11 abr 2015

Filosofía y pedagogía

Hay demasiados ladrillos en el muro. Que el sistema educativo está obsoleto no es nuevo. Que está realizado bajo la falsa filantropía de lo bueno, de lo que se debe saber y de la obligatoriedad normativa desde la adquisición progresiva del conocimiento y el estamento de las edades tampoco es nuevo (lo que hay que conocer a los cuatro, a los quince o a los veinticinco años), así como tampoco la economía del tiempo, el espacio, la distribución en una institución cerrada que extrae del cuerpo todo lo útil desde la recompensa y el castigo, desde la clase –social y física– de los buenos y de los malos, estigmatizando al estudiante como el individuo al que hay que enderezar y enseñar desde la mirada puntillosa del detalle disciplinario, desde el marco institucional, las técnicas de control y la pedagogía analítica. 

Pero ¿es posible pensar una forma de conocimiento y enseñanza no ligada a la escuela, la obligatoriedad, los libros, el modelo examen, la asistencia de treinta horas semanales cinco días a la semana a un centro institucional cerrado que prepara ya para el horario del mercado laboral? ¿Podría­mos pensar una pedagogía de la diferencia? ¿Podríamos pensar una educación por la educación?
En 1970, el filósofo francés Michel Foucault se encontraba estudiando el nacimiento de la prisión para su obra maestra Vigilar y castigar, publicada en 1975. A grandes rasgos, es una obra que trata sobre el cuerpo como foco disciplinario desde los espacios de la escuela, la fábrica y el hospital, y de cómo el poder no sólo posee una función negativa (coarta, prohíbe, rechaza), sino que ejerce una función positiva –en el sentido de positividad– (fabrica, produce, diseña) en rea­lidades, cuerpos y conciencias acordes al poder establecido y a las funciones de utilidad y eficacia. La máxima función del poder no es prohibir ni coartar las libertades, sino introducir dentro del cuerpo –individual y social– una forma de poder menor que permite a los individuos estar normalizados y que sean poli­cías de sí mismos. A esta política analítica e individual la llamó Foucault ‘anatomopolítica’. Sólo puede aprenderse aquello que se ama desde cierto ejercicio de libertad de pensamiento. Ese mismo año, el filósofo francés, junto a su pareja Daniel Defert, fundó el Grupo de In­for­maciones de Prisiones (GIP) para realizar una teoría que no fuera ajena a los afectados de las prisiones, que eran sustancialmente los que sufrían sus anacronismos y crueldades. Los prisioneros y los funcionarios te­nían algo que decir sobre el sistema penitenciario que sistemáticamente era considerado no digno de ser narrado. En el mismo sentido podemos hacer un paralelismo e intentar extender este modelo hacia unas nuevas pedagogías con ayuda de sus propios afectados, los alumnos y los profesores, ya que muy probablemente tendrían grandes aportaciones al sistema educativo. Sin embargo, a ojos de algunos, este hecho no tendrá ningún valor, pues una persona de diez o quince años nada puede aportar a un sistema organizado por quienes no lo sufren.
Pero si los grandes dirigentes estuvieran en un aula escuchando los rumores y las voces de los alumnos y profesores, se asombrarían. Los alumnos tienen algo que decir y están en su legítimo derecho de ser escuchados y tenidos en cuenta a la hora de redactar un marco legal que atañe en gran medida al conjunto de sus vidas. Pero su sentido crítico depende al mismo tiempo de los profesores porque, si en vez de fomentar la memorización se fomentara el espíritu crítico e individual de conocimiento, sí tendrían algo que decir y, de hecho, muchos lo dicen muy bien cuando se les presentan las herramientas necesarias para construir un discurso crítico. Por supuesto, muchos profesores tendrían algo que decir sobre las pedagogías y las formas de enseñanza.
Las preguntas son urgentes: ¿existe conocimiento más allá de los muros escolares? ¿Podría pensarse un método educativo no enclaustrado en la forma escuela? Si los tiempos están cambiando, ¿por qué el modelo educativo sólo cambia de materiales –de libros a ordenadores, por ejemplo–, pero no sustancialmente de forma y lugar desde su inicio? Todas estas preguntas pueden pensarse desde una cuestión: ¿es posible otra forma de pensar la educación? Te­nemos un arte moderno, una literatura moderna, “una política moderna”, una ciencia moderna. ¿Para cuándo una educación realmente moderna?
La tecnificación en las aulas no es síntoma de modernización, sino de falsa inversión en educación, una inversión basada en la obsolescencia de los recursos técnicos. Si bien es cierto que son urgentes dentro de las aulas para estar al mismo nivel que la sociedad de ahí fuera, no se puede llamar a la compra de portátiles o iPads inversión en educación, sino inversión o renovación de estructuras, que no es exactamente lo mismo.
Siento empañar la lectura con mis propias miserias, pero es necesario hacer pasar al lector por los mismos puntos que me condujeron a esta reflexión. Sólo existe el conocimiento desde el autoconocimiento y que sólo puede aprenderse (y aprehenderse) aquello que se ama desde cierto ejercicio de libertad de pensamiento porque, si no es así, cae en el vacío, aunque a corto plazo cumpla su función: aprobar un examen, agradar a un profesor, contentar a los padres. Un saber tan cruel… No hace falta recurrir a terceras personas para hacer este ejercicio sobre los fondos de ‘el capital cultural’ heredado de la Educación Secundaria y el Bachillerato (incluso de muchas asignaturas universitarias). Per­so­nalmente, poco recuerdo de las infinitas lecciones de Física o Literatura durante la Educación Secundaria Obligatoria y el Bachillerato, por no hablar de las Matemáticas, desterradas de mi memoria como Hécuba, hecho que no me honra en absoluto, pero tampoco lo hace al sistema educativo, que no consideró ni por un momento mi individualidad, sino que expuso universalmente unos contenidos que debíamos aprender obligatoriamente para ejercer una presión constante de sometimiento a un mismo modelo. “Para estar todos obligados a la subordinación, a la docilidad, a la atención en los estudios y ejercicios y a la exacta práctica de los deberes y de la disciplina. Para que todos se asemejen”. Si bien es cierto que debe existir una obligatoriedad que permita a los individuos comprender de forma básica el mundo y tener unas bases de cultura general, tiene poca repercusión en dos sentidos. El primero porque en la era de la información, donde está más al alcance de la mano que en ninguna otra época, tenemos un sistema educativo que genera individuos dóciles rellenos de contenidos memorísticos. La información está toda volcada en una red infinitamente accesible y elástica. ¿No valdría la pena acabar con la memoria para invitar a pensar y a problematizar, a desestabilizar los marcos de pensamiento y a dejar de hacer obligatorios los contenidos a favor de una individualidad? ¿No merecería la pena cambiar la forma de conocer y aprender? Y, sobre todo, ¿cómo se hace todo esto? ¿Qué profesores necesitaría esta nueva educación? El segundo, porque ¿dónde queda la individualidad de cada uno si por doquier encontramos un sistema castrante de represión normalizadora de la personalidad que, además, se plantea de forma hipócrita como un sistema libre?
Desconozco si existen nuevas pedagogías a este respecto, pero sí conozco las nuevas leyes que gobernarán nuestro sistema educativo al menos unos años y que son el marco teórico en los que se desenvolverá el ejercicio escolar desde los contenidos básicos y competencias. Existe un gran movimiento contra esta nueva ley que sigue implantando esta mala educación que denunciamos, donde las disciplinas humanísticas que son las encargadas de problematizar dicho asunto están cada vez más ausentes de los planes de estudios. La gran afectada es la Filosofía, que, carente de interés en un mundo dominado por la utilidad, la eficacia y el capitalismo, sufre los estragos del modelo educativo, un declive que no es aislado para la forma escuela, sino para todas las instituciones de nuestro país. En particular, este declive que comenzó, como bien señala José Luis Pardo, hace ya algunos años, se debe a un cambio de terminología en apariencia técnica e inofensiva cuando, en lugar de asignaturas, las universidades empezaron a tener créditos en clara analogía con la terminología financiera. Esta falta de finalidad capital de no servir para nada (ni a nada) no tiene cabida en el mundo actual y se encuentra en un perpetuo no-lugar y a punto de su extinción en la Educación Se­cun­daria Obligatoria y el Bachi­llerato.
Este cambio no sólo daña a la Filosofía, sino al conjunto de conocimientos en general y sobre todo a los alumnos que aprenden que sólo deben alienarse individualmente y dedicarse a tener tiempos útiles sin desperdicios, sin vacíos, siempre llenos de felicidad y grandes intereses, economizando tanto su vida en general como su tiempo particular, y desterrar todo aquello que a corto o medio plazo no le vaya a garantizar ningún bien (en el sentido material). En clara analogía financiera (y hollywoodiense), los alumnos no aprenden categorías distintas al capital: tristeza, fracaso, pérdida, que forman también parte de nuestra vida, son consideradas como malas y deben ser desterradas de los modelos que no fomenten la competencia, el éxito y la utilidad. Pero nos entristecemos, fracasamos y perdemos, y no hay nada de malo en ello, forma parte del paquete de estar vivo. Esta pedagogía del miedo a lo que también es nuestro fomenta un saber cruel que está instalado en el inconsciente de cada uno de nosotros. Se torna lectura urgente Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke, que nos enseña que hace falta algo más que el interés para fijar un conocimiento y que no debemos educar en el miedo, sino en la libertad y la diferencia. “Pero re­cuerde, señor Kappus, no tenemos ninguna razón para temer al mundo porque no nos es contrario. Si hay espantos, son los nuestros; si hay abismos, son nuestros abismos. Si hay peligros, debemos esforzarnos por amarlos”. Pro­ba­blemente la Filosofía sea la única disciplina capaz de salvar los cortos y medios plazos tanto educativos como financieros. Texto: Belén Quejigo. Ver: Imaginación al Poder

