10 oct. 2017

El fin del Régimen del 78 (Parte II de II)

La incapacidad de comprender qué pasa en Catalunya (y en España)


Otra característica del pensamiento uninacional típico del régimen del 78 es su incapacidad para entender lo que ocurre en Catalunya, atribuyendo el movimiento de rebeldía en defensa de la identidad y la nación catalanas a la propaganda y capacidad de movilización de los partidos gobernantes en la Generalitat de Catalunya, antes Convergència i Unió (alianza de un partido liberal y un partido cristianodemócrata) y ahora el mismo partido Convergència con ERC. En dicha interpretación se olvida que el primer partido, Convergència, ha caído en gran descrédito debido a haberse conocido la gran corrupción de su dirección, que utilizó la Generalitat de Catalunya como si fuera de su propiedad para su beneficio personal (situación que Pablo Iglesias ha definido, con acierto, como el nacional-patrimonialismo del PP, y que puede atribuirse igualmente a CDC), teniendo incluso que cambiar su nombre a PDeCAT. El otro partido de la coalición CiU, Unió Democràtica, ha desaparecido. Se olvida u oculta también que los que propusieron el Estatut de Catalunya del 2005 fueron las izquierdas (el tripartito dirigido por Pasqual Maragall). Y también se ignora que las movilizaciones iniciales fueron para defender tal Estatut. Su posterior radicalización es responsabilidad de la insensibilidad democrática y de la falta de respeto a la plurinacionalidad por parte del Estado central. Es sorprendente que la mayoría de artículos sobre la crisis publicados, por ejemplo, en El País, hayan sido críticos con Junts Pel Sí y pocos con el gobierno Rajoy. 


El sectarismo del establishment intelectual-mediático español


Creo haber sido uno de los autores catalanes y españoles que más ha criticado en España y en Catalunya al gobierno de Junts Pel Sí de la Generalitat de Catalunya por sus políticas económicas y sociales, que pertenecían claramente a la sensibilidad neoliberal, la misma, por cierto, que inspiró al gobierno del PP (en realidad, las tensiones nacionales entre el gobierno del PP y Junts Pel Sí están ocultando la enorme crisis social que sus políticas económicas han provocado; la evidencia de ello es abrumadora). Y también he criticado el comportamiento antidemocrático de Junts Pel Sí, mostrado en su manipulación sectaria del Parlament de Catalunya, como bien denunció el parlamentario Joan Coscubiela, de la coalición Catalunya Sí que es Pot. Ahora bien, es de un sectarismo denunciable el comportamiento del establishment político-mediático español y de su intelectualidad (incluyendo grandes sectores de la intelectualidad de la izquierda española), que mientras denuncian en varias páginas de El País (uno de los rotativos más sectarios hoy en España, eje del establishment mediático uninacional, profundamente hostil a los nacionalismos “periféricos” y a las nuevas izquierdas, y defensor a ultranza del régimen del 78, definiendo la transición como modélica) el comportamiento antidemocrático de Junts Pel Sí, permanecen callados, en un silencio ensordecedor, frente a la enorme represión que ha ocurrido en Catalunya (alrededor de 900 heridos). Es interesante señalar que la atribución de la mayor responsabilidad por la gran crisis política del país al gobierno catalán es característica del uninacionalismo franquista vigente que apareció también en el discurso del rey Felipe VI. Una postura más equilibrada, pero también errónea, es la que atribuye la responsabilidad en igualdad de condiciones al gobierno central y al gobierno catalán, y digo errónea porque es fácil de demostrar que ha sido la versión uninacional franquista, presente no solo en el gobierno Rajoy, sino también en el establishment político-mediático español, la causante de la gran crisis política del país.

Una última observación: el error de algunas voces de izquierdas


Una postura bastante extendida en amplios sectores de las izquierdas españolas es considerar estas discusiones y tensiones como resultado del protagonismo de los nacionalismos en la vida política del país, que están ocultando la enorme crisis social del país. Esta percepción, a la cual me he referido en varias ocasiones, tiene un gran elemento de verdad. Describe parte de la situación actual. Es, pues, necesario subrayar la importancia de este argumento. Ahora bien, un argumento puede ser necesario pero no suficiente, ya que el mismo Estado uninacional que prohíbe y persigue el plurinacionalismo en España es también (como he documentado ampliamente) el Estado responsable de la crisis social actual. Esto es una realidad obvia, de manera que el tema social está íntimamente ligado al tema nacional. De ahí que históricamente las izquierdas, no solo las catalanas, sino también las españolas, hubieran incorporado en sus proyectos de gobierno el apoyo a un Estado republicano plurinacional. Hay que recuperar la validez del proyecto republicano social y plurinacional. Y me alegra constatar que ello está ya ocurriendo. En Catalunya, en las movilizaciones, pueden verse más y más banderas republicanas. Y lo mismo está ocurriendo a lo largo del territorio español. Hay una creciente constatación en Catalunya que para conseguir un cambio social y nacional hay que favorecer y defender la reestructuración del Estado español, por el bien de España y por el bien de Catalunya. Las nuevas izquierdas están hoy cuestionando la uninacionalidad de España. Su iniciativa de invitar a todas las fuerzas democráticas a actuar de forma colaborativa para trasformar España (incluyendo Catalunya) es de una enorme trascendencia e importancia. Ni que decir tiene que las derechas postfranquistas están acusando a tales nuevas izquierdas de ayudar al independentismo. Y dicho mensaje aparece extensamente hoy en el establishment uninacional español, alcanzando niveles grotescos en su promoción internacional. Nada menos que el director de la oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Internacionales (European Council of Foreign Relations), escribió hace unos días un artículo que define al movimiento de rebelión en Catalunya frente al Estado central como un movimiento racista (sí, ha leído bien, racista) que considera a los españoles como inferiores, y acusando, por si no fuera poco, a Podemos de proindependentista, utilizando “tácticas insurreccionales” (tal personaje se llama Francisco de Borja Lasheras; su artículo aparece en Social Europe). Y lo que es más lamentable es que algunas izquierdas están contribuyendo a esta campaña. Pero cualquier persona que conozca la realidad (pasada y presente) de este país puede ver que la única solución para mantener España unida hoy es precisamente pidiendo una alianza de todas las fuerzas democráticas en oposición al establishment heredero del franquismo. La vía actual defendida por el Rey y por Rajoy creará la ruptura de España. Texto: V. Navarro. Ver Parte I  Recomendado: Los separatismos

El fin del Régimen del 78 (Parte I de II)

Han habido siempre dos visiones de lo que es España. Una ha sido la dominante, que alcanzó su máximo desarrollo durante la dictadura franquista, y que ha continuado durante todo el periodo postdictatorial democrático, como consecuencia del gran dominio que las fuerzas conservadoras tuvieron sobre el aparato del Estado y sobre la gran mayoría de los medios de información en el proceso de transición de la dictadura a la democracia, mal definido como modélico. Tal visión es la uninacional, presentando a España como la única nación existente de la península ibérica no portuguesa, y que se encuentra reflejada en un Estado monárquico centrado en la capital del Reino, Madrid (que tiene poco que ver con el Madrid popular), de la cual irradian todas las otras regiones, situación claramente reflejada en su sistema de transporte radial, tomando la capital como punto de llegada y de salida de cualquier vía de trasporte. Tal visión de España ha sido históricamente la característica de las derechas españolas. Ni que decir tiene que han ocurrido cambios importantes en este Estado uninacional que han diluido algo su centralismo. Pero, por lo general, este ha mantenido las principales características del Estado uninacional, en cuyos aparatos continúa reinando la cultura heredada del régimen dictatorial anterior, incluyendo su uninacionalidad. La otra visión es la plurinacional, que piensa que en España hay varias naciones con distintos idiomas y culturas que deben asociarse voluntariamente y no por la fuerza, con soberanías que puedan compartirse si así lo desean. Esta última visión es la más arraigada en la cultura republicana, promovida históricamente por las izquierdas. Alcanzó su máxima expresión durante la II República, que fue interrumpida por un golpe militar (ayudado por tropas del régimen nazi alemán y del fascista italiano) estimulado por las derechas, realizado por unas tropas que se definieron a sí mismas como las “nacionales”, que dijeron defender la Unidad de España, unidad que, por cierto, nadie estaba cuestionando. Lo que el president Companys de la Generalitat de Catalunya estaba pidiendo no era la desunión, sino la redefinición de España. El president Companys, lejos de ser secesionista, se consideraba español y quería ayudar a establecer una nueva España. Era altamente popular, no solo en Catalunya, sino también en el resto de España. Un indicador de ello es que cuando fue liberado de la cárcel de Cádiz, fue aclamado por la población de las distintas ciudades españolas que tuvo que atravesar en su vuelta a Barcelona. Esta visión plurinacional fue brutalmente reprimida (el president Companys fue fusilado) durante la dictadura, siendo considerada como la anti-España. Tal visión plurinacional fue también la que estaba en los programas de todos los partidos de izquierda, tanto catalanes como españoles, durante la resistencia antifascista. Todos ellos apoyaron el derecho de autodeterminación (lo que ahora se llama el derecho a decidir), garantizando así una unión voluntaria y no forzada de los distintos pueblos y naciones de España. 

La imposición por parte del Monarca y del Ejército de la visión uninacional en el periodo democrático


Dicha visión fue abandonada, sin embargo, durante la transición debido al veto que pusieron el Monarca y el Ejército. Las izquierdas catalanas, sin embargo, nunca abandonaron tal compromiso. Y el gobierno tripartito dirigido por el socialista Pasqual Maragall propuso un Estatut en 2005 que definía a Catalunya como nación dentro del Estado español, Estatut que, a pesar de haber sido votado y aprobado por el Parlament, por las Cortes Españolas (con sustanciales recortes) y por la población catalana en un referéndum, fue vetado por las derechas españolas, lideradas por el PP, que controlaban (y continúan controlando) el Tribunal Constitucional. Fue, como bien señala el conocido y reputado catedrático de Derecho Constitucional Javier Pérez Royo, en su reciente artículo L’obligació de Rajoy, ARA (04.10.17), “un golpe de Estado” en el que se violaba la llamada soberanía popular (expresada en la aprobación del Estatut en el Parlament, en las Cortes Españolas y en el referéndum que tuvo lugar en Catalunya) por parte de un tribunal (el Tribunal Constitucional) controlado por las derechas herederas del Estado franquista, vetándolo. Y todo ello bajo el acuerdo constitucional, sancionado por la inmodélica transición. De ahí surgió, como también señala Javier Pérez Royo, la rebelión que ha llevado al 1 de octubre. A ello ha contribuido la enorme pasividad y el silencio ensordecedor del PSOE y de la gran mayoría de la intelectualidad española. Esta rebelión fue radicalizándose a medida que el gobierno Rajoy, máxima expresión e instrumento de los vencedores de la Guerra Civil y de las fuerzas que dominaron la transición, ignoró, desoyó y despreció las propuestas que le hicieron los sucesivos gobiernos de la Generalitat para redefinir su relación con el Estado español. Era, pues, inevitable que lo que está pasando, pasara. Los partidos independentistas, principalmente dos, bajo la alianza de Junts Pel Sí, no habían sido independentistas hasta recientemente, siguiendo un proceso bastante predecible: la gran mayoría de ellos (CDC y ERC) habían sido antes federalistas, transformándose en independentistas cuando no vieron ninguna posibilidad de cambio dentro del Estado actual.

