26 feb. 2014

La democracia como mercado político

El siglo XX fue el siglo de la economía. El dinero ha sido la medida de todas las cosas, el afán de lucro ha sido el motor que ha movido todo lo que es susceptible de ser móvil.
Los mercados lo gobiernan todo, son el nuevo ídolo, el becerro de oro, ponen y quitan gobiernos, se autorregulan, se autorregeneran, son anónimos, no responden ante nadie, nunca se equivocan y su palabra es la ley.El siglo XXI lleva el mismo camino, aunque probablemente – como dice Ernst von Weizsäcker – cuando esté ya bien entrado, allá por 2030 se convierta en el siglo de la ecología cuando – debido a las consecuencias del calentamiento global – una botella de agua mineral cueste lo que una de buen cava. Entonces no nos quedará otra que ser ecologistas. Claro que a buenas horas.Así las cosas, no es de extrañar que en la última centuria la ciencia económica haya sido la más considerada de entre las ciencias sociales y que su influencia haya traspasado los límites de éstas y que algunas teorías económicas hayan sido adoptadas en la ciencia política, la sociología o en la historia. Uno de estos casos es el del estudio de la democracia como un mercado político.El primero que escribió sobre esto fue Schumpeter. Partiendo de la definición de mercado como un mecanismo de decisión colectiva, es decir, de asignación de recursos escasos a fines diversos mediante la interacción entre varios actores, para Schumpeter el mercado político sería un lugar donde se intercambia principalmente las promesas políticas de los candidatos por votos de los electores aunque se produzcan otros intercambios como los apoyos financieros y organizativos de los militantes de un partido o de un grupo de presión por concesiones en el programa político, los intercambios de gestión de los altos burócratas por partidas presupuestarias concedidas por los gobiernos electos, los intercambios de favores entre un gobierno central y los gobierno regionales y muchos más intercambios menos obvios que el de propuestas por votos. Y como todos los mercados, excepto el modelo teórico de los economistas sobre el mercado de competencia perfecta, presenta fallos de mercado. Aparentemente, el mercado político en democracia tiene una ventaja inicial con respecto al mercado económico: la distribución inicial de los recursos es igualitaria, ya que cada ciudadano tiene un mismo poder: un voto.

Sin embargo en la práctica sabemos que no todo el mundo obtiene las mismas recompensas por su voto, no todos los individuos con derecho a voto tienen la misma capacidad de obtener satisfacción o utilidad, es más, la mayoría nos quedamos frustrados – si no la noche de recuento electoral porque el partido de nuestras preferencias ha ganado – sí nos defraudamos unos meses después cuando vemos que el partido del gobierno no cumple con nuestras expectativas. El número de partidos es siempre limitado y mucho menor que el número de electores, por  lo tanto, no se pueden satisfacer todas las aspiraciones de todos los electores. De tal forma que éstos deben elegir el que se parece más a su modelo de cómo debería gobernarse su país, su región o su ciudad dependiendo de tipo de elección de que se trate. Por lo tanto, se trata de la crónica de un frustración anunciada, en algún momento de la legislatura, más pronto que tarde, una medida o un acto del gobierno te defraudará, es prácticamente imposible que un gobierno – aunque tu lo hayas votado – responda siempre según los criterios que tu habrías elegido en el caso de que tu mismo fueras el gobierno. Y todo esto aún suponiendo que todos los electores son perfectamente racionales, tienen una información perfecta sobre todos los entresijos de la política, y los partidos y políticos son perfectos.
