6 mar. 2015

¿De qué hablamos cuando hablamos de izquierda?

El narrador norteamericano Raymond Carver publicó, en los años ochenta, un libro de relatos que llevaba por título De qué hablamos cuando hablamos de amor (Anagrama, Barcelona, 2007). Una mirada poliédrica permitía al lector acercarse al sentimiento amoroso desde ópticas distintas. Detrás, una concepción del mundo (y del amor) no dogmática. Y un objetivo esencial en el que proyectar la mirada: el amor. El concepto izquierda es, también, susceptible de ser abordado desde distintas ópticas y con una mirada poliédrica. Por ello, no he dudado a la hora de apropiarme de una parte del título del libro de relatos de Carver y de adaptar su pregunta a una de las cuestiones de mayor calado que el progresismo, en Occidente pero no sólo, tiene planteada: ¿De qué hablamos cuando hablamos de izquierda?

En España (como parte de la Unión Europea) hay una coincidencia general en tres principios: 1) Salvo abandono de la Unión, no es posible emprender transformaciones del sistema en el ámbito aislado de cada país (algo que, por otro lado, ya fue cuestionado por los clásicos al valorar la posibilidad del “socialismo en un solo país”); 2) Sólo con un cambio de mayoría política en el parlamento europeo que refleje aspiraciones ciudadanas de transformación es posible abrir paso a políticas que pongan en primer plano la recuperación y el desarrollo del Estado del Bienestar; 3) Cualquier avance en esa dirección requiere una profundización de la democracia en todos los planos, lo cual significa la prevalencia de la política por encima de la tecnocracia, el interés de lo público por encima de los intereses privados, es decir, la subordinación de los mercados a los intereses generales y no al contrario.  
Esas tres premisas son básicas para dar respuesta a la gran pregunta del principio. La izquierda representa las aspiraciones de igualdad y de libertad de los ciudadanos, la búsqueda de una sociedad no basada en la lógica del beneficio privado por encima del beneficio colectivo, la construcción de una economía al servicio de la inmensa mayoría y no de la minoría más poderosa.

En Europa, en la última década, lejos de acercarnos a esos objetivos, nos hemos distanciado. Ha crecido la desigualdad, se ha profundizado el abismo entre la Europa del norte y la Europa del Sur, la llamada austeridad ha condenado a la pobreza a millones de ciudadanos, los servicios públicos se han deteriorado y se han abierto rotos más que notables en los sistemas públicos (modélicos durante décadas) de educación, sanidad, pensiones y protección social de los países económicamente menos poderosos, España entre ellos. La Europa social de Jacques Delors ha ido pasando a mejor vida, el impulso reequilibrador que le dio sentido ha perdido fuelle y los nacionalismos pseudofascistas cuando no abiertamente fascistas encuentran un caldo de cultivo sin precedentes en los barrios deprimidos de los alrededores de las grandes ciudades, antaño bastiones de la izquierda, especialmente del voto comunista. Vamos en la dirección de la Europa de los mercaderes y no de la Europa de los ciudadanos. Hacia la Europa del "sálvese quien pueda”, de la ley de la selva y de la impotencia ante las políticas económicas depredadoras. En fin, hacia una Europa que se niega a sí misma. No hacia la Europa ilustrada que soñaron Camus, Heinrich Böll, Milan Kundera, Italo Calvino o Hugo Klaus, entre otros, sino a la Europa del Bundesbank y de las grandes corporaciones financieras.

