser rico en España eran ser hijo de rico o estar próximo al rey. Al calor de la corte se desarrolló en España un capitalismo castizo, mal llamado capitalismo financiero, basado en la captura de rentas y en la proximidad al poder, que es típicamente madrileño y que sigue siendo hoy día la forma de capitalismo dominante en nuestro país. Hay una gran consistencia histórica, de concepción de los negocios y del mundo, entre personajes decimonónicos como Fernando Muñoz, el general Serrano y el marqués de Salamanca, por una parte, y los que hoy día se sientan en el palco del Santiago Bernabéu, por otra. Es una misma manera de prosperar por el favor del poder político, gracias al BOE, que se ha mantenido inalterada a lo largo de los siglos. Cómo explicar si no, por ejemplo, la moratoria de dos años concedida hace poco para el prerregistro de plantas termosolares a fin de que puedan cobrar las primas correspondientes. ¿No es eso captura de rentas? Pregunten en el Bernabéu. En un libro reciente, El declive de los dioses, Mariano Guindal, con pluma que recuerda al pincel de Goya en La familia de Carlos IV, escribe un reportaje fascinante sobre los últimos 40 años de capitalismo castizo. Los personajes más egregios de la cultura del pelotazo —empresarios, políticos, sindicalistas, conseguidores, obispos, condotieros y estafadores— conforman un retablo cambiante en el que lo único que permanece es, llamémosle así, el modelo de negocio. Los dioses caen, pero el Olimpo no. Muy recomendable. Las grandes empresas españolas que se han convertido en globales -Telefónica, Banco Santander, Repsol, BBVA…- son todas ellas empresas reguladas que, independientemente del éxito obtenido en la captura de sus respectivos reguladores, demasiado grande en todos los casos, acaban dependiendo del BOE. No pocos de sus actuales dirigentes han sido propiciados por el Gobierno de turno, práctica esta que me temo que continuará en el futuro próximo. En cualquier caso, estas empresas constituyen la versión más evolucionada y homologable del capitalismo castizo. Otro grupo de empresas que se ha internacionalizado mucho, quizá haciendo de la necesidad virtud, son las grandes constructoras de obra civil. No están reguladas, pero dependen del BOE más que nadie. ¿No hay nada relevante en la economía española que no caiga dentro del paradigma del capitalismo castizo? Pues sí, sí lo hay. Empresas como Inditex, Mango, Abengoa (a pesar de su amor por el BOE), Mercadona, Gamesa y otras muchas responden a paradigmas diferentes y tienen rasgos relevantes en común. En primer lugar, son empresas que surgen de la visión de futuro de un emprendedor. Baste decir aquí que todas las empresas reguladas mencionadas en este párrafo están dirigidas por empresarios, algunos de ellos muy buenos, pero ninguna por emprendedores. Botín, por ejemplo, ha convertido al Santander en uno de los mejores bancos del mundo, pero no ha inventado una nueva manera de hacer banca. Amancio Ortega, en cambio, ha inventado una manera nueva de producir, distribuir y vender confección. Ha cambiado el mundo, no solo su empresa. En esto estriba la diferencia entre un empresario y un emprendedor. El primero tiene una visión de su empresa; el segundo, del mundo. El segundo rasgo relevante de las compañías no reguladas aludidas en este párrafo es que son todas ellas periféricas: gallegas, catalanas, navarras, levantinas, andaluzas. ¿Casualidad? Yo creo que no. El capitalismo industrioso español, más débil que el castizo, se desarrolló históricamente en la periferia, cerca del agua navegable. Siempre fue un capitalismo tímido, falto de ambición y localista, tanto en lo político como en lo económico, aunque en esto último podría estar desperezándose al calor de la globalización, abandonando posturas proteccionistas que duraron hasta los años noventa del pasado siglo. La capitalidad de Madrid ha conformado España no solo en lo ideológico y económico, sino también en lo físico. Germà Bel narra en su último e imprescindible libro, España, capital París, cómo Madrid se convirtió en capital política de España con los Borbones. Estos se inspiraron en la capitalidad de París para designar las seis “carreras reales” (hoy de la A-1 a la A-6) financiadas por la Corona que, desde entonces, han articulado radialmente el territorio español. La motivación del diseño era, y continúa siendo, estrictamente política —que las noticias y las órdenes a las provincias circularan con rapidez y que llegasen a todas por igual— y ajena a cualquier lógica económica. El esquema radial sigue siendo hoy día el paradigma en el que se mueve la Administración española, y los principios de financiación de la red viaria