22 ene 2017

La soledad del falsificador de cheques

El sociólogo norteamericano Edwin H. Sutherland creó en diciembre de 1939, en la reunión anual de la American Economic Society, el concepto de delito de cuello blanco. Este nuevo concepto abrió un espacio inédito para la justicia y el derecho.
 Hasta entonces se pensaba que el mundo delincuente era un ámbito vinculado únicamente con las clases bajas, y con los bajos fondos, con psicópatas degenerados, delincuentes natos marcados por estigmas atávicos, o sujetos caracterizados por una personalidad delincuente. Sutherland rompió la impunidad de la que gozaban los delincuentes de las clases acaudaladas. La delincuencia de cuello blanco, dijo en Filadelfia en su tan sonada intervención, se da en cualquier ocupación y puede descubrirse fácilmente a lo largo de una conversación casual con el representante de una determinada profesión. Basta con preguntarle: ¿Qué prácticas deshonestas existen en su profesión? La delincuencia de cuello blanco en el mundo de los negocios se manifiesta sobre todo bajo la forma de manipulación de informes financieros de compañías, la falsa declaración de stocks de mercancías, los sobornos comerciales, la corrupción de funcionarios realizada directa o indirectamente para conseguir contratos y leyes favorables, la tergiversación de los anuncios y del arte de vender, los desfalcos y la malversación de fondos, los trucajes de pesos y medidas, la mala clasificación de las mercancías, los fraudes fiscales y la desviación de fondos realizada por funcionarios y consignatarios. Estos son lo que Al Capone llamaba “negocios legítimos”. Estos delitos y muchos otros se encuentran con frecuencia en el mundo de los negocios. Cuando un delincuente, o un presunto delincuente de cuello blanco es detenido y va a la cárcel, no solo entran en escena conocidos bufetes de abogados, jueces, periodistas, policías y funcionarios de prisiones, sino que también se produce a su alrededor una actividad febril, como la conmoción en un hormiguero. Parientes, amigos y conocidos, altos cargos, personas influyentes de toda suerte y condición, desenfundan sus móviles con la misma rapidez con la que los pistoleros desenfundaban sus revólveres en el salvaje oeste. Es entonces cuando a través de encuentros discretos se debaten los procedimientos a seguir, pues es preciso parar el golpe, dar ánimos a la víctima, invalidar las pruebas, conseguir la libertad bajo fianza, hacer frente al estigma de la cárcel, encontrar aliados, y, sobre todo, enredar la madeja procesal hasta conseguir la anulación de las pruebas o que los delitos prescriban. Los delincuentes de cuello blanco no tienen los brazos tatuados con sirenas soñadoras o con corazones atravesados por flechas, y en las cárceles mantienen un discreto aislamiento de los presos comunes, gozan de algunos privilegios penitenciarios, además de estar en permanente contacto con sus abogados, profesionales altamente especializados que trabajan intensamente a su servicio en sus lujosos bufetes. La cárcel es para ellos un medio hostil, y supone un golpe enorme, muy difícil de asimilar, pues están demasiado acostumbrados a pisar tan sólo alfombras de nudo hechas a mano por fuerza de trabajo de usar y tirar. Estaban en lo más alto, y ahora están formando parte del mundo que más odian: el mundo de la pobreza. No es extraño que a la hora de declarar pidan prestada una corbata a su abogado. ¡Todavía hay clases! Edwin Sutherland, en íntima relación con la elaboración del concepto de delito de cuello blanco, desarrolló una nueva teoría sociológica del delito denominada la teoría de la asociación diferencial. Sostiene que todos los delincuentes, incluidos los de cuello blanco, cometen sus fechorías con la ayuda de otros que cooperan en la realización de delitos porque las razones y las motivaciones para delinquir son más fuertes que las que les incitan a respetar las leyes. Delinquen porque participan en cooperación en un proceso de aprendizaje social, de tal modo que los delincuentes no están solos, cuentan con un importante capital social o relacional que les sirve de refuerzo y cobertura para cometer actos delictivos. La teoría de la asociación diferencial de Sutherland fue discutida por Edwin Lemert, otro importante sociólogo norteamericano dedicado a estudiar las conductas desviadas. Lemert , en un ya clásico artículo publicado en Social Problems, encontró un tipo de delincuente que, a diferencia de la mayoría de los delincuentes de cuello blanco, suele actuar solo: el falsificador de cheques. Desde hace unos años, desde el boom de la construcción, la vida política española se encuentra enfangada por la corrupción. Desde los pequeños ayuntamientos hasta las grandes maquinarias políticas, pasando por Cajas de Ahorros y Bancos de Inversión, a la sombra de la especulación inmobiliaria, se han promovido las recalificaciones, los contratos amañados, la financiación irregular de los Partidos Políticos, la ingeniería financiera, las comisiones irregulares, en suma, los delitos de los poderosos. Desde que el ex concejal del Partido Popular en Majadahonda José Luis Peñas realizó las escuchas, desde que el diario El País sacó a la luz la trama Gürtel, y desde que el 6 de febrero del 2009 el juez Baltasar Garzón comenzó a instruir la causa contra el empresario Francisco Correa, y otros imputados, entre ellos Luis Bárcenas, no han cesado de sucederse noticias sobre esta red de malhechores en la que se han dado cita para delinquir políticos y empresarios. Empresas como Special Events, que organizó todos los actos de Partido Popular en Galicia, Pasadena Viajes, que organizó viajes, entre otros, para el equipo electoral deJosé María Aznar, Easy Concept, empresa especializada en gestión del servicios públicos, a quien la Comunidad de Madrid adjudicó más de 70 contratos sin concurso, las empresas Good and Better y Orange Marquet, esta última especialmente activa en la Comunidad Valenciana en donde estalló el escándalo de los trajes del Muy Honorable Presidente de la Generalidad Valenciana, confirman la teoría de la asociación diferencial de Sutherland. En bodas de ensueño, yates de lujo, visitas del Papa, banquetes, y otros actos sociales, se dan cita empresarios ambiciosos y políticos corruptos, muchos de ellos aun en ejercicio. El jueves 27 de junio, a las 19:34 horas salía de la Audiencia Nacional en un furgón de la Guardia Civil hacia la cárcel de Soto del Real el ex tesorero del Partido Popular Luis Bárcenas. Entraba en la misma cárcel en la que algunos días antes otro juez había ordenado detener a Miguel Blesa, ex presidente de Caja Madrid, que ya ha sido excarcelado. El recluso Bárcenas, que mantiene dos cuentas en Suiza por las que se calcula que han pasado cerca de 48 millones de euros, había llegado unas horas antes a la Audiencia, para declarar ante el juez Pablo Ruz, en un vehículo de alta gama con cristales opacos. Cuando entró en la Audiencia Nacional era un hombre libre, ahora es un preso sobre el que pesa la acusación de blanqueo de capitales, fraude fiscal, cohecho, falsedad en documento mercantil, y estafa procesal. Conviene no olvidar que Luis Bárcenas ha sido ex senador del Partido Popular elegido por Cantabria en las elecciones de 2004 y 2008 lo que hace doblemente graves sus presuntos delitos, pues cuando un representante de la soberanía popular viola las leyes, atenta de forma directa contra la democracia representativa, basada en la delegación de poder de los ciudadanos. Izquierda Unida, junto con la Asociación Justicia y Sociedad, la Asociación Libre de Abogados, Ecologistas en Acción y la Federación de los Verdes, ha presentado una querella contra los responsables de la tesorería del PP, Luis Bárcenas y Álvaro Lapuerta, y los ex ministros Ángel Acebes, Rodrigo Rato y Federico Trillo por supuestas comisiones irregulares entre 2003 y 2008. Federico Trillo, que era ministro de defensa cuando se produjo el terrible accidente del Yak-42, fue reprobado por el Congreso de los Diputados, y por los familiares de los fallecidos en el accidente aéreo, tras el doloroso y reprobable proceso de identificación de los cadáveres. Pero, pese a que son muchos los que han pedido su retirada de la vida política, el presidente Mariano Rajoy, lejos de acceder a esa demanda legítima, ha decidido premiar a Trillo con el nombramiento de embajador de España en Londres. Bárcenas asegura ahora que los papeles publicados por el diario El País son auténticos, y que constituyen la contabilidad B, la contabilidad real, del dinero recaudado ilegalmente por el Partido Popular. Asegura también que se pagaron sobresueldos en dinero negro a altos dirigentes del Partido. Se calcula que entre 1990 y 2011 el Partido Popular pagó 22 millones de euros en sobresueldos a 40 dirigentes políticos, a su vez pagados con fondos públicos. Bárcenas declaró también que la defensa de los militares imputados en el Yak 42 se pagó con dinero negro, aunque ya han aparecido algunos desmentidos en la prensa. En sus papeles aparecen pagos a Federico Trillo por valor de 51.000 euros desde julio de 2003 a julio de 2006. La contabilidad paralela registra que Trillo recibió otros 77.413 euros entre agosto del 2000 y diciembre del 2001 por haber descendido de la Presidencia del Congreso a un cargo menos remunerado. La Asociación de Familias de las Víctimas del Yak-42 cuentan ahora con nuevas razones para la indignación, pero somos la mayoría de los españoles quienes deberíamos reclamar la retirada de la política de personajes cuya catadura moral los incapacita para el ejercicio de cualquier cargo público. En La genealogía de la moral Friedrich Nietzsche, el implacable fustigador de todas las neurosis religiosas, reenviaba a un texto de la Suma teológica de Tomás de Aquino en el que el teólogo dominico sostenía que en el cielo, los bienaventurados, para que su felicidad se acreciente de un modo exponencial, tendrán el privilegio de contemplar los atroces sufrimientos de los impíos, condenados a las penas del infierno. En un mundo civilizado el sufrimiento ajeno no debería ser una fuente de satisfacción para nadie, pero hay que felicitar a los medios de comunicación, a los jueces y en este caso a la Acción Popular representada por Adade, la Asociación de Abogados Demócratas por Europa, por llevar adelante la lucha contra un sistema extendido de delitos que minan la moral social, desprestigian a la clase política, e impiden el buen gobierno. Las declaraciones de Bárcenas ante el juez prueban que ha decidido desasirse de la madeja de encubridores y colaboradores que le dieron alas en el Partido Popular, su partido. Los portavoces del PP tratan de presentar ahora a su extesorero como si se tratara de un falsificador de cheques que actuaba en solitario, pero, gracias a la sociología criminal, sabemos que en realidad formaba parte de una asociación de delincuentes de cuello blanco. La corrupción se ha enquistado, con mayor o menor fortuna, en la mayor parte de los partidos políticos que tienen responsabilidades de gobierno. Urge por tanto sanear la vida política democrática, y para ello será preciso romper ese pacto mafioso, esa asociación diferencial para delinquir, que lleva estrangulando durante hace ya demasiado tiempo la vida política española. Texto: Fernando Álvarez-Uría.

