15 ene. 2017

Final del neoliberalismo progresista

La elección de Donald Trump es una más de una serie de insubordinaciones políticas espectaculares que, en conjunto, apuntan a un colapso de la hegemonía neoliberal. Entre esas insubordinaciones podemos mencionar, entre otras, el voto del Brexit en el Reino Unido, el rechazo de las reformas de Renzi en Italia, la campaña de Bernie Sanders para la nominación Demócrata en los EEUU y el apoyo creciente cosechado por el Frente Nacional en Francia. Aun cuando difieren en ideología y objetivos, esos motines electorales comparten un blanco común: rechazan la globalización gran-empresarial, el neoliberalismo y al establishment político que los ha promovido. En todos los casos, los votantes dicen “¡No!” a la letal combinación de austeridad, libre comercio, deuda predatoria y trabajo precario y mal pagado que resulta característica del actual capitalismo. Sus votos son una respuesta a la crisis estructural de esta forma de capitalismo, crisis que saltó por primera vez a la vista de todos con la casi fusión del orden financiero global en 2008.


Sin embargo, hasta hace poco, la repuesta más común a esta crisis era la protesta social: espectacular y vívida, desde luego, pero de carácter harto efímero. Los sistemas políticos, en cambio, parecían relativamente inmunes, todavía controlados por funcionarios de partido y élites del establishment, al menos en los estados capitalistas poderosos como los EEUU, el Reino Unido y Alemania. Pero ahora las ondas electorales de choque reverberan por todo el planeta, incluidas las ciudadelas de las finanzas globales. Quienes votaron por Trump, como quienes votaron por el Brexit o contra las reformas italianas, se han levantado contra sus amos políticos. Burlándose de las direcciones de los partido, han repudiado el sistema que ha erosionado sus condiciones de vida en los últimos treinta años. Los sorprendente no es que lo hayan hecho, sino que hayan tardado tanto. 


No obstante, la victoria de Trump no es solamente una revuelta contra las finanzas globales. Lo que sus votantes rechazaron no fue el neoliberalismo sin más, sino el neoliberalismo progresista. Esto puede sonar como un oxímoron, pero se trata de un alineamiento, aunque perverso, muy real: es la clave para entender los resultados electorales en los EEUU y acaso también para comprender la evolución de los acontecimientos en otras partes. En la forma que ha cobrado en los EEUU el neoliberalismo progresista es una alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los LGBTQ), por un lado, y, por el otro, sectores de negocios de gama alta “simbólica” y sectores de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood). En esta alianza, las fuerzas progresistas se han unido efectivamente con las fuerzas del capitalismo cognitivo, especialmente la financiarización. Aunque maldita sea la gracia, lo cierto es que las primeras prestan su carisma a este último. Ideales como la diversidad y el “empoderamiento”, que, en principio podrían servir a diferentes propósitos, ahora dan lustre a políticas que han resultado devastadoras para la industria manufacturera y para las vidas de lo que otrora era la clase media.
El neoliberalismo progresista se desarrolló en los EEUU durante estas tres últimas décadas y fue ratificado por el triunfo electoral de Bill Clinton en 1992. Clinton fue el principal ingeniero y portaestandarte de los “Nuevos Demócratas”, el equivalente estadounidense del “Nuevo Laborismo” de Tony Blair. En vez de la coalición del New Deal entre obreros industriales sindicalizados, afroamericanos y clases medias urbanas, Clinton forjó una nueva alianza de empresarios, suburbanitas, nuevos movimientos sociales y juventud: todos proclamando orgullosos su bona fides moderna y progresista, amante de la diversidad, el multiculturalismo y los derechos de las mujeres. Aun cuando la administración Clinton hizo suyas esas ideas progresistas, cortejó a Wall Street. Pasando el mando de la economía a Goldman Sachs, desreguló el sistema bancario y negoció tratados de libre comercio que aceleraron la desindustrialización. Lo que se perdió por el camino fue el Cinturón del Óxido, otrora bastión de la democracia social del New Deal y ahora la región que ha entregado el Colegio Electoral a Donald Trump. Esa región, junto con nuevos centros industriales en el Sur, recibió un duro revés cuando la financiarización más desatada campó a sus anchas en el curso de las pasadas dos décadas. Continuadas por sus sucesores, incluido Barak Obama, las políticas de Clinton degradaron las condiciones de vida de todo el pueblo trabajador, pero especialmente de los empleados en la producción industrial. Para decirlo sumariamente: Clinton tiene una pesada responsabilidad en el debilitamiento de las uniones sindicales, en el declive de los salarios reales, en el aumento de la precariedad laboral y en el auge de las familias con dos ingresos que vino a substituir al difunto salario familiar.
Como sugiere esto último, al asalto a la seguridad social le dio lustre un barniz de carisma emancipatorio prestado por los nuevos movimientos sociales. Durante todos los años en los que los se abría un cráter tras otro en su industria manufacturera, el país estaba animado y entretenido por una faramalla de “diversidad”, “empoderamiento” y “no-discriminación”. Identificando “progreso” con meritocracia en vez de igualdad, con esos términos se equiparaba la “emancipación” con el ascenso de una pequeña élite de mujeres “talentosas”, minorías y gays en la jerarquía empresarial del quien-gana-se-queda-con-todo, en vez de con la abolición de esta última. Esa comprensión liberal-individualista del “progreso” vino gradualmente a reemplazar a la comprensión anticapitalista –más abarcadora, antijerárquica, igualitaria y sensible a la clase social— de la emancipación que había florecido en los años 60 y 70. Cuando la Nueva Izquierda menguó, su crítica estructural de la sociedad capitalista se marchitó, y el esquema mental liberal-individualista tradicional del país se reafirmó a sí mismo al tiempo que se contraían las aspiraciones de los “progresistas” y de los sedicentes izquierdistas. Pero lo que selló el acuerdo fue la coincidencia de esta evolución con el auge del neoliberalismo. Un partido inclinado a liberalizar la economía capitalista encontró su compañero perfecto en un feminismo empresarial centrado en la “voluntad de dirigir” del leaning in o en “romper el techo de cristal”. 
El resultado fue un “neoliberalismo progresista”, amalgama de truncados ideales de emancipación y formas letales de financiarización. Fue esa amalgama la que desecharon in toto los votantes de Trump. Prominentes entre los dejados atrás en este bravo mundo cosmopolita eran los obreros industriales, desde luego, pero también ejecutivos, pequeños empresarios y todos quienes dependían de la industria en el Cinturón Oxidado y en el Sur, así como las poblaciones rurales devastadas por el desempleo y la droga. Para esas poblaciones, al daño de la desindustrialización se añadió el insulto del moralismo progresista, que se acostumbró a considerarlos culturalmente atrasados. Rechazando la globalización, los votantes de Trump repudiaban también el liberalismo cosmopolita identificado con ella. Algunos –no, desde luego, todos, ni mucho menos— quedaron a un paso muy corto de culpar del empeoramiento de sus condiciones de vida a la corrección política, a las gentes de color, a los inmigrantes y los musulmanes. A sus ojos, las feministas y Wall Street eran aves de un mismo plumaje, perfectamente unidas en la persona de Hillary Clinton.
Lo que hizo posible esa combinación fue la ausencia de cualquier izquierda genuina. A pesar de arrebatos periódicos como Occupy Wall Street, que se rebeló efímero, no ha habido una presencia sostenida de la izquierda en los EEUU desde hace varias décadas. Ni se ha dado aquí una narrativa abarcadora de izquierda que pudiera vincular los legítimos agravios de los votantes de Trump con una crítica efectiva de la financiarización, por un lado, y con la visión antirracista, antisexista y antijerárquica de la emancipación, por el otro. Igualmente devastador resultó que se dejaran languidecer los potenciales vínculos entre el mundo del trabajo y los nuevos movimientos sociales. Divorciados el uno del otro, estos indispensables polos de cualquier izquierda viable se alejaron indefinidamente hasta llegar a parecer antitéticos.
Al menos hasta la notable campaña de Bernie Sanders en las primarias, que bregó por unirlos luego del relativo pinchazo de la consigna “Las Vidas Negras Cuentan”. Haciendo estallar el sentido común neoliberal reinante, la revuelta de Sanders fue, en el lado Demócrata, el paralelo de Trump. Así como Trump logró dar el vuelco al establishment Republicano, Sanders estuvo a un pelo de derrotar a la sucesora ungida por Obama, cuyos apparatchiks controlaban todos y cada uno de los resortes del poder en el Partido Demócrata. Entre ambos, Sanders y Trump, galvanizaron una enorme mayoría del voto norteamericano. Pero sólo el populismo reaccionario de Trump sobrevivió. Mientras que él consiguió deshacerse fácilmente de sus rivales Republicanos, incluidos los predilectos de los grandes donantes de campaña y de los jefes del Partido, la insurrección de Sanders  fue frenada eficazmente por un Partido Demócrata mucho menos democrático. En el momento de la elección general, la alternativa de izquierda ya había sido suprimida. La opción que quedaba era un tómalo o déjalo entre el populismo reaccionario y el neoliberalismo progresista: elijan el color que quieran, mientras sea negro. Cuando la sedicente izquierda cerró filas con Hillary, la suerte estaba echada.
Sin embargo, y de ahora en más, este es un dilema que la izquierda debería rechazar. En vez de aceptar los términos en que las clases políticas nos presentan el dilema que opone emancipación a protección social, lo que deberíamos hacer es trabajar para redefinir esos términos partiendo del vasto y creciente fondo de revulsión social contra el presente orden. En vez de ponernos del lado de la financiarización-cum-emancipación contra la protección social, lo que deberíamos hacer es construir una nueva alianza de emancipación y protección social contra la finaciarización. En ese proyecto, que construiría sobre terreno preparado por Sanders, emancipación no significa diversificar la jerarquía empresarial, sino abolirla. Y prosperidad no significa incrementar el valor de las acciones o el beneficios empresarial, sino la base de partida de una buena vida para todos. Esa combinación sigue siendo la única respuesta de principios y ganadora en la presente coyuntura.
En lo que a mí hace, no derramé ninguna lágrima por la derrota del neoliberalismo progresista. Es verdad: hay mucho que temer de una administración Trump racista, antiinmigrante y antiecológica. Pero no deberíamos lamentar ni la implosión de la hegemonía neoliberal ni la demolición del clintonismo y su tenaza de hierro sobre el Partido Demócrata. La victoria de Trump significa una derrota de la alianza entre emancipación y financiarización. Pero esta presidencia no ofrece solución ninguna a la presente crisis, no trae consigo la promesa de un nuevo régimen ni de una hegemonía segura. A lo que nos enfrentamos más bien es a un interregno, a una situación abierta e inestable en la que los corazones y las mentes están en juego. En esta situación, no sólo hay peligros, también oportunidades: la posibilidad de construir una nueva Nueva Izquierda.
Mucho dependerá en parte de que los progresistas que apoyaron la campaña de Hillary sean capaces de hacer un serio examen de conciencia. Necesitarán librarse del mito, confortable pero falso, de que perdieron contra una “panda deplorable” (racistas, misóginos, islamófobos y homófobos) auxiliados por Vladimir Putin y el FBI. Necesitarán reconocer su propia parte de culpa al sacrificar la protección social, el bienestar material y la dignidad de la clase obrera a una falsa interpretación de la emancipación entendida en términos de meritocracia, diversidad y empoderamiento. Necesitarán pensar a fondo en cómo podemos transformar la economía política del capitalismo financiarizado reviviendo el lema de campaña de Sanders –“socialismo democrático”— e imaginando qué podría ese lema significar en el siglo XXI. Necesitarán, sobre todo, llegar a la masa de votantes de Trump que no son racistas ni próximos a la ultraderecha, sino víctimas de un “sistema fraudulento” que pueden y deben ser reclutadas para el proyecto antineoliberal de una izquierda rejuvenecida.
Eso no quiere decir olvidarse de preocupaciones acuciantes sobre el racismo y el sexismo. Pero significa molestarse en mostrar de qué modo esas inveteradas opresiones históricas hallan nuevas expresiones y nuevos fundamentos en el capitalismo financiarizado de nuestros días. Rechazando la idea falsa, de suma cero, que dominó la campaña electoral, deberíamos vincular los daños sufridos por las mujeres y las gentes de color con los experimentados por los muchos que votaron a Trump. Por esa senda, una izquierda revitalizada podría sentar los fundamentos de una nueva y potente coalición comprometida a luchar por todos. Texto: Nancy  Fraser. Traducción: Mª. Julia Bertomeu