10 abr 2015

La burbuja del tulipán

La tulipomanía fue un periodo de euforia especulativa que se produjo en los Países Bajos en el siglo XVII. El objeto de especulación fueron los bulbos de tulipán, cuyo precio alcanzó niveles desorbitados, dando lugar a una gran burbuja económica y una crisis financiera. Constituye uno de los primeros fenómenos especulativos de masas de los que se tiene noticia; quizá el primero, la primera burbuja económico-financiera.
El relato de estos acontecimientos fue popularizado por el periodista escocés Charles Mackay, que lo reflejó, en 1841, en su libro 'Memorias de extraordinarias ilusiones y de la locura de las multitudes' (1841). Varios factores explican el origen de la tulipomanía holandesa. Por un lado, el éxito de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y la prosperidad comercial de los Países Bajos, y por otro, el gusto por las flores, especialmente las exóticas, que se convirtieron en objeto de ostentación y símbolo de riqueza en Holanda y parte de Europa. A su vez, y por razones que en aquel tiempo se desconocían, los tulipanes cultivados en Holanda sufrían variaciones en su apariencia, naciendo así los tulipanes multicolores e irrepetibles, lo que aumentaba su exotismo y por tanto su precio. Hoy se sabe que la causa de ese fenómeno era un parásito de la flor, un pulgón, que transmite un virus a la planta conocido como Tulip Breaking Potyvirus. Charles de l'Écluse, conocido como Carolus Clusius, fue el introductor del tulipán en los Países Bajos en 1559, procedente de la actual Turquía (en aquel tiempo Imperio otomano), donde tenía connotaciones sagradas y adornaba los trajes de los sultanes. De hecho, la palabra tulipán procede del francés turban, deformación del turco otomano tülbent, viniendo este término del persa dulband. Aunque han sido halladas evidencias del uso ornamental en el Al-Ándalus del siglo XI que indican una introducción en Europa más remota en el tiempo, la versión tradicional atribuye su difusión al embajador austríaco en Turquía, Ogier Ghislain de Busbecq, en el siglo XVI. Ogier era un floricultor entusiasta, y cuando regresó a Europa en 1544 llevó consigo algunos bulbos a los Jardines Imperiales de Viena.
Más tarde, en 1593, el destacado botánico Carolus Clusius dejó su trabajo en los Jardines Imperiales para tomar un cargo de profesor de botánica en Leiden, Holanda, hasta donde llevó una colección de bulbos de tulipanes que crearon un gran interés y entusiasmo. Clusius comenzó a cultivar tulipanes de variedades exóticas; sin embargo, celoso de su colección, los mantenía guardados. Pero una noche alguien penetró en su jardín y robó sus bulbos. El suelo arenoso holandés, ganado al mar, resultó ser el idóneo para el cultivo de la planta, y el tulipán se extendió por todo el territorio. Para mucha gente los tulipanes pueden parecer inútiles, sin olor ni aplicación medicinal, floreciendo sólo una o dos semanas al año. Pero los jardineros holandeses apreciaban los tulipanes por su belleza, y muchos pintores preferían pintar una de esas flores antes que un cuadro. A pesar de que se intentó controlar el proceso por el cual los tulipanes monocromos se convertían en multicolores, los horticultores holandeses no fueron capaces, de manera que lo aleatorio del exotismo contribuyó a elevar progresivamente el precio de cada bulbo. Las variedades más raras eran bautizadas con nombres de personajes ilustres y almirantes de prestigio. En la década de los años veinte del siglo XVII el precio del tulipán comenzó a crecer a gran velocidad. Se conservan registros de ventas absurdas: lujosas mansiones a cambio de un sólo bulbo, o flores vendidas a cambio del salario de quince años de un artesano bien pagado. En 1623 un sólo bulbo podía llegar a valer 1.000 florines neerlandeses: una persona normal en Holanda tenía unos ingresos medios anuales de 150 florines.
Durante la década de 1630 parecía que el precio de los bulbos crecía ilimitadamente y todo el país invirtió cuanto tenía en el comercio especulativo de tulipanes. Los beneficios llegaron al 500%. En 1635 se vendieron 40 bulbos por 100.000 florines. A efectos de comparación, una tonelada de mantequilla costaba 100 florines, y ocho cerdos 240 florines. Un bulbo de tulipán llegó a ser vendido por el precio equivalente a 24 toneladas de trigo. El récord de venta lo batió el Semper Augustus: 6.000 florines por un sólo bulbo, en Haarlem. En 1636 se declaró una epidemia de peste bubónica que diezmó a la población holandesa. La falta de mano de obra multiplicó aún más los precios, y se generó un irresistible mercado alcista. Tal fue la fiebre, que se creó un mercado de futuros, quizá el primero de la historia económica, a partir de bulbos aún no recolectados. Ese fenómeno fue conocido como windhandel, "negocio de aire", y se popularizó sobre todo en las tabernas de las pequeñas ciudades, a pesar de que un edicto estatal de 1610 había prohibido el negocio por las dificultades de ejecución contractual que generaba. Pese a la prohibición, los negocios de este tipo continuaron entre particulares. Los compradores se endeudaban y se hipotecaban para adquirir las flores, y llegó un momento en que ya no se intercambiaban bulbos sino que se efectuaba una auténtica especulación financiera mediante notas de crédito. Se publicaron extensos y bellos catálogos de ventas, y los tulipanes entraron en la bolsa de valores. Todas las clases sociales, desde la alta burguesía hasta los artesanos, se vieron implicados en el fenómeno. Charles Mackay cuenta una historia de la época: Un rico mercader había pagado 3.000 florines por un raro tulipán Semper Augustus, y éste desapareció de su depósito. Tras buscarlo vio a un marinero (que había confundido el bulbo con una cebolla) comiéndose el tulipán. El marinero fue detenido de inmediato y condenado a seis meses de prisión. En 1637, el 5 de febrero, un lote de 99 tulipanes de gran rareza se vendió por 90.000 florines y fue la última gran venta de tulipanes. Al día siguiente se puso a la venta un lote de medio kilo por 1.250 florines sin encontrarse comprador. Entonces la burbuja estalló. Los precios comenzaron a caer en picado y no hubo manera de recuperar la inversión: todo el mundo vendía y nadie compraba. Se habían comprometido enormes deudas para comprar flores que ahora no valían nada. Las bancarrotas se sucedieron y golpearon a todas las clases sociales. La falta de garantías de ese curioso mercado financiero, la imposibilidad de hacer frente a los contratos y el pánico llevaron a la economía holandesa a la quiebra. Texto: @Javier Giner. Ver: 5 Crisis financieras que cambiaron el mundo



9 abr 2015

Islam y Petróleo

La Doctrina Carter inspirada por Brzezinski (1980), tenía como objetivo la implementación en Oriente Próximo y Medio del llamado “caos constructivo”, concepto que se basaría en la máxima atribuida al emperador romano Julio César “divide et impera”, para lograr la instauración de un campo de inestabilidad y violencia en la zona (balcanización) y originar un caos que se extendería desde Líbano, Palestina y Siria a Iraq y desde Irán y Afganistán hasta Pakistán y Anatolia (Asia Menor). Dicha proceso de balcanización de la zona estaría ya en marcha y tendría su plasmación en países como Irak , devenido en Estado fallido y desangrado por la reavivación de la guerra civil chií-suní; en la endémica división palestina plasmada en la imposible reconciliación nacional de las facciones de Hamás y la OLP; en la anarquía reinante en Libia con el wahhabísmo salafista instaurado en Trípoli mientras grupos takfiríes (satélites de Al-Qaeda), dominan tribalmente el interior de Libia y en la aplicación de la yihad suní contra el régimen laico de Al Assad y sus aliados chiíes, Irán y Hezbolá que por efecto mimético habría convertido ya al Líbano en un país dividido y presto para ser fagocitado por Israel y a Yemen en el nuevo escenario geopolítico del pulso irano-saudí, quedando el régimen teocrático chíita del Líder Supremo Ayatolah Jamenei como única zona todavía impermeable a la estrategia balcanizadora de Brzezinski. 


El Estado Islámico (EI) y el acuerdo Irán-G 5+1

El llamado Estado Islámico (EI) o enésima forma de la hidra yihadista financiada desde sus comienzos por Arabia Saudí y Emiratos Árabes, declaró el Califato Islámico de Sham con Abu Bakr al-Baghdadi como emir y con capital en Mosul, que abarcaría desde la parte ocupada de Siria (Alepo) a las ciudades suníes de Ramadi, Faluya, Mosul, Tal Afar y Baquba ( triángulo suní), pero tras una intensa campaña mediática de denuncia en la mass media occidental de sus execrables asesinatos, habría provocado la reacción de Obama en forma de ataques aéreos masivos contra los feudos del EI en Irak y Siria. Dicha campaña mediática seguiría la técnica de manipulación de las masa conocida como teoría de “la aguja hipodérmica o bala mágica”, plasmada en el libro de Harold Lasswell “Técnicas de propaganda en la guerra mundial (1.927) y basada en “inyectar en la población una idea concreta con ayuda de los medios de comunicación de masas para dirigir la opinión pública”, con lo que habría conseguido horrorizar a los países occidentales y lograr la formación de una Coalición Internacional contra el Califato de Sham. Sin embargo, la necesidad de incorporar a Irán a dicha Coalición Internacional contra la nueva forma de la hidra yihadista, podría lograr que EEUU dé su visto bueno a las actividades de enriquecimiento de uranio de Irán “siempre que se supedite a la estricta supervisión de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA)” . Dicho acuerdo incluiría el beneplácito de Washington para que Teherán enriquezca su uranio y lo transforme en combustible para el reactor iraní, (siempre bajo control de la OIEA), lo que permitiría un mejor control del stock de uranio enriquecido de Irán y fuente de inquietud entre los occidentales e Israel, que temen que Teherán lo pueda emplear para fabricar armas atómicas, (acusaciones que Irán ha desmentido siempre categóricamente). Recordar que Irán posee según los expertos, las terceras mayores reservas probadas del mundo de petróleo y gas pero carecería de la tecnología suficiente como para extraer el gas en los yacimientos más profundos y necesita una urgente inversión multimillonaria para evitar un deterioro irreversible en sus instalaciones, pues de acuerdo con el quinto plan quinquenal 2010-2015 , el Gobierno iraní estaría obligado a invertir unos 155.000 millones de dólares para el desarrollo de la industria petrolera y gasística pero el contencioso nuclear con EEUU y las sanciones internacionales en forma de inanición financiera exterior habrían dejado obsoleto dicho plan. En el supuesto de lograrse la resolución del contencioso nuclear de EEUU-Irán y el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países , Rowhani conseguiría su objetivo de que se reconozca el papel de Irán como potencia regional, logrando de paso el incremento de cooperación irano-estadounidense y la resolución del avispero sirio e iraquí, (Conferencia de Viena y Plan Biden), pero si fracasa la vía diplomática de Obama, aumentará la presión del lobby pro-israelí de EEUU ( AIPAC) para lograr la desestabilización de Irán y Siria por métodos expeditivos.