no han cambiado: pública para la red radial, privada para la que no lo es. La capitalidad económica de Madrid, lograda en las últimas décadas ante el aturdimiento de Barcelona provocado por el ensimismamiento catalán, se añade a la política conseguida en el siglo XVIII para configurar una capitalidad total probablemente irreversible. Esto debe ser un dato para cualquier proyecto de futuro para España que sea políticamente viable. ¿Cómo sería hoy España si Felipe II hubiese establecido su capital en Sevilla en vez de en Madrid? ¿Sería muy distinta de la que conocemos? Mi intuición me dice que sí, que sería muy distinta, cultural, económica y geográficamente distinta. Ciudad y corte hubiesen interaccionado mucho más, las ideas hubiesen circulado mucho más, la corte y el rey hubiesen estado en mayor contacto con el mundo real. El eje mediterráneo sería, probablemente, el centro de gravedad del país, y la sabiduría milenaria hispalense hubiese aportado ese toque de escepticismo que siempre ha faltado al pensamiento rotundo y mineral de las élites españolas. “Mira, César —me dijo no hace mucho un anciano aristócrata sevillano—, durante los últimos dos mil años, los patricios romanos hemos vivido aquí divinamente…”. Texto: César Molinas. Recomendado: País de pandereta

18 jun 2016

La 'crisis'. Una aproximación

En agosto de 2007 se inició en Estados Unidos la crisis llamada “de las hipotecas de mala calidad” que reventara finalmente en septiembre de 2008, con la quiebra de Lehman Brothers y el crack de las bolsas de valores.
La naturaleza de la crisis ha estado en cuestión y hay distintos puntos de vista sobre su complejidad. La triple crisis es una entrada, donde las crisis energética, alimentaria y económica van de la mano. Otro enfoque es la crisis de larga duración como propone Arturo Bonilla. Otra es una crisis financiera que ya pasó (2007-2009) y entonces estamos a las puertas de otra crisis en Europa. Esta es una lectura muy anglosajona y metabolizada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico -OCDE-. Otras lecturas de más largo alcance permiten avizorar que se trata de un cambio de tiempos. En este sentido la postura de una crisis civilizatoria propuesta por Aníbal Quijano y Boaventura dos Santos está más cerca a la realidad observada que las anteriores más orientadas a que se trata de una crisis económica.La falta de crecimiento en las economías maduras, imbuidas en sobreendeudamiento y alto desempleo abre la interrogante sobre el capitalismo maduro. ¿Es ese el fin utópico de lo que estamos haciendo todos en el mundo en desarrollo? Las consecuencias sobre el planeta de aquello van a parar en la destrucción de la vida. El informe de la European Environmental Agency de noviembre del 2012 advierte que el aumento de la temperatura del globo será de alrededor de 3.6 a 4 grados Celsius entre el 2010 y el 2100. Reconoce al mismo tiempo que esto viene tras el aumento de 1.3 grados Celsius desde la revolución industrial hasta la primera década del siglo XXI. Las consecuencias se pueden apreciar en la tormenta que inundó y congeló a Manhattan en octubre del 2012 así como en el aumento de los desastres atmosféricos sufridos alrededor del mundo en la última década.La interrogante es ¿qué estamos haciendo como humanidad con nuestro planeta? Estamos destruyéndolo para lograr, como utopía, que cuando toda la población esté empleada y cómoda, la economía no tenga la capacidad de sostenerla ni económica ni materialmente. La inviabilidad de la lógica del progreso como transformación de la naturaleza por el hombre se ha hecho patente, como indica Francisco Aguayo. Más que transformado, el ser humano ha destruido la naturaleza.El refugio para las crisis siempre fue la creencia, pero esta vez tenemos una crisis religiosa, en especial en los continentes americano y europeo. Jan de Vos se refiere a la crisis en la iglesia católica como una crisis cismática y abre la interrogante sobre la capacidad de regeneración que tiene para recuperarse del cisma en el que está inmersa. La iglesia, dice Vos, está cada día más alejada de su feligresía. Hay los que proponen el regreso a la iglesia primigenia de los primeros tres siglos. Los problemas en torno a esto los plantea Vega Centeno lúcidamente al sugerir que en América Latina lo que se comienza a observar es una pluralidad de creencias. La marcha económica desde hace tres décadas va orientada a las exportaciones a través del salario bajo. El objeto de la política es la concentración del ingreso y lo ha logrado. Nunca en la historia ha estado el ingreso mundial más concentrado y nunca en la historia ha habido tanta distancia entre los países pobres y los ricos.