20 ene 2017

Hegemonía mediática


6 CUESTIONES

1. El sistema mediático contemporáneo demuestra capacidad de fijar sentidos e ideologías, seleccionando lo que debe ser visto, leído y oído por el conjunto del público. Por más que existan por parte de lectores, oyentes y tele espectadores expectativas y respuestas diferenciadas a los contenidos recibidos, son los grupos privados de comunicación que prescriben orientaciones, enfoques y énfasis en los informativos; cuáles son los actores sociales que merecen ser incluidos o marginalizados; cuáles las agendas y pautas que deben ser destacadas o ignoradas.

Los medios difunden juicios de valor y sentencias sobre hechos y acontecimientos, como si estuvieran autorizados a funcionar como una especie de tribunal, sin ninguna legitimidad para eso. Su intención, asumida pero no declarada, es diseminar contenidos, ideas y principios que ayuden a organizar y unificar la opinión pública en torno a determinadas visiones de mundo (casi siempre conservadoras y sintonizadas con el estatus quo)
Los medios eligen los actores sociales, articulistas, analistas, comentaristas y columnistas que deben ser prestigiados en sus vehículos y programaciones. En la mayor parte de los casos, como observa Pierre Bourdieu, estos portavoces nada no hacen más que reforzar el trabajo de los “think tanks” neoliberales en favor de la mercantilización general de la vida y la desregulación de las economías y los mercados. En efecto, los “intelectuales mediáticos” o “especialistas” dicen todo aquello que sirve a los intereses de clases e instituciones dominantes, combatiendo y descalificando ideas progresistas y alternativas transformadoras.

Los grupos mediáticos mantienen también acuerdos y relaciones de interdependencia con poderes económicos y políticos, en busca de presupuestos de publicidad, patrocinios, financiaciones, exenciones fiscales, participaciones accionarias, apoyos en campañas electorales, concesiones de canales de radiodifusión, etc. No son neutros y exentos, como quieren hacer creer; son parciales, toman partido, favorecen los intereses mercantiles, defienden posiciones políticas, combaten ideologicamente a los opositores.

2. Los medios se apropian de diferentes léxicos para intentar colocar dentro de sí todos ellos al servicio de sus objetivos particulares. Palabras que pertenecían tradicionalmente al léxico de la izquierda fueron resignificadas durante la hegemonía del neoliberalismo en las décadas de 1980, 1990 y parte de 2000. Cito, de inmediato, dos palabras: reforma e inclusión. De la noche a la mañana, pasaron a ser incorporadas a los discursos dominantes y mediáticos en sintonía con el ideario privatista. Se trata de indiscutible apropiación del repertorio progresista, que siempre asoció reformas al imaginario de la emancipación social. Las apropiaciones tienen el propósito de redefinir sentidos y significados, a partir de ópticas interpretativas propias.

3. Al celebrar los valores del mercado y del consumismo, el sistema mediático subordina la existencia al mantra de la rentabilidad. La glorificación del mercado consiste en presentarlo como el ámbito más adecuado para traducir anhelos, como si sólo él pudiera convertirse en instancia de organización societaria. Un discurso que no hace más que realzar y profundizar la visión, claramente autoritaria, de que el mercado es la única esfera capaz de regular, por sí misma, la vida contemporánea. Los proyectos mercadológicos y los énfasis editoriales pueden variar, menos en un punto: las corporaciones operan, consensualmente, para reproducir el orden del consumo y conservar hegemonías instituidas.

4. Los discursos mediáticos están comprometidos con el control selectivo de las informaciones, de la opinión y de los juicios de valor que circulan socialmente. Eso se manifiesta en las manipulaciones de los noticieros y la interdicción de los puntos de vista antagónicos, afectando la comprensión de las circunstancias en que ciertos hechos acontecen (generalmente los que son contrarios a la lógica económica o a las concepciones políticas dominantes).
Los medios masivos buscan reducir al mínimo el espacio de circulación de ideas contestatarias – por más que estas continúen manifestándose y resistiendo. La meta es neutralizar análisis críticos y expresiones de disenso. Un ejemplo de lo que acabo de decir son los enfoques tendenciosos sobre las reivindicaciones de movimientos sociales y comunitarios. Son frecuentemente subestimadas, cuando no ignoradas, en los principales periódicos y telediarios, bajo el argumento falaz de que son iniciativas “radicales”, “populistas”, etc. La vida de las comunidades subalternas y pobres está disminuida o ausente en los noticieros.

5. El sistema mediático rechaza cualquier modificación legal que ponga en riesgo su autonomía y sus ganancias. A cualquier movimiento para la regulación de la radiodifusión bajo concesión pública, reacciona con violentos editoriales y artículos que presentan los gobernantes que se solidarizan con la causa de la democratización de la comunicación como “dictadores” que quieren sufocar la “libertad de expresión”. Es una grosera mistificación. Lo que hay, en verdad, es el bloqueo del debate sobre la función y los límites de la actuación social de los medios. Las grandes empresas del sector no tienen ninguna autoridad moral y ética para hablar en “libertad de expresión”, pues niegan diariamente la diversidad informativa y cultural con el control selectivo de la información y la opinión. Se confunden intereses empresariales y políticos con lo que sería, supuestamente, la función de informar y entretener. Todo eso acentúa la ilegítima pretensión de los medios hegemónicos de definir reglas unilateralmente, inclusive las de naturaleza deontológica, para colocarse por encima de las instituciones y los poderes constituidos, ejerciendo no la libertad de expresión, sino la libertad de empresa.

6. Los conglomerados detienen la propiedad de la mayoría de los medios de difusión, la infraestructura tecnológica y las bases logísticas, lo que les confiere dominio de los procesos de producción material e inmaterial. La digitalización favoreció la multiplicación de bienes y servicios de infoentretenimiento; atrajo players internacionales para negocios en todos los continentes; intensificó transmisiones y flujos en tiempo real; y agravó la concentración en sectores complementarios (prensa, radio, televisión, internet, audiovisual, editorial, telecomunicaciones, publicidad, marketing, cine, juegos electrónicos, móviles, plataformas digitales, etc.).
Todo eso hace sobresalir nuevas formas de plusvalía en la economía digital: la tecnología que posibilita sinergias y convergencias; el reparto y la distribución de contenidos generados en las mismas matrices productivas y plataformas; la racionalidad de costes y la planificación de inversiones.
Se origina de ahí un sistema multimediático con flexibilidad operacional y productiva, que incluye amplia variedad de iniciativas y servicios digitales, flujos veloces, espacios de visibilidad, esquemas globales de distribución, campañas publicitarias mundializadas y técnicas sofisticadas de conocimiento de los mercados. La finalidad es garantizar el mayor dominio posible sobre las cadenas de fabricación, procesamiento, comercialización y distribución de los productos y servicios, incrementando la rentabilidad y los dividendos monopólicos. Texto: Denis de Moraes.

15 ene 2017

Final del neoliberalismo progresista

La elección de Donald Trump es una más de una serie de insubordinaciones políticas espectaculares que, en conjunto, apuntan a un colapso de la hegemonía neoliberal. Entre esas insubordinaciones podemos mencionar, entre otras, el voto del Brexit en el Reino Unido, el rechazo de las reformas de Renzi en Italia, la campaña de Bernie Sanders para la nominación Demócrata en los EEUU y el apoyo creciente cosechado por el Frente Nacional en Francia. Aun cuando difieren en ideología y objetivos, esos motines electorales comparten un blanco común: rechazan la globalización gran-empresarial, el neoliberalismo y al establishment político que los ha promovido. En todos los casos, los votantes dicen “¡No!” a la letal combinación de austeridad, libre comercio, deuda predatoria y trabajo precario y mal pagado que resulta característica del actual capitalismo. Sus votos son una respuesta a la crisis estructural de esta forma de capitalismo, crisis que saltó por primera vez a la vista de todos con la casi fusión del orden financiero global en 2008.


Sin embargo, hasta hace poco, la repuesta más común a esta crisis era la protesta social: espectacular y vívida, desde luego, pero de carácter harto efímero. Los sistemas políticos, en cambio, parecían relativamente inmunes, todavía controlados por funcionarios de partido y élites del establishment, al menos en los estados capitalistas poderosos como los EEUU, el Reino Unido y Alemania. Pero ahora las ondas electorales de choque reverberan por todo el planeta, incluidas las ciudadelas de las finanzas globales. Quienes votaron por Trump, como quienes votaron por el Brexit o contra las reformas italianas, se han levantado contra sus amos políticos. Burlándose de las direcciones de los partido, han repudiado el sistema que ha erosionado sus condiciones de vida en los últimos treinta años. Los sorprendente no es que lo hayan hecho, sino que hayan tardado tanto. 


