3 feb. 2018

Banca y feudalismo

Durante los siglos VIII y XV predominó en Europa un sistema político y económico que ha recibido el nombre de feudalismo. Era un sistema organizado alrededor de la propiedad de la tierra, a cambio de esquemas de vasallaje, protección, trabajo y distribución de la producción agrícola. En la clásica descripción de Marc Bloch, el esquema jerárquico giraba alrededor de los tres estamentos de la sociedad: nobleza, clero y productores del campo. Típicamente los señores feudales, firmemente aposentados en sus castillos, prestaban protección a los productores agrícolas a cambio de trabajo directo o de un tributo que era pagado en especie. 


Entre los habitantes del campo y los poblados las relaciones económicas se llevaban a cabo por medio de mercados, ferias y otros esquemas para los intercambios. La moneda en circulación era emitida, a veces, por autoridades eclesiásticas y, en ocasiones, por reyes o los mismos señores feudales. El trueque sólo predominó cuando había derrumbes institucionales, como al colapsarse el imperio romano o cuando desapareció el imperio de Carlomagno. 


En el feudalismo existía el crédito y algunas dinastías se encargaron de proporcionar préstamos a quienes los necesitaran. Pero esos empréstitos normalmente estuvieron reservados a los poderosos y no eran para el grueso de la población. Una buena parte de los créditos se destinaba a pagar mercenarios y financiar guerras. En esos casos los intereses eran altísimos y podían alcanzar 60 por ciento (como hoy en las tarjetas de crédito). También había préstamos para los grandes comerciantes, quienes ofrecían suficientes garantías. El resto de la población tenía que recurrir a los prestamistas locales para solventar sus necesidades en caso de enfermedad o de alguna otra emergencia. 


Las grandes dinastías de prestamistas operaban con sus corresponsales en diferentes partes de Europa y del Mediterráneo. Así podían ofrecer un valioso servicio a los comerciantes a través del reconocimiento de letras de cambio y otros títulos. Esos grandes prestamistas operaban como banqueros, pero su principal actividad no dependía de la captación de ahorros. Los préstamos que ofrecían eran con recursos propios o que provenían de sus complejas operaciones contables. Eran, por así decirlo, banqueros sin bancos, en el sentido moderno de la palabra. 


Con el advenimiento del capitalismo la actividad crediticia se hizo cada vez más importante y la revolución industrial aceleró el proceso por las escalas de producción. Los bancos se reorganizaron, comenzaron a desarrollar sus funciones de captación de ahorro y sus operaciones expandieron los confines de la acumulación capitalista financiando el consumo. Así, no sólo se expande el tamaño del mercado final para la producción capitalista de mercancías, sino se acortó el tiempo de recuperación del capital. El proceso culmina en el siglo XIX, cuando el grueso de la población pasa a ser considerada sujeto de crédito. La gente común y corriente pasa entonces a ser cliente de los bancos.

Hoy, el nivel de endeudamiento de la población depende de muchos factores, entre los que destaca el ingreso salarial. Bajo el neoliberalismo, el estancamiento de los salarios reales condujo a una extraordinaria expansión del crédito como apoyo para mantener niveles de vida. El resultado ha sido un creciente endeudamiento para la población en general mediante hipotecas y préstamos para adquirir bienes de consumo duradero y pagar servicios educativos o de salud. Los indicadores sobre endeudamiento de las familias en Estados Unidos como proporción del PIB muestran un vertiginoso crecimiento de 40 a 97.8 por ciento entre 1960 y 2014. El patrón se repite para muchos países europeos.

El resultado es que hoy una parte significativa de la población vive y trabaja para pagar intereses a los bancos, a tal grado que es posible pensar que vivimos en una especie de feudalismo bancario. En este sistema, los bancos son los señores del dinero que crean moneda de la nada y, al igual que en el feudalismo stricto sensu, su actividad tampoco depende de la captación de ahorro. El lugar de los nobles lo ocupan los gobiernos, que también son sujetos de crédito y deben obedecer los dictados de los mercados de capitales. Sus bancos centrales, con toda y su mítica independencia, deben proporcionar reservas a los señores del dinero cuando las circunstancias así lo exigen. Los campesinos somos todos los demás, que debemos recurrir al crédito de manera sistemática. En ciertos casos hasta fracciones del capital industrial ocupan una posición similar a la de los campesinos.

El nuevo feudalismo bancario permite que la gente se mueva de una parcela a otra, por ejemplo cuando busca un empleo. Pero esas personas siempre llevan a cuestas una carga propia de los vasallos: deben pagar el servicio de su deuda, ya sea por una hipoteca u otros préstamos. Quizás la diferencia más importante es que, en contraste con las obligaciones que tenían los señores feudales con sus súbditos, los bancos no ofrecen protección alguna frente a la violencia o los accidentes de la vida. Texto: A. Vidal

22 ene. 2018

Comunicación y pensamiento único (Parte II de II)

Volvamos a España. En este país, los grandes diarios, los diarios que se consideran como de referencia, tienen un fuerte ascendiente sobre personas y grupos que son, a su vez, muy influyentes. Un diario en nuestro país puede ser leído, en el mejor de los casos, por unos dos millones de personas. En cambio, una cadena de radio puede tener un público tres o cuatro veces mayor, y todavía más una televisión. 


Pero los periódicos marcan más, condicionan más el orden del día de la vida político-social, y ello porque contribuyen a moldear la opinión –y, por ende, las decisiones– de aquellos que controlan los centros de poder político, empresarial, financiero, judicial, etc. Es más: moldean también la opinión de aquellos que deciden el contenido de los programas de radio y televisión. Casi todos los grandes magazines de radio y televisión se hacen con los grandes diarios como referencia. En realidad, la prensa española tiene una influencia política desproporcionada. En el mundo desarrollado, hay periódicos cuya difusión está a años luz de la de los periódicos españoles. El Yiomiuri Shimbun japonés edita 14,5 millones de ejemplares diarios. El Asahi Shimbun, 12,8 millones. El Bild Zeitung alemán vende 4,2 millones. Incluso un periódico tan técnico –y tan insoportablemente carca– como The Wall Street Journal se las arregla para vender 2 millones de ejemplares. Los japoneses leen cuatro veces más diarios que los españoles. Los británicos, tres veces más. Los alemanes, más del doble. Y, sin embargo, la influencia directa e indirecta de las tres grandes cabeceras madrileñas no es menor, ni mucho menos, a la que tienen los principales diarios norteamericanos, japoneses, alemanes, franceses, o italianos, aunque éstos tengan más lectores. Dicho en pocas palabras: en España, la prensa se lee poco, pero pinta mucho.