En el mundo colonial había un cierto equilibrio de riqueza. El fin de colonizar era trasladar riquezas de un lado al otro del mundo. En el mundo neocolonial el objeto es empobrecer un lado del mundo que crece para enriquecer al otro que no crece. El mundo y sus riquezas se subordinan a lo que requieren las grandes potencias. Excepto que esta vez entraron a la lista de grandes potencias otros países que están transformando la estructura global de poder.

El dogma del Mercado

Doscientos años después que terminara la verdad revelada, en la Edad de la Razón, la humanidad se enfrenta nuevamente a una nueva verdad revelada: el Mercado. Si Dios antes era el portador de la verdad y el conocimiento era un obstáculo fácilmente salvable para garantizar que dicha verdad se mantuviera, hoy día es el Mercado el portador de la verdad. El Mercado es omnipresente y perfecto: todo lo sabe y todo lo puede, habla y escucha, en todo el orbe. El conocimiento, en cambio, no impide que dicha verdad continúe extendiéndose como un dogma. Esa es la función de las teorías neoliberales en lo económico y neo conservadores en lo político que conforman la post modernidad que domina el modo de entender a inicios del siglo XXI. En este campo, la filosofía política va por delante de la experiencia y propone un ordenamiento social inexistente a partir de las relaciones individuales únicamente. No hay intereses de clase, ni nacionales. Solo individuales que deben de ser atendidos de inmediato. La inmediatez es un elemento de esta post modernidad individualista llevada al extremo: la del agente económico aislado y urgido. Foucault en 'Sujeto y Poder' advierte que el sujeto humano está inmerso en relaciones de producción y de significación y por lo tanto está inmerso en relaciones de poder muy complejas. La interrogante que se plantea es ¿Qué legitima el poder? ¿Cómo se construye el significante del poder? Una vez con una teoría del poder ya se puede aproximar al análisis de la realidad. La búsqueda de Foucault no es la de Weber. No busca la parte institucional del poder sino el cómo opera en las conciencias. Busca el proceso de sometimiento, cómo se define la norma y lo que está fuera de la norma. Sin ir muy lejos, cómo invade el sentido común y lo transforma. Lo transforma con las ideas que quiere utilizar para someter, dentro de un contexto histórico muy definido: económico y político. El fascismo y el estalinismo son dos formas patológicas de poder dentro de contextos muy precisos. El poder puede por lo tanto transformarse para someter del modo que encuentra más posible. Toda la discusión es sobre el espacio que se abre para el poder y de qué manera invade y somete al sujeto humano. A pesar de su locura interna, ambas formas usaron las ideas y los procedimientos de nuestra racionalidad política. De esa misma manera, hoy día el Mercado ha sometido la razón y la política con el soporte político neoconservador, más próximo al fascismo que al stalinismo, pero lejos de los espacios democráticos en construcción a partir del siglo XVIII. Todo lo que se aleja de esta interacción es anatema, se aleja del dogma y debe de ser excomulgado: por ejemplo Venezuela, Ecuador, Bolivia, etc. Al mismo tiempo, los colapsos bancarios rescatados por el Estado porque el Mercado no tenía la capacidad, pusieron de relieve el doble discurso. Muy grandes para quebrar fue como se denominó a lo que antes llamábamos monopolios y coordinación fiscal se bautizó a lo que antes se llamaba intereses grupales. El asalto del Estado por el complejo financiero bancario desnaturalizó el discurso del Mercado en Estados Unidos. Salvo el poder todo es ilusión, decía Mao, y dicen ahora los banqueros en Estados Unidos que han llegado para quedarse al departamento del Tesoro, donde rotan de tiempo en tiempo en una puerta giratoria criminal, insuflada de intereses en conflicto. Simon Johnson y James Kwak esto lo ponen en blanco y negro en su '13 Bankers'. El Mercado sí, pero con el Estado bajo control por las dudas para trasladar el ahorro que ellos necesitan. Pero solo para los monopolios del capital financiero bancario. El resto del sector financiero que se enfrente a las leyes del Mercado. De este modo 1500 bancos han quebrado entre 2008 y diciembre del 2012, pero los monopolios financieros han crecido: JP Morgan se compró a Chase, Citibank se compró el Bank of America que se había comprado a Merril Lynch, etc. Por ejemplo, Robert Rubin, último secretario del Tesoro en la etapa de la desregulación iniciada en 1980, que benefició a Citibank con una ley en 1998, recibió de Citibank 126 millones de dólares en los años desde que dejó el cargo.