25 dic. 2016

Teoría económica

El estallido de la crisis económica en 2007 ha dado lugar a determinados economistas, pocos por desgracia, a buscar más allá de circunstancias coyunturales una explicación teórica de las posibles razones de por qué se ha producido. Algunos analistas tras el fracaso de la experiencia neoliberal han celebrado el regreso de Keynes.
Pero Keynes no ha vuelto en la política económica para quedarse, aunque hubo intervenciones de los gobiernos al principio de producirse el choque para salvar sobre todo a la banca, pero pasado ese susto se regresó mayoritariamente, sobre todo en la Unión Europea (UE), al fundamentalismo de mercado que tan tristes resultados ha dado. Las políticas de ajuste y las medidas recomendadas caminan en esa dirección neoliberal y esto no solamente está dificultando la salida de la crisis, sino que ha creado un endeudamiento creciente, público y privado, en bastantes países que resulta impagable. Las cargas del ajuste se han repartido muy desigualmente, en contra de los de abajo y también, aunque en menor medida, de los del medio y a favor de los de arriba. La crisis con sus secuelas está lejos de resolverse, independientemente de que se produzcan recuperaciones, pero aún quedan demasiados cabos sueltos para suponer que se puedan lograr las condiciones de bienestar de antes del estallido de la Gran Recesión.

En Estados Unidos se ha aplicado una política de estímulos más keynesiana, aunque impulsada en gran parte por el gasto militar, y eso le está favoreciendo en el crecimiento mientras que la UE se estanca. De todos modos, se entra en una fase que se caracterizará por la inestabilidad e inseguridad creciente. Los autores keynesianos han realizado aceptables análisis de la crisis, y aunque tienen sus limitaciones a la hora de explicar el funcionamiento del sistema globalmente, no cabe la menor duda de que son muy superiores analíticamente a las contribuciones efectuadas por los monetaristas y neoliberales. Vista con perspectiva histórica que dan estos últimos siete años destacaría, en primer lugar, el libro de Skidelsky 'El regreso de Keynes' (Crítica, 2009), pero también Stiglitz 'Caída Libre' (Taurus, 2010), Krugman 'Acabad ya con esta crisis' (Crítica, 2012) y Akerlof y Schiller 'Animal Spirits' (Gestión 2000, 2009). Todos ellos premios Nobel, excepto Skidelsky, que sin embargo, considero que ha hecho el mejor trabajo entre los mencionados. Estos autores recuperan a su vez a un poskeynesiano como Minsky, que se encontraba olvidado pero cuya obra se ha revitalizado debido a que los hechos le han dado la razón, después de muerto, como es el caso de su libro '''Can “It”happen again?''' (M.E. Sharpe, 1982).
Las limitaciones del keynesianismo, a pesar de sus aciertos, lo que ha provocado es que bastantes analistas hayan vuelto los ojos a Marx, lo que ha sido bien acogido por parte del público inquieto intelectualmente. Esto se puede comprobar simplemente echando un vistazo en los estantes y bandejas de las librerías. Los libros de Marx se vuelven a vender, algunos de ellos se han vuelto a reeditar, y también los de autores que se consideran seguidores de su contribución. Entre tanta literatura resulta difícil destacar cuáles merecen la pena de ser leídos con el fin de que ayuden a saber algo más sobre lo que está pasando. Pero voy a hacer alguna recomendación. En primer lugar, conviene leer a Marx, lo que no resulta fácil, pues como se sabe escribió bastantes libros y artículos, algunos de ellos largos, densos y arduos de leer, y aunque en su extensa obra escribió como no podía ser menos acerca de las crisis no tiene un tratado sistemático de ellas, lo que ha dado lugar a interpretaciones diferentes sobre las causas que las provocan entre sus seguidores.
Por eso es por lo que resulta muy de agradecer la publicación que con el titulo 'Las crisis del capitalismo' (Sequitur, 2009) se recogen párrafos de 'Teorías sobre la plusvalía' (Fondo de Cultura Económica). Este libro tiene como introducción dos ensayos muy ricos de ideas de Bensaïd. Para los que estén interesados en conocer el pensamiento de Marx resulta de gran utilidad el libro no muy extenso y didáctico de Fine y Saad-Filho 'El Capital de Marx' (Fondo de Cultura Económica, 2013) que tiene además un último capítulo muy ilustrativo sobre ''financiarización, neoliberalismo y crisis''. Uno de los libros que me satisface más es el de Bellamy Foster y Fred Magdoff 'La gran crisis financiera' (Fondo de cultura Económica, 2009) que se sitúa en la línea de la tradición marxista de la escuela americana de Sweezy y la revista ''Monthly Review''. Por último mencionar el que se acaba de publicar de Duménil y Lévi 'La gran bifurcación'. 'Acabar con el neoliberalismo' (Catarata, 2014). Así como el recién sacado de la imprenta de Aglietta y Brand 'Un New Deal para Europa'. 'Crecimiento, euro, competitividad' (Traficantes de sueños, 2015). Hay muchos más también valiosos, y hay quien sin duda apostará por otros libros. Estos son solamente una muestra y los que yo modestamente recomiendo. Lo hago desde el convencimiento de que para interpretar la realidad tenemos que estar armados con una buena teoría. Desde el mundo académico es una obligación profundizar en la raíz que motiva los fenómenos, no confundir causas con efectos y no caer en la mera descripción de los hechos, enumerándoles cronológicamente sin capacidad de análisis. El conocimiento resulta necesario para poder interpretar el funcionamiento de la realidad para, a partir de ahí, tener capacidad de realizar un buen diagnóstico con el fin de contribuir a remediar los males derivados de la crisis y de un modelo económico y social concreto. Esto es lo que no se está haciendo en el pensamiento dominante cuya debilidad teórica es manifiesta y de ahí los resultados tan negativos que se están produciendo con las recetas recomendadas. No estaría mal, además, que los políticos y sus asesores se acerquen más a la literatura económica a ver si consiguen elevar el nivel intelectual del debate del Estado de la Nación. Los asesores son demasiados prisioneros de los informes oficiales y de las cifras que usan de un modo parcial e interesado y lo que se necesita es más capacidad de argumentar. Ante una situación tan triste reivindico la importancia del conocimiento frente a la ignorancia. Texto: C. Berzosa. Ver: Más sobre la deuda

12 nov. 2016

El magnate y la lucha de clases

Este es uno de esos momentos en los que dan ganas de que Marx todavía estuviera vivo para analizar lo que se está viviendo en EEUU. Seguramente, escribiría algo de la magnitud del “18 Brumario”, porque lo que estamos viviendo hoy es uno de esos momentos paradójicos de la historia: la lucha de clases ha vuelto al centro de la política norteamericana de la mano de un multimillonario . Donald Trump, el millonario excéntrico al que se opuso todo el establecimiento de EEUU –sus medios de comunicación de masas que no pararon de burlarse de su pelo y sus expresiones, sus grandes capitales, los líderes de los partidos republicano y demócrata-, el forastero en asuntos de política, desplazó a la que era la favorita de todos los sectores del poder. Un hijo descarriado del establecimiento, terminó canalizando en la votación el profundo malestar que hay con el sistema en los EEUU.