He tratado de explicar cómo el mundo de la comunicación está organizado para funcionar como una máquina de reproducción y expansión de la ideología dominante. Pero no sería justo si me olvidara de una pieza esencial en el engranaje de esa máquina: los propios periodistas. El periodista está muy condicionado, en todos los sentidos, para actuar como un reproductor de la ideología dominante. Sin duda. Pero, en la gran mayoría de los casos, no ve esos condicionantes como un corsé opresivo. Al contrario: le parecen lo más natural del mundo, porque la ideología dominante es su propia ideología. Los periódicos, las radios y las televisiones no están compuestos por una cúpula perversa y una base honrada y paciente. Lo más normal es que, desde el punto de vista ideológico, un jefe sólo se distinga de un redactor de base por su mejor conocimiento de las reglas del juego... y porque, en buena parte, ya ha conseguido buena parte de lo que el redactor de base aspira a conseguir. El resultado de todos estos factores combinados conduce a lo que ya antes he señalado: a la aparente desideologización de los medios de prensa, que no es, en la práctica, sino la entronización de los dogmas del neoliberalismo y su cristalización en lo que llamamos pensamiento único. Debemos ser conscientes de la gravedad de lo que está ocurriendo. Como ha subrayado Eduardo Galeano: «El número de quienes tienen derecho a escuchar y ver no cesa de acrecentarse, en tanto se reduce vertiginosamente el número de quienes tienen el privilegio de informar, de expresarse, de crear. La dictadura de la palabra única y de la imagen única, mucho más devastadora que la del partido único, impone en todas partes el mismo modo de vida, y otorga el título de ciudadano ejemplar a quien es consumidor dócil, espectador pasivo, fabricado en serie, a escala planetaria, conforme al modelo propuesto por la televisión comercial norteamericana. (...) En el mundo sin alma que los medios de comunicación nos presentan como el único mundo posible, los pueblos han sido reemplazados por los mercados; los ciudadanos, por los consumidores; las naciones, por las empresas; las ciudades, por las aglomeraciones. Jamás la economía mundial ha sido menos democrática, ni el mundo tan escandalosamente injusto. » («¿Hacia una sociedad de la incomunicación?», en Le Monde Diplomatique, enero de 1996). Así es. Se nos ha tratado de convencer de que la aplicación de los drásticos criterios del neoliberalismo contribuye a impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas y a crear riqueza, lo que debe revertir automáticamente en un mayor reparto del bienestar. Pero la realidad que se ha producido es exactamente la opuesta: el bienestar material no sólo no se democratiza, sino que se concentra cada vez en menos manos. Según cifras de las Naciones Unidas y del propio Banco Mundial, el sector más acomodado de la Humanidad (el 20%) era en 1960 treinta veces más rico que el 20% más desfavorecido. Treinta años después, en 1990, el grupo de los mejor situados ya era 60% más rico. Y el abismo ha seguido ahondándose. La conversión en dogma del valor superior de la libre circulación de capitales y mercancías, de la conveniencia de las privatizaciones y de la desregulación de los mercados, de la independencia de los Bancos centrales y, en suma, de la primacía de lo privado sobre lo público –o sea, la victoria del neoliberalismo, plena ya a escala mundial desde la caída del Muro–, supone un golpe brutal para la democracia y, de modo destacado, para la libertad de expresión. El capitalismo se ha desnacionalizado: los gobiernos nacionales han adoptado leyes que cada vez hacen más difícil contrarrestar el poder de las multinacionales. Para estas alturas, ningún voto emitido en ningún país puede alterar las reglas del juego planetarias, impuestas por los grandes poderes financieros mundiales, que no están sometidos a ningún gobierno. El mundo de los medios de comunicación forma parte principal de esa ofensiva. En dos planos diferentes. Por un lado, asume la misión de difundir esa ideología (que, como señalaba al comienzo, no se acepta como tal, porque el neoliberalismo niega ser una opción entre otras posibles: pretende ser la única práctica racional imaginable). Esta misión es convenientemente estimulada por las instituciones económicas y monetarias (el Banco Mundial, el FMI, la OCDE, la Comisión Europea, el Deustche Bank, etc.) que, dinero en mano, enrolan a su causa numerosos centros de investigación, universidades, fundaciones, etc., cuyo discurso es retomado por los principales órganos de información económica (The Wall Street Journal, The Financial Times, The Economist, la agencia Reuter...), que son frecuentemente propiedad de grandes grupos industriales o financieros. Finalmente, otros periodistas, comentaristas, ensayistas, políticos, etc., reproducen en los grandes medios de comunicación las ideas así adobadas, convirtiéndolas en una especie de nuevas tablas de la ley, aprovechando el hecho de que, como ha dicho acertadamente Ignacio Ramonet, «en nuestras sociedades mediáticas, repetición equivale a demostración». («La pensée unique», Le Monde Diplomatique, enero de 1995). Pero los emporios de la comunicación no se limitan a hacer esta función de difusión y reproducción de la ideología neoliberal. También la aplican a su propio sector. Ellos mismos se expanden a escala internacional, conquistan mercados, se agrandan y se independizan de cualquier interés nacional. Hoy, el mundo de la comunicación, a escala internacional, está cada vez en menos manos, y esas manos lo abarcan en sus más diversas facetas. Pero, si las manos son pocas, las ideologías son todavía menos: sólo hay una. Es una ideología que explica las desigualdades sociales no en función de la injusticia del orden social vigente, sino en razón de las diferentes capacidades para triunfar: si alguien es pobre, si no tiene, es porque no ha sabido tener, porque no ha sido listo, porque no ha trabajado lo suficiente o porque no ha trabajado lo suficientemente bien. Lo cual no constituye un problema que deban resolver los Estados, sino la caridad: de ahí la devoción de los neoliberales por las ONG.

La situación es perfectamente penosa. El proceso de concentración de la propiedad de los medios de comunicación avanza de modo inexorable, y a gran velocidad. Por otra parte –o por la misma, en realidad–, el mundo de la Prensa ha entrado ya de pleno en la vorágine globalizadora: la propiedad de los medios cambia de manos como si se trata de fábricas de productos lácteos, o de zapatos. Lo cual tiene en ocasiones efectos incluso cómicos: no deja de ser risible ver a los mismos presentadores de tal o cual cadena de televisión o de radio diciendo primero maravillas de estos o aquellos personajes, pasando a ponerlos furiosamente a caldo algo después y volviendo a cantar sus excelencias un poco más tarde, todo en función de los vaivenes político-empresariales sufridos por la empresa propietaria. El caso de los medios comprados por Telefónica está en la mente de todos. Pero no nos quedemos con el lado tragicómico de la experiencia y reparemos en el hecho de que hoy en día la propiedad de buena parte de los medios informativos está en manos de empresas ajenas por entero al mundo de la comunicación. Así, hay cadenas de televisión y de radio, o periódicos, que son propiedad de compañías dedicadas en lo fundamental a la telefonía, o a la explotación de los derivados del petróleo, o a las finanzas: empresas a las que todo empuja a servirse del periodismo con los mismos criterios que organiza una cadena de montaje. En la España actual hay un gran consorcio multimedia –el del grupo Prisa–, otro de menor tamaño y bastante menos integrado, pero que cuenta con el favor del Gobierno –el resultante de la entente existente entre Telefónica y el grupo Recoletos–y un par mucho más pequeños y bastante menos politizados (el del grupo Correo y el constituido en torno a La Voz de Galicia). A ciertos efectos, siempre es preferible que el mercado de la comunicación no esté dominado por un solo grupo. La existencia de varios puede redundar en beneficio de los consumidores. Pero no necesariamente. Basta con comprobar la experiencia del fútbol en la modalidad de pago. Canal Satélite y Vía Digital empezaron haciéndose la competencia, lo que les metió en una benéfica carrera de precios. Pero finalmente han llegado a un acuerdo, con lo que en la práctica existe un monopolio de oferta. Por otra parte, e incluso cuando funciona, la competencia puede tener también efectos espantosos. Por ejemplo, cuando los diferentes canales se lanzan a la carrera para ver quién puede captar una cuota más alta de espectadores ávidos de fútbol, de telebasura, de programas de cotilleo o de esa cosa afrentosa del Gran Hermano, el Bus y hierbas parejas. En todo caso, lo que la competencia entre los gigantes de la comunicación no asegura de ningún modo es una diversidad ideológica digna de tal nombre. Sus grandes opciones en este terreno son uniformemente las mismas. Y lo peor no es eso. Lo peor es que, además, imponen unas reglas de mercado que hacen prácticamente imposible la presencia de productos dignos que escapen del terreno de la mera marginalidad. Antes hacía alusión a ello: hace poco más de una década, fue posible crear en España un medio independiente como El Mundo. En la actualidad, no sería viable. De hecho, tampoco ha sido viable El Mundo como medio independiente. Los macrotinglados multimedia, cuya capacidad para absorber la oferta publicitaria es cada vez mayor, no dejan apenas aire para respirar, y un diario sin una importante facturación de publicidad está condenado al fracaso. No quisiera poner fin a este capítulo son hacer mención especial de la última de las tendencias que se está haciendo notar en España en el terreno de los medios de comunicación. Me refiero a la creciente conversión de la Prensa en un cuarto poder del Estado. La expresión cuarto poder no tiene nada de nueva. Hace tiempo que se ha venido aplicando a los medios de comunicación. Pero hasta hace poco se empleaba de manera sólo metafórica, alusiva a la capacidad de la Prensa para influir en la evolución de los acontecimientos. Ahora creo que se puede empezar a emplear con total literalidad, entendiendo que el poder del Estado se subdivide en cuatro poderes: el ejecutivo, el legislativo, el judicial y el mediático. No pretendo hacer ninguna humorada. La cosa no está para bromas.

El asunto está en relación con la propia desnaturalización del papel de los tres poderes clásicos, originariamente previstos para vigilarse entre sí y prevenir sus posibles extralimitaciones. En la actualidad, la vigilancia ha cedido su peso específico a la colaboración. El poder legislativo –es decir, el Parlamento– está en manos del Ejecutivo, gracias a la mayoría absoluta de que goza el PP. Por su parte, los integrantes de los órganos políticamente claves del poder judicial –Consejo General del Poder Judicial, Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional, Audiencia Nacional– son tan deudores de sus compromisos políticos que rara vez se atreven a llevar la contraria al Ejecutivo en las llamadas cuestiones de Estado. Los casos de colaboración servil del poder judicial con el Ejecutivo, e incluso los de acción concertada entre ambos –la Audiencia Nacional suele ser frecuente muestra de ello–, son cada vez más escandalosos. El papel de la Prensa no es muy diferente. La colusión entre los principales medios de comunicación y el establishment político es cada vez más descarada. Antes solían coincidir, por pura comunidad ideológica. Ahora siguen ya estrategias convenidas previamente. En determinados casos, establecen incluso campañas conjuntas para crear determinados estados de opinión: la Prensa pone en circulación con aire de espontaneidad tal o cual idea, los políticos se hacen eco de ella, la Prensa se hace eco del eco de los políticos, los informativos lo reflejan, las tertulias lo comentan y, en cosa de nada, ya está en marcha el clamor popular deseado. Llegado el caso, el poder legislativo se hace cargo de su conversión en ley, y el judicial, de su aplicación. De hecho, va creciendo en importancia el papel de los líderes de opinión que pudiéramos tipificar como transversales: son, a partes iguales, periodistas, políticos profesionales y empresarios. Cada una de sus tres facetas potencia las otras dos y sólo la unión de las tres permite entender el sentido de sus tomas de posición. Así las cosas, ¿existe alguna posibilidad de huir de la voracidad de los grandes tiburones de la comunicación? A decir verdad, lo veo difícil. Extremadamente improbable. Apuntaré muy brevemente, en todo caso, unas pocas líneas de reflexión. Señalaré, en primer lugar, que los medios de comunicación, aunque fuerzan la realidad, también son reflejo de ella. En la medida en que crezca el movimiento de contestación a la globalización y el pensamiento único, aumentará la viabilidad de medios de comunicación que se sitúen fuera de esas coordenadas de pensamiento. En segundo lugar, dejaré constancia de mi convencimiento de que el escenario de la contestación actual ya no puede ser otro que el forzado por el propio sistema del Poder. No sé cómo podrá hacerse eso –ni siquiera sé si podrá hacerse–, pero estoy persuadido de que la oposición al sistema también tiene que globalizarse, hacerse internacional. En tercer lugar, creo que quienes estamos en contra del orden social vigente debemos prepararnos parta aprovechar, en la medida que sea posible, las rendijas que ofrecen las nuevas tecnologías. Algunos estamos demasiado condicionados por nuestra formación: cuando queremos hacernos oír, inmediatamente pensamos en hacer un periódico. Pero la prensa escrita no sólo está monopolizada, sino también en decadencia. Hay que aprender a utilizar las posibilidades que ofrece Internet como arma de información veraz y como foro de expresión del pensamiento crítico. No soy miembro del Club de Adoradores de Internet, pero tampoco desdeño sus claras virtualidades. Sin ir más lejos: yo me he venido hoy desde Madrid –encantado, por otra parte– para contaros esta historia, y vosotros y vosotras os habéis desplazado desde vuestras casas hasta este local para escucharla. Pues bien: todo los días me suelto un rollo diferente en mi página web y más de 300 personas se lo leen también a diario, y ni ellas ni yo tenemos que movernos de nuestros respectivos lugares de origen para realizar ese intercambio de ideas, que de otro modo sería imposible. Internet no excluye el contacto personal, sin duda necesario, pero abre posibilidades antes inexistentes. ¿Cómo iba a arreglármelas yo para reunir a diario a más de 300 personas determinadas a escucharme? Internet hace posible esa inaudita expresión de masoquismo. Pero son gotas de agua en el océano. Sólo se transformarán en una corriente digna de ese nombre cuando, a fuerza de soportar los desafueros de la globalización, crezca más y más la corriente de rebeldía mundial que ya está empezando a tomar cuerpo. En esa esperanza estamos los profesionales de los medios de comunicación que nos negamos a pasar por el aro. O que pasamos por él sólo lo imprescindible para ganarnos los garbanzos, a la espera de tiempos mejores y haciendo lo posible para que lleguen cuanto antes. Texto: Jaime Ortiz. (Ver: Parte I de II)