Ese proceso no hubiera sido posible sin el dominio de la derecha que representa Angela Merkel (digna sucesora de la Tatcher), sin duda, que ha sido el motor y el “alma” de políticas anticrisis basadas casi en exclusiva en salvar a los bancos a cualquier precio aún a costa de destruir empleo, crear pobreza y subempleos indignos y recortar derechos y servicios públicos. Pero probablemente tampoco hubiera sido posible si los partidos socialistas y socialdemócratas no se hubieran dejado impregnar por políticas neoliberales alimentadas por la llamada “tercera vía” de Tony Blair y por el pragmatismo de Schröeder, si no hubieran renunciado a sus principios reequilibradores y a la defensa del Estado del Bienestar, si no hubieran asumido como propios principios que están en las antípodas de su razón fundacional. Millones de ciudadanos, en los más diversos países de la Unión, han comprobado, con desesperanza y cierta carga de ira, que los valedores de sus derechos y de sus sistemas públicos de protección los dejaban desamparados y a merced de poderes ocultos, no elegidos, en gran medida afincados en paraísos fiscales y por completo ajenos a sus aspiraciones y necesidades.
¿Eran políticas inevitables? En mayo de 2010, la prima de riesgo española estaba en 160 puntos, el endeudamiento del Estado no pasaba del 62% del PIB. Y la troika colocó a Zapatero al borde del abismo. Hoy, estamos en la misma prima de riesgo, con un 30% más de deuda pública (bordea el 90% del PIB, algo impensable hace sólo dos años) y la troika afirma que el país “está saliendo de la crisis” y el gobierno Rajoy da palmas con las orejas. Por tanto, relativicemos las cifras. Ya tenemos perspectiva para saber que las medidas que se adoptaron hace cuatro años, con un gran aparato de publicidad tremendista, sólo tuvieron unos beneficiarios: los grandes bancos, hundidos en la burbuja financiera que ellos mismos crearon. Islandia, que dejó caer sus bancos en 2008 porque resultaron ser demasiado grandes para rescatarlos, ha reducido su tasa de paro hasta el 4% y camina con paso firme hacia un 2% con un crecimiento económico para 2014 del 2,7%. Por el contrario, las salidas diseñadas por la troika para Grecia o España han conducido a tasas de desempleo superiores al 25% y a crecimientos negativos de su economía. Cierto que Islandia está fuera de la Unión Europea, que es una economía pequeña, pero… ¿no debería la socialdemocracia europea analizar a fondo el proceso islandés, cuyo gobierno obligó incluso a los bancos a cancelar buena parte de sus deudas hipotecarias para ayudar a hogares y familias, además de dedicar el 7% del PIB a apoyar económicamente a quienes tenían riesgo de deshaucio y todo ello a pesar de que hoy buena parte de los acreedores de sus bancos siguen sin cobrar o intentan renegociar las deudas (“esto no es deuda pública y nunca lo será”, llegó a afirmar su primer ministro)?
Por tanto, la socialdemocracia tiene ante sí el desafío de la autocrítica. Un desafío que, en gran medida, se recoge en su programa a las próximas europeas, pero que debe ir más allá definiendo una política a medio y largo plazo que deje de lado las concesiones al liberalismo y recupere el “reformismo fuerte” y la apuesta por la prevalencia del sector público y por la recuperación del Estado del Bienestar: ahí tienen tajo los millones de militantes socialistas de los distintos países de la Unión para abrir paso a esa concepción en sus respectivos partidos. ¿Esa es la izquierda a la que aludimos al principio? En gran medida sí, pero no solamente, ni mucho menos.
Si partimos de la base de que sólo es posible cambiar las políticas europeas con un gobierno progresista, o de izquierdas, en la Unión, es evidente que éste ha de sustentarse en una mayoría parlamentaria situada a la izquierda. Una mayoría que, para ser eficaz, ha de ser holgada y tener en cuenta su carácter plural, tejiendo una alianza que vaya de la socialdemocracia a los verdes pasando por la izquierda alternativa o “real” y por otras formaciones minoritarias de carácter progresista. Con un programa reformista que deje de sacralizar a los mercados, basado en la prevalencia de lo público, en el empleo y en la recuperación del Estado del Bienestar y la extensión de los derechos civiles, de la democracia, de la transparencia y de la participación ciudadana. No hay otra alternativa.
Frente a ella no sólo está la derecha merkeliana y los sectores más moderados de la socialdemocracia (aquellos que sacralizan el pacto de gobierno en Alemania), también está una izquierda cargada de buena voluntad y mejores deseos pero atravesada por un fuerte subjetivismo.  Hija de los movimientos sociales surgidos del 15-M de un lado y del anarquismo cruzado por cierta nostalgia del socialismo real de otro, plantea un cuestionamiento del sistema democrático de los países occidentales desde un enfoque radical que apenas tiene el respaldo electoral del 3 ó el 4% de la población de algunos de ellos (con la excepción del partido de Grillo en Italia). Sus planteamientos obvian un factor básico: no es posible abrir paso a políticas progresistas sin un colchón de apoyos electorales que vaya más allá del 60% de la ciudadanía, un porcentaje, además, que ha de tener el respaldo de sindicatos y organizaciones sociales y mantenerse movilizado y crítico pero atento a que en los momentos decisivos el adversario principal es la derecha política y económica y no otra cosa.  Si ese factor se infravalora y se considera que sólo la movilización “antipartidos tradicionales” y la identificación de los socialistas con la derecha es el camino, estaremos hablando de una izquierda imposible y de una perspectiva cargada de hermosas utopías pero también de impotencia y de incapacidad transformadora.  Es decir, de nuevos caminos hacia la decepción colectiva. No olvidemos que a la “histórica movilización del 15-M de 2011” no sucedió una marea de izquierdas y de progreso en las instituciones del país. Sucedió todo lo contrario. No porque lo decidieran “los mercados”, sino porque lo decidieron los electores: lamentablemente.
¿De qué hablamos cuando hablamos de izquierda? De la compleja realidad que conforma una mayoría social y política que es crítica con la derecha y consigo misma (a veces, demasiado dura consigo misma), que es plural y viva, que duda y, a la vez, tiene certezas. Una realidad que va de los socialistas y socialdemócratas hasta el ecologismo o los movimientos antisistema, pasando por los comunistas. Sólo esa realidad, poliédrica como el amor de los cuentos de Carver, puede alumbrar una Europa a la medida del ser humano del siglo XXI y no de los mercados. Nos guste o no. Construirla es una tarea ingente que exige mucho rigor, cabeza fría y las mínimas dosis de demagogia. Porque, a diferencia de los cuentos de Carver, no hablamos de literatura. Hablamos de realidad y la realidad suele ser bastante más dura y resistente que cualquier ficción. Texto: Manuel Rico. Ver: Ley de hierro de la oligarquía

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