Los Clinton representaban al establecimiento, por eso es que la familia Bush los apoyaba y por eso es que, veladamente, el liderazgo republicano esperaba que Clinton ganara. El triunfo de Trump, en cierta medida, es la primera gran grieta en el orden bipartidista de los EEUU y eso no es nada menor. Me alegro que Clinton haya perdido… el problema es que Trump es un representante de esa clase capitalista especuladora, un misógino y un xenófobo. Pero Clinton, aunque esos liberales de alcurnia nos quieran hace creer lo contrario, no era una beata progresista: defendió los abusos sexuales de su marido y atacó a sus víctimas, a la vez que también apoyó a su momento la construcción del muro con México. Aparte del hecho que era mujer, no tenía mucho más de “progre” que ofrecer, y como lo demuestra Margaret Thatcher, eso no garantizaba nada. Como tampoco el hecho de que Obama fuera negro impidió que los afroamericanos hoy estén pasando uno de los períodos de mayor represión y violencia en la historia reciente de los EEUU. Acá no había ningún santo y sí dos pecadores. Enorme bofetada recibieron estos liberales de alcurnia y progres del jet-set, que con su típico esnobismo despreciaban a esa “basura blanca” ( White trash ), a ese populacho ( rednecks ), que creían inferior, carente de su sofisticación y de su progresismo de fachada. Su arrogancia al referirse a sus adversarios políticos y su clasismo elitista eran francamente insultantes. A ver cuántos de esos insoportables cumplen sus amenazas de irse a vivir a otro país. Ese desprecio es global, como lo refleja con aire señorial una columna del colombiano Antonio Caballero, que acusa la soberbia del aristócrata cachaco con varios presidentes en su linaje familiar: “ Trump les gusta a millones de personas, mujeres y hombres: los que lo han llevado a ganar la candidatura republicana. Les gusta porque es como todos ellos. Piensa como ellos, actúa como ellos, habla el mismo lenguaje que hablan ellos. Paradójicamente Trump, el millonario que viene de las mismas entrañas del establecimiento, terminó hablando y representando a ese populacho despreciado por las élites. Hillary Clinton los trató de “deplorables” y con ello logró darles inmediatamente un sentido de identidad, por oposición : “ellos”, los profesionales cosmopolitas, y “nosotros”, los jodidos que nos hemos quedado sin trabajo y que hemos visto al “sueño americano” convertirse en una pesadilla. Incluso, el eco que tuvo entre los seguidores de Trump sus palabras advirtiendo que las elecciones podrían estar manchadas por el fraude, demuestran que la fe de estos “deplorables” en las sacrosantas instituciones de la democracia (supuestamente) “más avanzada del mundo”, está por el suelo. Donald Trump supo canalizar este descontento, tarea que tuvo fácil por la debilidad de las alternativas de izquierda en EEUU y emergió como una sombra distorsionada y deforme de la lucha de clases que los intelectuales a sueldo han querido sepultar, pero que carcome las entrañas de ese país. El triunfo de Trump refleja no solamente el malestar que recorre a la sociedad norteamericana, sino que también la internalización de los valores neoliberales en una población que no tiene alternativas de izquierda a la mano . En todo el mundo vemos empresarios saltar a la política, con el discurso de que se necesita un manager en el Estado, alguien que, si se hizo rico, podrá hacer rico a nuestro país, o como decía la campaña de Trump, que volverá a hacer a EEUU grande de nuevo. El problema es que no entienden que la lógica del enriquecimiento privado es inversamente proporcional a la lógica de la cosa pública. Lo impagable de todo esto es que por fin los Clinton han terminado de convertirse en cadáveres políticos . Una pareja que han sido de los más destructivos en la historia del imperialismo de EEUU –sino, que le pregunten a Haití, Siria, Libia e Irak (que Clinton destruyó con sanciones económicas mucho antes de la invasión de Bush), todos países los cuales los Clinton fueron directamente responsables de sumir en el caos y la destrucción más absoluta. Clinton, desde el punto de vista de su política internacional, es una halcón que ha activamente promovido el intervencionismo militar en todo el mundo: ni había ganado las elecciones y su lenguaje beligerante indicaba que una política clave de su gobierno sería escalar la confrontación con Rusia. Desde luego que Trump no hará nada radicalmente diferente a lo que Clinton podría haber hecho, aunque probablemente no tendrá su mismo celo y fanatismo de halcón. La política norteamericana no la define un presidente, sino los intereses corporativos del bloque dominante, el cual pese al remezón, siguen intactos. Eso ya lo demostró Obama con el escalamiento de una agresiva política militar internacional, aun después de sus promesas electorales de desescalar las aventuras militares de Bush. Se ganó el premio Nobel de la paz y hoy son de los mejores amigos con Bush, el carnicero del Medio Oriente. Trump es el síntoma, pero claramente no es la cura para esa profunda crisis que atraviesa a la sociedad norteamericana. Esos “deplorables” que pusieron su fe en Trump se verán pronto desilusionados y enfrentados a la triste realidad. Tendrán por delante dos opciones: volver a participar ritualmente en la fábrica de las ilusiones político-electorales en el 2020, o bien organizarse y comenzar a defender activa y colectivamente sus derechos. Porque si no lo hacen ellos, no lo hará nadie. Texto: J. Antonio Gutiérrez

18 oct. 2016

Historia y Política

Viene al caso este artículo por el revuelo levantado con el Simposio “España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014)”.
Una vez más asistimos a la utilización de la historia con fines políticos concretos.   Ahora son los nacionalistas catalanes, pero muchas veces lo hacen los poderosos desde el Estado. Se ve claramente en el área curricular de Historia de España en Educación Secundaria y Bachillerato, donde intentan imponer la visión de una España, grande y libre. En este sentido viene muy bien recordar el proverbio africano que dice “Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, la historia de la caza siempre glorificará al cazador”
Para contrarrestar este planteamiento nacionalista, Alicia Sánchez Camacho (PP) nos comunica un nuevo Congreso histórico, para conocer la verdad histórica del nacionalismo español. Si el primero es un disparate, el segundo ya es de locura. Los políticos siempre tienen tendencia a deformar la historia para adaptarla a sus propios fines, utilizando mitos o lugares comunes para intentar dar verosimilitud a sus argumentos, distorsionando las pruebas con la finalidad de conseguir el objetivo deseado.
No existe un punto de vista más distorsionando y que dificulta tanto la comprensión adecuada del pasado como su interpretación en término de nación.
Asistimos con demasiada frecuencia a declaraciones interesadas en hechos concretos de la historia, que son manipulados y que son profusamente difundidos por los medios de comunicación afines, que intentan crear unas memorias históricas sobre determinados hechos del pasado, que en muchos casos tienen poco que ver con las pruebas existentes.
Los historiadores tomamos caminos y planteamientos diversos y diferentes al realizar estudios de investigación, a través de las fuentes disponibles, para así poder hacer una interpretación de los acontecimientos del pasado. La Historia aspira a ser una ciencia social, un tipo de conocimiento que no admite la arbitrariedad, el ocultamiento o el falseamiento de fuentes.
La profesión de historiador es una de las más bonitas existentes. Pero somos los  propios historiadores los primeros que debemos hacer que se nos respete, alejándonos de la instrumentalización pueril que desde el mundo de la política se pretende. Cada vez que oigo a un político mencionar la palabra historia, me confirma su más absoluto desconocimiento de la misma y  me da pavor el descaro de su manipulación.
Los historiadores tenemos ideología y pensamiento político como todo ser humano, pero como investigadores debemos contribuir al debate, a la cultura y al estudio del pensamiento político y social de nuestra sociedad. Siempre ha habido historiadores pagados por los poderes públicos para narrar los orígenes de esos mismos poderes públicos, lo que les llevaba a inventarse antecedentes o incluso a falsear documentos para avalar la autenticidad de sus tesis.
Tenemos que usar el análisis  histórico como una herramienta de conocimiento crítico de lo sucedido en el pasado, alumbrando las partes no conocidas y que muchas veces se intentan ocultar desde los poderes.
Los historiadores tenemos muchas veces puntos de vista diferentes ante los hechos, consecuencia de nuestra propia ideología, lo que crea una lucha entre objetividad-subjetividad. Lo que nunca debe hacer un historiador es apoyarse solamente en aquellos hechos más convenientes a sus principios en función de cuestiones políticas de poder y obviar aquellos que cuestionan  tales planteamientos.

Cuando se organizan Congresos o Simposios desde el poder político, nos llevan siempre a situaciones no deseadas y a resultados interesados en función de quien promueve tales congresos.
Como profesor de Historia durante treinta y seis años en la educación secundaria, se puede comprobar como los textos y los programas de esta asignatura responde perfectamente a una historia parcializada política e institucional, que refleja el éxito de los vencedores, obviando ampliamente otros campos históricos como lo social, económico… Así vemos, como los partidos del gobierno tienen especialmente interés en los contenidos de esta asignatura. Podrán comprender así mejor las declaraciones del actual ministro de educación, Wert, cuando utiliza la educación como instrumento de control y dominio de clase, cuando hablaba de “españolizar a los niños catalanes”.
Los historiadores nos debemos alejar constantemente de estos cantos de sirena de los políticos, que solo nos quieren para utilizarnos como arma arrojadiza en sus planteamientos simplistas de “bueno y malo” o “blanco o negro” cuando la realidad es siempre más compleja. Esta deformación tiene una finalidad política, normalmente justificar la existencia de la organización política en la que habitamos.
Siempre tenemos que evitar ese tipo de manipulación que quieren desde el poder. El historiador trabaja e investiga para que la población conozca lo que ha sucedido en el pasado  con la finalidad de reflexionar, analizar y  saque las consecuencias para un futuro y así evitar errores pasados.
Actualmente el nivel de manipulación histórica es muy alto, veamos algunos ejemplos. Desde el poder político del PP y sus acólitos de la historia, nos presentan a franco como un régimen autoritario, cuando en realidad ha sido una dictadura sangrienta, con más de 120.000 muertos después de finalizada la guerra civil.
Otro ejemplo. Es como gran parte de la burguesía catalana (hoy representada en CIU, los mismos que alientan la independencia catalana), no tuvieron ningún problema en alentar y apoyar la dictadura de Primo de Rivera, para que reprimiera el movimiento obrero tanto catalán como español. De eso ahora no se acuerdan.
La historia y la política partidista son dos mundos diferentes y los historiadores debemos tener claro que nunca deben mezclarse, pues hace alejarnos del esclarecimiento histórico y hace que nuestra labor no sea valorada por el resto de la sociedad
La manipulación siempre es mala por definición, pero la histórica lo es mucho más y no debemos permitirlo por respeto a nosotros mismos y a la sociedad para la que trabajemos, que necesita tener la mejor información posible. Es imposible pensar que la historia no sea manipulada, y que se nos deje de pedirnos a los historiadores que avalemos con nuestro relato las propuestas de los poderosos.
Como dice el historiador José Álvarez Junco “si queremos hacer de la Historia algo que se parezca a una ciencia, no pongamos nuestro trabajo al servicio de proyectos políticos. No simplifiquemos el pasado,, no lo deformemos, sobre todo, embutiéndolo en los rígidos corsés nacionales, porque todo el mundo ha estado hasta hace poco entrecruzado por unas redes de lealtades e identidades colectivas que nada tienen que ver con las naciones modernas”. Texto: Edmundo Fayanas Escuer.

21 sept. 2016

Información y alimentación

Comer resulta vital para animales y plantas. Con el alimento orgánico se renuevan las energías del cuerpo físico. Pero el ser humano necesita más para sentirse realizado como persona. Precisa generar ideas, plantearse retos, pensarse a sí mismo, recabar datos e informaciones con los que movilizar su yo individual y social. No habría cultura sin suministro regular de ítems en forma de datos e informaciones compatibles y significativas a nuestro complejo y moldeable sistema cerebral.

Una vida plena exige alimento físico y espiritual en dosis equilibradas para no convertirnos en un autómata sin alma o en una ruina fría y estadística sin capacidad de empatía emocional. En el mundo que habitamos, con clases o elites hegemónicas marcando el paso de la oca a la gran masa globalizada, además de la enorme importancia de la propiedad de las multinacionales punteras en los sectores agrícola, ganadero y alimentario concentrada en pocas manos, las cuales crean hambre, escasez o excedentes en función de sus intereses políticos, económicos y financieros, es también crucial y estratégico dominar la generación y difusión de los datos alfanuméricos y de las informaciones periodísticas, publicitarias y académicas. La información “bien administrada” consolida y ofrece estabilidad al statu quo, beneficiando a las estructuras verticales de poder.
La información es un estructura que abarca muchos centros a la vez, con distintos matices (investigación, educación, propaganda, noticias…). Aquí nos vamos a detener en la información inmediata, del día a día, aquella específica y particular de los denominados medios de comunicación de acceso directo para la inmensa mayoría: la prensa en sus modalidades en papel, radio y televisión.
Como ya queda reflejado en el titular, la información bruta se ha transformado en un mecanismo de desinformación efectivo, en el que las ideas hegemónicas intentan crear un estado de opinión favorable a los intereses ideológicos de los poderes financieros y fácticos. Como la gastronomía, la información usa mecanismos técnicos muy similares para modificar sutilmente los sabores, la presencia y la textura de los datos que se aportan al consumidor ávido y pasivo de noticias.
Esas sibilinas y sofisticadas intermediaciones de modo hacen que las noticias vírgenes sufran leves transformaciones en su sustancia original. Esa adulteración invisible es consumida en general por el indefenso ciudadano medio sin apenas capacidad de respuesta crítica, creando en él un marco de interpretación y referencia subordinado a las ideas de las clases propietarias.
La libertad de expresión es una quimera. Los pobres (o no propietarios) solo pueden clamar en el desierto, mientras que los poderes establecidos multiplican su voz e influencia por millones de decibelios y píxeles y mediante la ocupación masiva del espacio y el tiempo a través de sus medios de comunicación comprados con subvenciones, publicidad o por sociedades interpuestas en los consejos de administración de los emporios mediáticos.
¿De qué manera nos desinforma la espuria libertad de expresión capitalista? Por saturación. Mediante el consumo de comida basura. Con exquisiteces singulares y sabrosas. Con noticias que nos entran por los ojos. A través de irresistibles banalidades entre horas. Con el clásico sensacionalismo fuera de temporada. Y, por supuesto, con cocina de autor y de expertos cum laude.