21 ene. 2018

Comunicación y pensamiento único (Parte I de II)

¿Qué es eso del pensamiento único?

Algunos damos ese nombre a la ideología del neoliberalismo económico. Una ideología que defiende no ya la supremacía de la propiedad privada, sino su superioridad moral; que es hostil por principio a la intervención del Estado y a la regulación de las relaciones sociales y que ve con entusiasmo y patrocina el actual proceso de globalización de la economía, en la que él mismo participa. Aunque sus consecuencias principales se expresen en los planos económico y social, el pensamiento único no sólo tiene recetas económicas: es toda una concepción del mundo, que entroniza el individualismo más exacerbado y recela de cualquier planteamiento colectivo. Luego volveré sobre esto. El pensamiento único es una ideología, un modo de ver la realidad política, económica y social, pero se niega a presentarse como tal. Aquellos que lo sustentan no creen que el suyo sea un modo de ver el mundo, sino el único modo sensato de verlo. Para ellos, quien no considera la realidad a su manera es, sencillamente, o un idiota o un insensato, si es que no un embaucador. 


Los medios de comunicación están, prácticamente en su totalidad y a escala internacional, dominados por el pensamiento único. Lo cual no quiere decir que sean clónicos. Como más tarde analizaré, hay diferencias que los separan, en buena medida determinadas por sus diversos planteamientos empresariales. A lo que me refiero es a que su ideología de fondo ha alcanzado un grado de homogeneidad desconocido en el pasado. Una homogeneidad apenas separada no ya por intereses de clase contradictorios, sino incluso por intereses nacionales en conflicto. Pero, para llegar a la situación actual, ha sido necesario recorrer un largo camino. Para llegar a lo superlativo, ha habido que pasar previamente por lo grande. Antes de abordar la actual situación de los medios de comunicación a escala internacional, y para poder entenderla, me parece necesario empezar por analizar cómo son los elementos que la constituyen, esto es, los medios de comunicación concretos, y de qué modo éstos crean una situación que enmarca y en buena medida condiciona la labor periodística. Lo haré ateniéndome a la realidad que mejor conozco: la de la prensa diaria escrita. Tanto la prensa que sigue otra periodicidad, como la radio y, sobre todo, la televisión, tienen sus propios problemas específicos, si bien es cierto que la gran mayoría de esos problemas reproducen y multiplican los del periodismo diario escrito. Iremos, pues, de lo particular a lo general; de la célula al cuerpo.¿Qué es un periódico? Un periódico es, antes que nada, una empresa. Algunos periodistas y muchos lectores tienden a menospreciar esta realidad. Imperdonable error. Una empresa periodística próspera puede hacer un mal diario –burocrático, aburrido, sin chispa: ha ocurrido, ocasionalmente–, pero una empresa periodística deficiente jamás podrá sustentar un buen diario: algo antes o algo después, lo hundirá. De modo que la condición primera de un periódico –es decir, su primer condicionante– le viene dado por la prioridad que debe conceder a los criterios empresariales. Es cierto que ha habido y hay periódicos que ponen por delante otros criterios, diferentes de los empresariales. Algunos son partidistas, lo que les proporciona fuentes de ingreso atípicas. Es el caso, entre nosotros, de Avui, Deia y Gara. No es que a éstos no les importe vender, pero tampoco ése es para ellos el factor decisivo. Hay otros periódicos no partidistas, pero sí explícita y voluntariamente militantes, que se conciben a sí mismos como complementarios. Son diarios que funcionan con muy pocos medios y que, por tanto, no están en condiciones de atender las necesidades informativas de su público lector, que se ve obligado a comprar algún otro periódico. La experiencia demuestra que estos periódicos tienden a ser efímeros. Porque, o funcionan bien, o funcionan mal. Si funcionan mal y acumulan pérdidas, acaban cerrando. Fue el caso, en España, del diario Liberación. Y si van bien, rara vez se resisten a la tentación de abandonar ese terreno marginal y entrar en competencia con los grandes periódicos. Fue el caso, en Francia, del diario Libération. Pero esta evolución no es obligatoria: en Alemania sigue existiendo el Tage Zeitung, aunque desconozco en qué condiciones en los últimos tiempos. En todo caso, se puede afirmar sin miedo a equivocarse que esas experiencias son ya meras reminiscencias del pasado. Las posibilidades de sacar hoy en día con éxito un diario independiente son mínimas, por no decir nulas. También sobre esto volveré más tarde. Un periódico vive –cuando vive– de sus lectores y de la publicidad. Vistas las cosas superficialmente, podría decirse que vive sobre todo de la publicidad, dado que ésta proporciona ingresos más limpios que la venta en kiosco, que hay que repartir con el kiosquero, el distribuidor, etc. Pero la publicidad, con la parcial excepción de la institucional, en realidad también depende de los lectores: los anunciantes acuden más prestos a los periódicos que tienen más y mejores lectores (entendiendo por mejores los que lo son para los anunciantes, que prefieren lectores con mayor nivel adquisitivo). Lo que nos lleva a otras dos conclusiones: primera, que como suelo decir de modo deliberadamente brusco, el periodismo es ese trabajo que se hace en los huecos que deja libre la publicidad; y segunda: que no tiene nada de sorprendente que los periódicos muestren una tendencia casi biológica a no contrariar excesivamente a los grandes anunciantes (en el caso de España, El Corte Inglés y los grandes fabricantes de automóviles, sobre todo). La relación de los periódicos con los lectores es relativamente compleja. Sobre todo la de los grandes periódicos. Los lectores condicionan también el periódico. Cada periódico tiene un determinado público y está obligado no sólo a dirigirse a él, sino también, en términos generales, a contentarlo. No puede contrariarlo sistemáticamente, porque corre el riesgo de que lo abandone. Cada periódico sabe qué público es el suyo: a qué clases sociales pertenece y en qué proporciones; qué querencias ideológicas y políticas predominan en él, etcétera. El periódico influye sobre sus lectores, pero los lectores ponen también límites a su periódico. En una sociedad como la española, el público de prensa de información general –digo de información general: no olvidemos que el diario español de más venta es Marca– admite subdivisiones. Como se sabe, en nuestro país se han consolidado tres grandes periódicos de difusión estatal: El País, ABC y El Mundo. Los tres tienen un público asentado básicamente en las clases medias y medio-altas. Se trata, en consecuencia, de un público que, en términos generales, goza de una buena posición económica. El público de ABC es de más edad, y el de El Mundo, mayoritariamente más joven. Pero las mayores diferencias entre los lectores de estos tres periódicos no están ni en el plano sociológico ni en el de la edad, sino en el político. Los de ABC se identifican mayoritariamente con la derecha más tradicional, heredera del franquismo. Los de El País simpatizan con el centrismo de corte felipista: un centrismo que se obtiene mezclando derechismo político y hábitos culturales de izquierda. Los de El Mundo procedían sobre todo, hasta hace unos años, del centrismo antifelipista. Ahora tiene también muchos pertenecientes a la nueva derecha, simpatizante del ala menos vetusta del PP. Son diferencias que han podido tener mucha importancia en el escenario de la política de cada día, e incluso seguir teniéndola, pero que resultan relativamente mínimas en lo que se refiere a su ideología profunda: estamos ante posiciones que van desde la derecha al centro-izquierda, o sea, desde el rancio conservadurismo hasta un vago reformismo sin aristas para el sistema. No trato de decir que no haya más público que ése. También hay un público menos conformista. Conscientes de ello, tanto El País como El Mundo incluyen determinados contenidos destinados a ese segmento social, y tienen en plantilla personas que pueden conectar con esas posiciones. Pero ese público, minoritario, no tiene capacidad para servir de soporte a un gran diario. Tampoco interesa del mismo modo a los anunciantes, que saben que las personas más orientadas hacia la izquierda se dejan influir menos por la publicidad y suelen tener, además, menos disponibilidades económicas. Los profesionales de la información trabajan, pues, para un público que, en su gran mayoría, espera recibir un mensaje ideológicamente moderado. He mencionado ya algunos condicionantes clave que enmarcan la actividad de los medios de comunicación: la empresa, los anunciantes, el público... Pero hay más. Al referirme antes a las empresas de la comunicación no he mencionado a los accionistas. Los accionistas, incluidos los minoritarios, también tienen influencia. Pondré un ejemplo referido al medio para el que trabajo. Uno de los grandes accionistas de El Mundo es Rizzoli, emporio italiano de la comunicación. El principal accionista de Rizzoli es Agnelli, propietario de la Fiat. Francamente, no veo yo a la sección de Motor de El Mundo poniendo a parir al último modelo puesto en la calle por la Fiat. Aunque –todo sea dicho– tampoco la veo haciendo lo propio con el último modelo de la Renault, la Opel o la Citröen, que proporcionan al periódico unos fantásticos anuncios de página entera que pagan a muy buen precio. Pero dejemos ya los condicionantes concretos de cada medio y elevemos un poco más el punto de mira, para ver de qué fuentes beben los periódicos. La prensa diaria en el mundo presenta, como no podía ser menos, una gran variedad, dependiendo de las tradiciones de las diversas áreas culturales, e incluso de las de cada país, de su fortaleza económica, del nivel de alfabetización de las poblaciones respectivas, etcétera. No obstante, esa variedad es más aparente que real. Se refiere más a las formas que a los contenidos. Por un lado, la progresiva desideologización de la labor periodística –entendiendo por tal la adopción de patrones ideológicos equivalentes, si no idénticos, que entronizan los postulados formales de la ideología neoliberal– y, por otro, la estandarización de las técnicas de redacción de las noticias hacen que los contenidos de los periódicos se estén uniformizando cada vez más a lo largo y ancho del mundo.