No obstante, la victoria de Trump no es solamente una revuelta contra las finanzas globales. Lo que sus votantes rechazaron no fue el neoliberalismo sin más, sino el neoliberalismo progresista. Esto puede sonar como un oxímoron, pero se trata de un alineamiento, aunque perverso, muy real: es la clave para entender los resultados electorales en los EEUU y acaso también para comprender la evolución de los acontecimientos en otras partes. En la forma que ha cobrado en los EEUU el neoliberalismo progresista es una alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los LGBTQ), por un lado, y, por el otro, sectores de negocios de gama alta “simbólica” y sectores de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood). En esta alianza, las fuerzas progresistas se han unido efectivamente con las fuerzas del capitalismo cognitivo, especialmente la financiarización. Aunque maldita sea la gracia, lo cierto es que las primeras prestan su carisma a este último. Ideales como la diversidad y el “empoderamiento”, que, en principio podrían servir a diferentes propósitos, ahora dan lustre a políticas que han resultado devastadoras para la industria manufacturera y para las vidas de lo que otrora era la clase media.
El neoliberalismo progresista se desarrolló en los EEUU durante estas tres últimas décadas y fue ratificado por el triunfo electoral de Bill Clinton en 1992. Clinton fue el principal ingeniero y portaestandarte de los “Nuevos Demócratas”, el equivalente estadounidense del “Nuevo Laborismo” de Tony Blair. En vez de la coalición del New Deal entre obreros industriales sindicalizados, afroamericanos y clases medias urbanas, Clinton forjó una nueva alianza de empresarios, suburbanitas, nuevos movimientos sociales y juventud: todos proclamando orgullosos su bona fides moderna y progresista, amante de la diversidad, el multiculturalismo y los derechos de las mujeres. Aun cuando la administración Clinton hizo suyas esas ideas progresistas, cortejó a Wall Street. Pasando el mando de la economía a Goldman Sachs, desreguló el sistema bancario y negoció tratados de libre comercio que aceleraron la desindustrialización. Lo que se perdió por el camino fue el Cinturón del Óxido, otrora bastión de la democracia social del New Deal y ahora la región que ha entregado el Colegio Electoral a Donald Trump. Esa región, junto con nuevos centros industriales en el Sur, recibió un duro revés cuando la financiarización más desatada campó a sus anchas en el curso de las pasadas dos décadas. Continuadas por sus sucesores, incluido Barak Obama, las políticas de Clinton degradaron las condiciones de vida de todo el pueblo trabajador, pero especialmente de los empleados en la producción industrial. Para decirlo sumariamente: Clinton tiene una pesada responsabilidad en el debilitamiento de las uniones sindicales, en el declive de los salarios reales, en el aumento de la precariedad laboral y en el auge de las familias con dos ingresos que vino a substituir al difunto salario familiar.
Como sugiere esto último, al asalto a la seguridad social le dio lustre un barniz de carisma emancipatorio prestado por los nuevos movimientos sociales. Durante todos los años en los que los se abría un cráter tras otro en su industria manufacturera, el país estaba animado y entretenido por una faramalla de “diversidad”, “empoderamiento” y “no-discriminación”. Identificando “progreso” con meritocracia en vez de igualdad, con esos términos se equiparaba la “emancipación” con el ascenso de una pequeña élite de mujeres “talentosas”, minorías y gays en la jerarquía empresarial del quien-gana-se-queda-con-todo, en vez de con la abolición de esta última. Esa comprensión liberal-individualista del “progreso” vino gradualmente a reemplazar a la comprensión anticapitalista –más abarcadora, antijerárquica, igualitaria y sensible a la clase social— de la emancipación que había florecido en los años 60 y 70. Cuando la Nueva Izquierda menguó, su crítica estructural de la sociedad capitalista se marchitó, y el esquema mental liberal-individualista tradicional del país se reafirmó a sí mismo al tiempo que se contraían las aspiraciones de los “progresistas” y de los sedicentes izquierdistas. Pero lo que selló el acuerdo fue la coincidencia de esta evolución con el auge del neoliberalismo. Un partido inclinado a liberalizar la economía capitalista encontró su compañero perfecto en un feminismo empresarial centrado en la “voluntad de dirigir” del leaning in o en “romper el techo de cristal”. 
El resultado fue un “neoliberalismo progresista”, amalgama de truncados ideales de emancipación y formas letales de financiarización. Fue esa amalgama la que desecharon in toto los votantes de Trump. Prominentes entre los dejados atrás en este bravo mundo cosmopolita eran los obreros industriales, desde luego, pero también ejecutivos, pequeños empresarios y todos quienes dependían de la industria en el Cinturón Oxidado y en el Sur, así como las poblaciones rurales devastadas por el desempleo y la droga. Para esas poblaciones, al daño de la desindustrialización se añadió el insulto del moralismo progresista, que se acostumbró a considerarlos culturalmente atrasados. Rechazando la globalización, los votantes de Trump repudiaban también el liberalismo cosmopolita identificado con ella. Algunos –no, desde luego, todos, ni mucho menos— quedaron a un paso muy corto de culpar del empeoramiento de sus condiciones de vida a la corrección política, a las gentes de color, a los inmigrantes y los musulmanes. A sus ojos, las feministas y Wall Street eran aves de un mismo plumaje, perfectamente unidas en la persona de Hillary Clinton.
Lo que hizo posible esa combinación fue la ausencia de cualquier izquierda genuina. A pesar de arrebatos periódicos como Occupy Wall Street, que se rebeló efímero, no ha habido una presencia sostenida de la izquierda en los EEUU desde hace varias décadas. Ni se ha dado aquí una narrativa abarcadora de izquierda que pudiera vincular los legítimos agravios de los votantes de Trump con una crítica efectiva de la financiarización, por un lado, y con la visión antirracista, antisexista y antijerárquica de la emancipación, por el otro. Igualmente devastador resultó que se dejaran languidecer los potenciales vínculos entre el mundo del trabajo y los nuevos movimientos sociales. Divorciados el uno del otro, estos indispensables polos de cualquier izquierda viable se alejaron indefinidamente hasta llegar a parecer antitéticos.
Al menos hasta la notable campaña de Bernie Sanders en las primarias, que bregó por unirlos luego del relativo pinchazo de la consigna “Las Vidas Negras Cuentan”. Haciendo estallar el sentido común neoliberal reinante, la revuelta de Sanders fue, en el lado Demócrata, el paralelo de Trump. Así como Trump logró dar el vuelco al establishment Republicano, Sanders estuvo a un pelo de derrotar a la sucesora ungida por Obama, cuyos apparatchiks controlaban todos y cada uno de los resortes del poder en el Partido Demócrata. Entre ambos, Sanders y Trump, galvanizaron una enorme mayoría del voto norteamericano. Pero sólo el populismo reaccionario de Trump sobrevivió. Mientras que él consiguió deshacerse fácilmente de sus rivales Republicanos, incluidos los predilectos de los grandes donantes de campaña y de los jefes del Partido, la insurrección de Sanders  fue frenada eficazmente por un Partido Demócrata mucho menos democrático. En el momento de la elección general, la alternativa de izquierda ya había sido suprimida. La opción que quedaba era un tómalo o déjalo entre el populismo reaccionario y el neoliberalismo progresista: elijan el color que quieran, mientras sea negro. Cuando la sedicente izquierda cerró filas con Hillary, la suerte estaba echada.
Sin embargo, y de ahora en más, este es un dilema que la izquierda debería rechazar. En vez de aceptar los términos en que las clases políticas nos presentan el dilema que opone emancipación a protección social, lo que deberíamos hacer es trabajar para redefinir esos términos partiendo del vasto y creciente fondo de revulsión social contra el presente orden. En vez de ponernos del lado de la financiarización-cum-emancipación contra la protección social, lo que deberíamos hacer es construir una nueva alianza de emancipación y protección social contra la finaciarización. En ese proyecto, que construiría sobre terreno preparado por Sanders, emancipación no significa diversificar la jerarquía empresarial, sino abolirla. Y prosperidad no significa incrementar el valor de las acciones o el beneficios empresarial, sino la base de partida de una buena vida para todos. Esa combinación sigue siendo la única respuesta de principios y ganadora en la presente coyuntura.
En lo que a mí hace, no derramé ninguna lágrima por la derrota del neoliberalismo progresista. Es verdad: hay mucho que temer de una administración Trump racista, antiinmigrante y antiecológica. Pero no deberíamos lamentar ni la implosión de la hegemonía neoliberal ni la demolición del clintonismo y su tenaza de hierro sobre el Partido Demócrata. La victoria de Trump significa una derrota de la alianza entre emancipación y financiarización. Pero esta presidencia no ofrece solución ninguna a la presente crisis, no trae consigo la promesa de un nuevo régimen ni de una hegemonía segura. A lo que nos enfrentamos más bien es a un interregno, a una situación abierta e inestable en la que los corazones y las mentes están en juego. En esta situación, no sólo hay peligros, también oportunidades: la posibilidad de construir una nueva Nueva Izquierda.
Mucho dependerá en parte de que los progresistas que apoyaron la campaña de Hillary sean capaces de hacer un serio examen de conciencia. Necesitarán librarse del mito, confortable pero falso, de que perdieron contra una “panda deplorable” (racistas, misóginos, islamófobos y homófobos) auxiliados por Vladimir Putin y el FBI. Necesitarán reconocer su propia parte de culpa al sacrificar la protección social, el bienestar material y la dignidad de la clase obrera a una falsa interpretación de la emancipación entendida en términos de meritocracia, diversidad y empoderamiento. Necesitarán pensar a fondo en cómo podemos transformar la economía política del capitalismo financiarizado reviviendo el lema de campaña de Sanders –“socialismo democrático”— e imaginando qué podría ese lema significar en el siglo XXI. Necesitarán, sobre todo, llegar a la masa de votantes de Trump que no son racistas ni próximos a la ultraderecha, sino víctimas de un “sistema fraudulento” que pueden y deben ser reclutadas para el proyecto antineoliberal de una izquierda rejuvenecida.
Eso no quiere decir olvidarse de preocupaciones acuciantes sobre el racismo y el sexismo. Pero significa molestarse en mostrar de qué modo esas inveteradas opresiones históricas hallan nuevas expresiones y nuevos fundamentos en el capitalismo financiarizado de nuestros días. Rechazando la idea falsa, de suma cero, que dominó la campaña electoral, deberíamos vincular los daños sufridos por las mujeres y las gentes de color con los experimentados por los muchos que votaron a Trump. Por esa senda, una izquierda revitalizada podría sentar los fundamentos de una nueva y potente coalición comprometida a luchar por todos. Texto: Nancy  Fraser. Traducción: Mª. Julia Bertomeu

10 ene 2017

Ideología del populismo

El significado del proceso de sustitución del poder establecido por el movimiento popular, para la teoría populista, está indefinido ideológicamente, así como el carácter de los dos principales tipos de agentes y si el cambio institucional va en un sentido emancipador e igualitario o en otro opresivo y desigual. La apelación al pueblo no es suficiente para explicar el sentido completo de un movimiento populista y tampoco es un rasgo específico de él. Nos encontramos que, históricamente, ha habido populismos de ‘izquierda’ y de ‘derecha’, incluso de izquierda radical y de extrema derecha o, también, nacionalistas y estatistas, autoritarios y emancipadores. Los movimientos populares considerados populistas tienen un rasgo común: una lógica política que consiste en la polarización de los dos bloques, poder y pueblo, la constitución de éste en sujeto global de cambio, con plena identificación con sus demandas populares, para la conquista de la hegemonía, cultural y política, frente a la oligarquía o poder establecido.

