13 jul. 2018

Alemania vs. España

El día 3 de octubre del 2017, el rey Felipe VI pronunció un discurso muy importante. Un discurso en defensa de la Constitución, con un severa advertencia a los gobernantes catalanes.


El momento era crítico. Las imágenes de la represión policial en Catalunya habían dado la vuelta al mundo. El Gobierno de Mariano Rajoy temía que desde las instituciones europeas, o desde alguna instancia internacional relevante –el Vaticano, por ejemplo–, surgiesen iniciativas de mediación. El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, buscaba esa mediación desperadamente. El político italiano Romano Prodi, expresidente de la Comisión Europea, estaba dispuesto, siempre y cuando lo aceptará Rajoy. El antiguo mediador británico en el Ulster, Jonathan Powell, también habría aceptado. El expresidente de Austria Heinz Fischer, socialdemócrata, mostraba una cierta disponibilidad. El vicepresidente de la Comisión Europea, Frans Timmermans, fue consultado y rechazó de plano la oferta. El PSOE de Pedro Sánchez acababa de presentar una moción de reprobación a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría por la actuación de las fuerzas policiales en Catalunya. Fue un discurso que no dejó indiferente a nadie. Impresionó la contundente gestualidad del jefe del Estado. Gustó a mucha gente. Irritó a los independentistas catalanes y vascos. Y provocó desazón en aquellos que esperaban –en Catalunya y también en el resto de España– un mensaje más acorde al papel de arbitraje y moderación que el artículo 56 de la Constitución otorga al Rey. No fueron pocos los que echaron en falta unos párrafos en catalán, para establecer un mejor balance entre advertencia y empatía. Circula la versión de que esas palabras en catalán figuraban en un primer redactado y fueron eliminadas a petición del Gobierno, que supervisa todos los discursos del Monarca. Una rigurosa reconstrucción histórica de los hechos de octubre en Catalunya, apenas comenzada, deberá prestar atención a ese detalle. El discurso del Rey cortó en seco todo intento de mediación y desencadenó una cadena de pronunciamientos internacionales en favor de la unidad de España. Alemania fue el primer Estado europeo en pronunciarse. Ningún país del mundo reconoció a la República Catalana, más anunciada que declarada. Al cabo de unos días, el PSOE retiraba la moción contra la vicepresidenta Sáenz de Santamaría y se mostraba disponible a pactar la aplicación del artículo 155 en Catalunya. El discurso del Rey impresionó lógicamente a la judicatura, pese a no contener ninguna indicación expresa sobre el enfoque judicial de los acontecimientos. Cuando la causa llegó al Tribunal Supremo, el juez instructor Pablo Llarena efectuó una interpretación rigorista de la partitura. Máxima dureza. Construyó la teoría de la violencia inducida para justificar la acusación de rebelión y las consiguientes órdenes de prisión preventiva. Unas órdenes de prisión que a su vez alimentaron la victoria en número de escaños del independentismo en las elecciones del 21 de diciembre, convocadas por Rajoy. La estrategia Llarena ha quedado rota en Alemania, primer país de la Unión que dio su pleno apoyo a la integridad territorial de España. Texto: E. Juliana

26 jun. 2018

EL 'OBSERVATORIO SIRIO PARA LOS DERECHOS HUMANOS'

Durante  años, ha estado ocurriendo un sangriento enfrentamiento civil en Siria y, en todo ese tiempo, solamente los medios de comunicación independientes han señalado la falla obvia en la narrativa oficial acerca de la "guerra civil en Siria". Oficialmente, el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos (SOHR, por sus siglas en inglés) es una organización radicada en el Reino Unido que provee información a la prensa de Occidente sobre los movimientos de las tropas, las políticas del gobierno y la opinión pública en Siria. Luego, la prensa occidental reimprime la información que se les da - sin hacer ninguna pregunta -. Sin embargo, lo que los editores de los medios occidentales ocultan a la opinión pública es que el "Observatorio Sirio para los Derechos Humanos" no está radicado en Siria y tampoco es un observador de lo que realmente sucede allí. Se trata esencialmente de un hombre - Abdul Rahman, también conocido como RamiAbdulrahman, también conocido como Osama Suleiman - un criminal convicto por tres cargos en Siria, radicado en una pequeña casa en Coventry, Inglaterra; y su "equipo de cuatro activistas en Siria." Aparentemente, todo lo que se necesita para informar a todos los medios occidentales sobre todo lo que está ocurriendo en el terreno en Siria, son cuatro personas. Cuatro personas podrían, en teoría, proveer reportajes razonablemente objetivos, pero solo si estuvieran abiertas a recibir información de diferentes fuentes, incluyendo aquellas que apoyan al gobierno sirio. Podrían incluso ser capaces de producir - utilizando el discernimiento objetivo - estadísticas confiables de los daños, de los refugiados y terroristas/rebeldes. Pero el OSDH ha reportado consistentemente acerca de la "guerra civil" manteniendo solamente la perspectiva de los llamados "rebeldes" y desacreditando los reportes del gobierno sirio, así como los informes de los civiles que revelan los crímenes de los rebeldes. Ese hecho en sí mismo hace que el OSDH sea casi tan fiable como fuente de información sobre el conflicto sirio, como lo sería el Departamento de Estado estadounidense y la Oficina de Asuntos Exteriores británica, que tienen un gran interés en manipular la guerra para producir un objetivo: la muerte o el derrocamiento del presidente sirio, Bashar Al Assad. Rahman, por su propia admisión, es un miembro de la "oposición siria" y busca el derrocamiento de Al Assad. Esto claramente le quita cualquier aspecto de objetividad a sus "informes." Pero hay más. Rahman y el OSDH que él dirige, ha sido expuesto desde hace mucho como una frente de propaganda occidental. Tal como lo demuestra Tony Cartalucci: "Uno no podría imaginar una fuente de información menos fiable, pactada y sesgada; sin embargo, durante los últimos  años, su "Observatorio" ha servido como la única fuente de información para el torrente sin fin de la propaganda que emana de los medios de comunicación occidentales. Tal vez, lo peor de todo es que las Naciones Unidas utilizan esta fuente pactada de propaganda absurdamente visible como base para diversos informes." Este hombre está muy lejos de ser un "activista de los derechos humanos". Sus fondos vienen de la Unión Europea y de un "estado europeo anónimo"; posiblemente del Reino Unido, ya que tiene acceso directo al ex Primer Ministro, Willian Hague, con el que se ha reunido en persona en múltiples ocasiones en la oficina de Exteriores y de la Commonwealth en Londres; y quien comparte el entusiasmo de Rahman de derrocar a Assad del poder. El New York Times, de hecho, revela que fue el gobierno británico quien reposicionó a Abdul Rahman en Coventry, Inglaterra, después de haber escapado de Siria hace una década por sus actividades en contra del gobierno: "Cuando dos socios fueron arrestados en el 2000, él se escapó del país, pagando a un traficante de personas para que lo metiera a Inglaterra. El gobierno lo estableció en Coventry, dónde decidió que le gustaba la tranquilidad." 


Vídeo: Siria


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El que fue un criminal con tendencias subversivas, es ahora un "activista de los derechos humanos" (más bien un agente de la inteligencia británica). ¿Realmente alguien cree que cualquiera de estas organizaciones pagarían a un criminal convicto para ser algo más que una herramienta para sembrar mentiras impresas en los medios occidentales? Tal y como Joe Quinn y Niall Bradley mencionaron, las cifras proporcionadas por el OSDH son citadas rutinariamente en los medios occidentales para generar el apoyo público a los ataques aéreos y el cambio de régimen en Siria. Así que, ¿quiénes en los medios occidentales utilizan esta fuente tan sesgada de propaganda? Sería más fácil proporcionar una lista de quién no lo hace. CNN, Reuters, AssociatedPress, BBC, Al-Jazeera, Huffington Post, Fox y Vice... solo por nombrar algunos. Aparentemente, a estas organizaciones prostituidas no les importa estar aceptando la voz de alguien que tiene un interés político en el resultado del conflicto y que es financiada con ese fin por parte del gobierno británico. ¿Aún quedan periodistas de investigación en los medios de comunicación? Aquellos con dos neuronas funcionales son escasos en estos días... Las agencias de inteligencia de Occidente establecieron a las fuerzas subsidiarias de la oposición/los terroristas en Siria, así que obviamente van a querer controlar la narrativa mediática sobre lo que ocurre ahí. Rahman hace su parte recolectando información proveniente de esas mismas fuerzas subsidiarias. A continuación, esta información se le da a los medios occidentales poniendo al OSDH como fuente. Toda la operación es turbia, debería darle "miedo" a cualquier periodista real. Y para ser honestos, los periodistas occidentales deberían estar más conscientes. 

Una sola persona sirvió para justificar la guerra de Irak, Rafid Ahmed Alwan al-Janabi, 'Curveball' para la CIA.

¿Cuál era esa frase que decía George Bush? "La primera vez que me engañas, la culpa es tuya; la segunda es culpa mía". El Sr. OSDH es básicamente una versión de la guerra siria menos sofisticada de lo que fue'Curveball' en la guerra iraquí o Rafid Ahmed Alwan al-Janabi para aquellos interesados en su nombre real. ('Curveball' es el nombre en clave asignado por la CIA para referirse a este personaje). Alwan fue el hombre utilizado por el gobierno de EE.UU. para apoyar su declaración de que "Saddam tenía armas de destrucción masiva", hecho que justificó la ocupación de Irak y el asesinato de 1.5 millones de ciudadanos iraquíes. Según sus amigos, Alwan era un mentiroso congénito que escapó de Irak en 1999, cuando fue atrapado tratando de malversar fondos del Estado. Cuando huyó a Alemania en 1999, y le dijo a la inteligencia alemana que se graduó siendo el primero de su clase como ingeniero químico de la Universidad de Bahgdad y que trabajó en un equipo que construyó laboratorios móviles para producir armas de destrucción masiva, se convirtió en 'Curveball'. Cuando se le dio esta información a la inteligencia de EE.UU., ellos convenientemente ignoraron la evidencia de que él era un mentiroso congénito y un desfalcador que se posicionó en el último lugar de su clase en la universidad y conducía un taxi para poder vivir antes de huir a Alemania; y decidieron que todo lo que estaba diciendo sobre las armas de destrucción masivas iraquíes era verdad. Para demostrar su poder, 'Curveball' identificó unas instalaciones iraquíes como "estaciones de acoplamiento para laboratorios móviles." Cuando los inspectores de armas de la ONU visitaron el lugar el 9 de febrero de 2003, encontraron un almacén utilizado para el procesamiento de semillas. Así que con esta información, a continuación, el Secretario de Estado, Colin Powell, decidió hacer lo correcto y corrió a la ONU para decirles todo acerca de 'Curveball' y su maldita "evidencia" de armas de destrucción masiva iraquíes. ¿Por qué? Porque los políticos de EE.UU. decidieron hace mucho que iban a destruir e invadir a Irak y saquear sus recursos. Ellos estaban, como dice el dicho, "acomodando los hechos alrededor de la política de guerra"; utilizando afirmaciones falsas de mentirosos conocidos para justificar su guerra. Esto es precisamente lo que el Sr. OSDH está haciendo para el gobierno estadounidense hoy en día, y aún así, los medios de comunicación lo succionan y luego lo regurgitan hacia el público en general. Así que esto es en lo que nuestros medios de comunicación se han convertido, una manada de imbéciles descerebrados que repiten las mentiras que son vomitadas por nuestros creadores de la realidad psicopáticos; y, de este modo, están manipulando la percepción pública de los acontecimientos mundiales y asegurándose de que todos veamos el mundo de la manera en que ellos quieren que lo veamos, y no como lo que realmente es. Una cosa es cierta: si usted cree en lo que Rahman y el OSDH están diciendo sobre lo que está ocurriendo en Siria, está creyendo en mentiras. Texto: Beau Christensen