A elllo contribuyen poderosamente dos factores

En primer lugar, la labor de las grandes agencias de noticias. Sólo los rotativos más poderosos tienen una red de corresponsales propios que les permite cubrir la información potencialmente relevante a escala internacional. Esta red, de todos modos, y en el mejor de los casos, abarca únicamente las principales capitales de cada continente, lo que conlleva carencias fundamentales. Es cierto que, en casos extraordinarios, los periódicos desplazan a sus enviados especiales, pero éstos no les aseguran la cobertura del día a día. Así las cosas, todos los diarios del mundo deben nutrirse del material que les proporcionan las grandes agencias de noticias. En el mundo de hoy hay muy pocas grandes agencias de prensa. Está Reuter, controlada por una comisión paraestatal de la Commonwealth; está la Asociated Press (AP), que es una cooperativa formada por los principales diarios de Nueva York; está la United Press International (UPI), que es de capital privado norteamericano, y está la France Press, que es de propiedad pública francesa. La vieja Tass soviética se ha fragmentado y ha perdido buena parte de la influencia que tuvo. En el ámbito internacional de habla española, la agencia española Efe cuenta con considerable acogida. Aunque no hay cifras oficiales sobre ello, se calcula que unas dos mil personas trabajan diariamente para alimentar de noticias a estas agencias. Pero a esa cifra hay que sumar muchos miles más de periodistas que no son de plantilla, pero suministran noticias a las agencias (o, eventualmente, a los propios periódicos), sea de modo habitual, sea esporádicamente. Esta enorme concentración de las principales fuentes de información conduce necesariamente a una equivalente homologación de los periódicos que se elaboran con ellas. Y, si bien las grandes agencias tienen a gala utilizar un estilo de redacción aséptico, sin valoraciones explícitas ni adjetivaciones, es obvio para cualquier persona avisada que la propia selección de lo que se considera noticia y los aspectos que se resaltan dentro de ella constituyen un filtro condicionante de las valoraciones que cada periodista y cada medio de prensa en concreto, y finalmente cada persona que lee, pueden establecer con relación a los hechos relatados. Hoy en día han cobrado gran importancia también los servicios llamados sindicados, que son agencias dedicadas a proporcionar a los periódicos pequeños artículos de análisis, columnas de opinión y hasta editoriales, por extraño que esto último pueda parecer. Un gran número de periódicos locales se abastecen así hoy en día de opinión homogénea servida desde los grandes centros opinantes. En segundo lugar, el proceso global de uniformización de la prensa diaria, y de los medios de comunicación, en general, viene dado por la importante concentración de la propiedad que ésta ha experimentado a partir de los años 70, pero muy especialmente en la década de los 90. En el mundo actual, la tendencia principal en el terreno de los medios informativos es la marcada por la constitución y el reforzamiento de los grandes emporios multimedia. Hablo de empresas que publican varios periódicos y revistas, que tienen canales de radio y televisión, productoras y distribuidoras de cine, editoriales de libros y sellos discográficos... Empresas que, en la actualidad, trabajan también en el mundo de la telefonía, de las comunicaciones por satélite, de la informática... Lo más frecuente es que esos poderosísimos tinglados se formen no por expansión del mercado, sino a través de un proceso de concentración de la propiedad previamente existente: las empresas mayores van absorbiendo empresas menores y se fusionan entre sí. Lo cual tiene dos efectos, y ambos extraordinariamente perversos. De un lado, conduce a la reducción progresiva del pluralismo informativo y de la variedad de líneas de opinión. Estas empresas ponen a nuestra disposición, sin duda, una oferta enorme, pero sólo en cuanto al envoltorio: el contenido ideológico-político final es siempre el mismo. Es el mismo autor último el que se encarga de todo: de elaborar productos cultos para el público culto y productos basura para la gran masa; de dar deportes al que quiere deportes y cine al que desea cine... Incluso pueden escenificar un falso pluralismo: nada les impide, por ejemplo, elaborar mercancías de elevada religiosidad y, a la vez, porno duro. El mercado se compone de muy diversos sectores y ellos los van atendiendo uno a uno, sacando provecho de las necesidades de cada cual. Pero sus opciones ideológicas y políticas, explícitas o latentes, son invariablemente las mismas. Este efecto perverso se ve multiplicado por otro: la concentración de la propiedad conduce también inevitablemente a la oficialización de los grandes consorcios de la comunicación. No podría ser de otro modo. Quien necesita del visto bueno gubernamental para sus negocios –porque precisa que la Administración le conceda determinados permisos y licencias, y que se las renueve cada tanto– no puede permitirse el lujo de llevarse mal con quien ostenta la titularidad del Poder político. Así como un diario independiente puede tener relaciones de franca hostilidad con el Poder político, e incluso ir viento en popa a toda gracias a esas malas relaciones, la existencia de graves disfunciones en la relación entre un gran consorcio multimedia y el Poder político establecido es un fenómeno difícilmente mantenible. No ya a largo plazo: incluso a medio término. O el Gobierno cede o lo hace el consorcio empresarial. Dos poderes tan importantes no pueden estar en posiciones antagónicas. Porque esos grandes grupos multimedia son Poder. Y a veces su poder es enorme. Los gobernantes norteamericanos admiten sin demasiado reparo que la posición de las grandes cadenas de TV de su país puede condicionar su política. Así se vio muy claramente hace unos años cuando las tropas norteamericanas desembarcaron en Somalia para realizar la llamada Operación «Restaurar la Esperanza». Aquella “operación” se concibió en función de las necesidades de su retransmisión por televisión: baste con decir que el desembarco de las tropas norteamericanas se hizo coincidir con la hora de inicio de los principales telediarios, y que los soldados estuvieron esperando, cual extras de cine, a que les indicaran en qué momento debían ponerse en marcha porque las cámaras ya habían comenzado a transmitir. Las televisiones tienen un enorme poder de conmoción de la opinión pública. Convenientemente dosificado, sirve para que los ciudadanos tengan su ración diaria de sensibilidad –digamos mejor de sensiblería–, para mantenerlos entretenidos y para que tengan la sensación de que participan de una conciencia colectiva. Pero las cosas se hacen de tal modo que la información resulta siempre caótica, abrumadora, indigerible, de tal modo que no pueda servir para conformar una conciencia crítica. Por eso es tan importante la constante variación: un día toca encoger el corazón con el drama de tal o cual país misérrimo del África subsahariana, pero al día siguiente hay que estar ya con el pasajero del avión secuestrado en Arabia Saudí –y de la cosa subsahariana, si te he visto no me acuerdo–, y al día siguiente en el quirófano donde se disponen a despegar a dos criaturas que han nacido unidas por el vientre, y al siguiente con la pobre mujer de Murcia que estuvo luchando con el agua tres cuartos de hora para no morir ahogada, y al siguiente con la señora que ingresa en prisión porque ha sido condenada a 15 años de cárcel por darle matarile a su marido pegón. Cada tragedia cumple la doble función de anonadar sobre la marcha y de hacer olvidar la anterior. Pero el poder inmediato de las televisiones no vuelve inútil, ni mucho menos, el poder de los periódicos. Texto: Jaime Ortiz. (Ver Parte 2)