Las raíces franquistas de las derechas españolas (muchas de las cuales se definen como de centro o centroderecha)


Está claro que la mayor responsable de la gran crisis existente hoy en España es la pervivencia de la cultura franquista en los aparatos del Estado. Hay que recordar que el PP fue fundado en 1977 bajo el nombre de Alianza Popular, una alianza de las asociaciones políticas de ultraderecha franquista de las cuales las más destacadas fueron: Reforma Democrática, liderada por Fraga Iribarne, ministro del Estado dictatorial franquista durante el periodo 1962-1969 y 1975-1976; Unión del Pueblo Español, liderada por Cruz Martínez Esteruelas, ministro entre 1974-1976; Acción Democrática Española, liderada por Federico Silva Muñoz, ministro en 1965-1970; Democracia Social, liderada por Licinio de la Fuente y de la Fuente, ministro en 1969-1975, y vicepresidente del gobierno durante el periodo 1974-1975; Acción Regional, liderado por Laureano López Rodó, ministro en 1965-1967, 1967-1973 y 1973-1974; Unión Social Popular, liderado por Enrique Thomas de Carranza, gobernador de Toledo en 1965-1969 y procurador de las Cortes Españolas en 1971-1977, miembro de Fuerza Nueva; y Unión Nacional Española, ministro en 1970-1974. Todos ellos eran fundadores de dicha fuerza política. Hoy la relación entre tal partido y aquel régimen se reproduce leyendo la biografía de gran número de sus dirigentes. Un ejemplo es Rafael Hernando, actual portavoz parlamentario del PP en el Congreso de los Diputados, que fue miembro de Alianza Popular desde los años ochenta, y que según algunas informaciones periodísticas habría mostrado simpatías hacia el partido de ultraderecha Fuerza Nueva. Ni que decir tiene que dicho partido es una especie de paraguas bajo el cual hay diversas sensibilidades, desde la fascista (que explica que en España no haya un partido ultraderechista de masas) hasta la cristianodemócrata y la liberal. Pero su cultura hegemónica es claramente franquista, y su nacionalismo uninacional extremo es heredero del existente durante la dictadura. Esta visión, tanto en la versión extrema como en la versión más moderada, es la que domina la intelectualidad española, basada en la capital del Reino. Han contribuido a ello los mayores medios de información, incluyendo El País, que fue establecido por algunos personajes dentro de la dictadura que se consideraron reformadores, tales como Fraga Iribarne, quien fichó a Juan Luis Cebrián para que lo gestionara. Juan Luis Cebrián (cuyo padre fue el director del diario Arriba, el diario oficial del régimen fascista) había sido director de los servicios informativos de la Radio Televisión Española en 1974, que era el mayor instrumento propagandístico del régimen dictatorial. Ni que decir tiene que El País fue abriéndose, permitiendo cierta pluralidad en sus páginas, de las cuales fueron excluidas, con notables excepciones, las izquierdas y los que cuestionaron la visión uninacional del Estado, convirtiéndose en el máximo valedor de la Monarquía y de tal Estado. Su respuesta a la crisis actual ha sido un furibundo ataque a las nuevas izquierdas y a los partidos independentistas. El establishment uninacional, heredero del franquismo, pone todo el peso de su argumentario en defensa de su visión uninacional (que justifica la represión llevada a cabo por los aparatos judiciales y de seguridad del Estado en Catalunya) en el respeto a la ley y a la Constitución, leyes y Constitución que en gran medida fueron elaboradas en un proceso altamente desigual (que propagandística y erróneamente se definió como modélico), dominado por las derechas. Ni que decir tiene que, incluso en el caso de que se aceptara que la ley refleja la soberanía popular (supuesto altamente cuestionable), hay que señalar que el gobierno Rajoy se ha saltado las leyes españolas constantemente, siendo uno de los partidos políticos con mayor corrupción en España. Y, de nuevo, incluso aceptando que la ley fuera resultado de la soberanía popular (que no lo es), su aplicación es constantemente sesgada a favor de los intereses económicos, financieros, religiosos, partidistas y de clase que ejercen un enorme dominio sobre el aparato judicial; el caso Millet en Catalunya y el caso Púnica en España son un ejemplo de ello. El enorme conservadurismo y corporativismo del estamento judicial es de sobras conocido. Texto: V. Navarro. Recomendado: 'País de pandereta'. Ver: 'Parte II'






10 sept. 2017

Dinero endógeno

Entre las explicaciones de la crisis global hay una que es particularmente favorecida por la teoría convencional o neoclásica. Según esta escuela la crisis se gestó por el mal manejo de la política monetaria y por fallas de mercado. Es una visión basada en una teoría arcaica sobre el dinero y su papel en una economía capitalista.

Para la teoría neoclásica la oferta de dinero en la economía está determinada desde afuera del sistema económico. Los bancos centrales tienen el monopolio de la emisión de billetes y monedas y cuidan que la oferta monetaria guarde una relación estable con la actividad económica. Por eso el neoliberalismo empujó la ideología de la autonomía de los bancos centrales frente a las instancias políticas. Se suponía que así se podría garantizar un manejo responsable de la oferta monetaria. Eso es lo que se denomina la teoría del dinero exógeno (porque es creado por el banco central, desde el exterior del sistema económico). Pero esta visión no tiene casi nada que ver con la realidad. Para decirlo claramente: si realmente la oferta monetaria estuviera a cargo de los bancos centrales, las economías capitalistas habrían dejado de funcionar hace mucho tiempo.
Existe una visión diferente: la teoría de dinero endógeno. En una economía monetaria de tipo capitalista la oferta de dinero está determinada por la demanda: el sistema económico en su conjunto necesita del crédito para reproducirse y crecer. Si se compara el ahorro total con las necesidades de crédito de una economía se puede comprobar fácilmente que el segundo es mucho mayor que el primero.
Las necesidades de recursos para la reproducción del sistema se satisfacen con el crédito que inyectan los bancos al sistema económico. Cuando un banco otorga un préstamo a una empresa, ésta puede pagar sueldos y salarios contra su saldo en la cuenta que le abrió el banco. Ese proceso de creación monetaria corre en paralelo con la creación de ingreso. La oferta monetaria crece y se contrae de acuerdo a las necesidades de la producción y en relación a las expectativas de la demanda agregada.
La competencia inter-capitalista obliga a las empresas a crecer. Si no lo hacen, desaparecen. Para seguir sus planes de expansión utilizan el crédito que les proporciona el sistema bancario. Al final de cuentas, los bancos otorgan crédito cuando consideran que los proyectos son rentables y cuando el deudor ofrece garantías suficientes. Esas expectativas cambian a lo largo del tiempo y con las diferentes fases de los ciclos económicos. Cuando la economía se encuentra en la fase ascendente de un ciclo, los bancos tienen más inclinación para otorgar préstamos. Cuando nos encontramos en la fase descendente del ciclo, los bancos comparten las expectativas negativas sobre el futuro de la economía, cierran la válvula y dejan de proporcionar crédito. Es decir, la actividad de los bancos es pro-cíclica y aumenta la inestabilidad de la economía.
Lo importante es que los bancos pueden emitir unidades monetarias (es decir, unidades que sirven de medio de pago y de reserva de valor). Los bancos comerciales privados no están constreñidos por el monto de depósitos que han podido captar del público. Este es un punto muy importante que causa gran confusión. La causalidad está invertida: cuando se otorga un préstamo, el banco abre una cuenta con un saldo positivo (por el monto del crédito). Por eso se dice que los préstamos crean los depósitos y no al revés. El prestatario deberá retornar al banco el principal y los intereses en dinero de alto poder o títulos con gran liquidez.
Esto nos regresa al tema de los bancos centrales. Estas entidades emiten lo que constituye la base monetaria: billetes y monedas en circulación (en manos del público o en reservas en los bancos privados). Los títulos monetarios que emiten los bancos comerciales son deuda y representan un derecho sobre otro tipo de dinero (en general, sobre una suma de dinero base). Los billetes que emite el banco central son diferentes: son algo así como ‘dinero en última instancia’.
La mayor parte de las transacciones en una economía utiliza unidades monetarias emitidas por los bancos privados. Pero para algunas operaciones se requieren billetes o dinero de alto poder. Por eso se llegaron a imponer requerimientos de reservas prudenciales para evitar situaciones en las que el banco no pudiera hacer frente a una demanda de monedas y billetes de la base monetaria. Pero las reservas son dinero ocioso, los bancos inventaron métodos para minimizarlas. En la actualidad, las reservas han dejado de jugar un papel importante en los esquemas de regulación bancaria.
El poder de creación monetaria no debe estar en manos de entidades preocupadas por su tasa de rentabilidad. La regulación bancaria basada en un diagnóstico equivocado sobre el funcionamiento de los bancos no sirve, como lo demuestra la explosión de la crisis financiera global. Se necesita establecer un verdadero control democrático sobre la creación monetaria.

