14 feb. 2017

Rivalidad entre imperios (Parte II de IV)

La reafirmación imperial de EE UU le causa conflictos con las potencias emergentes, especialmente China y Rusia. Gilbert Achcar tuvo razón al calificar a EE UU y sus dos antagonistas de “la tríada estratégica” del sistema de Estados surgido de la guerra fría. EE UU está decidido a asegurar que o bien los integra en su orden internacional neoliberal, o bien los frena y disuade como rivales. Al mismo tiempo, y debido a su declive relativo, tiene que llegar a acuerdos con esas potencias, no solo en materia económica, sino también en relación con las regiones conflictivas en las que no puede imponer una solución por sí mismo o a través de sus representantes locales. Los principales terrenos de conflicto entre EE UU y sus nuevos rivales son Asia, Europa y Oriente Medio. En Asia, EE UU reconoce que actualmente se enfrenta a un rival emergente y potencial, que es China. Se trata de la segunda economía más grande del mundo y del principal país exportador. Ha integrado a la mayoría de economías asiáticas, recorre el mundo en busca de recursos y oportunidades de inversión y se ha vuelto cada vez más agresiva en la defensa de sus intereses en Asia, América Latina y África.
China expande rápidamente su potencial militar, especialmente su fuerza aérea y naval, a fin de proteger y proyectar sus intereses. Por ejemplo, hace poco anunció que estaba construyendo su primer portaaviones para sumarlo al otro que ya tiene, el Liaoning, adquirido de Ucrania en 1998. La proyección regional del poderío chino ha dado lugar a intensos pulsos con otros países. Los dos conflictos más importantes son los derivados de las reivindicaciones de soberanía contrapuestas sobre dos archipiélagos a causa de su ubicación estratégica en las rutas de navegación, caladeros de pesca y reservas subacuáticas cercanas de petróleo y gas natural. En uno de los casos, China se halla en disputa con Japón en torno a las islas Diaoyu, que los japoneses llaman Senkaku, en el mar del Sur de China. En el otro, ha expresado su reivindicación sobre las islas Spratly y Paracelso, en el mismo mar del Sur de China, frente a varios países, entre ellos Filipinas y Vietnam.
Para hacer frente al ascenso de China, el gobierno USA anunció su política de “El eje central para Asia” (The Pivot to Asia) en, que después de percatarse de sus connotaciones agresivas, rebautizó con el nombre de “El reequilibrio para Asia” (The Rebalance to Asia).El propósito es consolidar su alianza histórica con sus aliados de la guerra fría, como Japón, atraer a otros nuevos, como India e incluso Vietnam, y apoyar a estos países en sus conflictos con China.Tiene previsto proyectar su poderío económico por medio del Tratado de Asociación Transpacífica (TransPacific Partnership, TPP), que excluye a China. Obama reveló el carácter imperial del acuerdo en su discurso sobre el estado de la nación de 2015 ante el Congreso, cuando declaró que “China quiere dictar las normas para la región del mundo que más crece. Esto pondría en desventaja a nuestros trabajadores y nuestras empresas. ¿Por qué íbamos a permitir que esto ocurra?”. Abundando en esta idea, el secretario de Defensa, Ashton Carter, declaró que “la aprobación del TPP es para mí igual de importante que otro portaaviones”. EE UU tiene destinado el 60 % de su flota de guerra a la región para intervenir en los conflictos latentes.
Washington utilizará estos conflictos con China y su semialiada Corea del Norte, que recientemente ha afirmado que ha detonado una bomba de hidrógeno, para impulsar lo que no puede calificarse de otra cosa que de una nueva carrera de armamentos en Asia. Casi todos los aliados regionales de EE UU aumentan sus presupuestos militares, incluido Japón, que ha modificado su constitución pacifista e incrementado su gasto militar en los últimos tres años.