No obstante, esas dinámicas pueden tener suficientes diferencias sustantivas y ese rasgo común ser muy secundario para su identificación. Dicho de otro modo, el conflicto sociopolítico y la hegemonía de unos actores sociales y políticos no son mecanismos analíticos o normativos específicos de la teoría populista. Son compartidos por otras corrientes de pensamiento: desde el marxismo y el hegelianismo hasta el nacionalismo y el fascismo, pasando por la teoría política progresista y social-liberal. Si Maquiavelo, fundador de las ciencias políticas, ya aportaba elementos para la gestión política y la dominación por parte del Príncipe, luego clase dominante y Estado, el populismo pretende ser una doctrina al servicio del pueblo frente al poder instituido. Pero esa idea genérica también es compartida por otras corrientes doctrinales.
Sin embargo, esos mecanismos, en ausencia de la interpretación de la dinámica efectiva y la concreción explícita respecto de una función o un proyecto igualitario, emancipador y democrático, son compatibles con distintos tipos de movimientos sociales y procesos de protesta social. La apelación al pueblo la realizan todo tipo de élites y fracciones del poder para incrementar su legitimidad social o su representatividad parlamentaria. No obstante, no es un indicio suficiente para la evaluación de su sentido reaccionario o emancipador. Tampoco son completamente definitorios otros elementos como el liderazgo o el presidencialismo, utilizados por todo tipo de partidos políticos y grupos sociales, con un impacto mucho más pernicioso cuando se tiene más poder, así como el querer acceder al poder desde una posición subordinada.
Su valoración sustantiva depende de qué tipo de poder se pretende derribar y qué características tiene la fuerza emergente, más allá de poseer una base popular, que también la suelen tener grupos conservadores o reaccionarios, y homogeneizar algunas demandas sociales bloqueadas desde el poder establecido. Con solo esos elementos de identificación, de lógica política, se produce una dispersión del significado de cada movimiento populista real que habría que juzgar por esa orientación de fondo (el qué, por qué y para qué), que precisamente no entra en su definición de populismo (centrada en el cómo) y más allá de su pretensión de disputar el poder.
Sin ánimo de ser exhaustivos, Laclau considera populistas los siguientes movimientos populares: el populismo ruso del siglo XIX, basado en el campesinado frente al zarismo; el partido comunista italiano en la posguerra mundial, con Togliatti y su propuesta de llevar a cabo las ‘tareas nacionales de la clase obrera’ y constituir un ‘pueblo’; la Larga Marcha de Mao y el partido comunista chino, en los años treinta, con su ‘frente anti-japonés’, incluido la alianza con el Kuomintang; el peronismo de Argentina, desde la década de los cincuenta; el neofascismo xenófobo del Frente Nacional del francés Le Pen y distintos movimientos similares de extrema derecha aparecidos en Europa en los últimos años.
El concepto de ‘fronteras flotantes’ de este autor tiene sentido para explicar estos casos. Expresa que tanto el poder cuanto el pueblo se construyen políticamente en un contexto determinado y son autónomos de la configuración estricta del poder económico o la estructura social. Supone que incluso una fracción del poder financiero o institucional puede pasar a ser considerado parte del pueblo (o aliado), frente a otra fracción del poder todavía más regresivo. En esta situación no significa que no importe el carácter político-ideológico de una fuerza, sino que la línea de demarcación de amigo-enemigo se fija precisamente por ese significado político o geoestratégico, no por su estatus económico. A esa idea de variación de los límites de cada uno de los dos campos principales podríamos añadir la existencia de sectores ‘flotantes’ o intermedios, que van y vienen o no se definen completamente por ninguno de los dos bandos en conflicto abierto. Lógica populista e indefinición de su orientación política e ideológica. La teoría populista mantiene una ambigüedad ideológica o la indefinición doctrinal de su orientación política, lo que da lugar a que bajo esa palabra exista una dispersión de distintos movimientos populistas (o populares) en el eje principal del sentido autoritario-regresivo o emancipador-igualitario. Debido a ese cajón de sastre, con dinámicas sustantivas contrapuestas, desechamos cualquier identificación de un movimiento social democrático como el español con esa corriente de pensamiento o bajo su etiqueta, ya que no define lo sustancial del mismo y genera confusión. Su indefinición respecto a valores centrales de libertad, igualdad y democracia, la incapacita para la identificación con su discurso, cuya ambigüedad ideológica deja el campo libre para que su contenido identificador lo rellenen otros o con materiales reaccionarios.
Sinteticemos los elementos centrales de la teoría populista de la mano de Ernesto Laclau, que se autodefine como populista de izquierdas. El populismo como teoría es, sobre todo, una ‘lógica política’, una forma de construir lo político y acceder al poder. Tiene una base popular, sin especificar su composición interna y el condicionamiento de sus intereses materiales, que se enfrenta a un poder (oligárquico o minoritario), sin definir su carácter. No tiene una orientación ideológica determinada, de izquierdas o de derechas (o de centro).
Lo específico del populismo sería la existencia o la construcción de dos bloques diferenciados, uno el poder establecido, otro el sujeto político popular que se conforma con la unificación de las demandas sociales (insatisfechas por el bloqueo del poder). Se parte de las demandas sociales, inicialmente heterogéneas o ‘democráticas’, para construir las demandas ‘populares’, a través de un proceso ‘equivalencial’ de juntar lo común de aquellas e impulsarlas y superarlas en una dimensión global. Básicamente, el populismo son estos dos rasgos encadenados: constitución de dos bloques antagónicos, con claras fronteras (aunque ‘flotantes’) entre poder y pueblo, y construcción de un sujeto de cambio a través de la identificación y la hegemonía de las demandas populares, con el discurso, el liderazgo y la retórica correspondientes. 
No obstante, existe la evidencia histórica de diversas polarizaciones sociopolíticas en dos campos fundamentales contrapuestos, los dos con cierta base popular y con gestión del poder o vocación de ejercerlo. Por tanto, es importante precisar dos cuestiones: 1) los mayores vínculos de cada uno de ellos con los poderosos y fracciones de ellos o con las capas populares; 2) si sus proyectos y tendencias transformadoras van en un sentido progresista en lo socioeconómico y democratizador en lo político o lo contrario, de mayor subordinación popular y autoritarismo del poder. Con esa formulación de pueblo frente a poder, no se terminan de definir los objetivos, los valores y los proyectos de sociedad y sistemas políticos y económicos. El elemento clave para esa teoría es partir de las demandas de abajo, del pueblo, pero no se nos dice cómo se han conformado, a qué intereses y prioridades obedecen y qué función tienen en relación con el avance hacia esos objetivos globales, de menor desigualdad y mayor libertad de los grupos subalternos y dominados.
El paso de necesidades e intereses de las clases trabajadoras (incluyendo precariado y desempleados) y clases medias (estancadas o descendentes) a reivindicaciones inmediatas requiere unas mediaciones y una articulación, que solo aparecen en el paso siguiente: de las exigencias básicas y democráticas a su transformación en demandas populares, con una dimensión global y una identidad popular antagónica con el poder o la casta. Esa identidad de antagonismo se asemeja a la conciencia de clase del marxismo que permitía la formación de un conjunto social (clase obrera o trabajadora) diferenciado y opuesto a la clase dominante (burguesía u oligarquía).
Esta teoría populista define un mecanismo o un procedimiento: antagonismo de dos sujetos, el poder popular emergente frente al poder existente. Y luego señala las pautas para la constitución del sujeto (pueblo) para acceder y construir un nuevo poder a través de la hegemonía.
Laclau no es determinista como las versiones ortodoxas o rígidas del marxismo. Para él lo principal es la existencia dentro de la población de esas demandas iniciales insatisfechas, como una cosa dada. Pero las demandas populares aunque son de la gente corriente, es decir, obedecen a intereses de las capas subalternas, dependen menos de las condiciones materiales del pueblo. En su conformación tiene un papel mucho más fundamental el activismo constructivista o la articulación de una élite que ofrece un discurso y una retórica, por una parte, con suficiente ambigüedad –significante vacío- para englobar el máximo de descontento y exigencias populares y, por otra parte, que facilite la construcción de la identificación del pueblo frente al poder oligárquico. Así, el dar nombre a las realidades sería fundamental para conseguir hegemonía.
La cuestión es que esa ‘nominación’ tiene que tener un nexo con la realidad social y la experiencia vivida por la mayoría de la población. Es decir, debe representar o expresar un significado relacionado con la mejora de su situación de desventaja o subordinación o, lo que es lo mismo, debe señalar un camino hacia mayor emancipación e igualdad.
En resumen, el discurso sobre unos mecanismos políticos (polarización, hegemonía, demandas populares), para evitar ambigüedades que permitan orientaciones, prácticas o significados distintos y contradictorios, debe ir acompañado con ideas críticas, asumidas masivamente, que definan un proyecto transformador democrático, igualitario y solidario. Queda abierta, por tanto, la necesidad de un esfuerzo específico en el campo cultural e ideológico para avanzar en una teoría social crítica y emancipadora y el correspondiente desarrollo programático, en conexión con la experiencia sociopolítica popular, que sirvan para un cambio social y político de progreso. Texto: A. A. Morón. Ver: NEOLIBERALISMO Y DESIGUALDAD

25 dic 2016

Teoría económica

El estallido de la crisis económica en 2007 ha dado lugar a determinados economistas, pocos por desgracia, a buscar más allá de circunstancias coyunturales una explicación teórica de las posibles razones de por qué se ha producido. Algunos analistas tras el fracaso de la experiencia neoliberal han celebrado el regreso de Keynes.
Pero Keynes no ha vuelto en la política económica para quedarse, aunque hubo intervenciones de los gobiernos al principio de producirse el choque para salvar sobre todo a la banca, pero pasado ese susto se regresó mayoritariamente, sobre todo en la Unión Europea (UE), al fundamentalismo de mercado que tan tristes resultados ha dado. Las políticas de ajuste y las medidas recomendadas caminan en esa dirección neoliberal y esto no solamente está dificultando la salida de la crisis, sino que ha creado un endeudamiento creciente, público y privado, en bastantes países que resulta impagable. Las cargas del ajuste se han repartido muy desigualmente, en contra de los de abajo y también, aunque en menor medida, de los del medio y a favor de los de arriba. La crisis con sus secuelas está lejos de resolverse, independientemente de que se produzcan recuperaciones, pero aún quedan demasiados cabos sueltos para suponer que se puedan lograr las condiciones de bienestar de antes del estallido de la Gran Recesión.