20 may. 2018

Paraísos fiscales

Cuando en el año 2008, durante la reunión de la Asociación de Bancos de Paraísos Fiscales, OSGD -sí, como lo leyó, tienen una asociación-, su presidente C. Powell anunciaba: “Estamos contentos porque los países están aceptando cada vez más nuestras propuestas de transparencia”; nunca se imaginaron que el mapa del tesoro podría ser descubierto y que se divulgarían a nivel internacional los nombres y apellidos de los propietarios de las cuentas bancarias con ingresos de dudosa procedencia en paraísos fiscales, tal como se visualiza en los Panamá Papers. Resulta que los dineros depositados en estas cuentas bancarias o las empresas de papel creadas en estos territorios, en su mayoría, carecen de principios éticos. Sus orígenes provienen de ingresos por evasión de impuestos, lavado de dinero, tráfico de armas, pagos a lobistas. Sí, al parecer los nuevos piratas encontraron dónde esconder sus botines. 


Pero ¿por qué ocurrió esto ahora? ¿son nuevos los paraísos fiscales? ¿por qué se genera ahora el debate ético de los paraísos fiscales?

La historia de los paraísos fiscales data de hace más de 200 años. En 1815 en Viena, el Congreso aprobó la “neutralidad” de Suiza en cuanto a impuestos y secreto de información bancaria. El Estado estadounidense de Delaware en 1889 incorporó el secreto de información en la creación de empresas con la finalidad de contener los capitales que escapaban en busca de mejores rendimientos en el sistema financiero internacional. Precisamente, Delaware y Nevada han atraído aproximadamente 12 trillones de dólares de inversión extranjera en el marco de este tipo de medidas. Durante la década de los ’80, muchos países aplicaron las conocidas recetas neoliberales promulgadas durante la era Reagan – Thatcher. La doctrina consistía en hacer más pequeños los Estados para que el mercado pudiera actuar libremente y sin regulaciones; así el mercado se encargaría de generar caudales de riqueza que se traducirían en bienestar para la población. La mayoría de los países adoctrinados vieron cómo sus recaudaciones tributarias disminuían aceleradamente por las exoneraciones de los impuestos y la poca capacidad de control de las Administraciones Tributarias. Los Estados se quedaban sin los recursos para poder cubrir las necesidades básicas de la población. Como resultado, se comenzaron a sentir los efectos devastadores de una pobreza indolente que contrastaban con una gran concentración de riqueza en pocas manos. Era evidente que algo no funcionaba bien. En el año 2009, durante la crisis del Sistema Financiero y luego del gran rescate bancario, muchos de los flujos entregados para el rescate de los bancos corrieron a esconderse nuevamente en los paraísos fiscales. Es así que la economía capitalista comienza a presentar un síntoma al que la teoría neoliberal no podía responder. El modelo capitalista había sido emboscado desde su interior. Con la retórica liberal de “laissez-faire”, el capitalismo dejó al capital a merced de un sistema financiero que tenía todas las libertades para actuar. 
El excedente productivo –necesario dentro del modelo capitalista para producir las condiciones objetivas que combinada con la fuerza de trabajo generan productos que unas vez vendidos se convierten nuevamente en utilidades o excedente– se está desviando a otra función que no genera producción social. Las corrientes de los paraísos fiscales atrajeron, fuera de la costa y del control, a toda clase de capitales con la finalidad de ocultar la riqueza que no deseaba ser destinada a una función productiva o simplemente, riqueza mal habida. En fin, piratas son piratas. Durante los últimos años, este desvío de capitales comienza a generar problemas. La mayor concentración de la riqueza genera ineficiencias productivas. La falta de inversión genera menor innovación y productividad, por ende menor competencia y mayor concentración del mercado, desempleo y menor generación de ingresos para ser distribuidos. Esto también reduce la capacidad de los países para poder solventar las políticas fiscales. Los presupuestos de los países no tienen los recursos adecuados para cubrir las necesidades básicas de la mayoría de la población de menos recursos y se incrementan las brechas sociales. Sumado a lo anterior, los gobiernos de los países en desarrollo experimentan serias dificultades para recaudar impuestos a la renta o al consumo de la población pobre, habitualmente numerosa e incluso mayoritaria. Por lo general, esos impuestos son poco populares, costosos para recaudar, y a la vez empeoran los mismos déficits de necesidades fundamentales que supuestamente tienen que paliar. Sin embargo, esos mismos gobiernos también enfrentan dificultades al imponer impuestos a aquellos que podrían pagar. A través de mecanismos financieros, societarios sofisticados, los ciudadanos con mayores riquezas en los países y las corporaciones que operan en los mismos, eluden el pago de impuestos. El Boston Consulting Group estima que 31% de toda la riqueza financiera privada que se posee en África y Medio Oriente se encuentra fuera de esas regiones. En América Latina el 28% de la riqueza  es conservada fuera de los países de la región, mientras que en Europa y Norte América el porcentaje es de 7,8 y 2 respectivamente. En el caso de Ecuador, según declaración del Director General del Servicio de Rentas, alrededor de 30.000 millones de dólares de capital se encuentran en paraísos fiscales. Para recaudar impuestos sobre la renta y la plusvalía (ganancia de capital) producida por esta riqueza, los gobiernos dependen en gran medida de la “honestidad” de sus contribuyentes, ya que no tienen acceso a información sobre los holdings de los mismos en el  Aún más inquietantes son las maneras en las que las multinacionales reducen su carga impositiva, generalmente creando subsidiarias adicionales en paraísos fiscales para que luego sus subsidiarias en países pobres contraten a las que están en los paraísos fiscales a fin de disminuir las ganancias tributables mientras se aumentan las ganancias libres de impuestos en los paraísos fiscales –acuerdos que implican facturación comercial falsa, precios de transferencia abusivos, o tasas infladas de consultoría o para registrar marcas, por ejemplo. La Global Financial Integrity estima que la facturación comercial falsa representa el 80% de los flujos financieros ilícitos de países en vías de desarrollo. La exacerbada concentración de la riqueza oculta en los paraísos fiscales genera este escenario preocupante en un mundo cada vez más desigual. Claramente, la reducción masiva en los déficits de los presupuestos se podría lograr al permitir que los países en desarrollo recauden un nivel de impuestos razonable de corporaciones multinacionales y de sus ciudadanos más pudientes. 
Se puede responsabilizar a varios grupos de agentes por la actual incapacidad de los países de recaudar impuestos. Están, por ejemplo, el secreto y las jurisdicciones de paraísos fiscales (incluyendo Suiza, Irlanda, el Reino Unido y Estados Unidos) que estructuran sus sistemas tributarios y legales de tal manera que fomentan el abuso tributario y protegen el secreto bancario en contra de las autoridades tributarias de los países menos desarrollados. Además de estas jurisdicciones deshonestas/corruptas, existen muchos individuos y corporaciones dentro de los países que erosionan la base tributaria del Estado al usar paraísos fiscales para evadir o reducir los impuestos sobre su riqueza y ganancias. Y existe un gran número de banqueros, abogados y lobistas “inteligentes” que inventan, implementan y legalizan esos “esquemas”. Algo no huele bien o algunas personas no huelen bien por más perfume que se pongan. Como decía el presidente estadounidense Abraham Lincoln “Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”. Lo que se debería exigirse a los gobiernos es un gran pacto ético. Este debería contener la reforma del sistema internacional financiero y fiscal para que ya no pueda facilitar la evasión fiscal y el masivo flujo financiero ilícito de los países en vías de desarrollo. La clave para reducir la brecha tributaria y el déficit en cumplir con las necesidades fundamentales es la transparencia financiera global: la abolición de las empresas fantasma y cuentas anónimas, intercambios automáticos de información tributaria a nivel mundial, y el requisito de que en todos sus informes anuales auditados y sus declaraciones de ingresos, las corporaciones multinacionales reporten sus ventas, ganancias e impuestos pagados en todos los países y en cada jurisdicción en la que operan. Se deben implementar o fortalecer los impuestos al patrimonio no productivo. 
A esto se debe adicionar un pacto ético político como el propuesto en Ecuador, donde todos los candidatos a votación popular deben demostrar que no tienen riqueza en paraísos fiscales. Texto M. A. Alarcón


8 abr. 2018

''A por ellos''

“A por ellos” es el lema que resume la política del Estado español hacia Catalunya desde hace seis meses y que da por bueno una parte importante de la opinión pública española, por activa o por pasiva.
El objetivo inmediato de esta política es reducir el independentismo a una fracción minoritaria de la población de Catalunya recurriendo a medidas de excepción temporales. El objetivo de fondo es consolidar la evolución autoritaria del régimen monárquico del 78, para lo cual hay que convencer a la población que, tras el final de ETA, han surgido unos nuevos y peligrosos enemigos interiores, unos otros, frente a los que hay que defenderse restringiendo la democracia. 