Saturación

Se trata de la modalidad que a todos nos vence por fatiga metafísica. Las noticias que afectan a una misma cosa, asunto o persona, y que pueden ser perjudiciales para el poder, se ponen en antena o se actualizan al minuto merced a datos espectaculares e inconexos. Tal avalancha de informaciones juega a dos bandas complementarias: por una parte, el dar la noticia contraria a los intereses de grandes corporaciones o instituciones o personajes encumbrados avala la tesis dulce de la libertad genuina de expresión, mientras desde otra perspectiva la repetición machacona de la noticia vacía de contenido, sentido y significado a la misma. Su mera enunciación satura porque los datos hacen rebosar la capacidad crítica del sujeto que intenta comprender las implicaciones de la noticia en sí poniéndola en relación con la realidad que le circunda. Ejemplo de la actualidad: la corrupción política y económica. Como dice el refranero, lo poco gusta y lo mucho cansa. Tanto hablar de la corrupción ha alterado la justa interpretación del fenómeno. Hay tantísimos casos en el escenario que la confusión reinante invita a pensar que el mal se debe a un fallo estructural de todos los seres humanos y de toda la sociedad en su conjunto. Tras esa corresponsabilización colectiva, ficticia y anónima se esconden los auténticos corruptos y delincuentes: imputados, partidos políticos e instituciones públicas.

Comida basura

Comprende sectores de comunicación muy diversos: prensa rosa, deportes, ocio e informaciones de sucesos o tremendistas. Al margen de la facturación internacional en miles de millones de euros o dólares, el sector basura crea consumidores incondicionales y alienados en grado extremo, partiendo a su target favorito en roles y segmentos muy definidos. Mujeres, hombres, parejas, personas morbosas, amas de casa… Se trabaja la superficialidad a conciencia, convirtiendo la autoestima particular en un reconocimiento tácito de los prejuicios culturales más extendidos en la población, fomentando en paralelo la pasividad de los sujetos a los que dirige sus tentáculos desinformativos. Desde las secciones de horóscopos a los consultorios sexológicos, pasando por los espacios deportivos insustanciales y ramplones en los informativos serios y los programas rosas de chismes de la high society o los formatos de telerrealidad grosera, el multiespacio de comida basura informativa resulta muy abundante y goloso. El amplio sector cumple una función de recompensa fácil y gratificación instantánea para aliviar los avatares diarios del ciudadano medio trabajador, estudiante o jubilado. Estamos ante un consumo desechable que impide atender otros focos de atención personal y cultural de mayor valor añadido: leer, conversar, pensar e interpretar la realidad con criterios propios y dialécticos.

Exquisiteces

A través de las noticias o referencias más restringidas a grupos selectos, los medios de comunicación generalistas y otros más específicos ofrecen la oportunidad a individuos concretos de buscarse a sí mismos y reconocerse como singularidades que se salen de la norma. Estamos ante una heterogeneidad muy de clase media de juventud eterna que se nutre de valores culturales con estilo muy acusado: historia, música, medio ambiente, actividades deportivas minoritarias como golf o esquí, turismo de aventura, moda de altos vuelos… Son formatos que sirven de espejo y diferenciación a quien en ellos se sumerge mediante un diálogo soterrado y silencioso que refuerza el narcisismo del lector tipo de estas informaciones de sesgo y contenido reservado únicamente para entendidos en la materia. Estas exquisiteces conforman modos de conducta en la clase trabajadora que intenta emular las poses y posos culturales de las clases pudientes por analogía o aproximación estética. El quiosco está plagado de cabeceras exquisitas al lado de los periódicos extranjeros y las revistas semanales o mensuales de política general.

Lo que entra por los ojos

Lo que a simple vista impacta no es más que una tecnología muy sofisticada para ocultar o difuminar otras noticias relevantes de máximo interés informativo o bien para desviar la atención hacia aspectos secundarios e intrascendentes de la rabiosa actualidad. Los métodos empleados son muy dúctiles y maleables, pero siempre se procura salvaguardar la sacrosanta inocencia y neutralidad de la libertad de expresión. Por ejemplo, EE.UU. lanza un ataque mortífero en cualquier país árabe o asiático. Junto a esta noticia puede ir otra de carácter sentimental, humano o de raíz meramente emocional: un policía salva a un niño de ser atropellado en Nueva York. Resulta evidente que la emoción inmediata del héroe policía y la sonrisa agradecida del infante solapa o anula las potenciales víctimas abstractas del bombardeo de los militares estadounidenses. Otro ejemplo más. Israel puede asesinar en “defensa propia” a cuantos palestinos considere oportuno en razón al Holocausto nazi de seis millones de judíos. Si alguien osa criticar las conductas criminales del gobierno israelí sobre él puede caer el estigma de antisemita de forma irracional y demoledora. Un tercer caso paradigmático de lo que entra por los ojos a la vez que oculta. Venezuela, Cuba y Rusia se utilizan con profusión como chivos expiatorios para tapar noticias de actualidad doméstica no favorables a los poderes establecidos. La gente acrítica consume con ganas lo que previamente se ha adecuado a sus gustos personales. Se dice, gráficamente, que pensamos lo que comemos, sin embargo sería más cierto expresarlo de esta manera: pensamos lo que leemos, vemos y escuchamos. Pensar con autonomía y criterio razonable cada vez será más caro y dificultoso.

Entre horas

Los sueltos, breves y las píldoras informativas en dosis telegráficas han existido siempre, si bien han tenido un crecimiento exponencial con internet y su mundo en tiempo real. La rapidez es consustancial a las sociedades de la globalización. Todo tiene que suceder aquí y ahora. El valor de lo inmediato no se discute, se vive, se consume y se tira al instante. De ahí que informarse a la carrera sea una necesidad que requiere inmensos esfuerzos de concentración y de síntesis cognitiva. Hay quienes solo se informan a través de sumarios, resúmenes de prensa, breves y titulares concisos. En televisión, mientras un locutor o presentadora habla, la cantidad de datos que nos asaltan en la pantalla son innumerables. Todos tienen el formato de flashes informativos o datos exprés con carácter absoluto de urgencia o inminencia total. La complejidad se desmenuza en miles de ítems infinitesimales reducidos a su mero nombre, eludiendo cualquier descripción del fenómeno real al que atañe. Es un tipo de información adaptada a la velocidad de ir conduciendo un automóvil, esperar con ansiedad el embarque en un aeropuerto o estación de ferrocarril o viajar apretujado en el metro o el bus por la ciudad hacia el trabajo o la universidad. Estos pildorazos son sucedáneos de información verdadera, mesurada, rigurosa y contrastada, no obstante llenan un vacío existencial y sacian nuestras irrefrenables ansias de curiosidad insaciable. Con estos raquíticos breves calmamos nuestras neurosis compulsivas de urbanitas posmodernos. Una vez en casa, en la templada soledad hogareña, bien podríamos decirnos como Sócrates que solo sabemos que no sabemos nada.

De autor

Quien únicamente se alimenta de informaciones de autor corre altos riesgos de colapso multiorgánico con síntomas inespecíficos. Expertos, gurús, iconoclastas, tertulianos u opinadotes profesionales y visionarios de variada estirpe conforman un club de autoridades técnicas en materias profanas y religiosas que sirven de cauce a muchos seguidores incapaces de crearse opiniones propias en el mundo actual. Suelen ser personas con la autoestima por los suelos o escasamente creativas que precisan de líderes o iconos a los que ofrecerse como esclavos, sumisos, súbditos o fans entregados de universos mentales casi religiosos o míticos. La información de autor crea adictos compulsivos y jamás plantea problemas profundos al orden establecido. En un mundo donde las complejidades de la vida se han reducido a sucesos o acontecimientos sin nexo entre ellos, confiar ciegamente o echarse en manos de opiniones “autorizadas” resulta un camino u opción que arroja cierta luz de seguridad ante las incertidumbres personales o colectivas de todo tipo y condición. Las redes sociales de adhesión fanática como Twitter y Facebook abonan este campo psicológico de estrecha unión con celebridades de sectores muy dispares. El autor es un dios menor que ofrece cobijo emocional en momentos de zozobra privada y crisis políticas y económicas.