18 dic. 2017

Vuelve la derecha en Latinoamérica

Los procesos de restauración conservadora en América Latina han empezado con el golpe en Honduras en 2009, que destituyó al mandatario electo, Manuel Zelaya, porque se aprestaba a proponer una reforma constitucional que le permitiera candidatearse de nuevo a la presidencia del país. El presidente actual, Juan Orlando Hernández, se ha candidateado a la relección sin cambiar la Constitución, la cual le impide hacerlo. Se va a reelegir, aún con graves acusaciones de fraude, porque lo que interesa a las oligarquías dominantes es la continuidad del proyecto neoliberal, que vende parte importante del territorio hondureño como zonas de desarrollo económico para grandes corporaciones internacionales. 
 Ese fue el primer modelo de restauración conservadora. El segundo se dio en Paraguay en 2012, con el golpe en contra de Fernando Lugo, presidente electo, bajo la acusación de culpabilidad en una masacre campesina, cuya investigación posterior reveló que el gobierno no tenía ninguna responsabilidad. El proyecto neoliberal pudo retomar su curso en Paraguay. Fue un segundo caso de golpe con barniz institucional, pero no menos golpe, sin cumplir con los trámites constitucionales para destituir a un mandatario. El tercer caso se dio por la vía de la victoria electoral en Argentina. Aunque negando en el único debate televisivo que haría un duro ajuste fiscal, Mauricio Macri integró un gobierno de ejecutivos de empresas privadas y de economistas vinculados con ellas para poner en práctica el ajuste fiscal que había negado que realizaría. Se constituye, hasta ahora, en el más exitoso proceso de recomposición neoliberal, por lo menos hasta que las crueles consecuencias de su política de ajuste ocupen el centro del escenario político, desplazando las acusaciones en contra del kirchnerismo de que se vale todavía Macri para mantener niveles de apoyo y volverse la nueva cara de la derecha argentina. El cuarto caso fue el del golpe en Brasil, que pone en práctica el programa, derrotado cuatro veces sucesivas en las urnas. Un proyecto que avanza de forma avasalladora en el desmonte de todos los avances logrados en los gobiernos del PT, corriendo en contra del tiempo. Se enfrenta con un apoyo de solamente 3 por ciento de la población, mientras el respaldo a Lula ya supera 40 por ciento. Por ello buscan desplazar los enfrentamientos para el plano jurídico, donde podrían inabilitar a Lula para ser candidato. El 24 de enero tratarán de confirmar la primera condena a Lula, frente a una manifestación multitudinaria que hará en Porto Alegre, ciudad sede del tribunal de segunda instancia, en la capital de la resistencia democrática. Es un proceso abierto, de disputa, que desemobocará en octubre –primera vuelta– y noviembre – en caso de segunda– de 2018 y definirá el futuro de Brasil por mucho tiempo, con consecuencias directas en todo el continente. El nuevo caso de restauración conservadora surgió de forma inesperada en Ecuador, donde la victoria, aunque apretada, del candidato de Alianza País, previa continuidad y no ruptura del proyecto de la Revolucion Ciudadana, conducido por Rafael Correa. Pero sorpresivamente Lenín Moreno ha zanjado un camino distinto, de desarticulación del frente social y político que había implementado las más extraordinarias transformaciones que Ecuador había vivido. Se han introducido divisiones profundas en Alianza País, al tiempo que el nuevo gobierno se ha reacercado no solamente de movimentos populares que tenían divergencias con el gobierno de Rafael Correa pero con sectores de la derecha tradicional en Ecuador, derrotados sucesivamente por Alianza País. A la vez, Moreno pasó a desarrollar un diagnóstico similar al de la derecha sobre la situación económica heredada, que justificaría la puesta en práctica de un ajuste fiscal, tirando sobre el gobierno de Rafael Correa las responsabilidades sobre la situación que vive el país. Al igual que el gobierno incorporó otro elemento de la restauración conservadora en otros países, asumiendo las acusaciones de corrupción sobre el vicepresidente Jorge Glass y haciendo recaer sobre todo el gobierno anterior sospechas vinculadas con esas acusaciones. Es un proceso nuevo, una restauración conservadora que nace desde adentro de un gobierno electo para dar continuidad a la construcción de la superación del neoliberalismo pero que ha escogido trillar otro camino. Es un nuevo desafío para la izquierda latinoamericana, especialmente en países donde la restauración conservadora se muestra fuerte, donde hay que recomponer las fuerzas populares y democráticas para frenar esa contraofensiva y retomar el camino del desarrollo económico con inclusión social. En cada país los pasos pueder ser distintos, pero lo primero es reagrupar las fuerzas de la izquierda, golpeadas política y moralmente por el revés sufrido. Lo segundo es levantar un programa alternativo al de los gobiernos de restauración neoliberal, retomando los vínculos con amplios sectores de masa. Lo tercero es recomponer un frente político unificado de la oposición. Son pasos complejos y desafiadores, pero los únicos que permiten frenar la ofensiva conservadora y recuperar la iniciativa política de la izquierda. Texto: Emir Sader

10 nov. 2017

La lógica del sistema económico capitalista

Los economistas clásicos definían a la economía como la ciencia social que se ocupa de estudiar el modo por el cual una sociedad se organiza para llevar a cabo los tres momentos económicos básicos: la producción, la distribución y el consumo. La producción es el elemento principal de todos ellos, pues nada puede ser distribuido o consumido si antes no es producido, pero requiere previamente el uso de recursos primarios. Es decir, para iniciar un proceso cualquiera de producción es necesario que estén disponibles tanto los recursos naturales que se transformarán en el producto material final como la fuerza humana capaz de llevar a cabo tal transformación. Una vez este proceso da como resultado una producción material, entonces se procede a su distribución y su consumo final. Las múltiples formas en las que se pueden articular estos momentos o procesos económicos definen el tipo de sistema económico.

A lo largo de la historia toda sociedad humana ha encontrado diferentes formas para organizarse económicamente, lo que quiere decir que ha optado por distintas articulaciones de los procesos de producción, distribución y consumo. Así, se han dado en la historia muchos tipos diferentes de sistemas económicos (feudalismo, capitalismo, socialismo, etc.), a la vez que dentro de los mismos han existido también un gran número de variedades. Y cada sistema económico ha tenido no sólo una forma concreta de articular la producción, la distribución y el consumo sino que también ha tenido sus propias leyes de reproducción, esto es, sus propias normas internas que permiten que el sistema económico continúe operando.
El sistema económico que hoy es dominante a nivel mundial es el capitalismo, y también tiene sus propias leyes internas. La principal de ellas es su necesidad de crecer continuamente, cueste lo que cueste. Eso significa que necesita incrementar la producción material siempre en una escala mayor a como lo hizo en el período inmediatamente anterior. Y si no lo hace el sistema entra en crisis. Puede detener su crecimiento durante períodos cortos de tiempo, pero no puede interrumpir ese crecimiento de forma permanente sin colapsar. De la misma forma que cuando uno va en bici puede dejar de pedalear durante un tiempo breve pero no puede hacerlo de forma continuada sin venirse finalmente al suelo. El crecimiento económico es, por tanto, el corazón del sistema económico imperante.
Sin embargo, no todos los sistemas económicos han tenido esa propiedad de tener que crecer ininterrumpidamente. De hecho, hasta el advenimiento del sistema económico capitalista la sociedad humana había encontrado múltiples sistemas económicos que no necesitaban en modo alguno el crecimiento económico para su sobrevivencia (ni la del sistema ni la de la sociedad misma). Lo que interesa entonces es preguntarse por qué el capitalismo sí lo necesita.

La razón la encontramos en el propio motor del sistema: la ganancia. La ganancia es el elemento estimulador del sistema, sin el cual éste se viene abajo. Dado que una de las propiedades fundamentales del capitalismo es la existencia de propiedad privada (lo que significa que los medios de producción –las empresas– tienen dueños individuales) entonces debe garantizarse que los propietarios de esas empresas reciben una recompensa en forma de ganancia por haber arriesgado su dinero durante el primer momento económico: la producción. Así, los capitalistas individuales ponen su capital en juego, adquiriendo los recursos primarios (materias primas, maquinaria y trabajadores), e inician la producción con la esperanza de que al final de todo el proceso puedan vender la producción y obtener una ganancia. Si no lo consiguen finalmente entonces quiebran y no vuelven a contratar trabajadores (por lo cual se incrementa el desempleo) y la actividad económica se detiene.