Para que este objetivo de fondo triunfe son necesarias dos condiciones: 1) convencer a la mayoría de la opinión pública de que existe un colectivo que no es de los nuestros, describirlo de forma que parezca efectivamente un enemigo y desacreditar a los que discrepen de este relato; 2) justificar las medidas excepcionales diciendo que estarán limitadas a un territorio y a un período de tiempo, pero impulsar una legislación y una forma de aplicarla que se pueda generalizar a todo el Estado y de forma indefinida más adelante.
La primera de estas condiciones es la fundamental: sin crear la imagen del otro, del alguien diferente y potencialmente peligroso, no se puede ir “a por ellos”. Esto se ha conseguido en parte, aunque todavía de forma provisional.
El gesto que oficializó la existencia de este colectivo diferente y peligrosos fue el discurso del Rey del 3 de octubre, que bendecía la actuación policial contra quienes participaron en el referéndum del 1 de octubre y daba el placet para la represión posterior que estaba ya preparada. Desgraciadamente la mayoría de la población española aceptó con normalidad el estado de excepción que se impuso en Catalunya.
La provisionalidad de la aceptación de esta imagen del otro proviene de que es radicalmente contradictoria con los hechos que ocurrieron realmente y, aunque haya sido repetida mil veces por el gobierno, por los partido que votaron el artículo 155, por los principales medios de comunicación españoles y las altas instancias de la judicatura, tiene serios riesgos de acabar quebrándose en una sociedad en la que hay tantas posibilidades de comunicación.
Es difícil creer que el 20 de setiembre hubo un alzamiento tumultuario frente a la delegación de Hacienda si solo se dispone de la imagen de tres coches abollados de la Guardia Civil. O creer que Jordi Cuixart y Jordi Sánchez estimularon este día la violencia cuando los vídeos los muestran llamando a la calma y a la acción pacífica. Se puede afirmar ciertamente que el 1-O hubo desobediencia al Tribunal Constitucional, pero hay que añadir que fue un acto masivo de democracia, de defensa del derecho a votar, en consonancia con la voluntad mayoritaria de los catalanes y en obediencia a la mayoría absoluta del Parlament; y todo ello a pesar de las amenazas previas y de la brutal represión de la policía y la Guardia Civil enviadas expresamente desde fuera de Catalunya con la consigna de “a por ellos”. El 27 de octubre no hubo ningún golpe de Estado, sino una votación de la mayoría absoluta del Parlament a favor de la República catalana, pero sin ninguna acción para hacerla efectiva a corto o medio plazo (aunque algunos lo lamentemos). En cambio este día sí llegaron las acciones prácticas por parte del Estado: votación del artículo 155, suspensión de la autonomía catalana, convocatoria de elecciones para el 21-D y encarcelamiento o exilio de los principales líderes independentistas. Sin embargo estos no llamaron a ninguna acción violenta, sino a demostrar pacíficamente en las urnas cuales eran los deseos de la mayoría el país.
Los independentistas ganaron otra vez las elecciones pero el Estado, por mediación del juez Llarena, no respetó el resultado y decidió impedir que tanto Puigdemont, como Sánchez y Turull fueran elegidos como president de la Generalitat, aunque tenían la legitimidad para serlo. El alcance antidemocrático de las decisiones del juez Llarena lo explica el profesor Javier Pérez Royo: “Una vez constituido el Parlament tras la celebración de las elecciones, se tiene que proceder a la investidura del president. Si no hay investidura, es como si las elecciones no se hubieran celebrado. El acto electoral, del que son protagonistas exclusivamente los ciudadanos, tiene que ser completado con el acto de la investidura del que son protagonistas exclusivamente los diputados electos. Ambos son la cara de la misma moneda. Impedir el segundo es anular el primero. Por eso la democracia parlamentaria no permite que nadie desde fuera del parlamento interfiera en el proceso de investidura”. En apoyo de que un preso preventivo podía optar a ser presidente existía, además, el antecedente de Juan Carlos Yoldi, miembro de ETA, que en 1987 recibió permiso para presentarse a la investidura.
Finalmente el juez Llarena ha decidido procesar a los dirigentes independentistas por rebelión y ha enviado órdenes de detención y solicitudes de extradición para Puigdemont y otros exiliados. De esta forma ha oficializado la internacionalización del conflicto y ha emplazado a los ciudadanos y ciudadanas europeos, no solo a los Estados, a que asuman o desmientan si en Catalunya hubo un alzamiento público y violento, pues en esto consiste la rebelión. ¿Van a avalar a Rajoy y Llarena como avalaron a Blair y Aznar con las armas de destrucción masiva de Irak? O van a desautorizarlos con una sencilla pregunta: ¿Cómo es posible que en un proceso que se ha retransmitido a través de los medios de comunicación de todo el mundo, nadie haya advertido que era un alzamiento público y violento?
Si el relato del Estado es aceptado, las medidas de excepción que se están aplicando en Catalunya proseguirán en el tiempo y se extenderán a otros colectivos y otros territorios. El gobierno ya ha amenazado en seguir aplicando el artículo 155 en Catalunya si no se nombra un presidente y un gobierno que sean de su agrado; y miembros del PP ya han amenazado con extender el 155 a comunidades como Navarra, el País Vasco y Castilla-La Mancha. Más allá de estos ejemplos hay que recordar que la generalización y extensión de medidas excepcionales ha sido la tónica del gobierno. Sirva como ejemplo la ley mordaza, que se aplica a cantantes, titiriteros y raperos por usar su legítima libertad de expresión. O las leyes antiterroristas, justificadas para combatir a ETA, y que actualmente, tras años de cese de la actividad armada, se utilizan para solicitar 375 años de cárcel para unos jóvenes de Altsasu por una pelea en un bar.
Para que no triunfe el objetivo de consolidar la evolución autoritaria del régimen monárquico del 78 se necesita algo más que la resistencia del pueblo de Catalunya: hace falta la solidaridad contra la represión y por la democracia de sectores importantes de los pueblos del Estado español y de los países europeos (o, al menos, de los afectados por la solicitud de extradiciones). No se trata de apoyar la independencia, sino de luchar por la democracia.
Actualmente la solidaridad de amplios sectores es todavía pequeña. Y también hay ya mucha gente que combate el relato del Estado y se moviliza, tanto en España como en Europa, contra la represión y los ataques contra la democracia en Catalunya. El crecimiento del sentimiento de hermandad entre todos los que luchamos contra el autoritarismo y por la democracia es una necesidad. Que llegue a ser mayoritario es lo que nos puede salvar.
En caso contrario, si por activa o por pasiva triunfa el discurso del “a por ellos”, se dará un paso hacia la barbarie, porque contra el otro todo se puede justificar. Y ya tenemos ejemplos en nuestra historia. Desde Espartero con “hay que bombardear Barcelona cada 50 años” (y ahora se cumplen 50 años de los mortíferos bombardeos por parte de la aviación italiana), hasta Fraga Iribarne con “Catalunya es tierra conquistada”.
En el relato de Franz Kafka La Transformación el protagonista se convirtió en un insecto, pero la familia sabe que es su Gregorio. Si embargo, ante las incomodidades, llega un momento que la hermana le dice a su padre: “Solo tienes que desechar la idea de que se trata de Gregorio”. Una vez asumido, toda la familia se siente aliviada cuando el insecto muere y la asistenta se deshace del cadáver: por fin todo está arreglado. Salen a pasear y piensan en cómo va a mejorar su porvenir. Texto: Martí Caussa. 

24 mar. 2018

Análisis de un 'eslogan'.

El lenguaje empresarial es un lenguaje por definición puramente comunicativo: los “lugares” donde se produce son los lugares en donde se “aplica” la ciencia; es decir, son los lugares del pragmatismo puro. Los técnicos hablan entre sí con una jerga especializada, aunque estricta y rígidamente comunicativa. El canon lingüístico vigente dentro de la fábrica tiende a expandirse posteriormente también fuera: está claro que los que producen quieren tener con los que consumen una relación comercial absolutamente clara. 