¿Nueva Guerra en Oriente PROME?

El inesperado triunfo de Netanyahu en las recientes elecciones supondrá la formación de un Gobierno de Guerra totalmente contrario a la existencia de dos Estados independientes (Israel y Palestina) que acelerará la construcción de nuevos asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Este y presionará a la Administración Obama para conseguir el ataque militar a Irán y la destrucción de sus instalaciones nucleares. Sin embargo, el mensaje diáfano de la Administración Obama hacia Israel sería que “la paz en Oriente Próximo y Medio (Oriente PROME) es posible a través del diálogo y que Israel y Estados Unidos tienen que negociar con Irán y con Siria, dos actores cruciales en la política de Oriente Próximo”, postulados que serían un misil en la línea de flotación del Gobierno de Netanyahu y de la Cuarta Rama del Poder de EEUU que aspiran a resucitar el endemismo del Gran Israel (Eretz Israel), doctrina en la que se basarían los postulados de la futura coalición de Gobierno israelí liderado por Netanyahu quien aspira a convertir a Jerusalén en la “capital indivisible del nuevo Israel”, tras la invasión de su parte oriental tras la Guerra de los Seis Días (1.967), con lo que Obama se convertiría en el último obstáculo para diseñar la arquitectura del Nuevo Gran Oriente. En consecuencia, tras la aprobación del Congreso y Senado de EEUU de una declaración preparada por el senador republicano Lindsey Graham y el democráta Robert Menéndez que señala con rotundidad que “si Israel se ve obligado a defenderse y emprender una acción (contra Irán), EEUU estará a su lado para apoyarlo de forma militar y diplomáticamente” y la posibilidad de la firma de un acuerdo definitivo del G 5+1 con Irán sobre el contencioso nuclear iraní que no contaría con el visto bueno de Netanyahu , asistiremos al aumento de la presión del lobby pro-israelí de EEUU ( AIPAC) para proceder a la desestabilización de Siria e Irán por métodos expeditivos, no siendo descartable que Obama, (tras la pérdida del control del Senado en las pasadas e lecciones de medio término y en la recta final de su mandato Presidencial), acepte el pulso del lobby judío y adopte una suicida conducta transgresora que podría reconsiderar el tradicional veto de EEUU en el Consejo de Seguridad de la ONU ante propuestas “nocivas para el Estado israelí”. Así, asistiremos al inicio de una intensa campaña de descalificación personal y política de Obama en los medios de comunicación dominantes o “mainstream media”, (especialmente virulenta en los medios manejados por los “think tank” Heritage Foundation y Cato Institute), preludio de la gestación de una trama endógena que podría terminar por reeditar el Magnicidio de Dallas (Kennedy,1.963) para lograr que EEUU vuelva a la senda de las seudodemocracias tuteladas por el poder en la sombra (Cuarta Rama del Poder). Caso de consumarse el magnicidio de Obama, Joe Biden, el tapado de la AIPAC, se vería obligado a asumir la Presidencia del País aunque su mandato quedará presumiblemente marcado por la Guerra de los 6 años. Dicha guerra será un nuevo episodio local que se enmarcaría en el retorno al endemismo recurrente de la Guerra Fría EEUU-Rusia e involucrará a ambas superpotencias teniendo como colabores necesarios a las potencias regionales (Israel, Egipto, Arabia Saudí e Irán), abarcando el espacio geográfico que se extiende desde el arco mediterráneo (Libia , Siria y Líbano) hasta Yemen y Somalia y teniendo a Irak como epicentro ( rememorando la Guerra de Vietnam con Lindon B. Johnson (1963-1.969).Así, Siria, Líbano e Irak serían tan sólo el cebo para atraer tanto a Rusia como a China y tras desencadenar una concatenación de conflictos locales (Siria, Irak y Líbano), desembocar en un gran conflicto regional que marcará el devenir de la zona en los próximos años y cuyo desenlace podría tener como efectos colaterales el diseño de una nueva cartografía favorable a los intereses geopolíticos de EEUU, Gran Bretaña e Israel con la implementación del Gran Israel (“ Eretz Israel”).

Hacia la Tercera crisis del petróleo

En una entrevista a Brzezinski realizada por Gerald Posner en The Daily Beast (18 de septiembre de 2009) afirmó que “una colisión estadounidense-iraní tendría efectos desastrosos para Estados Unidos y China, mientras Rusia emergería como el gran triunfador, pues el previsible cierre del Estrecho de Ormuz en el Golfo Pérsico donde atraviesa el transporte de petróleo destinado al noreste asiático (China, Japón y Sur-Corea), Europa y Estados Unidos, elevaría el precio del oro negro a niveles estratosféricos y tendría severas repercusiones en la economía global , pasando a ser la UE totalmente crudodependentiente de Rusia”. Así, un previsible ataque israelí a Irán provocaría un inmediato bloqueo del estrecho de Ormuz por el que pasa un tercio del tráfico energético mundial lo que podría agravar la recesión económica mundial y debilitar profundamente todo el sistema político internacional pues según estimaciones de la AIE (Agencia Internacional de la Energía), 13,4 millones de barriles por día (bpd) de crudo pasarían a través del estrecho canal en buques petroleros, (lo que representaría el 30 % del suministro de crudo que se comercializa mundialmente), bloqueo que por mimetismo se extendería al paso del Canal de Suéz , considerado como uno de los puntos más importantes para el comercio mundial ya que transporta 2,6 millones de barriles de crudo al día (lo que representa casi 3% de la demanda mundial diaria de petróleo) y asimismo es una ruta relevante para el gas natural licuado (GNL), pues cerca de 13% de la producción mundial de dicho gas transitó por ella en el 2010 y su hipotético cierre provocaría la interrupción del suministro de alrededor de 2,6 millones de barriles diarios y al Golfo de Adén que conecta a través del Canal de Suéz el Océano Índico con el Mar Mediterráneo y con un tránsito de más de 18.000 buques según estadísticas oficiales citadas por el diario económico búlgaro, Capital. El colapso del paso por dichos estrechos provocará la Tercera crisis del Petróleo que llevará aparejada una psicosis de desabastecimiento y al incremento espectacular del precio del crudo hasta niveles del 2008 (rondando los 150 $) y que tendrá su reflejo en un salvaje encarecimiento de los fletes de transporte y de los fertilizantes agrícolas lo que aunado con inusuales sequías e inundaciones en los tradicionales graneros mundiales y la consecuente aplicación de restricciones a la exportación de commodities agrícolas de dichos países para asegurar su autoabastecimiento, terminará por producir el desabastecimiento de los mercados mundiales, el incremento de los precios hasta niveles estratosféricos y la consecuente crisis alimentaria mundial que afectaría especialmente a las Antillas, México, América Central, Colombia, Venezuela, Bolivia, Egipto, Mongolia, Corea del Norte, India, China, Bangladesh y Sudeste Asiático, ensañándose con especial virulencia con el África Subsahariana y pudiendo pasar la población atrapada en la inanición de los 1.000 millones actuales a los 2.000 millones estimados por los analistas. Texto: Germán Gorraiz López. Ver: Información y alimentación

7 mar 2015

Ciencia, anticiencia y Pseudociencia (Parte II de II)

