22 sept. 2014

Estado, economía y política (II de II)

V – CIENCIA

La parcelación de los saberes y las históricas separaciones entre ciencia–literatura, ciencia–política y ciencia–ideología, remozadas por el neoliberalismo en la profundización de la división del trabajo, han tenido gran éxito en mantener a cada individuo–clase [en este caso científico–intelectual] en su «corral» [gabinete especializado, corporaciones profesionales y/o empresariales], haciendo lo que «sabe» [de acuerdo a la capacitación recibida] y «debe» [hacer lo que se le pide sin más]. Surgió así la proliferación de “jergas” que, por una parte cierran las posibilidades de circulación entre saberes, pero por otra utilizan a los medios de comunicación masiva para publicitar y legitimar sus límpidos descubrimientos o investigaciones científicas.
Así, mientras la ciencia política instala las miradas en la producción de consenso, en las bondades de la democracia representativa, en la lógica partidaria, en la realpolitik; las ciencias del hombre se mantienen incólumes en el disciplinamiento social, las ciencias médicas comparten sus avances sin dejar de prescribir lo que hay que hacer, y las exactas y naturales se preocupan por dar al público un saber simplificado de sus descubrimientos y aplicaciones. Acertijos, cirugías filmadas, explicaciones neutras de los procesos vitales y de su destrucción por el hombre, etc. Todo en un mismo tenor que resulta apacible y preocupante a la vez: – ¡Qué barbaridad el cambio climático! ¡Cuántas especies están desapareciendo! Pero dime Rosa: ¿qué hay de cenar?
En la divulgación masiva ni siquiera hay que probar las hipótesis, el público no pregunta pero reproduce. Una señora habla del “mapa genético” en la cola del supermercado, un vecino le dice a otro la marca del medicamento para dejar de fumar que encontró en una revista, en el colectivo un joven relata con sumo entusiasmo a un compañero las técnicas de tortura que vio descriptas en Discovery, History o Natgeo. Las nuevas tecnologías de la manipulación de la vida y de la muerte y su eficacia comprobada, tienen un lugar preferencial en un sinnúmero de canales de televisión abierta y por cable, además de Internet. Pero eso sí, todo es presentado con un relato objetivo y científico, todo aparece como parte de la nueva sistematización de los conocimientos. Facebook y twiter han capturado la noción de redes sociales, el “periodismo criminológico” y la naturalización del vocabulario jurídico penal, los realitis policiales y la naturalización de los operativos; y los “des–informativos” que no se quedan atrás de la CNN ni de los multimedios, incluyendo cada vez más al público como reporteros aficionados. La muerte o el despojo de unos en aras de la vida y la preservación de la propiedad privada de otros. Matar un delincuente para que los buenos ciudadanos y sus familias estén tranquilos, sacarse a los pobres de encima para embellecer la ciudad. – ¡Háganlo de una vez!, vocifera la ciudadanía democrática. Complicidad civil, microfascismo, legitimación de las prácticas, producción de subjetividad. De tal manera, la gran dictadura de la Verdad científica revelada, filmada e informatizada, tiene muchos colaboradores en el seno de las sociedades actuales y, como hemos visto sucintamente, los mass media y las nuevas tecnologías desempeñan un papel fundamental en los procesos de naturalización, de disciplinamiento, de producción de realidad y de control social. Los conocimientos se han transformado en empresas, que salen a la búsqueda de pasantes y adscriptos en las propias universidades.
Las tecnologías no se detuvieron en la investigación y producción de nuevas armas –en sentido estricto, sino que ampliaron la noción de armas abarcando a todas las ciencias en su ilimitada búsqueda de dominar, someter y eventualmente destruir a los “enemigos de la sociedad”. Deben mencionarse a manera de ejemplos, las investigaciones sobre los umbrales del dolor; la producción bacteriológica con claros y directos fines militares; las técnicas de interrogatorio, las experimentaciones con nuevos fármacos en enfermedades producidas adrede, el empleo de la fotografía y luego del cine para planificar los ataques aéreos, documentar los daños ocasionados por los bombardeos y realizar el control de su precisión. La explosión de las telecomunicaciones con los medios de comunicación de masas y su papel fundamental en la producción de realidad y subjetividad, fueron herramientas exploradas y aplicadas por el nazismo, aunque no sólo por este.
¿Ha sido el nazismo el creador de la ilimitada, sufriente y aberrante experimentación científica sobre seres vivos “inferiores” –hasta conducirlos a la muerte como “efecto secundario, irrelevante o colateral”? ¿O el nazismo, en tanto que producción sociohistórica, posibilitó e inclusive dejó registro fílmico de la puesta en acto de una ideología capaz de practicar semejantes aberraciones, gracias a que compartían orígenes mesiánicos comunes con innumerables comunidades, sin excluir las científicas? ¿Se puede hablar aún hoy de consecuencias accidentales o habría que considerarlas inscriptas en la valorización que de la vida hace el capital?