En Estados Unidos se ha aplicado una política de estímulos más keynesiana, aunque impulsada en gran parte por el gasto militar, y eso le está favoreciendo en el crecimiento mientras que la UE se estanca. De todos modos, se entra en una fase que se caracterizará por la inestabilidad e inseguridad creciente. Los autores keynesianos han realizado aceptables análisis de la crisis, y aunque tienen sus limitaciones a la hora de explicar el funcionamiento del sistema globalmente, no cabe la menor duda de que son muy superiores analíticamente a las contribuciones efectuadas por los monetaristas y neoliberales. Vista con perspectiva histórica que dan estos últimos siete años destacaría, en primer lugar, el libro de Skidelsky 'El regreso de Keynes' (Crítica, 2009), pero también Stiglitz 'Caída Libre' (Taurus, 2010), Krugman 'Acabad ya con esta crisis' (Crítica, 2012) y Akerlof y Schiller 'Animal Spirits' (Gestión 2000, 2009). Todos ellos premios Nobel, excepto Skidelsky, que sin embargo, considero que ha hecho el mejor trabajo entre los mencionados. Estos autores recuperan a su vez a un poskeynesiano como Minsky, que se encontraba olvidado pero cuya obra se ha revitalizado debido a que los hechos le han dado la razón, después de muerto, como es el caso de su libro '''Can “It”happen again?''' (M.E. Sharpe, 1982).

Las limitaciones del keynesianismo, a pesar de sus aciertos, lo que ha provocado es que bastantes analistas hayan vuelto los ojos a Marx, lo que ha sido bien acogido por parte del público inquieto intelectualmente. Esto se puede comprobar simplemente echando un vistazo en los estantes y bandejas de las librerías. Los libros de Marx se vuelven a vender, algunos de ellos se han vuelto a reeditar, y también los de autores que se consideran seguidores de su contribución. Entre tanta literatura resulta difícil destacar cuáles merecen la pena de ser leídos con el fin de que ayuden a saber algo más sobre lo que está pasando. Pero voy a hacer alguna recomendación. En primer lugar, conviene leer a Marx, lo que no resulta fácil, pues como se sabe escribió bastantes libros y artículos, algunos de ellos largos, densos y arduos de leer, y aunque en su extensa obra escribió como no podía ser menos acerca de las crisis no tiene un tratado sistemático de ellas, lo que ha dado lugar a interpretaciones diferentes sobre las causas que las provocan entre sus seguidores.
Por eso es por lo que resulta muy de agradecer la publicación que con el titulo 'Las crisis del capitalismo' (Sequitur, 2009) se recogen párrafos de 'Teorías sobre la plusvalía' (Fondo de Cultura Económica). Este libro tiene como introducción dos ensayos muy ricos de ideas de Bensaïd. Para los que estén interesados en conocer el pensamiento de Marx resulta de gran utilidad el libro no muy extenso y didáctico de Fine y Saad-Filho 'El Capital de Marx' (Fondo de Cultura Económica, 2013) que tiene además un último capítulo muy ilustrativo sobre ''financiarización, neoliberalismo y crisis''. Uno de los libros que me satisface más es el de Bellamy Foster y Fred Magdoff 'La gran crisis financiera' (Fondo de cultura Económica, 2009) que se sitúa en la línea de la tradición marxista de la escuela americana de Sweezy y la revista ''Monthly Review''. Por último mencionar el que se acaba de publicar de Duménil y Lévi 'La gran bifurcación'. 'Acabar con el neoliberalismo' (Catarata, 2014). Así como el recién sacado de la imprenta de Aglietta y Brand 'Un New Deal para Europa'. 'Crecimiento, euro, competitividad' (Traficantes de sueños, 2015). Hay muchos más también valiosos, y hay quien sin duda apostará por otros libros. Estos son solamente una muestra y los que yo modestamente recomiendo. Lo hago desde el convencimiento de que para interpretar la realidad tenemos que estar armados con una buena teoría. Desde el mundo académico es una obligación profundizar en la raíz que motiva los fenómenos, no confundir causas con efectos y no caer en la mera descripción de los hechos, enumerándoles cronológicamente sin capacidad de análisis. El conocimiento resulta necesario para poder interpretar el funcionamiento de la realidad para, a partir de ahí, tener capacidad de realizar un buen diagnóstico con el fin de contribuir a remediar los males derivados de la crisis y de un modelo económico y social concreto. Esto es lo que no se está haciendo en el pensamiento dominante cuya debilidad teórica es manifiesta y de ahí los resultados tan negativos que se están produciendo con las recetas recomendadas. No estaría mal, además, que los políticos y sus asesores se acerquen más a la literatura económica a ver si consiguen elevar el nivel intelectual del debate del Estado de la Nación. Los asesores son demasiados prisioneros de los informes oficiales y de las cifras que usan de un modo parcial e interesado y lo que se necesita es más capacidad de argumentar. Ante una situación tan triste reivindico la importancia del conocimiento frente a la ignorancia. Texto: C. Berzosa. Ver: Más sobre la deuda

12 nov 2016

El magnate y la lucha de clases

Este es uno de esos momentos en los que dan ganas de que Marx todavía estuviera vivo para analizar lo que se está viviendo en EEUU. Seguramente, escribiría algo de la magnitud del “18 Brumario”, porque lo que estamos viviendo hoy es uno de esos momentos paradójicos de la historia: la lucha de clases ha vuelto al centro de la política norteamericana de la mano de un multimillonario . Donald Trump, el millonario excéntrico al que se opuso todo el establecimiento de EEUU –sus medios de comunicación de masas que no pararon de burlarse de su pelo y sus expresiones, sus grandes capitales, los líderes de los partidos republicano y demócrata-, el forastero en asuntos de política, desplazó a la que era la favorita de todos los sectores del poder. Un hijo descarriado del establecimiento, terminó canalizando en la votación el profundo malestar que hay con el sistema en los EEUU.

Los Clinton representaban al establecimiento, por eso es que la familia Bush los apoyaba y por eso es que, veladamente, el liderazgo republicano esperaba que Clinton ganara. El triunfo de Trump, en cierta medida, es la primera gran grieta en el orden bipartidista de los EEUU y eso no es nada menor. Me alegro que Clinton haya perdido… el problema es que Trump es un representante de esa clase capitalista especuladora, un misógino y un xenófobo. Pero Clinton, aunque esos liberales de alcurnia nos quieran hace creer lo contrario, no era una beata progresista: defendió los abusos sexuales de su marido y atacó a sus víctimas, a la vez que también apoyó a su momento la construcción del muro con México. Aparte del hecho que era mujer, no tenía mucho más de “progre” que ofrecer, y como lo demuestra Margaret Thatcher, eso no garantizaba nada. Como tampoco el hecho de que Obama fuera negro impidió que los afroamericanos hoy estén pasando uno de los períodos de mayor represión y violencia en la historia reciente de los EEUU. Acá no había ningún santo y sí dos pecadores. Enorme bofetada recibieron estos liberales de alcurnia y progres del jet-set, que con su típico esnobismo despreciaban a esa “basura blanca” ( White trash ), a ese populacho ( rednecks ), que creían inferior, carente de su sofisticación y de su progresismo de fachada. Su arrogancia al referirse a sus adversarios políticos y su clasismo elitista eran francamente insultantes. A ver cuántos de esos insoportables cumplen sus amenazas de irse a vivir a otro país. Ese desprecio es global, como lo refleja con aire señorial una columna del colombiano Antonio Caballero, que acusa la soberbia del aristócrata cachaco con varios presidentes en su linaje familiar: “ Trump les gusta a millones de personas, mujeres y hombres: los que lo han llevado a ganar la candidatura republicana. Les gusta porque es como todos ellos. Piensa como ellos, actúa como ellos, habla el mismo lenguaje que hablan ellos. Paradójicamente Trump, el millonario que viene de las mismas entrañas del establecimiento, terminó hablando y representando a ese populacho despreciado por las élites. Hillary Clinton los trató de “deplorables” y con ello logró darles inmediatamente un sentido de identidad, por oposición : “ellos”, los profesionales cosmopolitas, y “nosotros”, los jodidos que nos hemos quedado sin trabajo y que hemos visto al “sueño americano” convertirse en una pesadilla. Incluso, el eco que tuvo entre los seguidores de Trump sus palabras advirtiendo que las elecciones podrían estar manchadas por el fraude, demuestran que la fe de estos “deplorables” en las sacrosantas instituciones de la democracia (supuestamente) “más avanzada del mundo”, está por el suelo. Donald Trump supo canalizar este descontento, tarea que tuvo fácil por la debilidad de las alternativas de izquierda en EEUU y emergió como una sombra distorsionada y deforme de la lucha de clases que los intelectuales a sueldo han querido sepultar, pero que carcome las entrañas de ese país. El triunfo de Trump refleja no solamente el malestar que recorre a la sociedad norteamericana, sino que también la internalización de los valores neoliberales en una población que no tiene alternativas de izquierda a la mano . En todo el mundo vemos empresarios saltar a la política, con el discurso de que se necesita un manager en el Estado, alguien que, si se hizo rico, podrá hacer rico a nuestro país, o como decía la campaña de Trump, que volverá a hacer a EEUU grande de nuevo. El problema es que no entienden que la lógica del enriquecimiento privado es inversamente proporcional a la lógica de la cosa pública. Lo impagable de todo esto es que por fin los Clinton han terminado de convertirse en cadáveres políticos . Una pareja que han sido de los más destructivos en la historia del imperialismo de EEUU –sino, que le pregunten a Haití, Siria, Libia e Irak (que Clinton destruyó con sanciones económicas mucho antes de la invasión de Bush), todos países los cuales los Clinton fueron directamente responsables de sumir en el caos y la destrucción más absoluta. Clinton, desde el punto de vista de su política internacional, es una halcón que ha activamente promovido el intervencionismo militar en todo el mundo: ni había ganado las elecciones y su lenguaje beligerante indicaba que una política clave de su gobierno sería escalar la confrontación con Rusia. Desde luego que Trump no hará nada radicalmente diferente a lo que Clinton podría haber hecho, aunque probablemente no tendrá su mismo celo y fanatismo de halcón. La política norteamericana no la define un presidente, sino los intereses corporativos del bloque dominante, el cual pese al remezón, siguen intactos. Eso ya lo demostró Obama con el escalamiento de una agresiva política militar internacional, aun después de sus promesas electorales de desescalar las aventuras militares de Bush. Se ganó el premio Nobel de la paz y hoy son de los mejores amigos con Bush, el carnicero del Medio Oriente. Trump es el síntoma, pero claramente no es la cura para esa profunda crisis que atraviesa a la sociedad norteamericana. Esos “deplorables” que pusieron su fe en Trump se verán pronto desilusionados y enfrentados a la triste realidad. Tendrán por delante dos opciones: volver a participar ritualmente en la fábrica de las ilusiones político-electorales en el 2020, o bien organizarse y comenzar a defender activa y colectivamente sus derechos. Porque si no lo hacen ellos, no lo hará nadie. Texto: J. Antonio Gutiérrez