Sin duda muchas hipótesis sociológicas y culturales pueden explicar el crecimiento de las creencias irracionales. En años recientes los medios de comunicación han aumentado en influencia. La imagen del científico es frecuentemente esbozada por los periodistas, novelistas y dramaturgos, no siempre por los mismos científicos y lo que la ciencia es o hace ha sido a veces mal elaborado y se le ha dado un mal nombre. O nuevamente, se estima que la mitad de todo el apoyo del mundo para la investigación científica es para el desarrollo armamentista, y la mayoría del resto es para propósitos industriales y pragmáticos. La investigación científica con frecuencia también ha sido controlada por intereses privados para su ganancia o por los gobiernos para la adoctrinación y el control. El investigador científico libre y creativo con frecuencia tiene que depender de la estructura de poder para su apoyo financiero; y lo que sucede a los frutos de su labor está más allá de su labor.
Estas explicaciones son válidas sin duda. Pero también hay, a mi juicio, profundos factores psicológicos en acción; y hay mucha confusión acerca del significado de la misma ciencia. La persistencia de la irracionalidad en la cultura moderna revela algo acerca de la naturaleza peculiar de la especie humana. Hay una tendencia en el animal humano hacia la credulidad -esto es, una facilidad psicológica a aceptar creencias no probadas, a ser crédulo en el asentimiento. Esta tendencia parece estar profundamente engranada en la conducta humana que pocos están sin ella en alguna medida. Estamos tentados a tragar tanto la verdad evangélica que otros nos ofrecen. No estoy hablando simplemente de estupidez e ignorancia sino de ingenuidad acrítica acerca de algunas materias.
Indudablemente hay individuos que se especializan en engañar a otros; proveen dioses falsos y servicios vacíos, pero sin duda hay también creyentes sinceros que se engañan así mismos que quieren creer en ideas sin la evidencia adecuada, y que buscan convertir a otros a sus concepciones equívocas. Lo que está en acción aquí no es el fraude conciente sino el autoengaño. La cosa curiosa es que, algunas veces si un psicótico se repite a sí mismo con la suficiente frecuencia, al tiempo otros llegan a creer y seguirlo. Además, si una falsedad es suficientemente exagerada, alguna gente está más apta para creerla. Además, el herético siempre se arriesga a ser quemado en la estaca, especialmente después que la nueva mitología llega a ser institucionalizada como la doctrina oficial.
Hay, pienso, todavía otra tendencia en la conducta humana que estimula la credulidad: la fascinación por el misterio y el drama. La vida para muchas personas es inútil y aburrida. Derrotados por la anomia y la tiranía de lo trivial, pueden buscar escapar de este mundo usando las drogas y el alcohol, embotando o suprimiendo sus conciencias. Abandonarse a la nada es su propósito.
Otro método de diversión es la búsqueda por placeres hedonistas y las emociones fuertes. Aun otro es el uso de la imaginación. Las artes literarias y dramáticas proporcionan libertad a la imaginación creativa, como lo hace la religión. Es difícil para algunos individuos distinguir la verdad de la falsedad, la ficción y la realidad. Los cultos de la sinrazón y lo paranormal atraen y fascinan. Capacitan a cualquiera a bordear los límites de lo desconocido. Para las personas ordinarias, hay el mundo cotidiano -y la posibilidad de escapar a otro. Y así buscan otro lugar -otro universo y otra realidad-.
Por eso hay una búsqueda que es fundamental a nuestro ser: la conquista por el significado. La mente humana tiene un genuino deseo de sondear las profundidades de lo inefable, de encontrar un significado más profundo y la verdad, de alcanzar otro reino de existencia. La vida no tiene sentido para muchos, especialmente para los pobres, los enfermos, los desamparados, y aquellos que han fracasado o tienen poca esperanza. La imaginación ofrece salvación a las aflicciones y las tribulaciones que se encuentran en esta vida. Por eso, creer en la reencarnación o la supervivencia personal, aún si no es probada ofrece solaz a los individuos que encaran la tragedia, la muerte y la existencia del mal. Por razones ideológicas, el medio de la salvación es la visión utópica de la sociedad perfecta en el futuro. El alma se lamenta por algo mucho más allá, más profundo, más duradero y más perfecto que nuestro mundo pasajero de la experiencia.
De acuerdo con esto, la persistencia de la fe puede ser explicada en parte por características dentro de nuestra naturaleza: la credulidad, la seducción por el misterio, la búsqueda del sentido. La gente tomará la menor pizca de evidencia y construirá un sistema mitológico. Pervertirán su lógica y abandonaran sus sentidos, todo por la Tierra Prometida. Algunos gustosamente cambiarán su libertad con los sistemas más autoritarios, para lograr comodidad y seguridad. Los cultos de la sinrazón prometen solaz; buscan investir al individuo solitario, quien con frecuencia se siente extraño y sólo, de un papel importante en el universo.
¿Qué puede decir la ciencia acerca de aquellas necesidades humanas? ¿Hemos abandonado tal vez los dominios de la ciencia completamente y mudado al de la filosofía? La ciencia debería tener algo que decir, porque lo que esta en juego es la naturaleza de la ciencia misma.
Hay muchos significados para la palabra “ciencia”. Algunos que hablan acerca de la ciencia se refieren a las especialidades en un campo específico, tales como la endocrinología, la microbiología o la econometría. Otros que hablan acerca de la ciencia tienen en mente las aplicaciones tecnológicas y experimentales de las teorías científicas a problemas concretos. Sin embargo, estas opiniones de la ciencia son excesivamente estrechas; porque es posible para una sociedad lograr progreso masivo en ciertos campos tecnológicos estrechos, sin embargo, perder el punto total de la empresa científica. Las sociedades totalitarias en nuestro tiempo invirtieron bastas sumas de dinero en investigación técnica y lograron un alto nivel de competencia científica en ciertos campos, pero la visión científica no prevaleció en ellos. No es suficiente el nuevo entrenamiento de la gente para que sean especialistas científicos. Una cultura puede estar llena de técnicos científicos, sin embargo, seguir siendo dominada por lo irracional. Debemos distinguir la ciencia como una empresa técnica estrecha de la actitud científica. Pienso que aquí no hemos establecido un propósito importante. Desafortunadamente, tener credenciales científicas en un campo no significa que una persona incorporará una actitud científica a unas partes de su vida.
La mejor terapia para la credulidad y la imaginación desenfrenada es el desarrollo de la actitud científica, como se aplica no solamente al campo especializado de uno de la experiencia sino también a cuestiones más amplias de la vida misma. Pero hemos fracasado en nuestra sociedad en desarrollar y expandir la actitud científica. Es evidente que uno puede ser un especialista científico pero un bárbaro cultural, un experto tecnólogo en un campo particular pero ignorante fuera de él.
Si vamos a responder el crecimiento de la irracionalidad, necesitamos desarrollar un aprecio por la actitud científica como parte de la cultura. Debemos aclarar que el principal principio metodológico de la ciencia es el que no se justifica al sostener una afirmación verdadera a menos que uno pueda apoyarla por medio de la evidencia o la razón. No es suficiente estar convencido interiormente de la verdad de las creencias de uno. Deben, en algún punto, ser verificables objetivamente por investigadores imparciales. Una creencia que está garantizada no lo está porque sea “verdadera subjetivamente”, como pensaba Kierkegaard; si es verdadera lo es porque ha sido confirmada por una comunidad de investigadores. Creer válidamente que algo es verdadero es relacionar las creencias de uno a la justificación racional; es hacer una afirmación acerca del mundo, independientemente de los deseos de uno.
Aunque, los criterios específicos para probar una creencia dependen del sujeto en consideración, hay ciertos criterios generales. Necesitamos examinar la evidencia. Aquí me estoy refiriendo a la observación de datos que son reproducibles por observadores independientes y que pueden ser examinados experimentalmente en casos de prueba. Esto es llamado familiarmente el criterio empirista o experimentalista. Una creencia es verdadera si, y sólo sí, ha sido confirmada, directa o indirectamente, por referencia evidencia observable. Una creencia también es validada al ofrecerse razones que la apoyen. Aquí hay consideraciones lógicas que son relevantes.
Una creencia es invalidada si contradice otras creencias muy bien fundamentadas dentro de una estructura. Además evaluamos nuestras creencias en parte por sus consecuencias observadas en la práctica por su efecto en la conducta. Este es el criterio utilitario o pragmático: la utilidad de una creencia es juzgada por referencia a su función y su valor. Sin embargo, uno no puede sostener que una creencia es verdadera simplemente porque tiene utilidad; la evidencia independiente y las consideraciones racionales son esenciales. No obstante, la referencia a los resultados de una creencia, particularmente a las de una creencia normativa, es importante.
Esos criterios generales son, por supuesto, familiares en la lógica y la filosofía de la ciencia. Estoy hablando del método hipotético-deductivo de probar las hipótesis. Pero este método no deberá ser construido estrechamente, porque el método científico emplea el sentido común; no es ningún arte esotérico disponible sólo a los iniciados. La ciencia emplea los mismos métodos de inteligencia crítica que el hombre ordinario usa al formular creencias acerca de su mundo físico; y es el método que tiene que usar, en alguna medida, si va a vivir y funcionar, hacer planes y elecciones. Desviarse del pensamiento objetivo es estar fuera de contacto con la realidad cognitiva; y no podemos evitar usarlo si vamos a manejar los problemas concretos que encontramos en el mundo.
La paradoja es que mucha gente quiere abandonar su inteligencia práctica cuando ingresan a los campos de la religión o la ética o arrojan la cautela al viento cuando flirtean con los así llamados asuntos trascendentales.
En cualquier caso hay una necesidad de desarrollar una actitud científica general para todas o la mayor parte de las áreas de la vida, usar, tanto como sea posible, nuestra inteligencia crítica para evaluar las creencias, e insistir que estén basadas en fundamentos evidentes. El colorario principal de esto es el criterio que donde no tengamos la suficiente evidencia, deberíamos suspender el juicio. Nuestras creencias deberán ser consideradas hipótesis tentativas basadas en grados de probabilidad. No deberán ser consideradas absolutos o finales. Deberemos estar comprometidos con el principio de falibilismo, que considera que nuestras creencias pueden ser erróneas. Deberemos estar deseando revisarlas, si necesitan serlo a la luz de nueva evidencia y nuevas teorías.
La actitud científica por eso no prejuzga sobre fundamentos a priori el examen de las afirmaciones acerca de lo trascendental. Está comprometida con la investigación libre y abierta. No puede rehusar comprometerse en la investigación, por ejemplo de los fenómenos paranormales. Pero no sostiene el derecho a preguntar que tal investigación pueda ser responsable y cuidadosamente conducida, que la evidencia no sea deshecha por la conjetura, ni las conclusiones basadas en la voluntad de creer.