Hay un solo caso de expresividad –pero de expresividad aberrante– en el lenguaje puramente comunicativo de la industria: es el caso del eslogan. El eslogan tiene que ser expresivo para impresionar y convencer, aunque su expresividad es monstruosa porque inmediatamente se vuelve estereotipada, y se fija con una rigidez que es precisamente lo contrario de la expresividad, que cambia constantemente y que ofrece una interpretación infinita.
La falsa expresividad del eslogan es el vértice máximo del nuevo lenguaje técnico que sustituye al humanístico. Viene a ser el símbolo de la vida lingüística del futuro, es decir, de un mundo inexpresivo, sin particularismos ni diversidad de culturas, perfectamente homologado y aculturado. De un mundo que a nosotros, como últimos depositarios de una visión múltiple, magmática, religiosa y racional de la vida, nos parece como un mundo de muerte.
Pero ¿es posible prever un mundo tan negativo? ¿Es posible prever un futuro como “final de todo”? Algunos –como yo– tienden a hacerlo, por desesperación: el amor hacia el mundo que se ha vivido y experimentado impide poder pensar en otro que sea igual de real; que se puedan crear otros valores análogos a los que han hecho preciosa una existencia. Esta visión apocalíptica del futuro es justificable, aunque probablemente injusta.
Parece una locura, pero un reciente eslogan, que se ha vuelto fulminantemente célebre, el de los “Vaqueros Jesus”: “No tendrás vaqueros ajenos a mí”, se plantea como un hecho nuevo, una excepción en el canon fijo del eslogan, revelando una posibilidad expresiva imprevista, e indicando una evolución distinta de la que los convencionalismos –que inmediatamente aceptan los desesperados que quieren sentir el futuro como muerte– hacían demasiado razonablemente prever.
Véase la reacción del Osservatore romano a este eslogan: con su italianucho anticuado, espiritualista y un poco fatuo, el articulista del Osservatore entona un escuálido lamento, no precisamente bíblico, de víctima indefensa e inocente. En el mismo tono con que se han redactado, por ejemplo, las lamentaciones contra la avasalladora inmoralidad de la literatura o del cine. Pero, en todo caso, ese tono lacrimoso de persona bien, encubre la amenazadora voluntad del poder: mientras el articulista, haciéndose el cordero, se queja en su bien deletreado italiano, detrás suyo, el poder trabaja para suprimir, borrar, aplastar a los réprobos que causan tal sufrimiento. Los magistrados y los policías están alerta; el aparato estatal enseguida se pone diligentemente al servicio del alma. A las jeremiadas del Osservatore les siguen los procedimientos legales del poder: al literato o al cineasta blasfemo rápidamente se le hace callar.
En los casos de revueltas de tipo humanista –posibles en el ámbito del viejo capitalismo y de la primera revolución industrial– la Iglesia tenía la posibilidad de intervenir y reprimir, contradiciendo brutalmente una cierta voluntad formalmente democrática y liberal del poder estatal. El mecanismo era sencillo: una parte de ese poder –por ejemplo, la magistratura y la policía– adoptaba una función conservadora y reaccionaria y así ponía automáticámente sus instrumentos al servicio de la Iglesia. Hay, pues, un doble nexo de mala fe en esta relación entre Iglesia y Estado: por su lado la Iglesia acepta al Estado burgués –en lugar del monárquico o feudal– concediéndole su consenso y su apoyo, sin los que, hasta hoy, el poder estatal no habría podido subsistir: aunque para esto la Iglesia tenía que admitir y aprobar la exigencia liberal y la formalidad democrática: cosas que admitía y aprobaba sólo a condición de obtener del poder la tácita autorización para limitarlas y suprimirlas. Y se trataba de autorizaciones que, por otra parte, el poder burgués concedía de buen grado. Su pacto con la Iglesia, en cuanto instrumentum regni, en realidad no consistía más que en esto: ocultar su propio y sustancial antiliberalismo y su propia y sustancial antidemocracia confiando la función antiliberal y antidemocrática a la Iglesia, aceptada con mala fe como institución religiosa superior. La Iglesia ha hecho, pues, un pacto con el diablo, es decir, con el Estado burgués. No hay contradicción más escandalosa que la existente entre religión y burguesía, por ser esta última lo contrario a la religión. El poder monárquico o feudal en el fondo lo era menos. El fascismo, como momento regresivo del capitalismo, era menos diabólico, objetivamente, desde el punto de vista de la Iglesia, que el régimen democrático: el fascismo era una blasfemia, pero no minaba el seno de la Iglesia porque era una falsa nueva ideología. En los años treinta, el Concordato no fue un sacrilegio, pero hoy sí que lo es; así como el fascismo ni llegó a producir rasguños a la Iglesia, hoy el neocapitalismo la destruye. La aceptación del fascismo es un atroz episodio, pero la aceptación de la civilización burguesa capitalista es un hecho definitivo, cuyo cinismo no sólo es una mancha, la enésima de la historia de la Iglesia, sino un error histórico que probablemente la Iglesia pagará con su ocaso. Porque no ha intuido –en su ciega ansia de estabilización y de fijación eterna de su propia función institucional– que la burguesía representaba un nuevo espíritu que no es precisamente el fascista: un nuevo espíritu que empezaría primero por mostrarse competitivo con el religioso (salvando sólo al clericalismo), y luego acabaría por tomar su lugar al ofrecer a los hombres una visión total y única de la vida (y dejando de necesitar al clericalismo como instrumento de poder).
Es verdad, como decía, que las lamentaciones patéticas del articulista del Osservatore aún son atendidas inmediatamente –en los casos de oposición “clásica”– por la acción de la magistratura y de la policía. Pero se trata de supervivencias. El Vaticano aún encuentra hombres viejos fieles en el aparato del poder estatal, pero son eso, viejos. El futuro no pertenece ni a los viejos cardenales, ni a los viejos políticos, ni a los viejos magistrados, ni a los viejos policías. El futuro pertenece a la joven burguesía que ya no necesita detentar el poder con los instrumentos clásicos; que ya no sabe qué hacer de la Iglesia, la cual ha acabado perteneciendo al mundo humanístico del pasado, que constituye un impedimento a la nueva revolución industrial; el nuevo poder precisa que los consumidores tengan un espíritu totalmente pragmático y hedonista: un universo tecnológico y puramente terrenal es aquel donde puede desarrollarse según su propia naturaleza el ciclo de la producción y del consumo. Para la religión, y sobre todo para la Iglesia, ya no queda sitio. La lucha represiva que el nuevo capitalismo sostiene todavía por medio de la Iglesia es una lucha atrasada, destinada, en la lógica burguesa, a ser pronto vencida, con la consiguiente disolución “natural” de la Iglesia.
Parece una locura, repito, pero el caso de los vaqueros “Jesus” sirve de confirmación a todo esto. Los que han producido esos vaqueros y los han lanzado al mercado, utilizando para el consabido eslogan uno de los diez mandamientos, demuestran –probablemente con una cierta falta de sentido de culpabilidad, es decir, con la inconsciencia de quienes no se plantean ya ciertos problemas– estar ya más allá del umbral dentro del que se mueve nuestra forma de vida y nuestro horizonte mental.
En el cinismo de este eslogan hay una intensidad y una inocencia de un tipo absolutamente nuevo, aunque probablemente madurado a lo largo de estas últimas décadas (y durante un período más corto en Italia). Y nos dice –precisamente en su laconismo de fenómeno presentado de repente a nuestra conciencia, pero ya tan completo y definitivo– que los nuevos industriales y los nuevos técnicos son completamente laicos, pero de un laicismo que ya no se mide con la religión. Dicho laicismo es un “nuevo valor” nacido en la entropía burguesa, en la que la religión está pereciendo como autoridad y forma de poder, sobreviviendo aún como producto natural de enorme consumo y forma folclórica aún aprovechable.
Pero el interés de este eslogan no es sólo negativo, no representa tan sólo el nuevo modo en que la Iglesia queda brutalmente reducida a lo que realmente ya representa, tiene también un interés positivo, o sea la posibilidad imprevista de establecer ideología, y por tanto de hacer que el lenguaje del eslogan sea expresivo y de esta forma, presumiblemente, el de todo el mundo tecnológico. El espíritu blasfemo de este eslogan no es sólo apodíctico, no se limita a una pura observación que fija la expresividad en pura comunicabilidad. Es algo más que una invención libre de prejuicios (cuyo modelo anglosajón es “Jesucristo Superestar”); al contrario, se presta a una interpretación infinita: conserva en el eslogan los caracteres ideológicos y estéticos de la expresividad. A lo mejor quiere decir que incluso el futuro que a nosotros –religiosos y humanistas– se nos presenta como fijación y muerte, será historia bajo una forma nueva; que la exigencia de pura comunicabilidad de la producción será de algún modo refutada. Porque el eslogan de esos tejanos no se limita a comunicar la necesidad del consumo, sino que llega incluso a presentarse como la némesis –aunque inconsciente– que castiga a la Iglesia por su pacto con el demonio. El articulista del Osservatore esta vez sí que está indefenso e impotente; aunque los magistrados y la policía, actuando cristianamente, consigan arrancar de las paredes de la nación ese cartel y ese eslogan, se trata ya de un hecho irreversible aunque quizá haya llegado anticipado: su espíritu es el nuevo espíritu de la segunda revolución industrial y del consiguiente cambio de valores. Texto: Pier Paolo Pasolini publicado el 17 de mayo de 1973 en Italia. Ver: http://www.pierpaolopasolini.eu/madrid-saggi09.htm Nota: la traducción del artículo se ha tomado de la página web citada, excepto cuando en unas pocas ocasiones en que ha parecido mas adecuada la que figura en el libro Pasolini (2009) Escritos corsarios, Madrid: 'Ediciones del oriente y del mediterráneo'. 

VEAMOS ESTE ''ANUNCIO-FOTO-ESLOGAN'':

[¿Se puede sacar alguna conclusión interesante del análisis de este anuncio? Pasolini lo hizo en el artículo que acabamos de reproducir. Es una muestra de su capacidad para leer los símbolos, para interpretar el lenguaje no verbal, el lenguaje físico y del comportamiento, a los que daba una gran importancia: “creo que hay buenas razones para afirmar que la cultura de una nación (Italia en este caso) se expresa hoy sobre todo con el lenguaje del comportamiento, o lenguaje físico, mas cierta cantidad –completamente convencional y muy pobre– de lenguaje verbal”. (Escritos corsarios, Ediciones del oriente y del mediterráneo, 2009, p.59).
Jesus Jeans fue una marca italiana de vaqueros aparecida en 1971 y su campaña de promoción con el cartel y el eslogan "Non avrai altro jeans all’infuori di me" (No tendrás vaqueros ajenos a mí) es considerada uno de los hitos de la historia de la publicidad italiana. La marca es ahora propiedad de Basic Net, que ha tenido diversos problemas para mantener el nombre.
Pasolini afirma: “la religión está agotándose como autoridad y forma de poder, y sobrevive como un producto natural de enorme consumo y una forma folclórica aún aprovechable”. Escribir esto en 1973 no era fácil. Cuando se publicó en el Corriere della Sera con el título “El disparatado eslogan de los vaqueros Jesus”, se estaba bajo el tranquilo pontificado de Pablo VI, la Democracia Cristiana era el partido hegemónico y el propio Partido Comunista contribuía a retrasar el referéndum sobre el divorcio; éste se realizó finalmente el 12 de mayo de 1974 y su victoria fue celebrada en las calles de toda Italia. Cuando escribió el artículo Pasolini no estaba haciendo un análisis de coyuntura, sino señalando una tendencia a largo plazo. En los años 90 desapareció la Democracia Cristiana; el pontificado de Benedicto XVI terminó corroído por las acusaciones de corrupción y pederastia; y son evidentes las dificultades del papa Francisco para encontrar el lugar de la Iglesia en un mundo totalmente dominado por el nuevo poderburgués, que “necesita consumidores con un espíritu totalmente pragmático y hedonista”.
Cuando se escribió este artículo en España todavía Franco gobernaba y entraba bajo palio en las catedrales. Pero a su muerte los acontecimientos se precipitaron. Gobernaron la UCD y el PSOE. Lo más parecido a la democracia cristiana ha sido el PP, pero bajo sus gobiernos no ha podido reconstruirse la alianza entre el trono y el altar; actualmente el tándem Rajoy-Rouco Varela está en franca decadencia. En Catalunya, según el Centro de Estudios de Opinión, la Iglesia católica ocupa la cuarta posición empezando por la cola en la valoración de los ciudadanos (2,97 sobre 10), con fuertes diferencias según la intención de voto: los que votan al PP la puntúan mucho mejor (4,88) que los que los que votan Ciudadanos (3,01). El partido ascendente del nuevo poder burgués es Ciudadanos. El artículo de Pasolini nos ayuda todavía a entender por qué. Texto: Martí Caussa.] Ver también: 'Manipulación mediática en la ALDEA GLOBAL'.