18 oct 2016

Historia y Política

Viene al caso este artículo por el revuelo levantado con el Simposio “España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014)”.
Una vez más asistimos a la utilización de la historia con fines políticos concretos.   Ahora son los nacionalistas catalanes, pero muchas veces lo hacen los poderosos desde el Estado. Se ve claramente en el área curricular de Historia de España en Educación Secundaria y Bachillerato, donde intentan imponer la visión de una España, grande y libre. En este sentido viene muy bien recordar el proverbio africano que dice “Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, la historia de la caza siempre glorificará al cazador”
Para contrarrestar este planteamiento nacionalista, Alicia Sánchez Camacho (PP) nos comunica un nuevo Congreso histórico, para conocer la verdad histórica del nacionalismo español. Si el primero es un disparate, el segundo ya es de locura. Los políticos siempre tienen tendencia a deformar la historia para adaptarla a sus propios fines, utilizando mitos o lugares comunes para intentar dar verosimilitud a sus argumentos, distorsionando las pruebas con la finalidad de conseguir el objetivo deseado.
No existe un punto de vista más distorsionando y que dificulta tanto la comprensión adecuada del pasado como su interpretación en término de nación.
Asistimos con demasiada frecuencia a declaraciones interesadas en hechos concretos de la historia, que son manipulados y que son profusamente difundidos por los medios de comunicación afines, que intentan crear unas memorias históricas sobre determinados hechos del pasado, que en muchos casos tienen poco que ver con las pruebas existentes.
Los historiadores tomamos caminos y planteamientos diversos y diferentes al realizar estudios de investigación, a través de las fuentes disponibles, para así poder hacer una interpretación de los acontecimientos del pasado. La Historia aspira a ser una ciencia social, un tipo de conocimiento que no admite la arbitrariedad, el ocultamiento o el falseamiento de fuentes.
La profesión de historiador es una de las más bonitas existentes. Pero somos los  propios historiadores los primeros que debemos hacer que se nos respete, alejándonos de la instrumentalización pueril que desde el mundo de la política se pretende. Cada vez que oigo a un político mencionar la palabra historia, me confirma su más absoluto desconocimiento de la misma y  me da pavor el descaro de su manipulación.
Los historiadores tenemos ideología y pensamiento político como todo ser humano, pero como investigadores debemos contribuir al debate, a la cultura y al estudio del pensamiento político y social de nuestra sociedad. Siempre ha habido historiadores pagados por los poderes públicos para narrar los orígenes de esos mismos poderes públicos, lo que les llevaba a inventarse antecedentes o incluso a falsear documentos para avalar la autenticidad de sus tesis.
Tenemos que usar el análisis  histórico como una herramienta de conocimiento crítico de lo sucedido en el pasado, alumbrando las partes no conocidas y que muchas veces se intentan ocultar desde los poderes.
Los historiadores tenemos muchas veces puntos de vista diferentes ante los hechos, consecuencia de nuestra propia ideología, lo que crea una lucha entre objetividad-subjetividad. Lo que nunca debe hacer un historiador es apoyarse solamente en aquellos hechos más convenientes a sus principios en función de cuestiones políticas de poder y obviar aquellos que cuestionan  tales planteamientos.

Cuando se organizan Congresos o Simposios desde el poder político, nos llevan siempre a situaciones no deseadas y a resultados interesados en función de quien promueve tales congresos.
Como profesor de Historia durante treinta y seis años en la educación secundaria, se puede comprobar como los textos y los programas de esta asignatura responde perfectamente a una historia parcializada política e institucional, que refleja el éxito de los vencedores, obviando ampliamente otros campos históricos como lo social, económico… Así vemos, como los partidos del gobierno tienen especialmente interés en los contenidos de esta asignatura. Podrán comprender así mejor las declaraciones del actual ministro de educación, Wert, cuando utiliza la educación como instrumento de control y dominio de clase, cuando hablaba de “españolizar a los niños catalanes”.
Los historiadores nos debemos alejar constantemente de estos cantos de sirena de los políticos, que solo nos quieren para utilizarnos como arma arrojadiza en sus planteamientos simplistas de “bueno y malo” o “blanco o negro” cuando la realidad es siempre más compleja. Esta deformación tiene una finalidad política, normalmente justificar la existencia de la organización política en la que habitamos.
Siempre tenemos que evitar ese tipo de manipulación que quieren desde el poder. El historiador trabaja e investiga para que la población conozca lo que ha sucedido en el pasado  con la finalidad de reflexionar, analizar y  saque las consecuencias para un futuro y así evitar errores pasados.
Actualmente el nivel de manipulación histórica es muy alto, veamos algunos ejemplos. Desde el poder político del PP y sus acólitos de la historia, nos presentan a franco como un régimen autoritario, cuando en realidad ha sido una dictadura sangrienta, con más de 120.000 muertos después de finalizada la guerra civil.
Otro ejemplo. Es como gran parte de la burguesía catalana (hoy representada en CIU, los mismos que alientan la independencia catalana), no tuvieron ningún problema en alentar y apoyar la dictadura de Primo de Rivera, para que reprimiera el movimiento obrero tanto catalán como español. De eso ahora no se acuerdan.
La historia y la política partidista son dos mundos diferentes y los historiadores debemos tener claro que nunca deben mezclarse, pues hace alejarnos del esclarecimiento histórico y hace que nuestra labor no sea valorada por el resto de la sociedad
La manipulación siempre es mala por definición, pero la histórica lo es mucho más y no debemos permitirlo por respeto a nosotros mismos y a la sociedad para la que trabajemos, que necesita tener la mejor información posible. Es imposible pensar que la historia no sea manipulada, y que se nos deje de pedirnos a los historiadores que avalemos con nuestro relato las propuestas de los poderosos.
Como dice el historiador José Álvarez Junco “si queremos hacer de la Historia algo que se parezca a una ciencia, no pongamos nuestro trabajo al servicio de proyectos políticos. No simplifiquemos el pasado,, no lo deformemos, sobre todo, embutiéndolo en los rígidos corsés nacionales, porque todo el mundo ha estado hasta hace poco entrecruzado por unas redes de lealtades e identidades colectivas que nada tienen que ver con las naciones modernas”. Texto: Edmundo Fayanas Escuer.

21 sept 2016

Información y alimentación

Comer resulta vital para animales y plantas. Con el alimento orgánico se renuevan las energías del cuerpo físico. Pero el ser humano necesita más para sentirse realizado como persona. Precisa generar ideas, plantearse retos, pensarse a sí mismo, recabar datos e informaciones con los que movilizar su yo individual y social. No habría cultura sin suministro regular de ítems en forma de datos e informaciones compatibles y significativas a nuestro complejo y moldeable sistema cerebral.

Una vida plena exige alimento físico y espiritual en dosis equilibradas para no convertirnos en un autómata sin alma o en una ruina fría y estadística sin capacidad de empatía emocional. En el mundo que habitamos, con clases o elites hegemónicas marcando el paso de la oca a la gran masa globalizada, además de la enorme importancia de la propiedad de las multinacionales punteras en los sectores agrícola, ganadero y alimentario concentrada en pocas manos, las cuales crean hambre, escasez o excedentes en función de sus intereses políticos, económicos y financieros, es también crucial y estratégico dominar la generación y difusión de los datos alfanuméricos y de las informaciones periodísticas, publicitarias y académicas. La información “bien administrada” consolida y ofrece estabilidad al statu quo, beneficiando a las estructuras verticales de poder.
La información es un estructura que abarca muchos centros a la vez, con distintos matices (investigación, educación, propaganda, noticias…). Aquí nos vamos a detener en la información inmediata, del día a día, aquella específica y particular de los denominados medios de comunicación de acceso directo para la inmensa mayoría: la prensa en sus modalidades en papel, radio y televisión.
Como ya queda reflejado en el titular, la información bruta se ha transformado en un mecanismo de desinformación efectivo, en el que las ideas hegemónicas intentan crear un estado de opinión favorable a los intereses ideológicos de los poderes financieros y fácticos. Como la gastronomía, la información usa mecanismos técnicos muy similares para modificar sutilmente los sabores, la presencia y la textura de los datos que se aportan al consumidor ávido y pasivo de noticias.
Esas sibilinas y sofisticadas intermediaciones de modo hacen que las noticias vírgenes sufran leves transformaciones en su sustancia original. Esa adulteración invisible es consumida en general por el indefenso ciudadano medio sin apenas capacidad de respuesta crítica, creando en él un marco de interpretación y referencia subordinado a las ideas de las clases propietarias.
La libertad de expresión es una quimera. Los pobres (o no propietarios) solo pueden clamar en el desierto, mientras que los poderes establecidos multiplican su voz e influencia por millones de decibelios y píxeles y mediante la ocupación masiva del espacio y el tiempo a través de sus medios de comunicación comprados con subvenciones, publicidad o por sociedades interpuestas en los consejos de administración de los emporios mediáticos.
¿De qué manera nos desinforma la espuria libertad de expresión capitalista? Por saturación. Mediante el consumo de comida basura. Con exquisiteces singulares y sabrosas. Con noticias que nos entran por los ojos. A través de irresistibles banalidades entre horas. Con el clásico sensacionalismo fuera de temporada. Y, por supuesto, con cocina de autor y de expertos cum laude.