La pregunta básica es: ¿Cómo podemos cultivar la actitud científica? La institución más vital de la sociedad para desarrollar una apreciación por la actitud científica es la escuela. No es suficiente, sin embargo, para las instituciones educativas informar simplemente a la gente joven de los hechos o diseminar un cuerpo de conocimiento. La educación de tal clase puede ser nada más que aprendizaje rutinario o adoctrinación. Más bien, un propósito principal de la educación deberá ser desarrollar dentro de los individuos el uso de la inteligencia crítica y el escepticismo. No es suficiente hacer que los estudiantes memoricen una materia, amasen hechos, pasen exámenes o aún dominen una especialidad o profesión o sean entrenados como ciudadanos. Si hacemos eso y nada más, no hemos educado completamente; la teoría central es cultivar la habilidad de verificar experiencias, evaluar las hipótesis, evaluar los argumentos -en resumen- desarrollar una actitud de objetividad e imparcialidad. La tremenda explosión informativa de hoy nos ha bombardeado compiten con afirmaciones verdaderas. Es vital que los individuos desarrollen algún entendimiento de los criterios efectivos para juzgar estas afirmaciones. No me refiero solamente a nuestra habilidad de examinar afirmaciones de conocimiento acerca del mundo sino también de nuestra habilidad para desarrollar algunas características al apreciar juicios de valor y principios éticos. La meta de la educación deberá ser desarrollar personas reflexivas -escépticas aunque receptivas a nuevas ideas, siempre deseando examinar nuevas desviaciones del pensamiento, aunque insistiendo que sean probadas antes de ser aceptadas.
La educación no se realiza cuando transmitimos una materia o disciplina finita a los estudiantes: sólo cuando estimulamos un proceso activo de búsqueda. Esta meta es apreciada actualmente en algunas instituciones educativas que intentan cultivar la inteligencia reflexiva. Pero la educación no está completa a menos que podamos extender nuestro interés a otras instituciones educativas de la sociedad. Si vamos a cultivar el nivel de la inteligencia crítica y promover la actitud científica, es importante que nos interesemos con los medios de comunicación masiva. Un problema especialmente serio con los medios electrónicos es que emplean las imágenes visuales más que los símbolos escritos, diseminan impresiones inmediatas en vez de análisis sustentados. ¿Cómo podemos estimular la crítica reflexiva en el público dando este tipo de información?
No tengo una solución fácil que ofrecer. Lo que deseo sugerir es que no debemos asumir, simplemente porque la nuestra es una sociedad científico-tecnológica avanzada, que el pensamiento irracional será derrotado. La evidencia sugiere que eso está lejos de ser el caso. Ciertamente, siempre está el peligro que la ciencia misma pueda ser absorbida por las fuerzas de la sinrazón.
Si vamos a manejar el problema, lo que necesitamos, por lo menos, es ser claros acerca de la naturaleza de la empresa científica misma y reconocer que presupone una actitud básica acerca de los criterios evidentes. A menos que podamos impartir a través de las instituciones educativas de la sociedad algún sentido del acercamiento escéptico a la vida -como terapéutico y correctivo- entonces me temo que estaremos constantemente confrontados por nuevas formas de “saber-nadismo”.
Si vamos a progresar al vencer la irracionalidad, sin embargo, debemos ir más lejos todavía. Tal vez debemos tratar de satisfacer la necesidad por el misterio y el drama y el anhelo por el significado. El desarrollo de la educación y la ciencia en el mundo moderno es una maravilla que sostener, y deberíamos hacer cualquier cosa para fomentar su desarrollo. Pero hemos aprendido que un incremento en la suma del conocimiento por sí mismo no necesariamente derriba la superstición, el dogma, y la culpabilidad, porque estos son nutridos por otras fuentes en la psique humana.
Un punto con frecuencia descuidado en satisfacer nuestra fascinación con el misterio y el drama es el posible papel de la imaginación en las ciencias. La ciencia puede solamente proceder por ser abierta a las exploraciones creativas del pensamiento. Los completos rompimientos en la ciencia son pasmosos, y continuarán tanto como escudriñemos más allá del micromundo de la materia y la vida y en el universo en general. La era espacial es el principio de una nueva era para la humanidad, tanto como dejemos nuestro sistema solar y exploremos el universo para buscar vida extraterrestre. Necesitamos diseminar una apreciación por la aventura de la empresa científica. Desafortunadamente, para algunos, la ciencia-ficción es el sustituto de la ciencia. La religión del futuro puede ser una una religión de la era espacial en la que los nuevos profetas no son los científicos sino los escritores de ciencia-ficción.
La ciencia tiene por eso un foco doble: la objetividad y la creatividad. Las artes son esenciales en mantener vivas las cualidades dramáticas de la experiencia; poesía, música, y la literatura expresan nuestra naturaleza apasionada. El hombre no vive por la razón solamente; y la ciencia es con frecuencia vista por sus críticos como fría y racional. La gente anhela algo más. Nuestros impulsos estéticos y nuestro deleite por la belleza necesitan ser cultivados. Las artes son la expresión más profunda de nuestros intereses espirituales, pero necesitamos hacer una distinción entre el arte y la verdad.
En cualquier caso, necesitamos satisfacer la búsqueda por el sentido. Es este anhelo por el significado etéreo que, pienso, lleva a la desorientación psicótica encontrada en los cultos de la sinrazón. “Sígueme”, dicen los cultos de la irracionalidad. “Yo soy la luz, la verdad, y el camino”. Y la gente está deseando abandonar todos los patrones de juicio crítico en el proceso.
Deseo aclarar que hay la necesidad actualmente para desarrollar instituciones normativas alternativas. Sugeriría que tal programa no construiría sistemas con creencias que sean patentemente falsos o irracionales o que violen la evidencia de las ciencias; sin embargo, buscará dirigirse a otras dimensiones de la experiencia humana, y dará a las artes, la filosofía y la ética papeles poderosos para ayudar a satisfacer las necesidades humanas. Texto: Paul Kurtz tomado de: sindioses.org. Traducción de M. A. Paz y Miño. VER: PARTE I

Ciencia, anticiencia y Pseudociencia (Parte I de II)

Ha habido un conflicto que ha prevalecido por largo tiempo en la historia de la cultura entre la ciencia y la religión, la razón y la pasión. Los teólogos han argüido incesantemente que hay “límites” para la investigación científica y ésta no puede penetrar “el reino transcendental”; los poetas han despreciado la lógica deductiva y el método experimental, los cuales sostienen quitan a las experiencias de sus cualidades sensitivas. La controversia actual entre las dos culturas de la ciencia y las humanidades es por eso familiar.