18 feb. 2018

Doctrina Monroe

Desde que en 1823, hace cerca de 200 años, Estados Unidos proclamó por primera vez la Doctrina Monroe, esta no ha dejado de estar vigente en la política exterior del Imperio, es por eso que considero un enfoque equivocado el considerar que la administración Trump está retornando a la Doctrina Monroe, como han planteado, con toda buena intención, algunos politólogos y periodistas. 
James Monroe. Presidente de los EE.UU entre 1917 y 1925
La repudiada doctrina establece bien claro el principio de “América para los americanos”. En este caso cuando se habla de América se está refiriendo a todo el continente, norte, centro y sur, pero cuando se menciona a los “americanos” se modifica la etimología de la palabra para referirse solamente a los que viven en Estados Unidos, pues ellos mismos se denominan “americans” y eso fue lo que se plasmó en la Doctrina Monroe.
Esta doctrina fue la que ideológicamente se utilizó para arrebatar vastos territorios a México en un período comprendido entre 1836 y 1848.
En 1855 Estados Unidos invade Nicaragua y posteriormente ocupa El Salvador y Honduras.
También se puso de manifiesto en 1898 con la intervención de Estados Unidos en la Guerra de Independencia de Cuba contra España, la ocupación militar de la Isla, la imposición de un tratado que le proporcionaba entre otras ventajas bases militares y la posibilidad legal de intervenir con sus tropas cundo lo consideraran necesario, lo cual hicieron en tres oportunidades.
En 1903 crean la república de Panamá, robándole territorio a Colombia para posteriormente adueñarse del Canal de Panamá.
Desembarcan los Marines estadounidenses en República Dominicana para sofocar una rebelión originada en 1904.
A partir de esa fecha y hasta el año 2000, prácticamente un siglo, en más de cuarenta oportunidades la presencia estadounidense se ha puesto de manifiesto en América Latina utilizando distintas variantes, pudiera decirse que fueron los Marines las fuerzas más utilizadas, sin dejar de tomar en consideración otros cuerpos militares, además de la CIA, que también operó en la región. Las acciones realizadas van desde ocupación de países, golpes de estado, represión a las fuerzas de izquierda y otras donde en todo momento se han defendido los intereses económicos de los grandes consorcios estadounidenses. El listado de acciones es extenso y tétrico. La ayuda a los “contra” en Nicaragua, la muerte de Torrijos y la invasión de Granada son algunos ejemplos de las distintas formas adoptadas.
A partir del año 2000, las acciones vinculadas a la Doctrina Monroe han continuado poniéndose de manifiesto. En algunos casos el Imperio ha tratado de encubrir su actividad utilizando métodos más sofisticados, pero cuando ha sido necesario se han quitado la careta y se han apoyado en la presencia militar para conseguir sus objetivos.
Un buen ejemplo de esto es el Plan Colombia, utilizado para formar una potente fuerza militar que responda a sus intereses, el fallido golpe de estado en Venezuela en el año 2002 es otra variante. El derrocamiento del gobierno constitucional de Honduras, los golpes de estado “constitucionales” en Paraguay y Brasil. La constante guerra contra Cuba, donde además del bloqueo se utilizan métodos de subversión política ideológica para tratar de derrocar la Revolución, las campañas contra Evo Morales y el tratar de crearle una oposición “fabricada”. Las acciones contra el gobierno constitucional de Nicaragua y El Salvador nos dicen que siguen utilizando el engendro de Monroe.
Pero si todo eso no dejara totalmente clara la acción intervencionista de Estados Unidos en la región, no considero que las declaraciones recientes del señor Rex Tillerson sean las que deban despertarnos y promover el cuestionamiento de si el Imperio está regresando a la aplicación de la Doctrina Monroe.
Venezuela es el mejor ejemplo de un país que lleva años sufriendo las acciones que se derivan de la aplicación de dicha doctrina. Han tratado de doblegar al pueblo venezolano con todas las formas posibles de hacerlo, estrangulando su economía, creando y financiando grupos internos de la llamada “oposición”, organizando disturbios callejeros que han costado la vida de decenas de venezolanos, creando una carestía artificial de productos para tratar de reducir al pueblo por hambre, promoviendo la inflación, organizando campañas de descrédito utilizando los medios que aún poseen, tratando de dividir la unidad existente entre gobierno, pueblo y fuerzas armadas. Todo eso es más que una declaración más, sobre algo que ya sabíamos.
La inteligencia y resistencia del pueblo venezolano, su determinación de lucha y patriotismo, demostrarán una vez más la ineficacia de las aspiraciones Imperiales.Texto: Néstor García Iturbe

Los pobres y la derecha

En noviembre de 2004 el Estado más pobre de los Estados Unidos, Virginia Occidental, reeligió a George W. Bush con más del 56% de los votos. Luego no ha dejado de apoyar a los candidatos republicanos a la Casa Blanca. Sin embargo, la New Deal había salvado a Virginia Occidental durante los años 1930. El Estado permaneció como bastión demócrata hasta 1980, al punto de votar entonces contra Ronald Reagan. Sigue siendo aún hoy un feudo del sindicato de mineros y recuerda a veces que “Mother Jones”, figura del movimiento obrero americano, tomó parte en él. Entonces: ¿Virginia Occidental es republicana? La idea parecía tan estrafalaria como imaginar ciudades “rojas” como Le Havre o Sète “cayendo” en manos de la derecha. Justamente, esta caída se ha producido ya… Pues la historia americana no deja de tener resonancias en Francia. 