Macroeconomía y teoría monetaria


Hemos recibido muchas solicitudes de explicaciones más detalladas sobre el tema de las operaciones de los bancos. Esta expresión de interés es buena: un pensamiento político de oposición al neoliberalismo no podrá ofrecer alternativas sin una comprensión cabal del funcionamiento de una economía monetaria en el capitalismo contemporáneo.
La teoría económica convencional sostiene que los bancos desempeñan una simple función de intermediación. Reciben depósitos de los ahorradores y les pagan una tasa de interés. Prestan esos mismos recursos a los agentes que quieren invertir en una empresa productiva o adelantar una decisión de consumo. Del diferencial de tasas de interés provienen las ganancias de los bancos. Según esta narrativa, para evitar abusos las autoridades monetarias imponen requisitos a los bancos, como el mantenimiento de reservas prudenciales e índices de capitalización elevados.
Según la macroeconomía estándar el banco central emite billetes y monedas: es la base monetaria o ‘dinero de alto poder’. ¿Cómo se explica que la base monetaria sea un porcentaje muy pequeño (normalmente no mayor a 7 por ciento) de la oferta monetaria total? Se dice que la oferta monetaria total es un múltiplo de la base monetaria porque los bancos prestan una parte de los depósitos recibidos, guardando como reserva una parte de los depósitos. Y normalmente los préstamos otorgados por un banco son depositados en otros bancos que, a su vez, proceden a realizar nuevos préstamos manteniendo una parte de los depósitos en reserva. En esta serie de operaciones actúa un multiplicador de la suma inicialmente depositada (en términos técnicos, el multiplicador monetario es el inverso de la razón entre la base monetaria y la oferta monetaria total). Por eso la base monetaria es una muy pequeña parte de la oferta monetaria total.
Todo lo anterior es un cuento de hadas que poco tiene que ver con la realidad. Afortunadamente hoy contamos con una radiografía nítida de lo que realmente acontece en el sistema bancario. Lo primero que hay que tomar en cuenta es que los bancos no necesitan depósitos para realizar préstamos. La causalidad está invertida: cuando el banco otorga un crédito, establece un saldo positivo en la cuenta del prestatario tal y como si éste hubiese realizado un depósito por el monto del crédito. Por eso los autores post-Keynesianos señalan que “los préstamos hacen los depósitos”.
Al crecer el sistema bancario, los títulos emitidos por los bancos comerciales privados ganaron aceptación como medios de pago. Hoy la mayor parte de las transacciones en una economía capitalista se realiza a través de cheques y saldos electrónicos en las cuentas de los bancos privados. Así, los retiros y depósitos constituyen un flujo constante de operaciones interbancarias y por ello, la posición de liquidez de un banco no depende de los ahorros recibidos en su actividad de captación bancaria. Los retiros de sus clientes son compensados con pagos de los clientes de otros bancos. 

Las operaciones de los bancos no están constreñidas por los depósitos

Para decirlo de otro modo, un préstamo comienza su vida presentándose como un depósito a los ojos del prestatario. Decir que los bancos ofrecen préstamos es sinónimo de decir que los bancos ofrecen depósitos. Y cuando los documentos que respaldan esos depósitos son aceptados en todas las transacciones monetarias, los bancos están efectivamente creando dinero.
¿Por qué no crece el dinero así creado hasta el infinito? Porque el dinero creado por un banco al otorgar un crédito se extingue cuando el crédito es pagado. Así funciona el circuito monetario. El dinero que crean los bancos es una promesa de pago aceptada como dinero para todo tipo de transacciones. Pero los que reciben un crédito están obligados a repagar y por ello deben operar en la economía no bancaria (el sector real) para reunir los medios de pago necesarios (dinero base o títulos bancarios aceptables por el banco que le otorgó el crédito).
¿Cuál es el papel del banco central? El banco central tiene como prioridad mantener la liquidez del sistema bancario y guardar la estabilidad financiera. Por eso se adapta a la demanda de reservas que le hace el sistema bancario. Así, las variaciones en la base monetaria no son lo que determina la oferta monetaria. Al contrario, las variaciones en la oferta monetaria imponen cambios en la base monetaria. Los bancos centrales no controlan la oferta monetaria.
Esto quiere decir que los cambios en la oferta monetaria no están determinados de manera exógena por las operaciones del banco central (a través de sus operaciones de mercado abierto). No importa que tan estrictas sean las reglas sobre reservas, los bancos privados otorgarán todos los préstamos que necesite la economía siempre y cuando encuentren un proyecto rentable con garantías adecuadas. Después pedirán reservas al banco central y éste organismo no podrá negárselas. Texto: A. Nadal. VER: FINANCIEROS & DEMÓCRATAS

La lógica del sistema económico capitalista

Los economistas clásicos definían a la economía como la ciencia social que se ocupa de estudiar el modo por el cual una sociedad se organiza para llevar a cabo los tres momentos económicos básicos: la producción, la distribución y el consumo. La producción es el elemento principal de todos ellos, pues nada puede ser distribuido o consumido si antes no es producido, pero requiere previamente el uso de recursos primarios. Es decir, para iniciar un proceso cualquiera de producción es necesario que estén disponibles tanto los recursos naturales que se transformarán en el producto material final como la fuerza humana capaz de llevar a cabo tal transformación. Una vez este proceso da como resultado una producción material, entonces se procede a su distribución y su consumo final. Las múltiples formas en las que se pueden articular estos momentos o procesos económicos definen el tipo de sistema económico.

A lo largo de la historia toda sociedad humana ha encontrado diferentes formas para organizarse económicamente, lo que quiere decir que ha optado por distintas articulaciones de los procesos de producción, distribución y consumo. Así, se han dado en la historia muchos tipos diferentes de sistemas económicos (feudalismo, capitalismo, socialismo, etc.), a la vez que dentro de los mismos han existido también un gran número de variedades. Y cada sistema económico ha tenido no sólo una forma concreta de articular la producción, la distribución y el consumo sino que también ha tenido sus propias leyes de reproducción, esto es, sus propias normas internas que permiten que el sistema económico continúe operando.
El sistema económico que hoy es dominante a nivel mundial es el capitalismo, y también tiene sus propias leyes internas. La principal de ellas es su necesidad de crecer continuamente, cueste lo que cueste. Eso significa que necesita incrementar la producción material siempre en una escala mayor a como lo hizo en el período inmediatamente anterior. Y si no lo hace el sistema entra en crisis. Puede detener su crecimiento durante períodos cortos de tiempo, pero no puede interrumpir ese crecimiento de forma permanente sin colapsar. De la misma forma que cuando uno va en bici puede dejar de pedalear durante un tiempo breve pero no puede hacerlo de forma continuada sin venirse finalmente al suelo. El crecimiento económico es, por tanto, el corazón del sistema económico imperante.
Sin embargo, no todos los sistemas económicos han tenido esa propiedad de tener que crecer ininterrumpidamente. De hecho, hasta el advenimiento del sistema económico capitalista la sociedad humana había encontrado múltiples sistemas económicos que no necesitaban en modo alguno el crecimiento económico para su sobrevivencia (ni la del sistema ni la de la sociedad misma). Lo que interesa entonces es preguntarse por qué el capitalismo sí lo necesita.

La razón la encontramos en el propio motor del sistema: la ganancia. La ganancia es el elemento estimulador del sistema, sin el cual éste se viene abajo. Dado que una de las propiedades fundamentales del capitalismo es la existencia de propiedad privada (lo que significa que los medios de producción –las empresas– tienen dueños individuales) entonces debe garantizarse que los propietarios de esas empresas reciben una recompensa en forma de ganancia por haber arriesgado su dinero durante el primer momento económico: la producción. Así, los capitalistas individuales ponen su capital en juego, adquiriendo los recursos primarios (materias primas, maquinaria y trabajadores), e inician la producción con la esperanza de que al final de todo el proceso puedan vender la producción y obtener una ganancia. Si no lo consiguen finalmente entonces quiebran y no vuelven a contratar trabajadores (por lo cual se incrementa el desempleo) y la actividad económica se detiene.

Si por el contrario el capitalista obtiene una ganancia entonces tiene que elegir entre destinarla de nuevo a la producción, arriesgándola de nuevo, o destinarla a otros fines (por ejemplo, el consumo de lujo). El hecho de que opte por una u otra vía está determinado básicamente por dos factores: la ganancia esperada y la competencia, y ambos están interrelacionados. Si el capitalista espera recibir más ganancia al invertir su ganancia pasada entonces tendrá incentivos para hacerlo. Pero además, puede ocurrir que necesariamente se vea obligado a hacerlo presionado por la competencia. Y esto es lo que verdaderamente ocurre en el capitalismo todos los días.
En efecto, el capitalista individual se ve obligado a invertir de nuevo su ganancia (lo que en economía se llama acumulación) para poder mejorar su proceso de producción y evitar ser destruido por la competencia. Esto es así porque si el capitalista A no invirtiera de nuevo su ganancia y simplemente se preocupara de restaurar los gastos en recursos primarios (reponer la materia prima, mantener las máquinas y pagar a los trabajadores) y sin embargo su competidor, el capitalista B, sí lo hiciera e invirtiera en mejorar la maquinaria y el proceso de producción en su conjunto, entonces el capitalista A se vería expulsado del negocio. El capitalista B podría conseguir mejor tecnología y podría vender los productos a un precio más bajo, haciendo que los compradores que antes compraban al capitalista A ahora lo hicieran al capitalista B. Eso provocaría pérdidas al capitalista A y desaparecía su ganancia y, con ella, su negocio. La presión de la competencia, por tanto, empuja a todos los capitalistas a acumular.
Por lo tanto, nos encontramos ante un sistema económico, el capitalismo, que una vez se ha puesto en marcha es imparable y cuya razón de ser es la acumulación, esto es, el crecimiento económico, y la ganancia que lo estimula.
El afán de acumular es una característica propia del capitalismo. Pero no así de otros sistemas económicos previos que han permitido a la sociedad humana sobrevivir en otras condiciones distintas a las actuales.
En la terminología económica al proceso por el cual un sistema económico amplía sus capacidades productivas mediante la acumulación se le llama “reproducción ampliada”. Sin embargo, existe también la noción de “reproducción simple”, la cual hace referencia a los sistemas económicos que al final del proceso productivo únicamente destinan las ganancias a restaurar lo gastado, pero sin invertir nada más allá de ese nivel. Este segundo tipo de reproducción económica es propia de sociedades precapitalistas.
Muchas de estas sociedades sólo producían aquello que consideraban necesario de acuerdo con sus propios criterios sociales, dedicando el resto del tiempo del día a otras tareas. Y si se producía algún avance técnico espontáneo, alguna mejora en los procesos de producción resultado de la creatividad o del azar, entonces las sociedades mantenían su nivel de producción y ampliaban su tiempo libre. De hecho, en otras culturas “cuando la naturaleza les favorecía, con frecuencia permanecían en el estado idílico de los polinesios o de los griegos homéricos, entregando al arte, al rito y al sexo lo mejor de sus energías”.
Por lo tanto, estas sociedades que limitaban sus necesidades a través de su propia cultura entendían las innovaciones tecnológicas y organizaban su tiempo y su producción de una forma muy distinta a la que nosotros, bajo el sistema económico capitalista, lo hacemos actualmente. Hoy, por las propias leyes del capitalismo, cualquier innovación técnica (que incrementa lo que en economía se llama productividad: producción por hora o por trabajador) no promueve un mejoramiento de las condiciones de vida sino que inmediatamente se incorpora a las ruedas de la bicicleta capitalista como un elemento más que contribuye a pedalear más rápido.
Fue precisamente la expansión del capitalismo, y particularmente su supremacía militar, la que creó el escenario actual en el que vivimos. Y fueron los economistas convencionales quienes proporcionaron los escritos que justificaron este nuevo sistema económico y su lógica.
Texto: E Garzón publicado en 'Hablando República' el 20 de Agosto de 2013

5 sept. 2017

El gobierno de los ladrones

El nuestro es un mundo de impunidad. Las acusaciones de corrupción rodearon a la FIFA durante decenios y acabaron, hace dos semanas, con detenciones en masa de altos cargos de la institución. Sin embargo, el presidente de la FIFA, Sepp Blatter, fue reelegido, incluso después de las detenciones. Sí, al final Blatter dimitió, pero sólo después de que él y docenas de miembros de la Federación mostraran una vez más su desdén a la honradez y a la ley. 

