20 ene. 2013

Los hábitos nuevos del Imperio (1 de 2)


Los nombramientos de Barack Obama para la Secretario de Defensa y la dirección de la CIA encajan con su proyecto de rehacer el imperialismo de Estados Unidos gracias a una maquinaria de guerra más efectiva y más letal. El nominado por el presidente demócrata como Secretario de Defensa es un republicano conocido por su conservadurismo, particularmente por su sectarismo anti-gay. Pero la avalancha de críticas contra de la nominación proviene de los republicanos, no de los demócratas. Mientras tanto, la elección del presidente para dirigir la CIA es un antiguo responsable del programas de torturas y entregas. Pero ni republicanos ni demócratas tienen el menor problema con él. Bienvenido a la política realmente existente de Washington en el segundo mandato de Barack Obama: donde no hay ni siquiera una oposición simbólica a la izquierda de un presidente que habría sido considerado, según sus propias palabras, "un republicano moderado" hace unas décadas . Dado el historial de sus primeros cuatro años en el cargo, no es ninguna sorpresa que los nominados de Obama tengan más en común políticamente con los republicanos que dirigían la Casa Blanca antes que con las decenas de millones de personas cuyos votos le hicieron presidente. Pero estas nominaciones tienen lugar sólo dos meses después de que Obama haya sido reelegido tras una importante victoria gracias a que las circunscripciones de base del partido demócrata se volcasen en la campaña. Muchos de esos votantes esperaban que Obama podría llegar a ser en su segundo mandato el progresista que quieren que sea. Chuck Hagel y John Brennan, sus nominados para defensa y la CIA, son la prueba de que no basta con desearlo para que así sea. Obama no se sienta obligado en absoluto, obviamente, a satisfacer las expectativas de sus seguidores ni a actuar de acuerdo con la retórica populista que utilizó durante la campaña. Por el contrario -al igual que con el acuerdo sobre el "abismo fiscal" y sus muchas concesiones a los republicanos-, los nombramientos de Hagel y Brennan muestran lo que Obama quiere para su segundo mandato: una administración en la que la clase dominante de Estados Unidos pueda confiar para defender con mayor eficacia y ampliar su poder corporativo y militar. La lección es vieja, y se ha repetido antes muchas veces: sin lucha, no habrá avances en la era Obama. La alternativa a un mundo de guerra e imperialismo, crisis social y desigualdad grotesca es evidente que no surgirá en la Casa Blanca o en cualquier otro lugar del Washington oficial, por lo que tendrá que venir de fuera. Desde la perspectiva de un "washingtonologo" la decisión de nominar al ex senador Chuck Hagel de Nebraska para la Secretaria de Defensa ha sido inteligente. Obama actua de manera bipartidista al elegir a un republicano para uno de los cargos más importantes de su Administración, pero Hagel es despreciado por la mayoría de los republicanos como un temido RINO (republicano sólo de nombre). No porque Hagel no sea un conservador acérrimo. Se ganó la hostilidad de los líderes del Partido Republicano a mediados de la década de 2000 cuando se convirtió en uno de los primeros miembros del Congreso de ambos partidos que criticó la "guerra contra el terror" de George W. Bush, en particular la desastrosa invasión de Irak. Cuando decidió no presentarse a la reelección en 2008, Hagel estaba ya más fuera que dentro de un partido que, según dijo, había sido "secuestrado por la incompetencia: creo que eso es lo que ha llevado al Partido Republicano a tirarse por e acantilado". Pero la trayectoria política de Hagel dice mucho más acerca de hasta qué punto el sistema político bipartidista se transformó en la década de 2000 al hacer suya la doctrina de los "neo-cons" que controlaban la Casa Blanca en la época de Bush de "invadir primero, preguntar después". Hagel pertenece al ala "realista" del establishment de la política exterior, que se hizo a un lado durante los años de Bush, pero que no está menos comprometida con el proyecto imperialista de dominación política y militar de Estados Unidos sobre sus rivales. Hagel serán denunciados por los republicanos en las próximas semanas por preferir sanciones duras contra Irán a un ataque militar, o por criticar en ocasiones a Israel (sin que ello implique la menor acción práctica, por supuesto). Pero esto lo situa perfectamente en el consenso de Washington, no en el movimiento contra la guerra. Las posiciones políticas de Hagel son aún más evidentes en aquellos temas de los que nadie está hablando. La caza de brujas anti-gay en el ejército del "no preguntes, no digas" terminó oficialmente sólo hace un año y medio, pero Obama ha elegido a un hombre para dirigir el Pentágono que promovió el "no preguntes, no digas" a lo largo de toda su carrera en el Congreso. Hagel es recordado durante los años de Clinton por su despreciable campaña para bloquear la nominación de James Hormel como embajador de Estados Unidos en Luxemburgo. Hormel no estaba cualificado para una responsabilidad tan importante, según Hagel, porque era "abierta y agresivamente gay". Hagel se disculpó por tan rastrera acusación en diciembre de 2012. "Teniendo en cuenta que está a la espera de un nombramiento presidencial", dijo Hormel a los periodistas, "cabe preguntarse acerca de la sinceridad de la disculpa". Los defensores de los derechos de los inmigrantes podrán recordar a Hagel como el co-autor de la legislación en 2006, que contrarrestó el famoso proyecto de ley Sensenbrenner, que pretendía criminalizar a 12 millones de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. Pero la propuesta de "compromiso" de Hagel implicaba invertir millones de dólares en nuevos puestos de control fronterizos, incluyendo un muro, y la creación de un sistema a tres niveles para los indocumentados que hubiera condenado a millones de personas a salir de Estados Unidos o al estatuto de trabajador invitado, y una vía muy restrictiva de legalización para una minoría. No se oirá nada de esto a los legisladores demócratas. Ni a organizaciones "progresistas" ni a comentaristas, que parecen guardar un pacto de silencio sobre Hagel cuando no lo apoyan directamente. En su blog en la revista The Nation, la escritora anti-guerra Phyllis Bennis se pregunta si la nominación de Hagel "ayuda en realidad a la izquierda anti-guerra" - y, en un despliegue impresionante de razonamientos retorcidos, llega a la conclusión de que la respuesta es sí. Ver: Parte 2

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