Thomas Frank ha escrito un libro con este título: ''¿PORQUÉ LOS POBRES VOTAN A LA DERECHA?'' y además ha investigado en su Kansas natal. La tradición populista de izquierdas fue también viva allí, pero su desaparición es más antigua. Allí ha visto como se cumplía el sueño de los conservadores: una fracción de la clase obrera procura a éstos los medios políticos para desmantelar las conquistas arrancadas anteriormente por el mundo obrero. La explicación que Frank plantea no es solo -no estrictamente- religiosa o “cultural”, ligada al surgimiento de cuestiones susceptibles de oponer dos fracciones de un mismo grupo social -hay que pensar por ejemplo en el aborto, el matrimonio homosexual, la oración en las escuelas, la pena de muerte, el tema de las armas de fuego, la pornografía, el lugar de las “minorías”, la inmigración, la discriminación positiva… Cuando el movimiento obrero se deshace, la lista de estos motivos de discordia se alarga. Luego la vida política y mediática se recompone alrededor de ellos. La derecha americana no ha esperado a Richard Nixon, Ronald Reagan, George W. Bush y el Tea Party para descubrir el uso que podría hacer de los sentimientos tradicionalistas, nacionalistas o simplemente reaccionarios de una fracción del electorado popular. Recurrir a ellos le parece tanto más ventajoso en la medica en que opera en un país en el que los impulsos socialistas han permanecido frenados y el sentimiento de clase menos pronunciado que en otras partes.
Frank explica otra paradoja, que no es específicamente americana, y que incluso lo es cada vez menos. La inseguridad económica desencadenada por el nuevo capitalismo ha conducido a una parte del proletariado y de las clases medias a buscar la seguridad en otra parte, en un universo “moral” que, por su parte, no se alteraría demasiado, incluso que rehabilitaría comportamientos antiguos, más familiares. Estos cuellos azules o estos cuellos blancos votan entonces por los Republicanos pues los arquitectos de la revolución liberal y de la inestabilidad social que deriva de ella han tenido la habilidad de poner en primer plano su conservadurismo en el terreno de los “valores”. A veces su sinceridad no está en cuestión: se puede especular con los fondos de pensiones más “innovadores” a la vez que se está en contra del aborto. La derecha gana entonces en los dos tableros, el “tradicional” y el “liberal”. La aspiración a la vuelta al orden (social, racial, sexual, moral) aumenta al ritmo de la desestabilización inducida por sus “reformas” económicas. Las conquistas obreras que el capitalismo debe desmantelar pretextando la competencia internacional son presentadas como otras tantas reliquias de una era pasada. Incluso de un derecho a la pereza, al fraude, al “asistenciado”, a la inmoralidad de un cultura demasiado acomodaticia con los corporativismos y las “ventajas adquiridas”. La competencia con China e India (ayer, con el Japón y Alemania) impone que el disfrute deje paso al sacrificio. ¡Atención por tanto a quienes han desnaturalizado el “valor trabajo”!
Al otro lado del Atlántico, la dimensión religiosa ha propulsado el resentimiento conservador más que en Europa. Ha procurado a la derecha americana numerosos reclutas en el electorado popular, que han reforzado luego la base de masas de un partido republicano sometido al control creciente de los ultraliberales y de los fundamentalistas cristianos. Desde finales de los años 1960 se observa este movimiento de politización de la fe. En enero de 1973, cuando la sentencia “Roe vs Wade” del Tribunal Supremo legaliza el aborto, millones de fieles, hasta entonces poco preocupados por el compromiso político y electoral, se implican en el asunto. ¿Han sido ultrajadas sus convicciones más sagradas? El Estado y los tribunales que han autorizado eso son instantáneamente golpeados por la ilegitimidad. Para lavar la afrenta, los religiosos se esforzarán por reconquistar todo, convertir todo: la Casa Blanca, el Congreso, el gobierno de los Estados, Tribunales, medios. Les será preciso expulsar a los malos jueces del Tribunal Supremo, imponer mejores leyes, más virtuosas, elegir jefes de Estado que proclamen que la vida del feto es sagrada, imponer los “valores tradicionales” a los estudios de Hollywood, exigir más comentaristas conservadores en los grandes medios.
Pero, ¿cómo no ver entonces que algunas de las “plagas” denunciadas por los tradicionalistas -el “hedonismo”, la “pornografía”- están alimentadas por el divino mercado? Es sencillo: desde 1980, cada uno de los presidentes republicanos atribuye la “quiebra de la familia” a la decadencia de un Estado demasiado presente. Sustituyendo su “humanismo laico” a la instrucción y a la asistencia antaño dispensados por los vecindarios de barrio, las organizaciones de caridad, las Iglesias, habría socavado la autoridad familiar, la moralidad religiosa, las virtudes cívicas. El ultraliberalismo ha podido así fusionarse con el puritarismo.
Aunque un registro así no sea completamente extrapolable a Francia, también Nicolas Sarkozy abordó la cuestión de los valores y de la fe. Autor en 2004 de un libro titulado ''La République, les religions, l’espérance''; en él proclama: “Considero que todos estos últimos años se ha sobreestimado la importancia de las cuestiones sociológicas, mientras que el hecho religioso, la cuestión espiritual, ha sido en gran medida subestimadas. (…). Los fieles de las grandes corrientes religiosas (…) no comprenden la tolerancia natural de la sociedad hacia todo tipo de grupos o de pertenencias o comportamientos minoritarios, y el sentimiento de desconfianza hacia las religiones. ¡Viven esta situación como una injusticia! (…) Creo en la necesidad de lo religioso para la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro siglo. (…) La religión católica ha jugado un papel en materia de instrucción cívica y moral durante años, ligado a la catequesis que existía en todos los pueblos de Francia. El catecismo ha dotado a generaciones enteras de ciudadanos de un sentido moral bastante agudo. Entonces se recibía una educación religiosa incluso en las familias no creyentes. Esto permitía adquirir valores que contaban para el equilibrio de la sociedad. (…) Ahora que los lugares de culto oficiales y públicos están tan ausentes de nuestras barriadas, se mide en qué medida este aporte espiritual ha podido ser un factor de sosiego y qué vacío ha creado al desaparecer”.
“Comportamientos minoritarios” (¿a qué se refiere?) imprudentemente tolerados por “todo tipo de grupos” (¿en quienes está pensando?) mientras que la reflexión religiosa, portadora de “valores”, de “sentido moral”, y de “sosiego” sería, por su parte, ignorada o desdeñada: no se sabe demasiado si se trataba, con este elogio de “la catequesis”, de refrescar las viejas ideas, muy francesas, de la Restauración (el sable y el hisopo, la corona y el altar, con los curas predicando la sumisión a los escolares llamados a convertirse en bravos obreros mientras que los maestros “rojos” les atiborraban el cráneo con el socialismo y la lucha de clases) o si, más bien, se desvelaba ya “Sarko el Americano”. Amigo a la vez de Bolloré [rico empresario francés.] y de los curas.
La derecha americana ha insistido siempre en el tema de la “responsabilidad individual”, del pionero emprendedor y virtuoso que se hace un camino hasta las riberas del Pacífico. Al hacerlo, ha podido estigmatizar, sin demasiada mala conciencia, a una población negra, a la vez muy dependiente de los empleos públicos, y en cuyo seno las familias monoparentales son numerosas, en general debido a la ausencia o la encarcelación del padre. El auge del conservadurismo ha ligado así reafirmación religiosa, templanza sexual, backlash racial, antiestatalismo, y celebración de un individuo simultáneamente calculador e iluminado por las enseñanzas de Dios. Intentando explicar lo que hizo en los Estados Unidos este acoplamiento liberal-autoritario menos inestable de lo que se imagina, el historiador Christopher Lasch sugirió que a ojos de los Republicanos una lucha oponía a la “clase” de los productores privados contra la de los intelectuales públicos, intentando la segunda aumentar su control sobre el matrimonio, la sexualidad y la educación de los niños de la misma forma que había extendido sus controles sobre la empresa. Uno de los principales méritos de Thomas Frank es ayudarnos a comprender la convergencia de estas quejas que se podrían juzgar contradictorias. Y, sobre la marcha, aclararnos sobre la identidad, los resortes, los giros, y la entrega militante del pequeño pueblo conservador sin jamás recurrir al tono de desprecio que privilegian espontáneamente tantos intelectuales o periodistas contra cualquiera que no pertenezca a su clase, su cultura o su opinión. Conjugada a una escritura que lleva la huella de la ironía y que rechaza la prédica, este tipo de “inteligencia con el enemigo” da al libro su atractivo y su alcance.
Una reacción conservadora deriva en general de una apreciación más pesimista de las capacidades de progreso colectivo. En el curso de los años 1960, los Estados Unidos imaginaban que podrían combatir al comunismo en el terreno de la ejemplaridad social -de ahí los voluntarios del Peace Corps (Cuerpos de la Paz) encargados por John Kennedy de educar y de cuidar a los pueblos del tercer mundo-; de ahí también la “guerra contra la pobreza” que el presidente Johnson desencadenó algunos años más tarde. La superpotencia americana entreveía igualmente que podría abolir la pena de muerte y despoblar sus prisiones proponiendo a los delincuentes programas de salud, de formación, de trabajo asalariado, de educación, de desintoxicación. El Estado tiene entonces la reputación de poder hacerlo todo. Había superado la crisis de 1929, y vencido al fascismo; podría reconstruir las viviendas infrahumanas, conquistar la Luna, mejorar la salud y el nivel de vida de todos los americanos, garantizar el pleno empleo. Poco a poco, aparece el desencanto, se descompone la creencia en el progreso, se instala la crisis. A finales de los años 1960, la competencia internacional y el miedo al desclasamiento transforman un populismo de izquierdas (rooselveltiano, optimista, conquistador, igualitario, aspirante al deseo compartido de vivir mejor) en un “populismo” de derechas que se aprovecha del temor de millones de obreros y de empleados a no poder seguir manteniéndose en su nivel social, de ser atrapados por gente más desheredada que ellos. Las “aguas heladas del cálculo egoísta” sumergen las utopías públicas heredadas del New Deal. Para el partido demócrata, asociado al poder gubernamental y sindical, las consecuencias son brutales. Tanto más cuanto que la cuestión de la inseguridad resurge en este contexto. Va a aburguesar progresivamente la identidad de la izquierda, percibida como demasiado angélica, afeminada, permisiva, intelectual, y proletarizar la de la derecha, juzgada como más determinada, más masculina, menos “ingenua”.
Esta metamorfosis se realiza a medida que los ghettos estallan, la inflación repunta, el dólar baja, las fábricas cierran, la criminalidad se amplía y la “élite”, antes asociada a los poseedores, a las grandes familias de la industria y de la banca, se identifica con una “nueva izquierda” exageradamente amante de innovaciones sociales, sexuales, societales y raciales. La pérdida de influencia del movimiento obrero en el seno del partido demócrata y el ascendiente correlativo de una burguesía neoliberal cosmopolita y cultivada no arreglan nada. Los medios conservadores, en pleno auge, solo tienen que desencadenar su truculencia contra una oligarquía radical-chic de hablar exangüe y tecnocrático, que vive en bellas residencias de los Estados costeños, turista en su propio país, protegida de una inseguridad que pone en cuestión con la despreocupación de quienes no son afectados por esta violencia. Por lo demás, ¿no está mantenida en sus cegueras por una tropa de abogados picapleitos, de jueces permisivos, de intelectuales que no callan, de artistas blasfemadores y demás chivos expiatorios soñados del resentimiento popular? “Progresistas en limusina” allí; “izquierda caviar” aquí.
A Nicolas Sarkozy le gustan los Estados Unidos y le gusta que se sepa. En su discurso del 7 de noviembre de 2007 ante el Congreso, evocó con una emoción que no era totalmente artificial la conquista del Oeste, Elvis Presley, John Wayne, Charlton Heston. Habría debido citar a Richard Nixon, Ronald Reagan y George W. Bush ya que en gran medida su elección, inspirada en las recetas de la derecha americana, no habría sido concebible sin el desplazamiento a la derecha de una fracción de las categorías populares antaño de izquierdas. Pues los caballeros de Sologne que han descorchado el champán la noche de su victoria no han podido hacerlo más que gracias al refuerzo electoral de los obreros de Charleville-Mézières, que fueron sin duda menos sensibles a la promesa de un “escudo fiscal” que a las homilías del antiguo alcalde de Neuilly sobre “la Francia que sufre”, la que “se levanta temprano” y que “ama la industria”.
Quien quiera que pase revista a los elementos más distintivos del discurso de la derecha francesa encuentra en él una acentuación del declive nacional, la decadencia moral; la música desgarradora destinada a preparar los espíritus para una terapia de choque liberal (la “ruptura”); el combate contra un “pensamiento único de izquierdas” al que se acusa de haber enquistado la economía y atrofiado el debate público; el rearme intelectual “gramsciano” de una derecha “desacomplejada”; la redefinición de la cuestión social de forma tal que la línea de división no oponga ya a ricos y pobres, capital y trabajo, sino a dos fracciones del “proletariado” entre sí, la que “no puede hacer más esfuerzos” y la “república de las personas asistidas”; la movilización de un pueblo llano conservador cuya expresión perseguida se pretende ser; el voluntarismo político, en fin, frente a una élite gobernante que habría bajado los brazos. Casi todos estos ingredientes han sido ya planteados en el Kansas de Thomas Frank.
Un hombre con firmeza se impone más naturalmente cuando el desorden se apodera de la vieja mansión. En 1968, Nixon experimentó un discurso glorificando a la “mayoría silenciosa” que no acepta ya ver a su país convertirse en presa del caos. Dos asesinatos políticos (Martin Luther King, Robert Kennedy) acababan de tener lugar y, tras el traumatismo de los disturbios de Watts (Los Angeles) en agosto de 1965 (treinta y cuatro muertos y mil heridos), se produjeron réplicas en Detroit en julio de 1967, y luego en Chicago y Harlem. Nixon invita a sus compatriotas a escuchar “otra voz, una voz tranquila en el tumulto de los gritos. Es la voz de la gran mayoría de los americanos, los americanos olvidados, quienes no gritan, quienes no se manifiestan. No son ni racistas ni enfermos. No son culpables de las plagas que infectan nuestro país”. Dos años antes, en 1966, un tal Ronald Reagan había conseguido ser elegido gobernador de California separando a los “blancos pobres” de un partido demócrata al que había reprochado la falta de firmeza frente a estudiantes contestatarios opuestos a la vez a la guerra de Vietnam, a la policía y la moralidad “burguesa”, que no se distinguía siempre de la moralidad obrera.
Los levantamientos urbanos, los “desórdenes” en los campus procuraron así a la derecha americana la ocasión de “proletarizarse” sin soltar un dólar. Un poco a la manera de Nixon, Nicolas Sarkozy se ha dedicado a levantar a la “mayoría silenciosa” de los pequeños contribuyentes que “no aguantan más” contra una juventud a sus ojos desprovista del sentido del reconocimiento. Pero, en su caso, no se trataba de vilipendiar la ingratitud de los pequeños burgueses melenudos de antes; su objetivo no tenía que ver con la misma clase ni los mismos barrios: “la verdad, es que, desde hace cuarenta años, se ha puesto en marcha una estrategia errónea para las barriadas. De una cierta forma, cuantos más medios se han dedicado a la política de la ciudad, menos resultados se han obtenido”. El 18 de diciembre de 2006, en las Ardenas, el Ministro del Interior de entonces precisó sus declaraciones. Saludó a “la Francia que cree en el mérito y el esfuerzo, la Francia que trabaja con firmeza, la Francia de la que no se habla jamás porque no se queja, porque no quema coches, porque no bloquea los trenes. La Francia que está harta de que se hable en su nombre”. “Los Americanos que no gritan”, decía Nixon. “La Francia que no se queja”, responde Sarkozy.