Esto, en la ley de Estados Unidos, no es ni corrupción ni delito. La consecuencia para ellos del asalto al poder, por ejemplo, es que la crisis iniciada en el 2007, que contrajo el PIB de Estados Unidos, tuvo al mismo tiempo 1% de crecimiento del sector financiero de Estados Unidos en el 2009.La gobernanza global antes centrada alrededor del FMI, el Banco Mundial y el multilateralismo público, organizado por los Estados Unidos tras la segunda guerra, ha perdido fuerza. La crisis desde el 2008 ha mostrado que los Estados no sirven para gran cosa salvo trasladar recursos al Mercado financiero, y que solo el G20 es la solución. El G20 reúne a los Países ricos altamente endeudados (HIRC por sus siglas en inglés) comenzando por Estados Unidos, Gran Bretaña, algunos europeos y Japón, con los acreedores más grandes del mundo desde China hasta Arabia Saudita. De esta forma los responsables de la crisis económica y financiera liderada por el Mercado, son los que hoy intentan imponer las nuevas reglas del juego financieras y económicas internacionales en el G20 a través del B20 y del T20, siendo el B20 un grupo de empresas, y el T20 un grupo de 'think tanks' que le imponen la agenda al G20. El texto de Jorge Gaggero pone en evidencia la manera cómo arbitrariamente los pastores del Mercado reparten su palabra suprimiendo forzadamente lo que los apostatas están intentando decir dentro del espacio del T20. ¿Es preferible un FMI reformado y democratizado, que dé cuentas a los nuevos poderes, con una nueva teoría económica que una gobernanza privada que no tiene manera de dar cuenta sino a sus socios? o,¿la regionalización puede asistir? La regionalización tiene la ventaja de acercar a las instituciones a sus Estados clientes y de responderles directamente a las necesidades de éstos. La idea europea de regionalización contiene también un aspecto de agregación de poder de negociación, en el marco de la guerra fría. En América Latina, tiene el sabor de agregación de poder frente a Estados Unidos, que como vemos aún ahora, sigue interviniendo en la vida interna de los países para favorecer sus intereses, como si la guerra fría perviviera. Los gobiernos que desisten del discurso dogmático en América Latina han buscado la integración y han sido resistidos por los que están con el discurso dogmático. El discurso tuvo a uno de sus mejores expresiones en Hugo Chávez. Este enfrentamiento ideológico económico tiene su correlato político, sin embargo, en los ejes políticos del hemisferio: Washington y Brasilia.