Saturación

Se trata de la modalidad que a todos nos vence por fatiga metafísica. Las noticias que afectan a una misma cosa, asunto o persona, y que pueden ser perjudiciales para el poder, se ponen en antena o se actualizan al minuto merced a datos espectaculares e inconexos. Tal avalancha de informaciones juega a dos bandas complementarias: por una parte, el dar la noticia contraria a los intereses de grandes corporaciones o instituciones o personajes encumbrados avala la tesis dulce de la libertad genuina de expresión, mientras desde otra perspectiva la repetición machacona de la noticia vacía de contenido, sentido y significado a la misma. Su mera enunciación satura porque los datos hacen rebosar la capacidad crítica del sujeto que intenta comprender las implicaciones de la noticia en sí poniéndola en relación con la realidad que le circunda. Ejemplo de la actualidad: la corrupción política y económica. Como dice el refranero, lo poco gusta y lo mucho cansa. Tanto hablar de la corrupción ha alterado la justa interpretación del fenómeno. Hay tantísimos casos en el escenario que la confusión reinante invita a pensar que el mal se debe a un fallo estructural de todos los seres humanos y de toda la sociedad en su conjunto. Tras esa corresponsabilización colectiva, ficticia y anónima se esconden los auténticos corruptos y delincuentes: imputados, partidos políticos e instituciones públicas.

Comida basura

Comprende sectores de comunicación muy diversos: prensa rosa, deportes, ocio e informaciones de sucesos o tremendistas. Al margen de la facturación internacional en miles de millones de euros o dólares, el sector basura crea consumidores incondicionales y alienados en grado extremo, partiendo a su target favorito en roles y segmentos muy definidos. Mujeres, hombres, parejas, personas morbosas, amas de casa… Se trabaja la superficialidad a conciencia, convirtiendo la autoestima particular en un reconocimiento tácito de los prejuicios culturales más extendidos en la población, fomentando en paralelo la pasividad de los sujetos a los que dirige sus tentáculos desinformativos. Desde las secciones de horóscopos a los consultorios sexológicos, pasando por los espacios deportivos insustanciales y ramplones en los informativos serios y los programas rosas de chismes de la high society o los formatos de telerrealidad grosera, el multiespacio de comida basura informativa resulta muy abundante y goloso. El amplio sector cumple una función de recompensa fácil y gratificación instantánea para aliviar los avatares diarios del ciudadano medio trabajador, estudiante o jubilado. Estamos ante un consumo desechable que impide atender otros focos de atención personal y cultural de mayor valor añadido: leer, conversar, pensar e interpretar la realidad con criterios propios y dialécticos.

Exquisiteces

A través de las noticias o referencias más restringidas a grupos selectos, los medios de comunicación generalistas y otros más específicos ofrecen la oportunidad a individuos concretos de buscarse a sí mismos y reconocerse como singularidades que se salen de la norma. Estamos ante una heterogeneidad muy de clase media de juventud eterna que se nutre de valores culturales con estilo muy acusado: historia, música, medio ambiente, actividades deportivas minoritarias como golf o esquí, turismo de aventura, moda de altos vuelos… Son formatos que sirven de espejo y diferenciación a quien en ellos se sumerge mediante un diálogo soterrado y silencioso que refuerza el narcisismo del lector tipo de estas informaciones de sesgo y contenido reservado únicamente para entendidos en la materia. Estas exquisiteces conforman modos de conducta en la clase trabajadora que intenta emular las poses y posos culturales de las clases pudientes por analogía o aproximación estética. El quiosco está plagado de cabeceras exquisitas al lado de los periódicos extranjeros y las revistas semanales o mensuales de política general.

Lo que entra por los ojos

Lo que a simple vista impacta no es más que una tecnología muy sofisticada para ocultar o difuminar otras noticias relevantes de máximo interés informativo o bien para desviar la atención hacia aspectos secundarios e intrascendentes de la rabiosa actualidad. Los métodos empleados son muy dúctiles y maleables, pero siempre se procura salvaguardar la sacrosanta inocencia y neutralidad de la libertad de expresión. Por ejemplo, EE.UU. lanza un ataque mortífero en cualquier país árabe o asiático. Junto a esta noticia puede ir otra de carácter sentimental, humano o de raíz meramente emocional: un policía salva a un niño de ser atropellado en Nueva York. Resulta evidente que la emoción inmediata del héroe policía y la sonrisa agradecida del infante solapa o anula las potenciales víctimas abstractas del bombardeo de los militares estadounidenses. Otro ejemplo más. Israel puede asesinar en “defensa propia” a cuantos palestinos considere oportuno en razón al Holocausto nazi de seis millones de judíos. Si alguien osa criticar las conductas criminales del gobierno israelí sobre él puede caer el estigma de antisemita de forma irracional y demoledora. Un tercer caso paradigmático de lo que entra por los ojos a la vez que oculta. Venezuela, Cuba y Rusia se utilizan con profusión como chivos expiatorios para tapar noticias de actualidad doméstica no favorables a los poderes establecidos. La gente acrítica consume con ganas lo que previamente se ha adecuado a sus gustos personales. Se dice, gráficamente, que pensamos lo que comemos, sin embargo sería más cierto expresarlo de esta manera: pensamos lo que leemos, vemos y escuchamos. Pensar con autonomía y criterio razonable cada vez será más caro y dificultoso.

Entre horas

Los sueltos, breves y las píldoras informativas en dosis telegráficas han existido siempre, si bien han tenido un crecimiento exponencial con internet y su mundo en tiempo real. La rapidez es consustancial a las sociedades de la globalización. Todo tiene que suceder aquí y ahora. El valor de lo inmediato no se discute, se vive, se consume y se tira al instante. De ahí que informarse a la carrera sea una necesidad que requiere inmensos esfuerzos de concentración y de síntesis cognitiva. Hay quienes solo se informan a través de sumarios, resúmenes de prensa, breves y titulares concisos. En televisión, mientras un locutor o presentadora habla, la cantidad de datos que nos asaltan en la pantalla son innumerables. Todos tienen el formato de flashes informativos o datos exprés con carácter absoluto de urgencia o inminencia total. La complejidad se desmenuza en miles de ítems infinitesimales reducidos a su mero nombre, eludiendo cualquier descripción del fenómeno real al que atañe. Es un tipo de información adaptada a la velocidad de ir conduciendo un automóvil, esperar con ansiedad el embarque en un aeropuerto o estación de ferrocarril o viajar apretujado en el metro o el bus por la ciudad hacia el trabajo o la universidad. Estos pildorazos son sucedáneos de información verdadera, mesurada, rigurosa y contrastada, no obstante llenan un vacío existencial y sacian nuestras irrefrenables ansias de curiosidad insaciable. Con estos raquíticos breves calmamos nuestras neurosis compulsivas de urbanitas posmodernos. Una vez en casa, en la templada soledad hogareña, bien podríamos decirnos como Sócrates que solo sabemos que no sabemos nada.

De autor

Quien únicamente se alimenta de informaciones de autor corre altos riesgos de colapso multiorgánico con síntomas inespecíficos. Expertos, gurús, iconoclastas, tertulianos u opinadotes profesionales y visionarios de variada estirpe conforman un club de autoridades técnicas en materias profanas y religiosas que sirven de cauce a muchos seguidores incapaces de crearse opiniones propias en el mundo actual. Suelen ser personas con la autoestima por los suelos o escasamente creativas que precisan de líderes o iconos a los que ofrecerse como esclavos, sumisos, súbditos o fans entregados de universos mentales casi religiosos o míticos. La información de autor crea adictos compulsivos y jamás plantea problemas profundos al orden establecido. En un mundo donde las complejidades de la vida se han reducido a sucesos o acontecimientos sin nexo entre ellos, confiar ciegamente o echarse en manos de opiniones “autorizadas” resulta un camino u opción que arroja cierta luz de seguridad ante las incertidumbres personales o colectivas de todo tipo y condición. Las redes sociales de adhesión fanática como Twitter y Facebook abonan este campo psicológico de estrecha unión con celebridades de sectores muy dispares. El autor es un dios menor que ofrece cobijo emocional en momentos de zozobra privada y crisis políticas y económicas.