Entre 1969 y 2005, la derecha americana habrá ocupado la Casa Blanca 24 años de 36. De 1995 a 2005, ha controlado igualmente las dos cámaras del Congreso y los gobiernos de la mayor parte de los Estados. El Tribunal Supremo está entre sus manos desde hace mucho. A pesar de esto, Frank insiste sobre este punto, los conservadores se hacen los perseguidos. Cuanto más domina la derecha, más se pretende dominada, ansiosa de “ruptura” con el statu quo. Pues, a sus ojos, lo “políticamente correcto”, son siempre los demás. Mientras exista un pequeño periódico de izquierdas, un universitario que en algún lugar enseñe a Keynes, Marx o Picasso, los Estados Unidos seguirán denunciados como un cuartel soviético. El rencor hace carburar la locomotora conservadora; la cosa es seguir siempre adelante, jamás estar contenta. Símbolo de la pequeña burguesía provincial, Nixon se juzgaba despreciado por la dinastía de los Kennedy y por los grandes medios. George W. Bush (estudios en Yale y luego en Harvard, hijo de Presidente y nieto de senador) se percibió él también como un rebelde, un pequeño tejano tiñoso y grosero, perdido en un mundo de snobs modelados por el New York Times.
¿Y Nicolas Sarkozy? ¿Tuvimos en cuenta hasta qué punto él también fue vilipendiado? Alcalde a los 19 años de una ciudad riquísima, sucesivamente Ministro de finanzas, de Comunicación, número dos del gobierno, responsable de la policía, Consejero de la Moneda, presidente del partido mayoritario, abogado de negocios, amigo constante de los multimillonarios que poseen los medios (y que producen programas que celebran a la policía, al dinero y los nuevos ricos), ha sufrido enormemente el desprecio ¡de las “élites”!. “Desde 2002, ha precisado, me he construido al margen de un sistema que no me quería como presidente de la UMP, que rechazaba mis ideas como Ministro del Interior, y que estaba en contra de mis propuestas”. Cinco años después del comienzo de este purgatorio, en un mitin en el que participaban proscritos tan notorios como Valéry Giscard d´Estaing y Jean-Pierre Raffarin, declaró ante sus colegas: “En esta campaña, he querido dirigirme a la Francia exasperada, a la Francia que sufre, a la que nadie hablaba ya, salvo los extremos. Y el milagro se ha producido. El pueblo ha respondido. El pueblo se ha levantado. Ha elegido y no está conforme con el pensamiento único. Ahora, se quiere que se vuelva a quedar quieto. Pues bien, yo quiero ser el candidato del pueblo, el portavoz del pueblo, de todos los que están hartos de que se les deje de lado”. Al día siguiente precisaba ante unos obreros de la fábrica Vallourec: “Sois vosotros los que elegiréis al presidente de la República. No las élites, los sondeos, los periodistas. Si tantos se dedican a impedírmelo, es porque han comprendido que una vez que haya pasado el tren, será demasiado tarde”. Es demasiado tarde, y las “élites” se esconden.
Esa es una vieja receta de la derecha: para no tener que extenderse sobre el tema de los intereses (económicos) -lo que es sensato cuando se defienden los de una minoría de la población-, hay que mostrarse inagotable sobre el tema de los valores, de la “cultura” y de las posturas: orden, autoridad, trabajo, mérito, moralidad, familia. La maniobra es tanto más natural en la medida en que la izquierda, aterrorizada por la idea de que se podría tacharla de “populismo”, se niega a designar a sus adversarios, suponiendo que conserve uno solo fuera del racismo y de la maldad.
Para el partido demócrata, el miedo a dar miedo -es decir en realidad el miedo a ser verdaderamente de izquierdas- se volvió paralizante en un momento en que, por su parte, la derecha no mostraba ninguna contención, ningún “complejo” de ese tipo. Un día, François Hollande, que no había empleado la palabra “obrero” ni una sola vez en su moción aprobada por los militantes en el congreso de Dijon (2003) dejó escapar que los socialistas franceses atacarían quizás a los “ricos”. Se guardó muy bien de reincidir ante el escándalo que se produjo. Quedan pues los valores para fingir distinguirse aún. Debatir sobre ellos sin parar ha permitido a la izquierda liberal maquillar su acuerdo con la derecha conservadora sobre los asuntos de la mundialización o de las relaciones con la patronal -“los emprendedores”. Pero esto ha ofrecido a los conservadores la ocasión de instalar la discordia en el seno de las categorías populares, en general más divididas sobre las cuestiones de moral y de disciplina que sobre la necesidad de un buen salario. En total, ¿quién ha ganado con ello? En el Kansas de Tomas Frank, se conoce la respuesta.
A veces también en otras partes. El 29 de abril de 2007 en París, ante una multitud que bramaba su placer, Nicolás Sarkozy disfrutaba con glotonería de un gran momento de espanto ocurrido cerca de cuarenta años antes: “Habían proclamado que todo estaba permitido, que la autoridad se había acabado, que los buenos modales se habían acabado, que el respeto se había acabado, que no había ya nada grande, nada sagrado, nada admirable, ninguna regla, ninguna norma, ninguna prohibición. (…) Veis como la herencia de Mayo 68 ha liquidado la escuela de Jules Ferry, (…) introducido el cinismo en la sociedad y en la política, (…) contribuido a debilitar la moral del capitalismo, (…) preparado el triunfo del depredador sobre el empresario, del especulador sobre el trabajador. (…) Esta izquierda heredera de Mayo 68 que está en la política, en los medios, en la administración, en la economía, (…) que encuentra excusas para los gamberros, (…) condena a Francia a un inmobilismo del que los trabajadores, entre ellos los más modestos, los más pobres, los que sufren ya serían las principales víctimas. (…) La crisis del trabajo es en primer lugar una crisis moral en la que la herencia de Mayo 68 tiene una gran responsabilidad (…). Escuchadles, a los herederos de Mayo 68 que cultivan el arrepentimiento, que hacen apología del comunitarismo, que denigran la identidad nacional, que atizan el odio a la familia, la sociedad, el Estado, la nación y la República. (…) Quiero pasar la página de Mayo 68”. Privilegiando desde los años 1960 los “colores vivos a los tonos pastel”, Reagan había anticipado el discurso de combate de Sarkozy, pero también los de Berlusconi y de Thatcher y desmentido a todos esos politologos que no conciben la conquista del poder más que como una eterna carrera al centro. Los Republicanos proponen “una decisión, no un eco”. No seguir temiendo su sombra, esa es una idea con la que la izquierda ganaría si se inspirara en ella.
El éxito de la derecha en terreno popular no se explica solo únicamente por la tenacidad o por el talento de sus portavoces. En los Estados Unidos, igual que en Francia, se aprovechó de transformaciones sociológicas y antropológicas, en particular de un debilitamiento de los colectivos obreros y militantes que ha llevado a numerosos electores de rentas modestas a vivir su relación con la política y la sociedad de un modo más individualista, más calculador. El discurso de la “elección”, del “mérito”, del “valor trabajo” les ha alcanzado. Quieren elegir (su escuela, su barrio) para no tener lo peor; estiman tener méritos y no ser recompensados por ellos; trabajan duro y ganan poco, apenas más, según estiman, que los parados y los inmigrantes. Los privilegios de los ricos les parecen tan inaccesibles que ya no les conciernen. A sus ojos, la línea de fractura económica pasa menos entre privilegiados y pobres, capitalistas y obreros, que entre asalariados y “asistidos”, blancos y “minorías”, trabajadores y defraudadores. Durante los diez años que precedieron a su llegada a la Casa Blanca, Reagan contó así la historia (falsa) de una “reina de la ayuda social [welfare queen] que utiliza ochenta nombres, treinta direcciones y doce tarjetas de la seguridad social, gracias a lo que su renta libre de impuestos es superior a 150 000 dólares”. Atacaba igualmente a los defraudadores que se pavonean en los supermercados, pagándose “botellas de vodka” con sus subsidios familiares y “comprando buenos filetes mientras que tú esperas en la caja con tu paquete de carne picada”. Un día, Jacques Chirac se descubrió los mismos talentos de cuentista. “Cómo quiere Vd que el trabajador francés que trabaja con su mujer y que, juntos, ganan alrededor de 15 000 francos, y que ve en el piso de al lado del suyo de protección oficial, amontonada, a una familia con un padre de familia, tres o cuatro esposas, y una veintena de chiquillos, y que gana 50 000 francos de prestaciones sociales sin, naturalmente, trabajar… Si añade Vd a eso el ruido y el olor, pues bien, el trabajador francés se vuelve loco”. Este famoso “padre de familia” que cobra más de 7 500 euros de ayudas sociales por mes no existía. No costaba nada a nadie. Pero a algunos les reportó pingües beneficios.
Nicolas Sarkozy ha rechazado que “quienes no quieren hacer nada, quienes no quieren trabajar vivan a costa de quienes se levantan temprano y trabajan duro”. Ha opuesto la Francia “que madruga” a la de los “asistidos”, nunca a la de los rentistas. A veces, a la americana, ha añadido una dimensión étnica y racial a la oposición entre categorías populares con cuyos dividendos electorales contaba. Así, en Agen, el 22 de junio de 2006, este pasaje de uno de sus discursos le valió su mayor ovación: “Y a quienes han optado deliberadamente de vivir a costa del trabajo de los demás, quienes piensan que todo se les debe sin que ellos deban nada a nadie, quienes quieren inmediatamente sin hacer nada, quienes, en lugar de superar dificultades para ganar su vida prefieren buscar en los pliegues de la historia una deuda imaginaria que Francia habría adquirido hacia ellos y que a sus ojos no habría pagado, quienes prefieren atizar la puja de las memorias para exigir una compensación que nadie les debe más que intentar integrarse mediante el esfuerzo y el trabajo, quienes no aman a Francia, quienes exigen todo de ella sin querer darle nada, les digo que no están obligados a permanecer en el territorio nacional”. Indolencia, asistencia, recriminaciones e inmigración se encuentran así mezcladas. Un cócktel que se revela a menudo muy productivo.
En julio de 2004, cuando Frank y yo íbamos en coche entre Washington y Virginia Occidental, la radio difundía la emisión de Rush Limbaugh, escuchada por trece millones de personas. La campaña electoral estaba en su apogeo y el animador ultraconservador consagraba a ella toda su atención, su desfachatez, su ferocidad. Ahora bien, al escucharle, ¿cuál era el tema del día? El hecho de que algunas horas antes en un restaurante la riquísima esposa del candidato demócrata John Kerry hubiera parecido ignorar la existencia de un plato tradicional americano. El acta de acusación de Limbaugh y de los oyentes a los que había elegido para dar la palabra (o no retirársela) estaba claro: decididamente, estos demócratas no estaban en sintonía con el pueblo, su cultura, su cocina. Y como extrañarse luego si John Kerry -gran familia de la costa Este, estudios privados en Suiza, matrimonio con una multimillonaria, cinco residencias, un avión privado para ir de una a otra, snowboard en invierno, windsurf en verano, incluso su bici vale 8000 dólares- ¡hable francés!
La insistencia que ideólogos conservadores, tan presentes en los medios como en las iglesias, reservan a formas de ser (o afectaciones) humildes, piadosas, sencillas, patrióticas -las suyas por supuesto- es tanto más temible en la medida que la izquierda, por su parte, parece cada vez más asociada a la especialidad, al desdén, al cosmopolitismo, al desprecio al pueblo. Entonces la trampa se cierra: callando las cuestiones de clase, los demócratas han inflado las velas de un poujadismo cultural que les ha barrido. Al final del camino se encuentra esta “molestia” mental que Frank examina al mismo tiempo que proporciona sus claves: en los Estados Unidos, desde 1980, políticos de derechas, desde Ronald Reagan a George W. Bush, han obtenido el apoyo de algunos de los grupos sociales que constituían los objetivos de sus propuestas económicas (obreros, empleados, personas mayores) reclamándose de los gustos y de las tradiciones populares. Mientras que el Presidente californiano y su sucesor tejano ofrecían abundantes rebajas fiscales a los ricos, prometían a los pequeños, a los humildes y a los subalternos la vuelta al orden, al patriotismo, a las banderas ondeantes, a las parejas que se casan y a los días de caza con el abuelo.
A lo largo de toda su campaña de 2007, Nicolas Sarkozy ha evocado a los “trabajadores que vuelven a casa agotados”, a los que “viven con carencias de atención dental”. Llegó a escribir que: “En las fábricas, se habla poco. Hay entre los obreros una nobleza de sentimientos que se expresa más por silencios envueltos en una forma extrema de pudor que por palabras. He aprendido a comprenderles y tengo la impresión de que me comprenden”. Esta connivencia reivindicada con la mayoría de los franceses -telespectadores de Michel Drucker y fans de Johnny Hallyday mezclados- le parece tanto más natural en la medida de que “no soy un teórico, no soy un ideólogo, no soy un intelectual, soy alguien concreto, un hombre vivo, con una familia, como los demás” /4. Enfrente, preocupada por meterse mejor en la economía “postindustrial” que aprecian los lectores de Inrockuptibles y Libération, tranquilizar a los pequeño burgueses ecologistas de las ciudades que ya constituyen el zócalo de su electorado, la izquierda ha optado por purgar su vocabulario de las palabras “proletariado” y “clase obrera”. Resultado, la derecha las recupera: “Hay, decía divertido un día Nicolas Sarkozy, quienes se reúnen en un gran hotel para charlar juntos, discutir de tiendas y de partidos. Para mí, mi hotel es la fábrica, estoy en medio de los franceses [...]. Las fábricas son hermosas, hay ruido, es algo que está vivo, nadie se siente solo, hay compañeros, hay fraternidad, no es como las oficinas”.
Para un hombre de derechas es, por supuesto, ventajoso saber levantar al proletariado y las pequeñas clases medias unas veces contra los “privilegiados” que viven en el piso de encima (empleados con estatutos, sindicatos y “regímenes especiales”); otras contra los “asistidos” relegados un poco más allá; o contra los dos a la vez. Pero si esto no basta, el antiintelectualismo constituye un arma poderosa de socorro, que puede permitir conducir la política del Medef con los antiguos electores de Georges Marchais [antiguo dirigente del PCF. ndt]. Cuando Frank desmonta esta estratagema, se guarda de deplorarlo con los aires de un mundano de Manhattan. Aclara sus resortes. Éste por ejemplo: la mundialización económica, que ha laminado las condiciones de existencia de las categorías sociales peor dotadas de capital cultural (diplomados, lenguas extranjeras, etc.), parece al contrario haber reservado sus beneficios a los “manipuladores de símbolos”: ensayistas, juristas, arquitectos, periodistas, financieros. Entonces, cuando estos últimos pretenden, además, dar a los demás lecciones de apertura, de tolerancia, de ecología y de virtud, se desencadena la cólera.
Los Republicanos, que han brillado presentándose como asediados por una élite cultural y sabia, ¿podían por consiguiente soñar con tener adversarios más detestados? El aislamiento social de la mayor parte de los intelectuales, de los “expertos”, de los artistas, su individualismo, su narcisismo, su desdén por las tradiciones populares, su desprecio de los “paletos” dispersos lejos de las costas han alimentado así un resentimiento del que Fox News y el Tea Party hicieron su negocio. Tomando por objetivo principal la élite de la cultura, el populismo de derechas ha protegido a la élite del dinero. No lo ha logrado más que porque la suficiencia de quienes saben se ha vuelto más insoportable que la desfachatez de las clases acomodadas. Y otros abogados de los privilegios se han precipitado por la brecha. Un día que no se reunía ni con Martin Bouygues, ni con Bernadr Arnault, ni con Bernard-Henri Lévy, Nicolas Sarkozy confió a Paris Match: “Soy como la mayor parte de la gente: me gusta lo que les gusta. Me gusta el Tour de Francia, el fútbol, voy a ver a Les Bronzés. Me gusta oír música popular”.
Nicolas Sarkozy apreciaba también las veladas en Fouquet´s, los yates de Vincent Bolloré y la perspectiva de ganar muchísimo dinero encadenando conferencias ante públicos de banqueros y de industriales. Sin embargo, cuando se cierra el libro de Thomas Frank, surge una pregunta, que desborda ampliamente la exposición de las estratagemas y de las hipocresías de la derecha. Podría resumirse así: el discurso descarnado y desmedrado de la izquierda, su apresuramiento en hundirse en el orden liberal planetario (Pascal Lamy), su asimilación del mercado al “aire que se respira” (Segolène Royal), su proximidad con el mundo del espectáculo y de la apariencia (Jack Lang), su reticencia a evocar la cuestión de las clases bajo cualquier forma, su miedo del voluntarismo político, su odio al conflicto, en fin, ¿todo esto no habría preparado el terreno a la victoria de sus adversarios? Los eternos “renovadores” de la izquierda no parecen jamás inspirarse en este tipo de cuestionamiento, al contrario. No existe mejor prueba de su urgencia.Texto: Serge Halimi