Fuera de temporada

Todo lo extemporáneo, maravilloso, increíble, raro o monstruoso entra dentro del amarillismo sensacionalista. Es una vieja táctica de los medios de comunicación masivos para ganar clientela frente a la competencia y también para embotar la mente ciudadana de noticias morbosas e irrelevantes. Es puro espectáculo que convierte en entretenimiento baladí cualquier aspecto de la realidad cotidiana o histórica. Se configura como un puñetazo en pleno rostro que cae en detumescencia nada más sufrirse el impacto. Hay muchas personas adictas al sensacionalismo que interpretan, según conveniencia o costumbre, los papeles del sádico y/o el masoquista. Los asesinos en serie, los actos culturales de pueblos aborígenes o lejanos o de minorías étnicas, las excepcionalidades físicas o psíquicas y los gustos estrafalarios son algunos motivos favoritos de este apartado informativo. Y, por supuesto, las medias verdades de cualquier asunto real o histórico. Lo escabroso, esotérico y de imposible confirmación son hechos “fuera de temporada” que sirven como escape, tocata y fuga de la cruda realidad diaria. ¿Una noticia sensacional? Existen a montones: poner en tela de juicio que el ser humano pisara la Luna, un reportaje superficial sobre el tamaño del pene de Napoleón o una entrevista en exclusiva con un personaje protagonista de un milagro religioso que dice haber hablado con la virgen María. El sensacionalismo da la misma importancia a la opinión de un científico y a la de un impostor salido de la nada absoluta. 
Las viandas que nos desinforman en tiempo real son extremadamente suculentas y atractivas. Nadie está a salvo de su veneno ponzoñoso y de su perfidia solapada. Hay que estar en guardia permanentemente ante tamaña y colosal capacidad y poder casi omnímodo de los medios de comunicación. No se trata tanto de levantar diques de entrada a nuestro cerebro sino como de mantener una actitud escéptica y alerta que impida que nos comamos y creamos a pies juntillas todo lo que nos dicen y elaboran en el mercado de la información mediática.
Hay que comer e informarse con alimentos y noticias variados. Y observar cómo reacciona el organismo ante lo nuevo y las mezclas o cócteles de datos y sabores. Las denominaciones de origen son fundamentales en la elección de nuestros alimentos diarios. Saber quién hay detrás de cada información es también esencial en nuestra dieta saludable de información cotidiana. Conocer de qué modo pueden engañarnos es saber mucho, un arma de construcción crítica de la realidad que nos hará más ponderados en la argumentación y el razonamiento público.
Vivimos en red, en medio de un pastel dulce o un caos amargo precocinado por los medios de comunicación de masas. La primicia informativa no es más que una mercancía hecha noticia, un producto en suma para ser consumido al instante. Una información veraz no precisa de mercadotecnia para ser reconocida como tal. Ahora bien, ¿existe la información independiente en sentido estricto? Texto: A. B. Ginés

6 ago. 2016

Estado Español y Opus Dei

Son muchos los miembros del Opus Dei en sus diferentes formatos legales (Supernumerarios, Numerarios, Agregados, etc.) o informales (simpatizantes, hooligans, etc.) que están plenamente integrados en los circuitos institucionales del Estado Español, sorteando su carácter aconfesional en los términos previstos en el articulo 16.3 de la Constitución de 1978. 

Vamos a intentar, ponerle nombre y apellidos a esa legión de genoveses que profesan una militancia militante y personalizada en esta organización creada por el hoy ya santo José María Escrivá de Balaguer. Vaya por delante que en nuestro ánimo no está descalificar, difamar, injuriar, denigrar, ofender, ni al Opus como tal, ni mucho menos a sus integrantes. Pero en cambio sí que lo está informar de su presencia en las instituciones y de las consecuencias potenciales que de la misma se pueden derivar. Vayamos al grano. De entrada, como es conocido, el Opus no tiene en funcionamiento ningún “Portal de la Transparencia” que ayude a encontrar el nombre y apellidos de sus integrantes. Sólo si alguno de ellos lo hace público es cuando se puede constatar su pertenencia a la Obra. Por tanto, son muchos más de los que uno se puede imaginar aunque seguramente muchos menos de los que a su cúpula le gustaría. Sea como fuere, un buen número de sus integrantes y/o simpatizantes para enmascarar sus vinculaciones con el Opus se refugian en un eufemismo al uso y es que su 'autodefinición' como personas “profundamente religiosas”. En este apartado, como se verá, son varios los que en esta casilla se encuentran ubicados. Por otro lado, tampoco es ningún secreto que el PP, desde su fundación como AP, nunca ha ocultado sus convicciones cristianas y en consecuencia nadie discute que es el Partido de referencia electoral para la Conferencia Episcopal. Los gestos genoveses, con reflejo presupuestario incluido, a favor de las tesis de la Iglesia Católica son tan obvios que resultan innecesarios traerlos aquí. Como humanos que son, los genoveses del Opus y sus aledaños a lo largo del tiempo, se han ido desplegado, insertando, fusionando, empotrando y  juntando con la práctica totalidad de las instituciones hasta lograr soslayar a los diferentes gobiernos que se han ido sucediendo en los últimos 35 años. Ejemplos no faltan. Los hay que comenzaron muy jóvenes y siguen fieles a sus convicciones y los hay también de nueva hornada que, no por ello, resultan menos entusiastas. He te aquí algunos nombres agrupados por tramos institucionales:
Gobierno: 
Luis de Guindos Jurado. Ministro de Economía y Competitividad. Sus “profundas convicciones religiosas” no le han resultado obstáculo para dejarse ver en el último gran acto del Opus en Madrid con motivo de la beatificación de Álvaro del Portillo y Díez de Sollano, obispo y prelado de la Prelatura Personal de la Santa Cruz y Opus Dei.
Jorge Fernández Díaz. Ministro del Interior. Probablemente sea el miembro del Gobierno de Rajoy que más exhibe, a cargo del erario público, sus creencias ultra religiosas. No se pierde una. Su pertenencia o no al Opus está instalada en la ambigüedad más ambigua. Ni lo confirma ni lo desmiente. En todo caso también tuvo tiempo para dejarse ver por el acto de la beatificación Álvaro del Portillo y Díez de Sollano.
Del resto de sus colegas de Consejo de Ministros los hay que, aunque no consta su pertenencia al Opus, sin embargo sí se encuentran en su aledaños más cercanos. Por méritos propios destacan al nuevo Ministro de Educación, Íñigo  Méndez de Vigo, la Ministra de Empleo, Fátima Báñez o el Ministro de Defensa, Pedro Morenés.
Otros Altos Cargos:
Aquí el listado es extenso. Sin ánimo exhaustivo, mención personalizada se merecen los máximos responsables del Ministerio del Interior, en particular, el clandestino Director General de la Guardia Civil, Arsenio Fernández Mesa y el Director General de la Policía, Ignacio Cosidó.
Pero sin duda, allá donde vaya, Federico Trillo Figueroa, actual embajador de España en Reino Unido,  es el prototipo de un miembro cualificado de la Obra cuya veteranía es reconocida simultáneamente por Roma, Madrid, Cartagena o Londres.
Parlamento:
Julieta de Micheo Carrillo Albornoz. Diputada por Alicante tras la dimisión de Federico Trillo. Discreta y siempre a la sombra de su mentor.
Carlos Aragonés Mendiguchía. Diputado anónimo por Madrid. Ex Jefe de Gabinete de la ex Consejera imputada, Lucía Figar. Por puro despiste recientemente tuvo que actualizar su declaración de bienes por “olvidarse” de consignar que es consejero desde noviembre de 2010 en la sociedad Ediciones Rialp S.A. Una editorial religiosa, en la órbita del Opus Dei, que publica las obras de Escrivá de Balaguer.
Un grupo compacto de diputados formado por Antonio Gutiérrez, Lourdes Méndez, Javier Puente, Eva Durán y José Eugenio Azpiroz están también en esa línea de proximidad.., son los que recientemente se rasgaron las vestiduras votando en contra y/o absteniéndose de la modificación genovesa sobre la Ley del Aborto.
Vicente Martínez Pujalte. Diputado por Murcia. Aunque su matrimonio ha favorecido el rumor de que ya no es miembro de la Obra, no hay que descartar ninguna otra hipótesis, incluida la de encontrarse en excedencia voluntaria a la Obra con retorno garantizado y reconocimiento de trienios.
Eugenio Nasarre Goicoechea. Diputado por Granada. Ex Director General de Asuntos Religiosos y ex Director General de RTVE. Su proverbial silencio le hace pasar desapercibido, lo que no es óbice para que los que le conocen  no duden de sus relaciones fluidas con la Obra.
Instituciones del Estado:
Tribunal Constitucional. No por más conocido conviene pasar por encima de un caso. Nos referimos al ex diputado genovés Andrés Ollero Tassara, magistrado desde el año 2012. En este caso nadie discute su acreditada condición de miembro cualificado del Opus. Y es que él mismo ni lo niega ni lo disimula lo más mínimo. Ejerce de Numerario las 24 h del día y las 24 de la noche. Recientemente ha sido Ponente de la sentencia que atiende el recurso de amparo de un farmacéutico sevillano que se acogió al derecho a la objeción de conciencia al negarse a vender la llamada píldora del día siguiente. 
Fiscalía General del Estado. Dada la imposibilidad de relacionar la cantidad de sus miembros dado su número, digamos que es un tradición de lo más tradicional que cuando gobierna el Partido Popular, los Fiscales Generales no sólo suelen ser ultra católicos, apostólicos y romanos... En algún caso, además, son miembros numerarios de la Obra, caso de Jesús Cardenal. En todo caso, Eduardo Torres Dulce, primer Fiscal General del Gobierno de Rajoy se encuentra inmerso en el ámbito de influencia de los seguidores de Escrivá de Balaguer. Su sustituta, Consuelo Madrigal, en honor a la verdad negó ser miembro del Opus... Eso sí, para a continuación reconocer que sus profundísimas convicciones religiosas la llevaron a firmar como Fiscal del Tribunal Supremo un manifiesto contra el aborto.
Tribunal Supremo. Al igual que sucede con la Fiscalía, la presencia de miembros del Opus en las diferentes Salas es relevante. Como botón de muestra valga el caso de José Luis Requero, numerario sin complejos, nombrado en el 2014 magistrado de la Sala Tercera de este Tribunal.
Consejo General del Poder Judicial. Atendiendo al orden jerárquico de esta institución, nada mejor que destacar el caso de su Presidente, Carlos Lesmes. Sus convicciones ultra religiosas  son tan profundas que no duda en exhibirlas y viajarlas por el mundo. Como es natural, pagando el contribuyente, ateos y agnósticos incluidos. Valga como dato estadístico su presencia en la Delegación oficial, que él mismo presidió, para asistir a la investidura de diversos cardenales en la Ciudad del Vaticano.
Consejo de Estado. Aunque también aquí son muchos más de los que se pueden imaginar, valga como ejemplo ejemplarizante el caso de Isabel Tocino, Consejero Electa, ex Ministra y Diputada, Consejera del Banco de Santander y, desde que tiene uso de razón, Numeraria a tiempo completo.
Por hoy vamos finalizando. Nos hemos dejado en el tintero otros muchos más nombres con sus correspondientes apellidos, rangos y sus territorios de referencia. Hemos sacrificado algunas figuras relevantes del Opus que hoy se encuentran, la mayoría por su avanzada edad, fuera de la Instituciones. Otro día retomamos el listado y os haremos participes de ello. Mientras tanto, nos vemos en la siguiente crónica. Texto: Francisco Medina

El Vaticano: Curiosidades y entresijos

Es el estado independiente más pequeño del mundo, con apenas 44 hectáreas de terreno –menos de la mitad del parque del Retiro de Madrid– pero su poderío convierte a la Ciudad del Vaticano en uno de los países más influyentes de la Tierra. La Santa Sede es un ejemplo único de la supervivencia del modelo de ciudades­-estado del medievo. Así se organiza. 


El estado más pequeño

El Estado de la Ciudad del Vaticano se encuentra en Roma, tiene una superficie de medio kilómetro cuadrado y cuenta con unos 800 habitantes. Es el Estado más pequeño del mundo. Los límites del Vaticano se definieron de acuerdo con el Estado italiano mediante los Pactos Lateranenses, el 11 de febrero de 1929. Además, la comunidad internacional permite la navegación marítima con buques propios, pese a que el Vaticano no tiene acceso directo al mar. Algo similar sucede con la aviación.