Fuera de temporada

Todo lo extemporáneo, maravilloso, increíble, raro o monstruoso entra dentro del amarillismo sensacionalista. Es una vieja táctica de los medios de comunicación masivos para ganar clientela frente a la competencia y también para embotar la mente ciudadana de noticias morbosas e irrelevantes. Es puro espectáculo que convierte en entretenimiento baladí cualquier aspecto de la realidad cotidiana o histórica. Se configura como un puñetazo en pleno rostro que cae en detumescencia nada más sufrirse el impacto. Hay muchas personas adictas al sensacionalismo que interpretan, según conveniencia o costumbre, los papeles del sádico y/o el masoquista. Los asesinos en serie, los actos culturales de pueblos aborígenes o lejanos o de minorías étnicas, las excepcionalidades físicas o psíquicas y los gustos estrafalarios son algunos motivos favoritos de este apartado informativo. Y, por supuesto, las medias verdades de cualquier asunto real o histórico. Lo escabroso, esotérico y de imposible confirmación son hechos “fuera de temporada” que sirven como escape, tocata y fuga de la cruda realidad diaria. ¿Una noticia sensacional? Existen a montones: poner en tela de juicio que el ser humano pisara la Luna, un reportaje superficial sobre el tamaño del pene de Napoleón o una entrevista en exclusiva con un personaje protagonista de un milagro religioso que dice haber hablado con la virgen María. El sensacionalismo da la misma importancia a la opinión de un científico y a la de un impostor salido de la nada absoluta. 
Las viandas que nos desinforman en tiempo real son extremadamente suculentas y atractivas. Nadie está a salvo de su veneno ponzoñoso y de su perfidia solapada. Hay que estar en guardia permanentemente ante tamaña y colosal capacidad y poder casi omnímodo de los medios de comunicación. No se trata tanto de levantar diques de entrada a nuestro cerebro sino como de mantener una actitud escéptica y alerta que impida que nos comamos y creamos a pies juntillas todo lo que nos dicen y elaboran en el mercado de la información mediática.
Hay que comer e informarse con alimentos y noticias variados. Y observar cómo reacciona el organismo ante lo nuevo y las mezclas o cócteles de datos y sabores. Las denominaciones de origen son fundamentales en la elección de nuestros alimentos diarios. Saber quién hay detrás de cada información es también esencial en nuestra dieta saludable de información cotidiana. Conocer de qué modo pueden engañarnos es saber mucho, un arma de construcción crítica de la realidad que nos hará más ponderados en la argumentación y el razonamiento público.
Vivimos en red, en medio de un pastel dulce o un caos amargo precocinado por los medios de comunicación de masas. La primicia informativa no es más que una mercancía hecha noticia, un producto en suma para ser consumido al instante. Una información veraz no precisa de mercadotecnia para ser reconocida como tal. Ahora bien, ¿existe la información independiente en sentido estricto? Texto: A. B. Ginés

6 ago 2016

Estado Español y Opus Dei

Son muchos los miembros del Opus Dei en sus diferentes formatos legales (Supernumerarios, Numerarios, Agregados, etc.) o informales (simpatizantes, hooligans, etc.) que están plenamente integrados en los circuitos institucionales del Estado Español, sorteando su carácter aconfesional en los términos previstos en el articulo 16.3 de la Constitución de 1978. 

Vamos a intentar, ponerle nombre y apellidos a esa legión de genoveses que profesan una militancia militante y personalizada en esta organización creada por el hoy ya santo José María Escrivá de Balaguer. Vaya por delante que en nuestro ánimo no está descalificar, difamar, injuriar, denigrar, ofender, ni al Opus como tal, ni mucho menos a sus integrantes. Pero en cambio sí que lo está informar de su presencia en las instituciones y de las consecuencias potenciales que de la misma se pueden derivar. Vayamos al grano. De entrada, como es conocido, el Opus no tiene en funcionamiento ningún “Portal de la Transparencia” que ayude a encontrar el nombre y apellidos de sus integrantes. Sólo si alguno de ellos lo hace público es cuando se puede constatar su pertenencia a la Obra. Por tanto, son muchos más de los que uno se puede imaginar aunque seguramente muchos menos de los que a su cúpula le gustaría. Sea como fuere, un buen número de sus integrantes y/o simpatizantes para enmascarar sus vinculaciones con el Opus se refugian en un eufemismo al uso y es que su 'autodefinición' como personas “profundamente religiosas”. En este apartado, como se verá, son varios los que en esta casilla se encuentran ubicados. Por otro lado, tampoco es ningún secreto que el PP, desde su fundación como AP, nunca ha ocultado sus convicciones cristianas y en consecuencia nadie discute que es el Partido de referencia electoral para la Conferencia Episcopal. Los gestos genoveses, con reflejo presupuestario incluido, a favor de las tesis de la Iglesia Católica son tan obvios que resultan innecesarios traerlos aquí. Como humanos que son, los genoveses del Opus y sus aledaños a lo largo del tiempo, se han ido desplegado, insertando, fusionando, empotrando y  juntando con la práctica totalidad de las instituciones hasta lograr soslayar a los diferentes gobiernos que se han ido sucediendo en los últimos 35 años. Ejemplos no faltan. Los hay que comenzaron muy jóvenes y siguen fieles a sus convicciones y los hay también de nueva hornada que, no por ello, resultan menos entusiastas. He te aquí algunos nombres agrupados por tramos institucionales:
Gobierno: 
Luis de Guindos Jurado. Ministro de Economía y Competitividad. Sus “profundas convicciones religiosas” no le han resultado obstáculo para dejarse ver en el último gran acto del Opus en Madrid con motivo de la beatificación de Álvaro del Portillo y Díez de Sollano, obispo y prelado de la Prelatura Personal de la Santa Cruz y Opus Dei.
Jorge Fernández Díaz. Ministro del Interior. Probablemente sea el miembro del Gobierno de Rajoy que más exhibe, a cargo del erario público, sus creencias ultra religiosas. No se pierde una. Su pertenencia o no al Opus está instalada en la ambigüedad más ambigua. Ni lo confirma ni lo desmiente. En todo caso también tuvo tiempo para dejarse ver por el acto de la beatificación Álvaro del Portillo y Díez de Sollano.
Del resto de sus colegas de Consejo de Ministros los hay que, aunque no consta su pertenencia al Opus, sin embargo sí se encuentran en su aledaños más cercanos. Por méritos propios destacan al nuevo Ministro de Educación, Íñigo  Méndez de Vigo, la Ministra de Empleo, Fátima Báñez o el Ministro de Defensa, Pedro Morenés.
Otros Altos Cargos:
Aquí el listado es extenso. Sin ánimo exhaustivo, mención personalizada se merecen los máximos responsables del Ministerio del Interior, en particular, el clandestino Director General de la Guardia Civil, Arsenio Fernández Mesa y el Director General de la Policía, Ignacio Cosidó.
Pero sin duda, allá donde vaya, Federico Trillo Figueroa, actual embajador de España en Reino Unido,  es el prototipo de un miembro cualificado de la Obra cuya veteranía es reconocida simultáneamente por Roma, Madrid, Cartagena o Londres.
Parlamento:
Julieta de Micheo Carrillo Albornoz. Diputada por Alicante tras la dimisión de Federico Trillo. Discreta y siempre a la sombra de su mentor.
Carlos Aragonés Mendiguchía. Diputado anónimo por Madrid. Ex Jefe de Gabinete de la ex Consejera imputada, Lucía Figar. Por puro despiste recientemente tuvo que actualizar su declaración de bienes por “olvidarse” de consignar que es consejero desde noviembre de 2010 en la sociedad Ediciones Rialp S.A. Una editorial religiosa, en la órbita del Opus Dei, que publica las obras de Escrivá de Balaguer.
Un grupo compacto de diputados formado por Antonio Gutiérrez, Lourdes Méndez, Javier Puente, Eva Durán y José Eugenio Azpiroz están también en esa línea de proximidad.., son los que recientemente se rasgaron las vestiduras votando en contra y/o absteniéndose de la modificación genovesa sobre la Ley del Aborto.
Vicente Martínez Pujalte. Diputado por Murcia. Aunque su matrimonio ha favorecido el rumor de que ya no es miembro de la Obra, no hay que descartar ninguna otra hipótesis, incluida la de encontrarse en excedencia voluntaria a la Obra con retorno garantizado y reconocimiento de trienios.
Eugenio Nasarre Goicoechea. Diputado por Granada. Ex Director General de Asuntos Religiosos y ex Director General de RTVE. Su proverbial silencio le hace pasar desapercibido, lo que no es óbice para que los que le conocen  no duden de sus relaciones fluidas con la Obra.
Instituciones del Estado:
Tribunal Constitucional. No por más conocido conviene pasar por encima de un caso. Nos referimos al ex diputado genovés Andrés Ollero Tassara, magistrado desde el año 2012. En este caso nadie discute su acreditada condición de miembro cualificado del Opus. Y es que él mismo ni lo niega ni lo disimula lo más mínimo. Ejerce de Numerario las 24 h del día y las 24 de la noche. Recientemente ha sido Ponente de la sentencia que atiende el recurso de amparo de un farmacéutico sevillano que se acogió al derecho a la objeción de conciencia al negarse a vender la llamada píldora del día siguiente. 
Fiscalía General del Estado. Dada la imposibilidad de relacionar la cantidad de sus miembros dado su número, digamos que es un tradición de lo más tradicional que cuando gobierna el Partido Popular, los Fiscales Generales no sólo suelen ser ultra católicos, apostólicos y romanos... En algún caso, además, son miembros numerarios de la Obra, caso de Jesús Cardenal. En todo caso, Eduardo Torres Dulce, primer Fiscal General del Gobierno de Rajoy se encuentra inmerso en el ámbito de influencia de los seguidores de Escrivá de Balaguer. Su sustituta, Consuelo Madrigal, en honor a la verdad negó ser miembro del Opus... Eso sí, para a continuación reconocer que sus profundísimas convicciones religiosas la llevaron a firmar como Fiscal del Tribunal Supremo un manifiesto contra el aborto.
Tribunal Supremo. Al igual que sucede con la Fiscalía, la presencia de miembros del Opus en las diferentes Salas es relevante. Como botón de muestra valga el caso de José Luis Requero, numerario sin complejos, nombrado en el 2014 magistrado de la Sala Tercera de este Tribunal.
Consejo General del Poder Judicial. Atendiendo al orden jerárquico de esta institución, nada mejor que destacar el caso de su Presidente, Carlos Lesmes. Sus convicciones ultra religiosas  son tan profundas que no duda en exhibirlas y viajarlas por el mundo. Como es natural, pagando el contribuyente, ateos y agnósticos incluidos. Valga como dato estadístico su presencia en la Delegación oficial, que él mismo presidió, para asistir a la investidura de diversos cardenales en la Ciudad del Vaticano.
Consejo de Estado. Aunque también aquí son muchos más de los que se pueden imaginar, valga como ejemplo ejemplarizante el caso de Isabel Tocino, Consejero Electa, ex Ministra y Diputada, Consejera del Banco de Santander y, desde que tiene uso de razón, Numeraria a tiempo completo.
Por hoy vamos finalizando. Nos hemos dejado en el tintero otros muchos más nombres con sus correspondientes apellidos, rangos y sus territorios de referencia. Hemos sacrificado algunas figuras relevantes del Opus que hoy se encuentran, la mayoría por su avanzada edad, fuera de la Instituciones. Otro día retomamos el listado y os haremos participes de ello. Mientras tanto, nos vemos en la siguiente crónica. Texto: Francisco Medina