A pesar de la crítica clásica, la empresa científica ha tenido un significativo progreso en las pasados tres siglos, resolviendo problemas que estaban supuestamente más allá del alcance de su metodología; y la revolución científica que empezó primero en las ciencias naturales, se ha extendido a las ciencias biológicas, sociales y conductuales, con enormes beneficios para con el logro de la educación universal la visión científica eventualmente triunfará y emancipará la humanidad de la superstición. Se pensó que el progreso era correlativo con el crecimiento de la ciencia.
La confianza en la ciencia, sin embargo ha sido malamente estremecida en los últimos años. Aún las sociedades supuestamente avanzadas están inundadas por los cultos de la sin razón y otras formas de insensatez. A principios de este siglo fuimos testigos del surgimiento de cultos ideológicos fanáticos tales como el nazismo y el stalinismo.
Actualmente, las sociedades democráticas occidentales están siendo barridas por otras formas de irracionalismo, con frecuencia marcadamente anticientíficas y pseudocientíficas en carácter. Hay varias manifestaciones de este nuevo asalto a la razón.
Una buena ilustración de esta tendencia es el aumento de la astrología, pero sólo la punta del iceberg. Porque si uno hace encuestas sobre el estado actual de las creencias, uno encuentra que gran número de gente está lista aparentemente para creer en una amplia variedad de cosas, aunque atroces, sin pruebas suficientes. Aún un catálogo al azar de algunos de los cultos y gurúes bizarros ilustran el punto: la consciencia de Krishna, el Maharaj Ji, Aikido, el Maharishi Mahesh Yogi y formas diversas de la meditación trascendental, la Iglesia de la Unificación, el Proceso, los Gurjievianos, el Zen, Arica, los Hijos de Dios y el I-Ching. Desde el punto de vista del escéptico y el humanista científico, estos cultos no son más irracionales que los grupos religiosos ortodoxos. ¿Por qué son las prédicas del más último de los gurúes, más insensatas que una deidad muerta y resucitada, la visita del ángel Gabriel a Mahoma, José Smith y su viaje occidental, Mary Baker Eddy y la Ciencia Cristiana, la Teosofía, los Rosacruces, o la canonización de santos por supuestos milagros? Las religiones tradicionales violentan la credulidad tanto o más que las más nuevas y exóticas religiones importadas del Asia, pero los primeros han estado rondando más tiempo y son considerados parte del sistema social establecido. Lo que es aparente es la tenaz resistencia de las creencias irracionales a través de la historia hasta el presente día -y a pesar de la revolución científica-.
Tomemos el fenómeno de las “nuevas brujas”, como Marcello Truzzi las ha llamado, y el reavivamiento del interés en el exorcismo. Sólo unos pocos años atrás habría sido raro haber encontrado algún estudiante universitario que creyera en las brujas. Aún hoy, la creencia en una multitud de brujas y demonios, aún el diablo, ha llegado a estar de moda en algunos círculos. Esta es la era de los monstruos, en la que Frankestein, Drácula, los hombres-lobo llegaron a ser reales para mentes impresionables. La novela y la película El Exorcista estimularon la creencia en el exorcismo; y alguna gente fue incapaz de distinguir la verdad de la ficción. Por eso somos confrontados por una plétora de mitos florecientes, cultivados por una industria editorial y medios de comunicación que buscan el lucro.
Todo esto es sintomático del rechazo actual de la razón y la objetividad. Mientras hace una década hubo un consenso general que al menos existían algunas reglas de evidencia, hoy día la gran existencia de criterios objetivos para juzgar afirmaciones verdaderas es seriamente cuestionados. Uno escucha una y otra vez que “una creencia es tan buena como la siguiente” y que hay una clase de “verdad subjetiva” inmune a la crítica o evidencia racionales. Uno aún encuentra proponentes de formas de subjetividad entre los filósofos de la ciencia, los cuales sostienen que las condiciones históricas o los factores psicológicos son bastante responsables de las revoluciones en el pensamiento científico.
La reacción contra las normas rigurosas asumió otra forma en la década de 1960 en el asalto de la Nueva Izquierda y la contracultura al intelecto. El crecimiento actual de los cultos de la sinrazón es tal vez solamente una consecuencia de ese fenómeno. Dijimos entonces que necesitábamos romper la laxitud de las demandas de la lógica y la evidencia, y “expandir nuestra conciencia” por medio de drogas y otros métodos. Theodore Roszak sostuvo tal posición en sus libros muy leídos La construcción de la Contra-cultura (En inglés Making of a Counter-Culture. New York: Doubleday, 1969) y El Animal no terminado: La frontera de Acuario y la Evolución de la Conciencia (The Aquarium Frontier and the Evolution of Consciousness. New York: Harper & Row, 1975).
La contra-cultura insistió que la objetividad era imposible tanto a causa de prejuicios de clase o profesionales o porque estabamos encerrados en las categorías de nuestra visión científica del mundo. Uno no escuchaba mucha crítica del marxismo [cuando estaba de moda] pero uno escucha que la visión científica existente está confinándose. Y así hay un intento de evadirse por medio de nuevas formas de la experiencia, de las cuales los cultos son sólo una parte: Mantras, meditación, bioenergética, yoga, jardinería orgánica, fotografía kirliana, y la percepción extrasensorial.
Esto existe junto a otra disposición que está evidentemente incrementándose hoy: una aversión a la cultura tecnológica misma.
La ciencia y la tecnología son con frecuencia culpadas indiscriminadamente de la situación mundial actual. Oímos por todas partes acerca de los peligros de la tecnología, la destrucción de la ecología natural, la polución, la depredación de los recursos, los malos usos de la energía, la amenaza de las plantas de poder nuclear, etc. Muchos de estos intereses son legítimos, sin embargo, la postura crítica no es simplemente contra la tecnología sino contra la ciencia y investigación científica. Hay aquéllos de la derecha fundamentalista quienes todavía se oponen vehementemente, sobre bases éticas o religiosas, a la enseñanza de la teoría de la evolución, los cursos comparativos de estudios sociales, y la educación sexual. Pero además, el científico es visto con frecuencia por algunos de la izquierda como una clase de demonio -si se ocupa de la experimentación humana o la modificación de la conducta, o si participa en la investigación genética o desea probar bases genéticas del C.I. [Cociente intelectual]. Y hay quienes de manera creciente opinan y consideran a los médicos y los psiquiatras como sumos sacerdotes malvados u hombres vudú.
Estamos confrontados hoy día con una forma de rectitud moral y anti-intelectualismo -con frecuencia bordeando la histeria- que enjuicia la ciencia como deshumanizante, brutalizadora, destructiva de la libertad y el valor humanos. Esta actitud es paradójica, porque parece ocurrir más virulentamente en las sociedades afluentes, donde han sido logrados los más grandes avances de la investigación científica y la tecnología.
¿Deberíamos asumir que la revolución científica, que empieza en el siglo XVI, es continua? ¿O será oprimida por las fuerzas de la sinrazón? Sin embargo, el cuadro que estoy pintando no debe ser sobreestimado. Junto a los críticos de la ciencia están sus defensores. Y vastos recursos son invertidos en educación, investigaciones, organizaciones y publicaciones científicas. La ciencia todavía es bastante considerada por mucha gente.
Ciertamente, el hecho que la ciencia es esencial para nuestra civilización tecnológica está muy bien reconocido por algunos de los críticos de la ciencia -que me lleva incluso a otra dimensión del crecimiento de la irracionalidad: la proliferación de la pseudociencia-. Aquellos que no son tentados por lo oculto siempre pueden encontrar naves de los dioses, ovnis, triángulos de las Bermudas o continentes perdidos para seducirlos. Los nuevos profetas buscan tener sus teorías especulativas encubiertas por el manto de la legitimación científica; incluyen a von Däniken y aquellos asociados con la dienética, la cientología, y los recientes esfuerzos en desarrollar una “astrología científica”.
El crecimiento de la pseudociencia puede ser visto en muchas otras áreas. Hay, por ejemplo, un esfuerzo en explorar el así llamado reino parapsicológico. Los fenómenos psíquicos, que fueron cuidadosamente estudiados en el siglo XIX por la Sociedad para la Investigación Psíquica en Inglaterra y la parapsicología, que fue investigada por muchos años por J. B. Rhine en la Universidad de Duke, han llegado a estar de moda. Uri Geller ha sido examinado por “expertos científicos” y se le ha encontrado que posee sorprendentes “poderes psíquicos”, pero sus proezas pueden ser duplicadas fácilmente por magos tales como James Randi usando trucos de magia tradicionales. Estudiantes y profesores igualmente anuncian nuevas investigaciones de la clarividencia, precognición, la telepatía, ensueños, las experiencias incorpóreas, la reencarnación, la comunicación con espíritus de los muertos, la curación psíquica, los poltergeists, y las auras.
Algunos entusiastas sostienen haber descubierto “las grietas del reino de lo transcendental” y nuevas dimensiones de la realidad. El enemigo es siempre el “conductista”, el “experimentalista”, o el “mecanicista”, quienes supuestamente se cierran a tales investigaciones. Estamos, algunos sostienen, en un estadío revolucionario de la historia de la ciencia, la cual ha visto el surgimiento de nuevos paradigmas explicativos. Los críticos insisten que nuestras usuales categorías científicas y métodos son demasiados estrechos y limitantes.
No estoy negando la constante necesidad de examinar la evidencia y mantener una mente abierta. Ciertamente, insistiría en que los científicos quieran investigar las afirmaciones de nuevos fenómenos. La ciencia no puede ser censuradora e intolerante, ni apartarse de los nuevos descubrimientos al hacer juicios que antecedan la investigación. Formas extremas de cientismo pueden ser tan dogmáticas como el subjetivismo. Sin embargo, hay una diferencia entre el uso cuidadoso de métodos de investigación por un lado, y la tendencia a generalizaciones apresuradas basadas en la evidencia insuficiente por el otro. Lamentablemente, también hay con demasiada frecuencia una tendencia de los crédulos en confiar en los datos más insuficientes y elaborar vastas conjeturas, o insistir que sus especulaciones han sido confirmadas concluyentemente, cuando no lo han sido.
Cuestiones serias pueden ser levantadas acerca de la escena actual. ¿Es mayor el nivel de irracionalidad o menor el nivel de irracionalidad en tiempos anteriores, o el nivel de lo insensato ha permanecido medianamente constante en la actitud humana y sólo asumió diferentes formas? ¿Por qué persiste la irracionalidad, aún en las sociedades adelantadas? Texto: Paul Kurtz tomado de: sindioses.org. Traducción de M. A. Paz y Miño. Ver: Parte II





6 mar 2015

No piense, mire la pantalla (Parte IV de IV)

Globalización, democracia y medios de comunicación

Se encuentran entronizados distintos mitos que recorren el planeta, de los que hoy pareciera imposible despegarse. Las ideas de libre mercado y democracia (entendida como democracia representativa y formal) parecen haber llegado para quedarse, inundando todo el mundo y no dando lugar a críticas o alternativas. Estar globalizados es participar de estos valores comunes, universales, fijados desde centros de poder omnímodos y que no dan ningún espacio para la actitud crítica. Cualquier disenso es tomado como “irrespetuoso acto de rebeldía”. Consideremos un ejemplo del impacto de esta construcción mediático ideológica en el pensamiento político dominante; analicemos así la noción de “democracia” entronizada hoy como un bien en sí mismo. “Con la democracia también se come”, gritaba en su campaña proselitista Raúl Alfonsín antes de convertirse en el primer presidente constitucional luego de la dictadura militar en Argentina entre 1976 y 1982. La promesa levantaba grandes expectativas; tantas, que le permitió ganar las elecciones. Hoy, con más de tres décadas de ejercicio democrático, el país no se termina de recuperar de la peor crisis de su historia. No es nada infrecuente que muchos de sus habitantes deban comer de los recipientes de basura (¡en el país de las vacas!) y tampoco fueron infrecuentes, en estos últimos años, saqueos a parques zoológicos para comerse algún animal.
Parece ser que la democracia no ha dado mucho para comer. En el histórico “país de las vacas”, con la democracia se pasa hambre y los índices de desnutrición crecieron en forma dramática. Una investigación del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 2005 mostró con cifras elocuentes que el 55% de la población estudiada apoyaría de buen grado un gobierno dictatorial si resolviera los problemas de índole económica. Ello llenó de consternación a más de un politólogo. Sin lugar a dudas, décadas de dictaduras militares y regímenes totalitarios dejaron una profunda marca política en la región. Pero ello no habla sólo de una cierta vocación autoritaria en la población latinoamericana, transformada ya hoy en hecho cultural; habla, más que nada, del fracaso de estas democracias formales aparecidas alrededor de la década de los '80, luego de los tristemente célebres gobiernos militares. “Democracia” es una de las nociones más manoseadas y retorcidas del vocabulario político universal. Si intentáramos precisarla en pocas palabras, seguro que no lo lograríamos. El solo hecho de que pueda ser presentada como opción “buena” ante otras “equivocadas” alerta ya que no es universalmente aceptada y que es materia de equívocos, que alcanzan para todo. ¿Cómo es posible que en su nombre se produzcan guerras de conquista, como las de Irak o de Afganistán? ¿Cómo es posible que en su nombre se bombardee población civil no combatiente? Sin duda, la democracia es un tema explosivamente polémico, pero el insistente discurso -mediático en lo fundamental- lo ha colocado en un sitial de honor que casi no admite discusiones. Si en algún determinado país las cosas no funcionan del todo bien, el discurso dominante -dado en muy buena medida por los medios masivos de comunicación- dice que es porque aún ese lugar no vive “en democrática” o porque la institucionalidad democrática “es muy débil”. En uno de sus informes, el Banco Mundial reveló que la República Popular China sacó de la marginación a 200 millones de personas en veinte años, sin que sus reformas se apegaran a las recetas neoliberales en boga. Más aún, con una organización política abominada por las democracias occidentales en la que brillan por su ausencia todas las libertades esgrimidas como logros democráticos. Como señaló Luis Méndez Asensio al analizar el fenómeno: “El ejemplo chino nos incita a una de las preguntas clave de nuestro tiempo: ¿es la democracia sinónimo de desarrollo? Mucho me temo que la respuesta habrá que encontrarla en otra galaxia. Porque lo que reflejan los números macroeconómicos, a los que son tan adictos los neoliberales, es que el gigante asiático ha conseguido abatir los parámetros de pobreza sin recurrir a las urnas, sin hacer gala de las libertades, sin amnistiar al prójimo”. Tan elástico es este vapuleado concepto de democracia que sirve para cualquier propósito: para comer -según Alfonsín-, para mantener un bloqueo contra Cuba, para invadir Irak o Afganistán, para deponer al presidente Jean-Bertrand Aristide en Haití o a Manuel Zelaya en Honduras, o para intentar hacerlo con Nicolás Maduro en Venezuela. Quizá, por tan elástico, en realidad no significa ya nada. Pero todo ello puede llevarnos a concluir que lo que pensamos rara vez es original, ya viene pensado por otro. En el ámbito político, que es el que nos interesa fundamentalmente para el presente análisis, ese pensamiento viene muy marcadamente “preparado” por determinados centros de poder. Como tendencia siempre creciente, los medios masivos de comunicación juegan un papel cada vez más decisivo en la construcción de las imágenes políticas que las poblaciones tenemos de lo que somos, de por qué somos así y de lo que podemos hacer al respecto. Más allá de todo el despliegue científico-técnico con que nos movemos como una sociedad globalizada que entró en la modernidad -todos tenemos teléfono celular, el internet es un hecho y avanza portentoso, todos directa o indirectamente consumimos petróleo- en el ámbito ideológico-político seguimos apegados a mitos, a frases hechas, a estereotipos que repetimos sin la más mínima crítica. ¿Cuál es la diferencia entre cualquier mito tradicional (el hombre-lobo, Santa Klaus, determinada virgen milagrera, María Lionza en Venezuela o Palas Atenea en la Grecia clásica) y los mitos en torno a la democracia? Entretanto, los medios masivos de comunicación, en vez de ser críticos al respecto, los alimentan generosamente. Estos medios, en manos de empresas capitalistas lucrativas, por supuesto que seguirán defendiendo el sistema a cualquier costo (además de seguir haciendo negocio, pues eso son en definitiva: buenos business). Lo seguirán defendiendo a costa de la verdad, más allá de las pomposas declaraciones de “defensa irrestricta de la libertad de expresión” y altisonantes palabras que nadie puede tomarse en serio. Lo defenderán, alejados de la pretendida objetividad de la que tanto se habla, pues lo que está en juego no es una verdad científica, neutra, sincera, sino la perpetuación de un sistema de explotación que beneficia sólo a algunos, justamente a quienes detentan esos jugosos negocios. Es por eso que todo lo que tenga que ver con medios de comunicación debe ser tomado totalmente con pinzas si en verdad se busca objetividad. El campo popular, en todo caso, tiene que estar siempre alerta, desconfiando y en actitud de discordia con el discurso mediático, porque allí hay, ante todo, el ocultamiento de una mentira. La política en tanto red de relaciones que determina a la totalidad de una sociedad, no guarda la más mínima relación con la verdad objetiva; la política es una forma de mantener el engaño sobre el que se edifican las sociedades de clase, asentadas en la propiedad privada de los medios de producción. De eso no se habla, y ahí está el meollo de todo. En ese sentido, “política” no es sólo el oficio de los “políticos profesionales” que administran gerencialmente el sistema. La política está en el día a día, en la calle, en la comunidad, en la protesta ante los atropellos, en la reacción ante cualquier injusticia. Y de eso, los medios masivos de comunicación hoy absolutamente globalizados y monopolizados, no quieren saber nada. Por eso desconfiemos de esa mentira bien organizada, pensemos con nuestra propia cabeza, hagamos nuestra día a día aquella frase de “crítica implacable de todo lo existente”. Texto: Marcelo Colusi Ver: Parte I
Bibliografía:
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- Wolton, D. (2000) “¿Internet, y después? Una Teoría Crítica Sobre los Nuevos 'Media'”. Barcelona. Ed. Gedisa. Ver: Parte 2