Una monarquía absoluta

El Estado de la Ciudad del Vaticano es universalmente reconocido como entidad soberana de derecho público internacional, distinto de la Santa Sede, que es el órgano soberano de la Iglesia católica. Sin embargo, están imbricados: en el Vaticano, el Papa y la Santa Sede desarrollan su misión de gobierno de la Iglesia universal. La forma de gobierno del Estado vaticano es la monarquía absoluta. Curiosamente, su ‘rey’, el Papa, se elige por sufragio, pero limitado. Solo pueden votar los cardenales menores de 80 años. El Jefe de Estado es el Sumo Pontífice, el Papa, que tiene plenos poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Durante el período de sede vacante (muerte o renuncia papal), dichos poderes son ejercidos por el colegio de cardenales. El Papa se apoya en su número dos o secretario de Estado (una suerte de primer ministro o canciller), en la actualidad el italiano Pietro Parolin. Con la reforma vaticana, se espera que éste se convierta en una especie de superministro de Exteriores. En cuanto a los ‘ministerios’ –la Curia– es la suma de Congregaciones y Pontificios Consejos, cuya composición está en plena renovación por el Consejo de Cardenales, ­más conocido como G9, y a los que Francisco ha encomendado la renovación del gobierno de la Iglesia­.

¿Quién dicta las leyes?

Las disposiciones legislativas pueden ser dictadas por el Sumo Pontífice o, en su nombre, por la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano, la cual promulga también los reglamentos generales. Tanto las disposiciones como los reglamentos se publican en el Boletín Oficial de la Santa Sede (similar a nuestro BOE). El poder ejecutivo está en manos de la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano, a cargo del presidente del Governatorato. En la actualidad es el italiano Giuseppe Bertello, y el secretario general es un español, el Legionario de Cristo Fernando Vérguez. Según la ley del 21 de noviembre de 1987, el poder judicial cuenta con los siguientes órganos: un Juez único, un Tribunal, una Corte de apelación y una Corte de casación, que ejercen sus respectivas tareas en nombre del Sumo Pontífice. Las diversas competencias están reguladas por los Códigos de procedimiento civil y penal propios, que tienen tipificados sus propios delitos y penas. Uno de los últimos juicios más conocidos ha sido el de Vatileaks II.

Tiene 130 policías

Junto al trabajo de la Guardia Suiza, dedicada en cuerpo y alma a la protección personal del Papa, el Estado vaticano cuenta con un Cuerpo de Gendarmería y Cuerpo de Bomberos, que depende de la Dirección de los Servicios de Seguridad y Protección Civil y cuyas competencias giran en torno al mantenimiento de la seguridad y el orden público, así como la de vigilar la frontera. También hay cargos de policía judicial y tributaria. Actualmente la plantilla efectiva del Cuerpo de la Gendarmería está compuesta por 130 oficiales.

¿Quién tiene nacionalidad vaticana?

La población del Estado comprende aproximadamente 800 personas, de las cuales más de 450 son ciudadanos de pleno derecho, es decir, tienen la nacionalidad vaticana. Sin embargo, la mitad de estos ciudadanos residen fuera del Estado en otros países, como personal diplomático (los nuncios), delegados pontificios o personal diplomático de la Santa Sede. El resto de las personas que viven allí están autorizadas a residir, temporal o permanentemente, pero sin derecho de ciudadanía. Por ejemplo, trabajadores de jardines, de los comercios o sacerdotes que están estudiando y residen en Santa Marta. Obispos y curas del mundo no tienen ciudadanía vaticana, pero dependiendo de cada acuerdo entre la Santa Sede y el país correspondiente, pueden tener algunos derechos. En el franquismo, por ejemplo, existía la cárcel concordataria de Zamora. Así, el estatus de los obispos en algunos países les impide ser juzgados por tribunales civiles –como pasa también con los militares en otros países– y se rigen por el derecho canónico.

No paga impuestos

La economía de la Ciudad del Vaticano es financiada por contribuciones (conocidas como el óbolo de San Pedro) de católicos de todo el mundo, así como a través de la venta de sellos, postales, recuerdos a turistas, entradas a museos y venta de publicaciones. En el Vaticano existen farmacias, servicio de correos, supermercado y hasta una pequeña, y casi desconocida, línea férrea, pero los habitantes del Estado vaticano no pagan impuestos directos. El Vaticano también cuenta con servicios financieros a nivel global a través del Instituto para las Obras de Religión (Banco Vaticano), actualmente inmerso en una profunda revisión para poder salir de la lista negra de países en riesgo de corrupción. Entre las revelaciones de Vatileaks está que varios papas fallecidos tenían cuentas a su nombre y algunos desfases contables.

La diplomacia

La Santa Sede tiene actualmente relaciones diplomáticas con 180 Estados. Además de la Unión Europea y la Soberana Militar Orden de Malta, así como la Misión Permanente del Estado de Palestina. Las embajadas con sede en Roma ­incluidas las de la Unión Europea y la de la Soberana Militar Orden de Malta­ son 86. En cuanto a su presencia internacional, el Estado Vaticano es observador permanente en Naciones Unidas, la FAO, la Unesco, la Agencia Internacional para la Energía Atómica o la Organización Mundial del Turismo. Todo el territorio del Estado de la Ciudad del Vaticano está protegido por la Convención de La Haya del 14 de mayo de 1954, sobre la tutela de los bienes culturales en caso de conflicto armado. En 1984, la Ciudad del Vaticano fue declarada patrimonio cultural y natural por la Unesco, de modo que todo el Estado está reconocido como “patrimonio moral, artístico y cultural, digno de ser respetado y protegido como un tesoro para toda la humanidad”. Texto: Jesús Bastante 

27 jul. 2016

Hillary Clinton vs Trump

Diana Johnstone es quizá una de las comentaristas de la política europea y estadounidense más reputadas en la izquierda. Colaboradora, entre otros, de Counterpunch, Johnstone, que se hizo conocida en Europa por sus críticas a la política occidental durante las guerras en los Balcanes, acaba de sacar un libro sobre Hillary Clinton titulado ''La reina del caos''. La entrevistó para lamarea.com Àngel Ferrero.