Población, empleo y productividad
La esperanza de vida ha crecido en el mundo en las dos últimas décadas de forma visible. Quizás con la excepción de los países de la ex Unión Soviética que vieron una reducción significativa de su esperanza de vida en 1990, se aprecia que hay más personas trabajando por más años de vida útil. En simultáneo la revolución feminista incorporó a las mujeres al mercado de trabajo. Carlos Welti muestra cómo en Asia y América Latina más que en Europa y Estados Unidos esto ha tenido grandes consecuencias en términos de desempleo juvenil y baja del nivel salarial. También ha tenido un impacto en términos ambientales porque hay que darle de comer a más gente, y por lo tanto se utiliza más fertilizantes contaminantes y hay más basura tecnológica, con las consecuencias que esto provoca en los flujos de agua. La inversa de la crisis financiera de Estados Unidos y Europa es que parece haberse convertido en una bendición para América Latina que recibe flujos crecientes de capital de corto plazo. Lo que está impactando es el diferencial de tasa de interés, con efectos sobre tipos de cambio y reservas internacionales. ¿Qué perspectivas abre este panorama para América Latina y cómo se puede evitar? Sumergidos tanto dogmáticos como apostatas en la crisis que tiene como efecto que las tasas de interés en Estados Unidos, Gran Bretaña, Europa y Japón sean negativas en términos reales, es decir netas de inflación, ambos grupos de países están inundados de capitales de corto plazo y reflejan por lo tanto auges en los precios de sus bolsas de valores, sus tipos de cambio y sus mercados de bienes raíces. Las excepciones pueden ser Argentina seguida de Venezuela y quizás Ecuador. A mayor crisis menor capacidad de préstamos dentro de Estados Unidos, Gran Bretaña, Europa y Japón y más necesidad de recurrir a mercados nuevos dinámicos. Al mismo tiempo, mientras más bajas las tasas de interés más se inyectan capitales a instrumentos de renta variable y más altos los índices de las bolsas de valores inclusive en las economías críticas. De esta manera se explica que los índices de Bolsa de Nueva York estén por encima de donde estuvieron en el 2007, al inicio de la crisis, a pesar de que su PIB casi no crece desde el 2009 y la perspectiva recesiva es fuerte. Eso es lo que se llama burbuja en términos financieros, no tiene detrás sustento real, es puro efecto monetario producto otra vez de las políticas de la FED (Reserva Federal), como lo fue en 2004 al 2007. Europa sigue el mismo curso, acompañado de Gran Bretaña y de Japón en lo que en términos cambiarios es percibido como una guerra de divisas. El problema de la crisis yace en que la productividad de las economías líderes crece a una tasa baja, el consumo a una tasa alta y el crédito para el consumo a una tasa aún más alta. Esto se estiró al punto que las importaciones derivadas del alto consumo se hicieron inmanejables. Al perderse empleos este esquema entra en reversa, se contrae el consumo, se contrae el crédito de consumo y en algún momento se inicia la recuperación de la productividad. Sin embargo las políticas que se vienen aplicando tienen que ver con reducir empleo pero no con mejorar productividad que se busca mejore por tipos de cambio – competitividad. La combinación de bajas salariales, como madre de la economía, aunado al crecimiento de consumo vía crédito tiene efectos sobre la calidad de vida de la población. El empleo se ha vuelto más precario y los derechos sociales se han ido perdiendo a favor de concentrar el ingreso, objetivo central de la política. Cuando esa población protesta por la pérdida de empleo es percibida como una amenaza terrorista. Sin duda a eso apunta la transformación de las leyes contra la protesta social en leyes antiterroristas. Desde Chile hasta Estados Unidos la protesta social está catalogada como terrorista, el trato del detenido/da, por lo tanto, es el de no-ciudadano. La persona no tiene derechos cuando es detenida por terrorismo, siendo ésta en realidad una protesta salarial o de empleo o de calidad de vida. El trato a los protestantes en Madrid, Nueva York y otras capitales en la ya disuelta campaña de Occupy Wall Street fue en esa dirección. El trato en Europa sigue siendo de ese modo. Escribió recientemente Saskia Sassen que 'la democracia como la hemos conocido está debilitada en particular en Estados Unidos'. Lo que enfrentamos es una degradación profunda del estado liberal. Las matanzas por drones y el encarcelamiento ilegal están a un extremo de aquel espectro de degradación, y la subida del poder, destrucción económica y arbitrariedad del sector financiero están al otro extremo. Susan George acaba de publicar El Informe Lugano II donde argumenta que el sector financiero ha acordado que lo relevante no es la democracia sino la rentabilidad y que se debe hacer todo para garantizar la misma. Esta es básicamente la idea de Sassen y es la idea detrás del dogma económico. Baste recordar que se introdujo el dogma en el mundo en Chile de la mano de Pinochet en 1974 con el inolvidable soporte del dúo Milton Friedman/Henry Kissinger y el auspicio financiero de la ITT.