No piense, mire la pantalla (Parte III de IV)

La humanidad no es más tonta desde que ve televisión, señalábamos, pues el núcleo del problema no está en el consumidor sino en el productor. Lo que debe enfatizarse es que ese productor de imágenes es, cada vez más, el gran poder político. En la década de 1960, el padre de la semiótica, el italiano Umberto Eco, decía: “Quien detente los medios de comunicación, detentará el poder”. Evidentemente no se equivocaba. Vale la pena recordar la afirmación del dirigente nazi Joseph Goebbels, padre de la manipulación mediática moderna: “¿A quién debe dirigirse la propaganda: a los intelectuales o a la masa menos instruida? ¡Debe dirigirse siempre y únicamente a la masa! (...) Toda propaganda debe ser popular y situar su nivel en el límite de las facultades de asimilación del más corto de los alcances de entre aquellos a quienes se dirige [¿niño de seis años?]. (…) La facultad de asimilación de la masa es muy restringida, su entendimiento limitado; por el contrario, su falta de memoria es muy grande. Por lo tanto, toda propaganda eficaz debe limitarse a algunos puntos fuertes poco numerosos, e imponerlos a fuerza de fórmulas repetidas por tanto tiempo como sea necesario, para que el último de los oyentes sea también capaz de captar la idea”.

No hay ninguna duda de que la inmediatez y unidireccionalidad de los mensajes audiovisuales, de los que la televisión es el principal exponente (más que el cine, la foto, internet o los videojuegos), generó una cultura de la imagen que hoy pareciera muy difícil, si no imposible, de revertir. En la dinámica humana, la conducta reiteradamente repetida termina creando hábito: “algunos puntos fuertes poco numerosos se imponen a fuerza de fórmulas repetidas”, enseñaba el ministro de Propaganda del Tercer Reich. Al igual que la intuición de Eco, tenía razón. La cultura de la imagen que hace años viene repitiéndose con fuerza creciente ya creó un hábito en todas las capas sociales en estas últimas generaciones. Hoy por hoy, pareciera imposible desarmarla. Pero en esa cultura anida un límite intrínseco, quizá imposible de ser franqueado: no importa el tipo de programa televisivo que se presente, mirar la pantalla no facilita la actitud crítica que sí posibilita, por ejemplo, la lectura. De todos modos, esa cultura de la imagen no parece que vaya a desaparecer con facilidad, por varios motivos. En el marco del actual sistema de libre mercado, la imagen es un fácil expediente para generar enormes ganancias y herramienta idónea para seguir incentivando el hiper consumo que la economía necesita. El negocio de la televisión mueve fortunas y ninguna de las corporaciones que lo manejan está dispuesta a perderlo. Por otra parte, la televisión se ha revelado como un arma de dominación terriblemente eficaz (guerra de cuarta generación, más “letal” que las peores armas de fuego). Los centros de poder no dejarán de usarla, por el contrario, apelarán cada vez más a ella. Es un instrumento de sujeción mucho más efectivo que la espada de la antigüedad o las bombas inteligentes actuales. Por ambos motivos entonces, fabuloso negocio y mecanismo de control social, la televisión es parte medular de los factores de poder que manejan el mundo. Además -y esto es incontratable- la imagen nos hace caer en ella como la luz brillante atrapa a los insectos. La cultura mediática (audiovisual en lo fundamental) prefigura cada vez más el pensamiento político. “Pensamos” política e ideológicamente en términos pasivos lo que el “espectáculo mediático” presenta, sin mayores cuestionamientos. Por ejemplo, que los musulmanes son unos fanáticos terroristas, que los narcotraficantes constituyen el nuevo demonio que mueve la política en los “narco-Estados” latinoamericanos, que las “temibles” maras son el principal problema en Centroamérica, que Osama Bin Laden y Al Qaeda o el recientemente aparecido Estado Islámico manejan buena parte del mundo desde las tinieblas con un proyecto de siembra de terror que nos paraliza, que estamos mal porque “los políticos corruptos se roban todo”. Y también, sin formulaciones críticas al respecto, que “la democracia” es un bien en sí mismo y que los países exitosos son tales porque han abrazado la democracia. Nuestro pensamiento, recordémoslo una vez más, muchas veces (¿siempre?) se moldea a través de poderes hegemónicos que imponen “lo que se debe pensar”. En el ámbito universitario, esto resulta ser descarnadamente cierto, aunque debería ser el lugar de la crítica por excelencia. La cultura de la imagen lo barre todo: el “copia y pega” pareciera haber llegado para quedarse. ¿Y acaso no son eso mismo los noticieros que nos llenan la cabeza de “información”? El mundo globalizado, la aldea global, se rige en forma creciente por un pensamiento único, por un continuo “copia y pega”, donde cada sujeto recibe el texto “pegado” que habrá de repetir acríticamente. En términos políticos, esa globalización viene a uniformar puntos de vista y a contar con parámetros universalmente compartidos. Al hablar de “globalización” -proceso hoy día en la cresta de la ola del discurso sociopolítico y mediático- debemos precisar de qué se trata pues, en verdad, el término no aporta nada nuevo en lo conceptual. Quizás pueda incluso ser un estorbo si no se lo delimita adecuadamente. Globalización es más que -o incluso no es para nada- la posibilidad de tener en cualquier parte del mundo, en medio de la selva o del desierto, un teléfono celular fabricado por una empresa japonesa en algún país del medio oriente, con chips elaborados a base de coltán africano y activado por una compañía telefónica de origen español, cuya buena parte del paquete accionario es francés o estadounidense. Éste es el detalle descriptivo, no más. La globalización es más que eso.