Si por el contrario el capitalista obtiene una ganancia entonces tiene que elegir entre destinarla de nuevo a la producción, arriesgándola de nuevo, o destinarla a otros fines (por ejemplo, el consumo de lujo). El hecho de que opte por una u otra vía está determinado básicamente por dos factores: la ganancia esperada y la competencia, y ambos están interrelacionados. Si el capitalista espera recibir más ganancia al invertir su ganancia pasada entonces tendrá incentivos para hacerlo. Pero además, puede ocurrir que necesariamente se vea obligado a hacerlo presionado por la competencia. Y esto es lo que verdaderamente ocurre en el capitalismo todos los días.
En efecto, el capitalista individual se ve obligado a invertir de nuevo su ganancia (lo que en economía se llama acumulación) para poder mejorar su proceso de producción y evitar ser destruido por la competencia. Esto es así porque si el capitalista A no invirtiera de nuevo su ganancia y simplemente se preocupara de restaurar los gastos en recursos primarios (reponer la materia prima, mantener las máquinas y pagar a los trabajadores) y sin embargo su competidor, el capitalista B, sí lo hiciera e invirtiera en mejorar la maquinaria y el proceso de producción en su conjunto, entonces el capitalista A se vería expulsado del negocio. El capitalista B podría conseguir mejor tecnología y podría vender los productos a un precio más bajo, haciendo que los compradores que antes compraban al capitalista A ahora lo hicieran al capitalista B. Eso provocaría pérdidas al capitalista A y desaparecía su ganancia y, con ella, su negocio. La presión de la competencia, por tanto, empuja a todos los capitalistas a acumular.
Por lo tanto, nos encontramos ante un sistema económico, el capitalismo, que una vez se ha puesto en marcha es imparable y cuya razón de ser es la acumulación, esto es, el crecimiento económico, y la ganancia que lo estimula.
El afán de acumular es una característica propia del capitalismo. Pero no así de otros sistemas económicos previos que han permitido a la sociedad humana sobrevivir en otras condiciones distintas a las actuales.
En la terminología económica al proceso por el cual un sistema económico amplía sus capacidades productivas mediante la acumulación se le llama “reproducción ampliada”. Sin embargo, existe también la noción de “reproducción simple”, la cual hace referencia a los sistemas económicos que al final del proceso productivo únicamente destinan las ganancias a restaurar lo gastado, pero sin invertir nada más allá de ese nivel. Este segundo tipo de reproducción económica es propia de sociedades precapitalistas.
Muchas de estas sociedades sólo producían aquello que consideraban necesario de acuerdo con sus propios criterios sociales, dedicando el resto del tiempo del día a otras tareas. Y si se producía algún avance técnico espontáneo, alguna mejora en los procesos de producción resultado de la creatividad o del azar, entonces las sociedades mantenían su nivel de producción y ampliaban su tiempo libre. De hecho, en otras culturas “cuando la naturaleza les favorecía, con frecuencia permanecían en el estado idílico de los polinesios o de los griegos homéricos, entregando al arte, al rito y al sexo lo mejor de sus energías”.
Por lo tanto, estas sociedades que limitaban sus necesidades a través de su propia cultura entendían las innovaciones tecnológicas y organizaban su tiempo y su producción de una forma muy distinta a la que nosotros, bajo el sistema económico capitalista, lo hacemos actualmente. Hoy, por las propias leyes del capitalismo, cualquier innovación técnica (que incrementa lo que en economía se llama productividad: producción por hora o por trabajador) no promueve un mejoramiento de las condiciones de vida sino que inmediatamente se incorpora a las ruedas de la bicicleta capitalista como un elemento más que contribuye a pedalear más rápido.
Fue precisamente la expansión del capitalismo, y particularmente su supremacía militar, la que creó el escenario actual en el que vivimos. Y fueron los economistas convencionales quienes proporcionaron los escritos que justificaron este nuevo sistema económico y su lógica.
Texto: E Garzón publicado en 'Hablando República' el 20 de Agosto de 2013

10 oct. 2017

El fin del Régimen del 78 (Parte II de II)

La incapacidad de comprender qué pasa en Catalunya (y en España)


Otra característica del pensamiento uninacional típico del régimen del 78 es su incapacidad para entender lo que ocurre en Catalunya, atribuyendo el movimiento de rebeldía en defensa de la identidad y la nación catalanas a la propaganda y capacidad de movilización de los partidos gobernantes en la Generalitat de Catalunya, antes Convergència i Unió (alianza de un partido liberal y un partido cristianodemócrata) y ahora el mismo partido Convergència con ERC. En dicha interpretación se olvida que el primer partido, Convergència, ha caído en gran descrédito debido a haberse conocido la gran corrupción de su dirección, que utilizó la Generalitat de Catalunya como si fuera de su propiedad para su beneficio personal (situación que Pablo Iglesias ha definido, con acierto, como el nacional-patrimonialismo del PP, y que puede atribuirse igualmente a CDC), teniendo incluso que cambiar su nombre a PDeCAT. El otro partido de la coalición CiU, Unió Democràtica, ha desaparecido. Se olvida u oculta también que los que propusieron el Estatut de Catalunya del 2005 fueron las izquierdas (el tripartito dirigido por Pasqual Maragall). Y también se ignora que las movilizaciones iniciales fueron para defender tal Estatut. Su posterior radicalización es responsabilidad de la insensibilidad democrática y de la falta de respeto a la plurinacionalidad por parte del Estado central. Es sorprendente que la mayoría de artículos sobre la crisis publicados, por ejemplo, en El País, hayan sido críticos con Junts Pel Sí y pocos con el gobierno Rajoy. 


El sectarismo del establishment intelectual-mediático español


Creo haber sido uno de los autores catalanes y españoles que más ha criticado en España y en Catalunya al gobierno de Junts Pel Sí de la Generalitat de Catalunya por sus políticas económicas y sociales, que pertenecían claramente a la sensibilidad neoliberal, la misma, por cierto, que inspiró al gobierno del PP (en realidad, las tensiones nacionales entre el gobierno del PP y Junts Pel Sí están ocultando la enorme crisis social que sus políticas económicas han provocado; la evidencia de ello es abrumadora). Y también he criticado el comportamiento antidemocrático de Junts Pel Sí, mostrado en su manipulación sectaria del Parlament de Catalunya, como bien denunció el parlamentario Joan Coscubiela, de la coalición Catalunya Sí que es Pot. Ahora bien, es de un sectarismo denunciable el comportamiento del establishment político-mediático español y de su intelectualidad (incluyendo grandes sectores de la intelectualidad de la izquierda española), que mientras denuncian en varias páginas de El País (uno de los rotativos más sectarios hoy en España, eje del establishment mediático uninacional, profundamente hostil a los nacionalismos “periféricos” y a las nuevas izquierdas, y defensor a ultranza del régimen del 78, definiendo la transición como modélica) el comportamiento antidemocrático de Junts Pel Sí, permanecen callados, en un silencio ensordecedor, frente a la enorme represión que ha ocurrido en Catalunya (alrededor de 900 heridos). Es interesante señalar que la atribución de la mayor responsabilidad por la gran crisis política del país al gobierno catalán es característica del uninacionalismo franquista vigente que apareció también en el discurso del rey Felipe VI. Una postura más equilibrada, pero también errónea, es la que atribuye la responsabilidad en igualdad de condiciones al gobierno central y al gobierno catalán, y digo errónea porque es fácil de demostrar que ha sido la versión uninacional franquista, presente no solo en el gobierno Rajoy, sino también en el establishment político-mediático español, la causante de la gran crisis política del país.

Una última observación: el error de algunas voces de izquierdas


Una postura bastante extendida en amplios sectores de las izquierdas españolas es considerar estas discusiones y tensiones como resultado del protagonismo de los nacionalismos en la vida política del país, que están ocultando la enorme crisis social del país. Esta percepción, a la cual me he referido en varias ocasiones, tiene un gran elemento de verdad. Describe parte de la situación actual. Es, pues, necesario subrayar la importancia de este argumento. Ahora bien, un argumento puede ser necesario pero no suficiente, ya que el mismo Estado uninacional que prohíbe y persigue el plurinacionalismo en España es también (como he documentado ampliamente) el Estado responsable de la crisis social actual. Esto es una realidad obvia, de manera que el tema social está íntimamente ligado al tema nacional. De ahí que históricamente las izquierdas, no solo las catalanas, sino también las españolas, hubieran incorporado en sus proyectos de gobierno el apoyo a un Estado republicano plurinacional. Hay que recuperar la validez del proyecto republicano social y plurinacional. Y me alegra constatar que ello está ya ocurriendo. En Catalunya, en las movilizaciones, pueden verse más y más banderas republicanas. Y lo mismo está ocurriendo a lo largo del territorio español. Hay una creciente constatación en Catalunya que para conseguir un cambio social y nacional hay que favorecer y defender la reestructuración del Estado español, por el bien de España y por el bien de Catalunya. Las nuevas izquierdas están hoy cuestionando la uninacionalidad de España. Su iniciativa de invitar a todas las fuerzas democráticas a actuar de forma colaborativa para trasformar España (incluyendo Catalunya) es de una enorme trascendencia e importancia. Ni que decir tiene que las derechas postfranquistas están acusando a tales nuevas izquierdas de ayudar al independentismo. Y dicho mensaje aparece extensamente hoy en el establishment uninacional español, alcanzando niveles grotescos en su promoción internacional. Nada menos que el director de la oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Internacionales (European Council of Foreign Relations), escribió hace unos días un artículo que define al movimiento de rebelión en Catalunya frente al Estado central como un movimiento racista (sí, ha leído bien, racista) que considera a los españoles como inferiores, y acusando, por si no fuera poco, a Podemos de proindependentista, utilizando “tácticas insurreccionales” (tal personaje se llama Francisco de Borja Lasheras; su artículo aparece en Social Europe). Y lo que es más lamentable es que algunas izquierdas están contribuyendo a esta campaña. Pero cualquier persona que conozca la realidad (pasada y presente) de este país puede ver que la única solución para mantener España unida hoy es precisamente pidiendo una alianza de todas las fuerzas democráticas en oposición al establishment heredero del franquismo. La vía actual defendida por el Rey y por Rajoy creará la ruptura de España. Texto: V. Navarro. Ver Parte I  Recomendado: Los separatismos