Hacia la militarización del control social
La manera de la aplicación de la política de la FED llamada Quick Easing, en el Perú “la maquinita”, consiste en inyectar liquidez comprando bonos del tesoro a los bancos de inversión que los tienen. Esto lo hacen todos los bancos centrales de los HIRC. Esa liquidez es luego usada por los bancos de inversión para invertir tanto en sus propias bolsas como en el exterior. Como los 'commodities' se han titulizado, vale decir, tienen títulos valor con mercado propio, entonces los inversionistas compran cobre, títulos valor que da derecho a cierta cantidad de cobre físico. La manipulación de estos títulos valor empuja los precios de las materias primas por encima de su nivel real de precios determinada por oferta y demanda física. Desde el año 2008 es clarísimo cómo los precios de las materias primas están determinados básicamente en el mercado de títulos valor. El efecto es un crecimiento muy fuerte en las economías lideradas por las exportaciones primarias de África y América Latina. Con altas tasa de crecimiento, los países dogmáticos no están dispuestos a escuchar a los apóstatas, que también crecen mucho, en la necesidad de crecer de otro modo, o de integrarse de otro modo al mundo, privilegiando el mercado de bienes industriales. Los países dogmáticos están cerrando filas a través de tratados y acuerdos con Estados Unidos para asegurar que el dogma sea siempre respetado. El más reciente es el Tratado Trans-Pacífico -TPP- que aparentemente le da a las corporaciones más derechos, de manera análoga al Acuerdo Multilateral de Inversiones-AMI- que fuera suspendido en 1999 en Seattle tras las protestas sociales. En términos de teoría económica lo que se aprecia es que el dogma orientado a la concentración del ingreso viene ganando posiciones en Europa también. El FMI parece haber perdido peso allí frente a la Comisión Europea, que sirve de portavoz de esta mirada. El problema de la concentración del ingreso aunado al del sobre consumo y a la sobre acumulación siguen en el centro de la crisis. No se han resuelto. Por el momento, la crisis “global” está dividida en dos, una parte está en los HIRC, donde es evidente el deterioro continuo, y la otra donde los capitales de corto plazo fluyen y donde se siente el impacto de las alzas de los precios de las materias primas por las razones explicadas. Sin duda la crisis se va a generalizar cuando los precios bajen por efecto de ajustes de tasas de interés o se reactiven los HIRC. Esto último es menos probable en un futuro previsible. En ningún caso una reactivación basada en la tecnología, a su vez movida por energía fósil, es la solución porque precipitará un desenlace indeseable. La interrogante es si existe otro modo de entender la economía que sea viable y si diseños como el Buen Vivir pueden tener proyección global. El control social militarizado parece ser el nuevo rasgo de la crisis tanto en los HIRC como en el resto del mundo. El funcionamiento del complejo financiero bancario de manera extendida por todo el mundo está en proceso de generalizarse, articulándose de esta manera tanto la gran prensa como los intereses de esa gran banca que al fin son 30 instituciones y están representadas en el G20 y la guían. No hay ninguna evidencia que nada esté impidiendo que lo financiero siga funcionando de la misma manera que antes de la crisis. La incapacidad de pasar leyes regulatorias en Estados Unidos y la salida de Barney Franck del Senado indican el peso que tienen. La presencia de allegados del Complejo Financiero Bancario en el Securities and Exchange Commission de Estados Unidos y el Tesoro de dicho país, así como la de banqueros de inversión en casi todos los gobiernos de Europa, habla del asalto al poder también allá. El contrapoder con la capacidad de cuestionar el dogma y el orden establecido detrás de él crecen en países de América Latina pero peligra. Las amenazas sobre Argentina, Venezuela, etc., van en esta dirección. Oscar Ugarteche, economista peruano, es presidente de ALAI. Es investigador titular del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, México. Miembro del SNI/Conacyt. Coordinador del Observatorio Económico de América Latina. Ver: Callejón sin salida para el capitalismo?