En política, ni el más teórico de los modelos de mercado puede ser de competencia perfecta. Así que en la práctica no se trata tanto de elegir a tu partido ideal como de elegir al que según tu criterio es el menos malo y no se trata de si te vas a decepcionar o no, sino de hasta qué punto te van a defraudar y en cuánto tiempo lo van a hacer. Para entender todo este entramado, para comprender cómo solo puede haber un número limitado de partidos y cómo compiten entre sí, los politólogos que han seguido este enfoque del mercado político han concebido un símil o metáfora muy ilustrativo: la playa y los carritos de los helados. Imaginemos una de esas playas a las que vamos todos los veranos. Yo soy madrileño, y como todos los de Madrid, soy un amante de las playas, razones geográficas nos obligan a serlo. En esa playa imaginaria se encuentran tumbados debajo de sus sombrillas grupos de bañistas. Normalmente los jubilados y las familias con hijos pequeños, de esos de cubo y pala, que se levantan pronto, ocupan los lugares más próximos al agua, y los bañistas jóvenes, más amigos de las copas y aventuras nocturnas y que se levantan por tanto más tarde van ocupando los lugares más alejados de la orilla y más próximos al paseo marítimo. En cualquier caso, los bañistas van ocupando uniformemente la playa. A esa playa llega un vendedor con su carrito de los helados. ¿En qué posición le sería aconsejable a situarse para vender el mayor número posible de helados?. Si no introducimos más variables que el coste de recorrer la distancia desde la toalla hasta el carrito, es obvio que, para convencer al mayor número posible de bañistas lo mejor para el Sr. Bornay sería situarse en el centro de la playa. Supongamos ahora que, al reclamo del gran número de helados vendidos por el primer vendedor, se acerca a la playa de Sanlúcar un segundo vendedor. ¿Cuál será su posición ideal?. Como cada uno de los vendedores intentará convencer al máximo número de bañistas colocándose de manera que éstos recorran la mínima distancia hacia el helado, lo lógico será que se sitúen relativamente próximos  hacia el centro de la playa. Si viniera un tercer vendedor, se abriría una batalla entre los vendedores ya que los tres desearían permanecer en los aledaños del centro de la playa pero ninguno querría quedarse en medio. Ahora si sustituimos los bañistas por electores y los carritos por partidos tenemos el comportamiento electoral. Los partidos persiguen la obtención del máximo número de votos así como los vendedores persiguen la venta del máximo número de helados. Lo electores deciden sobre todo en función de la “distancia” entre su posición favorita y las posiciones de los partidos en el espacio político izquierda-derecha. Los electores tienen preferencias situadas en posiciones relativamente estables tal y como los bañistas suelen colocar las toallas casi en los mismos sitios todos los días. Mientras que los partidos disponen de mayor movilidad a corto plazo, ya que pueden modificar sus promesas electorales o seleccionar nuevos temas de campaña de la misma manera que el vendedor puede coger el carrito y moverse un poco más a la izquierda o a la derecha. La oferta en número de partidos es limitada, muchos carritos en la misma playa no venderían ni un ochavo y no merecería la pena ir a pasar calor a la playa sin bañarse – algo que para mí sería una tortura-. Y, por último, los partidos/carritos ocupan posiciones de equilibrio centristas y próximas entre sí. En los modelos de competencia entre dos partidos, las posiciones de éstos se sitúan en torno a la mediana de la distribución de las preferencias de los electores. El resultado suele ser robusto, tanto para sociedades en las que prima el consenso como para sociedades polarizadas, produciéndose una convergencia de políticas en torno a posiciones moderadas y posiciones más o menos centristas. Con tres partidos se suele producir situaciones estables con un partido más a la derecha o más a la izquierda y con menos votantes, si dos partidos intentan ocupar el mismo lugar la competencia elimina a uno de los dos volviendo a la situación de dos partidos. Existen modelos de más de cuatro partidos  en los que el equilibrio se encuentra situándose a pares a ambos