Los medios estadounidenses han centrado su atención estas primarias en Donald Trump. Pero en su opinión, Hillary Clinton también debería ser motivo de preocupación. La ha descrito como ‘la reina del caos’. ¿Por qué?
Trump consigue titulares porque es una novedad, un showman que dice cosas chocantes. Es visto como un intruso en un espectáculo electoral diseñado para transformar a Clinton en la “primera mujer presidenta de América”. ¿Por qué la llamo reina del caos? En primer lugar, por Libia. Hillary Cinton fue en gran medida responsable de la guerra que hundió a Libia en el caos, un caos que se extiende hacia el resto de África e incluso Europa. Ha defendido más guerra al Oriente Medio.
Mi opinión no es que Hillary Clinton “también debería” ser motivo de preocupación. Ella es el principal motivo de preocupación. Clinton promete apoyar más a Israel contra los palestinos. Está totalmente comprometida con la alianza de facto entre Arabia Saudí e Israel que tiene como objetivo derrocar a Assad, fragmentar Siria y destruir la alianza chií entre Irán, Assad y Hezbolá. Esto aumenta el riesgo de confrontación militar con Rusia y Oriente Medio. Al mismo tiempo, Hillary Clinton defiende una política beligerante hacia Rusia en su frontera con Ucrania. Los medios de comunicación de masas en Occidente se niegan a darse que cuenta que muchos observadores serios, como por ejemplo John Pilger y Ralph Nader, temen que Hillary Clinton nos conduzca, sin advertirlo, a la Tercera Guerra Mundial.
Trump no se ajusta a ese molde. Con sus comentarios groseros, Trump se desvía radicalmente del patrón de lugares comunes que oímos de los políticos estadounidenses. Pero los medios de comunicación establecidos han sido lentos en reconocer que el pueblo estadounidense está completamente cansado de políticos que se ajustan al patrón. Ese patrón está personificado por Hillary Clinton. Los medios de comunicación europeos han presentado en su mayoría a Hillary Clinton como la alternativa sensata y moderada al bárbaro de Trump. Sin embargo, Trump, el “bárbaro”, está a favor de reconstruir la infraestructura del país en vez de gastar el dinero en guerras en el extranjero. Es un empresario, no un ideólogo.
Trump ha afirmado claramente su intención de poner fin a la peligrosa demonización de Putin para desarrollar relaciones comerciales con Rusia, lo que sería positivo para Estados Unidos, para Europa y para la paz mundial. Extrañamente, antes de decidir presentarse como republicano, para consternación de los líderes del Partido Republicano, Trump era conocido como demócrata, y estaba a favor de políticas sociales relativamente progresistas, a la izquierda de los actuales republicanos o incluso Hillary Clinton.
Trump es impredecible. Su reciente discurso en AIPAC, el principal lobby pro-israelí, fue excesivamente hostil hacia Irán, y en 2011 cayó en la propaganda que condujo a la guerra contra Libia, incluso si ahora, retrospectivamente, la critica. Es un lobo solitario y nadie sabe quiénes son sus asesores políticos, pero hay esperanza de que arroje fuera de la política a los neoconservadores e intervencionistas liberales que han dominado la política exterior estadounidense los últimos quince años.
Los asesores de Clinton destacan su experiencia, en particular como secretaria de Estado. Muchos se ha escrito sobre esta experiencia y no siempre de manera positiva. ¿Cuál fue su papel en Libia, Siria o Honduras?
Hay dos cosas que decir sobre la famosa experiencia de Hillary Clinton. La primera es observar que su experiencia no es el motivo de su candidatura, sino, más bien, la candidatura es el motivo de su experiencia. En otras palabras, Hillary no es candidata debido a que su maravillosa experiencia haya inspirado a la gente a escogerla como aspirante a la presidencia. Es más correcto decir que ha acumulado ese currículo justamente para cualificarse como presidente.
Durante unos veinte años, la máquina clintonita que domina el Partido Demócrata ha planeado que Hillary se convierta en “la primera mujer presidenta de EEUU” y su carrera se ha diseñado con ese fin: primero senadora de Nueva York, después secretaria de Estado.
Lo segundo concierne al contenido y la calidad de esa famosa experiencia. Se ha empecinado en demostrar que es dura, que tiene potencial para ser presidenta. En el Senado votó a favor de la guerra de Irak. Desarrolló una relación muy cercana con el intervencionista más agresivo de sus colegas, el senador republicano por Arizona John McCain. Se unió a los chovinistas religiosos republicanos para apoyar medidas como hacer que quemar la bandera estadounidense fuese un crimen federal. Como secretaria de Estado, trabajó con “neoconservadores” y esencialmente adoptó una política neoconservadora utilizando el poder de Estados Unidos para rediseñar el mundo.
Respecto a Honduras, su primera importante tarea como secretaria de Estado fue proporcionar cobertura diplomática para el golpe militar de derechas que derrocó al presidente Manuel Zelaya. Desde entonces Honduras se ha convertido en la capital con más asesinatos del mundo. En cuanto a Libia, persuadió al presidente Obama para derrocar el régimen de Gaddafi utilizando la doctrina de “responsabilidad para proteger” (R2P) como pretexto, basándose en falsas informaciones. Bloqueó activamente los esfuerzos de gobiernos latinoamericanos y africanos para mediar, e incluso previno los esfuerzos de la inteligencia militar estadounidense para negociar un compromiso que permitiese a Gaddafi ceder el poder pacíficamente.
Continuó esa misma línea agresiva con Siria, presionando al presidente Obama para que incrementase el apoyo a los rebeldes anti-Assad e incluso para imponer una “zona de exclusión aérea” basada en el modelo libio, arriesgándose a una guerra con Rusia. Si se examina atentamente, su “experiencia” más que cualificarla para el puesto de presidente, la descalifica.
Como secretaria de Estado, Clinton anunció en 2012 un “pivote” a Asia oriental en la política exterior estadounidense. ¿Qué tipo de política podríamos esperar de Clinton hacia China?
Básicamente este “pivote” significa un desplazamiento del poder militar estadounidense, en particular naval, desde Europa y Oriente medio al Pacífico occidental. Supuestamente, porque debido a su creciente poder económico China ha de ser una “amenaza” potencial en términos militares. El “pivote” implica la creación de alianzas antichinas entre otros Estados de la región, lo que con toda probabilidad incrementará las tensiones, y rodeando a China con una política militar agresiva se la empuja efectivamente a una carrera armamentística. Hillary Clinton apuesta por esta política y si llegase a la presidencia la intensificaría.
Clinton dijo en 2008 que Vladímir Putin no “tiene alma”. Robert Kagan y otros “intervencionistas liberales” que jugaron un papel destacado en la crisis en Ucrania la apoyan. ¿Su política hacia Rusia sería de una mayor confrontación que la del resto de candidatos?
Su política sería claramente de una mayor confrontación hacia Rusia que las de Donald Trump. El contrincante republicano de Trump, Ted Cruz, es un fanático evangélico de extrema derecha que sería tan malo como Clinton, o quizá peor. Comparte la misma creencia semirreligiosa de Clinton en el rol “excepcional” de Estados Unidos para modelar el mundo a su imagen. Por otra parte, Bernie Sanders se opuso a la guerra de Iraq. No ha hablado demasiado de política internacional, pero su carácter razonable sugiere que sería más juicioso que cualquiera de los demás.
Los asesores de Clinton tratan de destacar su intento de reformar el sistema sanitario estadounidense. ¿Fue ese intento de reforma realmente un avance y tan importante como dicen que fue?
En enero de 1993, pocos días después de asumir la presidencia, Bill Clinton mostró su intención de promocionar la carrera política de su esposa nombrándola presidenta de una comisión especial para la reforma del sistema nacional de sanidad. El objetivo era llevar a cabo un plan de cobertura sanitaria basado en lo que se denominó “competitividad gestionada” entre compañías privadas. El director de esa comisión, Ira Magaziner, un asesor muy próximo a Clinton, fue quien diseñó el plan. El papel de Hillary era vender políticamente el plan, especialmente al Congreso. Y en eso fracasó por completo. El “plan Clinton”, de unas 1.342 páginas, fue considerado demasiado complicado de entender y a mediados de 1994 perdió prácticamente todo el apoyo político. Finalmente se extinguió en el Congreso.
Respondiendo a la pregunta, el plan básicamente no era suyo, sino de Ira Magaziner. Como había de depender de las aseguradoras privadas, orientadas al beneficio, como ocurre con el Obama Care, ciertamente no era un avance, como sí que lo es el sistema universal que defiende Bernie Sanders.
La campaña de Clinton ha recibido notoriamente dinero de varios hedge funds. ¿Cómo cree que podría determinar su política económica si consigue llegar a la presidencia?
Cuando los Clinton abandonaron la Casa Blanca en enero de 2001, Hillary Clinton lamentó estar “no sólo sin blanca, sino en deuda”. Eso cambió muy pronto. Hablando figuradamente, los Clinton se trasladaron de la Casa Blanca a Wall Street, de la presidencia al mundo de las finanzas. Los banqueros de Wall Street compraron una segunda mansión para los Clinton en el Estado de Nueva York (que se sumó a la que tienen en Washington DC) prestándoles primero el dinero y luego pagándoles millones de dólares por ofrecer conferencias.
Sus amistades en el sector bancario les permitieron crear una fundación familiar ahora valorada en dos mil millones de dólares. Los fondos de la campaña proceden de fondos de inversión amigos que colaboran de buen grado. Su hija, Chelsea, trabajó para un fondo de inversión antes de casarse con Marc Mezvinsky, quien creó su propio fondo de inversión después de trabajar para Goldman Sachs.
En pocas palabras, los Clinton se sumergieron por completo en el mundo de las finanzas, que se convirtió en parte de su familia. Es difícil imaginar que Hillary se mostrase tan desagradecida como para llevar a cabo políticas contrarias a los intereses de su familia adoptiva.
Se dice que la política de identidad es otro de los pilares de su campaña. Quienes apoyan a Clinton afirman que votándola se romperá el techo de cristal y que por primera vez en la historia una mujer entrará en la Casa Blanca. Desde varios medios has protestado contra esta interpretación.
Una razón fundamental para que se diese la alianza de Wall Street con los Clinton es que los autoproclamados “nuevos demócratas” encabezados por Bill Clinton lograron cambiar la ideología del Partido Demócrata de la igualdad social a la igualdad de oportunidades. En vez de luchar por las políticas tradicionales del New Deal que tenían como objetivo incrementar los estándares de vida de la mayoría, los Clinton luchan por los derechos de las mujeres y las minorías a “tener éxito” individualmente, a “romper techos de cristal”, avanzar en sus carreras y enriquecerse. Esta “política de la identidad” quebró la solidaridad de la clase trabajadora haciendo que la gente se centrase en la identidad étnica, racial o sexual. Es una forma de política del “divide y vencerás”.
Hillary Clinton busca persuadir a las mujeres de que su ambición es la de todas ellas, y que votándola están votando por ellas mismas y su éxito futuro. Este argumento parece funcionar mejor entre las mujeres de su generación, que se identificaron con Hillary y simpatizaron con el apoyo leal a su marido, a pesar de sus flirteos. Sin embargo la mayoría de las jóvenes estadounidenses no se han dejado llevar por este argumento y buscan motivos más sólidos a la hora de votar. Las mujeres deberían trabajar juntas por las causas de las mujeres, como el mismo salario por el mismo trabajo, o la disponibilidad de centros infantiles para las mujeres trabajadoras. Pero Hillary es una persona, no una causa. No hay ninguna prueba de que las mujeres en general se hayan beneficiado en el pasado de tener a una reina o una presidenta. Es más, aunque la elección de Barack Obama hizo felices a los afroamericanos por motivos simbólicos, la situación de la población afroamericana ha ido empeorando.
Mujeres jóvenes, como Tulsi Gabbard o Rosario Dawson, consideran que poner fin a un régimen de guerras y cambios de régimen y proporcionar a todo el mundo una buena educación y sanidad son criterios mucho más significativos a la hora de escoger un candidato.
¿Por qué las minorías siguen apoyando a Clinton en vez de a Sanders?
Está cambiando. Hillary Clinton ganó el voto negro en las primarias demócratas en los Estados del sur profundo. Fue a comienzos de la campaña, antes de que Bernie fuese conocido. En el sur profundo, muchos afroamericanos estaban desencantados porque muchos de ellos estaban en prisión o habían estado en prisión, y la mayoría de votantes son mujeres mayores que asisten regularmente a la iglesia, donde escuchan a los predicadores pro-Clinton, no lo que se dice en Internet.
En el norte las cosas son diferentes, y el mensaje de Sanders está consiguiendo extenderse. Lo apoyan la mayor parte de intelectuales afroamericanos y de afroamericanos del mundo del entretenimiento. Ésta es la primera elección presidencial donde Internet juega un papel clave. Especialmente la gente joven, que no confía en los medios de comunicación establecidos. Es suficiente leer los comentarios de los lectores estadounidenses en Internet para darse cuenta de que Hillary Clinton está considerada ampliamente como una mentirosa, una hipócrita, una belicista y un instrumento de Wall Street.
¿Cómo ves la campaña de Bernie Sanders? Es visto como la esperanza de la izquierda, pero tras la presidencia de Obama también hay cierto escepticismo. Algunos comentaristas han señalado su apoyo a intervenciones militares estadounidenses en el pasado.
A diferencia de Obama, quien prometió un “cambio” vago, Bernie Sanders es muy concreto a la hora de hablar de los cambios que se tienen que hacer en política doméstica. E insiste en que él solo no puede hacerlo. Su insistencia en que se precisa una revolución política para conseguir sus metas está realmente inspirando el movimiento de masas que necesitaría. Es lo suficientemente experimentado y tozudo como para evitar que el partido le secuestre, como ocurrió con Obama.
En cuanto a la política exterior, Sanders se opuso firmemente y de manera razonada a la guerra de 2003 en Irak, pero como la mayor parte de la izquierda, se dejó llevar por los argumentos en favor de las “guerras humanitarias”, como la desastrosa destrucción de Libia.
Pero este tipo de desastres han comenzado a educar a la gente, y puede que hayan servido de lección al propio Sanders. La gente puede aprender. Puede oír, entre quienes le apoyan, a antibelicistas como la congresista Tulsi Gabbard de Hawai, que presentó su dimisión en el Comité Nacional Demócrata para apoyar a Sanders. Hay una contradicción obvia entre el gasto militar y el programa de Sanders para reconstruir EEUU. Sanders ofrece una mayor esperanza porque viene con un movimiento nuevo, joven y entusiasta, mientras que Hillary viene con el complejo militar-industrial y Trump viene consigo mismo. Texto: Ángel Ferrero - La marea.