Vemos esa clase de comportamiento por todo el mundo. Pensemos en Wall Street. En 2013 y 2014, JPMorgan Chase pagó más de 20.000 millones de dólares en multas por infracciones financieras; sin embargo, el director gerente se llevó a su casa 20 millones de dólares de retribución en 2014 y 2015. O pensemos en los escándalos de corrupción en Brasil, España y muchos otros países, en los que los gobiernos siguen en el poder aun después de que se haya revelado un gran nivel de corrupción dentro del partido gobernante.
La capacidad de quienes ejercen un gran poder público y privado para violar la ley y las normas éticas a fin de lucrarse es una de las más flagrantes manifestaciones de desigualdad. Los pobres reciben sentencias a cadena perpetua, mientras que los banqueros que afanan miles de millones reciben invitaciones a las cenas de Estado en la Casa Blanca. Una famosa coplilla de la Inglaterra medieval muestra que no se trata de un fenómeno nuevo:

La ley encierra al hombre o la mujer
que roba un ganso de la dehesa,
pero deja libre al mayor canalla,
el que le roba la dehesa al ganso.

Los mayores ladrones actuales son los que están robando los bienes comunes modernos: saqueando los presupuestos estatales, degradando el medio ambiente natural y aprovechándose de la confianza pública. En el caso FIFA podemos encontrar algunos actores familiares: cuentas bancarias secretas en Suiza y en el paraíso fiscal de las islas Caimán, empresas ficticias, en fin: todos los accesorios financieros concebidos literalmente para proteger a los ricos del examen y de la ley.
En este caso, el FBI y el Departamento de Justicia de los Estados Unidos han cumplido con su deber, pero lo han hecho, en parte, penetrando en los turbios mundos del secretismo financiero creado y protegido por el Congreso y el Tesoro de EE UU. (siempre protectores de los paraísos fiscales del Caribe).
En algunas sociedades y en algunos sectores económicos, la impunidad es ahora tan omnipresente, que se la considera inevitable. Cuando se acaba considerando “normal” de forma generalizada el comportamiento impropio de los dirigentes políticos y empresariales, la opinión pública no lo castiga, lo que refuerza su carácter de normal y crea una “trampa de impunidad”.
La situación en el sector bancario mundial es particularmente alarmante. Un reciente estudio de las actitudes éticas del sector de los servicios financieros de los EE.UU. y del Reino Unido ha mostrado que ahora el comportamiento impropio e ilegal está considerado, en efecto, omnipresente. Un 47 por ciento de quienes respondieron dijo que era probable que sus competidores hubiesen llevado a cabo actividades impropias e ilegales.
Mientras, la generación más joven ha aprendido la lección: el 32 por ciento de los encuestados que llevaban menos de 10 años empleados en el sector financiero dijeron que, si no hubiera posibilidad de que ser detenidos, aprovecharían su información privilegiada para ganar 10 millones de dólares.
Sin embargo, no todas las sociedades ni todos los sectores están presos en una trampa de impunidad. Algunas sociedades –las más destacadas de las cuales son las escandinavas– mantienen la esperanza de que los funcionarios públicos y los dirigentes empresariales actúen ética y honradamente. En esos países, los ministros se ven obligados a dimitir por infracciones menores que en otros países parecerían triviales.
La de convencer a los ciudadanos americanos, rusos, nigerianos o chinos de que la corrupción se puede en verdad controlar podría parecer una tarea fútil, pero el objetivo es digno del empeño, porque la evidencia resulta abrumadora: la impunidad no es sólo moralmente nociva, sino también económicamente costosa y profundamente corrosiva para el bienestar.
Estudios recientes han mostrado que, cuando existe una “confianza generalizada” en la sociedad, los resultados económicos son mejores y la satisfacción vital es mayor. Entre otras razones, resulta más fácil concertar acuerdos comerciales y aplicarlos eficientemente. No es casualidad que los países escandinavos figuren entre los más felices y prósperos del mundo año tras año.
Así, pues, ¿qué se puede hacer para superar la trampa de la impunidad? Una parte de la respuesta es, naturalmente, la imposición de la observancia de la ley (como en el caso de los procesamientos de la FIFA) y la protección de los denunciantes. Sin embargo, no basta; las actitudes públicas también desempeñan un papel importante.
Si el público expresa desprecio y repugnancia por los banqueros que engañan a sus clientes, por los ejecutivos de empresas petroleras que destrozan el clima, por los funcionarios de la FIFA que respaldan las comisiones ilegales y los políticos que adulan a todos ellos a cambio de fondos para campañas electorales y sobornos, la ilegalidad para unos pocos no puede llegar a ser la norma. El desdén público tal vez no pusiera fin inmediatamente a la corrupción, pero puede hacer menos agradable la vida de los que están robando los bienes públicos a todos los demás.
Aun así, podemos formular una pregunta aún más sencilla. ¿Por qué son agasajados esos mismos banqueros por el presidente Barack Obama, invitados a brillantes cenas de Estado y reverentemente entrevistados por los medios de comunicación? Lo primero que una sociedad puede y debe hacer es denegar la respetabilidad a los dirigentes políticos y empresariales que abusan deliberadamente de la confianza pública. Texto: J. Sachs.

1 ago. 2017

El Patrón oro

Como se sabe, el petróleo ha caído por debajo de los 70 dólares el barril por primera vez desde junio de 2010. Solo el día de Acción de Gracias en EEUU cayó un 6% en 24 horas. El precio del crudo se ha reducido más del 25% en los últimos tiempos. La gente está contenta de que la gasolina esté barata (sic), pero lo que está detrás es muy preocupante. El portal Business Insider atribuyó la reciente caída en los precios del petróleo, entre otras cosas, a un exceso de oferta global. Pero esto es lo que la Reserva Federal quiere hacernos creer. Acabando la Segunda Guerra Mundial, el petrodólar reemplazó al modelo estándar de precios basados en el oro en EEUU. El problema es que, actualmente, EEUU tiene una deuda aplastante, y el modelo estándar de precios basados en el oro lo abandonó hace mucho tiempo. Hasta hace muy poco, si una nación quería comprar crudo tenía que comprar dólares a la Reserva Federal para completar la compra. Si se produce una desestabilización, ya sea en el precio del petróleo o en el valor del dólar, ambos se derrumban. Ante esto, los BRICS han hecho una gigantesca inversión en oro bajo el liderazgo de Putin. Hace dos años China inició la compra de petróleo iraní en oro. India ha seguido el ejemplo, como también los rusos. Los días del “petrodólar” están contados; por tanto, también el respaldo al dólar. Los BRICS están negociando el oro entre ellos y todos van a abandonar el dólar a la vez. Si la Reserva Federal se derrumba, el holocausto económico resultante hará que EEUU sea una nación irreconocible dentro de poco tiempo. Y las más grandes fortunas del país se irán por el retrete de un día para otro. Las acusaciones occidentales contra Putin tradicionalmente se centran en el hecho de que sirvió en el KGB. Y añaden que es un hombre austero, autoritario y demás lindezas; muy del estilo de los corruptos dirigentes occidentales, para los que Putin tiene la culpa de todo. Sin embargo, curiosamente, nadie ha acusado a Putin de falta de inteligencia. Cualquier ataque contra Putin suele ir acompañado de un reconocimiento de su capacidad para el pensamiento analítico y para tomar de inmediato decisiones políticas y económicas claras y ajustadas. Los medios de comunicación occidentales a menudo comparan esto con la capacidad de Putin para jugar a una especie de ajedrez relámpago. La evolución reciente de la economía de EEUU -y Occidente en general- lleva a la conclusión de que, al menos en esta parte del juicio sobre Putin, los medios occidentales tienen toda la razón. A pesar de la monserga triunfante de Fox News y CNN, hasta la fecha, la economía de Occidente, liderada por EEUU, ha caído en la trampa de Putin. La posibilidad de que Occidente salga de la actual crisis económica estructural no se ve por ningún sitio. Y cuanto Occidente más está tratando de escapar de esta trampa, menos remedios encuentra. ¿Qué es lo verdaderamente trágico de la situación de Occidente y EEUU? ¿Y por qué todos los medios de comunicación occidentales y los economistas occidentales silencian este aspecto, como si fuera un importante secreto militar? Vamos a tratar de entender la esencia de los acontecimientos en este momento desde el punto de vista de la economía, dejando de lado los aspectos morales y la geopolítica.