3 feb. 2018

Banca y feudalismo

Durante los siglos VIII y XV predominó en Europa un sistema político y económico que ha recibido el nombre de feudalismo. Era un sistema organizado alrededor de la propiedad de la tierra, a cambio de esquemas de vasallaje, protección, trabajo y distribución de la producción agrícola. En la clásica descripción de Marc Bloch, el esquema jerárquico giraba alrededor de los tres estamentos de la sociedad: nobleza, clero y productores del campo. Típicamente los señores feudales, firmemente aposentados en sus castillos, prestaban protección a los productores agrícolas a cambio de trabajo directo o de un tributo que era pagado en especie. 


Entre los habitantes del campo y los poblados las relaciones económicas se llevaban a cabo por medio de mercados, ferias y otros esquemas para los intercambios. La moneda en circulación era emitida, a veces, por autoridades eclesiásticas y, en ocasiones, por reyes o los mismos señores feudales. El trueque sólo predominó cuando había derrumbes institucionales, como al colapsarse el imperio romano o cuando desapareció el imperio de Carlomagno. 


En el feudalismo existía el crédito y algunas dinastías se encargaron de proporcionar préstamos a quienes los necesitaran. Pero esos empréstitos normalmente estuvieron reservados a los poderosos y no eran para el grueso de la población. Una buena parte de los créditos se destinaba a pagar mercenarios y financiar guerras. En esos casos los intereses eran altísimos y podían alcanzar 60 por ciento (como hoy en las tarjetas de crédito). También había préstamos para los grandes comerciantes, quienes ofrecían suficientes garantías. El resto de la población tenía que recurrir a los prestamistas locales para solventar sus necesidades en caso de enfermedad o de alguna otra emergencia. 


Las grandes dinastías de prestamistas operaban con sus corresponsales en diferentes partes de Europa y del Mediterráneo. Así podían ofrecer un valioso servicio a los comerciantes a través del reconocimiento de letras de cambio y otros títulos. Esos grandes prestamistas operaban como banqueros, pero su principal actividad no dependía de la captación de ahorros. Los préstamos que ofrecían eran con recursos propios o que provenían de sus complejas operaciones contables. Eran, por así decirlo, banqueros sin bancos, en el sentido moderno de la palabra. 


Con el advenimiento del capitalismo la actividad crediticia se hizo cada vez más importante y la revolución industrial aceleró el proceso por las escalas de producción. Los bancos se reorganizaron, comenzaron a desarrollar sus funciones de captación de ahorro y sus operaciones expandieron los confines de la acumulación capitalista financiando el consumo. Así, no sólo se expande el tamaño del mercado final para la producción capitalista de mercancías, sino se acortó el tiempo de recuperación del capital. El proceso culmina en el siglo XIX, cuando el grueso de la población pasa a ser considerada sujeto de crédito. La gente común y corriente pasa entonces a ser cliente de los bancos.

Hoy, el nivel de endeudamiento de la población depende de muchos factores, entre los que destaca el ingreso salarial. Bajo el neoliberalismo, el estancamiento de los salarios reales condujo a una extraordinaria expansión del crédito como apoyo para mantener niveles de vida. El resultado ha sido un creciente endeudamiento para la población en general mediante hipotecas y préstamos para adquirir bienes de consumo duradero y pagar servicios educativos o de salud. Los indicadores sobre endeudamiento de las familias en Estados Unidos como proporción del PIB muestran un vertiginoso crecimiento de 40 a 97.8 por ciento entre 1960 y 2014. El patrón se repite para muchos países europeos.

El resultado es que hoy una parte significativa de la población vive y trabaja para pagar intereses a los bancos, a tal grado que es posible pensar que vivimos en una especie de feudalismo bancario. En este sistema, los bancos son los señores del dinero que crean moneda de la nada y, al igual que en el feudalismo stricto sensu, su actividad tampoco depende de la captación de ahorro. El lugar de los nobles lo ocupan los gobiernos, que también son sujetos de crédito y deben obedecer los dictados de los mercados de capitales. Sus bancos centrales, con toda y su mítica independencia, deben proporcionar reservas a los señores del dinero cuando las circunstancias así lo exigen. Los campesinos somos todos los demás, que debemos recurrir al crédito de manera sistemática. En ciertos casos hasta fracciones del capital industrial ocupan una posición similar a la de los campesinos.

El nuevo feudalismo bancario permite que la gente se mueva de una parcela a otra, por ejemplo cuando busca un empleo. Pero esas personas siempre llevan a cuestas una carga propia de los vasallos: deben pagar el servicio de su deuda, ya sea por una hipoteca u otros préstamos. Quizás la diferencia más importante es que, en contraste con las obligaciones que tenían los señores feudales con sus súbditos, los bancos no ofrecen protección alguna frente a la violencia o los accidentes de la vida. Texto: A. Vidal