Es necesario poner reparos ante la Verdad con mayúscula. Foucault ha propuesto reemplazar los «criterios de verdad» por «regímenes de verdad». Y no se trata de una transformación simplemente terminológica. Al hablar de «régimen de verdad», se hace referencia a la capacidad que tiene el poder para producir realidades, discursos y rituales de verdad propios. Este planteo permite considerar un juego de relaciones entre el régimen social imperante, el funcionamiento de los discursos del poder en torno al estatuto de la verdad, y los procedimientos científicos seleccionados para la obtención de la verdad. Pero de esto sí que no se habla. Entonces, ¿no es la misma ciencia la que alberga en su seno el ejercicio abierto de la violencia bajo una política de neutralidad que permite que, anacrónicamente y en nombre del progreso, se lleven a cabo todo tipo de prácticas y experimentaciones con nulos cuestionamientos éticos? La vida considerada sólo como materia, como elemento útil a la ciencia y por su intermedio a la humanidad. Ficción, pura ficción. Negocios son negocios. Es más ¿puede conjugarse una ética de la vida con la ética del capital? Alemania estaba construyendo la bomba atómica. También la U.R.S.S. y los Estados Unidos. Cuesta encontrar las diferencias. ¿Habría que hacerlo? Finalmente fue Estados Unidos quien la lanzó, pero sólo como medio disuasivo, fue para pacificar el mundo. Simplificación. Otra vez el lenguaje, otra vez la vida, otra vez la muerte, otra vez el poder.
La preocupación del Estado [de los Estados] por la gestión política de la vida no fue un invento de Hitler sino que data del siglo XVIII. Surgió en referencia a la necesidad de evitar la disminución de la cantidad de población, de trabajadores y potenciales trabajadores, las mujeres y los niños. La mano de obra debía estar garantizada de alguna manera, la población debía aumentar para sostener y acrecentar el desarrollo de la nueva organización socioeconómica. El cuerpo viviente se convirtió en objeto a gobernar no tanto por su valor intrínseco, sino como sede de la potencia a intercambiar: la fuerza de trabajo transformada en mercancía. Y la necesidad de intervenir en este reaseguro, dio lugar a la diagramación de políticas públicas para una determinada población. Esto abarcó el campo sanitario, las normas de higiene, la organización familiar y crianza de los hijos, la composición de las razas, las pautas morales, la longevidad de las comunidades, la mortalidad infantil, etc. Allí presentes, nuevamente, los expertos y la ciencia, allí y siempre, con mayor o menor sofisticación. El nazismo, entonces, no hizo más que tomar estos preceptos y compaginar la tabla de efectos deseados para la gran Alemania. La mano de obra estaba garantizada por la militarización de la sociedad (servicio militar obligatorio) y por el trabajo forzado de los presos y víctimas hacinadas en los campos de concentración. No indicó lo que había que hacer sino los resultados a lograr, y dio rienda libre a la experimentación científica para alcanzar sus metas. Así ocurrieron las atrocidades que tomaron estado público luego de la caída del III Reich, pero que allí no terminaron. Las violaciones, las esterilizaciones, las experimentaciones tortuosas, la muerte en las cámaras de gas o en las barracas y otras monstruosidades corresponden a lo que sabemos del nazismo. Las ablaciones de órganos a prisioneros, la manipulación genética con supuestos fines humanitarios, la inoculación de virus o bacterias para probar determinados fármacos, las prácticas invasivas ilimitadas, las experimentaciones en instituciones cerradas, no han cesado sino todo lo contrario. Hoy no se habla de una raza superior, pero está en ciernes la elección del color de ojos de los hijos, del sexo, del cabello, etc., etc. Otra vez la naturalización hace que todo suene inocente, pero nuevamente estamos viendo la punta del iceberg. En la sociedad de la información ya nadie puede aducir el total desconocimiento, paradojas del sistema. Como dijo Eduardo Tato Pavlovsky “ya no hay distraídos o neutrales en Latinoamérica. Ya no hay teoría que salve a nadie”. Me permito hacer extensiva la aseveración a todo el mundo. Científicos–tecnócratas nuestros de cada día, la neutralidad no ha muerto sino que nunca existió. No hay gestión política de la vida, hay intervención del poder en la vida, eso es la biopolítica. No hay investigación, ni prácticas inocentes, la ética tiene nombre, se llama responsabilidad por los propios actos en cada instante y a cada paso. Habitantes del planeta, se impone pensar en contra del convencimiento, no hay poder bueno, el poder siempre es `poder sobre´. Habitantes del planeta: jamás renunciéis a pensar; si no amáis al nazismo no améis la dictadura tecnocrática de los expertos[35], si no amáis la dictadura no améis al capitalismo, porque es su mentor, y si no amáis al capitalismo intentad navegar por la vida experimentando la potencia del deseo como producción y del pensamiento como creación.Texto: Isabel Navarrete. Ver: Parte I. Bibliografía en Parte I


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