Después de darse cuenta de su fracaso en Ucrania, Occidente, encabezado por EEUU, estableció el objetivo de destruir la economía rusa a través de una caída de los precios del petróleo y, de paso, del gas, una de las principales fuentes de ingresos del presupuesto de Rusia y la principal fuente de reservas de oro. La última vez que el gobierno de Reagan, junto al resto de Occidente, redujo los precios del petróleo consiguieron sus objetivos y provocaron el colapso de la URSS. Pero la historia ahora no se repite. En este momento, Occidente tiene enfrente a Putin, un judoka y jugador de ajedrez, que sabe utilizar las fuerzas del adversario para volverlas en su contra y atacar con un costo mínimo de sus propias fuerzas y recursos. La política real de Putin no se dirige a lo espectacular, sino a la eficiencia. Muy pocas personas entienden lo que Putin está haciendo en este momento. Y casi nadie sabe lo que va a hacer en el futuro. Por mucho que pueda parecer extraño, la realidad es que ahora Putin vende petróleo y gas rusos sólo a cambio de oro físico. Putin no lo grita a voces a todo el mundo. Y, por supuesto, sigue aceptando dólares como un medio provisional de pago. Pero de inmediato cambia todos los ingresos de la venta de petróleo y gas en dólares por oro físico. Para entender esto, basta con ver la dinámica de crecimiento en la estructura de las reservas de oro de Rusia y comparar estos datos con los ingresos en moneda rusos procedentes de las ventas de petróleo y gas para el mismo período. En el tercer trimestre del presente año, la compra de oro físico por Rusia estaba en un máximo histórico, un nivel récord. En el tercer trimestre de este año Rusia ha comprado la increíble cantidad de 55 toneladas de oro. ¡Esto es más que lo que han comprado (según cifras oficiales) los bancos centrales de todo el mundo juntos! En total, los bancos centrales de todo el mundo han comprado en el tercer trimestre de 2014 93 toneladas del metal precioso. Fue el decimoquinto trimestre consecutivo de las compras netas de oro de los bancos centrales. De las 93 toneladas de compras de oro de los bancos centrales de todo el mundo durante este período, 55 toneladas se fueron a Rusia. No hace mucho tiempo los expertos británicos llegaron a la misma conclusión que se publicó hace unos años en un Dictamen del USGS. A saber: Europa no puede sobrevivir sin los suministros energéticos procedentes de Rusia. Lo que traducido quiere decir: “El mundo no puede sobrevivir si el saldo de la oferta energética mundial depende de los suministros de petróleo y gas de Rusia.” Por lo tanto, todo el orden económico mundial construido en base a la hegemonía del petrodólar está en una situación catastrófica. Como Occidente no puede sobrevivir sin los suministros de petróleo y gas de Rusia, no puede evitar que el petróleo y gas de Rusia sea vendido a Occidente solo a cambio de oro físico. Y Rusia puede hacerlo debido a los precios actuales del oro, presionado a la baja, por las buenas o por las malas, por el mismo Occidente. Es decir, gracias a unos precios del oro que se han reducido artificialmente por la FED para inflar artificialmente, a través de la manipulación del mercado, el poder adquisitivo del dólar estadounidense. Dato interesante: La supresión del departamento especial del Gobierno de los Estados Unidos – FSE (Fondo de Estabilización Cambiaria) reduce los precios del oro, con el fin de estabilizar el tipo de cambio del dólar estadounidense.
En el mundo financiero, se da por sentado el postulado de que el oro es el anti-dólar.
– En 1971, el presidente estadounidense Richard Nixon cerró la “ventana del oro”, poniendo fin al cambio dólar-oro, garantizado desde el año 1944 en los acuerdos de Bretton Woods.
– En 2014, el presidente ruso, Vladimir Putin, abrió una “ventana del oro”, sin prestar atención a lo que piensan y hablan de ello en Washington.
Ahora es Occidente quien tiene que realizar esfuerzos y dedicar recursos para suprimir el cambio oro con petróleo para, de esta manera, por un lado distorsionar la realidad económica existente a favor del dólar estadounidense, y por otro, intentar destruir la economía rusa que se niega a jugar el papel de vasallo obediente de Occidente. En este momento, los activos como el oro y el petróleo se debilitaron artificialmente y se encuentran excesivamente infravalorados frente al dólar estadounidense. ¿Cuál es la consecuencia de ese enorme esfuerzo económico por parte de Occidente? Pues que Putin vende recursos energéticos rusos a cambio de los artificialmente reforzados dólares. Pero de  inmediato se compra oro, cuyo precio es artificialmente bajo frente al dólar estadounidense ¡gracias a los mismos esfuerzos de Occidente! Hay otro punto interesante en la partida de Putin. Es el uranio que Rusia vende también en dólares. Por lo tanto, a cambio del petróleo, el gas y el uranio de Rusia, Occidente paga dólares estadounidenses  -cuyo valor está inflado artificialmente frente al petróleo- y Rusia compra oro, cuyo precio está reducido artificialmente por el mismo Occidente.  Putin utiliza el dólar sólo para cambiarlo por el oro físico de Occidente. Esto es, realmente, una brillante táctica económica de Putin que pone a Occidente, encabezado por los EEUU, en la posición de esa serpiente agresiva que se va devorando a sí misma por su propia cola. La idea de esta trampa económica contra Occidente probablemente no ha sido de Putin. Lo más probable es que la idea haya sido de su asesor sobre temas económicos, el  académico Glaziev. Por eso aparece Glaziev, funcionario del gobierno, junto con muchos hombres de negocios rusos, incluido por Washington en las listas de sancionados por Occidente. Para colmo, las ideas del académico Glaziev, brillantemente puestas en práctica por Putin, cuentan con el apoyo total de sus colegas de la China de Xi Jinping. De particular interés en este contexto es la declaración de noviembre de la primera vicepresidente del  Banco Central de la Federación de Rusia, Ksenia Yudaeva, que hizo hincapié en que el Banco Central de Rusia puede utilizar el oro de sus reservas para pagar las importaciones si fuera necesario. Obviamente, en términos de sanciones por parte del mundo occidental, esta declaración va dirigida a los BRICS y especialmente a China. Para China, la voluntad de Rusia de pagar bienes con oro occidental es muy práctica. He aquí por qué: China anunció recientemente su intención de aumentar sus reservas de oro expresadas en dólares estadounidenses. Teniendo en cuenta el creciente déficit comercial entre los EEUU y China (la actual diferencia es de cinco veces en favor de China), esta declaración se traduce en el lenguaje financiero como: “China deja de vender sus productos por dólares”. Y la pregunta no es si China se niega literalmente a vender sus bienes por dólares estadounidenses. China, por supuesto, seguirá aceptando dólares estadounidenses como un medio provisional de pago por sus bienes. Pero, tomando dólares, China inmediatamente buscará deshacerse de ellos y sustituir al dólar en la estructura de sus reservas por oro por otra cosa. Lo contrario carece de sentido para las autoridades monetarias de la República Popular China”. Es decir, China no va a comprar más de lo recaudado en dólares con el comercio con cualquier país. Por lo tanto, China reemplazará todos los dólares que iba a recibir por sus productos no sólo de los EEUU sino también, en general, de todo el mundo por otra cosa, “no aumentar sus reservas de oro expresadas en dólares estadounidenses.” Y aquí surge la pregunta más interesante: ¿con qué piensa China reemplazar sus excedentes en dólares? ¿En qué tipo de moneda o activo? El análisis de la actual política monetaria de China muestra que lo más probable es que los dólares provenientes del comercio, o una parte significativa de ellos, China los reemplazará -y, de hecho, ya lo está haciendo- por oro. Recientemente, en los medios han aparecido noticias que van en la dirección expuesta. Aprovechando la caída del precio del oro en el mercado mundial, el Banco Popular de China podría haber comprado grandes cantidades de este metal en un intento de diversificar sus reservas, sugieren expertos. El Banco Popular de China asegura que las reservas de oro de la nación se sitúan en las 1.054 toneladas. Sin embargo, diversos analistas aseguran que el gigante asiático está comprando oro clandestinamente. Uno de ellos es Alasdair Macleod, columnista del sitio web Gold Money. En su opinión, la demanda de oro en China alcanzó en 2013 las 4.843 toneladas, casi cuatro veces la cantidad contabilizada oficialmente por la Asociación China del Oro. Por su parte, el analista Koos Jansen subraya que la cantidad oficial de 1.054 toneladas de oro es una gran subestimación, como recoge el portal Want China Times. A su juicio, China se ha propuesto dominar el mercado aurífero y lo está logrando, sobre todo, gracias a los bancos centrales occidentales. Asimismo indica que el país asiático ha importado entre 8.000 y 9.000 toneladas de oro desde 1995. Si esta cantidad se hubiera puesto bajo custodia del Banco Popular de China, la cifra oficial de reservas de oro de China estaría al mismo nivel que la de EEUU, agrega. En este aspecto, las relaciones ruso-chinas son extremadamente buenas tanto para Moscú como para Pekín. Rusia compra bienes directamente de China con oro a su precio actual. Y China compra energía rusa con oro a su precio actual. En esta complicidad ruso-china están los productos chinos, la energía de Rusia, y el oro como medio de pago. Fuera de esta complicidad se ha quedado un actor: el dólar estadounidense, debido a que el dólar no es más que un instrumento financiero intermedio y entre los dos socios han decidido excluirlo. El énfasis en el término “oro físico” se hace porque, a cambio de su energía, Rusia retira de Occidente oro, pero sólo en la forma de oro físico, en lugar de oro-papel. También lo hace China, retirando de Occidente oro físico como medio de pago para la entrega de sus productos. Occidente esperaba que Rusia y China aceptaran como pago por su energía y todo tipo de bienes el llamado shitcoin (“oro papel”), pero Rusia y China no lo han aceptado como un medio de pago final y sólo están interesados ​​en el oro físico. Con la aplicación del mecanismo de retirada activa de oro artificialmente bajo en el mercado de Occidente, a cambio de otro activo financiero artificialmente alto (dólares estadounidenses), Putin ha iniciado la cuenta atrás de la hegemonía mundial del petrodólar. Por lo tanto, Putin está poniendo a Occidente contra las cuerdas dentro de cualquier perspectiva económica positiva. Occidente puede dedicar sus esfuerzos y recursos para aumentar artificialmente el poder adquisitivo del dólar, bajar los precios del petróleo y reducir artificialmente la capacidad de compra de oro. El problema para Occidente es que las existencias de oro físico a su disposición no son ilimitadas. Por lo tanto, cuanto más devalúa el petróleo y el oro frente al dólar estadounidense, más rápidamente pierde el oro de sus reservas, que no es infinito. En la partida económica de Putin, las reservas de oro físico de Occidente están fluyendo rápidamente hacia Rusia, China, Brasil, Kazajstán y la India -los países BRICS-. A partir de ahora, Occidente simplemente no tendrá tiempo para hacer nada contra la Rusia de Putin mientras colapsa el petrodólar a nivel mundial. En el ajedrez, la situación en la que Putin ha puesto al Occidente liderado por los EEUU es llamada “el apuro del tiempo.” El mundo occidental nunca se había enfrentado al tipo de eventos y fenómenos económicos que están sucediendo en estos momentos. Rusia, con la caída de los precios del petróleo, compra rápidamente oro. Así, Rusia se ha convertido en una amenaza real para la existencia del modelo americano de dominación mundial por medio del petrodólar. El principio más importante del modelo del petrodólar, que ha permitido a los países occidentales liderados por EEUU vivir a costa del trabajo y de los recursos de otros países y pueblos, se basa en el FOMIN (sistema monetario mundial) en el que domina el papel moneda de los EEUU. El papel del dólar es que es el último medio de pago. Esto significa que la moneda nacional de los EEUU es el último depósito de activos, que puede cambiarse por cualquier otro activo. Lo que ahora están haciendo los países BRICS, encabezados por Rusia y China, es en realidad cambiar el papel del dólar en el sistema monetario mundial. De ser el medio definitivo de pago y de acumulación de activos, la moneda nacional de los EEUU, debido a las acciones conjuntas de Moscú y Pekín, se convierte en sólo un simple medio de intercambio de pago. Debe usarse sólo como medio de pago para el intercambio por otra cosa y, de hecho, el activo financiero final es el oro. Por lo tanto, el dólar se ve privado de su papel como medio final de pago y acumulación de activos, eliminando así el poder que tenía  hasta ahora en la economía mundial. Tradicionalmente, Occidente ha utilizado dos formas de eliminar las amenazas al modelo hegemónico del petrodólar en el mundo y, por tanto, mantener así un privilegio exorbitante para Occidente. Uno de estos métodos ha sido alentar, promover y financiar las llamadas “revoluciones de colores”. El segundo método que aplica por lo general Occidente, si no funciona el primero, es la agresión militar. Pero en el caso de Rusia, ambos métodos son para Occidente imposibles o inaceptables. Porque, para empezar, la población de Rusia, a diferencia de la de muchos otros países, se ha negado sistemáticamente a intercambiar su libertad y el futuro de sus hijos, por los abalorios del oeste que se puedan obtener en ese momento. Esto se hace evidente en la popularidad récord de Putin, señalada regularmente por los medios de Occidente. El opositor a Putin protegido por Washington, Navalny, amigo personal del senador McCain, es percibido por el 98% de la población rusa únicamente como un vasallo de Washington y un traidor a los intereses nacionales de Rusia. Por lo tanto, cualquier revolución de color en Rusia, más aún tras las últimas decisiones legislativas, sería un fracaso seguro para los belicistas occidentales. En cuanto a la segunda forma tradicional de Occidente, la agresión militar directa, Rusia ciertamente no es Yugoslavia, ni Irak, ni Libia. Cualquier operación militar no nuclear contra Rusia, en el territorio de la propia Rusia, está condenada a una derrota aplastante. Y los generales del Pentágono, en el ejercicio de su liderazgo real de las fuerzas de la OTAN, son muy conscientes de esto. Del mismo modo, no hay perspectivas de una guerra nuclear contra Rusia, incluyendo el concepto del llamado “ataque nuclear preventivo”. La OTAN simplemente no ve técnicamente posible dar un golpe tal que desarmara completamente el potencial nuclear de Rusia en sus múltiples formas. La represalia nuclear masiva que seguiría contra las potencias enemigas agresoras hace esta opción inasumible. Y su capacidad total sería suficiente para asegurar que los sobrevivientes envidiarían a los muertos. Es decir, un intercambio nuclear con un país como Rusia es, en principio, inútil para hacer frente a los problemas de colapso mundial del petrodólar. Los economistas occidentales sin duda son conscientes de la profundidad de la tragedia y lo desesperado de la situación a causa de la trampa económica de Putin con el oro. En efecto, desde los tiempos de los acuerdos de Bretton Woods, la regla de oro (nunca mejor dicho) de la economía era: “Quien tiene más oro, establece las reglas.” Pero sobre esto en Occidente todo el mundo guarda silencio. Silencio…porque no se sabe cómo encontrar una salida a esta situación. Y también porque, tal vez, si se le explica a la opinión pública en detalle el desastre económico en curso, la gente se puede preguntar si es necesario mantener a los partidarios de la hegemonía mundial de los  petrodólares. Por tanto:
– ¿Cuánto tiempo podrá mantener Occidente la compra de petróleo y gas de Rusia a cambio de oro físico?
– ¿Y qué pasará con el petrodólar estadounidense después de que Occidente necesite oro físico para pagar por el petróleo ruso, el gas y el uranio, así como para pagar por los productos chinos? 
La respuesta a estas preguntas, aparentemente simples, nadie las puede contestar hoy en día en Occidente.Texto: Dmitry Kalinichenko. Ver: Callejón sin salida