China responde

El “eje central” de Obama ha provocado a su vez el deseo de China de mostrar más músculo en defensa de sus intereses, respondiendo con su propia contraestrategia política, económica y militar. Se dedica a cortejar activamente a los países de la región con el fin de estrechar lazos políticos con ellos, confiando en que su potencial económico permitirá superar toda división política; trata de consolidar su propio pacto comercial, la Zona de Libre Comercio de Asia-Pacífico (Free Trade Area of the Asia Pacific, FTAAP), que excluye a EE UU; finalmente, ha incrementado drásticamente su presupuesto de defensa anual, de alrededor de 12 000 millones de dólares en 2000 a 145.000 millones en 2015. China también ha forjado nuevas agrupaciones geopolíticas y económicas para hacer frente a EE UU. En Asia Central, China y Rusia han creado la Organización de Cooperación de Shanghái, que abarca la mayor parte de la región e incluso a Irán. Utiliza estas relaciones para poner en pie lo que llama la Nueva Ruta de la Seda. Construye carreteras, líneas férreas y oleoductos que comunican Europa y Oriente Medio con Asia Central y el noreste de Asia.
En el plano internacional, China lanzó la alianza de los BRICS para facilitar el comercio y la cooperación política entre las potencias emergentes. Uno de sus proyectos consistía en crear el Nuevo Banco de Desarrollo para que rivalice con el FMI y el Banco Mundial. No es por casualidad que el nuevo banco tendrá su sede central en Shanghái y que prestará fondos a los países en desarrollo, especialmente para proyectos de extracción de materias primas que China necesita. En una incursión paralela en el mundo de las finanzas internacionales, China ha creado recientemente el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras, que no incluye a EE UU ni a Japón, pero que ha conseguido la adhesión de Australia y el Reino Unido, entre otros países a los que Washington había presionado para que no participaran.
China espera utilizar estas instituciones para penetrar en nuevos países y abrirlos a sus inversiones, a sus exportaciones y a la extracción de materias primas. En América Latina, China es actualmente el segundo socio comercial y de inversión de la región, detrás de EE UU. Se ha convertido en el socio comercial más importante de África, con la que intercambia mercancías por valor de alrededor de 160.000 millones de dólares al año. Preocupado por la pérdida de terreno en África, EE UU ha establecido su nuevo centro de mando militar, AFRICOM, y so pretexto de combatir el terrorismo ha instalado en el continente una nueva cadena de bases militares.
Finalmente, Pekín se opone ahora con más firmeza, en el plano internacional, al intervencionismo de EE UU. Después de apoyar la intervención estadounidense en Libia, se unió a Rusia en el apoyo al régimen de Asad en Siria frente a la exigencia de EE UU de que dimita. También se ha opuesto repetidamente a las sanciones de EE UU contra Irán. Y al desacelerarse su crecimiento económico, China se ha vuelto todavía más contestataria frente a EE UU. Últimamente, ambos países han protagonizado pequeñas, pero ominosas, provocaciones entre sí. En octubre de 2015, un destructor de la flota estadounidense, el USS Lassen, se opuso a la reivindicación de soberanía sobre aguas territoriales por parte de China, provocando que patrulleras chinas hicieran frente a su presencia. En diciembre, un bombardero B-52 estadounidense voló cerca de las islas Spratly, en el mar del Sur de China. El ministro de defensa chino declaró: “Las acciones de EE UU constituyen una grave provocación militar y agravan la situación e incluso militarizan el estado en el mar del Sur de China”.