lados del espectro político. Cuanto más partidos hay las posiciones de equilibrio son más difíciles de encontrar y los modelos son más cambiantes y menos duraderos. En España en este sentido estamos en un momento interesante después de casi dos décadas de bipartidismo imperfecto. El comportamiento electoral sigue un patrón que se viene repitiendo y que pasa porque el Partido Popular cuenta con una masa fiel de votantes que ronda los 10 millones. De esta manera en 2000, obtuvo 10.300.000 votos y logró la mayoría absoluta, en 2004, obtuvo 9.760.000 y perdió, y en 2008, 10.030.000 y volvió a perder. En cambio el Partido Socialista, dentro de que también tiene su público fiel, ha tenido subidas y bajadas importantes, en 2000, obtuvo casi 8.000.000 votos y en 2004, 11.000.000. Esos votos de menos no se transfieren, o se transfieren en baja proporción a otros partidos, en su mayoría van hacia la abstención. Luego el escenario electoral que se repite en las últimas legislaturas es que  el Partido Popular mantiene su público y es el Partido Socialista el que gana o pierde las elecciones. Pero la abultada derrota electoral del PSOE en las elecciones noviembre de 2011 – 4.000.000 de votos menos que en 2008 – y la caída en picado del Partido Popular en intención de voto – ante las políticas impopulares del Gobierno y su implicación en escándalos de corrupción- abre ciertas incógnitas sobre su futuro y sobre futuros cambios en el espectro político español. No es mala la metáfora la de la playa pues España tiene  7.780 km de costa, podríamos considerarla como una larga playa con seis carritos de helados: PP, PSOE, IU, UPyD, CiU y PNV. Dos de ellos, CiU y PNV sólo  están interesados en las playas catalana y vasca lo que descoloca un poco el modelo. El hecho de que el PSOE haya perdido tantos votos en las últimas elecciones da pábulo a muchas situaciones distintas. Puede ser sólo la manifestación de un cabreo ciudadano puntual ante una mala gestión, es un partido con una larga tradición y muy enraizado en la sociedad española, sin embargo la legislatura pasa y no acaba de levantar la cabeza, probablemente porque su electorado no percibe ningún cambio de rumbo, ninguna intención de renovación. IU sale reforzada de la pérdida de PSOE pero habrá que saber si esta tendencia es duradera, además la mayoría del voto decepcionado del PSOE se va tradicionalmente a la abstención. Pero lo más interesante desde el punto de vista del modelo de la playa es la aparición de UPyD y de VOX. No lo tienen fácil, no es nada fácil el nacimiento de un partido, fase en la que está VOX, ni su  consolidación electoral, momento en el que se encuentra UPyD. UPyD tiene que abrirse paso en el centro entre los dos gigantes políticos españoles. Tiene que diferenciarse de ellos, encontrar un espacio propio, obligar al PSOE – la crisis económica y su salida del gobierno puede ayudar – a que se vaya un poco más a la izquierda y que el PP renuncie a parte de su mensaje centrista – error que parece que está cometiendo -. Si permanece demasiado cercano a cualquiera de los dos, como hemos visto en el modelo, UPyD puede ser absorbida. Ya han desaparecido en el pasado dos partidos de centro, la UCD y el CDS. El espacio político de centro es un mal sitio para nacer. No obstante las proyecciones de voto indican que tiene un futuro prometedor porque los dos grandes se están comportando como a UPyD le interesa. El PP ha estado muy cómodo como único partido en el lado derecho del espectro político, recolector del voto desde la extrema al centroderecha. Ahora, aparte de UPyD por el centro, ha aparecido VOX por su derecha. Por primera vez los populares se encuentran cercados, por ambos lados, por grupos políticos que le disputan parte de su electorado tradicional. Podríamos estar ante un escenario de una playa con 4 ó 5 vendedores. El caso de 4 partidos políticos, según el modelo, puede estabilizarse; el de 5 es muy inestable. Algún partido quedará por el camino. En cualquier caso dan ganas de afirmar que el bipartidismo en España ha acabado, veremos qué pasa en el futuro próximo. La primera cita, en las europeas.Texto:Juan Carlos Barajas. Ver también: 'Oligarquía vs democracia'. 

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