2 jul. 2017

La auténtica información

Me parece fundamental, para ser auténticamente consciente de lo que se oculta tras las apariencias de la política y de la sociedad, establecer dudas de las ideas establecidas que recibimos continuamente, pensar con criterios propios usando nuestra inteligencia para tratar de acercarnos a la verdad.
Ésta, no resulta sencilla de definir ni de formular pero, al menos, creo que es nuestra obligación acercarnos a una explicación exacta. Pienso que es una postura extremista el aislamiento total respecto a los grandes medios de comunicación; es esencial estar informado por muchos frentes, incluidos los controlados por las grandes empresas o instituciones, pero es exigible una mayor crítica con lo que se está leyendo o recibiendo. Es vital, por lo tanto, la continua información -sin la misma, no puede existir democracia-, pero también una crítica constante de la misma; sin el hábito de leer constantemente y hacerlo de manera activa, se prepara el terreno para la manipulación y el embrutecimiento, de tragar con lo que nos echen, de aceptar la realidad tal y como se nos la presenta.Hay que comprender, en primer lugar, que los periódicos generalistas, así como cualquier otro medio de ese tipo, lo que desea es vender ejemplares y formar opinión -quizá, por este orden- por lo que debemos deshacernos de esa idea tan sectaria e ingenua de que un diario u otro representan alguna línea política; tal vez puedan hacerlo en cierto sentido, pero perfectamente ajustada a los parámetros del poder, yo me refiero a que no existe una orientación auténticamente transformadora. Puede ser que trabajen más profesionales “progresistas” en el diario El País, pero considerar que eso suponga una defensa de la clase trabajadora, de los desfavorecidos, resulta disparatado. Es posible que hace tres décadas, cuando la transición abría una etapa esperanzadora, pudiera resultar creíble para muchos tal cosa; patético resulta en la actualidad seguir sosteniendo tal afirmación después de varias legislaturas “socialistas”, con todo un imperio mediático -terrible resulta la idea de alguien que solo se informe por medio de un diario, una radio o una cadena de televisión, concentradas en las mismas manos- puesto al servicio de un partido que todavía conserva la palabra obrero en sus siglas y la instauración de otra democracia burguesa más en este país -sí, burguesa, no hay que tener miedo a las palabras y no temo que me acusen de usar una terminología anacrónica; recomiendo a los excépticos que echen un vistazo a la definición de la palabra “burgués” y observarán cómo somos capaces de tragarnos el cuento y formar parte del sistema-.Nuestra democracia formal no utiliza ya, como en otras formas de gobierno, claros instrumentos de coerción sino que el asunto se vuelve mucho más sutil y, en gran medida, bien de forma consciente o por omisión de información, es posible que el aparato estatal se sustente en una continua propaganda incapaz de cuestionar, ni de profundizar, en los problemas políticos o sociales.Por otra parte, los medios de comunicación están muy implicados en la economía capitalista; por esto, defenderán una concepción del mundo ajustada a ella, una continua afirmación de que vivimos en el mejor de los mundos posibles y no existe, por lo tanto, una alternativa política ni económica. Me da la impresión que los profesionales de la información se van adaptando a este esquema y si no existe una censura clara -que no digo que no la haya, estoy seguro de que muchas voces son acalladas de manera sistemática, de una manera o de otra-, sí existe la autocensura del que informa, resultando más perversa, si cabe , ya que la domesticación esta asegurada. Estoy hablando en términos generales; existen voces honestas, independientes y discordantes, ajenas a las estructuras del poder y celosas de su independencia, pero que resultan muy débiles, en el conjunto, para hacer el más mínimo daño.Si alguna vez pudo considerarse que el llamado “cuarto poder” podía criticar desde fuera el funcionamiento político, hoy se ha convertido en un poder más que defiende sus propios intereses y, coyunturalmente, los de alguna opción política que le garantice su parte del pastel. No me olvido de los medios propiedad de la institución católica, garantes, según afirman en sus últimas promociones, de una información libre, pero lo que defienden y afirman, en numerosas ocasiones, me parece tan grotesco y carente de sutileza que la cosa habla por sí misma. Recomiendo, eso sí, por favor, a las personas que se consideran católicas en este país, igual que hacía anteriormente generalizando en el conjunto de la sociedad, que sean igualmente críticas y autoconscientes, dejando a un lado las creencias individuales de cada uno, para no dar protagonismo al prejuicio y a la ligereza allí donde se debe profundizar y racionalizar.Otra gran perversión de la información -y del profesional que la maneja- en los tiempos modernos es su conversión en espectáculo, el sensacionalismo que busca acaparar atención a cualquier precio y que conlleva observaciones no contrastadas. Si manipulaciones informativas ha habido siempre, las modernas técnicas digitales suponen que el documento visual, que siempre ha tenido mayor credibilidad, adquiera otra dimensión en cuanto al trucaje de la realidad, situando en una situación de absoluta indefensión a los profanos en la materia. Es necesario mantener una distancia acerca de lo aparente, o sobre lo que nos proporcionan nuestros sentidos, en un mundo donde la primacía de la imagen sobre una investigación sólida y veraz es un hecho.Paralelamente a la confusión informativa, la sociedad de consumo tiende a crear necesidades artificiales para los ciudadanos, de manera individual, lo cual contribuye al aislamiento. Alguien lo definió como la “filosofía de la futilidad” y me parece muy acertada la frase. El mercado, y la publicidad que lo sustenta, convierte a los seres humanos en apáticos, e inconscientes en un sentido político; son pocos los que escapan a esta situación y si lo hacen y combaten lo que consideran perverso es posible que sea después de un proceso de interiorización de muchos de sus valores. No quisiera que mis palabras resulten tremendistas, únicamente que inciten a un continuo análisis de nuestro entorno y cotidianeidad. La información y la educación son primordiales -en todas las etapas de la vida de una persona, pero queda quizá muy marcada por la de sus primeros años- y si los valores académicos resultan ya muy cuestionables, con su reproducción de un sistema ferozmente competitivo y jerarquizado, la abstracción que hace la sociedad de consumo de unos valores sólidos de solidaridad, compasión, o valores humanos en general, resulta determinante -no quiero negar su parte de grandeza y libre albedrío al ser humano, pero tal vez uno de las factores que más influye en él sea el ambiente donde vive y la educación que recibe-.La concentración de recursos y poder no hace fácil la creación de medios alternativos, pero si las personas corrientes nos unimos, creando estructuras de información paralelas, independientes, con un estudio de la realidad, una síntesis de la información adquirida que pueda acercarse a la verdad -junto a las vivencias de las personas, mucho más valiosas-, y una utilización de la técnica no alienante, las cosas pueden cambiar -estoy hablando de la cuestión mediática pero esto es extensible a cualquier otro proyecto- y puede haber una educación recíproca entre personas y pueblos. No existe un gran poder totalitario que todo lo controla, no hay ningún “gran hermano” que nos observe continuamente -al menos, si no se ha interiorizado en el individuo, como sostenían algunas de las teorías del filósofo Foucault-, sino que el poder está lo suficientemente descentralizado para que la tensión libertaria, individual o colectiva, sea posible. Todo régimen, lo eran incluso los más represivos, es susceptible de ser erosionado cuando la presión pública y los movimientos sociales se convierten en importantes, y reclaman su espacio.La irrupción de Internet, con la inmediatez de la noticia y la falta de reflexión que ello conlleva, está yendo paralela a una paulatina desaparición de la calidad de información, además de suponer un peligro mayor para el condicionamiento de las personas. La tecnología es neutral y puede ser fantástico el uso que hagamos de ella pero la apariencia de pluralidad y libertad que supone la red no esconde más que una reproducción de lo que es “la nueva economía”: concentración empresarial -donde el objetivo es vender y vender- e integración en el sistema mediático -donde se confunden la información, el entretenimiento, la cultura, etc.-. Todo ello, como he dicho, en detrimento de una información solida, y con el añadido -más perverso que en los media tradicionales, y con una mayor carga manipuladora- de hacer que la persona pueda resolver todos sus trámites como consumidor de manera inmediata, sin intermediarios, gracias a su ordenador conectado. El caldo de cultivo para la alienación -la distracción, absolutamente banal, que tanto se critica en la televisión, se multiplica en la red- y la manipulación -aquellos hábitos del ciudadano, muchos de ellos ofrecidos artificialmente por la sociedad consumista, se refuerzan en ese gran mercado que es internet- puede estar servido. Jose María Fernández Paniagua. VER: GUERRAS MEDIÁTICAS