El fin del Régimen del 78 (Parte I de II)

Han habido siempre dos visiones de lo que es España. Una ha sido la dominante, que alcanzó su máximo desarrollo durante la dictadura franquista, y que ha continuado durante todo el periodo postdictatorial democrático, como consecuencia del gran dominio que las fuerzas conservadoras tuvieron sobre el aparato del Estado y sobre la gran mayoría de los medios de información en el proceso de transición de la dictadura a la democracia, mal definido como modélico. Tal visión es la uninacional, presentando a España como la única nación existente de la península ibérica no portuguesa, y que se encuentra reflejada en un Estado monárquico centrado en la capital del Reino, Madrid (que tiene poco que ver con el Madrid popular), de la cual irradian todas las otras regiones, situación claramente reflejada en su sistema de transporte radial, tomando la capital como punto de llegada y de salida de cualquier vía de trasporte. Tal visión de España ha sido históricamente la característica de las derechas españolas. Ni que decir tiene que han ocurrido cambios importantes en este Estado uninacional que han diluido algo su centralismo. Pero, por lo general, este ha mantenido las principales características del Estado uninacional, en cuyos aparatos continúa reinando la cultura heredada del régimen dictatorial anterior, incluyendo su uninacionalidad. La otra visión es la plurinacional, que piensa que en España hay varias naciones con distintos idiomas y culturas que deben asociarse voluntariamente y no por la fuerza, con soberanías que puedan compartirse si así lo desean. Esta última visión es la más arraigada en la cultura republicana, promovida históricamente por las izquierdas. Alcanzó su máxima expresión durante la II República, que fue interrumpida por un golpe militar (ayudado por tropas del régimen nazi alemán y del fascista italiano) estimulado por las derechas, realizado por unas tropas que se definieron a sí mismas como las “nacionales”, que dijeron defender la Unidad de España, unidad que, por cierto, nadie estaba cuestionando. Lo que el president Companys de la Generalitat de Catalunya estaba pidiendo no era la desunión, sino la redefinición de España. El president Companys, lejos de ser secesionista, se consideraba español y quería ayudar a establecer una nueva España. Era altamente popular, no solo en Catalunya, sino también en el resto de España. Un indicador de ello es que cuando fue liberado de la cárcel de Cádiz, fue aclamado por la población de las distintas ciudades españolas que tuvo que atravesar en su vuelta a Barcelona. Esta visión plurinacional fue brutalmente reprimida (el president Companys fue fusilado) durante la dictadura, siendo considerada como la anti-España. Tal visión plurinacional fue también la que estaba en los programas de todos los partidos de izquierda, tanto catalanes como españoles, durante la resistencia antifascista. Todos ellos apoyaron el derecho de autodeterminación (lo que ahora se llama el derecho a decidir), garantizando así una unión voluntaria y no forzada de los distintos pueblos y naciones de España. 

La imposición por parte del Monarca y del Ejército de la visión uninacional en el periodo democrático


Dicha visión fue abandonada, sin embargo, durante la transición debido al veto que pusieron el Monarca y el Ejército. Las izquierdas catalanas, sin embargo, nunca abandonaron tal compromiso. Y el gobierno tripartito dirigido por el socialista Pasqual Maragall propuso un Estatut en 2005 que definía a Catalunya como nación dentro del Estado español, Estatut que, a pesar de haber sido votado y aprobado por el Parlament, por las Cortes Españolas (con sustanciales recortes) y por la población catalana en un referéndum, fue vetado por las derechas españolas, lideradas por el PP, que controlaban (y continúan controlando) el Tribunal Constitucional. Fue, como bien señala el conocido y reputado catedrático de Derecho Constitucional Javier Pérez Royo, en su reciente artículo L’obligació de Rajoy, ARA (04.10.17), “un golpe de Estado” en el que se violaba la llamada soberanía popular (expresada en la aprobación del Estatut en el Parlament, en las Cortes Españolas y en el referéndum que tuvo lugar en Catalunya) por parte de un tribunal (el Tribunal Constitucional) controlado por las derechas herederas del Estado franquista, vetándolo. Y todo ello bajo el acuerdo constitucional, sancionado por la inmodélica transición. De ahí surgió, como también señala Javier Pérez Royo, la rebelión que ha llevado al 1 de octubre. A ello ha contribuido la enorme pasividad y el silencio ensordecedor del PSOE y de la gran mayoría de la intelectualidad española. Esta rebelión fue radicalizándose a medida que el gobierno Rajoy, máxima expresión e instrumento de los vencedores de la Guerra Civil y de las fuerzas que dominaron la transición, ignoró, desoyó y despreció las propuestas que le hicieron los sucesivos gobiernos de la Generalitat para redefinir su relación con el Estado español. Era, pues, inevitable que lo que está pasando, pasara. Los partidos independentistas, principalmente dos, bajo la alianza de Junts Pel Sí, no habían sido independentistas hasta recientemente, siguiendo un proceso bastante predecible: la gran mayoría de ellos (CDC y ERC) habían sido antes federalistas, transformándose en independentistas cuando no vieron ninguna posibilidad de cambio dentro del Estado actual.

Las raíces franquistas de las derechas españolas (muchas de las cuales se definen como de centro o centroderecha)


Está claro que la mayor responsable de la gran crisis existente hoy en España es la pervivencia de la cultura franquista en los aparatos del Estado. Hay que recordar que el PP fue fundado en 1977 bajo el nombre de Alianza Popular, una alianza de las asociaciones políticas de ultraderecha franquista de las cuales las más destacadas fueron: Reforma Democrática, liderada por Fraga Iribarne, ministro del Estado dictatorial franquista durante el periodo 1962-1969 y 1975-1976; Unión del Pueblo Español, liderada por Cruz Martínez Esteruelas, ministro entre 1974-1976; Acción Democrática Española, liderada por Federico Silva Muñoz, ministro en 1965-1970; Democracia Social, liderada por Licinio de la Fuente y de la Fuente, ministro en 1969-1975, y vicepresidente del gobierno durante el periodo 1974-1975; Acción Regional, liderado por Laureano López Rodó, ministro en 1965-1967, 1967-1973 y 1973-1974; Unión Social Popular, liderado por Enrique Thomas de Carranza, gobernador de Toledo en 1965-1969 y procurador de las Cortes Españolas en 1971-1977, miembro de Fuerza Nueva; y Unión Nacional Española, ministro en 1970-1974. Todos ellos eran fundadores de dicha fuerza política. Hoy la relación entre tal partido y aquel régimen se reproduce leyendo la biografía de gran número de sus dirigentes. Un ejemplo es Rafael Hernando, actual portavoz parlamentario del PP en el Congreso de los Diputados, que fue miembro de Alianza Popular desde los años ochenta, y que según algunas informaciones periodísticas habría mostrado simpatías hacia el partido de ultraderecha Fuerza Nueva. Ni que decir tiene que dicho partido es una especie de paraguas bajo el cual hay diversas sensibilidades, desde la fascista (que explica que en España no haya un partido ultraderechista de masas) hasta la cristianodemócrata y la liberal. Pero su cultura hegemónica es claramente franquista, y su nacionalismo uninacional extremo es heredero del existente durante la dictadura. Esta visión, tanto en la versión extrema como en la versión más moderada, es la que domina la intelectualidad española, basada en la capital del Reino. Han contribuido a ello los mayores medios de información, incluyendo El País, que fue establecido por algunos personajes dentro de la dictadura que se consideraron reformadores, tales como Fraga Iribarne, quien fichó a Juan Luis Cebrián para que lo gestionara. Juan Luis Cebrián (cuyo padre fue el director del diario Arriba, el diario oficial del régimen fascista) había sido director de los servicios informativos de la Radio Televisión Española en 1974, que era el mayor instrumento propagandístico del régimen dictatorial. Ni que decir tiene que El País fue abriéndose, permitiendo cierta pluralidad en sus páginas, de las cuales fueron excluidas, con notables excepciones, las izquierdas y los que cuestionaron la visión uninacional del Estado, convirtiéndose en el máximo valedor de la Monarquía y de tal Estado. Su respuesta a la crisis actual ha sido un furibundo ataque a las nuevas izquierdas y a los partidos independentistas. El establishment uninacional, heredero del franquismo, pone todo el peso de su argumentario en defensa de su visión uninacional (que justifica la represión llevada a cabo por los aparatos judiciales y de seguridad del Estado en Catalunya) en el respeto a la ley y a la Constitución, leyes y Constitución que en gran medida fueron elaboradas en un proceso altamente desigual (que propagandística y erróneamente se definió como modélico), dominado por las derechas. Ni que decir tiene que, incluso en el caso de que se aceptara que la ley refleja la soberanía popular (supuesto altamente cuestionable), hay que señalar que el gobierno Rajoy se ha saltado las leyes españolas constantemente, siendo uno de los partidos políticos con mayor corrupción en España. Y, de nuevo, incluso aceptando que la ley fuera resultado de la soberanía popular (que no lo es), su aplicación es constantemente sesgada a favor de los intereses económicos, financieros, religiosos, partidistas y de clase que ejercen un enorme dominio sobre el aparato judicial; el caso Millet en Catalunya y el caso Púnica en España son un ejemplo de ello. El enorme conservadurismo y corporativismo del estamento judicial es de sobras conocido. Texto: V. Navarro. Recomendado: 'País de pandereta'. Ver: 'Parte II'






10 sept. 2017

Dinero endógeno

Entre las explicaciones de la crisis global hay una que es particularmente favorecida por la teoría convencional o neoclásica. Según esta escuela la crisis se gestó por el mal manejo de la política monetaria y por fallas de mercado. Es una visión basada en una teoría arcaica sobre el dinero y su papel en una economía capitalista.