26 jul. 2016

Erdogan y la contra-revolución mundial

Lo que muchos temíamos la noche del 15 de julio, se ha cumplido de la manera  más sombría. Si hubiese sido terrible el triunfo del golpe de Estado en Turquía, no mucho menos terrible se anuncia ya su fracaso.
En apenas una semana el presidente Erdogan ha detenido o purgado a más de 40.000 funcionarios del Estado: oficiales del ejército, policías, jueces, docentes, periodistas. Ha declarado el estado de emergencia por tres meses -prorrogables al infinito- y ha suspendido la Convención Europea de Derechos Humanos, lo que podría dar paso -según ha insinuado ya el gobierno- al restablecimiento de la pena de muerte y viene a normalizar, en cualquier caso, la represión contra toda forma de oposición y, de manera particular, contra los gulenistas y los kurdos, convertidos una vez más, tras la reanudación hace un año de la confrontación militar, en el “enemigo interior”. En definitiva: para frenar o vengar un golpe de Estado, real y manipulado, Erdogan y su partido han dado a su vez un golpe de Estado. Sobre el golpe y sobre la figura de Erdogan recomiendo leer las crónicas de Andrés Mourenza, alejadas por igual del complotismo y de la complacencia. Ahora bien, sería un error interpretar esta deriva autoritaria como la locura de un megalómano y, menos aún, como el resultado inexorable -por fin desenmascarado- de la estrategia del islamismo político. Los recientes avatares turcos hay que inscribirlos al mismo tiempo en el nivel local, en el regional y en el global. En el local, inseparable de los otros dos, el golpe de Erdogan significa el restablecimiento del estatalismo nacionalista turco, provisionalmente suspendido o aliviado en los primeros años de gobierno del AKP. En términos regionales, significa el cierre definitivo del ciclo de cambios iniciado en 2011 y abortado en Siria con la militarización de la revolución y la intervención multinacional posterior. En cuanto a la dimensión global, el autoritarismo erdoganista se ajusta a  esa ola contra-revolucionaria -o de revolución negativa- que se extiende por todas partes y que no excluye ningún continente y ningún país. Veamos: El AKP llegó al poder en 2002 como una ruptura esperanzadora. Frente a una tradición laica autoritaria y golpista, propuso la democratización de Turquía a través de un islam moderado que reflejaba sobre todo el conservadurismo cultural de las clases populares más desfavorecidas y que, en cualquier caso, aceptó siempre y hasta reivindicó de manera muy explícita el carácter laico del Estado y, por supuesto, la economía de mercado. Un analista marxista como Emre Ongun escribe, por ejemplo, que “(el triunfo electoral del AKP en 2002) fue el signo, para una gran parte de la población, de una estabilización política, de un crecimiento económico fuerte, de la domesticación real del ejército e incluso, en los primeros tiempos, de una nueva esperanza de reforma liberal de la cuestión kurda”. En definitiva, el modelo del AKP y de Erdogan se presentaba como la única alternativa democrática autóctona a -simultáneamente- las dictaduras teocráticas y a las “laicas” en una región en la que la izquierda había sido largamente derrotada y en la que, frente a las tiranías locales, las intervenciones imperialistas y las respuestas yihadistas, parecía cerrada cualquier vía, por muy modesta que fuera, hacia el desarrollo económico, la ciudadanía y el Estado de Derecho. Cuando en 2011 estallaron las llamadas “revoluciones árabes” -que fueron también kurdas, amazigh, feministas y de clase- ese modelo se irguió del modo más natural como respuesta política a las demandas populares, completamente ajenas al islamismo y tan radicalmente económicas como institucionales. Es ese modelo el que se entierra hoy definitivamente mediante el golpe de Erdogan contra el golpe del 15 de julio. Conviene recordar, en efecto, que en 2011 comenzó en esta zona del mundo, consecuencia retrasada del “deshielo de la guerra fría”, una revolución democrática global que prolongaba los procesos iniciados en América Latina diez años antes y prolongada a su vez por el 15M en España, por Ocupy Wall-Street en EEUU, por Gezi en Turquía, por las protestas contra la austeridad en Grecia. En el “mundo árabe” esa revolución, que no era ni islamista ni de izquierdas, afrontó enseguida dos reacciones contra-revolucionarias que trataron de frenar, gestionar o neutralizar el impulso popular. Dos modelos se enfrentaron, en efecto, en Libia, Túnez y Egipto. De un lado el ya citado de Erdogan, quien abandonó su política de “intervención cero” y “buena vecindad” en favor de un intervencionismo neo-otomano, muy oportunista, orientado a apoyar a y apoyarse en los Hermanos Musulmanes y sus ramas locales a fin de extender su influencia en el marco geográfico de su viejo imperio. Frente a este modelo, uno mucho más reaccionario, el de Arabia Saudí, enemigo de la Hermandad y de Qatar, aliados de Turquía, se impuso finalmente a través, sobre todo, del golpe de Estado del general Al-Sisi en Egipto en julio de 2013. La única opción realista en el norte de Africa en 2012 era la de escoger entre Turquía y Arabia Saudí; y enseguida entre Erdogan y Al-Sisi: es decir, entre un islamismo democratizador y una dictadura “laica” apoyada, en realidad, por un islamismo retrógrado, teocrático y criminal. Aclaremos dos cosas. La primera es que estos dos modelos enfrentados entre sí estaban encabezados por países igualmente aliados de EEUU y de la UE; la segunda es que los EEUU y la UE, erráticos y en retirada, preferían sin duda el modelo turco -y negociaron sin problemas con los HH.MM.- y tuvieron que tragarse el golpe de Al-Sisi, y la victoria saudí, por puro pragmatismo geopolítico en una situación  -como insiste Wallerstein– de hegemonía debilitada. No había ninguna alternativa revolucionaria democrática anti-imperialista en 2012 y, resignado ya a que se me malinterprete, me atreveré a decir que hubiera sido bueno que, en ese momento y en esas circunstancias, el modelo turco, oportunista pero potencialmente más democrático, se hubiera impuesto al saudí como sustituto regional del fracasado imperialismo estadounidense. No había, digo, alternativa política revolucionaria, pero sí, en cambio, un tercer modelo contra-revolucionario, fuente de buena parte de los males de la zona: el de la dictadura siria, apoyada por Irán, Rusia y Hizbullah, cuyos crímenes atroces contra el pueblo sirio franquearon el paso al ISIS y enterraron definitivamente el ciclo de cambio abierto en Túnez con la inmolación de Mohamed Bouazizi. Frente a este tercer modelo, los otros dos -Arabia Saudí y Turquía- alcanzaron un acuerdo o una tregua que, camuflando el conflicto inter-sunní, alimentó la dimensión sectaria (sunníes contra chíies) de la contra-revolución en curso, extendida ahora a Bahrein y Yemen. Pero la dictadura siria, aliada de Turquía hasta mayo de 2011 y amiga imprescindible en la represión de los kurdos, se convirtió en la tumba de Erdogan y de su modelo “democrático”. Enfrentado a su propia “primavera árabe” en Gezi, viendo contestado en 2014 su poder electoral, la intervención de Erdogan en Siria, que él imaginaba como la fundación de un nuevo y triunfal liderazgo democrático neo-otomano, acabó metiéndolo en un callejón sin salida: la “amenaza” kurda desde Rujova lo llevó a interrumpir todas las negociaciones con el PKK y a financiar o tolerar distintos grupos yihadistas, incluido el ISIS, lo que a su vez abrió un doble frente de “lucha anti-terrorista” en Turquía, fuente y pretexto, como es habitual, de una deriva autoritaria que, en este caso, desembocó en el golpe del 15 de julio y en el contragolpe del 16, todavía en curso. El ‘cruce’ y retroalimentación entre los niveles local y regional, con la cuestión kurda en el centro, explica la derrota del modelo AKP y revela una vez más la volatilidad y promiscuidad de todas las alianzas geoestratégicas en la zona. EEUU, que hace cuatro años hubiera preferido el modelo contra-revolucionario turco y que se tragó el golpe de Estado de Al-Sisi financiado por Arabia Saudí, apoya militarmente a los kurdos del PYD sirio, hermanos siameses del PKK turco, y mantiene hoy una áspera relación con Erdogan, hasta el punto de que se hubiese “tragado” también, de buena gana, un golpe gülenista o kemalista contra el AKP. Al mismo tiempo, Washington se muestra cada vez más proclive a ceder también ante el tercer modelo contra-revolucionario, el ruso-iraní, con el que negocia una solución para Siria que, obviamente, no pasa por derrocar el régimen y promover la democracia. ¿Conclusión? Las dictaduras, los imperialismos, los yihadismos ganan. Los pueblos pierden. Todavía en 2013, entre Erdogan y Al-Sisi, parecía obvia la elección. Hoy ya no. Digamos que, para evitar el golpe de Al-Sisi, Erdogan ha escogido convertirse en Al-Sisi, arrojando el ‘modelo Erdogan’, trágicamente, al basurero de la Historia. De ese modelo sólo queda el islote tunecino, donde Rachid Al-Ghanoushi intenta ahora, en las condiciones más adversas, el camino que inició el AKP hace quince años: el de la democratización del conservadurismo social musulmán. No le saldrá bien. En todo caso, sería un grave error interpretar que, tras el 15 de julio, se ha impuesto en Turquía el islamismo sobre el laicismo, como si fuera ésta la alternativa en juego en la región y en el mundo. En Turquía se ha impuesto una vez más el estatalismo nacionalista del siglo XX y ello en el marco de una contra-revolución global (o revolución negativa) que está desmantelando muy deprisa las esperanzas nacidas en 2011. En un sector de la izquierda muy islamofóbico y, en general, religiosamente laico y mal informado, existe la tendencia a echar la culpa de todo a las “revoluciones árabes”, preñadas de yihadismo, porque no eran “socialistas” y porque fueron derrotadas. Pero tampoco el 15M era socialista y también fue parcialmente derrotado. Y lo mismo pasó en Gezi. Y en Ocupy Wall Street. Y también han sido derrotados el chavismo y el kirchnerismo y el lulismo; y hasta Sanders en EEUU en favor del radicalismo derechista de Clinton y Trump. En cinco años el retroceso ha sido brutal; tanto más brutal cuanto más parecía en 2011 que íbamos a emprender un gran salto adelante contra el neoliberalismo capitalista y en favor de la democracia global. La contrarrevolución política, como el Ser de Aristóteles, se dice de muchas maneras. Se dice PP en España, Le Pen en Francia, Erdogan en Turquía, Al-Sisi en Egipto, Al-Asad en Siria, PVV en Holanda, UKIP en Inglaterra, FPÖ en Austria, Macri en Argentina, Temer en Brasil etc. Sería un grave error considerar que la batalla es entre laicismo y religión. Es entre dictadura y democracia. Esa batalla la vamos perdiendo, igual que la lucha de clases y por las mismas razones, pero sustituir un esquema campista ideológico, ya periclitado sobre el terreno, por uno cultural igualmente inválido sólo servirá, como quiere la contra-revolución en marcha, para que aceptemos ceder derechos y libertades en nombre de alineamientos identitarios, culturales y tribales. El radicalismo derechista europeo puede adoptar una forma “laica” y “anti-terrorista”; el radicalismo derechista turco una forma “islámica” y “antikurda”. En ambos casos, es el conservadurismo social mayoritario el que legitima estas peligrosas derivas. Derechización institucional y populismo conservador van ganando terreno en todas partes y los enfrentamientos geoestratégicos, cada vez más volátiles y cruzados, no deberían engañarnos sobre lo que realmente está en juego. La tarea sigue siendo la misma que hace seis años, hoy quizás un poco más difícil: hay que democratizar el conservadurismo “laico” europeo, hay que democratizar el conservadurismo social musulmán. El contragolpe de Erdogan, que cierra el ciclo abierto en 2011, es una pésima noticia para todos los que, ateos, musulmanes o cristianos, luchamos en esa dirección. Texto: Santiago Alba Rico, filósofo.