9 jun. 2017

La izquierda global

El periodo entre 1945 y 1970 fue uno de extrema alta concentración de capitales a escala mundial y también de hegemonía geopolítica de Estados Unidos. En la geocultura, el liberalismo centrista llegó a su cumbre como ideología gobernante. Nunca antes el capitalismo pareció funcionar tan bien. Esto no habría de durar. El alto nivel de acumulación de capital, que en particular favoreció a las instituciones y al pueblo de Estados Unidos, alcanzó los límites en su capacidad para garantizar el necesario cuasi-monopolio de las empresas productivas.

La ausencia de un cuasi-monopolio significó que por todas partes la acumulación de capital comenzara a estancarse y los capitalistas comenzaron a buscar modos alternativos de sostener sus ingresos. Los principales modos fueron la relocalización de sus empresas productivas en zonas de costo menor y el involucramiento en la transferencia especulativa de capital existente, eso que le llamamos la financiarización. En 1945, solamente el desafío del poder militar de la Unión Soviética pudo enfrentar el cuasi-monopolio geopolítico de Estados Unidos. Para garantizar su cuasi-monopolio, Estados Unidos tuvo que acceder a un arreglo tácito pero efectivo con la Unión Soviética, apodado Yalta. Este arreglo implicó una división del poder mundial, dos tercios para Estados Unidos y un tercio para la Unión Soviética. Acordaron mutuamente no transgredir estos límites y no interferir con las operaciones económicas del otro en su propia esfera. También entraron en una guerra fría, cuya función no era derrocar al otro (por lo menos en el futuro previsible), sino mantener la incuestionada lealtad de sus respectivos satélites. Este cuasi-monopolio también llegó a su fin debido al creciente desafío a su legitimidad por parte de quienes se perdieron debido al statu quo. Además, este periodo fue también uno en que los movimientos anti-sistémicos tradicionales conocidos como la Vieja Izquierda –comunistas, social-demócratas y movimientos de liberación nacional– llegaron al poder estatal en varias regiones del sistema-mundo, algo que había parecido altamente improbable apenas en 1945. Un tercio del mundo estaba gobernado por los partidos comunistas. Un tercio estaba gobernado por partidos social-demócratas (o su equivalente) en la zona pan-europea (Norteamérica, Europa occidental y Australasia). En esta zona, el poder alternaba entre los partidos social-demócratas que profesaban el Estado de bienestar y los partidos conservadores que también aceptaban el Estado de bienestar, aunque con un alcance reducido. Y en la última zona, el llamado Tercer Mundo, los movimientos de liberación nacional llegaron al poder al obtener su independencia en la mayor parte de Asia, África y el Caribe, promoviendo así regímenes populares en la ya independiente América Latina. Dada la fortaleza de los poderes dominantes y en especial Estados Unidos, puede parecer anómalo que los movimientos anti-sistémicos llegaran al poder en este periodo. De hecho, fue lo opuesto. Al buscar resistir el impacto revolucionario de los movimientos anti-coloniales y anti-imperialistas, Estados Unidos favoreció concesiones con la esperanza y la expectativa de traer al poder fuerzas moderadas en estos países que estuvieran dispuestas a operar dentro de las normas aceptadas de comportamiento interestatal. Esta expectativa resultó ser correcta. El punto de quiebre fue la revolución-mundo de 1968, cuyo dramático aunque breve punto álgido entre 1966-1970 tuvo dos resultados importantes. Uno fue el final de la muy larga dominación del liberalismo centrista (1848-1968) como la única ideología legítima en la geocultura. Por el contrario, tanto la izquierda radical izquierdista como la ideología derechista conservadora recuperaron su autonomía y el liberalismo centrista fue reducido a ser solamente una de las tres ideologías en competencia. La segunda consecuencia fue el desafío a escala mundial para los movimientos de la Vieja Izquierda por todas partes, asegurando que la Vieja Izquierda no era anti-sistémica en lo absoluto. Su llegada al poder no había cambiado nada de ninguna importancia, decían los impugnadores. Estos movimientos fueron vistos ahora como parte del sistema que había que rechazar para que por fin tomaran su lugar los verdaderos movimientos anti-sistémicos. ¿Qué pasó entonces? Al principio, la derecha de nuevo afirmativa pareció ganar la partida. Tanto el presidente estadunidense, Ronald Reagan, como la primera ministra de Reino Unido, Margareth Thatcher, proclamaron el fin del desarrollismo dominante y el advenimiento de la producción orientada a la venta en el mercado mundial. Proclamaron TINA, ''there is no alternative''. Que no hay alternativa. Dada la decadencia del ingreso estatal en casi todo el mundo, la mayor parte de los gobiernos buscaron préstamos, que no podían recibir a menos que aceptaran los nuevos términos de TINA. Se les requirió reducir drasticamente el tamaño de los gobiernos y eliminar el proteccionismo, al tiempo de finiquitar los gastos del Estado de bienestar y aceptar la supremacía del mercado. Esto fue llamado el Consenso de Washington, y casi todos los gobiernos acataron este importante viraje de foco. Los gobiernos que no cumplieron fueron derrocados del cargo, lo que culminó en el colapso espectacular de la Unión Soviética. Después de algún tiempo en el cargo, los Estados que sí acataron descubrieron que la prometida alza en el ingreso real de gobiernos y trabajadores no ocurrió. Por el contrario, estos Estados sufrieron las políticas de austeridad impuestas sobre ellos. Hubo una reacción a TINA, marcada por el levantamiento zapatista en 1994, las exitosas manifestaciones de 1999 contra el intento en Seattle de promulgar garantías obligatorias para los llamados derechos de propiedad intelectual, y la fundación en 2001 del Foro Social Mundial en Porto Alegre, en oposición del Foro Económico Mundial, pilar de larga duración de TINA. Conforme la Izquierda Global recuperó fuerza, las fuerzas conservadoras necesitaron reagruparse. Dieron un viraje del énfasis exclusivo en la economía de mercado, y lanzaron su rostro socio-cultural alternativo. De inicio invirtieron mucha energía en asuntos como luchar contra el aborto o promover la conducta exclusivamente heterosexual. Utilizaron tales temas para jalar a sus simpatizantes hacia la política activa. Y entonces ellos recurrieron a la anti-inmigración xenofóbica, abrazando el proteccionismo al que los conservadores económicos se habían opuesto específicamente. Sin embargo, los simpatizantes de los derechos sociales expandidos para todos y el multiculturalismo copió la nueva táctica política de la derecha y exitosamente legitimaron a lo largo de la última década avances significativos en aspectos socio-culturales. Los derechos de las mujeres, los primeros derechos gay y luego el matrimonio gay, los derechos de los pueblos indígenas, todos fueron ampliamente aceptados. Así que ¿dónde estamos? Los conservadores económicos ganaron primero y luego perdieron fortaleza. Los conservadores socio-culturales que les siguieron ganaron primero y luego perdieron fuerza. Y no obstante la Izquierda Global parece desconcertada. Esto ocurre porque todavía no está dispuesta a aceptar que la lucha entre Izquierda Global y Derecha Global es una lucha de clase y que eso debería hacerse explícito. En la crisis estructural en curso en todo el sistema-mundo moderno, que comenzó en los 70 y que probablemente durará otros 30 años, el punto no es reformar el capitalismo, sino el sistema que sea su sucesor. Si la Izquierda Global va a ganar esa batalla, de manera sólida debe aliar las fuerzas contra la austeridad con las fuerzas multiculturales. Sólo reconociendo que ambos grupos representan el mismo fondo de 80 por ciento de la población mundial será probable que puedan ganar. Necesitan luchar contra el uno por ciento de hasta arriba y buscar atraer al otro 19 por ciento de su lado. Esto es exactamente lo que uno quiere decir cuando habla de lucha de clases. Texto: Immanuel Wallerstein

4 jun. 2017

¿De qué hablamos cuando hablamos de izquierda?