La nueva guerra fría de Washington con Rusia

EE UU se enfrenta asimismo a una Rusia revitalizada que persigue con creciente ahínco sus propias ambiciones imperialistas en Europa Oriental y Oriente Medio. El gobierno de Bill Clinton había impuesto fuertes ajustes estructurales de cariz neoliberal en Rusia tras el colapso de su imperio. También incorporó gran parte de su antiguo imperio de Europa Oriental en la UE y la OTAN aplicando una política que el asesor de seguridad nacional de Clinton, Anthony Lake, llamó “de ampliación”. Cuando Putin llegó al poder, rápidamente se puso a renacionalizar partes de la industria energética con el fin de reconstruir el poder de Rusia y reafirmar la influencia del Kremlin en Europa Oriental y Asia Central. Inevitablemente, EE UU y Rusia entraron en un rumbo de confrontación. Sus relaciones alcanzaron el punto más bajo durante el gobierno de Bush, que trató de aprovechar las llamadas “revoluciones de colores” en Europa Oriental para asegurar el ascenso al poder de nuevos gobiernos aliados. En respuesta a ello, Putin se opuso a la guerra de Bush en Irak.
El gobierno de Obama esperaba “resetear” sus relaciones con Rusia, pero ahora se ha empantanado en lo que el ex primer ministro soviético, Mijaíl Gorbachov, ha calificado de “nueva guerra fría”. Esto ha salpicado a su vez a dos conflictos latentes entre aliados de Rusia y EE UU en el antiguo imperio ruso. El primer enfrentamiento estalló con la amenaza de Georgia de incorporarse a la OTAN. Esto precipitó una guerra entre Rusia y Georgia en 2008. Putin logró parar la integración de Georgia en la OTAN y ocupa actualmente los territorios étnicamente rusos de Abjasia y Osetia del Sur. El segundo conflicto es el de la explosiva situación de Ucrania. EE UU hizo lo posible por aprovechar una revuelta popular contra el gobierno con el fin de atraer el país a la órbita occidental. Putin respondió armando a los rusos étnicos del país y después invadió y se anexionó Crimea. EE UU ha financiado el nuevo régimen ucraniano y empujado a la Unión Europea a imponer sanciones a Rusia para ahogar su economía.
Los dos bandos han incrementado el despliegue de equipamientos militares en Europa Oriental. EE UU ha enviado tanques, vehículos de combate y morteros a sus aliados. El Kremlin, a su vez, ha acelerado el despliegue de equipos militares similares junto a sus fronteras y ha anunciado la incorporación de 40 nuevos misiles balísticos intercontinentales a su arsenal nuclear. Al parecer, estos misiles son capaces de atravesar el escudo antimisiles estadounidense instalado en Europa. Obama ha respondido acusando a Putin de violar tratados e incrementando todavía más el dispositivo militar de EE UU en Europa.
Temerosos del imperialismo ruso, muchos Estados de Europa Oriental, como Montenegro, se plantean ahora integrarse en la OTAN. Y el nuevo gobierno derechista de Polonia ha solicitado a la OTAN el despliegue permanente de tropas en su país. El Kremlin amenaza a Estados como Suecia y Finlandia en sus fronteras para evitar que se unan a la OTAN. Uno de los asesores de Putin, Sergei Márkov, ha apretado las clavijas a Finlandia indicando a su gobierno que “piense en las consecuencias si se plantea integrarse en la OTAN. Debe preguntarse si la entrada pudiera desencadenar la tercera guerra mundial”.
Aunque no existen planes para incrementar el número de tropas de EE UU-OTAN en Europa Oriental, el conflicto con Rusia ha llevado claramente a la Alianza –que con anterioridad ya se había planteado la conveniencia de asumir un mayor papel de policía internacional– a insistir más en la “seguridad” europea frente a Rusia. Tal como señala un informe del Congreso estadounidense, “en la cumbre de 2014 de la OTAN en Gales, los 28 Estados miembros aprobaron un ‘plan de acción de alerta’ que el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, calificó de ‘el mayor refuerzo de nuestra defensa colectiva desde el final de la guerra fría’. El plan esboza medidas en Europa Central y Oriental como la mejora de la infraestructura, el redespliegue de equipos y suministros y la designación de bases para los despliegues de tropas. Los aliados aprobaron además la creación de una nueva fuerza conjunta de muy alta disponibilidad (Very High Readiness Joint Task Force (VJTF), entendida como una sección más pequeña y especializada de la fuerza de respuesta de la OTAN, capaz de desplegarse ‘en cuestión de días’ para responder a cualquier amenaza contra un aliado. Está previsto que la VJTF sea una fuerza terrestre de unos 4.000 soldados y que cuente con el adecuado apoyo aéreo, marítimo y de operaciones especiales. Además, los líderes aliados prometieron en la cumbre de Gales frenar la caída del gasto de defensa y esforzarse en alcanzar un gasto de defensa equivalente al 2 % del PIB –un objetivo de la alianza desde hace tiempo– en el plazo de una década”.
Sin embargo, vistas las múltiples crisis presupuestarias y del endeudamiento en Europa, está por ver cómo podrán cumplirse estos compromisos financieros. También ha habido mayores esfuerzos por parte de los Estados europeos, hasta ahora con resultados desiguales, por reducir su dependencia del gas natural ruso, del mismo modo que Rusia ha cancelado planes para construir gasoductos hacia Europa Oriental y está buscando acuerdos en este terreno con China y Turquía. En respuesta a EE UU y la OTAN, el Kremlin ha declarado, por primera vez desde el final de la guerra fría, que EE UU es una amenaza para su seguridad nacional. Su nuevo documento de defensa, Sobre la estrategia de seguridad nacional de la Federación Rusa, acusa a EE UU de organizar un golpe en Ucrania, expandir la OTAN y “aspirar a conservar su dominación en asuntos globales”.
La nueva guerra fría de Washington también ha llevado a Rusia a abrazarse todavía más a China. En 2014 firmó un acuerdo energético por valor de 400.000 millones de dólares con Pekín. Rusia entiende que esta es una manera de paliar los efectos de las sanciones occidentales y de encontrar en China un mercado alternativo para su industria de gas natural, mientras que China concibe el acuerdo como un medio para reducir su dependencia de las reservas energéticas de Oriente Medio.
EE UU se enfrenta ahora, con la alianza de Rusia y China, precisamente a lo que había intentado evitar tras la guerra fría: el desarrollo de alianzas que rivalicen con EE UU y tengan acceso independiente a las reservas energéticas. En Forbes, Mark Adomanis advierte de que “una alianza Rusia-China sería, por supuesto, un desastre absoluto para EE UU, prácticamente la única agrupación de países que estaría realmente interesada y sería capaz de disputarle su liderazgo global. Prevenir la aparición de una alianza Rusia-China debería ser una de las grandes prioridades de la política exterior estadounidense, pero… nadie parece prestarle atención… La comunidad de política exterior de EE UU ha de despertar, pues de lo contrario, dentro de un decenio asistiremos a debates sobre ‘quién perdió Eurasia”. Texto: Ashley Smith. Ver: Parte III

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