Para la teoría neoclásica la oferta de dinero en la economía está determinada desde afuera del sistema económico. Los bancos centrales tienen el monopolio de la emisión de billetes y monedas y cuidan que la oferta monetaria guarde una relación estable con la actividad económica. Por eso el neoliberalismo empujó la ideología de la autonomía de los bancos centrales frente a las instancias políticas. Se suponía que así se podría garantizar un manejo responsable de la oferta monetaria. Eso es lo que se denomina la teoría del dinero exógeno (porque es creado por el banco central, desde el exterior del sistema económico). Pero esta visión no tiene casi nada que ver con la realidad. Para decirlo claramente: si realmente la oferta monetaria estuviera a cargo de los bancos centrales, las economías capitalistas habrían dejado de funcionar hace mucho tiempo.
Existe una visión diferente: la teoría de dinero endógeno. En una economía monetaria de tipo capitalista la oferta de dinero está determinada por la demanda: el sistema económico en su conjunto necesita del crédito para reproducirse y crecer. Si se compara el ahorro total con las necesidades de crédito de una economía se puede comprobar fácilmente que el segundo es mucho mayor que el primero.
Las necesidades de recursos para la reproducción del sistema se satisfacen con el crédito que inyectan los bancos al sistema económico. Cuando un banco otorga un préstamo a una empresa, ésta puede pagar sueldos y salarios contra su saldo en la cuenta que le abrió el banco. Ese proceso de creación monetaria corre en paralelo con la creación de ingreso. La oferta monetaria crece y se contrae de acuerdo a las necesidades de la producción y en relación a las expectativas de la demanda agregada.
La competencia inter-capitalista obliga a las empresas a crecer. Si no lo hacen, desaparecen. Para seguir sus planes de expansión utilizan el crédito que les proporciona el sistema bancario. Al final de cuentas, los bancos otorgan crédito cuando consideran que los proyectos son rentables y cuando el deudor ofrece garantías suficientes. Esas expectativas cambian a lo largo del tiempo y con las diferentes fases de los ciclos económicos. Cuando la economía se encuentra en la fase ascendente de un ciclo, los bancos tienen más inclinación para otorgar préstamos. Cuando nos encontramos en la fase descendente del ciclo, los bancos comparten las expectativas negativas sobre el futuro de la economía, cierran la válvula y dejan de proporcionar crédito. Es decir, la actividad de los bancos es pro-cíclica y aumenta la inestabilidad de la economía.
Lo importante es que los bancos pueden emitir unidades monetarias (es decir, unidades que sirven de medio de pago y de reserva de valor). Los bancos comerciales privados no están constreñidos por el monto de depósitos que han podido captar del público. Este es un punto muy importante que causa gran confusión. La causalidad está invertida: cuando se otorga un préstamo, el banco abre una cuenta con un saldo positivo (por el monto del crédito). Por eso se dice que los préstamos crean los depósitos y no al revés. El prestatario deberá retornar al banco el principal y los intereses en dinero de alto poder o títulos con gran liquidez.
Esto nos regresa al tema de los bancos centrales. Estas entidades emiten lo que constituye la base monetaria: billetes y monedas en circulación (en manos del público o en reservas en los bancos privados). Los títulos monetarios que emiten los bancos comerciales son deuda y representan un derecho sobre otro tipo de dinero (en general, sobre una suma de dinero base). Los billetes que emite el banco central son diferentes: son algo así como ‘dinero en última instancia’.
La mayor parte de las transacciones en una economía utiliza unidades monetarias emitidas por los bancos privados. Pero para algunas operaciones se requieren billetes o dinero de alto poder. Por eso se llegaron a imponer requerimientos de reservas prudenciales para evitar situaciones en las que el banco no pudiera hacer frente a una demanda de monedas y billetes de la base monetaria. Pero las reservas son dinero ocioso, los bancos inventaron métodos para minimizarlas. En la actualidad, las reservas han dejado de jugar un papel importante en los esquemas de regulación bancaria.
El poder de creación monetaria no debe estar en manos de entidades preocupadas por su tasa de rentabilidad. La regulación bancaria basada en un diagnóstico equivocado sobre el funcionamiento de los bancos no sirve, como lo demuestra la explosión de la crisis financiera global. Se necesita establecer un verdadero control democrático sobre la creación monetaria.

Macroeconomía y teoría monetaria


Hemos recibido muchas solicitudes de explicaciones más detalladas sobre el tema de las operaciones de los bancos. Esta expresión de interés es buena: un pensamiento político de oposición al neoliberalismo no podrá ofrecer alternativas sin una comprensión cabal del funcionamiento de una economía monetaria en el capitalismo contemporáneo.
La teoría económica convencional sostiene que los bancos desempeñan una simple función de intermediación. Reciben depósitos de los ahorradores y les pagan una tasa de interés. Prestan esos mismos recursos a los agentes que quieren invertir en una empresa productiva o adelantar una decisión de consumo. Del diferencial de tasas de interés provienen las ganancias de los bancos. Según esta narrativa, para evitar abusos las autoridades monetarias imponen requisitos a los bancos, como el mantenimiento de reservas prudenciales e índices de capitalización elevados.
Según la macroeconomía estándar el banco central emite billetes y monedas: es la base monetaria o ‘dinero de alto poder’. ¿Cómo se explica que la base monetaria sea un porcentaje muy pequeño (normalmente no mayor a 7 por ciento) de la oferta monetaria total? Se dice que la oferta monetaria total es un múltiplo de la base monetaria porque los bancos prestan una parte de los depósitos recibidos, guardando como reserva una parte de los depósitos. Y normalmente los préstamos otorgados por un banco son depositados en otros bancos que, a su vez, proceden a realizar nuevos préstamos manteniendo una parte de los depósitos en reserva. En esta serie de operaciones actúa un multiplicador de la suma inicialmente depositada (en términos técnicos, el multiplicador monetario es el inverso de la razón entre la base monetaria y la oferta monetaria total). Por eso la base monetaria es una muy pequeña parte de la oferta monetaria total.
Todo lo anterior es un cuento de hadas que poco tiene que ver con la realidad. Afortunadamente hoy contamos con una radiografía nítida de lo que realmente acontece en el sistema bancario. Lo primero que hay que tomar en cuenta es que los bancos no necesitan depósitos para realizar préstamos. La causalidad está invertida: cuando el banco otorga un crédito, establece un saldo positivo en la cuenta del prestatario tal y como si éste hubiese realizado un depósito por el monto del crédito. Por eso los autores post-Keynesianos señalan que “los préstamos hacen los depósitos”.
Al crecer el sistema bancario, los títulos emitidos por los bancos comerciales privados ganaron aceptación como medios de pago. Hoy la mayor parte de las transacciones en una economía capitalista se realiza a través de cheques y saldos electrónicos en las cuentas de los bancos privados. Así, los retiros y depósitos constituyen un flujo constante de operaciones interbancarias y por ello, la posición de liquidez de un banco no depende de los ahorros recibidos en su actividad de captación bancaria. Los retiros de sus clientes son compensados con pagos de los clientes de otros bancos. 

Las operaciones de los bancos no están constreñidas por los depósitos

Para decirlo de otro modo, un préstamo comienza su vida presentándose como un depósito a los ojos del prestatario. Decir que los bancos ofrecen préstamos es sinónimo de decir que los bancos ofrecen depósitos. Y cuando los documentos que respaldan esos depósitos son aceptados en todas las transacciones monetarias, los bancos están efectivamente creando dinero.
¿Por qué no crece el dinero así creado hasta el infinito? Porque el dinero creado por un banco al otorgar un crédito se extingue cuando el crédito es pagado. Así funciona el circuito monetario. El dinero que crean los bancos es una promesa de pago aceptada como dinero para todo tipo de transacciones. Pero los que reciben un crédito están obligados a repagar y por ello deben operar en la economía no bancaria (el sector real) para reunir los medios de pago necesarios (dinero base o títulos bancarios aceptables por el banco que le otorgó el crédito).
¿Cuál es el papel del banco central? El banco central tiene como prioridad mantener la liquidez del sistema bancario y guardar la estabilidad financiera. Por eso se adapta a la demanda de reservas que le hace el sistema bancario. Así, las variaciones en la base monetaria no son lo que determina la oferta monetaria. Al contrario, las variaciones en la oferta monetaria imponen cambios en la base monetaria. Los bancos centrales no controlan la oferta monetaria.
Esto quiere decir que los cambios en la oferta monetaria no están determinados de manera exógena por las operaciones del banco central (a través de sus operaciones de mercado abierto). No importa que tan estrictas sean las reglas sobre reservas, los bancos privados otorgarán todos los préstamos que necesite la economía siempre y cuando encuentren un proyecto rentable con garantías adecuadas. Después pedirán reservas al banco central y éste organismo no podrá negárselas. Texto: A. Nadal. VER: FINANCIEROS & DEMÓCRATAS