El narrador norteamericano Raymond Carver publicó, en los años ochenta, un libro de relatos que llevaba por título De qué hablamos cuando hablamos de amor (Anagrama, Barcelona, 2007). Una mirada poliédrica permitía al lector acercarse al sentimiento amoroso desde ópticas distintas. Detrás, una concepción del mundo (y del amor) no dogmática. Y un objetivo esencial en el que proyectar la mirada: el amor. El concepto izquierda es, también, susceptible de ser abordado desde distintas ópticas y con una mirada poliédrica. Por ello, no he dudado a la hora de apropiarme de una parte del título del libro de relatos de Carver y de adaptar su pregunta a una de las cuestiones de mayor calado que el progresismo, en Occidente pero no sólo, tiene planteada: ¿De qué hablamos cuando hablamos de izquierda?

En España (como parte de la Unión Europea) hay una coincidencia general en tres principios: 1) Salvo abandono de la Unión, no es posible emprender transformaciones del sistema en el ámbito aislado de cada país (algo que, por otro lado, ya fue cuestionado por los clásicos al valorar la posibilidad del “socialismo en un solo país”); 2) Sólo con un cambio de mayoría política en el parlamento europeo que refleje aspiraciones ciudadanas de transformación es posible abrir paso a políticas que pongan en primer plano la recuperación y el desarrollo del Estado del Bienestar; 3) Cualquier avance en esa dirección requiere una profundización de la democracia en todos los planos, lo cual significa la prevalencia de la política por encima de la tecnocracia, el interés de lo público por encima de los intereses privados, es decir, la subordinación de los mercados a los intereses generales y no al contrario.  
Esas tres premisas son básicas para dar respuesta a la gran pregunta del principio. La izquierda representa las aspiraciones de igualdad y de libertad de los ciudadanos, la búsqueda de una sociedad no basada en la lógica del beneficio privado por encima del beneficio colectivo, la construcción de una economía al servicio de la inmensa mayoría y no de la minoría más poderosa.

En Europa, en la última década, lejos de acercarnos a esos objetivos, nos hemos distanciado. Ha crecido la desigualdad, se ha profundizado el abismo entre la Europa del norte y la Europa del Sur, la llamada austeridad ha condenado a la pobreza a millones de ciudadanos, los servicios públicos se han deteriorado y se han abierto rotos más que notables en los sistemas públicos (modélicos durante décadas) de educación, sanidad, pensiones y protección social de los países económicamente menos poderosos, España entre ellos. La Europa social de Jacques Delors ha ido pasando a mejor vida, el impulso reequilibrador que le dio sentido ha perdido fuelle y los nacionalismos pseudofascistas cuando no abiertamente fascistas encuentran un caldo de cultivo sin precedentes en los barrios deprimidos de los alrededores de las grandes ciudades, antaño bastiones de la izquierda, especialmente del voto comunista. Vamos en la dirección de la Europa de los mercaderes y no de la Europa de los ciudadanos. Hacia la Europa del "sálvese quien pueda”, de la ley de la selva y de la impotencia ante las políticas económicas depredadoras. En fin, hacia una Europa que se niega a sí misma. No hacia la Europa ilustrada que soñaron Camus, Heinrich Böll, Milan Kundera, Italo Calvino o Hugo Klaus, entre otros, sino a la Europa del Bundesbank y de las grandes corporaciones financieras.

Ese proceso no hubiera sido posible sin el dominio de la derecha que representa Angela Merkel (digna sucesora de la Tatcher), sin duda, que ha sido el motor y el “alma” de políticas anticrisis basadas casi en exclusiva en salvar a los bancos a cualquier precio aún a costa de destruir empleo, crear pobreza y subempleos indignos y recortar derechos y servicios públicos. Pero probablemente tampoco hubiera sido posible si los partidos socialistas y socialdemócratas no se hubieran dejado impregnar por políticas neoliberales alimentadas por la llamada “tercera vía” de Tony Blair y por el pragmatismo de Schröeder, si no hubieran renunciado a sus principios reequilibradores y a la defensa del Estado del Bienestar, si no hubieran asumido como propios principios que están en las antípodas de su razón fundacional. Millones de ciudadanos, en los más diversos países de la Unión, han comprobado, con desesperanza y cierta carga de ira, que los valedores de sus derechos y de sus sistemas públicos de protección los dejaban desamparados y a merced de poderes ocultos, no elegidos, en gran medida afincados en paraísos fiscales y por completo ajenos a sus aspiraciones y necesidades.
¿Eran políticas inevitables? En mayo de 2010, la prima de riesgo española estaba en 160 puntos, el endeudamiento del Estado no pasaba del 62% del PIB. Y la troika colocó a Zapatero al borde del abismo. Hoy, estamos en la misma prima de riesgo, con un 30% más de deuda pública (bordea el 90% del PIB, algo impensable hace sólo dos años) y la troika afirma que el país “está saliendo de la crisis” y el gobierno Rajoy da palmas con las orejas. Por tanto, relativicemos las cifras. Ya tenemos perspectiva para saber que las medidas que se adoptaron hace cuatro años, con un gran aparato de publicidad tremendista, sólo tuvieron unos beneficiarios: los grandes bancos, hundidos en la burbuja financiera que ellos mismos crearon. Islandia, que dejó caer sus bancos en 2008 porque resultaron ser demasiado grandes para rescatarlos, ha reducido su tasa de paro hasta el 4% y camina con paso firme hacia un 2% con un crecimiento económico para 2014 del 2,7%. Por el contrario, las salidas diseñadas por la troika para Grecia o España han conducido a tasas de desempleo superiores al 25% y a crecimientos negativos de su economía. Cierto que Islandia está fuera de la Unión Europea, que es una economía pequeña, pero… ¿no debería la socialdemocracia europea analizar a fondo el proceso islandés, cuyo gobierno obligó incluso a los bancos a cancelar buena parte de sus deudas hipotecarias para ayudar a hogares y familias, además de dedicar el 7% del PIB a apoyar económicamente a quienes tenían riesgo de deshaucio y todo ello a pesar de que hoy buena parte de los acreedores de sus bancos siguen sin cobrar o intentan renegociar las deudas (“esto no es deuda pública y nunca lo será”, llegó a afirmar su primer ministro)?
Por tanto, la socialdemocracia tiene ante sí el desafío de la autocrítica. Un desafío que, en gran medida, se recoge en su programa a las próximas europeas, pero que debe ir más allá definiendo una política a medio y largo plazo que deje de lado las concesiones al liberalismo y recupere el “reformismo fuerte” y la apuesta por la prevalencia del sector público y por la recuperación del Estado del Bienestar: ahí tienen tajo los millones de militantes socialistas de los distintos países de la Unión para abrir paso a esa concepción en sus respectivos partidos. ¿Esa es la izquierda a la que aludimos al principio? En gran medida sí, pero no solamente, ni mucho menos.
Si partimos de la base de que sólo es posible cambiar las políticas europeas con un gobierno progresista, o de izquierdas, en la Unión, es evidente que éste ha de sustentarse en una mayoría parlamentaria situada a la izquierda. Una mayoría que, para ser eficaz, ha de ser holgada y tener en cuenta su carácter plural, tejiendo una alianza que vaya de la socialdemocracia a los verdes pasando por la izquierda alternativa o “real” y por otras formaciones minoritarias de carácter progresista. Con un programa reformista que deje de sacralizar a los mercados, basado en la prevalencia de lo público, en el empleo y en la recuperación del Estado del Bienestar y la extensión de los derechos civiles, de la democracia, de la transparencia y de la participación ciudadana. No hay otra alternativa.
Frente a ella no sólo está la derecha merkeliana y los sectores más moderados de la socialdemocracia (aquellos que sacralizan el pacto de gobierno en Alemania), también está una izquierda cargada de buena voluntad y mejores deseos pero atravesada por un fuerte subjetivismo.  Hija de los movimientos sociales surgidos del 15-M de un lado y del anarquismo cruzado por cierta nostalgia del socialismo real de otro, plantea un cuestionamiento del sistema democrático de los países occidentales desde un enfoque radical que apenas tiene el respaldo electoral del 3 ó el 4% de la población de algunos de ellos (con la excepción del partido de Grillo en Italia). Sus planteamientos obvian un factor básico: no es posible abrir paso a políticas progresistas sin un colchón de apoyos electorales que vaya más allá del 60% de la ciudadanía, un porcentaje, además, que ha de tener el respaldo de sindicatos y organizaciones sociales y mantenerse movilizado y crítico pero atento a que en los momentos decisivos el adversario principal es la derecha política y económica y no otra cosa.  Si ese factor se infravalora y se considera que sólo la movilización “antipartidos tradicionales” y la identificación de los socialistas con la derecha es el camino, estaremos hablando de una izquierda imposible y de una perspectiva cargada de hermosas utopías pero también de impotencia y de incapacidad transformadora.  Es decir, de nuevos caminos hacia la decepción colectiva. No olvidemos que a la “histórica movilización del 15-M de 2011” no sucedió una marea de izquierdas y de progreso en las instituciones del país. Sucedió todo lo contrario. No porque lo decidieran “los mercados”, sino porque lo decidieron los electores: lamentablemente.
¿De qué hablamos cuando hablamos de izquierda? De la compleja realidad que conforma una mayoría social y política que es crítica con la derecha y consigo misma (a veces, demasiado dura consigo misma), que es plural y viva, que duda y, a la vez, tiene certezas. Una realidad que va de los socialistas y socialdemócratas hasta el ecologismo o los movimientos antisistema, pasando por los comunistas. Sólo esa realidad, poliédrica como el amor de los cuentos de Carver, puede alumbrar una Europa a la medida del ser humano del siglo XXI y no de los mercados. Nos guste o no. Construirla es una tarea ingente que exige mucho rigor, cabeza fría y las mínimas dosis de demagogia. Porque, a diferencia de los cuentos de Carver, no hablamos de literatura. Hablamos de realidad y la realidad suele ser bastante más dura y resistente que cualquier ficción. Texto: Manuel Rico. Ver: Ley de hierro de la oligarquía