El proceso de globalización

Para una síntesis sobre qué entender por globalización, podríamos proponer (a modo de definición aproximativa) que se trata del proceso económico, político y sociocultural que está teniendo lugar actualmente a nivel mundial. Este proceso hace que exista una interrelación económica cada vez mayor entre todos los rincones del planeta, por alejados que estén, bajo el control de las grandes corporaciones transnacionales. Esto gracias a tecnologías que han borrado prácticamente las distancias, permitiendo comunicaciones en tiempo real y que sirve básicamente a esas enormes empresas, aunque se viva la ilusión que todos nos beneficiamos de ella. Tomando en cuenta lo anterior, el proceso de globalización (generalmente considerado en su faceta económica) implica que cada vez más ámbitos de la vida son regulados por el libre mercado, que la ideología neoliberal se aplica en casi todos los países con cada vez más intensidad, que las grandes empresas consiguen cada vez más poder a costa de los derechos ciudadanos y la calidad de vida de los pueblos y, por último, que el medio ambiente y el bienestar social se subordinan absolutamente a los imperativos del sistema económico (cuyo fin es la acumulación insaciable por parte de una minoría cada vez más poderosa). Acompaña a todo este proceso el desprecio de los valores culturales y sociales de las distintas comunidades del planeta, con la imposición de una matriz única, producida y exportada desde los principales centros de poder, fundamentalmente los Estados Unidos de América. Ahora bien, las características señaladas no son en realidad nuevas. Desde que el capitalismo comenzó a solidificarse en Europa, su expansión global no ha cesado. La llegada de los españoles a tierras americanas puso en marcha este proceso de universalización del sistema económico europeo, proceso que desde hace cinco siglos no se ha detenido. El capitalismo es, en definitiva, sinónimo de comercio a escala planetaria. La trata de esclavos negros en África, el saqueo de recursos en Asia o América y el crecimiento de los bancos europeos son parte de un mismo proceso. La globalización ya lleva varios siglos en curso. Como se dijo en alguna ocasión: en realidad comenzó la madrugada del 12 de octubre de 1492, cuando Rodrigo de Triana pronunció su infausto grito de ¡tierra! Con el final de la Guerra Fría y el triunfo del gran capital transnacionalizado, el discurso hegemónico -el del neoliberalismo en boga- se sintió en condiciones de decir lo que le placiera. No sólo de decir, sino también de hacer. Surgen así los mitos post caída del muro de Berlín que, como todo mito y construcción simbólica, responden a momentos, coyunturas sociales y entramados de poder. “El fin de las ideologías”, el pragmatismo, el discurso del posibilismo y la resignación; el inglés como lengua universal, “don’t worry, be happy”; Coca-Cola y McDonald’s como íconos; individualismo triunfalista y desprecio por lo local; aquello que evoque el pasado; todos éstos son distintos elementos que conforman los nuevos paradigmas. Como parte de los símbolos de la globalización, debe incluirse también lo que se ha llamado “flexibilización laboral” (eufemismo de la sobreexplotación de la mano de obra). Es decir, pérdida de derechos sindicales históricos obtenidos luego de décadas de luchas, contratos laborales precarizados, casi extinción de sindicatos. Se complementa esto con la “deslocalización”, o sea, la posibilidad de instalar centros productivos en los que la mano de obra sea más barata, con menor regulación y escasos o nulos controles medioambientales por parte de los Estados. La globalización es siempre la de los grandes capitales. Si algo posibilita todo lo anterior, es la universalización del dominio del capital financiero. Entre los íconos de la globalización se inscribe también el mercado, como punto máximo del desarrollo y la democracia, como expresión superior de organización política. Los medios masivos de comunicación, cada vez más globalizados y concentrados, juegan un papel clave en la expansión de este fenómeno y de sus mitos. La relación entre medios masivos de comunicación y globalización, hoy en día en su apogeo, se perfilaba ya algunas décadas atrás. Así, por ejemplo, el Informe McBride de UNESCO en 1980 lo denunciaba explícitamente: “La industria de la comunicación está dominada por un número relativamente pequeño de empresas que engloban todos los aspectos de la producción y la distribución, las cuales están situadas en los principales países desarrollados y cuyas actividades son transnacionales. (…) Se deben adoptar medidas encaminadas a ampliar las fuentes de información que necesitan los ciudadanos en su vida cotidiana. Procede emprender un examen minucioso de las leyes y reglamentos vigentes para reducir las limitaciones, las cláusulas secretas y las restricciones de diversos tipos en las prácticas de información. (…) Con harta frecuencia se trata a los lectores, oyentes y espectadores como si fueran receptores pasivos de información”. Texto: Marcelo Colusi. Ver Parte II & Parte IV

No piense, mire la pantalla (Parte II de IV)

La televisión, la economía y el poder

En estos momentos, la televisión es ante todo: a) vehículo de los grandes capitales para la promoción de sus productos y b) arma ideológica de control social implementada por los grandes centros de poder. Secundariamente, existen otras acciones para transformarla en medio educativo. El “socialismo real” en su momento o las propuestas alternativas para construir otro tipo de televisión no lograron torcer mucho este rumbo. Arte, hasta donde lo conocemos, definitivamente no es. Y las propuestas serias, educativas, críticas, son más bien marginales.
En términos generales, se puede decir que, en todas partes del mundo, la televisión ofrece: a) entretenimiento ramplón, barato, de muy poca profundidad estética (la mayoría de la programación puede clasificarse dentro de este campo: desde deportes hasta telenovelas, series estandarizadas, reality shows, musicales y dibujos animados, preparados cada uno según el público-objetivo buscado); b) información, la mayor parte de las veces tendenciosa, haciendo del manejo de la noticia otro entretenimiento más; c) un porcentaje infinitamente menor de materiales educativos para la reflexión, programas culturales o científicos, así como arte. En la mayoría de casos, existe una fuerte carga ideológica, en general, mayor que la calidad estética. En lo que concierne a noticias, la situación es patética; en vez de informar con veracidad, se desinforma, se crean matrices de opinión en la lógica de defensa de los poderosos, se es chabacano y sensacionalista y no es para nada crítica. Una vez más: “El esclavo piensa con la cabeza del amo”. La razón última de la televisión es vender publicidad; dicho en otros términos, obtener beneficios monetarios. Y la razón última de acumular beneficios monetarios es concentrar poder. El “rating” (la medición de la teleaudiencia) pasó a ser el elemento que guía la gran mayoría de las programaciones. Como alguien alguna vez lo dijo, “los programas son una excusa para presentar publicidad”. En la actualidad y tras varias décadas de desarrollo, las televisoras más importantes del mundo son propiedad de las cien compañías más grandes, las que, a su vez, son las que más se anuncian en televisión. La ABC es propiedad de Disney Corporation, la NBC de General Electric, la CBS de Westinghouse. CNN es una super empresa que cotiza en bolsa moviendo fortunas. Las cadenas públicas o se privatizan o se mimetizan con las privadas y, en cualquier caso, quienes las financian son en buena parte las mismas compañías. En la actualidad existen conglomerados industrial-financiero-mediático-políticos (véanse los casos del magnate Silvio Berlusconi en Italia, Carlos Slim en México -una de las personas más acaudaladas del mundo- Ted Turner en Estados Unidos, propietario de CNN, Gustavo Cisneros en Venezuela -el segundo hombre más rico de América Latina-) que disponen de más poder político que un presidente de Estado. En ellos resulta muy difícil saber quién controla a quién, la política a las finanzas o los medios de comunicación a ambas, pues son todos en uno o hacia ello se encaminan. El mundo es lo que la televisión muestra. El poder político, entonces, ha pasado en buena medida a quienes detentan ese potencial de los medios masivos de comunicación, quienes ya se constituyeron abiertamente en actores políticos de primera magnitud, más incluso que los desacreditados partidos, cada vez más tenidos por una casta de corruptos y mercaderes mercenarios (esto es igual en todos los países). La cultura audiovisual que el entramado del poder ha ido creando invierte la evolución de lo sensible a lo inteligible y altera la relación entre entender y ver, empobreciendo así la comprensión del mundo, atrofiando la capacidad de abstracción y, por lo tanto, de actuar sobre la realidad. La humanidad no es más tonta desde que ve televisión, sin duda; pero sí es más manejable, tremendamente más manejable y manipulable. Y lo peor de todo, sin que se dé cuenta de ello. El video-dependiente promedio de televisión o de las nuevas tecnologías que entronizan la imagen (cada vez más gente en el planeta) tiene menos sentido crítico que quien no depende casi exclusivamente de las imágenes como fuente de conocimiento, de quien lee y piensa reflexiva y críticamente. El esfuerzo de ver es mucho menor que el de leer. Consideremos la forma de dejarse llevar por imágenes: se suceden unas a otras, el orden está fijado, se trata fragmentariamente cada tema y no hay espacio para reflexionar (es decir, para “darle vueltas al asunto”, examinar el contexto global en que se produce un acontecimiento, integrarlo con otros aspectos con los que interactúa, darse el tiempo para pensar futuras acciones). No obstante, sería incorrecto achacar todos los males y esta cultura “light” del “no piense y mire pasivamente” al avance tecnológico. No cabe duda que las nuevas tecnologías modelan las problemáticas y perfilan cambios en la constitución subjetiva; sin embargo, el poder de crear, innovar, formar y participar en los procesos de transformación social sigue siendo, exclusivamente, responsabilidad nuestra. Como siempre, el vínculo interpersonal es el factor determinante en el desarrollo y uso de las potenciales capacidades intelectuales. La tecnología condiciona, pero el proyecto antropológico de base (“político”, para llamarlo propiamente) es el que decide cómo y para qué se usa dicha tecnología. Por último, la “culpa” de los males del mundo no es de la televisión, de los medios de comunicación, de la tendencia al consumo de imágenes ni de los medios digitales (televisión y la parafernalia que la acompaña: internet, pantallas de teléfonos celulares, tablas y todos medios cada vez más sofisticados que podrán venir en un futuro). Ellos, como instrumentos de enorme penetración, también pueden servir para otros fines, como ampliar el conocimiento y mejorar el análisis y la opinión crítica. La televisión y los medios de comunicación en general pueden ser un arma liberadora. Las experiencias conocidas hasta la fecha abren interrogantes. El “socialismo” real no dio una producción televisiva excelente, aunque el recurso humano que trabajaba tal sistema tenía gran preparación y amplitud de criterio. Por el contrario, se dieron producciones que fueron, si no propaganda ideológica pesada, programas carentes de creatividad, de chispa y que resultaban ser igualmente soporíferos. Lo señalado anteriormente nos lleva a replantear la cultura de la imagen que está en la base de esta proliferación de medios masivos que cada vez más se van imponiendo. “Cuando se escribe un guión televisivo, hay que pensar que el potencial consumidor es un niño de seis años de edad”; así presentaba las cosas un prestigioso profesor de semiología para demostrar cómo se hace televisión. Quizá era un poco crudo, pero no estaba exagerando. “En la sociedad actual, el rumbo lo marca la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caen fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotan de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón”, se expresaba sin mayores tapujos Zbigniew Brzezinsky, asesor del ex presidente de Estados Unidos James Carter e ideólogo de los reaccionarios documentos de Santa Fe. En otros términos, el funcionario de Estado no decía nada muy distinto a lo que nos enseñaba aquel docente de comunicación social: “manipular a la gente tratándola como niñitos tontos”. Así de simple (o de monstruoso). La televisión -y junto con ella los nuevas tecnologías centradas en la cultura de la imagen- es parte fundamental de lo que los estrategas de la potencia imperialista llaman “guerra de cuarta generación”. Dicho de otra forma, guerra psicológico-mediática, guerra a muerte para controlar poblaciones enteras, la población planetaria, no con armas de destrucción masiva, sino con medios más sutiles, no sanguinarios, pero de más impacto final. Texto: Marcelo Colusi. Ver: Parte I & Parte III